Porras Barrenechea, Raúl. El legado quechua

Porras Barrenechea, Raúl. El legado quechua.
Порас Барренечеа, Рауль. Наследие кечуа.

Título: El legado quechua
Autor: Porras Barrenechea, Raúl
Publicación: Lima: UNMSM, Fondo Editorial, 1999
Descripción: xciv, 421 p. : retr. ; 24 cm.
ISBN: 9972-46-069-X
Tema: Incas – Perú
Quipu – Perú

TABLA DE CONTENIDO

CONTENIDO
Presentación por Jorge Puccinelli

Prólogo por Félix Álvarez Brun
La caída del imperio incaico
La leyenda de los pururaucas
Atahualpa no murió el 29 de agosto de 1533
Notas para una biografía del yaraví
La crónica india
Juan Santa Cruz Pachacutic
Titu Cusi Yupanqui
Los cantares épicos incaicos
El cronista indio Felipe Huamán Poma de Ayala
Quipu y Quilca
Los quechuistas coloniales

Fray Domingo de Santo Tomás

Mito y épica incaicos

La raíz india de Lima

Coli y Chepi

Riva Agüero y la Historia incaica
Oro y leyenda del Perú
El Cuzco de los Incas

APÉNDICES
Poesía e Historia entre los Incas
El Padre Valdez autor del Ollantay
La paternidad definitiva de Ollantay
El Ollantay y Antonio Valdez

TESTIMONIOS
Carta de José María Arguedas

Carta de Luis Angel Aragón

Raúl Porras Barrenechea por Angel Avendaño
La “Antología del Cuzco” por Jorge Puccinelli
Porras y la Literatura Quechua por Jorge Prado
Chirinos

BIBLIOGRAFÍA
Breve Biobibliografía de Raúl Porras Barrenechea por Jorge Puccinelli

Presentación por Jorge Puccinelli

Con la presente edición de “El Legado Quechua” el Instituto Raúl Porras Barrenechea, Centro de Altos Estudios y de Investigaciones Peruanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, inicia la publicación de las “Obras Completas” del maestro, cuyos primeros tomos estarán consagrados al vasto conjunto de ensayos, monografías y artículos dispersos en revistas y diarios del Perú y del extranjero que el propio Raúl Porras proyectaba reunir bajo el título de “Indagaciones Peruanas”.

En cumplimiento de uno de sus fines primordiales, el Instituto ha reeditado, con sus escasos recursos o con el apoyo de alguna institución amiga, libros fundamentales del autor como “Fuentes Históricas Peruanas”, “Cronistas del Perú”, “Historia de los límites del Perú”, “El sentido tradicional en la literatura peruana”, “Mito, tradición e historia del Perú”, “Las relaciones primitivas de la conquista del Perú”, “Andrés Avelino Aramburú, el periodista de la defensa nacional”, “Un viajero y precursor romántico cuzqueño, don José Manuel Valdez y Palacios”, “Una relación inédita de la conquista, la crónica de Diego de Trujillo”, “Pizarro”, “Pequeña Antología de Lima. El río, el puente y la alameda”, “El paisaje peruano de Garcilaso a Riva Agüero”, “Antología del Cuzco”, “Relaciones italianas de la conquista del Perú”, “Perspectiva y panorama de Lima”. Igualmente se han publicado algunos estudios, trabajos monográficos y antologías acerca del maestro: “Porras Barrenechea y la historia” por Jorge Basadre, “Raúl Porras” por René Hooper, “El maestro Raúl Porras Barrenechea” por Emilio Vásquez, “Raúl Porras Barrenechea, parlamentario” por Carlota Casalino, “Raúl Porras, diplomático e internacionalista” por Félix Alvarez Brun, “La marca del escritor” por Luis Loayza, “Antología de Raúl Porras” por Jorge Puccinelli.

Paralelamente con el trabajo que han representado las publicaciones mencionadas, el Instituto ha venido recopilando los disjecta membra de la cuantiosa producción de Raúl Porras, diseminada en los medios impresos, con los que damos inicio a esta colección de sus “Obras Completas”. El título de serie elegido por el autor para estos primeros tomos es el de “Indagaciones Peruanas”; título sencillo, acaso modesto, como el de los “Comentarios” del Inca, que encierra, sin embargo, la idea esencial de la historia: “inquirir o averiguar una cosa discurriendo acerca de ella”. Agrupados por épocas sus ensayos, artículos y monografías –como él lo hiciera en un tomo selectivo de las “Tradiciones” de Palma y lo propusiera respecto de la producción de Riva Agüero- se pueden reconstruir todas las etapas de nuestra historia y de nuestras letras y descubrir el sentido profundo de su obra íntegra como una prolongada meditación acerca del Perú.

Recordando la riqueza y fecundidad de la obra total de Porras, ha dicho Jorge Basadre que “a diferencia de los eruditos que se instalan en un período o en un área de un período, la vocación peruanista de Porras irradió sobre todas las épocas de la historia nacional. Ella no fue fruto de vacilaciones frívolas ni de versatilidad de ‘dilettante’ sino expresión de fecundidad, de vigor y de constancia para trabajar, de aptitud para producir y de indeclinable y predestinado ligamen a la difícil y lenta tarea que le atrajo y le subyugó… A diferencia de los que publicaron, siendo jóvenes, libros muy aplaudidos y luego no los superaron, la obra de Porras se consolida, se expande y crece en reciedumbre a lo largo de los años…”

Los volúmenes de “Indagaciones Peruanas” que darán inicio a las “Opera Omnia” comprenderán los títulos “El legado Quechua”, “La huella hispánica”, “Patriotismo, liberalismo y civilidad”, “Páginas de crítica y de historia literarias”, “Páginas internacionales y diplomáticas”, “La ciudad, el paisaje, los viajeros”, “Crónicas, conferencias, discursos e intervenciones parlamentarias”. A continuación seguirán los libros orgánicos de Raúl Porras para integrar la totalidad del proyecto de las “Obras Completas” que ha asumido como un compromiso de honor su alma mater, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Jorge Puccinelli

Prólogo

Raúl Porras Barrenechea en sus investigaciones, estudios y meditaciones sobre la cultura peruana tuvo clarísima predilección por conocer a fondo al pueblo quechua desde el punto de vista de sus valores espirituales. Lo que no quiere decir que dejara de reconocer sus realizaciones materiales y admirar las obras concretas representadas en monumentos y otras expresiones de carácter colectivo como fueron los caminos y los canales y andenerías dedicadas al desarrollo de la agricultura, base de su economía.

Así lo demuestran numerosos estudios que muchos historiadores desconocen por no haber tenido amplia difusión o por cierta predisposición o prejuicio respecto del autor, a quien se ha querido encasillar bajo determinadas etiquetas mal interpretadas, siendo, en realidad, defensor de un Perú integral del cual el pueblo indígena forma parte fundamental y marca su presencia a través de toda nuestra historia.

Artículos, ensayos y libros constituyen la vasta producción del insigne historiador y maestro. En el amplio panorama de la historia peruana que Porras consideraba indispensable estudiar para obtener una visión integral de nuestra realidad, en ningún momento dejó de pensar en la raíz india como componente de nuestra personalidad nacional. Y no porque tratara de mostrar su adhesión a una insoslayable realidad, como ocurre en quienes se dejan llevar por emociones o por inocultable interés de figurar en la lista de defensores del mundo indígena, sino por convicción nacida en el conocimiento profundo de aquella realidad que es parte integrante e inequívoca de nuestra identidad. En el discurso que pronunció al ser declarado Hijo Predilecto de Pisco, en setiembre de 1958, expresó que “en la trayectoria de todo el pueblo peruano debe contar como el más fuerte lazo telúrico su vieja raíz indígena. En ella está la más honda simiente del espíritu local”, vale decir de la patria toda.

En oportunidad anterior, al precisar sucintamente los estudios de Porras sobre las diversas etapas de nuestra historia desde las más remotas culturas indígenas hasta la República, dije que Porras no hizo otra cosa que cumplir con un compromiso que él mismo se había trazado: tener una visión integral del Perú y recoger el mensaje de auténtica peruanidad. El conocimiento global de la historia y la cultura peruanas le era indispensable, porque su interés y sentimiento íntimo, como lo dio a conocer alguna vez, fue “recoger de la historia nuestra, todavía insegura y borrosa, las esencias morales que definen nuestra patria y que sustenten en el alma de todos nosotros la conciencia y el orgullo inexplicado de ser peruanos”. Si Porras se hubiera dedicado a una sola época de nuestra historia tal vez no habría alcanzado aquel propósito o, al menos, su visión del Perú y la peruanidad habría sido parcial. De ahí también que consideró necesario pensar en un Perú que “recoja todos los latidos de nuestra historia, sin exclusivismos ni caciquismos históricos, atento a los mensajes que nos vienen del pasado, el occidental irrenunciable para nuestra cultura como lo proclamó Mariátegui y el indígena que es raíz y decoro de nuestra nacionalidad”. El pensamiento de Porras es, por consiguiente, muy claro. No puede dudarse de él porque así lo confirman los enjundiosos trabajos históricos que ahora se reúnen en el volumen El Legado Quechua, que es el primero de sus Obras Completas. En los siguientes volúmenes se reunirán los correspondientes a las demás etapas de nuestra historia, de acuerdo al Proyecto que se tiene preparado y que mencionaré al término de esta introducción.

orras siempre pensó que era indispensable que el Perú contara con una historia integral que abarcara todo el panorama del pasado peruano en el que se diese cabida a una interpretación nuestra respecto de ese pasado y de nuestra posición en América y en el mundo, como lo señaló en 1951, con ocasión del IV Centenario de la Fundación de San Marcos y después en 1954 a propósito de un editorial de El Comercio, en el cual este importante cotidiano se refirió a aquella necesidad. “Riva Agüero, Vargas Ugarte, Lohmann y Tauro, analizadores de nuestra producción historiográfica, reconocen la escasez de ella en comparación con la de otros países americanos de menos historia que el Perú”, dijo en 1951. Aún más, declaró en aquellas dos oportunidades, “conocemos las interpretaciones de nuestra historia y sicología hechas por extranjeros y viajeros eminentes, pero nos falta la interpretación propia de un Perú visto desde adentro y no desde fuera”. Lamentaba, a la vez, que la única historia integral del Perú que se poseía, aparte de los textos escolares, fuese la del inglés Markham, “meritísimo peruanista quien, no obstante su devoción por los Incas […] no pudo, como extranjero, libertarse de cierto pintoresquismo y se le escapa esencias de nuestras costumbres y de nuestro espíritu”. Autores extranjeros ilustres como Baudin y Prescott se han ocupado de los Incas y de la Conquista, y otros, como Medina, Levillier, Torres de Mendoza y Altamira, han publicado documentos para escribir capítulos fundamentales de la historia del Descubrimiento y Conquista. La Colonia, en cambio, no ha tenido, decía, una historia que “abarque los tres siglos de transculturación española y de surgimiento de la conciencia peruana de la nacionalidad”. La única con la que se ha contado es “la sumaria y envejecida de Lorente”. Sobre la historia de la lucha por la Independencia, anotaba Porras, escribió Mariano Felipe Paz Soldán, “dentro del criterio de la historia política y militar del siglo XIX, etapa en la que han incursionado, con sus prejuicios nacionales, historiadores argentinos, chilenos y colombianos, con las magníficas obras de Mitre, de Vicuña Mackenna o de Bulnes, pero sin que se haya escrito hasta ahora una historia que recoja el hálito social y espiritual de la época y funda en un crisol peruano los aportes del norte y del sur, con un criterio equilibrado en el que cuenten el influjo del medio y de la historia peruanos”. En lo que se refiere a la República, afirmaba que “la historia política y social de esta época, así como la económica, la cultural, la internacional ha sido escrita desde ángulos diversos por notables especialistas, pero falta aún la obra integral e interpretativa”.

al ha sido el panorama de la historia peruana visto por Porras. Desde luego explica los motivos debido a los cuales no se ha tenido una historia integral, entre ellos la falta de una disciplina científica y el poco favor que se presta a la investigación; la “falta de apoyo del Estado, la negligencia en la custodia de los Archivos, los robos y saqueos de éstos y una especialidad nuestra, que es la de los siniestros, desde el incendio del Archivo Virreinal en 1620, el de 1822, el de 1885 y el gran auto de fe de 1943”. Se refería en este último caso al incendio de la Biblioteca Nacional sobre el cual escribió un artículo inmediatamente después de la catástrofe, que no fue únicamente la expresión de una justa indignación por lo sucedido, sino además una franca protesta por la falta de protección y prevención del Estado y sus organismos correspondientes en lo que atañe a nuestros fondos documentales y bibliográficos y a todo lo que constituye el patrimonio artístico y cultural de la Nación, cuyo desvalijo y pérdida, por lo general, es irreparable.

sa es la razón por la que Porras hablaba de la necesidad de exhumar y publicar los documentos de nuestros Archivos, como lo han hecho otros países, documentos que les han servido para escribir sus respectivas síntesis históricas. Sin documentos no hay historia se ha dicho hasta la saciedad, desde Fustel de Coulanges y Ranke, en el pasado siglo. Recordaba Porras al mismo tiempo que, después del acopio de documentos y de la labor heurística, y antes que una historia general y panorámica, debía procederse a escribir monografías, estudios intensivos de épocas, historia de ciudades y regiones y biografías a fin de que el historiador pueda deducir más tarde la gran síntesis peruana. Estos y muchos conceptos más, como la necesidad de trabajar en equipo las diversas etapas claramente establecidas de nuestra historia, definían, pues, el pensamiento y la preocupación de Porras respecto de nuestra historia nacional. Estimaba como muy importante la historia escrita por un solo autor, pero, al mismo tiempo, sostenía que “la diversidad de opiniones en una historia mancomunada, no perjudica sino que enriquece la verdad histórica con la exhibición de los puntos de vista antagónicos y la confrontación de éstos por los lectores de las más diversas ideologías, a los que se les escamotea su propia verdad o convicción. Lo importante de la historia plural es la riqueza de la información aportada por los mejores especialistas, entre los que cabe, por lo demás, una concertación previa, sobre métodos de investigación y de crítica, de planteamiento de los temas y exposición de éstos, que evite la invertebración de la historia que es el pecado natural de las historias en equipo”. Por otro lado, Porras sostenía que el hombre, considerado individual y colectivamente, debe ser el centro de la atención de la historia, porque sus actos son tema “auténtico y cardinal” de la misma, debiendo ocupar puesto importante los que se refieren a las formas sociales, económicas y culturales. No descarta, desde luego, la actividad política del Estado, cuya evolución debe estudiarse a la par que las anteriores, “para establecer las causas que han impulsado o retardado el progreso económico, social y espiritual del país.”

or último, recojo una advertencia fundamental de Porras en relación a los historiadores que se ocupan de nuestro pasado. “El historiador peruano, dice, debe tender a no encasillarse dentro de una época o compartimento-estanco, concibiendo siempre la historia del Perú como un todo, en el que la continuidad no se interrumpe ni se corta, sino que es siempre transición y fusión constantes. Ninguna época del Perú le debe ser extraña ni debe tratar de separar mentalmente lo que es naturalmente solidario. Junto con este respeto por todos los legados étnicos y culturales que han enriquecido nuestro espíritu, debe ser norma indeclinable del historiador peruano, ese fondo de cortesía y de respeto que el Inca Garcilaso exigía para escribir la historia, que no puede tener por objeto ni la propaganda, ni la lisonja, ni la difamación, sino el culto insobornable de la verdad y un afán incesante de comprensión”. Porras, en consecuencia, señala que el estudio de nuestro pasado debe ser integral y exige ser cauteloso en la crítica, en la interpretación y en las afirmaciones a las que se pueda arribar. El historiador debe despojarse de toda idea preconcebida al tratar el tema histórico, y ajustarse a los documentos e informaciones, si es que desea llegar a conclusiones válidas. Su mira, por lo mismo, debe ser encontrar la verdad, sin falsificarla por pasiones personales, compromisos ideológicos o de otra índole. Paul Valery decía que “la historia es el producto más peligroso que la química intelectual haya elaborado”, con lo que quiso indicar que había que tratarla con suma cautela y sin introducir elementos que pueden derivar en perjuicio de la humanidad.

l respecto debe tenerse presente que la historia es materia indesligable de la enseñanza escolar y universitaria, es decir de la niñez y juventud, en las que se recoge y valora todo lo que contribuye a forjar la conciencia de la nacionalidad. Por esta razón, Porras, en nota de puño y letra dejó sintetizado su pensamiento de historiador en los siguientes términos: “La historia –factor de enseñanza cívica, de espíritu humanitario, de dignidad nacional y de desarrollo del amor a la verdad– no puede ser usada para fines extraños a su propia misión, ni utilizarse como un instrumento de propaganda. Todo sectarismo debe ser ajeno por completo a la función de enseñar. El alumno debe ser puesto por el profesor en condición de pesar el pro y el contra de los hechos, de discernir por sí mismo lo verdadero y lo falso y de formar libremente sus convicciones”.

Me he detenido en fijar algunos de los criterios y normas que han guiado la obra histórica del maestro Porras porque pienso que muchos lectores no los conocen y porque los considero indispensables al presentar este volumen sobre el Legado Quechua.

El interés que tenía por poseer una visión integral de la historia del Perú, a la que me he referido anteriormente, le llevó a estudiar y escribir artículos y ensayos sobre los momentos históricos, circunstancias y personajes representativos vinculados a distintas etapas de nuestra historia, como se verá cuando finalmente se cumpla con el deseo de publicar la vasta creación intelectual que se tiene de él. Entre los trabajos con óptica panorámica y general, se cuenta con algunas síntesis valiosas tocantes a diversos aspectos de nuestra cultura a través de nuestra historia. Básteme citar El sentido tradicional en la literatura peruana (1945) que Porras inicia con la frase de Francisco de Xerez, por la que este conquistador y cronista del primer momento, califica al pueblo indígena peruano de “gente de más calidad y manera que indios, porque ellos son de mejor gesto y color […] de más razón que toda la que antes habían visto de indios”, y que culmina nombrando a las personalidades intelectuales más destacadas del Perú contemporáneo. Está también El periodismo en el Perú (1921), que abarca desde El Diario de Lima y el Mercurio Peruano de fines del siglo XVIII hasta las dos primeras décadas del presente siglo, al que añade artículos posteriores sobre el mismo tema; El Paisaje Peruano-De Garcilaso a Riva Agüero (1955), bello ensayo que sirvió de estudio preliminar a los Paisajes Peruanos del insigne historiador Riva Agüero; y finalmente, Mito, tradición e historia del Perú (1951), que es una brillante suma y compendio histórico-cultural del Perú a partir de los mitos y leyendas del mundo indígena hasta las figuras representativas de los siglos XIX y XX de la época republicana.

El conjunto de los estudios históricos de Porras es, por consiguiente, amplísimo sin tomar en cuenta sus obras vertebrales como Fuentes Históricas Peruanas, Los Cronistas del Perú, Pizarro, el fundador, Las Relaciones Primitivas de la conquista del Perú, Los Viajeros italianos en el Perú, El Congreso de Panamá, Historia de los límites del Perú o el Elogio de Miguel Grau. Ahora bien. Se ha dicho que Porras se interesó particularmente por la Conquista y la Colonia, es decir porque lo vinculaban a lo hispánico. Es verdad, porque no podía ser de otra manera. Se olvida que Porras fue profesor de esa parte de nuestra historia y que como catedrático consciente de la responsabilidad que ello implicaba, tenía que ahondar sus conocimientos respecto de dichas etapas. He tenido la suerte de ser alumno de un brillante grupo de profesores en la Universidad de San Marcos que creo difícil que se haya dado en otro momento. La Facultad de Letras contaba en las décadas cuarenta y cincuenta con destacados maestros a los que los estudiantes admirábamos por su vocación docente, por el sólido dominio de la especialidad que era materia del curso que corría a su cargo, por su honda formación humanística que los caracterizaba y por su permanente inquietud intelectual para dejar obra escrita que esté a la altura del renombre que ya tenían en los medios académicos. No eran profesores repetidores de otros autores ni de cultura general, como ocurre con frecuencia en ciertas universidades. Recuerdo con imborrable afecto a Julio C. Tello, Luis E. Valcárcel, Raúl Porras y Jorge Basadre, para referirme solamente a los profesores de historia peruana. Pues bien, Tello, catedrático de Arqueología, ahondó sus investigaciones sobre esta especialidad; Valcárcel, catedrático del curso de Incas, hizo lo mismo con el suyo; Basadre, catedrático de Historia de la República, también siguió el mismo camino. Porras, catedrático de Conquista y Colonia y de Fuentes Históricas Peruanas, trabajó en idéntica forma. Por lo indicado, todos los maestros mencionados han dejado obra imperecedera en su especialidad y nadie discute ni puede negar que en gran medida se debió a su compromiso con el claustro sanmarquino y sus alumnos, así como con la cultura peruana. Porras, es cierto, se dedicó a investigar y profundizar sus conocimientos sobre la Conquista y la Colonia, curso que desarrolló poniendo de lado las tradicionales lecciones narrativas, para ocuparse de preferencia del régimen colonial, las instituciones y las fuentes históricas pertinentes, sobre todo los cronistas y los quechuistas que no sólo le sirvieron para conocer mejor las etapas mencionadas sino además para descubrir las esencias del pueblo indígena y la cultura quechua. Su magnífica obra Los Cronistas del Perú, es un ejemplo, como lo es también Fuentes Históricas Peruanas para el curso que tuvo a su cargo con dicho título.

Ahora bien, sin disminuir o negar los altos méritos de mis maestros Tello, Valcárcel, Basadre y otros, a quienes recordaré siempre con el mayor afecto, admiración y reconocimiento por sus sabias enseñanzas, puedo decir que Porras tenía además la virtud de contar con el maravilloso don de la exposición, clara y firme, seguridad en los conceptos y opiniones vertidos por él y el galano lenguaje con el cual deslumbraba a su numeroso auditorio de alumnos, muchos de ellos provenientes de otros cursos. Al hacer el relato histórico de los acontecimientos y personajes del pasado, Porras concentraba su atención en el marco o escenario en que aquellos se producían o movían con pleno dominio del tema y con lenguaje ameno, fácil y deslumbrante en el cual florecía el espíritu agudo, penetrante y a veces irónico que lo caracterizaba. Esto permitía la mayor atención de los concurrentes a la clase o conferencia que desde entonces quedaba grabada en la memoria como la imagen de un mural vital y polícromo. “Exponía con una elegancia consumada, en un español sabroso y muy castizo”, ha escrito Vargas Llosa, agregando “que no era él, ni remotamente, el profesor lenguaraz, de palabrería sin consistencia, que se escuchaba hablar. Porras tenía el fanatismo de la exactitud y era incapaz de afirmar algo que no hubiera verificado”. En este sentido era un maestro como Fustel de Coulanges o como Marcel Bataillon, dos figuras relevantes del magisterio universitario y de la historia.

El Legado Quechua, ya lo he dicho, reúne los estudios de Porras sobre el mundo indígena, particularmente sobre el Imperio de los Incas, considerado desde el ángulo de los valores espirituales. Por este motivo he creído necesario tratarlos independientemente en esta Introducción, con citas breves del autor y cortas acotaciones mías. Sin embargo he dejado de comentar el valioso ensayo Quipu y Quilca, que es una contribución histórica al estudio de la escritura en el antiguo Perú, por su extensión y porque es tema para un especialista como bien pudiera haberlo hecho Carlos Radicati di Primeglio, autor de importantes estudios sobre el particular. El estudio Riva Agüero y la Historia incaica, he preferido también no tocarlo por su extensión y por tratarse del notable historiador que Porras elogia por su “sentido de peruanismo integral ajeno a todo caciquismo histórico”, y por ser uno de los que ha interpretado con hondura el mundo incaico, sus gobernantes e instituciones que, desde luego, requiere atención particular y amplia. Por último otros trabajos no necesitan comentario aparte por ser cortos, como Coli y Chepi y los Cantares épicos incaicos así como los que se publican en los Apéndices, entre los que destacan los textos periodísticos que se refieren al Ollantay y al padre Antonio Valdez como su autor, por carecer del texto original de la conferencia que dictara el Dr. Porras en la Facultad de Letras como parte del programa del I Congreso Internacional de Peruanistas que él mismo organizara y presidiera y del que desafortunadamente no se conserva una copia, verdadera y lamentable laguna en la historia literaria peruana.

El lector podrá sacar sus propias conclusiones sobre cada uno de los trabajos incorporados así como de toda la obra en conjunto.

La Caída del Imperio Incaico

El presente volumen se inicia con un trabajo compendioso en el cual Porras ofrece una interpretación nueva, muy distinta de la tradicionalmente aceptada, respecto de la caída del imperio de los Incas. Este estudio es el resultado de un profundo análisis realizado por el autor a través de documentos e informaciones que le han permitido presentar y aclarar, dentro del más amplio contexto histórico, aspectos fundamentales sobre aquel acontecimiento. Por esta razón el estudio de Porras fue acogido con especial interés y sin reparo alguno desde 1935 en que fue publicado, y ha dado motivo a que los nuevos historiadores ofrezcan parecidas conclusiones en trabajos recientes, aunque en algunos de ellos se ha eludido citar la fuente inspiradora.

La caída del Imperio Incaico salió en la Revista de la Universidad Católica del Perú el citado año; fue reeditado por la misma Universidad en 1993 y en la Revista Sollertia de los estudiantes de diversas Facultades de la Universidad de San Marcos en 1990, con una corta nota introductoria del profesor Miguel Maticorena. Trabajos importantes como los de Fernando Bobbio Rosas, Liliana Regalado de Hurtado y del citado doctor Maticorena, fijan claramente el interés que tiene el estudio de Porras al poner éste de lado el motivo psicológico; el de los elementos materiales, entre los que involucra los caballos y las armas usadas en aquella época, y el de los factores sobrenaturales, como determinantes de la derrota sufrida por Atahualpa en Cajamarca. Porras efectivamente se aparta de esos conceptos y ofrece una opinión más acorde con la realidad vivida en aquel momento, conceptualmente estimada dentro de una visión de conjunto en la que, como señala Maticorena, juega la erudición, el dato, el documento y la “plena conciencia de la correlación análisis-síntesis, erudición-interpretación”. En esa forma, afirma Liliana Regalado, “Porras con el estudio breve pero justo dio un paso adelante harto significativo en lo que se refiere al atisbo o planteamiento de una serie de cuestiones que las siguientes generaciones se encargarían de desarrollar”.

Al iniciar su trabajo expresa Porras que “la derrota de Cajamarca no se explica simplemente por el arrojo de los españoles ni por el miedo de los indios. Tampoco se explica por los factores sobrehumanos alegados por ambas partes; ni el milagro del apóstol Santiago ayudando con su espada formidable a los españoles, ni la profecía de Huayna Cápac de que habla Garcilaso sobre la próxima terminación del imperio y venida de unos hombres blancos y barbudos, a los que debían obedecer”. Para Porras si bien es cierto aquellos factores tuvieron alguna influencia en el ánimo de ambos pueblos, no fueron determinantes en el mencionado suceso, como tampoco los elementos materiales. Más bien encuentra explicación en otros hechos que no fueron coyunturales sino provenientes del proceso mismo en el desarrollo y fuerza del imperio incaico. Estimo innecesario detenerme en cada uno de los factores considerados por Porras por ser claros y precisos. En consecuencia me limito únicamente a mencionar a continuación los más importantes.

Según Porras el imperio incaico empezó a derrumbarse solo y encuentra como motivo la enorme extensión territorial que pudo desarrollarse y mantenerse mientras tuvo “grandes espíritus guerreros y conquistadores” como Pachacútec y Túpac Yupanqui y, sobre todo, a la conservación de una milicia cohesionada y firme, “sobria y virtuosa”, como lo era la de los orejones. Huayna Cápac tenía esas mismas virtudes guerreras, pero en él se presentan y se afirman ya síntomas de corrupción y relajamiento de las costumbres militares tradicionales, lo que determina que las victorias incaicas sean más lentas y difíciles. Ya no se siente “el ímpetu irresistible de las legiones quechuas”; es decir, la casta militar de los orejones pierde la fuerza y vigor de otros momentos. La conquista de Quito que, entre otras cosas, rompe la unidad del imperio al crearse un nuevo foco de poder, significa para Porras la pérdida del Tahuantinsuyo porque crea el germen fatal de la disolución y surge la rivalidad irreconciliable de cuzqueños y quiteños. Este hecho allana el camino a los conquistadores españoles q