Fray Pedro de Aguado. Recopilación historial. Segunda parte. Монах Педро де Агуадо. Исторический сборник. Часть Вторая. Книга первая, Книга вторая, Книга третья, Книга четвертая. История Колумбии, Венесуэлы.

Fray Pedro de Aguado. Recopilación historial. Segunda parte. Libro primero, Libro segundo, Libro tercero, Libro cuarto.
Монах Педро де Агуадо. Исторический сборник. Часть Вторая. Книга первая, Книга вторая, Книга третья, Книга четвертая. История Колумбии, Венесуэлы.

Edición original: Bogota, Empresa Nacional de Publicaciones. 1956-1957

INDICE

Tabla de lo contenido en esta segunda parte
Libro primero
Libro segundo
Libro tercero
Libro cuarto
Libro quínto
Libro sexto
Libro séptimo

TABLA DE LO CONTENIDO EN ESTA SEGUNDA PARTE

LIBRO PRIMERO

Capítulo I, en el cual se escribe el principio que tuvo la gobernación de Venezuela, y cuáles fueron los primeros españoles que la principiaron.

Capítulo II, en el cual se escribe el principio que tuvo la ciudad de Coro, y cómo la gobernación fue dada a los Bezares por el Emperador.

Capítulo III, cómo los Bezares enviaron gobernador y gente a la gobernación de Venezuela, y de a dónde tomó este nombre de Veneçuela y la laguna de Maracaibo.

Capítulo IV, cómo micer Ambrosio entró con gente en la laguna de Maracaibo y se alojó de la otra banda de la laguna, donde después llamaron el pueblo de Maracaibo.

Capítulo V, en el cual se escribe cómo los españoles y micer Ambrosio, su capitán, anduvieron un año descubriendo y conquistando la laguna de Maracaibo. Trátase de la forma de las canoas y sus remos.

Capítulo VI, cómo micer Ambrosio se partió con su gente de la laguna, por tierra y llegó a las lagunas de Talamalameque, donde prendió al cacique y principal de aquella tierra.

Capítulo VII, cómo estando los españoles divididos, se juntaron mucha cantidad de indios y vinieron a sacar de poder de los españoles a su cacique, y cómo micer Ambrosio envió a Gascuña a Coro con más gente.

Capítulo VIII, en el cual se escribe cómo metiéndose Gascuña por los despoblados y arcabucos de la culata de la laguna, pereció de hambre él y todos los demás que con él iban.

Capítulo IX, en el cual se escribe el suceso de los cuatro españoles que se apartaron de Gascuña.

Capítulo X, cómo prosiguiendo micer Ambrosio su jornada, pasó por el río de Oro y provincia de Guane, y fue a salir a los páramos y tierra donde ahora está poblada la ciudad de Pamplona.

Capítulo XI, en el cual se escribe cómo prosiguiendo micer Ambrosio su descubrimiento hacia la laguna, fue muerto de ciertas heridas que en una guazabara le dieron indios.

Capítulo XII, cómo muerto micer Ambrosio fue electo por capitán Juan de San Martín, y prosiguiendo su jornada fue a dar donde estaba Francisco Martín preso o cautivo de los indios, y tomándolo consigo salieron a la ciudad de Coro.

Capítulo XIII, en el cual se escribe cómo el capitán Venegas, que había quedado en el pueblo de Maracaibo, sabiendo la pérdida del oro de Gascuña, lo fue a buscar llevando por guía a Francisco Martín, donde se hubiera de perder, y sin hallarlo se volvió a salir.

LIBRO SEGUNDO

Capítulo I, cómo por muerte de micer Ambrosio proveyeron los Bezares por gobernador de Venezuela a Jorge Espira, y por su teniente a Nicolás Fredeman, y de su pasada a Indias.

Capítulo II, en el cual se escribe cómo llegado a Coro Jorge Espira luégo echó la gente la vía de los Llanos, y él se fue tras de ella para descubrir aquella vía, y cómo el teniente Fredeman se quedó en Coro para ir a Santo Domingo a hacer más gente.

Capítulo III, en el cual se escribe cómo después de junto Jorge Espira con su gente, pasó adelante, hasta llegar a la poblazón de Hacariqva, donde tuvieron el invierno.

Capítulo IV, en el cual se escribe cómo Fredeman envió gente la vuelta del Cabo de la Vela, y él se fue a Santo Domingo a rehacerse de más soldados y caballos, y la prisión que esta gente de Fredeman hicieron de ciertos soldados de Santa Marta y del capitán Ribera, que con ellos iba.

Capítulo V, cómo, pasado el invierno, el gobernador Jorge Espira marchó hasta llegar a las riberas del río Opia, donde tomó a invernar, y cómo en el camino prendió a Francisco Velasco con su teniente, y lo envió a Coro, por ciertas palabras que dijo.

Capítulo VI, cómo el teniente Chaves llegó a Cabo de la Vela y halló allí al teniente Fredeman, que había venido de Santo Domingo, y cómo el capitán Ribera y los demás soldados de Santa Marta fueron sueltos.

Capítulo VII, en el cual se escriben algunas cosas de las que al gobernador Jorge Espira y a sus soldados les sucedió en el invernadero del río Opia, y cómo pasó de allí adelante.

Capítulo VIII, cómo pasando adelante Jorge Espira con su gente, dieron en una poblazón que por su fortaleza llamaron Salsillas, y de cierta noticia que tuvieron de un gran río que presumieron ser el Marañón.

Capítulo IX, en el cual se escribe cierta noticia que una india dio a Jorge Espira de que habla españoles perdidos cerca de donde estaba él alojado, y cómo de aquí nació la opinión de la gente perdida de Ordaz y lo del Dorado.

Capítulo X, cómo Fredeman partió del Cabo de la Vela y se metió la tierra adentro, donde tomó a encontrar con el capitán Ribera y lo prendió a él y a sus soldados, y dio la vuelta a la laguna de Maracaibo por diferente camino.

Capítulo XI, en el cual se escribe una guazabara que los indios dieron a los españoles, y el suceso de ella, y cómo pasando adelante y pasando por muchas poblazones y ríos caudalosos, llegaron al río de Papamene.

Capítulo XII, cómo teniendo Jorge Espira paz con los indios del Papamene pasó el río, y atravesando la tierra de este nombre, fue a dar, con guías que de allí tomó, a los Choques, de donde envió un caudillo con gente a descubrir lo que adelante había.

Capítulo XIII, en el cual se escribe la pelea que los españoles hubieron con los indios del pueblo que habían topado, y cómo retirándose hacia el alojamiento, fueron también acometidos y maltratados de otros indios que en el camino había.

Capítulo XIV, en el cual se escribe, venida la noche, los españoles se retiraron llevando a cuestas sus enfermos, algunos de los cuales dejaron en el camino, y llegaron al alojamiento donde Jorge Espira había quedado.

Capítulo XV, en el cual se escribe cómo después de haber Fredeman pasado la laguna, se fue a Coro y envió toda la gente por la tierra alta, la vía de las provincias de Tocuyo, con el capitán Diego Martínez, y lo que en el camino le sucedió hasta llegar a Carora.

Capítulo XVI, cómo el capitán Martínez llegó a las provincias de Tocuyo, y dende a poco llegó el general Fredeman, y pasó adelante con su gente. Cuéntase todo el discurso de su jornada, hasta que llegaron al pueblo que llamaron de Poca Vergüenza.

Capítulo XVII, en el cual se escribe cómo Jorge Espira se salió de los Choques y dio la vuelta a Coro, y el teniente Fredeman pasó adelante, prosiguiendo su jornada, y se apartó del camino por no encontrarse con Jorge Espira.

Capítulo XVIII, cómo el gobernador Jorge Espira, después de haber enviado gente en seguimiento de Fredeman, llegó a Coro, donde halló el gobierno de la tierra en el doctor Navarro, proveido por la Audiencia de Santo Domingo.

Capítulo XIX, cómo atravesando ciertas ciénagas el teniente Fredeman con su gente, se tomó a arrimar a la sierra, y prosiguiendo su jornada llegó al pueblo de Nuestra Señora.

Capítulo XX, cómo atravesando Nicolás Fredeman desde el pueblo de Nuestra Señora la cordillera y sierra, entró en el Nuevo Reino de Granada.

Capítulo XXI, en el cual se escribe lo que después sucedió a Jorge Espira en Coro, hasta que murió, y el resto del gobierno del doctor Navarro.

LIBRO TERCERO

Capítulo I, cómo la Audiencia de Santo Domingo proveyó por gobernador de Venezuela al obispo Bastidas y a Felipe Dutre, el cual juntó gente y salió en demanda del Dorado.

Capítulo II, cómo pasado el invierno, Felipe Dutre siguió a Hernán Pérez hasta que por ciertos respectos se aparté de su vía, y por diferente camino, después de haber invernado en el camino, se volvió al pueblo de Nuestra Señora.

Capítulo III, en el cual se escriben los movimientos que en Coro sucedieron y hubo acerca del gobierno de la tierra en el ínterin que Felipe Dutre andaba en la jornada de suso referida.

Capítulo IV, cómo dejando Felipe Dutre los enfermos en el pueblo de Nuestra Señora, se partió con cuarenta soldados en demanda del Dorado. Cuéntase lo que en el campo le sucedió hasta llegar a cierta poblazón que estaba cerca de la tierra de los Omeguas.

Capítulo V, en el cual se escribe cómo siendo guiado Felipe Dutre de cierto principal del pueblo arriba dicho, llegó al principio de la tierra del Dorado, donde fue herido él y otro capitán, y de allí dio la vuelta al pueblo de Nuestra Señora.

Capítulo VI, en el cual se escribe cómo Felipe Dutre salió del pueblo de Nuestra Señora en seguimiento de Pedro de Limpias, que con cierta cautela se había apartado, y se encontró con Francisco de Carvajal en las provincias de Tocuyo.

Capítulo VII, en que se escribe cierta sedición y alboroto que entre Carvajal y Felipe Dutre hubo después de haberse juntado.

Capítulo VIII, cómo Caravajal cortó las cabezas de Felipe Dutre y a Bartolomé Berzar y a otros.

Capítulo IX, cómo por el Consejo Real de Indias fue proveído por gobernador de Venezuela el licenciado Juan Pérez de Tolosa, el cual, viniendo a Venezuela, cortó la cabeza a Caravajal, y cómo la gobernación fue quitada a los Bezares.

Capítulo X, de los principios que tuvo la ciudad del Tocuyo en la gobernación de Venezuela, y de cómo el gobernador Tolosa envió a Alonso Pérez de Tolosa, su hermano, con gente, a descubrir las Sierras Nevadas, donde hoy está poblada Mérida, del Nuevo Reino.

Capítulo XI, en el cual se escribe el fundamento y principio de la ciudad de Burburata, de la gobernación de Venezuela.

Capítulo XII, cómo el capitán Alonso Pérez de Tolosa, subiendo por el río de Apure arriba, fue a dar al valle de Santiago, donde ahora está poblada la villa de San Cristóbal, del Nuevo Reino, y de allí a los llanos de Qúquta.

Capítulo XIII, cómo llegado el capitán Alonso Pérez de Tolosa a la laguna, y no pudiendo pasar adelante, se volvió al Tocuyo con mucho trabajo, y cómo el gobernador Tolosa murió.

Capítulo XIV, en el cual se escribe el descuido que en Venezuela se ha tenido y tiene en no enseñar la doctrina a los indios, y algunas cosas y propiedades de los Llanos y falda de la cordillera.

Capítulo XV, en que se escribe la fundación y principio de la Nueva Segovia, por otro nombre llamada Barquisimeto, en Venezuela.

Capítulo XVI, en el cual se escribe cierto alzamiento que los negros que andaban en las minas de Barquisimeto hicieron, y cómo fueron desbaratados.

Capítulo XVII, de cómo fue proveído por gobernador de Venezuela el licenciado Villasande, y de su gobierno y muerte, y de la fundación y sucesos de una villa poblada en el valle de San Pedro.

Capítulo XVIII, en el cual se escribe el principio y fundación de la ciudad de Trujillo, de esta gobernación, y algunas cosas de los indios naturales de ella.

Capítulo XIX, en el cual se escribe los mudamientos y traslaciones que esta ciudad de Trujillo ha tenido hasta este tiempo, y mudanzas del gobierno de la gobernación.

Capítulo XX, en el cual se escribe en suma lo sucedido en esta gobernación de Venezuela a Lope de Aguirre, con su fin y muerte.

Capítulo XXI, en el cual se escriben las muertes de los capitanes Luis de Narváez y García de Paredes, y la disposición de Caracas.

Capítulo XXII, en el que se escribe el segundo gobierno que con esta gobernación tuvo el licenciado Bermúdez, y cómo en su lugar sucedió Pedro Ponce de León, en cuyo tiempo fueron reedificados y poblados los pueblos de Caracas.

LIBRO CUARTO

Capítulo I, de quién descubrió la isla de la Trinidad y cómo se la proveyeron a Antonio Sedeño por gobernación, y cómo hizo gente en Puerto Rico y se fue allá con dos navíos y con sesenta hombres.

Capítulo II, de cómo Sedeño, saltando en tierra de la Trinidad, hizo un palenque o fuerte de maderos, y las causas que a ello le movieron, y cómo los indios se confederaron con Sedeño.

Capítulo III, cómo los indios de la Trinidad se alzaron y rebelaron y vinieron diversas veces a dar en el real de los españoles.

Capítulo IV, de una guazabara que dieron los indios a Antonio Sedeño, donde acaeció un notable hecho de una mujer española.

Capítulo V, cómo Antonio Sedeño, viendo su perdición, determinó salir de la Trinidad y pasarse a la punta o ancón de Uriaparia, y así lo puso por obra.

Capítulo VI, cómo Sedeño hizo un fuerte en tierra de Paria, y dejando en él algunos soldados, se fue a Puerto Rico, y cómo los indios de Uriaparia se rebelaron contra los españoles.

Capítulo VII, cómo el emperador don Carlos dio a don Diego de Hordaz una gobernación en el río Marañón, y su partida de España hasta llegar al paraje o boca del río Marañón.

Capítulo VIII, de cómo la nao pequeña y la carabela de Hordas se perdieron en la boca del Marañón, y lo que acerca de estos españoles perdidos se ha tratado después acá en el Nuevo Reino.

Capítulo IX, cómo escapando Hordas con su nao capitana de la fortuna del Marañón, entró en el Golfo de Paria y se apoderó del fuerte de Antonio Sedeño por mandado de Jerónimo Hortal.

Capítulo X, cómo Hordas se informó, así de los españoles de Sedeño como de los indios de aquella tierra, si había por allí cerca alguna provincia rica, y lo que le respondieron, y lo que él hizo.

Capítulo XI, de cómo los siluas, hombres naturales de la isla de Tenerife, siguieron al comendador Hordas, y el fin que hubieron por sus malas obras.

Capítulo XII, cómo Hordas partió de la fortaleza de Paria y entró por el río Uriaparia arriba, y la gran mortandad que sobre su gente vino.

Capítulo XIII, cómo el comendador Hordas llegó con sus naos al pueblo de Paria y echó la gente a tierra, y los indios les dieron de noche una guazabara.

Capítulo XIV, cómo dejando el comendador Hordas los enfermos en Paria con Gil González de Avila, se partió con la demás gente y se fue al pueblo o provincia de Carao, y de la noticia que tuvo de Guayana.

Capítulo XV, cómo el comendador Hordas salió con su gente de la provincia de Carao y fue navegando el río arriba a donde el propio río es llamado Orinoco.

Capítulo XVI, cómo el gobernador Hordas saltó a tierra del Urinoco y tuvo guerra con los indios, los cuales le dieron noticia de la riqueza de aquella tierra, por lo cual determinó dar la vuelta a la mar.

Capítulo XVII, de cómo Hordas con la gente que le quedó, dio la vuelta el río abajo y llegó al pueblo y fortaleza de Paria, donde halló los españoles que había dejado.

Capítulo XVIII, cómo dejando Hordas a Agustín Delgado con gente en la fortaleza de Paria, se pasó con sus soldados a Cumaná y Cubagua, donde fue preso por Pedro Ortiz de Matienzo.

Capítulo XIX, cómo Hordas y Pedro Ortiz de Matienzo fueron a Santo Domingo, y de allí a España, y en el camino fue muerto Hordas con ponzoña.

Capítulo XX, cómo teniendo Sedeño noticia de la muerte de Hordas se pasó a Cubagua y de allí a Paria y llevando consigo algunos de los soldados que en la fortaleza había, se fue a la isla de la Trinidad; y de la llegada de Alonso de Herrera a la misma Isla de Cubagua y después a Paria.

Capítulo XXI, cómo Sedeño prendió a Alonso de Herrera y a los demás que con él estaban en Paria y los llevó a la isla de la Trinidad, y cómo la Audiencia de Santo Domingo tuvo noticia de ello y dio provisiones para que le soltasen.

Capítulo XXII, de cómo Alonso de Aguilar fue a la isla de la Trinidad, y Sedeño no quiso obedecer las provisiones, antes lo quiso prender sobre ello.

Capítulo XXIII, cómo Alonso de Herrera se solté y libró de la prisión en que Sedeño lo tenía, y se fue en el bergantín a Paria donde a la sazón estaba Agustín Delgado, y lo prendieron con los que hallaron con su compañía.

Capítulo XXIV, cómo los soldados que estaban en la isla de la Trinidad con Sedeño se amotinaron y lo prendieron y se fueron con él a Paría, donde Alonso de Herrera lo echó en prisión, y cómo después los propios soldados, amotinándose contra Herrera, soltaron a Sedeño y se fueron con él a Cubagua.

Capítulo XXV, en el cual se escribe la venida de ciertos indios caribes de la isla de la Dominica a la isla de San Juan de Puerto Rico, y la prisión que en ella hicieron de Cristóbal de Guzmán y de muchos negros esclavos e indios de su provincia.

Capítulo XXVI, cómo los vecinos de Puerto Rico hicieron y juntaron gente, y nombrando por capitán de ella a Juan de Yuncar, pasaron a la Dominica, donde comenzaron a hacer en los indios castigo de la muerte de Guzmán.

Capítulo XXVII, en que se escribe todo el demás suceso que Juan de Yuncar tuvo en la Dominica con los indios, y lo que Luis Martín Gobal hizo en una carabela en que había salido de Puerto Rico.

Capítulo XXVIII, cómo los indios de la Trinidad, por inducimiento de Sedeño, pasaron a Paria y mataron los españoles que allí habían quedado por Herrera, y lo que sobre ello pasó.

LIBRO QUINTO

Capítulo I, cómo Jerónimo Hortal pidió la gobernación de Paria, en España, y se le dio, e hizo y juntó gente, y se vino con ella derecho a la fortaleza de Paria, donde estaba Alonso de Herrera.

Capítulo II, cómo Jerónimo Hortal se pasó a Cubagua a juntar la gente que con el capitán Alderete bahía llegado a aquella isla, y Alonso de Herrera con la gente subió el río arriba y se alojó a invernar y hacer una barca en la provincia de Carao.

Capítulo III, en el cual se escribe cómo algunos principales vinieron de paz al alojamiento de Herrera, y cómo por traición intentaron pegar fuego a los bohíos donde los españoles estaban alojados, y cómo fue descubierto y remediado.

Capítulo IV, cómo el indio Arauco juntó gente y se puso en emboscada para con ella librar a sus compañeros, y lo que le sucedió y se hizo de los demás indios presos.

Capítulo V, cómo Alonso de Herrera y los españoles que con él estaban salieron de la provincia de Carao y comenzaron su navegación y jornada el río arriba y lo que les sucedió con ciertos caribes que en el camino toparon.

Capítulo VI, cómo prosiguiendo su viaje río arriba los españoles y pasando por el pueblo de Cabritu, llegaron al pueblo de donde eran los indios que hallaron atados en los árboles, y lo que allí les sucedió hasta pasar adelante.

Capítulo VII, en el cual se escribe cómo prosiguiendo su viaje Herrera y los demás españoles el río arriba, con grandes hambres y trabajos entraron por el río del Meta, padeciendo dobladas miserias.

Capítulo VIII, en el cual se escribe cómo después de haber invernado los españoles en las riberas de Meta, fue muerto Alonso de Herrera, su capitán, en una guazabara que los indios le dieron.

Capítulo IX, cómo tomando Alvaro de Hordas a su cargo el gobierno de la gente, después de haber hecho un parlamento a los soldados sobre lo que debían hacer, dieron la vuelta el no abajo hasta llegar a Perataure.

Capítulo X, en el cual se escribe cómo Alvaro de Hordas y los demás españoles, después de haber pasado gran tormenta en la mar, aportaron a la isla de Cubagua, y Jerónimo Hortal, que estaba en la Trinidad a esta sazón, se pasó a tierra firme, al puerto de Naver, sabiendo la pérdida de su gente.

LIBRO SEXTO

Capítulo I, en el que se escribe cómo Jerónimo Hortal envió a Agustín Delgado con gente a hacer esclavos al pueblo del cacique Guaramental, el cual se convidó con la paz y recibió amigablemente a los españoles.

Capítulo II, en el cual se escribe cómo Agustín Delgado pasó con los españoles y con muchos indios amigos de Guaramental a la poblazón de Arcupón, la cual robó y saqueó y arruinó.

Capítulo III, en el cual se escribe cómo Antonio Sedeño tuvo en Puerto Rico noticia del Meta, y juntó gente y la envió con el capitán Batista a Maracapana, y cómo los soldados de Jerónimo Hortal se dieron a robar y hacer esclavos con más libertad que de antes.

Capítulo IV, en el cual se escribe cómo el capitán Batista se entró a invernar la tierra adentro donde desarmó e hizo cierto agravio a unos soldados de Jerónimo Hortal, después, en venganza de esto, desarmó la gente que con el capitán Vega llegó a Maracapana.

Capítulo V, en el cual se escribe cómo Jerónimo Hortal, con la gente que tenía y alguna que se llegó de la del capitán Vega, fue a dar sobre el capitán Batista y lo prendió y desbarató y se vengó de la injuria que le había hecho.

Capítulo VI, cómo Jerónimo Hortal despidiendo al capitán Batista y a los que eran de su opinión, se metió con los que le quisieron seguir, la tierra adentro en demanda de Meta, y cómo fue muerto Agustín Delgado de un flechazo.

Capítulo VII, cómo los españoles que con Jerónimo Hortal iban, se amotinaron por inducimiento de Escalante, y lo descompusieron del cargo de gobernador y lo enviaron a la costa y nombraron ciertos diputados que los gobernasen.

Capítulo VIII, cómo los españoles de Jerónimo Hortal, siendo gobernados por sólo dos diputados, en quien habían resumido el gobierno, fueron a salir al Tocuyo y tierra de Venezuela.

Capítulo IX, en el cual se escribe cómo los de Venezuela quitaron la gente a Nieto y Alderete y los enviaron presos a Coro.

Capítulo X, cómo Jerónimo Hortal, pasando por mucha gente de guerra, llegó a la costa, donde fue seguido de la gente de Sedeño, y escapándose de sus manos se embarcó en una canoa o piragua y se fue a Cubagua y de allí a Santo Domingo, donde murió.

LIBRO SEPTIMO

Capítulo I, cómo Antonio Sedeño pasó a Maracapana, y con la gente que allí halló se metió en la tierra adentro; y cómo el licenciado Frías, juez proveído contra él en Santo Domingo, fue en su seguimiento con gente, y Sedeño los prendió y desbarató.

Capítulo II, en el cual se escriben algunas costumbres y ceremonias de los indios y naturales de Cumana y Cubagua y de otras provincias a éstas sufragáneas.

Capítulo III, cómo Antonio Sedeño, prosiguiendo su jornada, marchó la tierra adentro y murió, y en su lugar fueron nombrados por los soldados, Reinoso y Lozada para el gobierno de la gente.

Capítulo IV, en el cual se escribe cómo la Audiencia de Santo Domingo, teniendo noticia de lo que Sedeño hizo con el licenciado Frías, proveyó al licenciado Castañeda que le siguiese y prendiese, y lo que este licenciado Castañeda hizo en la jornada. Cuéntase algunas costumbres de ciertos indios por donde el capitán Reinoso pasó.

Capítulo V, en el cual se escribe cómo yendo Reinoso en seguimiento de su jornada se le amotinó la mayor parte de la gente, de suerte que vino a pelear con ella y los venció.

Capítulo VI, en el cual se escribe lo demás que le sucedió a Reinoso con los soldados, hasta volverse a Tocuyo, tierra de Venezuela.

LIBRO OCTAVO

Capítulo I, de cómo fue dada a don Pedro de Heredia por gobernación desde el río grande de la Magdalena hasta el río Darién, y la venida de don Pedro de Heredia a esta gobernación.

Capítulo II, de la fundación de Cartagena, y de cómo Pedro de Heredia fue a Turuaco, pueblo de indios, donde fue muerto antes Juan de la Cosa. Cuéntase la muerte de este Juan de la Cosa.

Capítulo III, cómo el gobernador Pedro de Heredia juntó ciento y cincuenta hombres, y se metió a descubrir la tierra adentro y llegó al primer Cenu.

Capítulo IV, en que se escribe los diferentes cenues que hay, y cuál es el principal, y las sepulturas que en este Fin Cenu se sacaron y su manera, y el disparate y muerte del capitán Ojeda y de sus soldados.

Capítulo V, de cómo el gobernador Heredia y sus soldados salieron del Fin Cenu en demanda del Pancenu y de lo que en el camino les sucedió hasta que volvieron a Cartagena.

Capítulo VI, cómo el gobernador Pedro de Heredia envió a Alonso Heredia, su hermano, a descubrir el Pancenu, y cómo el propio gobernador salió después tras él por cierta ocasión, y cómo fue poblada Urabá por el capitán Alonso de Heredia.

Capítulo VII, de cómo en Cartagena quisieron matar al gobernador Heredia, y cómo el gobernador Barrionuevo envió a Julián Gutiérrez a poblar en Urabá y cómo el gobernador Heredia fue con gente a echarlo de la tierra.

Capítulo VIII, de cómo el gobernador Heredia, con solos veinticinco hombres, peleó con Julián Gutiérrez y lo venció y prendió y lo echó de la tierra, y él se volvió a Cartagena.

Capítulo IX, cómo fue proveido el licenciado Vadillo en Santo Domingo, por juez de residencia contra el gobernador Heredia y lo prendió, y estando preso se huyó y se fue a España; y cómo ciertos españoles con el capitán César salían de Urabá en demanda del Cenufana.

Capítulo X, en el cual se escribe la guazabara que los indios del Cenufana dieron a los españoles, y cómo después de haber llegado a la noticia en cuya demanda iban, se volvieron a Urabá.

Capítulo XI, cómo estando el capitán Francisco César con gente a pique para salir a descubrir desde Urabá, tuvo noticia el licenciado Vadillo que le iban a tomar residencia, y tomando en sí todos los soldados que estaban juntos, se metió la tierra adentro y fue a salir a Cali, gobernacióri de Popayán.

LIBRO NONO

Capítulo I, cómo el general Pedro de Orsúa, después de la población de Pamplona, fue proveido para que volviese a pacificar a Muzo, y después de haber juntado los soldados que pudo, entró por tierra de Saboyá y la pacificó.

Capítulo II, cómo el general Orsúa se metió por la poblazón de Muzo y se alojó en ella, a pesar de los moradores, y de una prolija guazabara que le dieron en el valle de Fauna.

Capítulo III, cómo el general Fedro de Orsúa evitó cierta traición que los indios muzos le ordenaron, y cómo pobló la ciudad de Tudela de Navarra.

Capítulo IV, cómo el general salió con algunos españoles de la tierra de los muzos a dar cuenta de lo que había hecho a la Real Audiencia, y cómo los oidores le mandaron que volviese a entrar a acabar de pacificar la tierra de los muzos.

Capítulo V, cómo el general Orsúa se tomó a salir de Muzo y con su salida se despobló el pueblo o ciudad de Tudela. Escríbese cómo después fue poblada esta tierra y hoy permanece el pueblo que en ella se pobló.

Capítulo VI, en el cual se escribe cómo el general Orsúa fue proveído por los oidores que fuese a pacificar la tierra de Santa Marta y lo que sobre el hacer esta jornada le sucedió.

Capítulo VII, cómo Lidueña se salió de Guachaca al Cabo de la Vela, forzado de los españoles que con él estaban, y el general Orsúa se subió al Reino, donde siendo perseguido de Montaño se pasó a Popayán y de allí a Panamá.

Capítulo VIII, en el cual se escribe cierto alboroto que en Panamá hubo al tiempo que Pedro de Orsúa llegó allí.

Capítulo IX, cómo le fue encargado a Pedro de Orsúa la guerra y pacificación de cierta chusma de negros rebeldes, y de cómo Orsúa envió a Fuentes, español, con ciertos soldados, a castigar un robo que los negros habían hecho en el camino que va de Nombre de Dios a Panamá.

Capítulo X, en el cual se escribe cómo el capitán Fuentes y los españoles desbarataron a los demás negros que sobre ellos vinieron, y prendieron algunos, con los cuales se vinieron a Nombre de Dios y allí fueron aperreados.

Capítulo XI, cómo el general Pedro de Orsúa salió de Nombre de Dios con sesenta españoles y después de alojado junto a la mar, envió al capitán Fuentes con cincuenta españoles a recorrer la tierra, y lo que sobre esta salida de Fuentes sucedió con los negros.

Capítulo XII, cómo Orsúa envió por municiones a Nombre de Dios y él se acercó al alojamiento de los negros e hizo paces y amistades con su rey, y lo que sobre el prender y desbaratar los negros acordó hacer.

Capítulo XIII, en el cual se escribe cómo por industria cautelosa de Orsúa fueron muertos y desbaratados los negros y presos su rey Bayamo con la mayor parte que vivos quedaron.

LIBRO DECIMO

Capítulo I, cómo pasó al Perú Pedro de Orsúa, año de mil quinientos cincuenta y ocho.

Capítulo II, que trata de algunas opiniones que hubo en Perú sobre la jornada que el marqués dio a Pedro de Orsúa.

Capítulo III, de cómo se comenzaron a hacer los bergantines, y cómo Pedro de Orsúa nombró por su teniente a Pedro Ramiro, capitán de los motilones.

Capítulo IV, de cómo Orsúa se volvió al astillero con su gente y lo que le acaeció en un pueblo llamado Moyabamba.

Capítulo V, de lo que pasó sobre la muerte de Pedro Ramiro y los demás.

Capítulo VI, que trata de lo que pasó sobre la prisión y muerte de los que mataron a Pedro Ramiro.

Capítulo VII, de la sospecha que en Perú se tenía de Pedro de Orsúa y de lo que le avisó un amigo suyo y del pronóstico que sobre su jornada hubo.

Capítulo VIII, cómo el gobernador ordenó que don Juan de Vargas fuese con treinta hombres delante y mandó que García de Arze se adelantase con otros treinta y lo que le acaeció a García de Arze.

Capítulo IX, cómo se partió don Juan de Vargas con los sesenta hombres a Cocama y lo que le sucedió.

Capítulo X, cómo salió Pedro de Orsúa de los motilones y se despobló el pueblo de Santa Cruz y echaron los barcos en el río; y cómo la gente se quiso amotinar y huir del astillero y él los aplacó.

Capítulo XI, en el cual se trata de la partida de Pedro de Orsúa del astillero y de lo que le sucedió en el río hasta los Bracamoros.

Capítulo XII, en el cual se trata de cómo partió el gobernador de los Bracamoros y llegó a Cacoman y de cómo se partió de Cacoman y del nacimiento de Cacoman y de lo que sucedió hasta llegar a otro río que dijeron ser el de la Canela.

Capítulo XIII, cómo llegó el armada a la isla de García de Arze y de la propiedad de la gente de ella, y de lo demás que en ella sucedió.

Capítulo XIV, (Nota 1).

Capítulo XV, cómo envió el gobernador a descubrir, y de cierto motín de Montoya y cómo fueron castigados los culpados, y las opiniones de la provincia.

Capítulo XVI, cómo pasada la provincia de Carari dieron en un despoblado, y la necesidad que en ella se pasó y de cómo llegaron a Mochofur, y de lo que le acaeció a la entrada.

Capítulo XVII, que trata cómo el gobernador envió a descubrir, y de otras cosas que sucedieron en Machifaro.

Capítulo XVIII, que trata de lo que el gobernador pasó con algunos soldados sobre que decían que se volviesen a Pirú, y de cómo los amotinadores persuadían a muchos que estuviesen mal con el gobernador, y las causas que para ello les daban.

Capítulo XIX, que trata de cómo concertaron de matar al gobernador, y los pareceres que sobre ello hubo, y cómo engañaron a don Hernando a que fuese su general y nombró los que fuesen en ello.

Capítulo XX, que trata de cómo mataron al gobernador y su teniente en Machifaro, habiendo enviado a descubrir gente y tierra.

Capítulo XXI, que trata de lo que toda la noche hicieron después de haber muerto al gobernador y a su teniente.

Capítulo XXII, que trata de la persona de Pedro de Orsúa y de algunas propiedades nobles de su persona y de otras cosas que le levantaron.

Capítulo XXIII, de lo que los amotinados hicieron después que amaneció y hubieron muerto a su gobernador Pedro de Orsúa y a su alguacil mayor don Juan de Vargas.

Capítulo XXIV, que trata de la junta que hicieron los amotinados para determinar lo que habían de hacer, y lo que sobre ello pasó.

Capítulo XXV, de cómo los amotinadores pasaron del pueblo donde mataron al gobernador a otro que estaba a una jornada más abajo, y la hambre que en él se pasó.

Capítulo XXVI, de cómo los amotinadores se conformaron con el parecer de Lope de Aguirre, y cómo Aguirre mató ciertos soldados.

Capítulo XXVII, de cómo hizo don Hernando, teniente general a Juan Alonso, y quitó el cargo de maese de campo a Lope de Aguirre, por aplacarlo.

Capítulo XXVIII, de cómo Lope de Aguirre publicó que Juan Alonso quería matar a don Hernando, y el don Hernando, sabiendo esto, dio orden cómo se matase a Juan Alonso, y de cómo lo mataron.

Capítulo XXIX, de cómo los indios, por cierto agravio que les hicieron, se alzaron y mataron ciertos españoles.

Capítulo XXX, que trata de cierto parlamento que don Hernando hizo a los soldados por inducimiento de Lope de Aguirre, y de cómo le tornaron a nombrar por general, y se declararon los que no le querían seguir ni ser contra el rey.

Capítulo XXXI, que trata de cómo juraron los soldados y don Hernando, la guerra que habían de hacer a los del Perú.

Capítulo XXXII, que trata cómo Lope de Aguirre hizo príncipe a don Hernando y lo tuvieron todos por tal.

Capítulo XXXIII, que trata de cómo don Hernando puso casa de príncipe y nombró oficiales y señaló salarios en Perú, y otros cargos que dio y conductas de ellos.

Capítulo XXXIV, que trata de la orden que los traidores habían tratado y dado para tomar el Perú, y de las mercedes que ellos mismos a sí mismos prometían.

Capítulo XXXV, que trata cómo partió el armada del pueblo de los bergantines y fue navegando por la mano izquierda, y la causa por que, y llegaron a otros pueblos, y de lo que en ellos sucedió.

Capítulo XXXVI, que trata de cómo el armada llegó a otro pueblo muy grande, y de la manera del pueblo y condición de los indios, y de cómo se determinaron aderezar en él los amotinados los bergantines.

Capítulo XXXVII, que trata de cómo se juntaron los amotinados a consultar sobre buscar el Dorado, y determinaron de hacerlo y matar a Lope de Aguirre porque no les estorbase; y de cómo, por parecer de Montoya, no lo mataron.

Capítulo XXXVIII, que trata de cómo Aguirre dividió toda la gente del campo en compañías de a cuarenta soldados, y la causa, y de cómo quiso matar a Gonzalo Duarte y de otras cosas que sobre ello sucedieron.

Capítulo XXXIX, que trata de cómo Aguirre mató a Lorenzo Salduendo y a doña Inés, y la causa por qué.

Capítulo XL, de cómo don Hernando y Lope de Aguirre riñeron sobre la muerte de Salduendo, y después se confederaron, y de cómo Aguirre tuvo aviso de los de la junta cómo lo querían matar.

Capítulo XLI, que trata de la muerte de don Hernando y un clérigo y de otros capitanes que mató juntos Aguirre.

Capítulo XLII, que trata de cómo Aguirre juntó la gente y les habló sobre la muerte de don Hernando y cómo hizo otros oficiales en lugar de los muertos.

Capítulo XLIII, que trata de cómo Aguirre se partió del pueblo de donde maté a don Hernando, y cómo caminó por mano izquierda del río y cómo llegaron al pueblo donde hicieron la jarcia, y lo que allí sucedió.

Capítulo XLIV, que trata de cómo hizo la jarcia y velas de los bergantines, en el cual tiempo mató el traidor cuatro hombres, y la causa por qué.

Capítulo XLV, que trata de cómo partió el armada del pueblo de la jarcia, y cómo navegando mató el traidor al Comendador, y llegaron a unos bohíos fuertes, y la manera de la gente de ellos.

Capítulo XLVI, que trata cómo navegó el armada y se vio engolfada entre unas islas, y no sabiendo por dónde navegar llegaron a una isla donde dejaron el servicio ladino que trajeron de Perú, y mató el traidor dos españoles.

Capítulo XLVII, en que se trata el tamaño del río Marañón y de su disposición.

Capítulo XLVIII, de cómo Aguirre salió a la mar y llegó a la Margarita, y de lo que le sucedió hasta saltar en tierra y de cómo fingió ir perdido del Marañón y de los soldados que mató y mandó matar cuando saltó en tierra, y de cómo envió algunos amigos suyos por comida a las estancias y al pueblo.

Capítulo XLIX, que trata de lo que sospecharon los vecinos de la Margarita cuando vieron los bergantínes y de cómo enviaron así por mar como por tierra a saber qué gente era, y la vino el gobernador de ellos a ver.

Capítulo L, que trata de cómo el gobernador de la Margarita fue a ver a Aguirre, y de lo que con él pasó y cómo lo prendió y se vino al pueblo.

Capítulo LI, que trata de cómo los amotinadores entraron a la Margarita y se apoderaron en él y en las casas y haciendas de los vecinos y de todo lo que aquel día hicieron.

Capítulo LII, que trata de cómo algunos soldados que había en la Margarita se pasaron a Aguirre, y de algunos avisos que le dieron y de cómo Aguirre envió por el navío del fraile Montesinos.

Capítulo LIII, de cómo Aguirre mandó a los vecinos de la Margarita que le hiciesen matalotaje, y del parlamento que les hizo.

Capítulo LIV, de cómo se le huyeron cuatro soldados en la Margarita a Aguirre y lo que hizo sobre ello, y cómo le trajeron los dos de ellos y los ahorcó sin confesión y mandó matar a un fraile.

Capítulo LV, de cómo Aguirre decía a sus soldados las justicias que había de hacer y las gentes que había de matar.

Capítulo LVI, en que se escriben algunas crueldades y muertes que hizo Lope de Aguírre en la Margarita.

Capítulo LVII, de cómo Aguirre sospechaba que le habían muerto a sus soldados y de las amenazas que sobre ello hacía, y de cómo le vino nuevas de que el navío venía, y del suceso de Monguya, y de lo que hizo acerca de ello.

Capítulo LVIII, cómo mató Aguirre a don Juan, gobernador de la Margarita, y a otros con él y la causa por qué.

Capítulo LIX, cómo Aguirre mostró los muertos a sus soldados y les hizo un parlamento y tornó a prender los vecinos y se fue a la punta de las Piedras y dejó a Martín Pérez en la fortaleza con los presos.

Capítulo LX, cómo los de Burburata dieron aviso a su gobernador de la llegada de Aguirre a la Margarita, el cual asímismo lo dio a los del Reino de Granada.

Capítulo LXI, cómo Lope de Aguirre volvió al pueblo y mató a Martín Pérez, su maese de campo, y la causa por qué, y cómo tornó a soltar a los vecinos.

Capítulo LXII, de lo que hizo un Llamoso con el cuerpo muerto de Martín Pérez, maese de campo.

Capítulo LXIII, de cómo el navío del Provincial surgió en el puerto de la Margarita, y una carta que le escribió Aguirre con la suma, de lo que el Provincial le respondió, y la muerte de dos soldados.

Capítulo LXIV, del alboroto y miedo que hubo en el Reino con la nueva de la venida de Aguirre, y de las personas que fueron señaladas para irle a resistir, y la orden que llevaron de los señores de la Audiencia.

Capítulo LXV, de los daños que hizo Lope de Aguirre en la iglesia de la Margarita y cómo mandó hacer navíos para irse de allí.

Capítulo LXVI, de cómo Aguirre hizo bendecir las banderas y de algunos avisos que dio a sus soldados.

Capítulo LXVII, que trata de cómo Alonso de Villena, queriéndose huir porque Aguirre lo quería matar, echó cierta fama para que después no le castigase y de ciertos españoles y una mujer y un fraile que por su causa mató.

Capítulo LXVIII, que trata de un fraile religioso de la orden del señor Santo Domingo, que mandó matar Aguirre, y la causa por qué.

Capítulo LXIX, que trata de un hombre y una mujer que mató Aguirre y de otras cosas que hizo poco antes de que se partiese.

Capítulo LXX, de cómo Fajardo vino a la Margarita, y de su temor encerró Aguirre su gente en la fortaleza, y de allí la embarcó en el navío y a un clérigo, y mató a su almirante.

Capítulo LXXI, que trata de cómo Aguirre navegó y se determinó de ir a la Burburata, y de cómo llegó a ella, y de lo que en el camino decía y hacía contra Dios.

Capítulo LXXII, que trata de cómo el gobernador de Venezuela fue avisado de la llegada de Aguirre a Burburata, y de lo que sobre ello hizo, y envió a llamar al capitán Bravo y al capitán Diego García de Paredes, y de otras cosas que acerca de esto sucedieron.

Capítulo LXXIII, que trata de cómo llegó Lope de Aguirre a la Burburata, y de las cosas que allí hizo.

Capítulo LXXIV, que trata del pregón que dio Lope de Aguirre en la Burburata contra su Majestad, pregonando guerra a fuego y sangre.

Capítulo LXXV, de cómo envió Aguirre a pedir caballos a la Valencia, y cómo ahorcó al mercader y a un soldado.

Capítulo LXXVI, que trata de cómo dos soldados se le huyeron a Lope de Aguirre y lo que sobre ellos pasó.

Capítulo LXXVII, de algunos alborotos que hubo en el campo de Aguirre.

Capítulo LXXVIII, de la ida que hizo Lope de Aguirre y su gente a la Nueva Valencia y de la enfermedad que allí tuvo.

Capítulo LXXIX, de cómo don Julián trajo a Lope de Aguirre los dos soldados por quien tenía a su mujer y su suegra en rehenes.

Capítulo LXXX, de un aviso que dio el alcalde Chaves a Lope de Aguirre, y de tres soldados que mató en la Valencia.

Capítulo LXXXI, de lo que sucedió a Aguirre en el camino de Barquisimeto.

Capítulo LXXXII, de cómo llegó Aguirre al valle de las Damas, y cómo intentó de matar mucha gente de la que trajo, por sospecha que de ellos tenía.

Capítulo LXXXIII, de lo que Lope de Aguirre envió a decir a los del campo del rey.

Capítulo LXXXIV, de cómo Lope de Aguirre llegó con su campo a la ciudad de Barquisimeto.

Capítulo LXXXV, que trata de la plática que Aguirre hizo a su gente sobre los perdones que se hallaron del gobernador Pablo Collado, y de una escaramuza que entre ambos campos hubo.

Capítulo LXXXVI, de una carta que Lope de Aguirre envió al gobernador Pablo Collado, y de un esclavo que se huyó del campo del rey al del traidor.

Capítulo LXXXVII, que trata de dos soldados de Aguirre que se pasaron al campo del rey, y de algún servicio que le fue tomado a Aguirre.

Capítulo LXXXVIII, de la escaramuza que tuvo Aguirre con los del rey, y cómo se pasó Diego Tirado, capitán de caballo de Aguirre, al campo del rey.

Capítulo LXXXIX, que trata cómo visto Aguirre que sus soldados no herían a los del rey, propuso de dar la vuelta a la mar.

Capítulo XC, de cómo se pasaron todos los soldados de Aguirre al campo del rey y le dejaron solo con un soldado llamado Antón Llamoso.

Capítulo XCI, de cómo Aguirre mató a su hija y fue él muerto por el maese de campo del rey.

Capítulo XCII, que trata de la vida y suerte y linaje de Lope de Aguirre.

Segunda parte

de la historia que compuso fray Pedro de Aguado, de la Orden de San Francisco, de la observancia, ministro provincial de la provincia de Santafé, en el Nuevo Reino de Granada, Indias del mar Océano. En el cual se trata el descubrimiento y fundación de la gobernación y provincia de Venezuela, con el descubrimiento de la isla Trinidad, y fundación de la ciudad de Cartagena y su gobernación, en Tierra Firme; con el alzamiento y tiranía de Lope de Aguirre, traidor, hasta que fue muerto en la gobernación de Vanezuela por los del campo del Rey. Cuéntase todo el decurso del general Pedro de Orsúa, que fue muerto por este traidor Aguirre yendo en busca de la tierra que llaman Dorado.

Con licencia y privilegio real de Castilla y de las Indias | 1. |

El Rey

Por cuanto vos, fray Pedro de Aguado, fraile menor de la observancia de la Orden de San Francisco, nos habeis hecho relación que habeis compuesto un libro intitulado el descubrimiento, pacificación y población de las provincias de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, de las nuestras Indias del mar Océano, dividido en dos partes; obra de mucha curiosidad y que en trazella habiades pasado mucho trabajo, suplicándonos os mandásemos dar privilegio por algún tiempo para que ninguna persona si no fueses vos o quien tuviese vuestro poder, no lo pudiesen imprimir ni vender en las nuestras Indias, o como la nuestra merced fuese; y habiendose visto por los del nuestro Consejo de ellas y el dicho libro, atento a lo susodicho lo habemos tenido por bien por ende, por la presente damos licencia y facultad a vos, el dicho fray Pedro de Aguado, para que por tiempo de diez años primeros siguientes que corran y se cuenten desde el día de la data de esta nuestra cédula en adelante, solamente vos o quien vuestro poder hubiere y no otra persona alguna, podáis llevar el dicho libro a las dichas nuestras Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano, e imprimirle y venderle en ellas; y mandamos que en ello a vos o a quien dicho vuestro poder hubiere, no se os ponga impedimento alguno; y que durante el dicho tiempo de los dichos diez años, ninguna persona si no fueres vos el dicho fray Pedro de Aguado y quien tuviese vuestro poder, no pueda imprimir ni vender en las dichas nuestras Indias ni en parte alguna de ellas el dicho libro, so pena de perdimiento de los que imprimieren o vendieren y de las imprentas, moldes y otros aparejos con que los imprimieren, y demás de ello cincuenta mil maravedís por cada vez a cada uno que lo contrario hiciere, la mitad para nuestra Cámara y fisco y la otra mitad para vos el dicho fray Pedro de Aguado; y mandamos a los nuestros Visorreyes, Presidentes y Oidores de las nuestras Audiencias Reales de las dichas nuestras Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano y a cualesquier nuestros gobernadores de ellas, que guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir esta nuestra cédula y lo en ella contenido, y contra su tenor y forma no vayan ni pasen ni consientan ir ni pasar en manera alguna, y ejecuten y hagan ejecutar la dicha pena en los que contra lo susodicho fueren o pasaren. Fecha en Lisboa, a tres de septiembre de mil y quinientos y ochenta y un años.-Yo, el Rey.

El Rey

Por cuanto por parte de vos, fray Pedro de Aguado, de la Orden de San Francisco, de la regular observancia, nos ha sido fecha relación que vos habiades compuesto un libro intitulado Primera y segunda parte del descubrimiento, pacificación y población del Nuevo Reino de Granada de las Indias, el cual era muy útil y provechoso; y atento al trabajo que en le hacer habiades pasado, nos suplicasteis os mandásemos dar licencia para lo poder imprimir, y privilegio por tiempo de diez años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los de nuestro Consejo y como por su mandado se hicieron las diligencias que la premática por nos nuevamente hecha sobre la impresión de los libros dispone, y por os hacer bien y merced fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien; y por la presente os damos licencia y facultad para que por tiempo de diez años primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el día de la fecha de esta nuestra cédula, vos o la persona que vuestro poder tuviere, y no otra persona alguna, podáis imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención, y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor destos nuestros Reinos que vos nombráredes para que por esta vez lo pueda imprimir, con que después de impreso, antes que se venda lo traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original que en él se vio, que va rubricado y firmado al cabo de Pedro Çapata del Mármol, nuestro Secretario de Cámara, de los que en el nuestro Consejo residen, para que se corrija con él y se os tase el precio que por cada volumen obiéredes de haber; y mandamos que durante el dicho tiempo persona ninguna, sin vuestra licencia, no lo pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere o vendiere haya perdido y pierda todos y cualesquier libros y moldes y aparejos que dél tuviere, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo contrario hiciere, la cual dicha pena sea la tercia parte para el juez que lo sentenciare y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare y la otra tercía parte para nuestra Cámara; y mandamos a los de nuestro Consejo, Presidente y Oidores de las nuestras Audiencias, Alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa-Corte, y Chancillerías, y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros Reinos y Señoríos, ansí a los que agora son como a los que serán de aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced que ansi vos hacemos, y contra el tenor y forma de ella ni de lo en ella contenido, vos no vayan ni pasen ni consientan ir ni pasar por ninguno, so pena de la nuestra merced y de cien mil maravedís para nuestra Cámara; y fecha en Lisboa a seis días del mes de julio de mil y quinientos y ochenta y dos años.-Yo, el Rey.

Prólogo al lector

No deben ser olvidados por silencio los hechos y obras tan heroicas de nuestros naturales españoles, en especial aquellos que para honra y gloria de Dios sean hechos, y comoquiera que por la mayor parte sean los hombres de flaca y frágil memoria, provee nuestro Dios, con su grande sabiduría, a mover los corazones de algunos para que escribiendo las tales obras y haciendo libros e historias, sean por esta manera reducidos a la memoria, a lo cual con facilidad son movidos por el gusto y contento que de ello reciben, por la memoria que de ellos queda en los libros que componen de obras virtuosas y notables hechos pasados; porque como dice Valerio, no hay humildad en el mundo, por grande que sea, que no sea tocada de dulzura y contento, y porque la memoria de los hechos y hazañas pasadas es un ejemplo para consultar las verdaderas.

Tocado algún tanto del dicho dulzor, me puse a recopilar esta segunda parte de mi Historia, en la cual se tratan y escriben los muchos trabajos, hambres y muertes que nuestros españoles pasaron en los descubrimientos de parte del Nuevo Mundo de Indias, donde no sólo mostraron sus invencibles esfuerzos y fuertes ánimos españoles en hambres, desnudez, naufragios y calamidades que pasaron, mas también en guerras y batallas que con innumerables números de gentes tuvieron, siendo con grande pujanza acometidos con grandes victorias dellos salieron con el favor de aquel inmenso Dios por cuyo amor deseando la conversión de aquellas gentes tan bárbaras y aumento de nuestra santa fe católica estos trabajos tomaron.

Trátase del primer descubrimiento de Venezuela y su primer fundación, con todo lo en ella sucedido hasta la muerte del traidor Lope de Aguirre, que en la ciudad de Barquisimeto fue muerto y desbaratado. Asímismo se trata el descubrimiento de la isla Trinidad, con todo lo en ella sucedido al capitán Antonio Sedeño, y la fundación de la gobernación y ciudad de Cartagena, puesta y asentada en la costa del mar Océano, en Tierra Firme, con el discurso del gobernador Pedro de Orsúa, hasta que fue muerto por Lope de Aguirre y don Hernando de Guzmán en el río Marañón; en el cual discurso se verán grandes crueldades, muertes y robos que estos hicieron, hasta que fueron desbaratados en la gobernación de Venezuela; a todo lo cual me ha movido y convidado las razones y causas que en mi prólogo de la Primera Parte tengo dadas, donde se podrán ver.

Y así del tiempo que en aquel trabajo y en este pase, que algunos podrá parecer no tan decente a mi estado y profesión como lo fuera si en otras historias más espirituales me ocupara, quedare excusado si con corazones sinceros y desapasionados se mira, pues esto lo había de hacer alguno, y en ello había mucho descuido, a cuya causa quedara muy presto en oscuridad de olvido, y fuera casi imposible haberse la claridad tan verdadera como en este tiempo yo he habido con tanto trabajo cuanto por lo en la misma Historia contenido podrá ser visto y conocido.

1

Las palabras “con licencia y privilegio real de Castilla y de las Indias” están añadidas posteriormente al texto por mano y letras distintas.

LIBRO PRIMERO | 1

En el libro primero se cuenta y da noticia del principio y origen que españoles tuvieron en la gobernación de Venezuela, y cuál fue la primera ciudad de españoles que en ella hubo, y quién la fundó y de qué suerte, y cómo los Bezares hubieron aquella gobernación del emperador, y quién fue el primer gobernador que a ella enviaron, y cómo este su primer gobernador se puso a hacer nuevos descubrimientos, y la mala fortuna que en ellos hubo; y de cómo fue muerto en la jornada o descubrimiento que hizo a las provincias donde está poblada Pamplona. Trátase asímismo de la laguna de Maracaibo y gentes que en ella habitan, y de un pueblo de españoles que allí quedó fundado. Dícese en el la pérdida de un capitán Gascuña con sesenta mil pesos, y de un español que escapando de los de Gascuña vivió entre indios cierto tiempo hasta que salió de entre ellos.

| Capítulo primero

En el cual se escribe el principio que tuvo la gobernación de Venezuela, y cuáles fueron los primeros españoles que la principiaron.

Del descubrimiento y primera poblazón de la gobernación de Venezuela no he hallado la claridad que quisiera y era justo para que la relación y noticia que de esta gobernación escribo fuera entera y más a gusto de los lectores, porque entiendo que a nuestros sucesores e historiadores que en los siglos venideros nos sucedieren, no dejará de serles disgustoso este defecto. Mas podrán creer que no es culpa de mi parte, porque ciertamente he puesto la diligencia a mi posible para saberlo muy de raíz, y sólo he hallado que en el año de mil y cuatrocientos y noventa y ocho, en el tercero viaje que don Cristóbal Colón hizo a las Indias, cuando embocando por las bocas del Drago, que entre la isla de la Trinidad y Tierra Firme se hacen, vino a dar a Cumaná y a la isla Cubagua, donde halló las pesquerías de las perlas, y costeando toda aquella costa hacia el poniente descubrió hasta el Cabo de la Vela, donde asímismo había pesquería de perlas; en esta navegación y descubrimiento entró toda la costa de Venezuela, que es desde el puerto y provincia de Caracas hasta la laguna de Maracaibo.

Después de esta primer vista no he hallado que otros españoles entrasen en esta tierra de Venezuela, con armada ni sin ella, hasta que después del año de mil y quinientos y veinte y cinco que fueron dados por esclavos los indios, y había en la | 1 ª isla Española muchos vecinos que hacían armadas y pasaban a las demás islas y a la costa de Tierra Firme a hacer cabalgadas y entradas en las poblazones de los indios y prender los que podían y hacerlos esclavos, que este era su principal trato y contrato. Entre estos mercaderes o tratantes era un Juan de Ampres, factor del Rey en aquella isla, el cual en este tiempo hizo cierta gente para pasar adelante con su manera de trato. Dícese de este Juan de Ampres que habiendo salido de Santo Domingo a hacer esclavos, que aportó al golfo y costa de Venezuela adonde dicen el cabo de San Román, y se metió en un ancón que por causa de este promontorio o punta hace allí la mar, en el cual estando surto y habiendo saltado en tierra, tuvo noticia que en aquella tierra o provincia estaba un señor o principal, de nación caquetio, que por la mayor parte suelen ser gente de muy buena disistión e inclinación y amigos de españoles. Este principal sujetaba y mandaba toda aquella provincia y era muy poderoso, y por este respecto muy temido y aun tributado de todos sus circunvecinos, con lo cual fácilmente los había hecho creer que él era el autor y hacedor de muchas cosas que la tierra y elementos naturalmente producen por la ordenación divina, como son las lluvias, granizos, truenos y relámpagos y heladas y secas; y como del caer estas cosas a sus tiempos dependen los buenos temporales y fructificación de la tierra, y el tener sustento las gentes, aquellos naturales temían con muy amedrentados ánimos el poder de este principal, y así casi lo tenían por dios, acatándolo y reverenciándolo con extremo grado, y procurando estar todos sujetos a su voluntad en tanto grado que cuando había de ir fuera de su casa o pueblo algunas recreaciones o pasatiempos o a guerras, era llevado por los más principales de sus sujetos, cargado en los hombros, en un género de lecho que comúnmente llaman hamaca, sin que ninguna distancia del camino poca ni en mucha cantidad la caminase a pie ni en ningún género de jumentos, porque en esta tierra no los había en aquel tiem­po, aunque ahora, como adelante se verá, es muy abundante de todo género de ganados.

Juan de Ampres, sabida la grandeza de este señor, procuró tener comercio y trato con él, entendiendo que de su amistad le redundaría mucho bien y provecho a él y a sus compañeros, y así tuvo modos y maneras cómo este principal le viniese a visitar y a ver, porque aunque estaba en su tierra y era tan poderoso como se ha dicho, y el Juan de Ampres de menos gente y posible, quiso usar del término que siempre nuestros españoles han usado en las conquistas y descubrimientos, dando a entender a los naturales, por muy poderosos y pujantes que sean, no tenerlos ni estimarlos en nada, para por esta vía ser más estimados de ellos; y así fue visitado de este principal, el cual hizo esta visita con tanto ornato cuanto pudo para que los españoles conociesen y viesen por aquello ser mucho su poder y haber. Trajo algunas cosas de presente, así de comidas como de oro y mantas, lo cual recibió Juan de Ampres, y en remuneración de ello le dio algunas cosas y rescates de España, que aunque por los indios y principal fueron tenidas en mucho por ser muy nuevas a ellos, soy cierto que nunca llegaron al precio y valor de lo que le presentó este principal, porque me certificaron que pasaron de ocho mil pesos de oro fino, sin las demás cosillas de mantas y comidas y otros juguetes que los indios suelen presentar.

Allí se hablaron y comunicaron por sus intérpretes, y trataron de paces y amistades, la cual siempre hasta el día de hoy conservó este principal y sus sujetos; y aunque en diversas veces le han dado ocasión de quebrarla, y aun han pasado por las demás tribulaciones de ser saqueados y robados de soldados y algunos de ellos hechos conclabi, pero con todo esto siempre han conservado la primera paz.

Determinó de hacer allí ranchería y asiento y de no dejar desierto aquel sitio de españoles, pareciéndole seguro puerto para hacer sus entradas en aquella tierra firme y pasar más prósperamente adelante con sus granjerías, y así hasta hoy no se despobló, porque allí o cerca de allí está poblada la ciudad que dicen de Coro, que fue la primera que en aquella gobernación se pobló.

Este es el origen y principio que tuvo la gobernación de Venezuela, el cual así como en alguna manera fue infelice, haciendo esclavos los naturales, así el suceso de ella nunca ha sido muy felice, porque con estar en ella pobladas seis ciudades, que son Coro, Burburata, la Valencia, Barquisimeto, El Tocuyo, Trujillo y otros dos pueblos que ahora nuevamente se han poblado en la provincia de Caracas, no son bastantes los quintos que el Rey allí tiene para pagar los oficiales que administran y gobiernan aquella tierra, espiritual y temporalmente, y así cumple su majestad los salarios que al obispo y gobernador da y a los demás, de la renta que tiene en el Cabo de la Vela o Río de la Hacha, que es donde sacan las perlas.

Y porque lo que aquí he apuntado en suma, se irá viendo por el discurso de la presente Historia, pasaremos adelante con los negocios de nuestra gobernación de Venezuela.

|Capítulo segundo
En el cual se escribe el principio que tuvo la ciudad de Coro, y cómo la gobernación fue dada a los Bezares por el emperador.

Con el asiento que Juan de Ampres hizo en Venezuela y algunos ricos rescates y contratos que con los naturales tuvo, se divulgó luégo fama por todas las Indias y lugares poblados en aquel tiempo de españoles, de la prosperidad de la tierra, a la cual acudieron gentes de todas partes, unos a conquistar y vivir por la soldadesca, y otros a hacer esclavos los que tenían licencia para ello, y otros a rescatar y contratar con los naturales, por lo cual en breve tiempo se reformó la ranchería y alojamiento que allí había tomado el factor Juan de Ampres, en tal manera que ya parecía más república o ciudad que ranchería, y así le dieron dende a poco tiempo título de ciudad, y por ser aquella tierra llamada Coro, fue asímismo la ciudad llamada Coro, sin tener más fundación ni origen del que habemos dicho; aunque luégo que le dio la denominación de ciudad el que gobernaba la gente que allí residía, que era el Juan de Ampres, nombró sus alcaldes y regidores que gobernasen y rigiesen aquella república, en la cual manera de gobierno se sustentó algún tiempo, que fue lo que pudo tardar la nueva de la prosperidad de aquella tierra en llegar a España a tiempo que el emperador y rey don Carlos era llegado de Alemania, donde había estado algunos días procurando mitigar y apagar las perniciosas centellas y aun abrasadoras llamas que el Lutero, el año atrás de veinte y uno derramaba y sembraba entre aquellas gentes, y su venida fue a dar asiento de todo punto a las cosas del gobierno de los españoles, los cuales habían estado fuéra de la tranquilidad y asiento que aquel reino suele tener, por causa de las comunidades y alteraciones que el mismo año de veinte y uno se habían engendrado entre ellos, por las opresiones y molestias que ciertos gobernadores extranjeros que el emperador había dejado les hacían. En todo lo cual y en la diligencia que el almirante don Fadrique Enríquez y el condestable don Iñigo de Velasco, después de haber roto y desbaratado el ejército de los comuneros, pusieron en echar y ahuyentar a los franceses, que aprovechándose de la ocasión y tiempo de ver ocupados a los españoles en las civiles guerras que entre sí tenían, se habían entrado por el reino de Navarra y apoderádose de la mayor parte de él, se habia regastado mucha más suma de dineros de la que las rentas del emperador podían suplir, y no obstante estos gastos referidos, sustentaba al presente, aunque ausente, la guerra y defensa del estado de Milán, donde en competencia del rey de Francia tenía su ejército y campo, sustentándolo con superbas espensas y gastos que semejantes milicias traen consigo.

Y aunque esta guerra le sucedió prósperamente al emperador, porque en ella su ejército desbarató al francés y prendió al rey Francisco de Francia y fue traído a España por don Carlos de Lanoy el año de veinte y seis, no fue esta victoria bastante para recuperar y soldar los gastos y daños pasados; y así el emperador se hallaba a esta sazón con necesidad de ser socorrido y favorecido de dineros. Aun en el cual tiempo era famosa la compañía o gran compañía que decían de los Bezares, por las grandes contrataciones de mercadurías que en muchas partes del mundo tenían, los cuales, oyendo la fama de la prosperidad y riquezas de esta provincia de Coro o Venezuela que Juan de Ampres había descubierto, y sintiendo la necesidad en que el emperador estaba, ofreciéndose a servirle con cierta cantidad de dineros porque les diese la conquista y pacificación de esta provincia y les hiciese señores del primer pueblo que poblasen, con doce leguas de término a la redonda, y que pudiesen enviar gobernadores ellos de su propia autoridad, los cuales fuesen recibidos como si por el rey fuesen enviados y nombrados.

El emperador les concedió, por remediar alguna cosa su necesidad y falta de dineros, la gobernación con las condiciones que le pidieron los Bezares, y con que para la pacificación y poblazón de ella no trujesen otra nación de gente salvo españoles, y con que el oro y plata y otras cosas que de ella sacasen fuesen llevadas a España, y otras muchas condiciones y posturas que cerca de la jurisdicción y quintos reales el rey les puso; de lo cual les fueron luégo libradas y dadas cédulas y provisiones reales, para que usando de ellas y de su jurisdicción pudiesen enviar a quien quisiesen por su gobernador. Demás de esto, el emperador teniendo atención a lo que Juan de Ampres había gastado y trabajado en descubrir aquella tierra y sustentar aquella ranchería, y a lo mucho que en ella le había servido, y al interés que de ello al rey se le había seguido, le hizo merced de le dar una isla que hoy es llamada de Curazao, en la cual había poblazón de naturales, y al presente los hay, y por el derecho de este Juan de Ampres la posee Vejarano, vecino de Santo Domingo, y tiene de ella muy buen aprovechamiento de ganados de todas suertes que allí cría, y otras granjerías a que los indios le ayudan.

Está esta isla junto a esta provincia y ciudad de Coro, obra de tres leguas de ella, que tienen un brazo de mar que la divide de la tierra firme. Es casi redonda; tendrá en contorno obra de cuatro leguas. Los naturales que en ella residen por la mayor parte son ladinos, que es tanto como decir españolados en la lengua. No tienen allí juez que los tenga en justicia, porque según los pocos agravios que los unos a los otros se hacen, no lo han menester. Algunas veces suele estar en ella un sacerdote que administra los sacramentos a estos indios, a quien envía y paga su salario el que tiene aquel señorío; y cuando hay entre ellos alguna cosa que averiguar, que como he dicho son bien pocos o ningunos, este sacerdote los concierta y averigua.

|Capítulo tres

Cómo los Bezares enviaron gobernador y gente a la gobernación de Venezuela, y de a dónde tomó este nombre de Venezuela y la laguna de Maracaibo.

Luégo, en el mismo tiempo y año que el emperador dio esta gobernación a los Bezares, ellos comenzaron a hacer nuevos gastos y espensas y juntar gente y soldados para la poblazon de esta provincia, para el cual efecto aderezaron cuatro navíos de todo lo necesario a semejante navegación, pertrechándolos y proveyéndolos de muchos géneros de armas de las que en las guerras comunes se suelen usar.

Metieron en ellos trescientos hombres que en el Andalucía hicieron, y navegando el río de Sevilla abajo, llamado Guadalquebi, entraron con próspero viento en el mar Océano; de la cual armada y gente estos Bezares nombraron por capitán y su primer gobernador de Venezuela o Coro a un caballero de su propia nación, alemán, llamado micer Ambrosio Delfín | 2 . | Y porque parece confusión que sin dar más claridad, a esta provincia la hayamos nombrado unas veces Coro y otras Venezuela, será bien cumplir con esta duda, para ahora y para adelante, porque nadie se halle perplejo acerca de ello.

Junto a esta provincia y poblazón de Coro está un lago, que así de las aguas que de las provincias de Pamplona y Mérida, ciudades pobladas en el Nuevo Reino, y de otras partes a estas circunvecinas, corren y se desaguan, como por la entrada que la mar tiene en este lago, a causa de ser el sitio del más bajo, se ha hecho allí en tanta distancia que se halla por cosa cierta tener noventa leguas de circuito o boxaçión. Este lago a partes es hondable en tanta manera que pueden navegar en él naos de cualquier grandor, y por otras es muy terreno y de poca hondura. Toda o la mayor parte de esta laguna está poblada de muchos naturales, que habitan y viven así en el agua como en la tierra. Las casas de los que tienen sus habitaciones en este lago son en esta manera: que mediante la industria de que naturaleza les proveyó como a las demás gentes, tuvieron tal arte y modo que hincando en el propio lago ciertos maderos o palos gruesos por su orden y cubierto, encima de ellos fabrican sus casas y moradas en tal forma que habitan en ellas sin que el agua del lago ni la del cielo les dañe ni sea muy perjudicial; y para el servicio y provisión de lo que de la tierra han menester, usan de aquel género de bateles o esquilfes que tan general es en las Indias, llamados canoas.

Este lago ni es todo dulce ni es todo salado. Cuando el viento se ensoberbece corre en él el mesmo género de tormenta que en la mar. Mengua y crece, aunque no generalmente, más que en las partes más cercanas a la mar. Es redondo, algo prolongado hacia la culata, que es por donde entran los ríos y aguas que bajan de Pamplona. Otros quieren decir que es esquinada o triangulada casi a manera de un paño de tocar; pero lo más cierto es lo primero. Tiene la boca algo angosta por espacio de dos leguas, y algunos la hacen de dos bocas, la una mayor que la otra. Tiene peligrosa entrada. Piérdense en ella, y hanse perdido algunos navios, por respeto de cierto ancón que de una parte y otra hace la mar, en el cual ancón o ensenada, por respecto de ser la tierra baja, cuando van navegando, entendiendo que navegan seguramente no sienten su perdición hasta hallarse encallados los navíos; y así los que son diestros en esta navegación se apartan todo lo que pueden de esta laguna y de su tierra.

Entrando, pues, españoles en ese lago hallaron esta nueva manera de habitación y poblazón de gentes que, como he dicho, habitaban en el agua; y viendo la mucha similitud que esta gente en su habitación tenía a la de Venecia, ciudad poblada en los lagos y lagunas del mar Adriático, cuyos principios fueron casi tan flacos como los que en este lago se hallaron, porque con la gran destrucción y ruina que en tiempo del emperador Valentiniano hizo en Italia el tirano Atila, que fue año de cuatrocientos y cincuenta y cuatro, ciertas gentes de una provincia llamada Venecia, amedrentados de los estragos y crueldades de este tirano, se retiraron de la tierra firme y se pasaron a unos pequeños isleos que en las lagunas dichas hacía la mar, en los cuales estuvieron recogidos y fortificados hasta que pasó la persecución y tiranía de Atila; y viendo estas gentes la mucha seguridad y fortificación del sitio que allí tenían, nunca se mudaron ni quisieron ir de aquel lugar, antes dende en adelante lo procuraron amplificar y tomar en sí cierta orden de gobierno que hasta ahora les dura y conserva y ha traído en la prosperidad y sublime fama que al presente tiene. Y como el número de los moradores iba creciendo, les era forzoso fundar y hacer sus casas en la propia agua, y así la mayor parte de esta insigne ciudad está poblada en el agua, y por ella con sus artificios y maravillosos ingenios, andan y se tratan y comunican con mucha facilidad y sin ningún detrimento.

Y pareciéndoles, como he dicho, a los españoles que por habitar estos indios de este lago en el agua, de la forma que he contado, eran en alguna manera semejantes a los moradores de Venecia, pusieron por nombre a la provincia Venezuela, y de esta suerte se escureció dende en adelante de tener la provincia nombre de Coro y quedarse con él solamente la ciudad, y así hasta este nuestro tiempo comúnmente aquella gobernación se ha llamado y llama la provincia y gobernación de Venezuela.

Y también es de saber que este lago por quien nos hemos alargado a contar lo que de suso se ha dicho, no tomó ni tiene la nombradía de la provincia de Venezuela, que del o por el fue nombrada así, mas es llamada la laguna de Maracaibo. Laguna, como es notorio, es vocablo usado entre españoles, que significa congregación o ayuntamiento de aguas: Maracaibo era nombre propio de un señor muy poderoso que en este lago residía o vivía, que señoreaba y mandaba la mayor parte de las gentes que en ella habitaban, cuyo nombre era tan célebre entre aquellos naturales que en viendo o entrando donde ellos estaban españoles, luégo les nombraban Maracaibo, o señalaban o daban a entender por señales su gran poder y grandeza, y de aquí le quedó entre los españoles el nombre y sobrenombre de la laguna de Maracaibo.

Parecerle ha al lector que he salido un poco fuéra del discurso de este capítulo, y a mi parecer no he sino cumplido con una parte de lo que adelante me queda por decir tocante a esta laguna, pues para dar razón y claridad de dónde tomaron nombres la provincia de Venezuela y la laguna de Maracaibo ha sido menester la narración que he hecho.

Salido el gobernador micer Ambrosio del fin del río de Sevilla y entrado en la mar Océano, como al principio de este capítulo dije, con sus navíos y gente navegó prósperamente por su derrota y sin sucederle cosa notable adversa ni próspera llegó en breve tiempo al puerto y surgidero de Coro, donde halló a Juan de Ampres y a la demás gente de su república, los cuales viendo la pujanza de gente que consigo llevaba micer Ambrosio y las provisiones y cédulas que el emperador le había dado a los Bezares para que fuesen gobernadores de aquella provincia, lo admitieron y obedecieron y metieron en posesión de ella.

|Capítulo cuarto

Cómo micer Ambrosio entró con gente en la laguna de Maracaibo y se alojó de la otra banda de la laguna, donde después llamaron el pueblo de Maracaibo.

Como al principio que el fator Juan de Ampres entró en esta provincia de Venezuela e hizo asiento en ella, según se ha dicho, se divulgó y extendió la fama por todas partes, así de la riqueza y prosperidad de esta tierra como de los muchos y domésticos naturales que en ella había, y en aquella sazón ninguna persona tenía consignada la defensa y amparo de los naturales, y por otra parte estaba introducida aquella costumbre que en aquel tiempo había de hacer los indios esclavos, que fue principal destrucción y desolación y ruina de muchas provincias que muy pobladas y abundantes de naturales que en aquella sazón había junto a la mar del norte, y las que no se despoblaron quedaron los naturales de ellas tan amaestrados en las cosas de la guerra y defensa suya, y con un tan arraigado odio y enemistad contra los españoles que se entiende que permitieran morir todos antes que serles subjetos ni tributarios, a causa de los excesivos e intolerables daños que en sus personas, hijos y mujeres y haciendas recibieron; la cual enemistad y entrañable aborrecimiento que de tan antiguo tiempo estos indios tienen fijado en sus entrañas, lo podemos ver con presente experiencia en aquellas provincias de Caracas y toda aquella costa hasta la isla Trinidad, donde tánta cantidad de españoles han sido miserablemente muertos en venganza de los daños que sus antecesores en aquella costa hicieron.

La cual nueva de prosperidad y riquezas hizo que muchas personas que vivían de este trato de hacer esclavos, acudiesen a esta provincia con su cierta manera y desorden que ellos en ello tenían, de tal suerte que en el poco tiempo que hubo desde que Juan de Ampres la descubrió hasta que el gobernador micer Ambrosio vino a ella, que como he dicho fue el año de veinte y seis, se dieron tanta priesa a hacer esclavos o despoblar aquesta tierra, que casi en esta sazón que micer Ambrosio llegó, se hallaban muy pocos naturales cerca de Coro que les pudiesen dar a los españoles el sustento que habían menester; y así le fue forzoso a micer Ambrosio dar luégo orden cómo salir con su gente de este pueblo de Coro a buscar y descubrir tierras y provincias donde pudiese poblar y sustentarse.

A esta sazón tuvo micer Ambrosio noticia muy cierta de las muchas riquezas y grandes poblazones de indios que en la laguna de Maracaibo había, por lo cual fue movido a tomar esta derrota y demanda antes que otra ninguna, y aprestando luégo las cosas necesarias a la navegación y conquista de la laguna, haciendo aderezar un navío de los que consigo había traído, y dos bergantines que con toda brevedad allí hizo, los cuales luégo encaminó por mar que entrasen con alguna gente por la boca de la laguna, y él, con toda la demás, se partió por tierra, dejando en Coro alguna gente que había caído enferma y otros soldados y vecinos para el sustento de aquel pueblo.

Puesto en camino micer Ambrosio, los soldados que con él iban, entendiendo que lo que trabajasen o poblasen había de ser para gente extranjera, y que la peor parte había de ser y era para ellos, jamás pretendían poblar ni hacer ningún béneficio en los pueblos y naturales que topaban, mas todo lo procuraban destruir y arruinar a fin de que aquellos señores extranjeros ni gozasen de lo que el rey les había dado ni de lo que les había costado sus dineros ni menos de lo que ellos descubriesen, y así por doquiera que esta gente anduvo y pasó, hasta hoy queda el rastro.

Caminó micer Ambrosio con su gente derecho a la laguna de Maracaibo y luégo pasó toda la gente de la otra parte de la laguna que es hacia el Cabo de la Vela, porque Coro está de esta otra parte de la laguna la costa arriba, más hacia el oriente, y el Cabo de la Vela de la otra parte, la costa abajo hacia el occidente; y allí hizo luégo una manera de alojamiento, que comúnmente llaman ranchería, donde se alojó él y su campo, para de allí dar mejor orden en lo que se había de hacer tocante al descubrimiento y pacificación de aquella laguna y sus provincias. Y porque consigo llevaba mujeres casadas y criaturas y otros géneros de carruaje que en semejantes jornadas causan estorbo y embarazo, con lo cual siguió la disciplina de los demás pobladores de Indias, que cuando así van a poblar alguna provincia lo primero que hacen en entrando en la tierra que van a descubrir o poblar buscan un sitio que esté más encomedio bastecido de agua y leña y tal que la gente que en él dejaren se pueda defender de los naturales que les quisieren ofender, en el cual hacen luégo su alojamiento o ranchería; haciendo ciertas maneras de casas en qué habitar el tiempo que allí estuvieren, que son unos bohíos pequeños hechos de varas delgadas y paja, y hecho el alojamiento y ranchería donde puedan dejar el carruaje o fardaje y las otras cosas que les son estorbo para el caminar y pelear, luégo desde allí da orden el capitán en enviar sus caudillos y descubrir y pacificar, dejando siempre fortificado el alojamiento y ranchería con guarnición de soldados, cual conviene conforme a la calidad de la tierra y gente de ella.

Pues en esta forma y por estos respectos hizo micer Ambrosio su ranchería de aquella parte de la laguna conjunta al agua, para de allí hacer sus salidas y entradas y descubrimientos que por el agua y por tierra fuesen menester, con intento de en habiendo visto todo lo que en aquel ancho lago había y en la tierra que lo cercaba, si fuese cosa tal cual él deseaba y por noticia le habían dado, poblar un pueblo o más conforme a la disposición y poblazón de la tierra y del agua y gozar de aquella merced que el rey había hecho a los Bezares, que por gobernador le habían enviado.

Esta ranchería o alojamiento que hizo micer Ambrosio permaneció después por algunos años en forma de pueblo, y fue sustentado y habitado por algunas gentes españolas, y llamado el pueblo de Maracaibo, y al presente se tiene noticia en aquella provincia de Venezuela que en este sitio hay grandes árboles de granadas y parras de España y otros muchos géneros de arboledas frutíferas de las de Indias que los españoles que allí residieron habían plantado y cultivado, con que tenían particular recreación, por lo cual y por la mucha abundancia de caza de conejos, curíes, venados y otros géneros de montería que por allí cerca había y la mucha abundancia de pescados y otras cosas que de la laguna tenían, viven hoy en aquesta gobernación algunas personas con gran deseo de volver a reedificar la poblazón y a vivir en ella; y para promover los ánimos y voluntades de otros, añaden otras muchas buenas propiedades a este sitio o poblazón y a las provincias a él comarcanas, que por no tenerlas por ciertas ni verdaderas no las digo.

El gobernador don Pedro Ponce de León dio la población y pacificación de esta laguna y de la tierra que de la parte del Cabo de la Vela hay, a un Alonso Pacheco, vecino de Trujillo, de la propia gobernación, el cual hizo barcos y gente para entrarla a poblar; y diré que le dio la poblazón de la otra banda de la laguna, porque hacia la parte donde está poblado Coro están comarcanos o conjuntos a la misma laguna los pueblos o ciudades de Mérida, que es de la provincia del Reino, y Trujillo, que como he dicho, es de Venezuela, y los moradores de estas dos ciudades tienen subjetos y ocupados los naturales que hacia esta parte donde ellos están tiene esta laguna poblados así en la tierra como en el agua y les sirven y son sufragáneos, de todo lo cual más por extenso trataremos en su lugar de la fundación y origen de cada una de estas dos ciudades.

1 Todos los folios están señalados con el número de los libros correspondientes, escritos al margen con letra distinta y tinta amarillenta.
1ª Las palabras “hasta que después del año de mil quinientos y veinticinco que fueron dados por esclavos Los indios y había en la”, están subrayadas en el texto.
2 El apellido “Delfín” por Alfinger”, como se llamaba comúnmente. Su verdadero apellido era Ehinger.

|Capítulo cinco

En el cual se escribe cómo los españoles y micer Ambrosio, su capitán, anduvieron un año descubriendo y conquistando la laguna de Maracaibo. Trátase de la forma de las canoas y sus remos.

Dado el asiento que fue necesario y conveniente, micer Ambrosio en su alojamiento o ranchería, luégo comenzó a proseguir por agua y por tierra su nuevo descubrimiento de la laguna de Maracaibo y sus contornos, trayendo algunas veces la gente dividida por la laguna y por tierra, y otras veces toda junta por el agua en dos bergantines y una canoa, que según figuran su grandeza es cosa de notar; y para que mejor se pueda comprender esto que por cosa notable quiero decir, es de saber que, según en otras partes de esta Historia por la mayor parte he apuntado, todos los indios de las Indias usan de cierto género de nave pequeña, de un madero que los latinos llaman monoxilum, para navegar por los ríos y lagunas, y estas son llamadas por los españoles canoas, y son de un solo palo o madero, cavado a manera de una artesa o dornajo, excepto que se le da o hace en el palo toda la concavidad o gueso que se puede hacer, de suerte que el casco quede fornido para sufrir la navegación, y vase ensangostando de popa y proa como un navío para ser mejor gobernada; y en éstas navegan los indios, bogando o remando, partidos en dos partes, unos a la proa y otros a la popa, partiéndose por su orden, tanto a un lado como al otro, y todo el tiempo que van remando van los remeros en pie, porque ni el espacio y hueco o grandor de la canoa da más lugar ni entiendo que pudiese sufrir otro género de remos de los que para este efecto los indios han usado e inventado de su antiguo origen, los cuales son poco menos que del grandor del hombre o indio que lo ha de llevar. Lo que de este remo entra debajo del agua es una pala puntiaguda poco más ancha que dos manos, muy delgada por los lados y por medio más fornida, con una manera de lomo, y todo lo que de allí para arriba, que es lo que cae fuéra del agua, es redondo y tan grueso cuanto puede ser empuñado del que lo ha de mandar; a la cual manera de remos los españoles comúnmente llaman canaletes, que debió ser el nombre que los primeros españoles pusieron como en otras cosas se ha visto por experiencia, pero los indios en cada provincia los llaman diferentemente unos de otros.

De esta forma que he dicho que son las canoas tenía una micer Ambrosio, hecha de un solo madero o árbol, sin añadidura ni compostura alguna; mas de lo que en el propio palo se pudo cavar y labrar, en la cual cabía o traía micer Ambrosio cuarenta hombres de armada con seis caballos, y algunos afirman que más, pero esto basta y es cosa que se puede tener por extraña y no vista hasta ahora que en el hueco de un solo árbol, en la forma que éste estaba labrado, navegase tanta gente y caballos; porque aunque en las primeras conquistas y descubrimientos de ríos caudalosos y lagos o lagunas que en muchas partes de las Indias han sido andadas y descubiertas por españoles se ha hallado grandísimo número de canoas de todas suertes y nunca jamás en sus principios ni después mediante la industria de los españoles se ha hallado ni hecho canoa que sola sufra a llevar seguramente dos caballos y muy poca gente, ni que con muchas partes llegase al grandor de esta.

Los indios de la laguna no temieron mucho esta entrada de micer Amborsio, así por ser ellos en sí gente muy atrevida y belicosa en el agua, como porque antes de esta entrada de micer Ambrosio había por infortunio entrado en esta laguna un navío de españoles en que iba el obispo de Santa Marta don Juan de Calatayud, a quien los indios desbarataron y se cebaron en sangre de españoles. De este obispo se cuenta que luégo que entró en esta laguna, los indios viendo cosa tan nueva y nunca por ellos vista, se venían a los españoles casi simplemente, y algunos españoles que ya conocían el movimiento que los indios suelen tener y la vuelta que dan, procuraban aprovecharse de ellos en tanto que aquella sinceridad les turaba, por lo cual el obispo reprehendía ásperamente a los españoles y les decía: “dejadlos, no les hagáis mal, que son ovejitas de Dios”, procurando por todas vías que no recibiesen ningún desabrimiento de los españoles.

Dende a poco tiempo los propios indios volvieron la hoja y vinieron con mano armada a dar las gracias al obispo por el beneficio que les había hecho, y comenzaron a disparar en los españoles la flechería que traían, y a herirlos y maltratarlos, y entre los que al principio hirieron los indios fue al obispo, el cual viéndose de aquella suerte | 3 | comenzó a animar a los españoles con muy grandes voces, diciendo: “a ellos, hermanos, a ellos, que estos no son ovejas de Dios, sino lobos de Satanás”. Mas con todo eso mataron allí los indios a todos los más españoles, y quedaron también impuestos que después no les pareció cosa nueva la entrada de micer Ambrosio, antes entendiendo que todos habían de morir y quedar en su poder se les mostraban amigos, y después intentaban sus acometimientos muy a su salvo contra los españoles, en los cuales unas veces salían descalabrados y otras descalabraban, y aunque las más victorias quedaban y quedaron por nuestros españoles, no dejaron de hacerles harto daño con la flechería de que estos indios usan, que es casi toda la más de dientes de pescados de diversas suertes.

Micer Ambrosio, con los españoles, aunque a los principios les pareció mucha gente y canoas que se les llegaban a dar guazabara, no por eso dejaron de proseguir su descubrimiento como lo llevaban comenzado. Advierto de una cosa, porque no me tengan por descuidado, y es que el vocablo que el poco ha dije o nombre de guazabara, generalmente se usa de él en las Indias y se toma por cualquier recuentro que haya, así por tierra como por el agua, entre españoles e indios y entre indios y españoles, ora cometan los unos ora los otros, lo que no es en los recuentros que se han habido contra tiranos y españoles y negros que en estas partes se han alzado y así doquiera que este término o vocablo yo usare, el lector entenderá que es recuentro, acometimiento o batalla o rompimiento entre españoles e indios.

En poco más tiempo de un año vio este gobernador con su gente toda la mayor parte de esta laguna de Maracaibo, navegándola y entrando en muchos ancones y lagos y esteros donde los indios tenían algunas poblazones fortificadas y escondidas, y había y hallose algún oro entre los naturales, mas no era en tanta cantidad como los españoles y su gobernador quisieran, por lo cual, aunque había cantidad de naturales, acordaron de no hacer allí más parada sino pasar adelante con su campo y gente, porque aunque estos descubridores llevaban, a lo que mostraban, voluntad de poblar donde hubiese muchos naturales, su principal intento era buscar mucho oro y no darse mucho por poblar, y así dieron la vuelta a recogerse a su ranchería o alojamiento, trayendo consigo todos los indios que pudieron haber para enviarlos por esclavos a Coro y sacar de ellos algún dinero para reformación de algunas cosas que habían menester para proseguir su jornada, y especialmente de gente o soldados, por que así en guazabaras y de heridos y flechazos de indios como de enfermedades que comúnmente los primeros días suelen dar a los que pasan a Indias, se le había muerto mucha gente a micer Ambrosio de la que consigo había llevado. Y también esta laguna y las tierras que la cercan no son sanas, sino bien enfermas y de muy mala propiedad y costelación, porque en nuestros tiempos han abajado de Mérida, ciudad del Nuevo Reino, algunos caudillos con gente a descubrir puertos a esta laguna y a procurar otros aprovechamientos, y por poco que en ella o en sus riberas y territorios se han entretenido, vueltos a su pueblo todos han caído enfermos de recias calenturas y algunos se han muerto, y los que han escapado, por mucho tiempo no se les quitaba del rostro una color casi amarilla que ponía admiración a los que los veían, y por esto entiendo que sin la gente que los indios mataron e hirieron a micer Ambrosio, que no dejarían de caer enfermos y morir otros muchos de çiçiones y llagas y otras enfermedades que en este lago y las tierras a él comarcanas, que por la mayor parte son montuosas, que solemos decir arcabucosas, por los malos vapores que en todo ello se engendran, pudieron los españoles adquirir, y con ello la muerte.

|Capítulo seis

Cómo micer Ambrosio se partió con su gente de la laguna por tierra y llegó a las lagunas de Tamalameque, donde prendió el cacique y principal de aquella tierra.

Vuelto micer Ambrosio con sus bergantines o barcos y canoas a su alojamiento o ranchería de Maracaibo, dio luégo orden en lo que se debía hacer, para con brevedad proseguir su descubrimiento y llevar adelante sus desinios, antes que por algún infortunio de los que la fortuna suele oponer, fuese frustrado de ellos. Envió luégo con toda presteza los esclavos o indios que de la laguna sacó, y de lo procedido de ellos le trajeron de rescate algunas cosas de las que envió a pedir, y algunos españoles para la reformación de su compañía; y para ir menos impedido y no llevar consigo ningún género de estorbo, acordó dejar en aquel alojamiento o ranchería de Maracaibo, todos los hombres casados con sus mujeres y los enfermos y otros que por diversos casos eran muy impedidos para el uso de semejantes guerras, que entonces y aun ahora, por reboco 4 llamamos jornadas o descubrimientos; y dejándoles un sustituto o teniente suyo que los tuviese en justicia, con otros algunos soldados sanos para que pudiesen los enfermos ser proveídos de la comida que hubiesen menester, se partió con todo el rescate de la gente atravesando cierta serranía o cordillera que casi cerca (de) aquella laguna por aquella parte que ahora decimos la cordillera del valle de Upar, por estar a la otra vertiente que corre al río grande de la Magdalena un pueblo de españoles en un valle dicho de este nombre. Este río grande de la Magdalena es el río por do se descubrió el Nuevo Reino de Granada, y por donde hoy suben los españoles y provisiones de España a aquel Reino, según en otra parte se ha dicho. Atravesada esta cordillera, micer Ambrosio, pasando por entre diversas poblazones y gentes, fue a dar a las lagunas que hoy se dicen de Tamalameque, por llamarse el señor o principal que sujetaba los naturales que por allí había, de este nombre, Tamalameque; y está en esta provincia poblado, ribera del río grande, un pueblo de españoles que se llama de este mismo nombre, la ciudad de Tamalameque, que es sufragáneo a la gobernación de Santa Marta.

Estas lagunas o laguna de Tamalameque es bien grande. Hácense en ella algunas islas que estaban pobladas. Congréganse aquí estas aguas por ser la tierra baja y estar en el paraje de la corriente y agua del río grande, por lo cual no pueden correr ni escurrirse, vaguarse, los ríos que a esta laguna vienen a dar. De donde ella principalmente se hace es el río de Çaçare, que viene del valle de Upar, río caudaloso y que navegan por él canoas, y todas las aguas que de la cordillera corren desde el valle de Upar hasta junto una provincia que dicen los Carateres o despoblados, sufragana a la ciudad de Pamplona del Nuevo Reino, todas se juntan aquí.

Llegado micer Ambrosio a esta provincia y lagunas de Tamalameque hallola, como he dicho, muy poblada de mucha cantidad de naturales y muy abundante de comida y de mucho oro que los indios poseían. Estaba el principal o señor poblado ribera de esta laguna, en un pueblo que la vecindad de él tomaba un cuarto de legua; y aunque la poblazón era tan grande, y otras muchas que a la redonda había y los naturales en mucha cantidad, nunca se atrevió este principal a esperar en su pueblo a los españoles, por las nuevas que antes de ellos tenían y le habían dado otros indios sus vecinos, y así se recogió con su hacienda y gentes a una isla que en la laguna estaba algo apartada de tierra, creyendo que poniendo él en cobro todas las canoas y apartándolas de donde los españoles las pudiesen haber, no tendrían modo cómo pasar a la isla a donde él estaba, por ser por allí algo hondable el lago. Mas los españoles y su gobernador, viendo delante de sus ojos aquellas gentes, y que casi les hacían cocos con las joyas y aderezos de oro que sobre sí traían, buscaban y vacilaban sobre qué modo podrían tener para pasar seguramente el agua y entrar en la isla a despojar aquellos miserables de sus tesoros; y podemos decir que estos indios ellos mismos se hacían la guerra y se ponían asechanzas, pues mostrando o haciendo ostentación de las joyas y oro que tenían a sus contrarios, les daban avilantez y ponían espuelas a su codicia, para que con más calor procurasen de pasar a donde ellos estaban, y al | fin, después de muchos acuerdos que sobre ello el gobernador había tenido, fue resoluto en que todos los más de a caballo se echasen al agua en sus caballos y fuesen a dar en aquella gente, que teniéndose por muy seguros con la fortaleza de que naturalmente estaba cercado aquel sitio, con las aguas que lo fortificaban, no esperaban recibir ningún daño de los españoles ni tenían pensamiento de mudarse ni apartarse de allí, antes, como he dicho, casi ponían por señuelo el oro y riquezas que tenían, entendiendo con la vista de ello atormentar los codiciosos ánimos de los españoles y su gobernador.

Determinados ya el gobernador y sus soldados de seguir la toma de aquel isleo con esta industria, remitiendo el fin del suceso a lo que su fortuna guiase, pusieron en obra su acuerdo, y cabalgando en sus caballos hasta treinta españoles con sus armas, se arrojaron al agua, y gobernando con los frenos los caballos y animándolos con las espuelas, sin que ninguno de ellos peligrase ni pereciese, pasaron nadando a la isla, donde los indios, casi atónitos y sin sentido de ver aquella nueva manera de navegar de los españoles, se hallaban tan confusos entre sí que aunque tenían las armas en las manos, no usaron de ellas con la presteza que era razón para defender la entrada a los españoles, lo cual pudieron hacer con facilidad por ser el sitio donde estaban acomodado para ello.

Después que en la isla vieron a los españoles comenzaron a usar de las armas para ofenderlos con el tumulto y alaridos con que todos generalmente lo suelen hacer; mas como los españoles estaban ya en tierra, donde podían aprovecharse de sus caballos y ser señores de ellos, comenzaron a correr y escaramucear por entre los indios, hiriendo a todas partes, de suerte que siempre los iban ahuyentando y constriñendo a que se recogiesen al agua, donde les era a los indios el daño doblado, porque como la laguna era honda y la gente mucha, caían unos sobre otros, y el que no sabía nadar llevaba al hondo al que sabía, y así perecieron muchos, sin los que en tierra fueron muertos, y sin otras muchas gentes de todo sexo que amedrentadas de ver la ferocidad de los caballos y crueldad de los que los seguían, se arrojaban al agua a guarecer en algunas canoas de las que por allí tenían.

Los españoles quedaron señores de la isla y hubieron preso al cacique o señor de aquellas gentes que, como he dicho, se llamaba Tamalameque, con otros algunos indios principales y mucha parte de sus riquezas y oro, con que se pasaron muy contentos a donde el gobernador estaba con la demás gente mirando el suceso de esta guazabara, a quien entregaron luégo todo el despojo y presa que en ella se había habido, y fue cantidad de oro. Holgáronse todos con el buen suceso que allí habían tenido; pusieron a recado el principal Tamalameque, de quien esperaban haber gran suma de oro por su rescate, e hicieron asiento allí por algunos días, así porque la gente descansase, como por la mucha riqueza que de esta provincia esperaban sacar, según los buenos principios que habían visto y despojo que en este primer reencuentro hubieron | 4ª.

|Capítulo siete

Cómo estando los españoles divididos se juntaron mucha cantidad de indios y vinieron a sacar de poder de los españoles a su cacique, y cómo micer Ambrosio envió a Gascuña a Coro por más gente y soldados.

Dende a pocos días algunos soldados quisieron pasar adelante, sin hacer en esta provincia mucho asiento, mas micer Ambrosio, viendo la fertilidad de la tierra y las muestras de oro que en aquellas primeras vistas había habido, consideró que podía haber en esta provincia alguna parte de lo mucho que deseaba, y así, con acuerdo de los más, determinó entretenerse en esta provincia algunos meses hasta ver y aun haber toda la riqueza que en la tierra había, con la cual resolución envió luégo un capitán o caudillo con la mitad de la gente, que serian noventa hombres, a ver lo que había en ciertas poblazones que cerca de allí estaban, y él se quedó en su alojamiento con la demás gente y con el cacique y los demás principales.

Los indios de esta provincia, viendo que mucha parte de la gente española andaba fuéra del campo, parecioles que era tiempo oportuno y que se les ofrecía ocasión en que pudiesen recobrar a su cacique o señor, con lo demás que en la guazabara perdieron; y no perdiendo tiempo se convocaron y juntaron, según afirman personas que se hallaron presentes, más de diez mil indios de guerra y bien aderezados, conforme a su uso y costumbre de militar. Metidos en la cantidad de canoas que para tanta gente era menester, se vinieron navegando hacia el real de los españoles; y según pareció después, estos indios, como habían visto ir fuéra los españoles que se ha dicho, creyeron que en el alojamiento quedaban muy pocos, a los cuales fácilmente desbaratarían y matarían; y como saltando en tierra y llegando a donde el gobernador micer Ambrosio estaba rancheado, viesen la gente que con él estaba, se les mudó el ánimo de tal suerte que jamás ninguno de ellos se atrevió a principiar la guazabara ni acometer a los españoles, sino como hombres desatinados, comenzaron a decir que les diesen su cacique muy porfiadamente y con muchas voces. El gobernador, conociendo la pusilanimidad y cobardía que los indios consigo traían, mandó a los españoles que se estuviesen quedos, y no les consintió que moviesen las armas contra aquella amedrentada gente, y al cual asímismo mandó que dejasen luégo las armas, donde no que allí serían todos muertos por su gente. Y los indios, como estaban de suyo tan acobardados y perdido el ánimo, y de nuevo los amenazaba micer Ambrosio, obedecieron luégo su mandado, y soltándolas todos en el suelo, se rindieron a voluntad y merced del gobernador. Dicen los que presentes se hallaron, como por cosa de maravilla, que era tanta la cantidad de armas que estos indios traían, que juntas, y hecho un montón, no se parecía un hombre de a caballo de la otra parte. Yo no tengo esta maravilla por tal, pues sabemos que en la Nueva España y en el Pirú este ayuntamiento de armas, que aquí eran arcos y flechas y macanas, allá era oro y plata; y en la Nueva España se juntó en ha plaza un montón de oro y plata que no se parecían dos hombres, eh uno puesto de la una parte y el otro de la otra; y en el Pirú fue de mucho mayor número.

Mandó micer Ambrosio a los indios que se volviesen, y que si querían llevar o haber a su cacique, a quien venían a buscar, le trajesen cierta cantidad de oro que él allí les señaló. Los indios se volvieron y fueron pacíficamente, sin hacer más acometimiento ni daño en los españoles del que se ha dicho, dejando sus armas, que por hartos días sirvieron de leña para las cocinas de los españoles; y metiéndose o embarcándose en sus canoas se volvieron a sus poblazones.

La gente que había ido a descubrir, volvió desde a pocos días con algún oro, que generalmente, en toda esta provincia lo tensan los indios, y hoy día lo tienen.

Estúvose micer Ambrosio en esta ranchería o alojamiento haciendo entradas o correrías de una parte a otra casi un año, en el cual tiempo, así de lo que ranchearon y tomaron forciblemente á los indios como de lo que les daban de presentes y el cacique dio por su rescate, hubieron el gobernador y sus soldados más de setenta mil pesos de buen oro. A cabo de este tiempo, ya que estaba arruinado y corrido y esquilmado todo lo que en esta provincia de Tamalameque había, acordó micer Ambrosio pasar adelante con su descubrimiento y jornada, y pareciéndole poca gente la que tenía para tan larga entrada como se le ofrecía, porque de la gente que de la laguna sacó se le habían muerto, así en la guerra como de enfermedades, mucha parte de sus soldados, acordó enviar un caudillo con algunos soldados y alguna parte del oro que allí se había habido a Coro, para que juntase toda la más gente que pudiese, dándoles todo avío del oro que llevasen y con toda brevedad volviesen y le siguiesen por el rastro y vestigio de la derrota que él de allí tomaría. Y para este efecto nombró y señaló a un capitán Gascunia o Gascuña, natural de Arévalo, y le dio veinte y cinco soldados, y así los sesenta mil pesos, que era parte del oro que se había habido en esta provincia de Tamalameque, para que con aquella ostentación y muestra de riqueza moviese los ánimos de los soldados y los atrajese a sí, para que con mayor voluntad lo siguiesen.

Partiose Gascuña con la gente que le fue dada, la vuelta de Coro y provincia de Venezuela, de cuyo viaje en el siguiente capítulo trataremos largo, y el gobernador micer Ambrosio por entonces se quedó allí en el alojamiento y ranchería de Tamalameque, y dende a poco tiempo alzó su campo y siguió su viaje y derrota en la forma que adelante se dirá.

3 La palabra “suerte” está escrita entre líneas y reemplaza la tachada ” |manera”.
4 Por “rebozo”. El texto dice: “reboço”
4ª Desde aquí comienzan en el margen los cortos resúmenes del texto respectivo que no transcribiremos.

| Capítulo ocho

En el cual se escribe cómo metiéndose Gascuña por los despoblados y arcabucos de la culata de la laguna, pereció de hambre él y todos los demás que con él iban. |

El capitán Gascuña o Bascuña puso en prosecucíón el mandamiento del gobernador, y tomando consigo el oro que se le había dado, que como he dicho fueron sesenta mil pesos y sus veinte y cinco compañeros españoles, comenzó de caminar la vuelta de Coro, por muy diferente camino del que había traído con su gobernador, porque como el paraje donde a la sazón estaban era más arriba de la culata de la laguna de Maracaibo, parecía por buena conjetura que atravesando o bajando por tierra la serranía que por allí había, ir a salir de la otra banda de la laguna, sin tener necesidad de atravesar aquel ancho lago ni desandar el camino andado, que le parecía más largo del que por donde pensaba ir podía ser.

Estas consideraciones les salieron muy al revés a Gascuña de lo cual había trazado, porque en apartándose del real luégo atravesó la cordillera que entre la laguna de Maracaibo y el río grande de la Magdalena está, que es la que hemos dicho llamarse la cordillera del valle de Upar, y trastornando la sierra a las vertientes de la laguna, caminó algunos días por tierra afta aunque montuosa y mal poblada, y aunque de los altos de estas sierras vio Gascuña a toda la tierra que por delante tenía, por la cual había de atravesar, era cubierta de muy altas montañas y arcabucos y lo más de ella tierra llana que por la mayor parte suele estar anegada y cubierta de aguas, no consideró el daño que de seguir por allí su viaje le podía venir, mas entendiendo que todo sería acompañado de algunas raras poblazones, como en los altos de aquella cordillera las había, pasó adelante con sus compañeros, y caminando algunos días por despoblado, siguiendo la travesía de la culata de la laguna sin que ningún camino le guiase, apartáronse tanto de las poblazones que a las espaldas dejaban, que cuando quisieron volver atrás no pudieron por respecto de que se les había acabado la comida que llevaban, y sin ningún recurso de mantenimiento, con sólo la esperanza de hallarlo adelante, habían caminado ciertos días con sólo comer algunas hojas silvestres que en aquellas montañas cogían. Y | como mientras más adelante caminaban más la hambre los maltrataba, de tal suerte que no sólo no podían llevar sus armas más casi ni aun menear sus personas, consumidas las fuerzas de hombre, acordaron poner o dejar el oro escondido o enterrado en una parte señalada, para que si saliesen a poblazones de españoles o de indios pudiesen volver por ello.

Mas a estos soldados, y aun casi a los que con micer Ambrosio quedaron, le fue este oro y riquezas el azote y castigo que al cónsul Quinto Cipión y a sus comilitones les fueron el saco y robo que en Francia hicieron, cuando tomando y entrando por fuerza de armas a la ciudad de Tolosa, no sólo robaron lo que los del pueblo tenían, mas entraron en el templo de Apolo, a quien aquellos ciudadanos servían con mucho acatamiento, y saqueando el templo, como a las demás casas del pueblo, robaron de él ciento y diez mil libras de oro y cinco millones de libras de plata, y así el cónsul Quinto Cipión, como todos los que participaron de este robo, murieron desastrada y miserablemente, según que en su Historia más largamente se refiere este caso.

Gascuña y su gente enterraron estos sesenta mil pesos al pie de una ceiba, árbol muy grande y señalado en aquella comarca, y casi dejando sus corazones allí soterrados con aquel metal, comenzaron a caminar por aquellas montañas, a ver si podían hallar algún género de comida de cualquier suerte que fuese; y viendo que no lo hallaban y que las naturales fuerzas casi del todo les iban faltando, comenzaron a matar algunos indios e indias de las que consigo llevaban para comer de ellos, imitando en esto la brutalidad de los animales irracionales, que faltándoles el uso de la razón, muchas veces muerden y comen los unos de los otros, comían de aquellas carnes humanas tan sin asco ni pavor como si se hubieran criado en ello y para ello. Mas no es de maravillar que hombres usasen de este género de crueldad por remedio contra las angustias de la hambre, pues escribiendo Josepho en sus Historias, y lo refiere Eusebio en el tercero libro de la Historia eclesiástica, en el capítulo segundo, que teniendo Tito cercado a Jerusalén, y habiéndola ya entrado o tomado, sobrevino tan grande hambre en la ciudad que una mujer que vivía ribera del río Jordán, de la aldea de Benzob, llamada María, hija de Lázaro, mujer rica y de noble linaje, hallándose en aquellos días en Jerusalén, con un cuchillo, por su propia mano, degolló a su hijo, partiéndolo por medio, puso luégo la mitad al fuego, y asándola, se la comió, y después vino a comer la otra mitad, cosa por cierto de grande admiración y que parece escandalizar sólo el oírlo. Yo, a lo menos, por tan castigo de Dios tengo la hambre y calamidad de estos soldados, por los robos, fuerzas y muertes, y otras crueldades e incomodidades de que con los indios habían usado, como el que vino sobre Jerusalén en los tiempos referidos de suso.

Viéndose ya de todo faltos de remedio y que las fuerzas naturales les desamparaban del todo y que ya no les había quedado ningún indio a quien tan rabiosamente pudiesen sepultar en sus entrañas para conservación de ellas, comenzaron a esparcirse y dividirse por entre aquellas montañas y arcabucos, donde la hambre los consumió, así al capitán como a todos los más de los soldados, de quien no se supo más nueva, excepto cuatro de ellos que, o por ser más animosos o más robustos, pudieron conservar más tiempo las fuerzas y el ánimo, los cuales, caminando por donde su infortunio los guiaba, fueron a dar a un río que casi entra en la laguna de aquella parte donde Mérida está poblada, riberas del cual se sentaron a descansar, porque les pareció, por algunas señales que en él vieron, que era río poblado y que navegaban indios por él, con esperanza de que Dios encaminaría por allí alguna canoa de indios, de donde pudiesen haber con qué remediarse y sustentarse.

| Capítulo nueve

En el cual se escribe el suceso de los cuatro españoles que se apartaron de Gascuña. |

Dende a poco tiempo que estos españoles pasaron a descansar ribera del río, para soportar mejor el tormento de la hambre con la esperanza dicha, acertó a pasar por allí una canoa con indios que iban de un pueblo a otro, a los cuales llamaron los españoles con señas que les hicieron para que viniesen a donde ellos estaban. Los indios se acercaron a tierra por ver y conocer qué nueva gente era aquella; mas no se llegaron tanto que los españoles los pudiesen asir para matarlos y comerlos, como después lo pusieron por la obra, y viendo que los indios se llegaban recatadamente, sólo les dieron a entender, con señales que les hicieron, la necesidad que padecían, rogándoles que les trujesen alguna cosa de comer.

Los indios, por el semblante o aspecto que en los españoles vieron, entendieron lo que les pedían y habían menester, y así se fueron el río arriba a donde tenían su poblazón, y tomando la comida que les pareció que era bastante para tan poca gente, volvieron a donde los españoles estaban, los cuales, como los vieron volver, pareciéndoles que el mantenimiento que podían traer sería poco, determinaron que se tomasen los indios y se matasen y asasen en barbacoas para guardar y tener de respecto para su comida. Los indios llegaron sinceramente, sin recelo de recibir daño ninguno de los españoles, a quien con tan buena voluntad traían de comer, y saltaron en tierra, sacando el maíz y otras raíces y legumbres que traían. Los españoles, desque los vieron que les parecía que podían ser señores de ellos, cada uno echó mano de su indio para poner por obra lo que antes habían tratado, y como su flaqueza era tanta y sus fuerzas tan pocas, poca fuga fue menester para que los indios se soltasen de sus manos; y visto que los indios se les iban, juntáronse todos a uno de los indios, y asiéndose de él lo mataron y despedazaron muy liberalmente y asaron en barbacoa para su sustento.

Esto de asar en barbacoa esta carne es una costumbre casi general en las Indias entre algunos indios, los cuales jamás acostumbran a salar carne ni pescado, aunque tengan abundancia de sal, mas haciendo unas barbacoas que no sean muy altas del suelo, que son unas estacas hincadas en tierra, del altor que les parece, encima de las cuales hacen un cañizo algo ralo de varas que llaman barbacoa, y allí ponen la carne a asar y mucha candela debajo, hasta que se consume todo el jugo y humor y queda del todo seca: y con esto se entretiene mucho tiempo la carne, aunque sea de puerco, y el pescado y todas otras cosas que después de muertas se pueden corromper y dañar; y a falta de sal, los españoles, en las jornadas y nuevas poblazones se aprovechan de este uso de los naturales, y así lo hicieron éstos de quien al presente vamos hablando; que muerto su indio y hecho sacrificio de él a su dios el vientre, lo asaron en barbacoa por sus puestas, y luégo allí comieron el asadura, pies y manos, y el menudo, con tanta alegría como si fuera de otro animal de los acostumbrados a comer entre cristianos.

Y recelándose que los indios que se escaparon de sus manos no convocasen gente y viniesen sobre ellos, acordaron de irse de donde estaban, y así comenzaron a caminar ribera arriba de aquel río todos ellos, excepto uno llamado Francisco Martín, que por tener una llaga en una pierna, muy enconosa, no pudo caminar y le fue forzoso quedarse allí; y los demás, prosiguiendo su desesperado camino el no arriba, padecieron como todos los otros habían hecho y acabaron sus vidas con bien largas y penosas muertes. Y porque en lo de este capítulo me queda y en el siguiente, he de decir el suceso de este Francisco Martín, que por la enfermedad de su pierna no pudo seguir a sus compañeros en la muerte como los había seguido en la vida, diré lo que este hombre hizo, antes de llegar a este río.

Andaban sus compañeros y él tan acosados de la hambre que se podía bien decir por ellos que rabiaban de hambre. Cúpole a un indio que les había quedado, la suerte del sacrificio, y así lo sacrificaron y mataron, dándole por sus propias manos la muerte, porque fuese más acepto. Estando haciendo puestas o pedazos el cuerpo muerto, para dar a cada uno su parte, quitaron el miembro genital, como cosa más inmunda, y echáronlo a mal, lo cual, como viese este Francisco Martín arremetió a él y alzándolo del suelo, sin esperar a ponerlo en el fuego se lo comió así crudo, como se había quitado del cuerpo; que fue cosa por cierto, no de hombre sino de más que bruto y carnicero animal; y por esto no cuento la diligencia que todos ponían en que no se perdiese cosa ninguna de lo que en un cuerpo humano hay. La sangre no era menester llegarla al fuego, porque en abriendo el muerto, con las manos la sacaban y se la bebían, y aun como suelen decir, se quedaban lamiendo las manos; y por no ser molesto no quiero pasar adelante con estos abominables ejemplos de crueldad.

Este hombre llamado Francisco Martín, permitiéndolo Dios, para que estos castigos fuesen notorios, vino a escapar con la vida y a volver a poder y compañía de españoles de la manera que por el discurso de esta Historia se verá; mas para llegar a este tiempo pasó muchos trances que también iré declarando. Viéndose él triste, solo en aquella playa o ribera donde sus compañeros lo habían dejado, acordó echarse el río abajo, pareciéndole que pues por allí navegaban canoas, que no dejaría de haber algunas poblazones donde, o le conservarían la vida o con más brevedad lo despenarían. Sabía nadar, y ayudándose de un madero o palo grueso que allí halló, se echó por el río abajo, y giándolo sus hados fue a dar a una poblazón de indios que en la ribera de este río estaba, gente de buena dixistión o condición, los cuales como lo viesen, admirados de ver un hombre barbado y tan blanco, cosa que ellos nunca habían hasta entonces visto, lo tomaron y lo llevaron al cacique y señor de aquella provincia, el cual, con la misma admiración que sus vasallos, lo mandó recoger y tener en su casa por cosa de grandeza, sin hacer ningún mal ni consentir que se le hiciese por ninguno de sus súbditos.

|Capítulo diez

Cómo prosiguiendo micer Ambrosio su jornada, pasó por el río del Oro y provincia de Guane, y fue a salir a los páramos y tierras donde ahora está poblada la ciudad de Pamplona.

En tanto que estas cosas sucedieron al capitán Gascuña y a su gente, el gobernador micer Ambrosio, después de haberse entretenido algunos días en aquella provincia de Tamalameque, porque el socorro que de Coro le viniese y Gascuña le trujese, con más facilidad lo alcanzase, prosiguieron su viaje y descubrimiento por lo bajo de la cordillera o sierra que confina con las riberas del río grande, aunque algo apartado de él; porque se debe notar que por de esta parte del río grande por do micer Ambrosio caminaba siempre hay tierra llana entre el río y la sierra que va casi subçesive hasta sus nacimientos, y esta serranía que va siempre a vista de este río grande, toda es ramos y gajes que quiebran de la cordillera que desde Chile viene entera ciñendo y rodeando casi toda esta parte de Tierra Firme, donde está poblado el Pirú y Chile, los Charcas, Quito y Nuevo Reino, y la gobernación de Venezuela, y otras gobernaciones y provincias, lo cual parece que es diviso de la tierra de la Nueva España y Florida y esotros reinos que de aquella parte están. Por la mucha angostura y estrechura que entre estas provincias hace la tierra, desde el Nombre de Dios, poblado en la mar del Norte, a Panamá, poblado en la mar del Sur, que de un pueblo a otro, o del un mar al otro hay dieciocho leguas, antes menos que más, y esta estrechura que aquí hace la tierra parece que divide estos dos grandes reinos y provincias, la una de la otra, no embargante que toda es tierra firme y que de Nueva España se puede ir a Pirú y a Chile por tierra y andar toda la redondez de aquesta cuarta parte del mundo, desde la tierra que dicen del Labrador, que cae bien debajo del Norte, hasta el estrecho de Magallanes, que por el contrario está o cae casi debajo del Sur, que casi parece que estas dos provincias están fronteras la una de la otra metiéndose el Océano mar en medio, que hace hacer a la tierra un ancón al Occidente, cuyo remate es el estrecho que he dicho, donde está poblado el Nombre de Dios y Panamá.

Siguiendo micer Ambrosio aquesta serranía, sin dejar el río grande que llevaba a la mano derecha, caminó algunos días con buena esperanza así de lo que adelante esperaba hallar como del socorro y ayuda que con el capitán Gascuña le había de venir, y pasado algún intervalo de tiempo y viendo la tardanza del socorro, y que la tierra por donde iba era muy enferma a causa de las inundaciones que el río grande por allí hacía, con que se crían muchas sabandijas y mosquitos de todas suertes, que les era a ellos plaga y muy pesada carga, habiéndolos de sufrir por fuerza, con cuyas picaduras se causaban llagas e hinchazones en las piernas a los soldados y en las manos y en otras partes de sus cuerpos, determinó y acordó micer Ambrosio meterse en las sierras, porque generalmente toda tierra alta en las Indias es más sana que la baja, y a esta sazón estaba en el paraje de las provincias donde ahora está poblada Pamplona; y poniendo en efecto sus desinios y determinación comenzó a marchar con el campo y gente que hasta aquí le había quedado, por tierras muy ásperas y faltas de comida, con que se les acrecentó o dobló el trabajo a los españoles, y quedándose algunos que con la flaqueza y falta de fuerzas no podían subir la aspereza de las sierras por los arcabucos y montañas, eran muertos de tigres y otros animales que por estas tierras se crían, fue a salir micer Ambrosio a donde ahora dicen el río del Oro, que aunque está cerca de la ciudad de Pamplona es término de la ciudad de Vélez, en cuyos vecinos están encomendados los naturales de él, de quien trataremos más particularmente a su tiempo.

Llegado aquí micer Ambrosio, traía su gente tan fatigada de hambre que casi no podían caminar ni en aquella parte del río donde habían llegado y estaban no había poblaciones ningunas de indios de do pudieran haber algún recurso de comida; y porque caminando de aquella suerte era acrecentar los trabajos a los soldados y ponerse en aventura de perderse todos, como sucedió a los de Gascuña. Hallose cerca de una ciénaga o lago pequeño que en aquella parte estaba, en el cual se criaban mucha cantidad de caracoles, que fue un particular remedio para tolerar algo su hambre, de que se sustentaron muchos días, porque proveyó Dios que fuesen en tanta abundancia que bastasen alimentar toda la compañía. Y de allí envió un caudillo llamado Esteban Martín con sesenta hombres de los más sanos y en mejor disposición para caminar, a que fuesen a descubrir algunas poblazones, porque allí donde estaban habían hallado algunos rastros y vestigios de naturales que les había dado esperanza de hallarlos cerca de allí; y aun les habían puesto a todos ánimo con la esperanza que tenían para mejor caminar y seguir su descubrimiento.

Partiose Esteban Martín, y caminando a la provincia de Guane, que está cercana al río del Oro y es sufragana a la ciudad de Vélez, donde halló mucha cantidad de naturales y abundancia de comidas, y reformándose allí y descansando con sus compañeros, recogió la comida que pudo llevar en las piezas o indios que consigo traía y con otros que en esta provincia de Guane había tomado, y dio la vuelta a donde micer Ambrosio había quedado, llegando a cabo de veinte días de como se apartó de él, que en todo este tiempo micer Ambrosio y los que con él quedaron no se sustentaron ni comieron otra cosa más de los caracoles que de la ciénaga o lago que he dicho podían sacar.

Holgose el gobernador y toda su gente de las buenas nuevas que le traía Esteban Martín, y luégo otro día siguiente marchó con toda la gente junta la vuelta de Guane, por el camino que el caudillo y gente que había enviado descubrieron; y llegados a Guane se entretuvieron algunos días a descansar y reformarse, por venir tan maltratados y cansados del camino pasado cuanto de lo dicho se puede colegir y conocer. Desde esta provincia de Guane caminó micer Ambrosio con toda su gente junta hacia los páramos que ahora son territorio de Pamplona, tierra fría y poblada de muchos naturales. Estos páramos fue por donde después anduvo Hernán Pérez de Quesada, hermano del adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, que después de descubierto y poblado el Nuevo Reino por el dicho adelantado, salió en descubrimiento de una famosa noticia que decían de la casa del Sol, y llegó a estos páramos y poblazones más de diez años después, y halló los vestigios y rastros de esta gente de micer Ambrosio; y reconocida la tierra por algunos que con él iban de los que habían escapado de esta jornada de micer Ambrosio, dio la vuelta y se tomó al Reino, de do había salido, como de todo esto hemos tratado más largo en la Historia del descubrimiento y pacificación del Nuevo Reino.

Entrado micer Ambrosio con su gente en los lugares dichos, hizo allí algún asiento con el campo para mejor reconocer la tierra y ver y determinar la derrota que habían de tomar, y hacer algunas correrías o entradas a una parte y a otra con sus caudillos, para reconocidos los alrededores y las partes hacia donde se inclinaba más la poblazón de los naturales, seguir lo que más les conviniese.

| Capítulo once

En el cual se escribe cómo prosiguiendo micer Ambrosio su descubrimiento hacía la laguna, fue muerto de ciertas heridas que en una guazabara le dieron indios.

Andando de estas poblazones y alojamiento donde micer Ambrosio estaba y sus caudillos, descubriendo a una parte y a otra, y reconociendo todas las disposiciones de las tierras de que estaban cercados, parecioles la tierra de hacia el Reino que tenían al Sur, más alta y más quebrada y menos poblada, y la tierra de hacia la parte de abajo, al Nordeste, a do las aguas iban a la laguna de Maracaibo, más apacible y andadera y aun más poblada, por donde se inclinaron más a seguir la derrota o vía de hacia la laguna, aunque por diferente camino del que habían traído, que no la del Reino. Y esto no fue porque entendiesen entonces que aquella derrota que tomaban era a la laguna, de do habían salido, por haber rodeado mucho camino, y en esto fue esta gente desgraciada, y como suelen decir, de corta ventura; porque si siguieran su derrota como la habían comenzado, entraban en el Reino, donde hubieran las riquezas que después hubo el adelantado Jiménez, y poseyeran aquella tierra, que es cierto que no estuvieron diez leguas de la primera gente mosca que hacia aquella parte se dice chicamocha. Mas siguiendo su camino por donde los guiaba su fortuna, pasaron unos páramos que desde estas poblazones hay, para ir al valle que ahora los de Pamplona llaman de Rrabucha | 5 , en un día tan turbio y cargado de aguas y viento, que generalmente puso en gran detrimento a toda la gente y compañía, y hubieran de perecer allí de frío y helados, que ni con el caminar ni con el arroparse podían resistir la fresca del páramo, y así murieron allí helados y emparamados mucha cantidad de indios y algunos españoles y caballos, que fue cosa acerbísima ver cómo sin poderse socorrer unos a otros se quedaban muertos y riéndose o regañando los dientes.

Los que de la tempestad de este páramo escaparon, lo tuvieron en más que haberse librado de las hambres y calamidades pasadas.

Entrando en el valle de Rabicha halláronlo muy poblado y los naturales de él muy a punto de guerra, y así el tiempo que por este valle y los a él comarcanos anduvo esta gente, nunca dejaron de recibir guazabaras de los naturales, que con buen ánimo les acometían; mas siempre iban con la peor parte, porque como sus armas son tan flacas y sus ánimos tan débiles acabóseles presto todo y retíranse o recógense tan sin orden que siempre son más mal tratados en los alcances que les van dando que en disparate de sus guazabaras.

Y antes que se pase esta ocasión, pues voy tratando de estos naturales, diré lo que hicieron, según lo que se puede colegir, por permisión divina, con un hombre imitador de abominables crueldades con indios. Micer Ambrosio traía este hombre por criado, que no le servía de otra cosa sino de traer a cargo una cadena, en la cual venían aprisionados cierta cantidad de indios que traían cargada la munición y el demás fardaje que era del rancho y tienda del gobernador, y están puestos por tal orden con sus colleras al pescuezo que aunque vayan caminando y cargados, nunca se les quita la cadena; y como los indios sientan también la hambre como los españoles e iban cargados, cansábanse, y faltándoles las fuerzas, de flaqueza se caían y sentaban en el camino. Este alcaide o verdugo del demonio de micer Ambrosio, por no detenerse y abrir la cadena y sacar el indio que se cansaba, y por oliros diabólicos respetos que le movían, cortábale luégo la cabeza para quitarlo de la collera, y dejábaselo allí muerto. Y de esta suerte se certifica haber quitado la vida a muchos indios; y como Dios nuestro Señor no consienta que semejante tiranía y crueldades queden sin ejemplar castigo, sucedió que en el valle de Rrabicha, de quien vamos tratando, salieron los indios un día a dar guazabara a los españoles, y se acercaron tanto a ellos que casi de entre las manos les tomaron los indios a este verdugo, criado de micer Ambrosio, y sin se lo poder quitar y estorbar los españoles, allí delante de sus ojos le cortaron la cabeza a macanazos, y dejando el cuerpo a vista de los españoles, se llevaron la cabeza consigo en pago de cuantas este miserable hombre había quitado injusta y cruelmente a los indios.

El gobernador con su gente siguió su descubrimiento, y saliendo de este valle y pasando otras poblazones de indios, fue a dar al valle que dijeron de Micer Ambrosio, que es el propio que ahora dicen los de Pamplona, Chinácota, que es nombre propio de la tierra. Estaba este valle muy poblado de naturales y era abundante de árboles, que aunque en este tiempo se parece la prosperidad que entonces pudo tener, por haberse muerto y consumido por diversos respectos muchos naturales de él. Alojose micer Ambrosio en una parte de este valle con su gente por ser abacible 6 su estalaje, para de allí enviar a descubrir lo que adelante hubiese. Los naturales, como vieron esta nueva gente en su tierra y tenían ya por odidas noticia de la mala vecindad que a do quiera que llegaban hacían, dejaron sus casas desiertas, y recogiéndose con sus mujeres, hijos y haciendas a las montañas comarcanas, a ponerlo todo en cobro, acordaron venir a verse con los españoles, y si pudiesen, echarlos de su tierra. Y sucedió que el día que esto hubieron de hacer, micer Ambrosio y Esteban Martín, su capitán o caudillo, se apartaron paseando fuéra de su alojamiento descuidadamente, porque nunca habían visto ni oído ningún rumor de aquellos indios, antes tenían entendido que de miedo se habían ahuyentado por la noticia que de ellos les habían dado. Los indios, con mano armada, les venían a dar guazabara, y los dos capitanes echaron mano a sus espadas, y teniéndose con ellos se defendieron valerosamente sin que los indios les pudiesen echar mano, antes hirieron y mataron muchos de ellos; y como micer Ambrosio no tenía allí su sayo de armas con que mejor guardar su persona, recibió algunas heridas de los indios, malas y peligrosas; y no era esto tan lejos del alojamiento que la gente que en él estaba no oyeron la grita de los indios, y sospechando lo que era salieron a ellos y hallaron a su gobernador con su compañero revueltos con los indios, como se ha dicho, y como acudieron allí luégo todos los españoles, fueron los indios desbaratados y ahuyentados, aunque victoriosos, que así se puede decir, pues de las heridas que dieron a micer Ambrosio murió dende a pocos días, y fue allí, en aquel valle, enterrado por los suyos, de donde le quedó la nombradía y apellido del valle de Micer Ambrosio, que hasta hoy tura.

De las propias naturalezas de estas provincias y de las que en estas comarcas de Pamplona anduvo esta gente, y de los indios de ellas, no trato aquí por no ser este su lugar.

5 Palabra que se lee con dificultad.

|Capítulo doce

Cómo muerto micer Ambrosio fue electo por capitán Juan de San Martín, y prosiguiendo su jornada fueron a dar donde Francisco Martín estaba preso o cautivo, y tomándolo consigo salieron a la ciudad do Coro. |

Muerto micer Ambrosio, no dejó de causar su muérte alguna discordia entre sus soldados, porque como por su ausencia les era forzoso nombrar capitán o persona que los tuviese y llevase en justicia, pretendían algunos este cargo, aunque no lo osaban publicar ni declararse en ello, más de estorbar la elación que los más querían hacer, y al fin, viendo que de la tardanza de esta elación y nombramiento se podía seguir entre ellos mismos perpetuas discordias que fueran causa de su final destrucción, aviniéronse un día todos de conformidad, así los que pretendían el cargo como los que lo aborrecían, y nombraron por su capitán, para seguir su jornada, a Juan de San Martín, el cual aceptó el cargo y comenzó a proseguir su viaje por la propia derrota y vía que micer Ambrosio lo llevaba encaminado; y saliendo de este valle de Chinácota o de micer Ambrosio, fue a dar cónsigo a donde ahora dicen los llanos de Cúcuta, que son unas tierras mal pobladas que ahora sirven de criaderos de ganados a los vecinos de Pamplona y a los vecinos de la villa de San Cristóbal, por estar en medio de los confines de estos dos pueblos; y de aquí, teniéndose a la mano derecha del río de Pamplona, que muy caudaloso entra en la culata de la laguna de Maracaibo, como antes de ahora he dicho, fueron caminando a vista del propio río hacia la laguna, porque siguiendo esta gente esta derrota fueron a dar sin pensarlo a la provincia donde estaba Francisco Martín, soldado que escapó mediante su buena industria de los que se perdieron con Gascuña.

Diré aquí lo que a este Francisco Martín le sucedió desde que entró en poder de indios hasta que fueron estos españoles a dar con él.

El cacique o señor de aquella provincia, habiendo ya aceptado en su servicio o en su casa a este Francisco Martín, como por cosa de grandeza, para que fuese visto de todos sus sujetos, según se ha dicho, tratábale bien y no consentía que se le hiciese mal ninguno, que era harto buena propiedad para las demás gentes de las Indias, las cuales son en sí tan crueles e impías que aunque no coman carne humana no pueden acabar consigo de tener vivo ningún prisionero español que a las manos hayan.

Usando de esta clemencia que he dicho, este principal con este Francisco Martín, los indios y sujetos de este cacique, cuando su señor se iba fuéra del pueblo, tenían por pasatiempo a este español, y usando con él de muchas maneras de juegos, le trataban muy mal: entre los cuales diré aquí una bien mala burla. Atábanle estos bárbaros dos cabuyas o cuerdas a los pies y hacíanle que saltase todo lo que pudiese, y en estando el pobre hombre en el aire tirábanle de los cordeles atrás y hacíanle dar de hocicos o de colodrillo en el suelo, y de cuanto contento recibían los indios en ver esto entiendo que nuestro español tenía de daño y tristeza. Y ciertamente el pobre hombre pereciera en estos pasatiempos si no fuera favorecido de una hija del propio señor o cacique, que le era aficionada mediante haberse revuelto con ella carnalmente. Esta le quitaba de estos pasatiempos y otros semejantes con que los indios se holgaban; y conservándole la vida hízole que siguiese los trajes y maneras de vivir de los indios y que imitase todo lo que viese, que con esto contentaría al cacique su padre y a los demás indios. El Francisco Martín se dio tan buena maña que ni traía ropa sobre su cuerpo ni daba lugar a que le naciese pelo en la barba ni en las otras partes inferiores, y usaban las armas y los otros ejercicios y aun creo que idolatrías de los indios y el comer hayo y cal, que es una costumbre muy general entre indios y muy usada; y aun después de salido de entre estos indios lo usaba muchas veces, porque se le habían asentado y encajado tan bien las cosas de los indios que él las tenía por naturales y ellas a él por hijo; y finalmente, él salió tan buen mohán o físico que dio a entender a los indios que sus curas eran sobrenaturales, y así acudían a él con los enfermos como si en él hallaran toda la sanidad que buscaban; y visto esto, el cacique, y entendido el amor que su hija le tenía, acordó de casarlos, y poniéndolo en efecto congregó sus gentes conforme a su costumbre para celebrar bodas, a los cuales pesaba de ello, por parecerles que había de pretender el Francisco Martín mandarlos, porque antes de este tiempo habían visto en él señales de muy atrevido. Las bodas se celebraron, y dende en adelante comenzó nuestro desposado a mostrarse más grave y hacerse temer de los indios, y a seguir sus guerras y parcialidades, y señalarse y aventajarse en las guerras que los indios de su pueblo tenían con otros, en manera que los mismos naturales, de su voluntad, le vinieron a nombrar por su capitán, con lo cual comenzó a extremarse más con los indios y a quererlos subjetar y gobernar diferentemente de como solían en su antigüedad hacerlo.

Los indios, por esto y por otros agravios que este Francisco Martín les hacía, secretamente se amotinaban contra él, y su mujer, como era emparentada, luégo le daba aviso de ello, y él mediante alguna más industria que ‘tenía de la que los indios en semejantes hechos suelen tener, los esperaba a que viniesen, y procurando ganarles por la mano en el acometer los descomponía, y luégo o mataba a los mullidores del motín o los apaciguaba y contentaba; y con estos embustes y otros ardides de que usaba ya no había quién osase tomar armas contra él, y así vivía y poseía pacíficamente lo que tenía, y unos por amor y otros por temor no hacían los indios más de lo que él quería.

En efecto, este hombre, en todo y por todo, seguía todas las costumbres, ritos y ceremonias de los indios, y tuvo dos o tres hijos en su mujer, por quien después suspiraba. En esta vivienda vivió este hombre casi tres años que hubo desde que Gascuña se perdió con el oro hasta que la gente que quedó de micer Ambrosio aportaron a esta provincia, que es lo que ahora proseguiremos.

El capitán Juan de San Martín, con los demás soldados, fue caminando algunos días por la derrota que he dicho, y como esta era la primera vez que los naturales que en las comarcas de este río de Pamplona estaban poblados, habían visto gentes españolas y caballos, no osaban usar de las armas contra ellos ni resistirles el camino, como después hicieron al capitán Alonso Pérez de Tolosa, hermano del gobernador Tolosa, que lo hicieron volver atrás, según que adelante contaré en su lugar. Metido en algunas jornadas el río abajo el capitán Juan de San Martín con su gente, reconoció la laguna de Maracaibo, y viendo cuán cerca estaba de Venezuela animose la gente por dar conclusión a su peregrinación, y pasando adelante, ya que estaban junto a la propia laguna, hacia la parte do está poblada Mérida, acercáronse a la provincia y poblaron donde estaba Francisco Martín convertido en indio. Los indios luégo dieron noticia de cómo españoles se acercaban a su tierra. El Francisco Martín, temiéndose que por aquellas nuevas, de consentimiento de su suegro no le hiciesen algún daño, díjoles que él era indio y que aquellos españoles lo traían forzado o cautivo y que él se había huído de ellos, que le diesen la gente de guerra que en el pueblo había y que él mataría a los españoles y los desbarataría. El cacique y los demás sujetos, creyendo ser así lo que su yerno decía, aderezaron sus armas y gentes para ir a dar en los españoles, los cuales iban marchando hacia aquella provincia donde el Francisco Martín estaba, bien quitados de que les sucediera tan bien aquella derrota, porque por ser por allí la tierra de muchas montañas y muy anegadiza, con dificultad pudieran atinar a salir a donde pretendían, si no fuera habiendo muy buenas guías que supieran la tierra y los llevaran por donde habían de ir, y para este efecto y aun para traer a su amistad todas aquellas gentes que por allí había les aprovechó mucho el hallarse en esta tierra este español que estaba ya tan bien instruto en la lengua de aquellos naturales, que con facilidad, mediante el hablarla también, los atraía a lo que quería.

Visto por los indios donde el Francisco Martín estaba que se acercaban a su pueblo los españoles, determinaron salirles al encuentro, y llevando por su capitán al tornadizo, le comenzaron a seguir con sus armas y orden de pelear, el cual les iba dando la orden que habían de tener en el acometer, y poniéndolos en celada o emboscada, dándoles a entender que aquel era el mejor modo de guerrear, se apartó de ellos con título de que iba a espiar a los españoles, los cuales venían bien cerca de donde los indios se habían puesto por consejo de Francisco Martín en emboscada. Este español, según la usanza que de vivir entre los indios tenía, como ya he dicho, iba desnudo en carnes y emplumajado y embijado, que es cierta manera de barniz con que se untan cuando han de ir a semejantes lides y a otros pasatiempos, y con su arco y flechas en las manos, el cabello largo, la barba pelada, y en el miembro genital puesto un calabacillo pequeño, según lo tenían de costumbre aquellos indios y todas las demás naciones que traía. Venía tan al natural indio cuanto se puede creer que lo estaba en hato y costumbre; y acercándose a los españoles y dándoles vista, ellos tuvieron por temeridad y grande atrevimiento la de aquel hombre que siendo uno solo y teniendo ya noticia de cómo trataban los españoles a los indios, se viniese de mano armada a ellos; y porque semejante manera de desvergüenza no quedase sin castigo, determinaron de alancearlo los que delanteros venían; y viendo el Francisco Martín que los españoles llevaban hacía él semblante de maltratarlo, anticipose a hablarles diciéndoles que no tenían para qué apercibirse contra él, porque era su compañero y soldado de su compañía.

El capitán Juan de San Martín y los que allí junto con él venían, admirados de oír hablar aquel indio en lengua española, casi se turbaron, y reparándose para entender mejor lo que les había hablado, y acercándose más a ellos el Francisco Martín les declaró su caso por extenso, quién era y el modo de su perdición, y la vivienda que tenía. Los españoles luégo reconocieron a este soldado, y admirados de la forma que traía, se apearon y le cubrieron con algunos vestidos y con él lloraron la pérdida de sus compañeros con extremos de entrañable sentimiento, y todos juntos se fueron a donde estaba la emboscada de los indios, a los cuales habló Francisco Martín dándoles a entender, diferentemente de lo que antes les había dicho, cómo aquellos españoles eran sus hermanos, y que no les harían ningún daño ni mal tratamiento; y confederados de esta manera, se fueron al pueblo donde el principal estaba, el cual dio muestras de holgarse de la confederación y amistad de los españoles, y hospedándolos amigablemente les proveyó de lo que hubieron menester para su sustento; los cuales descansaron allí algunos días, donde fueron bien servidos así de estos indios como de todos los demás comarcanos, a quien el Francisco Martín trajo a la amistad y gracia de los españoles, los cuales, después de estar algo reformados de los trabajos pasados, prosiguieron su viaje y derrota para Coro, llevando consigo a Francisco Martín y buenas guías que les encaminaban por caminos muy escombrados de ciénagas y anegadizos, que es lo que más pesadumbre les daba; y por doquiera que pasaban, mediante el faraute que llevaban, les salían los indios de paz y les hacían todo buen hospedaje. Y después de haber peregrinado por las partes dichas y pasado los trabajos referidos y otros muchos que aquí no se cuentan, llegaron estos españoles a Coro sin su gobernador y con pérdida de la mayor parte de sus compañeros que habían salido con ellos, que quedaron muertos en el discurso de esta larga jornada; que desde la salida hasta la entrada en Coro tardaron cinco años, sin hacerse más fruto espiritual ni corporal del que de todo lo dicho se puede presumir.

Aunque micer Ambrosio siempre procuró que se hiciese buenos tratamientos a los indios, y no consintió que ningún soldado llevase indio cargado ni aun india que le moliese, a los principios de su jornada, pero después todo el daño que podían hacían. Mandó por edito público que todo el oro que hallasen Los soldados en poder de los indios o en sus casas se lo tomasen y quitasen so graves penas que para ello les impuso; y por otra parte mandó también por edicto público que los soldados no rescatasen ninguna comida con los indios a fin de que no fuesen molestados de los soldados; ordenanzas, por cierto, muy de reír, que por una parte mandaba que les tomasen todo el oro que los indios tenían y por otra que no les comprasen lo que habían menester y ellos quisiesen de su voluntad vender. Yo entiendo que de esta suerte debieron de ser todas las demás constituciones y ordenamientos que en gobierno y jornada y gente este gobernador hizo, y así hubo el suceso y fin de su jornada que habemos contado.

| Capítulo trece

En el cual se escribe cómo el capitán Venegas, que había quedado en el pueblo de Maracaibo, sabiendo la pérdida del oro de Gascuña lo fue a buscar, y llevando por guía a Francisco Martín, donde se hubiera de perder, y sin hallarlo se volvió a salir. |

Llegada la gente de micer Ambrosio a Coro, cada cual procuró su descanso y remedio, que lo habían bien menester, según salieron de trabajos y mal tratados de la jornada; y los vecinos de Coro, sabido el suceso del capitán Gascuña, y cómo Francisco Martín venía y había salido en cueros de entre los indios, movidos de caridad y compasión, lo vistieron y proveyeron abundantemente de ropas y caballos, por parecerles que más por ordenación divina que por potencia humana había aquel hombre escapado con la vida y salido de entre los bárbaros. Procuraban saber de él si con facilidad se podía volver a la parte donde se había perdido Gascuña, para procurar sacar aquel oro. Mas aunque Francisco Martín les decía que sí, no por eso se atrevían a ponerlo en efecto, temiendo de perderse como los demás; y como antes de ahora he dicho, no fuese aquel oro el oro tolosano, y así lo dejaron de ir a buscar los de Coro; mas después, como luégo diré, no faltó quién tomase aquella demanda sin hacer ningún efecto en ella.

De este Francisco Martín diré, que era tanto el amor que a la mujer e hijos que en su cautividad hubo tenía, que lamentaba y lloraba por ellos, y procuraba vías y maneras cómo volverse a ellos; que estaban en (él) tan impresas las ceremonias y costumbres de los indios, que muchas veces, por descuido, usaba de ellas entre los españoles; y aunque el comer hayo no lo usaba por descuido sino por vicio, y así lo acostumbró después muchos tiempos como los mismos indios. Dícese que fue tanto el deseo que en este hombre convertido en bárbaro reinó de ver a su mujer infiel y a sus hijos indios, que procuró volver a ellos, y así lo hizo, que desapareciéndose de entre los cristianos, confiado en su despierta lengua y habla de indio, se metió por entre los pueblos de los indios sin ningún temor y volvió a donde había vivido algunos años gentílicamente, donde después estuvo cierto tiempo, hasta que acertó a volver gente española por aquella provincia, y fue de ellos tomado y sacado forciblemente y contra su voluntad, y aun afirman que a estos españoles se les huyó del camino y se tomó entre sus parientes o de su mujer, y volvieron otra vez a la propia provincia, y lo tornaron a haber a las manos, y lo sacaron con más guarda y vigilancia, hasta que lo volvieron a Coro, y de allí lo encaminaron con cierto capitán al Nuevo Reino de Granada, para alejarlo y quitarlo de aquella ocasión, donde anduvo y estuvo después mucho tiempo.

Pero antes que esto le sucediese o hiciere Francisco Martín, un capitán Venegas, natural de Córdoba, a quien micer Ambrosio había dejado por su teniente en el pueblo o ranchería de Maracaibo, pretendiendo o deseando que aquella riqueza de oro que con tanto trabajo de su persona y riesgo de su conciencia había habido su gobernador de la sustancia temporal de aquellos miseros indios de Tamalameque, por do había andado, no se perdiese y se aprovechase él de ella, atrajo a sí a este Francisco Martín e hízole grandes ofertas y promesas de que le gratificaría muy bien si le llevaba a donde Gascuña se había perdido y el oro se había enterrado, de lo cual le daría muy buena parte. Francisco Martín confiado de su juicio, aunque no debiera ser tan perfecto como él presumía que era, díjole al Venegas que él le guiaría y llevaría a donde le pedía sin errar punto. El teniente Venegas, con aquel deseo y codicia que de haber aquel oro tolosano tenía, juntó sesenta hombres a los cuales también hizo promesas de que participarían de aquella riqueza; y partiéndose con ellos del pueblo de Maracaibo, sin llevar más de un caballo, y ese sin silla, para hacer ostentación y muestra de él a los indios que en gran manera temían a los caballos y a su furia, y toda la gente a pie, y mal armados, se fue la vuelta de Tamalameque, guiándolos Francisco Martín, y de allí, revolviendo sobre la cordillera, a tomar la derrota que Gascuña había tomado, la atravesaron y bajaron a los propios arcabucos y montañas donde se perdió la gente; y como las vueltas y guiñadas que de una parte a otra habían dado por aquel arcabuco fueron muchas y por muy diversas partes de él, desatinó la guía y trájolos algunos días de una parte a otra y de otra a otra, y casi estuvieron en el mismo riesgo de perderse que Gascuña, lo cual visto por el capitán Venegas, y que ya les comenzaba a aquejar la hambre y aun a caer la gente enferma, con toda la más presteza que pudo dio la vuelta por el propio camino por do había entrado, lo que le fue fácil de hacer, porque como este teniente tuviese ya mediana experiencia en cosas de descubrimientos de Indias, al tiempo que entraba por el arcabuco o montaña iba señalando el camino con cortaduras que hacia en los árboles por do pasaba, y como todo quedase señalado fuele muy ligero de atinar por do había entrado, y volverse a salir, sin hacer ninguna cosa que le aprovechase, y así fue burlado de sus pensamientos.

Volviose a su pueblo de Maracaibo, donde residió después muchos días, hasta que después, según que adelante se dirá, llegó la gente de Fredeman y llevó consigo toda la gente que en Maracaibo había y despobló el pueblo.

Pero este teniente y los que con él estaban grandísimo trabajo en el sustento de este pueblo de Maracaibo, porque como junto a él no hubiese ningunas poblazones de naturales eran forzados a ir a buscar la comida muy lejos y a traerla a cuestas los propios españoles, y después a los que la traían se la quitaba la justicia para partirla igualmente con los enfermos y otras gentes que en el pueblo quedaban, y aun salían al camino a ver que no dejasen alguna cosa escondida: tanta era su necesidad y falta de comida. Ayudaba en esta sazón a sustentar este pueblo el capitán Martínez, que después fue con Fedreman al Nuevo Reino, al cual, dándole este teniente Venegas cierta gente y bergantines y la canoa grande se andaba por la laguna de pueblo en pueblo rancheando los indios y quitándoles lo que tenían y proveyendo de cuando en cuando el pueblo de maíz, y él tenía su habitación a manera de corsario pirata en la provincia de Guevara, y de allí salía con sus bergantines a correr la laguna y robar a los navegantes que por allí pasaban

LIBRO SEGUNDO

En el libro segundo se dice cómo las Bezares, sabida la muerte de micer Ambrosio, su gobernador, tuvieron proveído a Nicolás Fedreman, al cual revocaron la conduta por quejas que de él hubo y proveyeron por gobernador a Jorge Espira, y por su teniente a Fedreman. Venidos a Venezuela los dos, cada cual de ellos intentó una jornada por sí, saliendo por diferentes derrotas o caminos, y después de haber llegado por los llanos adelante Jorge Espira a los Choques, fue forzado o volverse con pérdida de mucha gente a Coro. Fedreman fue la vuelta del Cabo de la Vela, pasando la laguna de Maracaibo con intento de proseguir la jornada que micer Ambrosio había errado del Reino, y en el camino arrepintiese y prendió al capitán Ribera, que con gente había salido de Santa Marta, y dando la vuelta sobre la laguna de Maracaibo la pasó y revolvió sobre los llanos de Venezuela, para ir en demanda de la noticia de Meta. En el camino tuvo noticia cómo venía desbaratado Jorge Espira, diole de industria lado y apartose de él por no ser forzado a alguna alteración, y prosiguió adelante, hasta que entró en el Nuevo Reino de Granada. Jorge Espira, después de haber pasado por el Fedreman, tuvo noticia de ello y envió tras de él cierta gente para avisarle, los cuales, no pudiendo pasar los ríos de Apure y Zarara, se volvieron a Coro, a donde hallaron por juez de residencia al doctor Navarro, de Santo Domingo, y al obispo Bastidas. Quedó suspenso Jorge Espira del gobierno, y dende a poco murió, y Navarro se fue a Santo Domingo, con todo el discurso de entramas jornadas muy copiosamente escrito.

| Capítulo primero

|Cómo por muerte de micer Ambrosio proveyeron los Bezares por gobernador de Venezuela a Jorge Espira, y por su teniente a Nicolás Fedreman, y de su pasada a Indias.

Al tiempo y sazón que a la ciudad de Coro llegó la nueva de la muerte de micer Ambrosio, gobernador, y del mal suceso de su jornada y descubrimiento, hallose allí Nicolás Fedreman, el cual, como de antes tuviese conocimiento particular con los Bezares, pareciole oportuno tiempo este para haber para sí aquella gobernación de Venezuela, y procurando algunas ricas joyas y piezas de oro, se fue a España, donde a la sazón residían algunos de los de la compañía que tenían cargo de proveer los gobernadores de Venezuela, a los cuales Nicolás Fedreman procuró aplacer y contentar para ganarles la voluntad, dándoles algunas dádivas de oro del que había llevado, prefiriéndose de servirles muy bien en aquella gobernación si le daban el cargo del gobierno de ella. Los Bezares, viendo la plática y suerte de Fedreman, que era muy principal y de su propia nacion, y la buena orden y traza que daba en los negocios del gobierno de aquella tierra, determinaron de encargársela y hacerlo gobernador de ella; y poniéndolo en efecto, le dieron y libraron las cédulas o provisiones de gobernador, con particular instrucción de lo que había de hacer; y aceptado el cargo por Nicolás Fedreman luégo comenzó a hacer gente para pasar r llevar consigo a Venezuela y tener copia de compañías de soldados con que hacer nuevos descubrimientos, con lo cual se divulgó y publicó luégo la nueva de cómo Fedreman tenía el gobierno de Venezuela, de que pesó a ciertos soldados que de la propia provincia habían ido a España y en la sazón dicha se hallaron en ella, y luégo, ayudados de la persuasión de otras personas que pretendían el propio cargo, se fueron a los Bezares y les dijeron que no les convenía ni era provechoso que Fedreman fuese a gobernar aquella provincia de Venezuela, porque era de ánimo bullicioso y soberbio e intolerable de sufrir, y que con sus pesadas palabras maltrataba los soldados, y con otros términos muy extraños e insufribles de que usaba era muy aborrecido de toda la gente que en la gobernación había, y que lo mismo sería de los que llevase.

Con las persuasiones de éstos y de otros que, como he dicho, pretendían este gobierno, mudaron fácilmente los Bezares acuerdo, movidos de temor no fuese causa Fedreman de que hubiese alguna alteración en la gobernación, por donde le viniesen a perder, con lo que en ella tenían y pretendían. Y pareciéndoles justas causas las que les daban, y el temor que ellos habían concebido, revocaron la conduta que de gobernador habían dado a Fedreman, y diéronsela a Jorge Espira, caballero de su propia nación de Alemania; y porque Nicolás Fedreman no quedase del todo descontento y despojado de sus pensamientos, nombráronle por teniente general de Jorge Espira, casi dándoselo por acompañado en el gobierno, confederándolos a entrambos, de suerte que entre ellos nunca hubiese ninguna desconformidad, mas con que siempre tuviese la superioridad Jorge Espira. Dijéronlos que pues la tierra de Venezuela era larga, que bien podían entramos efectuar sus desinios y hacer por diferentes derrotas jornadas y descubrimientos con que todos fuesen aprovechados y su gobernación aumentada.

Con estos medios y otros que los Bezares entre Jorge Espira y Fedreman pusieron, los confederaron y hermanaron de suerte que nunca más quebraron ni hubo entre ellos ningún género de discordia, mas acabando de hacer la gente con toda diligencia en el Andalucía y Reino de Murcia y en otras partes de España, juntaron cuatrocientos hombres, gente muy lucida, y en cinco navíos que aderezaron para su viaje salieron del río de Sevilla, Guadalquebi, por el año de mil e quinientos y treinta y tres; y entrando en la navegación del mar Océano tomaron su derrota a las islas de Canaria, y antes de llegar a ellas, donde dicen el Golfo de las Yeguas, que es donde por la mayor parte son desbaratados con adversa fortuna las armadas que vienen a Indias por las grandes tempestades que allí se levantan, dioles tal tormenta que en breve tiempo arribaron a San Lucas, donde estuvieron hasta que la mar se apaciguó y abonanzó el tiempo; y tornando a proseguir su viaje por el Océano adelante, ya que estaban a la vista de las islas de Canaria, los tomó a dar otra fortuna y tormenta contraria de su navegación, tan soberbia y recia, que aquella propia noche que la tormenta les dio aportó la, nao capitán a Nuestra Señora de Regla, y otra de las, de la compañía, casi en el mismo tiempo fue a Caliz 7, que fue cosa que parece imposible haberse podido navegar en tan poco tiempo, y los demás navíos arfando y corriendo su fortuna y alijando muchas cosas de las que traían, a la mar, arribaron a Caliz, y a cabo de poco tiempo fue allí junta toda el armada de este gobernador Jorge Espira, y viendo muchos soldados que no les había Dios hecho pequeña merced en haberlos librado de las tormentas pasadas, donde por momentos se habían visto en punto de ser sumergidos en la mar y muertos miserablemente, acordaron perder la señal, como suelen decir, y no tornar a entrar en la mar ni seguir el viaje, porque casi todos los que se quedaron en Caliz de esta vez, que serían doscientos hombres, perdieron todo cuanto en los navíos habían metido, así de matalotaje como de otros aderezos que para sus personas llevaban.

El suceso de estas tormentas o infortunios de la mar fue atribuído a que Dios nuestro Señor lo permitió así por culpas y pecados de algunos que en el armada iban, entre los cuales se halló un sodomita que acostumbraba a usar aquel pecado en tierra, y aún no se sabe si lo usaba en la mar, y no nos debemos maravillar de que esta armada padeciese las tormentas e infortunios dichos, sino cómo no fue tragada y absorbida de la mar, pues nos es notorio el castigo que Dios nuestro Señor hizo en la gentilidad de Sodoma y Mogorra | 8 y los otros pueblos sus comarcanos, como se lee en el Génesis, capítulo diecinueve, en el cual se trata que con fuego y relámpagos del cielo fueron quemados y abrasados, y por memoria de este castigo está el sitio de esta ciudad hecho un lago o ciénaga pésima e infructuosa, y estará hasta la fin del mundo. Este malvado cristiano después de haber saltado en tierra de esta segunda vez que arribaron a Caliz, quiso reincidir en su maldad, y juntándose con otros dos de su oficio hubieron cierta pasión y rencilla en que el uno de los tres fue muerto y a los dos prendieron, y sabida la causa de su discordia fueron castigados y quemados conforme a las leyes del Reino.

Y pareciéndoles a los que en el armada habían quedado que con haber sido castigado este malaventurado se aplacaría la ira de Dios contra ellos, tornaron a embarcarse y proseguir su viaje, y con buen tiempo, sin ningún, contraste de fortuna, llegaron a las islas de Canaria, ocho días antes de Navidad, donde se holgaron y regocijaron la Pascua, y los gobernadores y sus capitanes procuraron en aquellas islas rehacerse de gente, por habérseles quedado, como se ha dicho, la mitad de la que habían juntado y traían en Caliz. Juntáronseles allí doscientos hombres, gente basta y grosera, y pasada la Pascua hicieron señal de recoger o embarcar la gente para pasar adelante, y saliendo con próspero viento de las islas de Canaria, caminaron sin sucederles cosa alguna hasta reconocer a San Germán, que es cierto promontorio o punta de la isla de Puerto Rico, y pasando de allí adelante hacia Coro, se les cayó en la mar un pajecillo o grumete que servía en el navío, y sin saber nadar fue sustentado sobre el agua en la mar hasta tanto que el navío en que iba, que con próspero viento y todas velas navegaba, amainó y aechó el batel en la mar, que pasó harto espacio o intervalo de tiempo, y entrando gente en él volvieron a buscar el muchacho buen rato atrás, y halláronlo encima del agua entretenido sin ser hundido; y viendo que era cosa maravillosa el no haberse ahogado aquel mozo, pues sin tener con qué se poder sustentar sobre el agua ni saber nadar, lo habían hallado vivo, le preguntaron que qué modo había usado para no ahogarse, el cual respondió que él era devoto de Nuestra Señora, y que al tiempo que cayó invocó su nombre y se encomendó a ella, y que mediante esto tuvo entendido que no había perecido. Los marineros se volvieron al navío con su paje, y dando todos gracias a Dios por el suceso lo tuvieron por buen prodigio o señal. Y prosiguiendo su viaje llegaron dende a dos días de como esto les sucedió al puerto y ciudad de Coro, donde desembarcaron con mucho contento y alegría.

Y aunque esta narración o digresión que en este capítulo he hecho no era de mi Historia, por ser todo ello cosas sucedidas fuéra del Imperio de las Indias, donde es mi principal intento tratar y dar cuenta de los descubrimientos y poblazones y guerras en ella sucedidas, helo tratado porque estos dos capitanes o gobernadores, Jorge Espira y su teniente Fedreman, hicieron dos jornadas diferentes la una de la otra, y con diferentes sucesos en la gobernación de Venezuela; y habiendo de tratar de sus descubrimientos y conquistas, pareciome que también era razón tratar de sus principios, para más claridad de lo que de ellos tengo de escribir, y lo mismo se entenderá en lo demás que se hallare escrito en esta Historia que sea peregrino de las Indias.

| Capítulo segundo

En el cual se escribe cómo llegado a Coro Jorge Espira luégo echó la gente la vía de los llanos, y él se fue tras de ella para descubrir aquella vía, y cómo el teniente Fedreman se quedó en Coro para ir a Santo Domingo a hacer más gente. |

Llegado Jorge Espira a Coro, que fue por el año de treinta y cuatro, y viendo el mal aderezo que en aquel pueblo había para poderse detener ni sustentar allí tanta gente como él había traído y los demás que en el pueblo estaban, dio luégo orden en aderezar su entrada, y porque los navíos en que había venido eran de un flamenco vecino de San Lucar, llamado Pedro Márquez, no fuesen sin alguna joya de la tierra, envió cierta compañía de soldados a una provincia de indios dichos pirahavas, infamados de gente indómita y de mala digistión para con españoles, y entiendo que lo deben ser, porque hasta el día de hoy se están rebeldes esos pocos que quedaron sin querer ninguna amistad ni conformidad con los españoles que siempre han residido en Coro, y trayéndole cierta cantidad de indios de la parte dicha, los hizo esclavos y los entregó al señor de los navíos, y con esto los despachó y se fueron la vuelta de España, y él se quedó aprestando con toda diligencia para entrar la tierra adentro a seguir su nuevo descubrimiento. Y porque como en el capítulo antes de este apunte, Jorge Espira y Fedreman hicieron dos jornadas casi a un mismo tiempo, aunque salieron por diferentes caminos, iremos tocando por su orden de cada uno y del suceso de su descubrimiento sin hacer ninguna distinción en sus Historias, mas de dar entera noticia de entrambos, aunque mezclada, pero de suerte que se entienda.

Queriendo, pues, salir de Coro Jorge Espira, como he dicho, a su descubrimiento, de parecer de algunos españoles pláticos en la tierra y diestros en la guerra de los indios, a quien suelen llamar isleños, dividió su gente en dos partes, y la una que serían doscientos, con los capitanes Cárdenas y Martín González y micer Andrea, envió por las sierras que entiendo ser Loa que ahora llaman las sierras de Carora, a pie y sin caballos, por parecerles que aquella tierra tenía disposición de muy áspera y que por ella no podían ir ni atravesar los caballos; y también hizo esta división el gobernador Jorge Espira porque aquella provincia no la tenían por muy | fértil, y si todos iban juntos por un mismo camino, irían en aventura de padecer hambre.

Encaminó esta gente delante, y mandoles que le esperasen en saliendo a los llanos, y él se quedó en Coro dando traza y orden cómo su teniente Fedreman se aviase para seguir su jornada. Concertaron que Fedreman fuese a Santo Domingo y tomase de los fatores de los Bezares todo lo que hubiese menester para caballos y avíos de soldados, y haciendo toda la más gente que pudiese se volviese a Coro, y con los soldados y capitanes que allí le quedaban siguiese su jornada por de la otra parte de la cordillera que cae sobre los llanos de Venezuela, porque Jorge Espira había de ir bojando la cordillera por la parte de los llanos, y llevándola entramos capitanes en medio, verían mejor lo que en ella había, porque como en este tiempo no se había visto lo que era la cordillera, considerábanla muy angosta y estrecha, y en tal forma que la podían tomar en medio los dos capitanes, lo cual era imposible según adelante se podrá ver; y dando Jorge Espira para todo lo dicho muy cumplida instrucción y recaudos a Fedreman, se partió de Coro con el resto de la gente y con ochenta caballos, y tornando la derrota de la Burburata por la ribera de la mar, prosiguió su camino a encontrarse con la gente de a pie que de delante había enviado por las sierras, los cuales, como eran recién venidos de España y no hechos a aquel trabajo, y el tiempo invernizo y de muchas aguas, tenían por intolerable aquella manera de vivir y granjear la vida, y también, no obstante la pesadumbre que el camino y el invierno les daba, los indios naturales de las tierras por do iban les acometían muchas veces dándoles guazabaras y procurando estorbarles el pasaje, los peones lo hicieron tan bien que resistiendo a todas estas contraversias, aunque trabajosamente, pasaron toda aquella serranía, que serían sesenta leguas, y fueron a dar consigo a una provincia llamada Burabre, que está al principio de los llanos y a las espaldas de donde ahora está poblada en esta propia gobernación la ciudad del Tocuyo, cuyos naturales eran en mucha cantidad y muy belicosos, y guerreros en tanta manera qúe desde que esta gente española de a pie entraron en su territorio hasta que los echaron y ahuyentaron de él, nunca cesaron de darles guazabaras y alcances, y aunque los españoles tenían cantidad de arcabuces, no les aprovechaban de ninguna cosa, porque el tiempo era de aguas y los indios estaban ya tan amaestrados y diestros que nunca venían a verse con los españoles y tener con ellos sus refriegas, sino era cuando más llovía, con que salían victoriosos.

Visto los españoles el daño que de los indios recibían y el que la hambre les causaba, que no hallaban comida en aquella provincia por tenerla los naturales alzada y puesta en cobro, acordaron retirarse y volver atrás a encontrarse con el gobernador Jorge Espira y la demás gente de a caballo que aún a esta sazón no habían llegado a donde ellos estaban; y tomando por instrumento y amparo de esta su tornavuelta la escuridad de la noche, que para esto sólo les era favorable, se retiraron y salieron de aquel sitio y poblazón donde estaban, con la mejor orden y silencio que pudieron para no ser sentidos de sus enemigos, los cuales cada día se iban acrecentando y tomando más avilantez y osadía por no recibir ningún daño de los españoles, los cuales si más tiempo allí estuvieran o permanecieran, recibieran muy gran daño de los naturales.

Retirados los españoles, como está dicho, se alejaron y apartaron lo que pudieron de estos naturales, de suerte que no pudiesen ser damnificados de ellos; y aunque había pareceres que no parasen hasta donde topasen a su gobernador, los muchos heridos y enfermos que traían no les dieron lugar a que hiciesen tan larga vía o revuelta como querían. Rancheáronse o hicieron asiento en el desembocadero que dicen de Barquisimeto, donde esperaron al gobernador Jorge Espira y a los que con él iban por la ribera de la costa, que con menos trabajo que los de a pie habían llevado, por llevar consigo todos los caballos e ir por tierra más apacible y andadera y de naturales más domésticos.

Ya que los soldados de a pie y sus capitanes habían descansado en el alojamiento dicho del desembocadero de Barquisimeto, asomó el gobernador a vista de ellos por un alto, con que se alegraron y regocijaron y aliviaron los enfermos, y juntos todos en aquel alojamiento, diéronse largas noticias los unos a los otros del suceso de sus viajes, y cada cual recontaba sus trabajos por mayores, pasando el tiempo en esto en tanto que el gobernador con sus consejeros daban orden en la derrota que de allí adelante se había de tomar, y en el modo que se había de tener para mejor descubrir e ir viendo la tierra

| Capítulo tres

En el cual se escribe cómo después de junto Jorge Espira con su gente, pasó adelante, hasta llegar a la poblazón de Chacarigva, donde tuvieron el invierno. |

Platicado el gobernador con sus isleños expirmentados sobre la derrota y vía que habían de llevar, determinaron que debían seguir la vía de los llanos, llevando la cordillera que a mano derecha tenían por guía, no perdiéndola de vista; y con esta determinación alzó el gobernador su campo y comenzó a marchar hacia las poblazones de Burabre, que es donde habían hecho retirar a los capitanes Cárdenas y Martín González y micer Andrea con la gente de a pie, cuyos moradores aún no habían dejado las armas de las manos, antes como gente victoriosa deseaban la vuelta de los españoles a su tierra, entendiendo desbaratarlos ygozar de sus despojos; y como entendían que no se habían alejado de ellas muchas jornadas tenían puestas sus centinelas y | espías en partes altas, sobre árboles, donde por mucha distancia pudiesen señorear con la vista los caminos por do los españoles podían entrar en su tierra. Y como este tiempo se acercase, y | la gente del gobernador llegase a vista de los espías, ellas luégo dieron aviso de ello a sus principales y | gente de sus pueblos, los cuales, juntándose en gran número, porque era la tierra muy poblada, muy regocijados y | armados según costumbre, salieron al encuentro fuéra de su pueblo a recibir a los españoles con las armas en las manos, y | no mirando en la gente y caballos que en el campo se habían acrecentado, porque hasta entonces estos indios no habían visto caballos ni sabían el daño que con ellos se hacía, arremetieron con buen ánimo a los españoles, los cuales venían apercibidos para recibir y resistir el ímpetu de los indios, y rebatiendo los españoles esta primer arremetida de los indios sin que les hiciesen daño alguno, salieron a ellos los de a caballo y comenzaron a herir y | alancear aquella gente desnuda, aunque no de ánimo, de suerte que en breve espacio los desbarataron y constriñeron a que perdiendo su primer brío, volviesen las espaldas y cada cual procurase poner en salvo su persona, dejando hecho muy poco daño en los españoles, más de haber herido algunos livianamente, de suerte que nadie peligró; sólo mataron dos caballos.

El gobernador, habida esta victoria, se fue derecho a las poblazones de los indios y en ellas se alojó y estuvo quince días, por haber en esta sazón cargado las aguas de suerte que no se podía caminar.

Es toda esta tierra de los llanos en general muy abundante de caza de venados, y como la hierba que en ella se cría son pajonales muy altos, fácilmente los alcanzan los de a caballo y los alancean; y como estas poblazones de Carabre no tenían la abundancia de comidas que para tanta gente era menester, especialmente que, como he dicho, todos los indios fueron forzados algunos de a caballo ir a lancear o cazar venados para sustentarse y dar algún refresco a la gente que llevaban enferma, que padecían doblada necesidad, entre los cuales salió uno llamado Orejón, y apartándose de sus compañeros en seguimiento de un venado, se alejó tanto de ellos y | del alojamiento, que después de alcanzar y | matar el venado, nunca pudo atinar a salir por do había entrado en aquellos llanos. Los demás españoles, sin poder matar ningún venado, por respeto de estar la tierra muy barta de agua y no poder correr los caballos por ella, se volvieron al real, y | echando menos al compañero Orejón y dando de ello noticia al gobernador, hizo sus diligencias mandando tirar muchos arcabuzazos, para que con el estruendo de ellos pudiese atinar a salir de donde estaba, y ninguna cosa aprovechó. Finalmente, el pobre Orejón, español, se quedó en la campiña o sabana aquella noche, y habiéndolo visto los indios naturales andar desvariado y que se quedaba allí aquella noche, se juntaron cantidad de ellos y | fueron donde estaba durmiendo, y sin que fuesen sentidos lo tornaron a manos y con su propia espada le cortaron la cabeza. El caballo de este español andaba suelto, y con el bullicio de los indios se espantó y | se fue a donde estaban los demás españoles alojados, de donde conjeturaron su mal suceso.

El gobernador envió luégo un capitán con gente a buscar rastro o señales de este español entre los indios, los cuales dando en cierto lugar o ranchería donde muchos indios estaban congregados y fortificados, hallaron la espada del muerto y parte de la cabeza cocida para comer, y el casco de ella aderezado para beber en él, y | con esto no curaron de buscar más a su compañero, sino prendiendo alguna gente de la que en aquel lugar estaba hicieron el castigo o venganza de la muerte del español, matando culpados y no culpados, a los unos por lo que hicieron y a los otros porque adelante no hiciesen daño.

Pasado esto y el tiempo dicho, se tuvo noticia de otra provincia que más adelante estaba, llamada Chacarigua, de tierra más alta y airosa y abundante de comida, a la cual se fue luego el gobernador con toda su gente, y alojándose en ella en parte cómoda, tuvo allí el invierno, que serían tres meses, donde se le murieron algunos españoles de los que iban enfermos, y algunos otros que constreñidos y forzados de la hambre a buscar qué comer, se iban a pescar algo apartados del alojamiento, donde eran miserablemente muertos de los indios habitadores de aquella provincia y de tigeres, de los cuales generalmente en todos estos llanos, desde su principio hasta el cabo, hay mucha abundancia, que han hecho harto daño en españoles y en los propios naturales que por aquellas comarcas habitan, hasta despoblar y arruinar muchos pueblos de indios, dejándolos desiertos e inhabitables.

7 Por “Cádiz”.
8 Por “Gomorra”.

| Capítulo cuarto

En el cual se escribe cómo Fedreman envió gente la vuelta del Cabo de la Vela, y él se fue a Santo Domingo a rehacerse de más soldados y caballos, y la prisión que esta gente de Fedreman hicieron de ciertos soldados de Santa Marta y del capitán Ribera, que con ellos estaba. |

En tanto que con los acaecimientos dichos proseguía su descubrimiento Jorge Espira, su teniente Nicolás Fedreman dio principio a su jornada y descubrimiento por muy diferente camino del que había dicho Jorge Espira, y aun con muy diferente propósito, porque en juntando | 9 que en Coro pudo juntar, nombró por su alcalde mayor a Antonio de Chaves, y los encaminó la vuelta de la laguna de Maracaibo, para que pasando y atravesando de la otra banda de aquel ancho lago, marchasen la vuelta del Cabo de la Vela, donde le esperasen, y él había de acudir por mar con la gente y caballos que en Santo Domingo, isla española, había de hacer a costa de los Bezares, conforme a la facultad que para ello le había dado Jorge Espira, su gobernador, y de allí proseguir su jornada por la orden que se verá en el discurso de esta Historia.

Y | con este concierto y acuerdo él se embarcó para Santo Domingo, y Antonio de Chaves prosiguió su viaje con su gente, derecho a la laguna de Maracaibo, donde ya estaba un capitán llamado Martínez, que con el navío que micer Ambrosio metió en esta laguna, y la canoa grande de quien habemos hecho mención, y otros barcos sustentaba y proveía de comidas la gente que micer Ambrosio había dejado en su alojamiento o ranchería, que ya a esta sazón tenían título de pueblo, y por tal se sustentaban allí, aunque trabajosamente; y este Martínez corría toda la laguna hasta la culata, con obra de sesenta hombres que consigo tenía, y proveía, como he dicho, de mantenimientos a la gente del pueblo o ranchería, |y él se aprovechaba de algún oro que rancheaba o tomaba y de algunas piezas de indios e indias que hacían esclavos. A este dio aviso de sus desinios Fedreman, antes que se fuese a Santo Domingo, mandándole que tuviese prevenido de comida aquel pueblo y alojamiento de Maracaibo, para cuando su gente llegase, y él estuviese a punto con sus navíos y canoas para pasarlos a todos de la otra parte de la laguna; y a esta causa pasaron muchos más trabajo en esta sazón los soldados que con Martínez estaban, por haber de prevenir y proveer de tánta comida como para tánta gente era menester.

Llegó el alcalde mayor, Chaves, a la laguna con la gente que a cargo llevaba y | halló el pasaje puesto a punto y en pocos días se hallaron de la otra banda alojados en el pueblo de Maracaibo, donde se entretuvieron algunos días, considerando la tardanza que el teniente Fedreman había de hacer en Santo Domingo, lo cual le fue causa de gran calamidad y trabajo, porque como esta laguna y las provincias comarcanas al pueblo había tántos años que sustentaban la gente que por allí andaba, y había sustentado la compañía y gente de micer Ambrosio mucho tiempo, como se ha visto, ya no tenían ni hallaban mantenimientos ni vituallas en tanta abundancia como de antes, y como en esta sazón cargó tanta gente de golpe, faltaron también de golpe los mantenimientos, y así la hambre les fue causa de muchas enfermedades de que murió mucha gente; y por otra parte los tigeres que en esta provincia había, andaban tan encarnizados y cebados que hicieron muy grandes daños en los indios que estos españoles tenían en su servicio, y en los propios españoles.

Viendo el alcalde mayor, Chaves, y los demás capitanes que con él venían la mortandad y destrucción que en la gente había sobrevenido, determinaron salirse de este pueblo, y dividiendo la gente en tres partes y encargándose de ella tres capitanes, salieron por diferentes caminos para que mejor se pudiesen sustentar, mas con orden y concierto de que, para cierto tiempo, se hallasen juntos en el Cabo de la Vela para recibir a Nicolás Fedreman, que se entendía que para aquel tiempo que señalaron habría ya llegado o llegaría de Santo Domingo.

En este mismo tiempo, siendo gobernador en Santa Marta el oidor o doctor Infante, por la Audiencia de Santo Domingo, salieron de Santa Marta el capitán Ribera y un capitán Méndez, por su mandado, en un navío con cincuenta de a pie y de a caballo, a hacer esclavos a la Ramada, que es cierta provincia que esta hacia la parte del Cabo de la Vela y gobernación de Venezuela, y llegados allí, y saltados en tierra, tomaron algunos indios e indias, y haciéndolos esclavos los embarcaron en el navío y los enviaron a Santo Domingo, y ellos se quedaron en aquella provincia como gente venturera, procurando haber algún oro por fuerza o de grado entre los naturales de aquellas provincias. Dende a poco tiempo murió el capitán Méndez y quedó el gobierno de la gente en el capitán Ribera, el cual, por impedimento de algunos ríos que con la fuerza del invierno traían mucha agua, no había podido volverse por tierra a Santa Marta, aunque lo había intentado algunas veces, y estando alojado en la provincia o junto al río de Macomite, el cual por ser caudaloso y venir muy crecido les había impedido la vuelta y pasaje, envió obra de veinte hombres a buscar comida hacia la parte de la laguna de Maracaibo, por donde la gente de Fedreman iba marchando, y de una de las compañías de Fedreman, que no lejos de este lugar estaba alojada, había a la propia sazón salido una escuadra con veinte y cinco hombres a buscar también comida hacia Macomite, donde el capitán Ribera estaba alojado, e yendo la escuadra de los de Fedreman, que se decía Murcia, marchando por un camino que no debía ser muy escombrado ni muy derecho, oyo ruido y estruendo que los soldados de Ribera iban haciendo, y reparándose y emboscándose con los soldados que con él iban, llegaron dos o tres de los soldados de Santa Marta muy descuidadamente, a los cuales tomó Murcia y | desarmándolos los metió entre los suyos y esperó allí a los demás que desordenadamente y apartados unos de otros iban caminando, y como iban llegando, sin hacer ningún alboroto, los recogía y desarmaba hasta que los juntó a todos muy pacíficamente y con ellos dio la vuelta a donde estaba o había quedado su capitán, el cual, sabida aquella nueva y cómo por allí andaba gente de Santa Marta, procuró luégo reducir y juntar a sí la otra gente de su compañía que andaba dividida para mejor se sustentar, como se ha dicho, y juntos todos los capitanes y soldados de Fedreman, ordenaron de tratarse y hablarse con el capitán Ribera, o por grado o por fuerza traerlo con toda su gente a su compañía, lo cual intentado hicieron fácilmente, porque viéndose Ribera con tan poca gente y que el tiempo le era contrario para poderse retirar y recoger hacia Santa Marta con los compañeros que le quedaban, acordó condescender con aquel género de violentos ruegos con que era más forzado que rogado por los capitanes de Fedreman, y asi se juntó con ellos, creyendo que fácilmente le darían lugar a que se volviese a Santa Marta. Mas los capitanes de Fedreman y su alcalde mayor, Chaves, no se hallaron con tal parecer, antes determinaron de tenerlo consigo a él y a toda su gente, hasta que el teniente Fedreman viniese de Santo Domingo y él hiciese lo que quisiese de ellos, y con este acuerdo se estuvieron todos juntos, pasando el invierno con harto trabajo y hambre.

| Capítulo cinco

Cómo, pasado el invierno, el gobernador Jorge Espira marchó hasta llegar a las riberas del río Opia, donde tomó a invernar, y cómo en el camino prendió a Francisco Velasco, con su teniente, y lo envió a Coro, por ciertas palabras que dijo. |

Ya que el alegre tiempo del verano le entraba a Jorge Espira y las aguas se aplacaban, aprovechándose de la ocasión que el tiempo le ponía en las manos, porque hasta entonces, aunque por la hambre había sido forzado a mudarse de aquel alojamiento, de Acarigua, las aguas de que había estado cercado no le dejaban efectuar su voluntad, se mudó y | pasó más adelante con su gente y campo a una provincia llamada Amorodore, en la cual se alojó y | rancheó para que la gente se reformase de la hambre que traían de atrás; porque como en esta provincia no se había hecho daño ninguno, hallaron en ella abundantemente de comer, y también era grande impedimento y estorbo al caminar y así porque por ser aquella tierra llana aún no se habían escurrido ni enxigado las aguas, se estuvo en esta poblazón y | alojamiento un mes, donde los naturales de ella, deseando echar de sí tan malos huéspedes como los españoles eran, por los daños que en sus comidas y | aun personas de ellos recibían, convocándose y juntándose muchos indios tomaron las armas en las manos para echar de allí a los nuestros; mas ninguna cosa les prestó porque dos veces que acometieron a dar en sus enemigos fueron con mucha facilidad rebatidos y ahuyentados tan amedrentadamente que nunca más osaron juntarse ni tomar las armas en las manos, antes apartándose todo lo que podían de los españoles, les dejaban gozar con quietud de sus casas y haciendas y de todo lo demás que entre manos tenían, en pago de lo cual les habían muerto dos caballos.

Después del tiempo dicho pasó el gobernador adelante con su gente, prosiguiendo su descubrimiento por la halda de la sierra y cordillera, que siempre llevaba a mano derecha, y llegó a otra provincia de indios llamados Coyones | 10 , bien poblada, y la gente belicosa y guerrera y de buen coraje en las guazabaras, y de diferente lengua de la de atrás. Alojose en esta provincia la gente española, y pretendiendo los naturales de ella ganar más honra que los de atrás, salieron de mano armada y con buena orden acometieron a los nuestros, los cuales, aunque estaban ya puestos a punto para recibir a los enemigos, no dejaron de tardar en desbaratarlos, por ser gente que les turaba el brío algún tiempo, y aunque fueron maltratados y desbaratados de los españoles, todavía les pusieron en condición de matar al capitán Montalvo, al cual quitaron la lanza, y | derribándolo del caballo se lo llevaban a manos vivo si no fuera socorrido de algunos soldados que lo defendieron y quitaron de las manos de los indios. Hirieron y maltrataron a otros españoles, mas no murió ninguno. Acometieron otras dos veces estos indios, y | siempre fueron frustrados de sus desinios con daño de sus personas.

De esta provincia de Coyones pasó adelante Jorge Espira con su gente y | llegó a las provincias y ríos que dicen de Barinas, que es a las espaldas de donde está ahora poblada la ciudad de Mérida del Nuevo Reino. Allí se rancheó y alojó el gobernador con su compañía por descubrir y ver si por allí cerca hubiese entrada para atravesar la tierra. Estuvo en este sitio o alojamiento muchos días Jorge Espira, con gran daño de su gente, porque se hallaba poca comida y había muchos enfermos, que les era gran impedimento y | estorbo para seguir su descubrimiento y jornada con la diligencia necesaria, de donde redundaba que el gobernador hiciese tantas paradas y sintiese la gente tanto la hambre, de tal suerte que muchos días se sustentaron con solamente palmitos |y otras comidas silvestres y no conocidas, causadoras de mayores enfermedades y males. Y estando en esta necesidad tan extrema, tuvo noticia el gobernador que en la sierra o cordillera se hacían ciertos valles poblados de indios, en que habría abundancia de comida, el cual luégo envió a su teniente, llamado Francisco de Velasco, con doscientos hombres y algunos caballos, y | le mandó que llegase con los caballos hasta el pie de la sierra, y que quedándose él en unos poblezuelos de indios que allí había, con alguna gente, enviase la demás arriba a traer comida y le proveyesen de todo el maíz, yuca y | patata y sal que pudiesen, que era todo bien menester.

El teniente Francisco Velasco se partió con la gente, y llegando al pie de la cordillera hizo lo que el gobernador le había mandado, quedándose él allí con cincuenta hombres, y enviando los demás a lo alto para el efecto dicho con un caudillo llamado Nicolás de Palencia, los cuales caminando hallaron un bohío redondo muy grande, hecho en un arcabuco o montaña, en el cual había más de mil y quinientas hanegas de maíz; y alegrándose los soldados con tan buen encuentro, pararon allí con el servicio de indios e indias que llevaban, de donde salían a correr los pueblos y lugares de alrededor, prendiendo alguna gente de la que por allí había, rancheándoles esa miseria que tenían, donde hubieron alguna provisión de sal, con que restauraron algún tanto la mucha falta que de ello todos tenían; y enviando de este bohío redondo la gente que pudieron cargada de maíz y otras raíces y sal, se quedaron los más de los soldados en guarda de aquel bohío, porque si lo desamparaban, los indios no los escondiesen el maíz.

El Francisco de Velasco holgose con el recado y comida que le habían traído de la sierra, y procuró que se llevasen dos o tres caminos de comida a donde el gobernador estaba con los enfermos, y procuró informarse de las gracias que Jorge Espira le daba por el socorro de la comida que le había enviado, al cual dijeron que estaba algo quejoso por lo poco que le había llevado; y amohinándose el Velasco de estas nuevas, dijo: o cuerpo de tal con el gobernador; pues voto a tal que si él tiene allá ciento de capa blanca, yo tengo acá doscientos de capas negras; y con esto recogió la gente y | fuese donde Jorge Espira estaba. Algunos amigos del gobernador les pareció mal estas palabras del Francisco de Velasco, y dando aviso de ello al gobernador le indinaron contra él de tal suerte que luégo procediendo contra Velasco lo prendió y aprisionó con todo recado e hizo sus informaciones muy bastantes de lo que había dicho; y consultando el negocio con los capitanes y personas principales que en el campo traía, las pidió parecer de lo que se debía hacer, los cuales acordaron que debía echar de sí a Velasco, porque no hubiese tantos superiores. Visto esto yque ningún bien habían de causar al teniente, y así, de parecer de todos, acordó el gobernador echar de sí a Velasco, enviándolo a Coro con toda la gente enferma que en el campo había y algunos sanos para su resguardo y custodia. Envió asímismo un capitán con una compañía de soldados para que acompañasen aquella gente enferma y | presa, hasta echarlos fuéra de las provincias que atrás quedaban, que eran de gente belicosa y guerrera, sin que recibiesen de ellos ningún daño.

Hecho esto y vueltos los que acompañaron al teniente Velasco y enfermos, prosiguió su descubrimiento el gobernador con su gente los llanos adelante, y como el tiempo era ya del todo enjuto y los ríos venían muy mansos, no se detenían en ninguna parte, antes caminaban con toda ligereza, pasando por muchas provincias pobladas de gentes diferentes unas de otras y de diferentes lenguas y nombres, con todos los cuales no dejaron de tener algunos recuentros y guazabaras, mas no de suerte que les impidiesen el caminar. Llegaron a los ríos famosos por su grandeza llamados Apure y Çarara, y como era verano fácilmente los pasaron, porque la tierra es llana y ellos van derramados y extendidos y muy sosegados y mansos; ysin éstos, otros muchos ríos de mediana grandeza, que también suelen impedir el pasaje a los descubridores, como son los ríos Casanare, de igual grandeza que los nombrados, y Pavxoto y Cosubana y el Temen, y Guanaguanare, y Opia, y Haya, y Gravbiare, y Papamene, todos estos que salen de la sierra y cordillera dicha, cuyos nombres referidos son los propios que los naturales les tienen puestos. Y caminando, ya que el invierno entraba, llegaron a un río llamado Opia, a la ribera del cual había algunas poblazones de indios, donde pareció al gobernador y | a sus capitanes ser parte acomodada para tener y pasar el invierno, por poderse proveer y | sustentar de las comidas y mantenimientos que los naturales de estos pueblos tenían para su sustento, y | así hicieron su alojamiento y ranchería en el mejor y más alto sitio que les pareció de estos lugares y pueblos que a la ribera del río Opia estaban.

| Capítulo seis

Cómo el teniente Chaves llegó al Cabo de la Vela y halló allí al teniente Fedreman, que había venidó de Santo Domingo, y cómo el capitán Ribera y los demás soldados de Santa Marta fueron sueltos. |

El río de Macomite, en cuyas riberas la gente y capitanes del teniente Fedreman invernaron, había ya bajado y el invierno cesado cuando el teniente Chaves y los otros caudillos determinaron pasar adelante con su descubrimiento la vía del Cabo de la Vela; y dejando en aquel alojamiento o invernadero toda la gente enferma, porque no les fuese estorbo ni impedimento en su jornada, pasando el río Macomite prosiguieron adelante y comenzaron a entrar entre algunas gentes belicosas y desnudas, salteadoras |y vagabundas, las cuales no habitaban en poblazones ni en lugares conocidos, sino metidos en montañas, ni menos cultivaban las tierras para sustentarse, ni cogen ningún género de fruta de ellas, así por ser, como he dicho, estas gentes enemigas del trabajo, como por ser la tierra algo estéril; mas con todo eso no hay campo que si lo cultivan no lleve fruto. El sustento y mantenimiento de estos indios es carnes de venados, que hay por allí en abundancia, y pescados, que en aquella comarca se toma mucho, y por pan comen ciertas puches o mazamorras hechas de una semilla muy menuda, como mostaza, que la tierra por allí produce de suyo.

Estos indios, aunque están tan divididos, son en cantidad. Salieron diversas veces acometer a los españoles con muy buen brío, y como era gente muy suelta y diestra en el guerrear, hiciéronles poco daño los nuestros y ganaron con ellos poca honra, porque en un recuentro o guazabara que tuvieron los unos con los otros, perdieron los españoles un capitán llamado Avellaneda de Guzmán, con otros seis soldados que, a manos, vivos les tomaron los indios y les pusieron en condición de perder más gente; y así tuvieron los nuestros por más acertado el pasar adelante que el pretender sujetar estas gentes, pues con ellas no se podía ganar ninguna honra ni aun hacienda, porque no tenían ono ni otras riquezas de que pudiesen ser aprovechados.

En esta propia jornada y descubrimiento hallaron estos descubridores en la costa de la mar, cuatro navíos de españoles hechos pedazos, y | las gentes de ellos tendidas por la playa y costa y arenales de la mar, todos muertos, que pareció haber perecido de hambre y sed, sin que en ellos hubiese señal de haberlos muerto ni llegado a ellos indios, ni menos pudieran atinar qué gente fuese esta.

Pasados los españoles de las tierras de estos salteadores, y entrando entre otra gente más doméstica, acordaron enviar por la gente enferma que habían dejado en el alojamiento del río Macomite; y | enviando a la ligera tres soldados buenos peones y atrevidos, que fueron Alonso de Olalla y Alonso Martín de Quesada y Diego de Agudo, les mandaron que fuesen a dar aviso a la gente enferma que se apercibiesen y estuviesen a punto para cuando los caballos llegasen por ellos que luégo se partiesen. Estos tres soldados españoles, con solas sus personas, espadas y rodelas, se metieron temerariamente por entre las provincias dichas y por otras, aventurándose a ser presos de los indios; y queriéndolos Dios guardar, pasaron sin recibir ningún daño y llegaron al alojamiento donde había quedado la gente enferma, de los cuales hallaron muy pocos vivos, que con las enfermedades y hambre y | poco refrigerio, todos los más se habían |y estaban muertos en sus propios lechos y hamacas, sin que los vivos, que eran bien pocos, los pudiesen enterrar ni dar sepultura, ni aun creo que usar los unos con los otros de ninguna obra de misericordia. Los tres soldados quedaron admirados de ver la mortandad que en el alojamiento hallaron, y | los que estaban vivos sintieron tanto placer en verlos, que olvidados de sus enfermedades saltaban de las camas a congratularse con ellos, dando no sólo con palabras muestras de su alegría, mas con abundancia de lágrimas que de sus ojos vertían. Entre sanos y | enfermos determinaron hacerse un convite o banquete para mejor celebrar su alegría y | contento, y para efectuarlo mataron un borrico pequeño que remaneció en aquella ranchería, y | con dos pares de bollos de maíz que a los tres soldados les había sobrado del matalotaje, a medio asar la carne, se sentaron a comer, por lo cual entiendo que aún hasta ahora no la han digirido algunos.

Con esta cena y convite y | con el contento dicho, se esforzaron los enfermos y cobraron ánimo para mejor sufrir su calamidad, y de allí adelante lo pasaron mejor, porque con algunos bledos que los soldados que en socorro habían ido les cogían y cocían de los que había por allí nacidos, se sustentaron hasta que llegaron los caballos, y subiéndolos en ellos caminaron a donde estaba la demás gente; y como estaban tan debilitados y consumidos y los regalos que se les hicieron fueron tan pocos y el caminar a caballo suele matar los sanos cuanto más los enfermos, se iban muriendo por el camino hasta que llegaron a juntarse con los demás españoles, donde esos pocos que vivos quedaron fueron reformados y curados, y dende a poco se partieron de este alojamiento donde habían estado esperando los enfermos, y prosiguiendo su derrota caminaron algunos días trabajosamente, al cabo de los cuales llegaron al Cabo de la Vela, donde hallaron al teniente Nicolás Fedreman, que era ya llegado de Santo Domingo con ochenta hombres y cantidad de caballos y comida que había recogido de por allí cerca y | él había traído de Santo Domingo.

Alegráronse mucho todos estos capitanes y | soldados de hallar allí a su general, por el buen socorro que les tenía de comida y ropa para vestirse. Fedreman, asímismo, se holgó de ver su gente, aunque no dejó de sentir la mucha que le faltaba y se había muerto. Luégo, su teniente o alcalde mayor, Antoño de Chaves, le dio noticia de cómo estaba con ellos el capitán Ribera, que con ciertos soldados había salido de Santa Marta a hacer esclavos, como se ha dicho, y que por hallarlo en su jurisdicción o gobernación él los había preso y | los tenía allí para que hiciese de ellos a su voluntad. El gobernador Fedreman mando luego parecer ante sí el capitán Ribera y a los demás soldados que con él salieron de Santa Marta, y les habló muy afablemente, induciéndolos a que lo siguiesen de su voluntad; en fin de lo cual les dijo que él tenía por señor y padre al doctor Infante, gobernador de Santa Manta y oidor de Santo Domingo, por cuyo mandado había venido allí, al cual no quería disgustar ni dar ninguna pesadumbre; que aunque lo habían hecho mal en entrar a hacer esclavos en aquella tierra, que era de su distrito, lo de hasta allí pasase, y dende en adelante no lo hiciesen, sino que se recogiesen a su gobernación, y si entre ellos había algún soldado que de su voluntad quisiese quedarse en su compañía que él se lo agradecería y tendría muy particular cuenta con su persona, y si no que ninguno quedase y fuesen con la bendición de Dios, ofreciéndoles si habían menester algún avío o socorro para su camino. El capitán Ribera y sus soldados tuvieron en mucho el parlamento que Fedreman les había hecho, tan acompañado de buenos cumplimientos y amorosas palabras y ofrecimientos, que si no lo tuvieran en aquel tiempo por cosa fea el no volver a dar cuenta a sus gobernadores, desde luego se quedaran con él; mas forzados de esta costumbre se despidieron y apartaron de Fedreman para irse la vuelta de Santa Marta, excepto tres soldados que usando de su libertad no quisieron seguir a su capitán Ribera y | se quedaron allí con el general o teniente Fedreman, el cual se detuvo en este alojamiento del Cabo de la Vela algunos días, intentando, con cierto artificio de rastros, si podía sacar perlas de la mar, lo cual por entonces fue de ningún efecto y fue en vano su trabajo. Mas ahora entiendo que gozan de ello los vecinos del río de la Hacha, que cerca de este Cabo de la Vela habitan, los cuales han sacado y sacan muy gran cantidad de perlas, de donde Fedreman no las pudo sacar, el cual viendo cuán mal le iba con la granjería de las perlas, determinó dejarla y dar orden en la prosecución de su descubrimiento y | jornada, en la forma que adelante se dirá.

9 Falta “la gente”.
10 Sustituír “Coyones” por “Cojones” (Esta es la lectura correcta). Equivocación de Becker.

Capítulo siete

En el cual se escriben algunas cosas de las que al gobernador Jorge Espira y a sus soldados les sucedió en el invernadero del río Opia, y cómo pasó de allí adelante. |

Con la fuga de las aguas del invierno creció tanto el río de Opia, en cuyas riberas se había alojado el gobernador Jorge Espira con sus compañeros, que con su inundación cubrió muchas tierras comarcanas al alojamiento, con que causó muy gran daño a los españoles, que con esto eran impedidos a no poder salir a poblazones apartadas a buscar comida, y así les sobrevino tan afligida hambre que les causaba enfermedades y otros daños con que eran muertos; y | por otra parte eran damnificados de los tigeres, que como a lugar más alto y | seguro de las aguas se habían recogido muy gran cantidad de ellos a donde el real de los españoles estaba alojado, que en pocos días les habían llevado delante de los ojos y | aun casi de entre las manos muy gran cantidad de indios e indias ladinos que les servían, y entre ellos algunos españoles; y entre otros a quien esta desgracia les sucedió fue a un Manuel de Serpa, portugués, que habiendo salido con otros compañeros a coger cierta fruta, no muy desviado del alojamiento, llamada hobos, que era el principal mantenimiento con que se sustentaban los españoles, un tigere llegó desvergonzadamente, y con su bruto y cruel atrevimiento, delante de los demás españoles, le dio con las manos un golpe o manotazo a este portugués en la cabeza que la hizo pedazos, y pasando por entre los demás el tigere armado o enrizado, no hubo quién osase herirle ni hacerle mal ninguno.

Traían estos animales tan amedrentada toda la gente, que hasta los caballos sentían el daño y no osaban salir ni apartarse del alojamiento a pacer, por estar algunos heridos y lastimados de ellos; y | las espías que para resguardo del campo se suelen poner en lugares acomodados para ello y junto a los caminos por donde más el peligro se teme, no daban lugar los tigeres a que así se hiciese ni se guardase en esto ni en otras muchas cosas la disciplina militar, mas interrompiéndolo todo eran causa que los que hacían la guardia y servían de espías y velas hiciesen sus oficios encima de árboles muy altos, a donde aun del todo no se tenían por seguros, según las astucias y traiciones de que usa este carnicero animal por haber y matar alguna persona.

Y viendo el gobernador la calamidad que su gente padecía por falta de comida, acordó que se hiciese una balsa de maderos livianos para en ella atravesar el río de Opia y pasar a un lugarejo que de la otra parte estaba, a proveerse de alguna comida; y poniendo en efecto este acuerdo, hicieron la balsa en quince días, bien grande, en que cabían buen golpe de gente, la cual echaron en el agua y en ella entraron todos los soldados que cupieron, y con su cierta manera de remos y otros soldados buenos nadadores, que yendo por el agua nadando tiraban con cabuyas o sogas de la balsa para ayudarla a navegar y pasarla de la otra banda, comenzó a engolfarse en aquel ancho río; y llegando al medio de la corriente y fuga del agua, fue fácilmente desbaratado el gobierno de la navegación, y llevándola el río con la corriente fueron todos los españoles que en ella iban puestos en condición de ser muertos; porque los indios que de la otra banda estaban, viendo que la industria de los nuestros no había sido tal que bastase a cortar por la corriente del agua y asabesar | 11 el río, antes habían sido señoreados y sojuzgados de él, llevándolos el agua por do había querido, prestamente entraron en sus canoas con sus remos o canaletes y armas en las manos, y enderezando las proas a la balsa partieron con ánimos de ganar una buena victoria y haber en su poder toda la gente que en la balsa iba, si sus desinios no fueran estorbados con la muerte de un español de los que habían salido nadando delante de la balsa, llamado Francisco de Cáceres, que en el río toparon sobre el agua, los cuales ocupándose y teniéndose a dar la muerte a este español, que con sumirse debajo del agua muchas veces los entretuvo muy gran rato, hasta que la balsa de nuestros españoles, por la propia agua y combates del río, fue restituída a tierra hacia la parte donde estaban alojados los españoles, donde luégo los que dentro iban, desamparándola se metieron por la montaña adentro, huyendo cada cual como podía, temiendo que aun por la tierra irían con las canoas los indios bogando en su alcance, según sacaron los ánimos amedrentados de aquella tribulación.

Acabados los indios de dar la muerte a Francisco de Cáceres, soldado afamado entre estas compañías por su buen brío e industrias en cosas de guerras, fueron en seguimiento de la balsa, la cual hallaron sin ninguna gente, y llevándosela consigo se andaban regocijando con ella por el agua, trayéndola de una parte a otra, dando muy grandes muestras de alegría, como gente que sólo aquello tenían por entera victoria, y que su barbaridad no alcanzó a aprovecharse de tan buena ocasión como tuvieron para hacer más daño en los nuestros y haber una victoria harto notable, pues en ella habían a las manos los más y mejores soldados de la compañía, con que quedaba todo el resto de la gente perdida, por estar. muchos o los más de ellos enfermos y no para tomar armas en las manos.

Con estos trabajos y otros que mi pluma calla por parecer increíbles, pasó el invierno y las aguas aflojaron de suerte que un poco más arriba del alojamiento, por cierto vado apacible que el río Opia por aquella parte hacía, lo pasaron los nuestros, y comenzaron a marchar por entre gentes de diversas y diferentes lenguas, que por no tener intérprete que las entendiese para saber cuáles eran y los nombres de sus provincias y pueblos, no van aquí escritas en este discurso, que sería en el paraje de los chiscas o laches, llamados chita y el cucuy, por donde después se siguió el camino de la gobernación de Venezuela al Nuevo Reino. Hubieron estos españoles un indio que aunque escuramente era entendido de cierto faraute que en el real traían, el cual dio al gobernador Jorge Espira muy entera relación del Nuevo Reino de Granada, porque a esta sazón estaban en el paraje dél, declarándoles muy particularmente las muchas riquezas que los naturales poseían y los muchos y grandes señores que en él había con la muchedumbre de naturales, y que la sal y mantas que por allí habían entre aquellos indios de lo llano por donde andaban, toda bajaba del Nuevo Reino; dándoles también a entender que para señorear y sujetar tantos señores y naturales como en aquella tierra había, eran muy pocos los españoles que él allí había visto, prefiriéndose este indio a meterlos en la tierra que les decía, y aunque en alguna manera hallaban los españoles por allí algunas señales de lo que el indio decía, no del todo eran promovidos sus ánimos a seguirlo, pues lo guardaron tan flojamente que se les huyó una noche, y por huírse el pobre indio cayó de una barranca abajo en un río que cerca estaba, donde se mató y fue comido bien en breve de los peces, porque yendo otro día a pescar al propio lugar un español tomó un pece crecido, en el buche del cual hallaron la natura y compañones todo junto de este indio; y aunque después, por persuasiones de algunos buenos soldados, fue persuadido Jorge Espira a enviar gente a descubrir este Reino, y salieron al efecto cierta compañía de soldados con un Juan de Villegas, que después gobernó aquella provincia de Venezuela, no hicieron cosa ninguna que les aprovechase; porque hallando la subida de la sierra dificultosa para caballos, se volvieron desde ciertos pueblos que algo metidos en la cordillera estaban, donde tomaron cantidad de mantas y sal de la que del Reino bajaba, y con esta su flojedad dejaron casi como de entre las manos este pedazo de próspera tierra con que después con no menores trabajos y calamidades de los que esta gente pasó, pero con mejor fortuna y más obstinados ánimos, descubrieron por muy diferente derrota de ésta y conquistaron y sujetaron el teniente Gonzalo Jiménez de Quesada y sus comilitones, tres años después del acometimiento de Jorge Espira, con que ilustraron y perpetuaron sus buenos hechos y hazañas, y mereció dignamente el teniente y general Jiménez de Quesada ser Adelantado del Nuevo Reino, y sus soldados y compañeros en el trabajo gozar de una próspera quietud con que descansadamente hoy gozan de los frutos y esquilmos de aquella tierra, justamente por ellos merecidos.

Y de esta propia adversa fortuna participó micer Ambrosio, como en su Historia se trata, pues hallándose el año de veinte y nueve, no diez leguas ni aun ocho de esta provincia del Nuevo Reino, por la parte por donde al presente está poblada la ciudad de Pamplona, en el distrito del propio Nuevo Reino, dejó de seguir su descubrimiento como lo llevaba encaminado, y dando la vuelta sobre mano izquierda, inclinándose a ciertas poblazones de gentes chitarera que de aquella parte había, fue dende a pocos días muerto, y su gente se volvió a la laguna de Maracaibo, por diferente camino del que había llevado, y de allí a Coro.

Capítulo octavo

Cómo pasando adelante Jorge Espira con su gente dieron en una poblazón que por su fortaleza llamaron Salsillas; y de cierta noticia que tuvieron de un gran río, que presumieron ser el Marañón. |

No pasó el gobernador con su gente por las tierras y poblazones que en suma y algo escuramente referí en el capítulo antes de este, tan pacíficamente que no le matasen y descalabrasen e hiriesen algunos soldados, de suerte que le fue necesario detenerse algunos días adelante de donde intentó entrar en el Nuevo Reino, hasta tanto que sus enfermos tuviesen mejoría, y convalecieron de tal manera que aunque trabajosamente estuvieron para caminar, y pasando adelante con su largo y trabajoso descubrimiento, con sobra de buena esperanza, porque algunos indios que se habían tomado por las provincias por do habían pasado, astuta y malvadamente a fin de echar los españoles de sus tierras, y conociendo en alguna manera, aunque bárbaros y de rústicos ingenios, la pretensión de los españoles, que era haber muchas riquezas de oro y plata, de lo cual, aunque aquellos bárbaros carecían, no dejaban de tener algún conocimiento de muy lejos, especialmente que el gobernador les mostraba algunos piezas que de estos metales llevaban, y así casi todos los indios parecía que por aviso del demonio, estaban tan conformes que uno de otro no discrepaba en dar muy buena relación y noticia al gobernador Jorge Espira de que adelante por la derrota que iba hallaría tanta abundancia de aquellos preciosísimos metales que cargarían muy muchos caballos de ellos en llegando, y con esto, añadían calidades de gentes vestidas de mucha gravedad y majestad que lo poseían, y con otros falsos colores que a sus pláticas daban, henchían los ánimos de los soldados de una tan buena y loca esperanza, que ciegos y llenos de codicia, pasaban por muy intolerables trabajos, y no estimando los que delante se les ofrecían, ni escarmentando, como suelen decir, en cabeza ajena, pues cada día veían disminuír y apocar el número de la gente de su compañía con miserables muertes que recibían, unos de hambre, otros de cansados y trabajados, otros comidos y despedazados de bravos tigeres, y otros de diferentes géneros de enfermedades que les daba, mas usando de sus invencibles ánimos, aunque temerariamente, siempre proseguían adelante con su descubrimiento y jornada; y así dieron de repente y sin pensarlo, casi desapercibidos de comidas, en una tierra algo áspera y quebrajosa, en parte montuosa y en partes rasa, de muy rara poblazón y estéril de comidas, donde se tomaron algunos indios, los cuales, siendo interrogados por sus farautes, dieron noticia que cerca de allí, sobre la mano izquierda, estaba un pueblo grande, bien proveído de mantenimientos y de otras cosas.

El gobernador, con codicia de ver y saber lo que era, si por ventura fuese el principio de la noticia que de atrás traía, hizo asentar su campo en la parte más alta que le pareció, y enviando una buena compañía de soldados, de los más dispuestos para ello, les dio naturales que los guiasen por buen camino, los cuales, apartándose algunas jornadas de la demás gente, llegaron a un cerro y poblado de crecidas montañas y arcabucos, lo alto y cumbre del cual era raso y llano, y en él estaba un lugar o pueblo de hasta cien casas o bohíos grandes, el cual demás de la fortificación con que la naturaleza lo había dotado, artificialmente, por industria de los indios y moradores de aquel pueblo, tenía hecho un palenque de gruesos troncos de palma, muy espinosos y puyosos, apretados y abrazados unos con otros, de mediana altura. Junto con esto y alrededor del mismo palenque, tenía hechas muy hondas cavas, dentro de las cuales estaban hincadas muy largas y altas puyas, las puntas para arriba, y cubiertas estas cavas muy sutilmente con muy delgadas varas y tierra encima, y sobre la tierra de las cavas sembradas algunas yerbas para más disimulación, que ninguno que no lo hubiera visto pudiera presumir que allí hubiese aquellos hoyos, ni que gente tan de rústicos ingenios como son aquellos indios tuviesen capacidad para inventar semejante manera de fuerza y custodia para su pueblo y personas.

Llegados nuestros españoles, como se ha dicho, a vista de este pueblo y palenque, luégo que fueron juntos determinaron de arremeter y asaltarlo, porque la cerca no era muy alta, y como de tropel se fuesen llegando sin mirar por do iban, uno de los de la compañía, llamado Miguel Lorenzo, anticipose de los demás queriéndose nombrar y ganar honra; mas como no mirase dónde ponía los pies, fue engañado con el artificio e ingenio de aquellos bárbaros, y cayó dentro de un hoyo de aquellos, y como los demás viesen que el compañero no parecía, presumiendo el engaño que en la tierra había, se repararon y fueron llegando atentamente hasta donde el soldado se había sumergido y hallándolo vivo, porque cayó casi de lado entre las puyas y estacas del hoyo, no había recibido lesión ninguna, y echándole ciertas varas largas en que se asiese, lo sacaron con toda presteza del hoyo, sin que los indios tuviesen lugar de tomar las armas y ofenderlos, pero aunque cuando acudieron estaba ya fuéra el español, ellos comenzaron, desde lo alto del palenque a arrojar innumerable cantidad de flechería y muchas lanzas y dardos, con que hicieron retirar a los españoles, y los arredraron del palenque, hiriéndoles algunos soldados, y sin recibir ellos daño alguno quedaron victoriosos, porque aunque los nuestros, aquel propio día y otro después diversas veces, procuraron con buenos ardides asaltar el palenque, fueron siempre rebatidos de los de dentro, sin poder hacer ningún daño en ellos; y considerando cuán fortalecido estaba aquel pueblo, y que si perseveraban en quererlo tomar su obstinación sería de ningún efecto, y así tenida por temeraria y loca, acordaron dejar aquel pueblo con su victoria, al cual por parecerles con aquella manera de fortificación inexpugnable para las armas que tenían con que arruinarlo, le pusieron por nombre Salsillas, casi en memoria de la inexpugnable fuerza de Salsas, que en Cataluña está.

Solamente hubieron de este pueblo una india con una criatura de hasta siete y ocho años, con la cual por presa de su trabajo se volvieron a donde había quedado su gobernador alojado, sin llevar otro recurso ni proveimiento de comida | 12 , | que fue harto desconsuelo para todos. El gobernador tomó la india y con sus intérpretes procuró inquirir y saber de ella si se hallaría por allí cerca comida alguna, la cual le respondió que ciertas jornadas de allí había mucha abundancia de maíz y de otras cosas de comer, pero que habían de ir por unas