CARLOS R. CENTURION. HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS. Tomo 1

CARLOS R. CENTURION. HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS. Tomo I.
Карлос Р. Сентурион. История парагвайских гуманитарных наук.

HIPERVÍNCULOS

Capítulos del I al V (220 kb.)

Capítulos del VI al X (202 kb.)

Capítulos del XI al XV (304 kb.)

Capítulos del XVI al XIX (207 kb.)

CONTENIDO DEL TOMO I

Dedicatoria

Reconocimiento

Prepacio

ÉPOCA PRECURSORA

I.– Los días iniciales de la conquista y de la colonia.

II.– Los primeros gobiernos coloniales.

III.– Otros precursores del siglo XVI.

IV.– Los gobiernos coloniales del siglo XVII

V.– La lengua vernácula.

VI.– El aporte cultural de las misiones jesuíticas.

VII.– La revolución de los comuneros.

VIII.– La instrucción pública en el Paraguay colonial.

IX.– Los últimos gobiernos coloniales.

X.– Las letras al finalizar el siglo XVIII.

XI.– El colegio de Monserrat.

EPOCA DE FORMACION

XII.– La revolución de la independencia.

XIII.– El período dictatorial de José Gaspar de Francia.

XIV.– El período gubernativo de Carlos Antonio López.

XV.– El himno nacional.

XVI.– Bajo el imperio de Melpómene.

XVII.– Los orígenes del periodismo paraguayo.

XVIII.– Las actividades democráticas hasta 1870.

XIX.– La musa popular – mitos – tradiciones – leyendas.

EPOCA PRECURSORA

EPOCA DE FORMACION

EDITORIAL AYACUCHO

BUENOS AIRES

1947

A Juan Bautista Centurión.

A Alejandrina Benegas de Centurión.

Homenaje de gratitud filial.

RECONOCIMIENTO

En la larga y paciente búsqueda de documentos, he hallado la colaboración valiosa de un silencioso y eficaz obrero de la cultura: Rolando A. Godoi.

La Biblioteca Americana, formada por su ilustre progenitor, el ex convencional Juansilvano Godoi, fue para mí fuente fecunda de riquísimas informaciones.

He contado también con la cooperación desinteresada del director del Archivo Nacional de la Asunción, José Doroteo Bareiro; de un varón recio y constructivo, Juan Francisco Recalde; de una voluntad puesta al servicio de señeros ideales humanistas, Francisco Sapena Pastor; de un investigador abnegado, Adolfo V. Lataza; de un espíritu joven y afanoso de superación intelectual, Benigno Riquelme; y con el estímulo fraterno, noble y constante de Manuel Galiano. También adeudo a mis hijos Fernando, Jorge y Beatriz Centurión Mazó, gran parte del trabajo material de este libro. Para todos ellos mi profunda gratitud.

C. R. C.

PREFACIO

Para realizar el estudio de las letras paraguayas, hemos dividido su historia en cuatro períodos, a los cuales denominamos, respectivamente, época precursora, de formación, de transformación y autonómica.

La primera abarca desde los más remotos orígenes hasta la revolución de la independencia nacional, vale decir, hasta el 14 de mayo de 1811. Es una era comprensiva de tres centurias, o más, que se caracteriza por el ensamble de dos razas y todas sus consecuencias naturales y lógicas, como la aparición del nuevo linaje, la gestación del lenguaje criollo y el nacimiento de una nueva civilización y de una nueva cultura. El análisis de ese prolongado y todavía no iluminado lapso pretérito, nos condujo a averiguar el posible comienzo de la prosa paraguaya, así como el de la poesía en sus variados aspectos; el de la historia y del teatro; el de la oratoria y la didáctica, etc. También hemos dedicado nuestros afanes al idioma guaraní, considerado como expresión del pensamiento y del sentimiento vernáculos y como motivo de investigación científica.

Tampoco hemos olvidado la necesidad de diseñar el escenario en que se desarrollaron las letras primigenias, queremos decir, el Paraguay de la conquista y la colonia. De ahí la narración objetiva y cronológica de los hechos más importantes de aquel tiempo.

La instrucción pública, desde la fundación de la primera escuela en el solar guaraní, es también motivo de un recuerdo especial, así como las actividades de los sacerdotes, sean ellos jesuitas, franciscanos, mercedarios o dominicos.

La revolución de los comuneros y el Colegio de Monserrat constituyeron igualmente temas que han absorbido nuestra preocupación.

El segundo periodo, iniciado en 1811, se cierra en 1870. Es la época de formación. Pertenecen a su estudio la discriminación de las causas y consecuencias del movimiento político emancipador de mayo, la semblanza de sus adalides y la indicación y el examen de los valores literarios cuya aparición se marca en el cuadrante de aquel tiempo.

La dictadura larga, monótona y penumbrosa, del taciturno de Ybyray – José Gaspar de Francia – es, asimismo, motivo de análisis, al igual que el gobierno patriarcal de Carlos Antonio López. La biografía sintética y la bibliografía, todavía escasísima, de los intelectuales de ese período son expuestas sin exageradas pretensiones críticas.

El historial del Himno Nacional, los principios del periodismo vernáculo, el desarrollo de las actividades democráticas, la musa popular, los mitos, tradiciones y leyendas, constituyen temas de sendos capítulos.

Finalmente, la guerra de defensa que sostuvo el Paraguay contra la triple alianza, desde 1864 hasta 1870, es estudiado desde el punto de vista político y literario y, especialmente, como causa de la aparición de oradores, poetas, historiadores, periodistas, etc., y como razón – paradoja de siempre – de evolución cultural. Esta etapa final de la era de formación se caracteriza por los motivos épicos que esencializan la floración intelectual.

La tercera época, la que denominamos de transformación, comienza entre las ruinas de la gran tragedia cuya más alta cima exornan las pétreas y boscosas serranías de Cerro Corá.

Los poetas que aparecieron en la treintena postrera del siglo XIX se inspiraron principalmente en la patria; lloraron sus infortunios, cantaron, con voz doliente y quejumbrosa, las penurias y los penares del pueblo. Casi todos ellos han abandonado la lira a poco de haberla pulsado. La han trocado, al llegar a los veinte años, por la pluma del periodista, la toga del abogado, el escalpelo del médico o el silencio sin esperanzas. Pero también aparecieron en aquel tiempo prosadores que debían de señalar rumbos en la historia y en la crítica; doctrinarios que diseminaron nobles ideales; oradores elocuentes que arrastraron a las masas populares.

Son también estudiados en este período los orígenes del gobierno provisorio de 1869-1870; la Convención Nacional Constituyente y sus más esclarecidos voceros; la iniciación real de las luchas democráticas; el desarrollo del diarismo; los primeros gobiernos de la transguerra; la formación de los partidos políticos llamados tradicionales, vale decir, el Partido Liberal y el Partido Nacional Republicano o Colorado; la hegemonía de cada uno de ellos; la evolución de la enseñanza en todos sus grados; las actividades comiciales; los museos, archivos y bibliotecas; la cultura jurídica y otros aspectos del desarrollo intelectual del Paraguay.

La corriente literaria, que más influencia ejerció entre los escritores del siglo XIX fue la romántica. El clasicismo casi no tuvo representante en nuestro país durante aquellos años de su historia. Ya en las primeras décadas del siglo XX aparecieron ciertos devotos de la misma, así como algún simbolista. No se anota la presencie de ningún naturalista; empero, el prestigio del decadentismo se hizo sentir al influjo de Rubén Darío.

La época autonómica – la llamamos así por el afán de independencia de sus representantes, tanto en los motivos autóctonos en que se hallan inspirados como en la manera de tratarlos – arranca de 1913, año en que fue fundada en la Asunción una revista de caracteres sobresalientes. Se llamaba Crónica. A su sombra se cobijó un grupo numeroso de selectos valores juveniles, destinados a desarrollar importante labor intelectual. Entre los integrantes de esa pléyade, aparecieron discípulos fervorosos de todas las tendencias literarias, siquiera siempre en mayoría romántica. También en esa caravana han de hallarse a los autores teatrales y a los novelistas iniciadores y portaestandarte de tales géneros en el Paraguay contemporáneo. Los temas preferidos, desde 1920, han sido los de carácter político-social.

Al estudiar el panorama general de la nación durante este periodo, nos ocupamos de los acontecimientos más interesantes. El grupo de 1918; la generación de 1923; el estudio de la lengua guaraní; el desarrollo del teatro; la revolución de 1922-1923; la evolución de la prensa; las luchas por el derecho obrero; la guerra del Chaco, sus causas, su desarrollo y sus consecuencias; los institutos privados de enseñanza; la revolución del 17 febrero de 1936; la revolución del 13 de agosto de 1937; la reforma de la Constitución Nacional de 1870, constituyen, además de otros, capítulos especiales de este libro.

Son también motivos de investigación las entidades paraguayas de alta cultura; las justas electorales desde 1917 hasta 1944; la obra civilizadora de los centros estudiantiles; la instrucción pública; las actividades radiotelefónicas en nuestro país y la hegemonía política del “nacionalismo”.

Todos los valores intelectuales aparecidos en este período, como los anteriormente surgidos, son citados en orden cronológico, agrupados y examinados, someramente, como cabe en un trabajo de esta índole, desde el punto de vista de sus obras y de sus orientaciones y tendencias.

Sin renunciar al derecho de hacer crítica, hemos escrito este libro animados de un espíritu benévolo. De allí que contengan sus páginas nombres que, rigurosamente controlados, no podrían aparecer en una obra de selección. Pero nuestro propósito principal es presentar un panorama integral de la evolución de las letras paraguayas, con sus aciertos y sus errores, sus méritos y sus defectos, sus luces y sus sombras.

Cinco años de labor constante, vividos sin treguas ni descansos, ora sobre los caminos del destierro, ora en las soledades de prisiones y confinamientos sufridos en holocausto de ideales democráticos y de ensueños ciudadanos, se han plasmado en este libro. Pero no se busque en sus páginas el acíbar del odio, ni el rescoldo del despecho, ni la acidez de la envidia. Ninguna de esas pasiones, a Dios gracias, ha enturbiado jamás la serenidad de nuestro espíritu.

Hoy, al poner esta obra al alcance del público, la entregamos también al Paraguay. Quiera la Divina Providencia que ella sirva a la Patria, siquiera modestamente, para decir al mundo que todo su valor y su fuerza no sólo se afinca y se condensa en el acero de su espada – criterio equivocado –, sino también en el pensamiento de sus doctrinarios, en el canto de sus poetas, en el verbo de sus tribunos, naturales voceros de nobles ideales que son luminares de sus minaretes y atalayas, inspiradores de sus avatares y blasones de su tradición y de su historia.

La Historia es presencia de Almas,

no resurrección externa de Hechos.

CARLOS PEREIRA

ÉPOCA PRECURSORA

I

LOS DÍAS INICIALES DE LA CONQUISTA Y DE LA COLONIA

Vasta zona es la del Paraguay, situada en el centro de la América del Sur, como si fuera, por su forma y la generosidad de su savia, el corazón de estas regiones. Cubierta por azul y luminoso cielo, regada por los ríos más caudalosos y pintorescos del mundo, exornada de cordilleras montuosas y coquetas serranías, con llanos fértiles y amplios, abiertos a los rayos de oro de un sol espléndido, la rica tierra paraguaya es un edén paradisíaco, sahumado por la exquisita fragancia del más variado ramillete floral que la naturaleza ofrecer puede a los hombres. Y si sus días son irisados de puros y variados colores, sus noches, de serenidad profunda y frescura acariciante, poseen extraño y seductor embrujo.

Originariamente habitado por los guaraníes, raza leyendosa, cuyos orígenes remotos – entroncados con los karaive o karive (1), sigue constituyendo un motivo de apasionante interés para las ciencias contemporáneas – desde el año 1523, tiempo en que el lusitano Alejo García, llegado de las costas del Brasil en pos de las tierras ignotas del rey blanco, la descubrió en todo el esplendor de su belleza, ha sido el solar de una nueva raza, de la estirpe criolla, del tipo paraguayo, mezcla armoniosa de la sangre hispana, conquistadora y romancesca, y de la guaraní avasalladora, sentimental y cauta.

Este nuevo linaje ha heredado de los españoles sus costumbres, la fe en Dios, su altivez indomeñada, el individualismo intransigente y esa hermosa lengua lírica “en que se inspiraron sus periplos y pensaron sus místicos y cantaron sus poetas”; y de los aborígenes ha heredado también sus mitos, sus tradiciones y leyendas, su abnegación extraordinaria, su sobriedad estoica y el encanto de un habla onomatopéyica, gutural y extraña, en la que se pueden expresar sentimientos delicados y atrevidas concepciones. De ambas razas le vienen, asimismo, su aptitud para la guerra y su vocación romántica.

El origen de las letras paraguayas debe buscarse en el hogar primigenio del conquistador hispano y de la india, en el decurso histórico de la primera mitad del siglo XVI. Tal vez se lo halle en la copla tarareada por el español, al descuido, como en el recuerdo de la patria lejana; acaso en la canción entonada en la lengua regional de donde proviniese, al son de la guitarra, en los atardeceres melancólicos; quizás, en el aprendizaje del idioma eterno de Cervantes a que se dedica la india pensativa y el pequeño mestizo que nace a la vida; probable fuere que se lo descubra antes, en el inicial diálogo extraño, hilarante, sostenido por el soldado de España, altanero y audaz, y 1a taciturna y desnuda emperatriz de los toldos aborígenes que ofrece al deseo y a la admiración del blanco el encanto de su carne morena, tersa y bruñida, y el fascinante hechizo de su mirada, lánguida y profunda. Puede ser, finalmente – ¡quién lo sabe! –, que se anide en las primeras mímicas cambiadas, en los gestos prístinos y recíprocos de estos seres de mundos tan dispares que se encuentran, sorpresivamente, en una región salvaje y armoniosa, aromada, iridiscente y llena de misterios.

La fundación de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el 15 de agosto de 1537 (2), es un hito que señala el comienzo de la evolución literaria del Paraguay.

Juan de Salazar y Espinosa, al levantar “la casa de madera en esta dicha ciudad”, en cumplimiento de la promesa contraída con los guaraníes, a su arribo hacia Candelaria en busca de Juan de Ayolas y sus compañeros, asentó el primer peldaño del proceso histórico de las letras paraguayas. Porque ha de recordarse que las actividades de conquistador no fueron obstáculos para que este fundador de la “ciudad madre de ciudades” buscase en la lectura un refugio a sus preocupaciones y pesares, y formase la primera biblioteca asuncena de que hacen memoria los historiadores. Escribió también, Salazar y Espinosa, algunos romances, con los que engarzó “cierta cadena de amor” de que hablan crónicas antiguas.

Al dictar su testamento, en 1557 – documento éste que permaneció ignorado durante tres siglos en el Archivo Nacional de la Asunción –, el famoso conquistador dejó a sus hijos para que “partan hermanablemente entre sy los libros de Romance y de mano de lectura que yo tengo escribto”. Legó también a su mujer, “para su consolación”, un Flos Sanctorum y las Epístolas de San Gerónimo.(3) Hasta hoy nada se tiene averiguado de los aludidos romances.

JUAN DE SALAZAR Y ESPINOSA era castellano, burgalés, nacido en Medina de Pomar, en 1508. Vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. Fue capitán del galeón Anunciada. Fundó la histórica “casa fuerte” a que ya hicimos referencia. Acompañó al adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su espectacular derrocamiento, y con éste regresó a Europa. En prueba de su lealtad, Carlos V le concedió un escudo, diciéndole, en cédula real: “Vos poblásteis la ciudad de la Asunción y por eso tendrá por arma vuestro escudo una torre de oro.” Regresó al Paraguay, ya casado con Isabel de Contreras, y aquí, reanudada su amistad con Irala, se le nombró tesorero real.

El fundador de la Asunción falleció en dicha ciudad, pobre, casi desvalido, el 11 de febrero de 1560.(4)

He aquí un fragmento de la famosa carta de Salazar dirigida al Consejo Real de Indias: “Asumpcion, 20 de Marzo de 1556. Muy poderosos señores: De Santos y San Biçeynte scriví postreramente con Françisco Gambarrota, genoues, que venía del Paraguay para yr á ese Consejo Real de Yndias, y con él enbié çierto metal que me enbiaron del Paraná para muestra. Visto que de Portogal no venia el despacho para nos dexar yr al Paraguay, y tan malas esperanças de nuestro remedio, y la neçesidad de cada día mayor y muchas molestias que no se podían sufrir, traté con el Çiprian de Goes, hijo de Luis de Goes, que avia poco era venido de Portugal á estar en vn yngenio del padre, que nos viniesemos al Paraguay, por dél entendí tener voluntad de lo hazer. Y así lo hezimos, con una dozena de soldados que comigo estaun y otros seis portogeses que salieron con Çiprian de Goes; y asi, truxo la muger y yo a Ysabel de Contreras, con quien me casé, y dos hijas suyas, y otras tres mugeres casadas…” (5)

Sigue cronológicamente al “capitán poeta” – cuya obra literaria probó Viriato Díaz Pérez – en sus veleidades literarias, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, un clérigo, natural de Placencia, en la provincia de Cáceres, España. Su nombre era Luis de Miranda de Villafañe y cultivaba el romance, género preferido en América, por aquel tiempo, para narrarse los sucesos de la conquista. Este clérigo poeta era hijo de Antonio de Miranda y de Catalina Álvarez de Villafañe. Vino al Nuevo Mundo también en la expedición de Pedro de Mendoza y fue actor en la fundación de la primitiva Buenos Aires, en donde ofició la primera misa. “Su nombre aparece mezclado en los iniciales disturbios de la colonia.” Fue protagonista de un incidente escandaloso con Diego de Leyes, en 1536, en aquella ciudad recién levantada, a causa de una “mujer enamorada”. Abandonó dicha población en 1541. En 1544 pretendió incendiar algunas casas de la naciente Asunción, afanoso de libertar a su amigo, el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en 1545, regresaría preso a España a bordo de la primera carabela botada al agua en esta parte de América, y que se llamaba Comuneros. (6) Esta carabela fue construida por orden del mismo Alvar Núñez. Duraron los trabajos desde 1542 hasta 1545, y el constructor fue Hernando Baez, “maestro de hacer navíos”. (7)

El aludido propósito delictuoso atribuido a Miranda de Villafañe, descubierto por las autoridades asuncenas, valióle ocho meses de prisión. Éstos y otros parecidos sucesos diéronle fama de “hombre de muy poco sosiego”.

Luis de Miraada de Villafañe escribió los versos a que nos hemos referido, durante su estada en la futura capital del Paraguay. Romance Indiano llamólos Ricardo Rojas; Coplas los denominan otros autores americanos. Dichos versos hállanse, en manuscrito, al final de un expediente del año 1569, existente en el Archivo General de Indias e intitulado Relación de los españoles que residen en el Río de la Plata procedentes de las expediciones de Mendoza, Cabeza de Vaca y otros. (8) Son “octosílabos de pie quebrado y aunque menos correctos y menos cortesanos, los versos de Miranda tienen el sabor de las famosas coplas de Manrique”. Relátanse en ellos el drama del hambre y los padeceres de los habitantes de la originaria Buenos Aires, así como otros sucesos de la conquista.

Hélos aquí:

Año de mil quinientos

que de veinte se decía

cuando fué la gran porfía

en Castilla,

sin quedar ciudad ni villa,

que a todos inficionó,

por los malos, digo yo,

comuneros:

que los buenos caballeros

quedaron tan señalados,

afinados y acendrados,

como el oro:

Semejante al mal que lloro,

cual fué la comunidad

tuvimos otra, en verdad

subsecuente

en las partes del Poniente,

el Río de la Plata,

conquista la más ingrata

a su señor;

desleal y sin temor,

enemiga del marido,

que manceba siempre ha sido

que no alabo.

Cual los principios el cabo

aquesto ha tenido cierto,

que seis maridos ha muerto

la señora;

y comenzó la traidora

tan a ciegas y siniestra

que luego mató al maestre

que venía.

Juan de Osorio se decía

el valiente capitán,

fueron Ayolas, Luján,

y Medrano,

Salazar por cuya mano

tanto mal nos sucedió.

Dios haya quién los mandó

tan sin tiento,

tan sin ley ni fundamentos,

con tan sobrado temor,

con tanta envidia y rencor

y cobardía.

Todo fue de mal en mal

en punto desde aquel día,

la gente y el general

y capitanes.

Trabajos, hambres y afanes

nunca nos faltó en la tierra

y así nos hizo la guerra

la cruel.

Frontera de San Gabriel,

a do se fizo el asiento:

allí fué el enterramiento

del armada.

Jamás fué cosa pensada,

y cuando no nos catamos

de dos mil aún no quedamos

en doscientos.

Por los malos tratamientos

muchos buenos acabaron,

y otros los indios mataron

en un punto.

Lo que más que aquesto junto

nos causó ruina tamaña

fue la hambre más extraña

que se vió;

la ración que allí se dió,

de farina y de bizcocho,

fueron seis onzas u ocho

mal pesadas.

Las viandas más usadas

eran cardos y raíces,

y a hallarlos no eran felices

todas veces.

El estiércol y las heces,

que algunos no digerían,

muchos tristes los comían

que era espanto;

allegó la cosa a tanto,

que, como en Jerusalén,

la carne de hombre también

la comieron.

Las cosas que allí se vieron

no se han visto en escritura:

¡comer la propia asadura

de su hermano!

¡Oh juicio soberano

que notó nuestra avaricia

y vió la recta justicia

que allí obraste!

A todos nos derribaste

la soberbia, por tal modo,

que era nuestra casa y lodo,

todo uno.

Pocos fueron o ninguno

que no se viese citado,

sentenciado y emplazado

de la muerte:

más tullido el que más fuerte;

el más sabio, el más perdido;

el más valiente, caído

y hambriento.

Almas puestas en tormento

era vernos, cierto, a todos

de mil manera y modos

ya penando;

unos continuo llorando,

por las calles derribados;

otros lamentando echados

tras los fuegos;

del humo y cenizas ciegos,

y flacos, descoloridos;

otros desfallecidos,

tartamudos.

Otros del todo ya mudos,

que el huelgo echar no podían

ansí los tristes corrían

rabiando.

Los que quedaban, gritando

decían: Nuestro general

ha causado aqueste mal,

que no ha sabido

gobernarse, y ha venido

aquesta necesidad.

Causa fué su enfermedad,

que si tuviera

más fuerzas y más pudiera,

no nos viéramos a puntos

de vernos así trasuntos

a la muerte.

Mudemos tan triste suerte

dando Dios un buen marido,

sabio, fuerte y atrevido

a la viuda.

Existe una carta de Miranda de Villafañe dirigida al rey desde la cárcel de la Asunción, el 25 de marzo de 1545. Se cree que regresó después a España y que retornó posteriormente al Paraguay, pues, en 1570, residía en estas regiones, según se desprende de otro documento, fechado aquel año y también en la Asunción, en el que el arcediano Martín del Barco Centenera le recomendaba al Consejo de Indias para la provisión de cargos como “docto y de buena vida y mucho servicio en la tierra”. Es la última noticia que se tiene de “su vida desasosegada”.

Antes de pasar adelante, conviene recordar que una antiquísima tradición de los guaraníes hace memoria de la existencia de un poeta o ñe’e-êpapara, en la lengua vernácula. Llamábase Etiguará.

Durante el período de la conquista española, en los tiempos de la catequización del indio guaraní, parece que existió otro poeta del mismo nombre. Para Narciso R. Colmán, en realidad, éste es el mismo del que se ocupa la antañona noticia. “Cierta tradición recuerda – dice Colmán – que en épocas remotísimas existía un bardo guaraní con el título de Etiguará. Sus obras poéticas, sin embargo, aún permanecen en los misterios de algún jeroglífico. En época de la conquista vimos aparecer en escena a otro Etiguará, sometido a la religión cristiana, pero nos inclinamos a creer que no se trata sino del mismo Etiguará de la antigua leyenda, cantor de la naturaleza del reino de Tupã, convertido en cristiano, según el autor, el padre jesuita José Guevara, que hace alusión de este personaje guaraní en los siguientes términos: “Aquel gran padre de misericordia y celador eterno de la salvación de las almas, levantó años atrás un indio guaraní de nombre Etiguará, de la ceguedad del gentilismo a la inefable luz de su conocimiento, instruyéndole de los divinos misterios y preceptos del decálogo. Dotóle misericordioso del don de profecía y de apostólico celo, para anunciar a los paisanos el camino del cielo y como precursor suyo empezar a correr el terreno anunciando las verdades que Dios, sin intervención del maestro, le enseñaba. Decíale cómo era enviado del Altísimo para preparar los caminos a sus verdaderos ministros, que presto llegarían a sus tierras los profesores de aquella fe, que sus mayores recibieron de Paí Zumê, y aquellos varones celestiales, hermanos suyos propagadores de su doctrina, que tantos años hace esperaban en fe de la palabra que le dejó empeñada. Exhortaba a que recibiesen con amor a los cristianos y a los predicadores evangélicos, que no tuvieron más que una mujer y que no se mezclasen entre sí los parientes. Ordenó cantares en su lengua, cuyo contenido era la observancia de los divinos preceptos.” (9)

Además del romance indio de Miranda de Villafañe, conócense otros, recogidos por obra de la casualidad. En 1910, Ciro Bayo, escritor español contemporáneo, autor del Romancerillo del Plata y de Los Césares de la Patagonia, fallecido en 1942, descubrió de boca de un capataz paraguayo, en una estancia de Tapalqué, un romance antiquísimo en el que se relata la muerte de Ñufrio de Chávez, “la flecha humana”, que diría Manuel Domínguez. El romance a que nos referimos, según lo afirma J. Natalicio González, aún suele escucharse en la región guaireña. Es este que se transcribe a continuación:

ROMANCE DE DON NUÑO

El conde don Nuño

madrugando está

porque a su casita

quiere ya llegar.

Al Perú se fué

dos años hará;

del Perú ya es vuelto

aquí al Paraguay.

Plata y oro trae

y perlas del mar,

diez pares de ovejas,

de cabros un par.

Las ovejas balan,

balan sin cesar.

Pregunta don Nuño:

– ¿Por qué balarán?

Llévenlas al río

quizá sed tendrán.

Las ovejas balan,

balan sin cesar.

Pregunta don Núño:

– ¿Por qué balarán?

Llévenlas al pasto

quizá hambre tendrán.

Las ovejas balan,

balan sin cesar,

– Vayan, soldaditos,

échenmelas sal.

– No puede ser esto,

señor capitán,

que ladran los perros

en el palmeral.

Don Ñuño y los suyos

acuden allá;

los indios los matan;

murió el capitán.

Tristes las ovejas

balan sin cesar. (10)

También se debe a Ciro Bayo este otro romance centenario que “contiene la versión teatina del civilizador guaraní que enseñó a la raza las virtudes de las plantas. En los versos finales se incurre en la adaptación de un mito Kechua: Santo Tomás se aleja sobre las aguas del Paraguay, en idéntica forma que Huirakhocha, que se perdió en el poniente, caminando sobre las olas del Pacífico como si transitara un claro camino de cristal”:

SANTO TOMÁS EN EL PARAGUAY

Santo Tomé iba un día

orillas del Paraguay,

aprendiendo el guaraní

para poder predicar.

Los jaguares y los pumas

no le hacían ningún mal,

ni los jejenes y avispas

ni la serpiente coral.

Las chontas y motacúes

palmito y sombra le dan;

el abejón le convida

a catar de su panal.

Santo Tomé los bendice

y bendice al Paraguay;

ya los indios guaraníes

le proclaman capitán.

Santo Tomé les responde:

– “Os tengo que abandonar

porque Cristo me ha mandado

otras tierras visitar.

En recuerdo de mi estada

una merced os he de dar,

que es la yerba paraguaya

que por mí bendita está.”

Santo Tomé entró en el río,

y en peana de cristal

las aguas se lo llevaron

a las llanuras del mar.

Los indios, de su partida,

no se pueden consolar,

y a Dios siempre están pidiendo

que vuelva Santo Tomé. (11)

Explícase que el romance haya venido de preferencia a estas tierras con los conquistadores españoles. En 1524, fecha en que se descubrió el Paraguay, y en 1537, tiempo en que se echaron las bases fundamentales de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, comenzaba a brillar el oro mas puro de las letras en la España del siglo XVI. Y eran aquellos días iniciales de grandezas, cuando el descubrimiento de América daba nuevos motivos a las narraciones de hechos estupendos, época también de romances populares y semipopulares. Se recordaban sucesos de remotos pasados, reviviendo las virtudes de antaño en los paladines de hogaño. La guerra de Granada fue uno de los motivos salientes de aquel período espléndido del españolismo. “Ningún caballero, dice Andrés Navagero, relatando su viaje a Granada en 1526, dejaba de tener su dama. Las damas asistían a todos los lances de la guerra, y con sus manos daban las armas a los que iban a combatir, los entusiasmaban con buenas palabras y les pedían que demostrasen su amor con proezas… Puede decirse que fue el amor quien venció en esta guerra.” (12) Los romances fronterizos, de los que dice Ramón Menéndez Pidal que eran “poemitas nacidos en medio de la guerra, relatos históricos, cuadros brillantes y concisos, instantáneas tomadas por los combatientes, vibrantes diálogos que más bien parecen oídos que contados, pinturas rápidas que parecen vistas más bien que descriptas”, (13) continuaban en labios del pueblo “cantando a su modo la peripecia de la campaña”. Es el más antiguo del período a que nos referimos el de la Pérdida de Alhama, traducida al inglés por Lord Byron:

Paseábase el rey moro

por la ciudad de Granada,

desde la puerta de Elvira

hasta la de Vivarrambla.

“¡Ay de mi Alhama!”

Para Ginés Pérez de Hita, autor español del siglo XVI, natural, según unos, de Murcia, y, según otros, de Mula, e1 Romance de la pérdida de Alhama es de origen arábigo o granadino, “cuyo autor de vista fue Habem Amin, natural de Granada”. (14) Este Ginés Pérez de Hita dejó tres obras, entre las que se cuenta Las guerras civiles de Granada, que consta de dos partes. Para Salcedo Ruiz este libro “es una de las más encantadoras relaciones que posee ninguna literatura”. (15) Se cuenta que Walter Scott se tomó el trabajo de aprender el castellano para leer el libro de Pérez de Hita, y es el norteamericano Washington Irving quien poéticamente escribe que, desde su primera juventud, desde el día en que a orillas del Hudson puso por primera vez sus ojos sobre las páginas de Las guerras civiles de Granada, ha sido esta ciudad el argumento de sus ensueños y, frecuentemente, ha paseado con la imaginación por las románticas galerías de la Alhambra.

Otro romance de aquellos tiempos es el de Boabdil, preso en la batalla de Lucena, el 21 de abril de 1483:

Por esa puerta de Elvira

Sale muy gran cabalgada.

¡Cuanto del hidalgo moro!

Es la salida del rey Chico de Granada.

El romance del sitio de Baza, también de aquella época, “tiene grandeza épica”, y se ha conservado por la música:

Sobre Baza estaba el rey,

Lunes después de yantar,

miraba las ricas tiendas

que estaban en el real.

El romance al maestre de Calatrava, muerto en Loja, el 5 de julio de 1482:

¡Ay Dios que b»en caballero

el maestre de Calatrava…!

Y aquel otro que decía:

Con su brazo arremangado

arrojará la su lanza…

Y, finalmente, el romance en que se le atribuye a Garcilazo de la Vega la matanza del moro “que llevaba arrastrado de la cola de su caballo el rótulo del Ave María”.

Estas y otras más que inundaban España en la época inicial de la conquista del nuevo mundo, explican cómo y por qué el romance anidó, quizás el primero, en estas regiones desfloradas por la planta audaz y dura del conquistador.

La copla llegó también a tierras americanas con los navegantes que la descubrieron y conquistaron.

La oposición tenaz contra el rey Enrique IV, en España, monarca débil y vicioso, profundamente repudiado por su pueblo, dio origen a la sátira política.

Corresponden, sin embargo, a la época del reinado de su antecesor, Juan II, las Coplas de ¡ay, panadera! – atribuidas a Juan de Mena, poeta nacido en Córdoba, en 1411. Pero recuérdase que fue Gómez Manríque, grave y circunspecto, quien censuró a Enrique IV, con su Exclamación o querella de la gobernación, popularmente conocida con el nombre de Coplas al mal gobierno de Toledo:

Todos los sabios dixeron

Que las cosas mal regidas

Cuanto más alto subieron

Mayores dieron caydas.

Por esta causa reselo

que mi pueblo com sus calles

Avrá de venir al suelo

por falta de governalles.

Las Coplas de Mingo Revulgo, atribuidas por el padre Juan de Mariana a Hernando del Pulgar, historiador y versificador español del siglo XV, nacido en Pulgar, en la vecindad de Toledo, secretario de Enrique IV y cronista de Isabel en 1482, fueron también popularísimos en aquel tiempo:

Andase tras los zagales

Por esos andurriales

Todo el día embebecido.

Y las Coplas del Provincial, escritas por varios, exuberantes de procacidad y malicia:

Vos, doña Isabel de Estrada,

Declaradme sin contienda,

Pues tenéis abierta tienda,

¿A cómo pagan la entrada?.

En la época de los Reyes Católicos, la copla seguía corriendo por los caminos de España…

¡Ay, Sierra Bermeja,

Por mi mal os ví

que el bien que tenía

con tí los perdí!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mis ojos cegaron

De mucho llorar

Cuando lo mataron

Aquel d’ Aguilar.

Estos versos son posteriores al 18 de mayo de 1501, fecha en que fue muerto por los moros, en Sierra Bermeja, el hermano del capitán Diego de Aguilar.

Pero ya no era la copla, en esta época, solamente la que clavaba su aguijón. Además de éllas, las habían elogiosas, amables, llenas de sal, como las andaluzas, que ahora son clásicas. Las coplas a la muerte de su padre, el maestre de Santiago, de Jorge Manrique, eran popularísimas en la madre patria en el siglo XV. Han llegado hasta nosotros como un perfume del pretérito:

Recuerde el alma dormida,

Avive el seso y despierte

Contemplando

Cómo se pasa la vida,

Cómo se viene la muerte

Tan callando!

Cuan presto se va el placer,

Cómo después de acordado

Da dolor;

Cómo a nuestro parecer

Cualquiera tiempo pasado

Fue mejor.

Así como los romances épicos, derivados de los cantares de gesta, que comprenden los primitivos, son anteriores al siglo XV, caracterizan a éste los denominados juglarescos. Son todos ellos – dice un autor – tradicionales, históricos, populares y anónimos. (16)

Y son, precisamente, los romances juglarescos los traídos con preferencia por los conquistadores españoles a las vírgenes e ignotas regiones paraguayas, en los años medianeros del siglo XVI. Y aquí reflorecieron, abonados por la añoranza, estimulados por los sentimientos, atizados, quizás, los más, por el hechizo de la joven india, pensativa y taciturna, o por las rivalidades amorosas; inspirados, los otros, por la pasión política o por las rencillas localistas.

Simultáneamente con el romance y la copla nació la narración epistolar en tierras guaraníes. Es el origen de la prosa criolla. En cartas dirigidas a España y en las cambiadas entre los mismos conquistadores, en las que se hacían descripciones de lo visto y vivido en los primeros días de la conquista, se halla también el mojón inicial de la Historia en las letras paraguayas.

No podemos afirmar, a este respecto, con Margarita Nelken, que el “género epistolar solo a los archivos interesa, cual por ejemplo la famosa carta que doña Isabel de Guevara, desde Asunción del Paraguay, y con fecha 2 de julio de 1556, dirigió a la princesa gobernadora doña Juana”. (17) Y no podemos hacerlo porque, contrariamente a lo creído por la autora de La condición social de la mujer en España, es innegable que la prosa tuvo su origen en América y, especialmente, en el Paraguay, en las primeras narraciones que de sus andanzas hicieron en misivas los hombres y mujeres venidos de España a estas comarcas. En dichas cartas, no solamente ha de observarse el lugar de su redacción para llamarlas paraguayas. Ellas trasuntan las primigenias emociones, los prístinos sentimientos y sensaciones vividos en estas tierras; contienen descripciones de hechos acaecidos en el Paraguay y de lugares situados en estas latitudes, y llevan también las primeras palabras del idioma guaraní, desconocido y difícil, pero destinado, en el correr del tiempo, a enriquecer el léxico español. Ya se hablaban en aquellas epístolas de Lambaré y Caracará, Paraná-y y Paragua-y. Y, así, llevando y trayendo palabras nuevas, descubriendo hazañas, grandiosas o pequeñas, y teatros ignotos, relatando aventuras y plañendo añoranzas, en cada una de ellas iba plasmándose la prosa paraguaya, la prosa criolla, con sus modismos propios, la que, si bien en esencia es la castellana, trasplantada a esta zona tropical, reverdeció con frescura de fontana y elegancia insospechada.

La oratoria también hubo de tener su origen, en las palabras del conquistador y del misionero, dirigidas a indios y españoles, ya sea desde la tribuna levantada en cualquier campichuelo disponible, en las márgenes del río Paraguay, o en el púlpito improvisado, de madera tosca, erigido bajo el rústico techo que cobijó, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el emblema sacrosanto del cristianismo, techo alzado por el propio fundador de la ciudad que después habría de ser el “amparo y reparo de la conquista”.

Solo en el correr de los años pudo haber aparecido el teatro. Para que este género tuviese ambiente era menester contar con intérpretes y, sobre todo, con un público capaz de comprender. Para ello necesario era el conocimiento siquiera somero del idioma. Y este conocimiento hubo de adquirirse mediante la enseñanza asaz paciente y muy posterior al tiempo prudencial requerido para dominar al indio, desconfiado y rebelde. Después, y mucho después de su sometimiento pudo haber venido el aprendizaje del español por los unos y del guaraní por los otros.

Sabidas son, por otra parte, las actividades del Cabildo de la Asunción y la de los sacerdotes para asentar las bases del teatro en estas zonas del Paraguay. Hasta el siglo XV, época del descubrimiento de América, el teatro español era aún embrionario. Las representaciones que primitivamente se denominaban autos sacramentales o misterios y farsas, y que emergieron de las ceremonias religiosas y de las fiestas burlescas que se realizaban en los templos, fueron superadas, al iniciarse el siglo XVI, por Juan del Encina. Vése, pues, que hasta ese período el teatro era arte casi privativo de los religiosos. Y fueron éstos quienes lo iniciaron en el Paraguay como fueron ellos quienes comenzaron a enseñar a los aborígenes, con jobiana paciencia, los rudimentos del saber humano. Julio Caillet Bois, en un trabajo que intituló El Teatro en la Asunción a mediados del siglo XVI, y que se publicó en la Revista de Filosofía Hispánica, correspondiente al primer trimestre de 1942, expresa que el Memorial del padre Francisco González Paniagua sobre los sucesos del Río de la Plata desde la llegada del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca a la isla de Santa Catalina hasta la prisión y procesamiento del mismo, documento publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, proporciona curiosos datos referentes a la representación de una Farsa en la Asunción, a mediados del siglo XVI. Extrae de dicho Memorial, el siguiente párrafo: “Después de la prisión del governador (Alvar Núñez Cabeza de Vaca) el dicho Juan Gabriel de Lezcano, clérigo, compuso una farsa y él mismo la ayudó a representar tomando hábito de un pastor, día de Corpus Xrispti, delante del Santísimo Sacramento, la qual fue otro segundo libelo contra el governador llamándolo loco rrebaco e yupuniéndole otras cosas que aunque mas ocultas, yvan forjadas debajo de muy grandes malicias. Al fin fue tal la farsa que aquí, entre los que estaban libres de pasyón, fue mayor la ynfamia del Reverendo Padre que el servicio que hizo al Santísimo Sacramento.”

Alvar Núñez Cabeza de Vaca quedó apresado el 25 de abril de 1544. Este año marca, pues, la fecha de dicha antiquísima farsa que, según se comprueba, fue escrita y representada en la Asunción. No hay memoria, que sepamos, de otra presentación escénica anterior.

¿Quién era el padre Juan Gabriel Lezcano o Lazcano, como se escribía su apellido? En la Memoria del escribano Pero Hernández, cítase a “Juan Gabriel Lezcano, vecino de Valladolid, e Francisco de Andrade, portugués, e Martín González Fouseca, vecino de Canaria, clérigos”, quienes dieron su aprobación al apresamiento del Alvar Núñez, porque los corregía el Gobernador e hacía vivir honestamente… Sábese, además, que el padre Lezcano fue designado por Domingo Martínez de Irala, el 10 de junio de 1540, capellán de la iglesia, y que “el 26 de junio de 1543 fue nombrado cura de Asunción, junto con el P. Andrade, que era como nuestro autor, capellán de la iglesia”. (18)

En la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la “Colección de copias de documentos del Archivo General de Indias”, hállanse otros datos referentes al padre Lezcano. Así, por ejemplo, la evacuación de una consulta de Alvar Núñez, el 28 de mayo e 1543; la información testificada sobre el gobierno del mismo, en la que se le cita, así como en la acusación contra el adelantado, en 1544. Juan de Salazar y Espinosa, al vengarse del nombrado sacerdote expresa: “Se dezía publicamente aver dado pareser e consejo en su prisión”, que oyó decir “que venía con ciertos soldados a la dicha prisión” y que escuchó de Lezcano “palabras feas en contra el dicho gobernador e mostrar aver holgado en su prisión”. (19)

Sábese también que el padre Lezcano integró la junta de oficiales reales y clérigos constituida por el citado capitán Juan de Salazar y Espinosa, el 14 de marzo de 1544, con el propósito de “resolver las medidas que convenía adoptar para defenderse de los indígenas”; que fue “enviado por Irala con un requerimiento a los indios agaces, que continuaban en su hostilidad, el 1º de junio e 1545”; y que “volvió portador de las condiciones de paz que ofrecían los indígenas, pero no pudo ir en la nueva embajada que marchaba a darle satisfacción, por las obligaciones de su iglesia”.

Ricardo Lafuente Machaín, en su trabajo sobre El gobernador Domingo Martínez de Irala, cita al padre Lezcano, recordando su intervención en el conflicto suscitado entre el gobernador Francisco de Mendoza, lugarteniente de Irala, y Diego de Abreu, que encabezaba a los leales. Martín del Barco Centenera lo llama malvado repetidas veces al reverendo padre y lo inculpa del fraude cometido en la elección del nombrado Francisco de Mendoza.

En el año 1556 ya no vivía en la Asunción. Su nombre no se registra en la Memoria de la gente quel dia de oy se tiene por ser y son bibos en las Provincias de los Ríos de la Plata, Paraguay y Paraná, redactada aquel año. (20) Supónese que regresó a Valladolid.

Otro dato importante que contiene el citado trabajo de Julio Caillet Bois es el extraído de la Memoria de Pero Hernández, del 28 de enero de 1545. En su párrafo veinte y seis dice que trae la noticia “de otra representación dramática del mismo tipo, que no es seguro sea la mencionada anteriormente”. Refiérese, extensamente, al número de mancebas que poseía Irala y a la manera cómo perseguía por celos a los vecinos de la Asunción. Luego dice: “Porque Gregorio… en una farsa le reprehendió el dicho vicio a él e Alonso de Cabrera e García Venegas estando haciendo centinela junto a su casa, les mandó dar de palos e se los dieron Estevan de Vallejos e Pedro Méndez.”

También el arcediano Martín del Barco Centenera en su Argentina y conquista del Río de la Plata, “después de referir, sumariamente, la prisión de Alvar Núñez, el gobierno de Irala y la consiguiente desgracia de los leales partidarios del Gobernador despuesto”, dice en su canto V:

A tal punto llegó el atrevimiento

del vando de Yrala, que casando

Su hija con Vergara por contento

Y plazer, “un soldado suspirando

En una farsa sale descontento

Y roto, y pobre, y otro preguntando

Y el responde, diziendole, ¿quién era?

De los leales soy, que no deuiera

¿Que de los leales sois? – le dize luego.

Mirad, pues, bien el pago que sacado

Aqueis de esta contienda y triste juego

Que tan contra razón aueis jugado,

Hermano, por ventura estáis ciego,

¿Qué no véis que andáis de pie quebrado?

El triste del leal dize temblando:

Hermano, lo que si que estás penado” (21)

“Esta representación – dice Caillet Bois – debe fecharse después del regreso de Irala a la Asunción, es decir, a principios de 1551. No se trata en este caso de una farsa sacramental de Corpus, ya que el mismo arcediano nos informa que se representó con motivo de las bodas de doña Martina de Irala con don Francisco Ortíz de Vergara. Debe señalarse la circunstancia, porque muestra que aún la comuna pobre y guerrera celebraba acontecimientos oficiales y no religiosos y permite suponer una abundante obra dramática perdida.” (22)

La verdad es, pues, que las más antiguas representaciones teatrales realizadas en Asunción fueron autos sacramentales, misterios y farsas religiosos semejantes a las piezas llevadas a la escena en los templos de la España lejana. Tiempo después, ese género salió de los dominios conventuales para transformarse en un motivo de fiestas paganas.

Información interesante también es la que se refiere al jesuita Alfonso de Barzana, provincial de la Compañía, poligloto y poeta, de quien nos ocupamos más adelante, autor de algunos pasos de comedia y de cantos sagrados para los niños y los indígenas.

Refiriéndose al teatro colonial, un autor escribe: “Las primeras representaciones revelan la importancia del aporte indígena, que se mezcla de íntima manera con lo que se podía adaptar del teatro español de la época. El influjo europeo se admite, ante todo, en el abandono de las tradiciones guaraníticas como argumento del drama. Esta orientación del naciente teatro paraguayo tuvo su origen en razones de índole política: exaltar las glorias de la raza dominada, fomentar su orgullo, era peligrar la estabilidad de la colonia, exponiéndola a las subversiones libertadoras.” (23)

Es posible que algo de todo eso haya habido; empero, mas que tales razones, creemos que existen otras, como el desconocimiento de la lengua autóctona – repetimos – por quienes preparaban obras teatrales, así como la ignorancia de las tradiciones guaraníes. No ha de olvidarse que, aún en nuestros días, el idioma guaraní, tan rico en matices, tan flexible y dulce, no se deja dominar muy fácilmente, y, por el contrario, es tema que apasiona en los laberintos filológicos y casi un misterio en sus reconditeces para el investigador científico. En cuanto a las tradiciones indígenas se hallan todavía, a cuatro siglos de distancia del descubrimiento del Paraguay, ocultas, en gran parte, en la sombra de lo desconocido.

Por los documentos que pueden hallarse, ya sea en los archivos de Buenos Aires, Río de Janeiro o la Asunción, se sabe que desde fines del siglo XVI, los cabildos costeaban las representaciones escénicas, que ellas tenían lugar al aire libre y que atraían numeroso concurso de espectadores.

La canonización de San Ignacio de Loyola, en 1622, dio origen a una de estas exhibiciones. Bajo la dirección del misionero Roque González de Santa Cruz, más de cien niños se iniciaron, como protagonistas de la escena. Formaban dos bandos: uno de cristianos y otro de infieles. “Simularon una batalla, dice la crónica; los idólatras iban adornados de ricos plumajes y armados con arco y macana; los cristianos peleaban con una cruz. La música regulaba los movimientos de los infantiles ejercicios. Era de ver cómo éstos se juntaban o separaban, dividían el campo en dos partes iguales o simulaban acometidas. Pasado algún tiempo, la batalla se declaró en favor de los cristianos, quienes llevaron a los vencidos, hechos prisioneros, delante del gobernador eclesiástico, primero, y luego del civil. Estos se echaron en el suelo, pero alegremente, cual convenía a cautivos voluntarios, saltando de cuando en cuando.”

La Compañía de Jesús era, aparte del Cabildo, la animadora más entusiasta de las representaciones teatrales en el siglo XVII. En 1634 esta compañía de religiosos celebró el centenario de su fundación, ocurrida en la iglesia de Montmartre, en París. Bien es cierto que su bautismo, con el nombre de Compañía de Jesús que aún conserva, se realizó, años después de su creación, en 1537, el mismo, casualmente, de la erección de Nuestra Señora Santa María de la Asunción.

El primer centenario jesuita a que nos referimos dio lugar a grandes festividades en el Paraguay. En los diversos pueblos misioneros se levantaron arcos triunfales y grandes tablados y hubo discursos en latín y en guaraní. La muchedumbre, enardecida por los juegos, aplaudía frenéticamente “las danzas y los ejercicios de palestras”. “Soldados que llevaban en su escudo una de las letras que componen el nombre de Ignacio, bailaban formando con ellas diversos anagramas.”

El padre Nicolás del Techo, en su Historia de La Provincia del Paraguay y de la Compañía de Jesús, narra una de las más suntuosas fiestas realizadas en la ocasión aludida. Es la celebrada en la reducción de Encarnación, en el Guairá. “Salió de improviso un gigante llamado Policronio – escribe el padre Techo –, vestido de colores, con larga barba y cabellera blanca; significaba el centenario de la Compañía de Jesús y llevaba cien niños pintados; éstos eran los diferentes cargos de la Compañía; con armonioso canto celebraron las alabanzas de Policronio; la escena tenía lugar en un paseo de la población; mas adelante había un rebaño de cien bueyes; después cien arcos de triunfo con emblemas que estaban en el camino de la iglesia; a la puerta de ésta se ofrecieron cien panes; en el altar mayor lucían cien velas.”

“Se trataba de una fiesta más pagana que religiosa – dice J. Natalicio González –, en la que las reminiscencias místicas se mezclaban sacrílegamente con las miserias humanas. El monstruoso orgullo jesuítico se manifestó en toda su crudeza en la parte final de la pantomima. La Compañía, simbolizada por una mujer vestida de blanco, apareció en lo alto de un carro de triunfo; descansaban a sus pies seis mansos monstruos; pontífices, reyes, emperadores y ángeles se precipitaban a su paso para brindarles sus aplausos, y finalmente apareció Jesús, seguido de su madre, para acogerla y glorificarla, a los ojos de los indios asombrados que no salían de su estupefacción al ver al propio Dios de los blancos, rindiendo homenaje a los hijos de Loyola.” (24)

El proceso evolutivo del teatro vernáculo exigió el concurso de la danza. El movimiento rítmico, al compás de música primitiva, daba mayor movilidad a las escenas y contribuía a despertar el interés de españoles, aborígenes y mestizos. Así llegó a transformarse en vasto espectáculo coreográfico. “Se trataba de lo que en el siglo XVII se llamó danza de cuenta, es decir, bailes que simbolizaban hechos guerreros o religiosos.” He aquí someramente expuestos el origen del teatro paraguayo.

II

LOS PRIMEROS GOBIERNOS COLONIALES

Conviene conocer el panorama político y social del Paraguay del siglo XVI. Bien es sabida la historia de su descubrimiento. A ella nos hemos referido, evocando, en páginas anteriores, e1 viaje del lusitano Alejo García, quien partió de las costas del Brasil, cruzó el río Paraná y se internó, en el año 1524, en las regiones propiamente guaraníes. Sábese también la suerte corrida por el antiguo náufrago de Santa Catalina. A su regreso del Chaco, los indios dieron fin a su existencia en los montes aledaños del lugar en que, años después, se fundaría San Pedro de Ycuámandyyú.

Posteriormente, el 3 de abril de 1526, Sebastián Gaboto o Caboto o Cabot, de nacionalidad italiana, nacido en Venecia, en 1474, y muerto en Londres en 1557, embarcóse en Sanlúcar con rumbo al occidente. Llegó, luego de muchas incidencias, al Río de la Plata, lo remontó, fundó Sancti Spíritu, en la desembocadura del Carcarañá y, en el decurso de 1527, entró en las aguas del río Paraguay y arribó hasta la boca del Ypytá. Dejó en Sancti Spíritu ciento diez hombres al mando de Nuño de Lara, y regresó a España. Corría, en tanto, el año 1530.

Antes de la expedición de Gaboto, el 5 de enero de 1526, de Finisterre había salido Diego García, al mando de otra expedición. Ambas topáronse a treinta leguas más abajo de la desembocadura del río Paraguay. García regresó a España con antelación a Gaboto.

En cuanto a la suerte corrida por Sancti Spíritu, ella es histórica y leyendosa. Conocida es la tragedia de sus pobladores, perecidos en manos de la tribu de Mangoré, el cacique enámorado de Lucía Miranda, amor que quiso realizarlo valido de la traición, pero que costó la vida al caudillo indígena. Fue Siripo, hermano de Mangoré quien se llevó a la mujer blanca.

Hemos recordado también, antes de ahora, el añoso suceso de la fundación de Asunción. Manuel Domínguez, en un trabajo prolijo, evocó las andanzas de Juan de Salazar y Espinoza, y probó que el fundador de la capital paraguaya fue éste y no Juan de Ayolas, como sostuvieron Blas Garay, Cecilio Báez y otros historiadores paraguayos.

La fundación de la Asunción señala el hito inicial de la civilización paraguaya. Ella simboliza el entronque de dos razas distintas, cuyo vástago es el mestizo, y el entronque de dos historias que basamenta la tradición patricia.

El primer gobernador de estas regiones fue Pedro de Mendoza, “hombre de ilustre prosapia y de cuantiosa fortuna, habida en gran parte en el saqueo de Roma”. En virtud de la capitulación celebrada con el rey de España, el 21 de mayo de 1534, partió de Sevilla, según unos, el 24 de agosto de 1535, y, según otros, de 1534. (25) Llegó al Paraná Guazú o Río de Solís; cimentó la primera Buenos Aires; navegó hacia el norte y llegó hasta Corpus Christi, fundado por Juan de Ayolas, y despachó a éste, desde dicho lugar, en busca del camino que, cruzando el continente, condujera al Perú. Meses después, Pedro de Mendoza, enfermo y desalentado, resolvió regresar a Europa. Dejó encomendado el gobierno del cual era titular, a Juan de Ayolas, su alguacil mayor, y, en su ausencia, a Francisco Ruíz Galán, y partió. Mas, no pudo llegar a España. Murió en alta mar. Y, así, el destino abrió “a su ambición inmensa la tumba también inmensa del océano”.

Juan de Ayolas remontó la corriente del río Paraguay, pasó frente al cerro del cacique Lambaré, y después de muchas peripecias y duras peleas con agaces y guaraníes, llegó hasta un lugar que llamó Candelaria; dejó allí a Domingo Martínez de Irala, y se internó hacia el poniente misterioso. El Chaco, virgen planicie, fue hollado por sus plantas de conquistador. Llegó a escalar los contrafuertes andinos, y volvió. Pero los señores autóctonos no podían tolerar tanta audacia ni coraje tanto, que castigaron su temeridad con la muerte.

Después de aguardar en Candelaria durante seis meses el regreso de Juan de Ayolas, de acuerdo con lo prometido, vióse precisado a retornar Domingo Martínez de Irala. Al llegar a la Asunción fue apresado por Ruíz Galán por haber abandonado al compañero; pero recuperó la libertad con la promesa de viajar otra vez hasta Candelaria, e iniciar la búsqueda de Ayolas.

Mientras Irala penetraba en las regiones de occidente, Ruíz Galán tornaba hacia el Río de la Plata. En este viaje se encontró con el veedor Alonso Cabrera que venía de España y traía la famosa cédula real del 12 de setiembre de 1537. En dicho documento se ordenaba que, en caso de haber muerto Ayolas, “se le eligiese sucesor y se hiciera lo mismo, siempre que la gobernación quedara vacante, hasta ser provista por S. M.”

Durante este período ocurrieron algunos sucesos de importancia. Fue abandonado Corpus Christi o fuerte de Buena Esperanza, como lo llamó Pedro de Mendoza, por la imposibilidad de defenderlo de los timbúes y caracaraes, quienes lo asediaron por largo tiempo, hasta el 3 de febrero de 1538, día consagrado a San Blas en el calendario católico. Los sitiados atribuyeron el hecho de su liberación a un milagro del santo. Díjose que se lo vio blandiendo flamígera espada cuyo brillo encegueció a los indios y les causó tanto pavor que huyeron. La tradición del milagro ha llegado hasta nosotros embellecida por la leyenda, que es el aroma de la historia. Desde aquella remotísima fecha, San Blas es el patrono del Paraguay.

Otro hecho considerable ocurrido en este período fue la despoblación de Buenos Aires. Los que allí quedaron, por decisión de Pedro de Mendoza, dejando una escasa fuerza, tomaron rumbo hacia la Asunción, entonces recién fundada por Juan de Salazar y Espinoza. Llegados a esta ciudad, topáronse con Irala, quien se hallaba de regreso de su expedición al Chaco, a donde fuera en seguimiento de Ayolas, cuya muerte comprobó. “Tratóse entonces de elegir el nuevo gobernador, al tenor de la real cédula, Irala supo manejarse de tal modo que triunfó de Galán, Cabrera y Salazar, que ambicionaban y solicitaban el cargo. Electo casi por unanimidad, Irala asumió el mando, y pronto demostró que lo merecía. Concentró en Asunción a los colonos de Buenos Aires y Luján, reducidos ya, de dos mil que fueron en un principio, a seiscientos; les distribuyó solares y les designó también para el cementerio, el templo y los conventos de franciscanos, mercedarios y jerónimos; venció a los lenguas o guaicurúes; fundó con los indios de Tapuá y de Ybyturuzú los pueblos de Areguá, Altos, Yois y Tobatí; con los del Monday, a Candelaria, Yborapariyá, Terecañy y Mbaracayú; y con los de Itatí, a Atyrá, Guarambaré e Ypané o Pitún; repartió a todos estos indios en encomiendas mitayas, llevándose muchos a la capital para que trabajasen en sus obras; impulsó eficazmente éstas; nombró los alcaldes y regidores de la ciudad; la señaló por armas las efigies de la Asunción y de San Blas, una casa fuerte y un cocotero; fortificó la población, rodeándola de estacadas y desbarató una conspiración de los guaraníes, complotados para exterminar a todos los españoles el Jueves Santo de 1539. De este hecho supo también sacar partido, pues sólo castigó a los principales conjurados y perdonó a los demás, quienes en prueba de gratitud entregaron a los españoles cuantas mujeres quisieron éstos, siendo Irala quien mas fomentaba con la palabra y con el ejemplo semejantes uniones.” (26)

Las noticias recibidas en España, animaron a Alvar Núñez Cabeza de Vaca a solicitar y obtener del rey el gobierno de estas regiones, con la condición de que si viviese Juan de Ayolas le quedase aquel subordinado, inclusive la gente que le acompañaba y los buques y pertrechos que traería en la expedición. Alvar Núñez partió de Sanlúcar el 2 de noviembre de 1540 y ancló en Santa Catalina el 29 de marzo del año siguiente.

Antes de proseguir, conviene recordar que durante el gobierno de Domingo Martínez de Irala, entre los años 1538 y 1541, fue fundada la primera escuela municipal de la Asunción.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca determinó en Santa Catalina realizar a pie el viaje a estas regiones mediterráneas. La única embarcación utilizable – pues dos de las traídas por él se habían hundido en el lugar en que desembarcó el adelantado – al mando de Felipe de Cáceres, siguió viaje hacia el sur, pero con destino al Paraguay. El nuevo gobernador que había partido de Santa Catalina el 18 de octubre de 1541, después de un penosísimo viaje, llegó a la ciudad fundada por Salazar, el 11 de marzo de 1542. Asumió el mando en seguida de su arribo, y nombró a Irala maestre de campo. Prometió desarrollar una política de benignidad humanitaria con los indios y de tolerancia con los españoles; pero algunos antecedentes concitaron la general antipatía de éstos, y la crueldad demostrada en la persecución de aquellos, presto le atrajo el vengativo rencor de guaicurúes, agaces y otros indios.

No obstante los naturales conflictos suscitados por las causas antedichas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca intentó el hallazgo del camino del Perú. Envió, a ese efecto, primeramente a Irala, el 20 de octubre de 1542. Este llegó a un puerto que llamó de los Reyes y se internó hacia occidente. Halagado por las noticias traídas por Domingo Martínez de Irala, a su regreso de la expedición exploradora, AIvar Núñez Cabeza de Vaca dispúsose a afrontar personalmente la difícil empresa. Antes de partir sostuvo un enojoso pleito con los oficiales reales a quienes mandó apresar y procesar. El 8 de septiembre de 1543 partió el gobernador hacia las regiones del noroeste, dejando en su reemplazo en la Asunción a Juan de Salazar y Espinoza. Llegó al puerto de los Reyes y luego siguió las rutas señaladas por Irala. Once jornadas fatigosas fueron cumplidas. Al finalizar esta etapa, los oficiales le impusieron el retorno. Así se hizo; mas, en el trayecto, cometió el adelantado tantas injusticias y arbitrariedades con españoles e indígenas que entró en la Asunción, “muy triste y enfermo, y tan de todos aborrecido, que por acuerdo universal le prendieron los oficiales reales, el 25 de abril y le cargaron de grillos y le depusieron”. (27) Durante su prisión es que ocurrió el famoso incendio de la Asunción. (28)

E1 día siguiente, y por acuerdo casi unánime, Domingo Martínez de Irala reasumió el cargo de gobernador. Designó a los nuevos funcionarios y ordenó la preparación de la carabela que debía de conducir a Alvar Núñez Cabeza de Vaca de vuelta a suelo europeo.

No obstante el buen gobierno de Irala, los parciales del adelantado, unidos a los de Salazar y Espinoza, en quien aquel, al embarcarse, dejó delegado el mando, iniciaron una intensa campaña de oposición contra el gobernador. Este adoptó medidas enérgicas para impedir la subversión. Apresó a Salazar y lo envió a España. También mandó arrestar a otros caudillos. La revolución estalló en el mes de febrero de 1545.

Durante este gobierno, el Papa Paulo III, erigió a catedral la iglesia de la Asunción. Fue el 1º de julio de 1547.

Además e sofocar en forma sangrienta la rebelión aludida, Irala realizó una nueva expedición hacia el Perú. Partió de la Asunción en el mes de agosto de 1548, dejando en su reemplazo a Francisco de Mendoza. Llegó hasta trescientas setenta y dos leguas de la capital del Paraguay. Allí supo que el Perú era teatro de disturbios, en los que no quiso intervenir. Envió a Nufrio de Chaves a saludar a La Gasca, a ofrecerle sus fuerzas y a pedirle confirmación en el cargo que ejercía. La Gasca, sabedor de la presencia de Irala en aquellas apartadas regiones, antes de recibir a Nufrio de Chaves, escribió a aquel ordenándole que no siguiera avanzando. Retiróse entonces Irala a la provincia de Chiquitos, magüer los deseos de sus oficiales que deseaban unirse a Pizarro. Hallándose en Chiquitos, después de una permanencia de dos meses, recibió carta de La Gasca en la que le informaba haber designado para su sucesor a Diego Centeno. Grande fue el disgusto causado entre los suyos por la inesperada noticia; mas, Irala se sobrepuso a todos, y ordenó el regreso. Arribó a San Fernando en 1549, donde esperó el retorno de Chaves. Llegado éste, informó a Irala de la muerte de Diego Centeno y otros sucesos. A Chaves habían acompañado desde el Perú cuarenta soldados que La Gasca envió para minar la autoridad de Irala. A poco de venidos, fue descubierta la trama y castigados los principales culpables.

Conocedor Irala de algunos conflictos ocurridos en la Asunción durante su ausencia, determinó finalizar la expedición. De vuelta a la sede de su gobierno, encontró en ella grande agitación. Francisco de Mendoza, creyendo que Irala había muerto, luego de un año de haber abandonado la Asunción, convocó al pueblo para elegir al sustituto. Del sufragio resultó ungido Diego de Abreu. Mas, Mendoza intentó apresarlo; empero, se le adelantó aquél. Lo condenó a muerte y la sentencia fue cumplida.

Tiempo después, Irala anunció su regreso y notificó a Abreu la nulidad de su elección. Este intentó oponerse al viajero, pero no contando con la fuerza necesaria, determinó huir, internándose en los montes del Ybyturuzú, en donde fue muerto por sus perseguidores.

Siguió a estos hechos un largo período de paz propicio a la prosecución de la conquista. Lo aprovechó el gobernador y mandó hacer algunas fundaciones. En la embocadura del río San Lorenzo, próximo a la confluencia del Uruguay y del Paraná, echáronse las bases de San Juan, en 1553. No obstante, el año siguiente se la abandonó. En la costa oriental del mismo río Paraná, a1 norte de su salto principal, fue fundado Ontiveros.

Mientras todo lo dicho se desarrollaba en el Paraguay, el rey había designado a Jaime Rasquín para su gobernador. Esta designación fue ulteriormente anulada, siendo nombrado adelantado Juan de Sanabria, el 22 de julio de 1547. Murió Sanabria sin salir de España, y en 1549, tomó su hijo, para si, las obligaciones y derechos de su difunto padre. Envió en su representación a Juan de Zalazar, “quedando él en seguirle”, promesa que no cumplió. En consecuencia de todos estos sucesos, el rey designó, en la villa de Cigales, el 25 de octubre de 1549, a Alanis de Paz como gobernador del Paraguay, el cual nunca tomó posesión de su cargo. (29)

Entre tanto, en estas comarcas la conquista había avanzado en medio de un sinnúmero de luchas y penurias. Fueron fundados varios pueblos, entre los que se cuenta Ciudad Real, a tres leguas al norte de Ontiveros.

Irala falleció en Itá, en el año 1556, y le sucedió en el gobierno Gonzalo de Mendoza, nombrado en el testamento del propio Irala, y en carácter interino. Después de vencer a los agaces que se habían sublevado, Mendoza falleció en julio de 1558. Le sustituyó Francisco Ortiz de Vergara. El hecho principal de este periodo constituye la lucha contra los guaraníes, los que fueron vencidos por los españoles, y la expedición al mando del mismo Vergara con destino a La Plata, de cuya audiencia deseaba obtener su confirmación. Al partir para aquella lejana ciudad, dejó en el gobierno de la Asunción a Juan de Ortega y en el del Guairá a Alonso Riquelme. En Chuquisaca Vergara hubo de afrontar una grave acusación fundada en la esterilidad de su viaje. Al final del pleito, perdió el mando, pues el virrey del Perú decretó su destitución. En su reemplazo fue designado, por el mismo virrey, Juan Ortiz de Zárate con el título de adelantado y con la obligación de realizar un viaje a España a fin de obtener la anuencia real. Ortíz de Zárate nombró a Felipe de Cáceres como teniente de gobernador y le ordenó que regresara a la Asunción, quien así lo hizo. En tanto, el nuevo adelantado tomó rumbo a España. Partió de Lima en 1567. Cáceres llegó a la capital del Paraguay en 1569 y en seguida tomó posesión del mando. Nombró para su segundo a Martín Suárez de Toledo.

Blas Garay relata así los sucesos ocurridos durante el gobierno a que nos referimos: “Pronto surgieron en la ciudad nuevos disturbios a consecuencia de la parte principal que tuvo Cáceres en la deposición de Vergara. Acaudillaba el Obispo el bando opuesto al gobernador; tomaron además partido en su contra los tobatines, que fueron fácilmente sometidos, y la Ciudad Real, que sostuvo en el gobierno a Melgarejo, hermano de Vergara, y se resistió a obedecer y puso preso a Alonso Riquelme, el nuevo jefe que le mandó Cáceres; la ausencia de éste, que por orden de Zárate fue a reconocer la embocadura del río de la Plata, prestó mayores bríos a sus enemigos. A su vuelta quiso castigar la rebeldía de Melgarejo; mas no lo pudo hacer, por la división de la ciudad. Apresó entonces a sus principales émulos, y volvió a bajar el río a esperar al Adelantado.

“Cuando regresó halló su prestigio mermadísimo, a tal punto, que le fue menester rodearse constantemente de una guardia de cincuenta hombres. Encausó a varios; condenó a muerte a Pedro Esquivel; prohibió las reuniones numerosas; depuso a Suárez, que se había convertido al contrario bando, y mostró en todo gran rigor, mas nada impidió que un lunes de 1572, al ir a oír misa con su escolta, 1e rodeasen ciento cincuenta españoles y después de una valerosa resistencia, abandonado de todos los suyos, menos de un extremeño, Gonzalo Altamirano, que murió de las heridas que en ella recibió, le desarmaran y prendieran, encerrándole con grillos en un estrecho calabozo, en donde fue sometido a todo género de vejámenes.

“Preso Cáceres, apoderóse del mando Martín Suárez de Toledo, a quien no reconoció el Cabildo hasta el cuarto día y sólo en concepto de teniente de Zárate. Inmediatamente nombró Suárez los suyos; repartió encomiendas; premió a sus adictos; llamó a la Asunción a Melgarejo para confiarle la custodia de Cáceres hasta España, y le mandó un sucesor que no fue recibido por los de Ciudad Real, quienes soltaron a Riquelme y le aclamaron por jefe. El 14 de Abril de 1573 salió Melgarejo con el preso, y habiendo tocado en San Vicente, determinó quedarse allí mientras Cáceres continuaba libre hasta España, en donde el Supremo Consejo aprobó su conducta.

“Enviado por Suárez, Juan de Garay fundó por Junio o Julio de 1573 la ciudad de Santa Fe de la Veracruz. El mismo día, mes y año, como a sesenta leguas de Santa Fe, estableció también Jerónimo Luis Cabrera, la de Córdoba del Tucumán, y poco después avanzó hasta el Paraná y se posesionó de Sancti Spiritus. Surgieron de aquí empeñadas contestaciones entre los dos capitanes acerca de la propiedad de este territorio, a las cuales puso término la Audiencia, resolviéndola en favor de los pobladores del Río de la Plata.” (30)

Juan Ortiz de Zárate, entre tanto, había sido secuestrado por un corsario francés, hallándose en alta mar. Después de muchas peripecias arribó a España el 10 de julio de 1569. El rey aprobó su contrata “y le dió el hábito de Santiago” y, el 17 de octubre de 1572, embarcó en Sanlúcar con destino al Paraguay. Llegado a esta provincia, luego de inmensas vicisitudes, dictó numerosas resoluciones tendientes a devolver el orden a la administración, muy desquiciada por las arbitrariedades de sus antecesores. Mas, algunas de aquéllas, contrarias a los intereses de mucha gente de influencia política en la colonia, causaron tal descontento, que el gobernador fue envenenado. Murió en la Asunción, dejando como única y universal heredera suya a su hija Juana, radicada en la lejana Chuquisaca, y determinando que quien con ella contrajera matrimonio, debería ejercer el adelantazgo en estas regiones. En el mismo testamento, Juan Ortiz de Zárate designó para gobernador en su reemplazo a Diego Ortiz de Zárate y Mendieta, su sobrino, a quien asistiría en carácter de coadjutor Martín Duré. Para albaceas y tutores de su hija nombró a Juan de Garay y al citado Duré.

Diego Ortiz de Zárate confirmó a Juan de Garay en su cargo de teniente, pero se alejó del segundo de los nombrados. Era el nuevo gobernador de natural vanidoso y engreído. Concitó fácilmente el repudio popular. Hallándose en gira, en Santa Fe, se le obligó a renunciar. Fue preso y remitido a España. En el trayecto fue asesinado, según se dice, por los indios.

Garay, que estaba ausente de Santa Fe mientras ocurría lo antedicho, munido de poderes suficientes, partió con destino a Chuquisaca. En aquella ciudad casó a su pupila con el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón, oidor de la Audiencia y preferido de doña Juana. (31) Serios y difíciles conflictos se suscitaron entre Garay y el virrey con motivo del matrimonio de la pupila de aquél. Mas, Juan de Garay ganó la partida y pudo llegar a la Asunción, “donde fue recibido como teniente del nuevo adelantado”.

El historiador paraguayo ya citado, al recordar el período que nos ocupa dice: “No perdió momento Garay en extender la conquista. Por orden suya, Melgarejo, a fines de 1576, fundó a Villa Rica del Espíritu Santo, en el Guairá, a dos leguas de la costa oriental del Paraná, de donde fue trasladada más tarde a Curahiberá, junto al río Huibay, a ochenta leguas de Ciudad Real, y poco después diez más al oriente y treinta del Paraná, en la confluencia del Huibay con el Curubaty. Con los indios reducidos por los padres Alonso y Bolaños se hicieron también en 1580 dos pueblos, que asolaron los portugueses en 1632.

“A poco de la fundación de Villa Rica, Garay en persona condujo una expedición hasta los campos de Jerez, pasado el río Yaguaray o Ivinheima, de la que resultaron Jejuí y Perico Guazú. En l579 mandó a Adame Olabarriaga a reconocer la costa del Pilcomayo para hacer una ciudad en el Chaco, pero la encontró baja y anegadiza; y en 1580 envió a Melgarejo a fundar sobre el Mbotetei a Santiago de Jerez, que no subsistió mucho tiempo.

“Quiso, además, Garay hacer una ciudad en la desembocadura del río de la Plata, y el 11 de junio de 1580, con gente llevada de la Asunción, estableció la de la Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires, en el mismo sitio elegido por Mendoza. Para darla incremento resolvió reunir en ella a los pobladores de San Salvador, en cuya busca fue en 1584, siendo muerto, cuando ya los traía por los Minuanes, que les sorprendieron durante el sueño. Los que salieron con vida, después de un naufragio en que perecieron otros cuarenta llegaron a la Asunción. Fue la muerte de Garay lamentadísima, porque su valor, su honradez y su generosidad le tenían ganado todos los corazones.”

En 1585, a Juan de Garay sustituyó en el cargo un sobrino de Juan Torres de Vera y Aragón. Llamábase Alonso de Vera y Aragón. Por orden del adelantado fundó éste una población en el Chaco, a la que denominó Concepción de la Buena Esperanza. Hallábase situada en la costa del Ypytá, a treinta leguas al oeste del río Paraguay. Esta villa no duró mucho tiempo. Fue abandonada por sus pobladores. Otro hecho de importancia ocurrido en el tiempo a que nos referimos fue la prisión del obispo Juan Alonso de Guerra y su envío a Buenos Aires, bajo custodia.

El adelantado llegó al Paraguay, luego de muchas penurias, en el año 1587. Tomó posesión del mando y poco después despachó a Alonso de Vera y Aragón hacia el sur, con orden de fundar una ciudad en la margen izquierda del río Paraguay, a una legua y media de la desembocadura del Paraná. Esa ciudad fue llamada San Juan de Vera de las Siete Corrientes. A través del tiempo, sólo le ha quedado este último nombre. En el año 1591, el adelantado Juan Ortíz de Zárate renunció al cargo y retornó a España.

Vacante la gobernación, procedióse a la elección del nuevo titular. Resultó con mayoría de sufragios para teniente de gobernador y justicia mayor de la Asunción, Hernando Arias de Saavedra, el primer criollo elevado a tan alta jerarquía política. Fue el 13 de julio de 1592. Casi dos años duró su primer gobierno. Y son hechos que le caracterizan la gran victoria obtenida por sus fuerzas sobre una sublevación indígena, en la cual, según se cuenta, Hernandarias mató, en combate singular, al cacique que acaudillaba a los rebeldes. También mandó fundar los pueblos de Caaguazú, Tarei y Bomboi, en la zona de los itatines, y estimuló el comienzo del laboreo de la yerba mate en la provincia del Paraguay.

A Hernando Arias de Saavedra reemplazó Fernando de Zárate, en el año 1593. Entre los sucesos dignos de anotar en esta época, se hallan la población de la ciudad de Santiago de Jerez, a orillas del Yaguary, y la fortificación de Buenos Aires contra los piratas que la asediaban con sus constantes amenazas, Fernando de Zárate falleció en la Asunción en el año 1595. Sucedióle su teniente, Bartolomé Sandoval Ocampo, quien en una expedición contra los guaicurúes sufrió terrible derrota. A Sandoval reemplazóle el mismo año 1595, Juan Ramírez de Velazco. Gobernó tres años. Su administración fue absolutamente estéril.

Hernando Arias de Saavedra sustituyó a Ramírez de Velazco, en carácter interino, hasta el 8 de julio de 1599. En esta fecha tomó posesión del cargo de gobernador Diego Rodríguez Valdez de la Banda, quien sostuvo graves litigios con el obispo Vázques de Liaño. Valdez de la Banda, poco tiempo duró en el mando. Falleció en Santa Fe.

Es necesario recordar en este lugar y antes de proseguir estas narraciones, a quien cupo el honor y la gloria de crear la primera escuela en Nuestra Señora Santa María de la Asunción. Nos referimos a Domingo Martínez de Irala, llamado popularmente “el general”. Oriundo de Vergara, villa de España levantada en la Guipúzcoa, a orillas del Deva, al sur de Placencia, era hijo de Martín Pérez de Irala y Marina de Toledo. Nació en el año 1512. Vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. Integró la de Juan de Ayolas, que se internó en el corazón del misterioso continente en pos de las Sierras de la Plata y del fabuloso reino de Paitití. Muerto Ayolas en las boscosas soledades del Chaco boreal, apareció Irala como el caudillo de aquellos aventureros gloriosos. Tuvo rivales de valer como Gonzalo de Mendoza, Juan de Salazar y Espinosa, Diego de Abreu, Ruiz Galán y Felipe de Cáceres. Pero su don de mando, su habilidad política y su capacidad de trabajo impusieron su autoridad.

Desde 1539 fue el jefe natural de los conquistadores. Si Juan de Salazar y Espinosa fundó la Asunción, Domingo Martínez de Irala la organizó como ciudad e hizo de ella el punto inicial de la cruzada civilizadora. Dióle, en 1541, su escudo como “emblema de nobleza y fuerza expansiva”, y en ella organizó expediciones que habían de atravesar el Chaco en busca del Perú distante, y otras que debían de andar por el Guairá o fundar ciudades lejanas como San Juan, sobre el río Uruguay.

“Sensual y mandón, ejercía la autoridad con vigorosa firmeza. No deben buscarse perfecciones sino pujanzas en este rudo vizcaíno que comenzó su carrera como soldado de la expedición de Mendoza y terminó por ser el jefe de la colonia platina. Si el escenario hubiese sido grande, su figura hubiese competido con Cortés y Pizarro en fama y celebridad. Pero aventajó a los conquistadores de la primera época porque su obra no fue solamente de dominación, sino también de creación.

“Hombre de escasa cultura, comprendió, sin embargo, desde el primer momento, que la prosecución de la empresa exigía la cooperación de los guaraníes. En lugar de extinguirlos, como hicieron otros conquistadores, procuró atraerlos, respetando sus costumbres y creando vínculos sociales. Casóse con una india, la hija del cacique Moquiracé, conducta que fue seguida por sus compañeros. Dio por esposas a Gonzalo de Mendoza y Alonso Riquelme, sus hijas, nacidas del cruce. De este género de mezcla nació la raza paraguaya.

“Irala dedicó sus afanes a la organización de la naciente colonia; hizo edificar la iglesia de la Encarnación; fundó una escuelita, según refiere su nieto Ruiz Díaz Guzmán; implantó en las reducciones los cultivos tradicionales de los guaraníes; empeñóse en traer ganado mayor y menor del Brasil, para consolidar la actividad colonial; atravesó dos veces el Chaco; fundó los pueblos de Itá, Acahay, Yaguarón, Ypané, Altos, Atyrá, Areguá, Tobatí y Guarambaré. Ese impulso culminó con la fundación de Ontiveros sobre el Salto del Guairá y Jerez e la Frontera, en el norte; Nueva Asunción y Santa Cruz de la Sierra, en el remoto confín occidental. Llegó a ordenar que no se abandonara la bahía de San Vicente, en el Atlántico, como puerto natural de la conquista española.” (32)

Domingo Martínez de Irala falleció en Itá el 3 de octubre de 1556.

Como curiosidad histórica, en lo referente al famoso conquistador, del primer tomo de las Actas Capitulares del Cabildo de la Asunción, compilación realizada por Aníbal Bareiro, extrajimos el párrafo que, copiado, dice:

“Es por los dhos señores Just a y Regidores vista la dha pet on dixeron q no a lugar lo q piden/ y qsta bien probeydo q lleven ciento y veynte cuñs y dos fanegas de maiz/ de cavalleja y no mas sop a de cada mill cuñas de la man da corrientes a cada uno por cada una vez mas precio cobraren/ y q so la dha pena sean obligados a hechar sus cavallos ni entren con ellos en regozijo alg o y que si fuere a sus recas no puedan qdar los cavallo fu a del pueblo a dormir es palm e quando ubiere yeguas a q se hechen y qsto es l oq se les m da y guarden y cumplan so las dhas ps a/ y q si testimonio qs qsieren q se les de con esta resp a y lo firmaron de sus ns e Domingo de Yrala.”

III

OTROS PRECURSORES DEL SIGLO XVI

Hemos citado, antes de ahora, a Luis de Miranda de Villafañe, el clérigo poeta. Casi simultáneamente con éste, apareció en el Paraguay otro versificador reputado como eximio. Fue el portugués Gonzalo de Acosta. Se sabe de él que nació por el año 1500, vino a América en la expedición de Diego García, que vivió durante diez años en las costas de Santa Catalina y que regresó a España. Se sabe también que retornó al Río de la Plata acompañando a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con quien llegó a la Asunción en 1542. Tocóle, así, en este accidentado viaje, ser compañero de sacrificios de Ñufrio de Chaves y Felipe de Cáceres, famosos conquistadores, y de Alonso Riquelme de Guzmán, padre del historiador paraguayo Ruidíaz de Guzmán. Regresó nuevamente a España, y con Martín Orué, como capitán del bergantín Todos los Santos, retornó por tercera vez a tierras de América. Viajó de nuevo a la península; pero no resistió al llamado de las vírgenes regiones colombianas y cruzó, en viaje postrero, el dilatado Atlántico, en las naves de Jaime Rasquín. Los tupís, en las costas del Brasil, terminaron con su vida aventurera. Y fue Pedro Morel, un amigo de Gonzalo de Acosta, quien llevó a España sus “obras poéticas”, de escaso valor desde el punto de vista puramente literario, pero de indiscutibles méritos como expresión de una época histórica de las letras paraguayas. (33)

Otro poeta contemporáneo del anterior fue Gregorio de Acosta. Natural de Lisboa, en el año 1545 integraba en la Asunción un coro de músicos, compuesto de Juan de Jara, Antonio Coto, Antonio Tomás y Antonio Romero, primera orquesta asuncena de que habla la historia. En 1560 fechó, en dicha ciudad, una Relación en la que se hacían cargos contra Domingo Martínez de Irala y Ruiz Díaz de Melgarejo. Existe una carta del año 1575 dirigida a Juan López de Velazco, cosmógrafo del rey de España, en la que puede leerse este párrafo: “Gregorio de Acosta, en el Río de la Plata, es hombre vivo y muy gran poeta.” (34)

Cronológicamente corresponde este lugar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Natural de Jerez y vecino de Sevilla, actuó como combatiente en Flandes, en Navarra y en los campos de Villalar, contra los comuneros de Castilla. Acompañó a Pánfilo de Narváes en la expedición a la Florida, donde quedó prisionero de los indios, en 1527. Salvó la vida gracias a algunas extraordinarias curaciones practicadas a los aborígenes, hechos fantásticos a los que el historiador Pedro Lozano llama milagros. Atónitos los montaraces ante tales proezas, no sólo le dieron su libertad, sino le hicieron jefe, circunstancia que aprovechó para escapar hacia México, en 1537, vale decir, después de diez años de cautiverio. La relación de esta larga aventura se halla en su libro Los Naufragios, el que, según se supone, ya lo tenía escrito, aunque no publicado, cuando hizo su entrada en la Asunción como segundo adelantado del Río de la Plata, el 11 de marzo de 1542.

Alvar Núñez era de natural díscolo y autoritario, carácter que le contrajo la general antipatía de los mestizos, criollos y aborígenes, profundamente democráticos y altivos, y el repudio de los españoles, entre quienes se encontraban antiguos comuneros castellanos venidos al Paraguay algún tiempo después de la derrota sufrida en Villalar. El segundo adelantado buscó imponer su autoridad por la fuerza; empero, el poder de su espada quebróse en manos del común, e125 de abril de 1544.

La actuación de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en estas comarcas, dio origen al libro titulado Los Comentarios, escrito por el escribano Pero Hernández y basado, al parecer, en datos y anotaciones del infortunado conquistador. Era Alvar Núñez Cabeza de Vaca – según testimonios de sus compañeros de armas – desdeñoso y apuesto, “de bellos ojos azules y ensortijada barba de oro, por quien suspiraban de amor las mozas del Duero”.

Existe una edición de Los Comentarios cuya dirección estuvo a cargo del Instituto Paraguayo, aparecida en 1902, en la Asunción.

Tanto Los Naufragios como Los Comentarios fueron publicados en un volumen, en 1555, en Valladolid. El último libro de los citados, que contiene ochenta y cuatro capítulos, es la expresión de una época importante de la historia del Paraguay de la conquista. Su valor no ha de buscarse, precisamente, en la forma en que se halla escrito, sino en la documentación que contiene. Es una versión de acontecimientos americanos, cuyas causas profundas escaparon a la videncia del autor.

Hemos citado en páginas anteriores a Isabel de Guevara. De ella se sabe que nació en España y que vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. El 2 de julio de 1556 escribió, desde la Asunción, a la princesa gobernadora doña Juana, una carta en estilo espontáneo y lleno de ternura, en la que le hacía relación de la contribución espiritual y material de la mujer en la obra gigantesca de la conquista y colonización de estas regiones. Esta carta se halla editada bajo el título genérico de Pequeña Biblioteca Histórica. – Cartas Históricas y Curiosas. La publicó Blas Garay, en la Asunción, en 1895, y en cincuenta ejemplares. Héla aquí:

“Muy alta y poderosa señora: A esta probinçia del Río de la Plata, con el primer goubernador della, don Pedro de Mendoça, avemos venido çiertas mugeres, entre las quales a querido mi ventura que fuese yo la vna; y como la armada llegase al puerto de Buenos Ayres, con mill e quinientos hombres, y les faltase el bastimento, fue tamaña la hambre, que, acabo de tres meses, murieron los mill; esta hambre fue tamaña, que ni la de Xerusalen se le puede ygualar, ni contra nenguna se puede conparar. Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los travajos cargavan de las pobres mugeres, ansi en lavarles las ropas, como en curarles, hazerles de comer lo poco que tenían, alimpiarlos, hazer sentinela, rondar los fuegos, armar las balletas quedando algunas vezes los yndios les vienen a dar guerra, hasta cometer poner fuego en los versos, y a levantar los soldados, los questavan para hello, dar arma por el campo a bozes, sargenteando y poniendo en orden los soldados; porque en este tiempo, como las mugeres nos sustentamos con poca comida, no aviamos caydo en tanta flaqueza como los hombres. Bien creerá V.A. que fue tanta la soliçitud que tuvieron que, si no fuera por éllas, todos fueran acabados; y si no fuera por la honra de los hombres, muchas mas cosas escriviera con verdar y los dier a hellos, por testigos, esta relaçión bien creo que la escriviran a V.A. mas largamente y por eso sesaré.

“Pasada esta tan peligrosa turbunada, subir el río arriba, asi, flacos como estavan y entrada de ynvierno, en dos vergantines y los pocos que quedaron viuos, y las fatigadas mugeres los curavan y los miravan y les guisauan la comida trayendo la leña a cuestas de fuera del navío, y animandolos com palabras varoniles que no se dexasen morir, que presto darían en tierra de comida, metiendolos a cuestas en los vergantines, con tanto amor como si fueran sus propios hijos. Y como llegamos a vna generación de yndios quese llaman, tinbues, señores de mucho pescado, de nuevo los serviamos en buscarles diversos modos de guisados, porque no les diese en rostro el pescado, a cabsa que lo comían sin pan y estavan muy flacos.

“Despues, determinaron subir el Paraná arriba, en demanda de bastimento, en el qual viaje, pasaron tanto trabajo las desdichadas mugeres, que milagrosamente quieo, Dios, que biviesen por ver que hen ellas estava la vida dellos por que todos los serviçios del navío los tomavan hellas tan a pecho, que se tenía por afrentada la que menos hazía que otra, sirviendo de marcar la vela y gouernar el navío, y sondar de proa y tomar el remo al sondado que no podía bogar y esgotar el navío, y poniendo por delante a los soldados que no se desanimasen, que para los hombres heran los trabajos; verdad es que a estas cosas hellas no eran apremiadas, ni las haian de obligación ni las obligaua, si solamente la catidad. Ansi llegaron a esta ciudad de la Asunçión, que avnque agora esta muy fertil de bestimentos entonces estaua dellos muy necesitada, que fue necesario que las mugeres boluisen de nuevo a su trabajo, haziendo rosas con sus propias manos, rosando y carpiendo y senbrando y recogendo, sin ayuda de nadie, hasta tanto que los soldados guareçieron de sus flaquezas y començaron a señorear la tierra y alquerir yndios y yndias de su serviçio hasta ponerse en el estado en que agora esta la tierra.

“E querido escrivir esto y traer a la memoria de V. A., para hazerle saber la yngratitud que conmigo se a vsado en esta tierra, por que al presente se repartió por la mayor parte de los que hay en ella, ansí de los antiguos como de los modernos, sin que de mi y de mis travajos se tuviese nenguna memoria, y me hallar dexaron de fuera, sin que de me dar yndio e nenguno genero de servicio. Mucho me quisiera hallar libre, para me yr a presentar delante de V. A. con los servicios que a S. M. e hecho y los agravios que agora se me hazen; más no está en mi mano, por quesoy casada con vn cauallero de Sevilla que se llama Pedro d’Esquivel, que, por servir a S. M. a sido cabsa que mis travajos quedasen tan oluidados y se merenovasen de nuevo, por tres vezes le saqué el cuchillo de la garganta, como allá V. A. sabrá. A que suplico mande me sea dado mi repartimento perpétuo, y en gratificación de mis servicios mande que sea proveydo mi marido de algun cargo, conforme a la calidad de su persona; pues el, de su parte, por sus servicios lo merese. Nuestro Señor acreçiente su Real vida y estado por mui largos años. Desta çibdad de la Asunçión y de jullio 2, 1556 años.

“Serbidora de V. A. que sus Reales manos besa

DOÑA ISABEL DE GUEVARA.

Tiempo prolongado de silencio obsérvase al finalizar el siglo XVI en lo que a coplas y romances se refiere. Parece que algo de este fenómeno se debe a aquella real cédula del 4 de abril de 1531, que prohibía introducir en América “libros de romanze de historias vanas o de profanidad como son los de Amadís e otros desta calidad”. Esta prohibición, como es sabido, fue reiterada el 14 de julio de 1536, en las instrucciones al primer virrey de México, y en la real cédula del 20 de septiembre de 1543, dirigida a la Audiencia del Perú. Al explicar las razones en esta última, se decía: “Nos somos informados que de lleuarse a esas partes los libros de Romanze de materias profanas y fábulas, así como los libros de Amadís y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos incouenientes; porque los Indios que supieren leer, dándose a ellos, dexarán los libros de sancta y buena doctrina, y, leyendo los de mentirosas historias, deprenderán en ellos malas costumbres y vicios: y demas desto de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin auer passado ansi, podría ser que perdiessen el autoridad y crédito de la Sagrada Escriptura y otros libros de Doctores, creyendo, como gente no arraygada en la fe, que todos nuestros libros eran de vna avtoridad y manera. Y porque los dichos incouvenientes, y otros que podría auer, se escusassen, vos mando que no consintays ni desise lugar que en esa tierra se vendan ni hayan libros algunos de los susso dichos, ni que se traygan de neuo a ella, y proueays que ningún Español los tenga en su casa, ni que Indio alguno lea en ellos, porque cessen los dichos incounientes.”

Los sínodos de fines del siglo XVI se ocuparon de este asunto. Ismael Moya expresa que, “los romances del ciclo bretón, por ejemplo, llenos de sugestiones supersticiosas, de hechos super humanos, de hechicerías reñidas con los principios de la Iglesia, fueron los más perseguidos. Esta censura, recomendada luego por los sínodos del siglo XVI en América – hubo uno en Tucumán en 1597, por iniciativa del obispo fray Hernando de Trejo y Sanabria –, restringió de un modo agobiador la difusión del romance, y ésta es una de las causas por qué se advierte un paréntesis de silencio tan prolongado en la colonia y por qué no se registran en las hojas de la época los romances tradicionales que llegaban en boca de los inmigrantes y seguramente se repetían a sovoz en el seno del hogar”.

En el año 1538 arribó al Paraguay Ulrich Schmidl. Nacido en Straubingen, en Baviera, a principio del siglo XVI, revistó entre los que llegaron al Río de la Plata con Pedro de Mendoza. Fue testigo presencial de la destrucción de Corpus Christi. Naufragó de regreso de una expedición al Brasil. En 1542 apareció en el puerto de los Reyes entre los soldados de Domingo Martínez de Irala. Fue protagonista en las luchas trabadas con el cacique Aracaré. Acompañó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su expedición al Perú, en 1543. Más tarde exploró los Xarayes, “sobre cuyas aguas flotan áureas leyendas”. En 1552, después de más de catorce años de aventuras, abandonó definitivamente el Paraguay. Se embarcó en San Vicente, el 24 de junio de 1553, y desembarcó en Amberes el 25 de enero de 1554. En su maleta llevó, posiblemente, los originales de su famoso libro Viaje al Río de la Plata. Esta obra fue editada por un librero de Francfort del Mein, en el año 1567. Las primeras ediciones se hallan escritas en alemán y en latín, y su divulgación fue precarísima en América. La que se conoció en el Río de la Plata, según afirma Manuel Gondra, fue la de 1625, incluída en la colección de De Bey. (35)

El libro del conquistador alemán es ameno, aunque exento de toda elegancia. Su mérito es más histórico que literario, pues contiene referencias de valor estimable sobre la conquista y colonización de las regiones de la América del Sud, escenario de sus andanzas.

El nombre latino de Ulrich Schidl era Fabro. Cuando su obra se tradujo del alemán al latín, Gotardo Artus, su traductor, vertió también su apellido a dicha lengua y trasmutó el Schmidl derivado de Schmid, que significa herrero en alemán, en Fabro, hablativo de “faber”, que tiene igual significado en latín. Los jesuitas españoles, como Lozano, que ignoraban la lengua originaria de la discutida crónica, no conocieron sino la versión latina, de aquí que únicamente mencionan a Fabro y no a Schmidl. (36)

Resta sólo decir de Ulrich Schmidl que su nombre dio origen a apasionadas discusiones, no sólo en lo que atañe a su apelativo latino, sino a la nomenclatura de su apellido bávaro. Muchos lo llaman Schmidell; pero su verdadero nombre, tal como lo ha comprobado Andrés Lamas, al descubrir el documento ya editado anteriormente, con la firma del cronista alemán, es Schmidl. Así consta en el facsímil del mismo publicado por Bartolomé Mitre en los Anales del Museo de La Plata.

Supónese, con mejor acierto, que en el transcurso del año 1585 arribó al Paraguay el franciscano Luis de Bolaños. Este sacerdote, destinado a entrar en la historia como uno de los más famosos civilizadores del nuevo mundo, era oriundo de la Mancha. Nacido, probablemente, en 1560, ingresó siendo muy joven en el convento franciscano de Santa Eulalia, en Sevilla.

De esta casa salió con destino a la América del Sur. Ya en el Paraguay, su preocupación principal fue el conocimiento de la modalidad espiritual de los aborígenes. Para ello estudió su lengua, tarea en la que fue adiestrado por quien más tarde sería fray Gabriel de Guzmán. Luis de Bolaños cimentó poblaciones estables en el Paraguay, y en su cruzada evangelizadora visitó también Corrientes. Itatí se debe a sus afanes de fundador. Recorrió la actual provincia de Buenos Aires, echando las bases de la reducción de Baradero. “Tanto penetró éste en la modalidad de los indígenas, que bien pronto se halló capacitado para traducir al guaraní el catecismo de la Doctrina Cristiana, que aprobara el tercer concilio provincial del Perú, celebrado en 1583, en la ciudad capital. La traducción de referencia que hiciera Bolaños fue, a su vez, aprobado por el sínodo reunido en la Asunción, en 1603. Y es digno de recordarse que esa traducción, a la que el padre Roque González de Santa Cruz (S. J.) hizo, luego, algunos agregados complementarios, fue el texto adoptado por los jesuitas en sus célebres reducciones y aquel mismo que dio motivos a los ardientes choques doctrinarios entre los padres de la Compañía de Jesús y los que le eran poco afectos, y que terminaron con el justo triunfo de los primeros. Tal éxito resultó, por consecuencia lógica, un éxito también del texto de Bolaños.” (37)

Fray Luis de Bolaños falleció en el convento de San Francisco, en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de octubre de 1629. Su historia, llena de leyendas, es un ejemplo de abnegación apostólica y de moral cristiana.

En la expedición del adelantado Juan Ortiz de Zárate, viajó con destino a América Martín del Barco Centenera. Nacido en 1535, en Logroño, fue arcediano de la Asunción, protector de los indios y juez eclesiástico. Integró la expedición de Juan de Garay, en 1578, hacia el norte del Paraguay, y aparece como protagonista de las fundaciones de Jejuí y Perico Guazú, en cuyas regiones bautizó a numerosísimos indios Ñuasá, traídos de los campos de Jerez. En el año 1581, Martín del Barco Centenera visitó Santiago del Estero y Chuquisaca. En 1583 actuó en el concilio de Lima. Desde 1585 hasta 1588, cumplió en la ciudad de Cochabamba las funciones de comisario del Santo Oficio. Pero perdió este empleo a consecuencia de un proceso escandaloso, y retornó a la Asunción. Su regreso a Europa lo realizó algunos años después, y apareció en España entre la servidumbre del marqués Castel Rodrigo. Visitó Lisboa al cerrarse el siglo XVI y es en la capital lusitana donde, en 1602, se publicó su libro Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros Sucesos del Perú, en veinticuatro cantos. Es una malísima crónica rimada de la conquista del Río de la Plata. Paul Groussac, en su libro Mendoza y Garay, al referirse a esta obra, así como a su autor, lo hace con mordacidad terrible. Siquiera muy acostumbrado por el antiguo director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el mantear a quien le plugiese, en este caso es enojoso el hecho, porque al concepto acre que expresa une la intolerable acrimonia de su lenguaje.

El libro de Martín del Barco Centenera, escrito indudablemente en estas regiones, prueba que el comisario del Santo Oficio era un poeta detestable, como bien lo califica un escritor contemporáneo. (38) Mas, en sus páginas se hallan interesantes noticias de aquel tiempo heroico de la América española, algunas fantasías que embellecen el cuadro histórico de la conquista, extrañas supersticiones que inquietaban el espíritu oscuro y simple del aborigen, curiosos mitos de remotísimos orígenes y otros datos hoy valiosísimos para el investigador y el hombre de ciencia.

También en Lisboa, y en 1602, editóse su novela Desengaños del mundo. Martín del Barco Centenera falleció aquel mismo año, en la capital lusitana.

He aquí unas estancias de

ARGENTINA

Al pie de ochenta leguas adelante

El grande Paraguay entra famoso,

Con más quietud se muestra, y más semblante

A este río corriendo con reposo.

El Paraná se aparta allá á levante,

De á dó corre con fuerza muy furioso;

Del norte corre el otro, consumiendo

Las aguas que el Perú viene virtiendo.

Entrando el Paraná está Santa Ana,

De Guaranis provincia bien poblada.

Es tierra aquesta firme buena y llana,

Que mucha de la dicha es anegada.

Empero esta enjuta es muy galana,

De nuestros españoles conquistada;

Y así tienen aquí repartimiento

Los que en el Paraguay tienen asiento.

La peña pobre está más adelante:

Es alta como roca muy crecida.

Aquí han visto muchos un gigante

De gran disposición y muy crecida.

No está, según yo supe, el aquí estante:

Que allá la tierra adentro es su guarida;

Mas viene aquí a pescar muy a menudo,

De sus redes cargada, más desnudo.

Arriba de aquí están los remolinos,

Que es cosa de admirar y gran espanto.

En el medio del agua hay torbellinos,

Como suele acá en tierra: y esto tanto,

Que navegando algunos, los vecinos

Celebran sus exequias con gran planto,

Diciendo que Caribdis está a punto,

Para lo que viniere tragar junto.

Aquí muchas canoas se han perdido,

Y muchos en mi tiempo se anegaron.

Muy mal al de la Puente ha sucedido,

Y á aquellos que con él aquí bajaron.

Que habiéndoles Caribdis sumergido,

Las vidas y haciendas trabucaron.

Y aquellos que mejor les fué en la féria,

Aun lloran todabía su miseria.

El Salto ya me está gran priesa dando,

Diciendo este lugar ser propio suyo:

Y yo, solo en lo estar imaginando,

De miedo y de pensarlo de mí huyo.

Decir aqueste cuento procurando,

La mano está temblando, y lo rehuyo;

Por ser la cosa horrible y espantosa,

Y en todo el Paraná maravillosa!

Corresponde citar en esta página al primer criollo que ejerció las funciones de gobernador de la provincia del Paraguay, Hernando Arias de Saavedra. Hijo de Martín Suárez de Toledo y de María Ana de Sanabria, nació en la Asunción en el año 1564. Desde 1580 intervino activamente en las acciones militares tendientes a conquistar extensas regiones del Río de la Plata y Tucumán. Acompañó al gobernador Gonzalo de Abreu en su expedición a Elelín o la Tierra de los Césares; a Hernando de Lerma en la persecución y castigo de los indios de Casavindo; a Alonso de Vera y Aragón en la exploración del Bermejo; a Juan Torres de Vera y Aragón en la lidia fatigosa contra los guaicurúes, y a Juan de Garay en sus descubrimientos, conquistas y fundaciones. “En todas estas jornadas fueron numerosos sus actos de valor. Unía al ánimo esforzado una inteligencia despierta. Su personalidad comienza a perfilarse con la fundación de la ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, indicada como una necesidad para la expansión del Paraguay.” Salvó a Concepción del Bermejo de una amenaza siniestra de los guaicurúes.

El 13 de julio de 1592 fue designado por el Cabildo, teniente de gobernador y justicia mayor de la Asunción. “Ejerció el cargo con mucha paz y quietud y satisfacción de los vecinos, reedificando y levantando los templos y, asimismo, las obras públicas.”

Cuando Hernando de Zárate llegó a Buenos Aires, Hernandarias descendía a esta población, donde fue nombrado, el 8 de marzo de 1594, capitán de las fuerzas.” (39)

En enero de 1598 las autoridades y pobladores de 1a Asunción “eligieron y nombraron gobernador” a Hernandarias.

Existe una crónica vetusta de su llegada a la capital de la provincia. Era el 19 de julio de aquel año. Arribaron “su señoría el señor Gobernador Hernadarias y su hermano el reverendísimo señor don Fray Hernando de Trejo, obispo de Tucumán”.

Por tres veces ejerció el ilustre criollo la gobernación del Paraguay. “Su vida fue una vocación para la gloria y una energía inagotable para el trabajo. Era de la madera de los grandes conquistadores.”

“Estaba casado con doña Jerónima de Contreras, hija de don Juan de Garay, fundador de Buenos Aires. Buen criollo, modelo de honestidad y de constancia, vivió setenta años, de los cuales más de medio siglo lo dedicó al bien de la provincia, larga y fecunda existencia que se apagó en Santa Fe en 1634.

“Después de Irala fue el hombre más constructivo y organizador de esta parte del continente. Su nombre vale un ejército, decía una nota del Cabildo. Fue enterrado en la Iglesia de San Francisco, que él hizo construir.” (40)

Hernando de Trejo y Sanabria, hermano mayor del anterior, del criollo Hernandarias, entre cuyos actos de gobierno debe anotarse también la división de la provincia del Paraguay en dos gobernaciones, la entrada de los jesuitas en estas regiones y el haber dado “traza para que los hijos de esta tierra tuviesen estudio y quien los adoctrinase y enseñase”, Hernando de Trejo, decimos, debe ser tenido como un emblema de cultura, en la historia de las letras paraguayas. Nacido al parecer en la Asunción, a mediados del siglo XVI, era hijo del capitán Hernando de Trejo y de María Ana de Sanabria. Estudió en Lima. Ingresó a los quince años de edad en el colegio franciscano de la ciudad del sol, institución fundada en 1553. A los veintitrés años obtuvo las sagradas órdenes. “Como estudiante, era de grande y capaz entendimiento, admirable juicio, moderado y desembarazado. Pensaba y pesaba primero lo que había de hacer y decir, y así en los consejos y discusiones escolares valía mucho su voto por ser de ordinario el más acertado y el que mejor daba en el punto del asunto.” (41) A los cuarenta años de edad fue confirmado en la misma ciudad de Lima como jerarca de la orden franciscana, después de haber dado pruebas evidentes de ser un “teólogo eximio, consumado canonista y famoso orador”. De Lima se trasladó a Córdoba, donde fue designado para obispo del Tucumán, en 1592.

Dos obras fundamentales consagran su dedicación civilizadora en este período de su vida: la fundación del Colegio de San Francisco Javier, en 1613, al que después “se confió el nombre, derechos y privilegios de universidad real”. Es la histórica universidad de Córdoba del Tucumán, creada de su peculio; y la resolución del sínodo de 1603, por la cual se dejaba en reposo la espada del conquistador para sustituirla por la persuasión evangelizadora de los sacerdotes. Este nuevo régimen, dice José Manuel de Estrada, que formara el espíritu del sínodo de Trejo y Sanabria, es el que su ilustre hermano, el gobernador Hernandarias, implantó en el Paraguay. Falleció en Córdoba, el 24 de diciembre de 1614.

Es también en los primeros años del siglo XVII que Reginaldo de Lizárraga brillaba desde el obispado de la capital del Paraguay. Nacido en Lima, en el año 1545, profesó entre los religiosos dominicos. “Fue presentado primero para la imperial de Chile, pero como en 1589 sucedía la rebelión de aquel reino, la matanza de los cristianos y la destrucción de la catedral, trasladó su sede a Concepción.” El 8 de febrero de 1607 fue designado para obispo de la Asunción, ciudad en la que hizo su entrada el año siguiente. El obispo Lizárraga fue orador sagrado. Dejó, asimismo, algunas obras, entre ellas la Descripción y Población de las Indias. Ésta se halla citada en la Biblioteca Occidental del limeño Antonio León del Pinelo. Lizárraga falleció en la Asunción, en 1613.

Hemos de nombrar también a su sucesor en el obispado de la Asunción, el doctor Lorenzo Pérez del Grado, arcediano del Cuzco, presentado como jefe de la Iglesia de la provincia del Paraguay, en donde arribó en 1617. Fue un propulsor ponderado de la educación de la juventud, un mantenedor de la cultura.

Fueron contemporáneos del obispo Lizárraga, además del nombrado prelado, Rodrigo Ortíz de Melgarejo y Francisco de Guzmán, sacerdotes ilustres, nacidos en el Paraguay. Ambos eran hijos del conquistador Ruidíaz de Melgarejo, llegado a la Asunción en 1542.

Rodrigo Ortíz de Melgarejo, en 1604, servía, desde nueve años atrás, la plaza de provisor y vicario general del obispado de la Asunción. Fue orador sagrado. Pronunciaba sermones y predicaba fuera del templo, en castellano y en guaraní.

En cuanto a Francisco de Guzmán, sábese de él que sirvió el curato de la ciudad de Santa Fe y que fue secretario del sínodo de la Asunción, en el año 1603. En 1621 era cura doctrinante de los indios mbatarás y guacarás, de la jurisdicción de la ciudad de Concepción del Bermejo, en la época en que se sublevaron los infieles y asesinaron a los que se declararon adictos al cristianismo y leales a la amistad de los conquistadores y pobladores de aquella ciudad. De ésta, trasladóse a Santa Fe de la Vera Cruz. (42)

En 1554 nació en la Asunción Ruidíaz de Guzmán. Hijo de Alonso Riquelme, llegado al Paraguay en 1542, integrando la expedición de su tío, el segundo adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y de Úrsula de Irala, hija de gobernador Domingo Martínez de Irala, y de una india llamada Leonor, Ruidíaz de Guzmán, a la edad de dieciséis años inicióse en los trajines de la conquista internándose en el Alto Paraná a las órdenes de Ruidíaz de Melgarejo. Esta expedición fue extraordinariamente rica en peripecias guerreras. Los tupís mostraron fiereza en la defensa de sus antiguos lares. No obstante los sufrimientos vividos en esta expedición, Ruidíaz de Guzmán prosiguió la ruda lucha. Fue uno de los conquistadores de la rica región guaireña y estuvo en el acto de la fundación de la Villa Rica del Espíritu Santo, en 1577. Posteriormente se trasladó a Salta, donde obtuvo el grado de alférez real. En 1584 ejerció el cargo de teniente en Ciudad Real, fundada por García Rodríguez de Vergara, en 1554, y el año siguiente, vale decir, en 1585, desempeñó el mismo cargo en Villa Rica. Participó también en el traslado de las dos citadas ciudades, y fundó Santiago de Jerez en 1593. “Parece una humana centella en su fuga incesante por las vastas comarcas rioplatenses. Visita Santa Fe y Buenos Aires en 1599; vuelve a Jerez en 1603; está en Tucumán en 1604, en La Plata en 1605, en Córdoba en 1607 y otra vez en La Plata de 1610 a 1612. En 1614 alcanza a ser gobernador y capitán general de los Chiriguanos y Llanos de Manso, y como tal funda San Pedro de Guzmán y erige dos fortalezas en las orillas del Palmar y del Magdalena. Los años se acumulan sobre sus hombros; siente el llamado de la tierra donde vio la luz, y en 1620 reaparece en Asunción. Sus coterráneos le reciben bien. Le hacen alcalde de primer voto. En tiempo en que desempeñaba esta función le sorprendió la muerte en su ciudad natal, en junio de 1629.” (43)

Toda esta permanente actividad que caracteriza la vida de Ruidíaz de Guzmán no fue óbice para que, en los ratos de descanso, escribiese un libro que él mismo calificó como “primera fruta de tierra tan inculta y nueva”. La obra intitulada Historia del Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata, más conocida por La Argentina, fue terminada en La Plata, capital del Alto Perú, en el año 1612. Fue publicada, por primera vez, en 1835, en la “Colección de documentos para servir a la historia del Río de la Plata”, editada por Pedro de Angelis. En 1845, en la Asunción, fue lanzada otra edición, que es la segunda, por disposición del presidente Carlos Antonio López. Posteriormente se hicieron otras, tales como la que apareció en el IV tomo de la Biblioteca del Comercio del Plata, y la dada a luz, en un volumen, en 1881, por Mariano A. Pelliza. Paul Groussac también publicó una quinta edición de La Argentina con “un comentario agrio, balbuenesco, que tiene mas concomitancias con el panfleto que con un estudio de investigación histórica”.

La Argentina es un libro ameno, pleno del sabor legendario de la conquista. Lleno de noticias traídas desde sus propias fuentes, escrito en estilo espontáneo y fresco, matizado por descripciones jugosas, y si bien plagado de errores, puede ser leído sin sufrir el cansancio que produce la pesadez de la añeja forma. Paul Groussac dice que no se conoce el manuscrito original de dicho libro. Pedro de Angelis expresa que solo conoce tres de los códices antiguos. El Manuscrito de Leiva sábese que sirvió para la edición príncipe de 1835. Enrique Finot, en su Historia de la Literatura Boliviana, editada en 1942, informa que posee “uno de los poquísimos códices que existen de ese curioso documento”. Cree que su origen data del siglo XVII, a juzgar por el papel, la escritura y la encuadernación en pergamino. Fue hallado en el archivo de una antigua familia de La Plata o Chuquisaca.

La última edición conocida es la del volumen veinte y cinco de la Colección Estrada, que trae un interesante prólogo y eruditas anotaciones de Enrique de Gandía. He aquí una página de La Argentina:

“Salido, pues, el bergantín, tuvo Mangoré por buena esta ocasión, y mucho más por haberse ido con los demás Sebastián Hurtado marido de Lucía, y así luego se juntaron por orden de sus caciques más de cuatro mil indios, los cuales se pusieron de emboscada en un sauzal, que estaba media legua del fuerte en la orilla del río, y para con más facilidad conseguir su intento, y fuese más fácil la entrada en la fortaleza, salió Mangoré con treinta mancebos muy robustos cargados con comida de pescado, carne, miel, manteca, y maíz, con lo cual se fue al fuerte, donde con muestras de amistad lo repartió, dando la mayor parte al capitán y oficiales y lo restante a los soldados, de quien fue muy bien recibido y agasajado de todos, aposentándosele dentro del fuerte aquella noche, en la cual reconociendo el traidor que todos dormían, excepto los que estaba de posta en las puertas, y aprovechándose de la ocasión, hicieron señas a los de la emboscada, los cuales con todo silencio se llegaron al muro de la fortaleza, y a un tiempo los de dentro y los de fuera cerraron con las guardias y pegaron fuego a la casa de las municiones, conque un momento se ganaron las puertas y a su salvo mataron a los centinelas y a los que encontraba de los españoles que despavoridos salían de sus aposentos a la plaza de armas sin poderse incorporar unos a otros, porque como era tan grande la fuerza del enemigo cuando despertaron ya unos por una parte ya otros por otra parte, y otros en sus mismas camas los degollaban y mataban sin ninguna resistencia…”

Finalmente, citaremos a Gabriel de Guzmán. Era hermano menor de Ruidíaz de Guzmán. Nació en 1560 y pertenecía a la secta de los franciscanos. Ordenóse en 1580. Sirvió como intérprete a fray Luis de Bolaños. Dominaba la lengua guaraní. Se supone que colaboró con aquel en la redacción de su famoso catecismo; fray Cristóbal Aresti, obispo del Paraguay y después del Río de la Plata, orador, citado por Lozano, Zinny y Larrazábal; y a fray Bernardo de Armenta, primer franciscano que con el cargo de comisario de otros cinco compañeros de la Orden, llegó al Paraguay, en 1538, por el puerto de Vera. Tanto fray Armenta como sus compañeros fueron predicadores y evangelizadores, y los primeros exégetas de la doctrina cristiana en estas tierras. Las crónicas de la época, según Trelles, daban a fray Armenta por la Asunción, en el año 1544.

IV

LOS GOBIERNOS COLONIALES DEL SIGLO XVII

A Diego Rodríguez Valdéz de la Banda, al filo del año 1601, sustituyó en el gobierno de estas regiones su teniente de gobernador, Francisco de Beaumont y Navarra. Ejerció el poder hasta el año 1602.

De acuerdo con una real provisión, datada el 18 de diciembre 1601, Hernando Arias de Saavedra hízose cargo, nuevamente, del gobierno de la provincia. Entre los actos principales de este período ha de ser citada la expedición a la región del estrecho de Magallanes. Este viaje no fue feliz. Caídos los expedicionarios en poder de los indios, Hernandarias pudo, después, liberarse con algunas fuerzas, validas de las cuales, luego de una encarnizada lucha, libertó a sus compañeros. El sojuzgamiento de los guaraníes es otra acción memorable de aquella época, así como las dos importantes expediciones contra los guaraníes del Paraná y del Uruguay. Pero el más notable de los sucesos ocurridos en el decurso de este gobierno del criollo asunceno fue la variación fundamental de la política de violencia aplicada para el sometimiento de los indígenas. De entonces en adelante se buscará la civilización de los autóctonos por los medios preconizados por el obispo Hernando de Trejo y Sanabria, vale decir, por la persuasión y el convencimiento, de cuya práctica se encargaron los sacerdotes.

En e1 año 1609 Hernandarias hizo tradición del gobierno a Diego Marín de Negrón, quien “residenció a Saavedra con resultado muy honroso para éste”. Ocurrencia importante de dicha época es el arribo a la Asunción del visitador Francisco de Alfaro, autor de las ordenanzas de 1612, incorporadas después a la “Recopilación de las leyes de Indias”. También durante esta era los jesuitas fundaron los pueblos de Caazapá, Loreto, Yuty y San Joaquín. Diego Marín de Negrón falleció en Buenos Aires en los primeros meses de 1615.

Sustituyó al fallecido el general Francisco González de Santa Cruz. Su misión consistió, principalmente, en hacer cumplir las ordenanzas de Alfaro y en fomentar las reducciones del Paraná.

Poco tiempo después, el rey designó nuevamente y por la última vez, a Hernando Arias de Saavedra como gobernador del Paraguay. El historiador Blas Garay al ocuparse de éste período dice que los actos más notorios de Hernandarias son los siguientes: “Consagró sus cuidados en este su último gobierno a la organización interior de la Provincia; mantuvo severamente los reglamentos de Alfaro; puso en fuga a un corsario francés que amenazó a Buenos Aires y reiteró al rey, por medio del procurador don Manuel Frías, las representaciones, ya hechas con anterioridad, para dividir en dos la dilatada gobernación. Así se decretó la real cédula del 16 de diciembre de 1617, separando del Paraguay la Provincia del Río de la Plata, con las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo, y dejando a aquella con el nombre de Guayrá, la de Asunción, Ciudad Real, Villa Rica y Jerez.

“Fue nombrado primer gobernador de esta última D. Manuel Frías el 22 de abril de 1618, y Hernandarias, después de dar posesión a su sucesor, se retiró a Santa Fe, en donde murió en 1634, pobre, pero con gloria.” (44)

Y al referirse al gobierno de Frías, expresa: “La división decretada en 16 de diciembre de 1617 llevóse a cabo en 1618; mas Frías no entró en ejercicio hasta el 21 de octubre de 1621. Sus bellas prendas aseguraban un feliz gobierno, pero la esterilizó la conducta del obispo fray Tomás de Torres. Empeñóse éste en reconciliar a Frías con su mujer, de quien estaba separado hacía diez años; resistióse el gobernador; amenazóle el obispo; formáronse banderías por uno y por otro; el prelado se dio a excomulgar a sus contrarios, despreciando los recursos legales invocados en contra de sus desafueros, y tomó tamañas proporciones el escándalo, que la Audiencia de Charcas llamó ante sí a Frías, quien pasó a Chuquisaca en 1626, dejando en su lugar a su teniente D. Diego de Rego y Mendoza; pero la ciudad de la Asunción, reconocida a sus servicios, pues había vencido y escarmentado a los payaguáes y a los guaicurúes, representó en el mismo año a la Audiencia, suplicando que se le repusiera en el mando, y por esta razón, o por la muy notoria que le asistía, fue fallado el pleito a favor de Frías, y se le ordenó regresar a su gobierno, adonde no llegó, porque murió súbitamente en Salta en el año 1627.” (45)

Sustituyó en el gobierno a Manuel Frías, Luis de Céspedes Xeria. Contrariando órdenes reales, entró éste por el Brasil, en 1628. Los mamelucos consiguieron sobornarlo, y a su amparo arrasaron el Guayrá, llevando sus pobladores para venderlos como esclavos. Céspedes Xeria, en el año 1631, fue preso y procesado, y en 1636 se dictó condena en contra suya.

Tras un buen interregno, tomó el mando de la provincia Martín de Ledesma Balderrama. Fue en 1633. Dos años después fundó este gobernador la nueva Villa Rica, poblándola con los habitantes de la antigua y con los de Ciudad Real. Afrontó, asimismo, duras luchas con los payaguáes a los que venció, y con sus antiguos amigos los jesuitas.

A Ledesma Balderrama reemplazó, en el año 1636, Pedro Lugo de Navarra. Combatió éste a los paulistas y los derrotó mediante el coraje de sus soldados, pues él los abandonó al iniciarse el combate. Intrigado por la Compañía de Jesús, fue llamado por la Corte. Falleció en el viaje de regreso a España, en 1641. Sustituyóle en el cargo, su segundo, Juan de Velazco Villasanti, quien hizo tradición del mando, el 27 de junio de 1641, a Gregorio de Hinestrosa. Se caracteriza el gobierno del citado por la ardiente lucha que sostuvo con el obispo Bernardino de Cárdenas. Reemplazó a Hinestrosa el maestre de campo Diego Escobar de Osorio, en 1647. Créese que éste fue envenenado por los partidarios de Cárdenas, pues falleció, inesperadamente, el 26 de febrero de 1649.

Fray Bernardino de Cárdenas fue entonces elegido para gobernador. Tomó posesión del mando el 4 de marzo de aquel año. Inauguró su administración, “destituyendo y desterrando a cuantos le eran desafectos; expulsando violentamente de su colegio a los jesuitas y ordenándoles evacuar todos los establecimientos que tenían en el Paraguay. Acudieron los padres en queja a la Audiencia y al virrey, logrando que fuera la conducta de Cárdenas censurada y enviado a reemplazarle el maestre de campo D. Sebastián de León y Zárate, con orden expresa de restituir a su colegio a los expulsos. Pero le fue necesario para entrar en la ciudad, vencer el 1º de octubre en sangriento combate a un ejército que levantó el obispo, quien, excomulgado, preso y depuesto de su dignidad por sentencia de un juez conservador, no recuperó su silla hasta 1662. El gobernador León repuso a los jesuitas en 1650, pacificó la provincia y venció a los indómitos payaguaes”. (46)

Andrés León de Garabito, el 10 de octubre de 1650, tomó posesión del cargo de gobernador interino y juez pesquisidor. Procesó a su antecesor, Sebastián León de Zárate, quien estuvo veinte años en prisión. En ella falleció, en 1672, en momentos en que se dictaba a su favor sentencia absolutoria.

El gobernador León de Garabito fue reemplazado en el mando por Cristóbal de Garay y Saavedra, el 26 de julio de 1653. Era éste nieto del fundador de Buenos Aires. Su gobierno fue de orden y de progreso.

Juan Antonio Blásquez de Valverde sustituyó al anterior, en el año 1657. Su estada al frente de la provincia se caracterizó por la absolución de algunos jesuitas y por el perdón de los indios rebelados anteriormente contra la autoridad.

Relevó a Blásquez de Valverde, el 24 de diciembre de 1659, Alonso Sarmiento de Sotomayor y Figueroa. Es de esta época 1a sublevación de los indios de Arecayá – lugar cercano de la Asunción –, a quienes venció y castigó despiadadamente. Este hecho motivó la real cédula del 25 de agosto de 1662, que ordenaba la prisión y procesamiento de Sarmiento por el oidor de la Audiencia de Buenos Aires, Pedro de Rojas y Luna. Estuvo el gobernador dos años en prisión. Al cabo de ellos fue absuelto. Falleció siendo corregidor de Lipes, el 14 de mayo de 1687.

Juan Diez de Andino, sargento mayor de S. M., en 1663, reemplazó a Sarmiento en el gobierno de la provincia del Paraguay. Durante su administración fueron vencidos los payaguáes y guaicurúes que habíanse sublevado. En 1669 viajó con destino a Buenos Aires para defenderla de los franceses. Mas tarde ordenó que fueran trasladados a Santa Rosa las reducciones de los itatines. Este gobierno fue próspero y tranquilo.

En el año 1671 hízose cargo del gobierno de la provincia, Francisco Rege Corvalán.

El tantas veces ya citado Blas Garay dice, al elucidar este período: “A fines del año los guaicurúes asolaron el pueblo de Atyrá y otros, sin que tuvieran éxito las expediciones que contra ellos se hicieron; y a principios de 1676 los mamelucos cautivaron cuatro pueblos de indios; pusieron cerco a Villa Rica, se hicieron entregar todas las armas que había en la población y obligaron a sus moradores a abandonarlos. Con tantas pruebas de la ineptitud de Corvalán, el Cabildo se quejó a la Audiencia de La Plata, y ésta envió de pesquisidor al teniente de Corrientes, D. Juan Arias de Saavedra, quien encausó y remitió preso al gobernador a Charcas. Gobernó mientras el Cabildo, que fracasó también contra los mamelucos, y vio la ciudad reducida al último extremo por los infieles. En el mismo año de 1676 ejerció su comisión D. Diego Ibáñez de Fría, juez delegado de la Audiencia, encargado de empadronar a los guaraníes misionistas, como lo hizo con gran acrecentamiento de la real renta.

“No resultó culpable Corvalán y se le repuso en el gobierno, en el cuál fue esta segunda vez más feliz en la guerra; pero se manchó también con una traición abominable, asesinando a trescientos guaicurúes, a quienes engañosamente atrajo a la ciudad. Así consiguió de éstos una paz de dos años; pero los payaguáes volvieron a sus incursiones, y hubo que construir un nuevo fuerte en la frontera para sujetarlos.” (47)

Juan Diez de Andino, por real cédula del 20 de abril de 1679, fue nuevamente nombrado para gobernador. Tomó posesión el 7 de octubre de 1681. Su segundo gobierno caracterizóse por la lucha sin tregua contra los indios. Falleció este gobernador en la Asunción, en el año 1684.

Reemplazó al anterior en el mando el maestre de campo Antonio de Vera y Mujica, quien tomó posesión el 18 de octubre de aquel año. Mas, al poco tiempo, se trasladó a Tucumán, durante cuya época arribó a la Asunción Francisco de Monforte, quien venía a sucederle. Entró éste en ejercicio del gobierno el 30 de octubre de 1685; “edificó una nueva iglesia catedral; llevó a cabo dos entradas contra los guaicurúes; desalojó de Jerez en 1688 a los mamelucos, y demostró en todos sus actos una honradez acrisolada”. Falleció en la Asunción el 2 de agosto de 1691.

Fue Sebastián Felipe de Mendiola quien sucedió a Francisco de Monforte. Su gobierno se caracterizó por la arbitrariedad y el despotismo. Apresado por los criollos y remitido a Buenos Aires, se le instruyó un proceso. Quedó absuelto y repuesto en el cargo; pero, en este segundo periodo, bien escarmentado, optó por variar sus procedimientos.

El 4 de diciembre de 1696, tomó posesión de la gobernación de la provincia, Juan Rodríguez de Cota. Su actuación, siquiera benévola y progresista, fue odiosa para el pueblo. Entregó el mando en 1702.

V

LA LENGUA VERNÁCULA

El Paraguay es el único país bilingüe de América. Juntamente con el idioma traído por el conquistador hispano, la lengua rancia, colorida, dúctil y elegante con que el español rima sus endechas, llora sus tristezas, canta sus ensueños y plasma su pensamiento, en las regiones habitadas por los descendientes de los antiguos karaíves, se habla un idioma extraño, expresivo, gutural, pleno de giros raros y de onomatopéyicos sonidos. Es la lengua guaraní. Su origen se halla en el misterio de las selvas vírgenes, en el fondo obscuro de los siglos, en el arcano profundo y sugerente del alma aborigen. Creció en los toldos, ora en las riberas de grandes y caudalosos ríos, a plena y calcinante luz del sol de los trópicos; ora bajo el relente de las noches estrelladas, llena de murmurios, aromadas y tibias, en leyendosos solares de añosos caciques. Paseó por tierras ignotas en el carcaj del indio, de norte a sur, de este a oeste, de sur a norte, de oeste a este, de la Atlántida enorme, y no conocida por los blancos. Fue vínculo en la guerra y en la paz, melodía en el amor de la india, espíritu y materia aglutinantes de la unidad racial de la estirpe. Mediante ella predecían los autóctonos augures el sino misterioso del destino; de ella se valían los guerreros aborígenes en sus aprestos de conquistador. Sus voces sirvieron para adorar al Ñandeyara (48) de sus creencias, para rendir culto a sus muertos, para enseñar a sus hijos a andar sobre la tierra, para expresar su ira y su venganza y para rumiar su dolor.

Lengua florecida en la intemperie, como los árboles, sin temor a los vientos ni a las lluvias, fecundada por la observación de la naturaleza, enriquecida por la imitación del canto de los pájaros, del ruido de las alimañas pasajeras en la maleza, del desplome iracundo de las cataratas, de la canción eterna de las olas, del retumbar prolongado de los truenos, del espectáculo colorido de la aurora, del cobrizo paisaje del sol muriente.

Para desarmar al indio, en los días afanosos de la conquista, el español debía de aprenderla. Cuando la supieron, la llevaron consigo a las tierras gastadas de Europa. Pero ella no fue, como prisionera del ibero, en las cadeneras de las carabelas. Fue como vencedora, como nombre de regiones de extraña y fascinadora belleza, como títulos capitulares de acciones ciclópeas e imperecederas, como denominación científica de plantas medicinales y alimentos todavía desconocidos por los doctores del mundo antiguo. Así llegó al “Tesoro” de Montoya, a las graves asambleas de los sabios, a la historia universal.

Lengua dulce y expresiva, triunfadora de los siglos, cumplió en América la misión de la india. No se dejó matar ni olvidar por el conquistador. Su ternura, el encanto de su verbo le valió el amor del idioma castellano, y juntos fecundaron esta lengua paraguaya, la criolla, la nuestra, que tiene frescuras de fontanas y arreboles de un luciente amanecer. Porque el habla paraguaya no es la arcaica y flordelisada de Castilla. Sus voces son distintas, sus melodías diferentes. La lengua paraguaya, con base hispana e injertos guaraníes, tiene fragancia selvática, huele a pasto verde y húmedo, a jazmines y flor de caña. Modulada por los paraguayos, aparece con tonalidades insospechadas. Es más dúctil, más lozana, más americana.

El idioma guaraní, si bien se dio generosamente al conquistador, no se debilitó en su esencia. Siguió viviendo plenamente durante las centurias de la colonia. Mientras el indio, su creador, desaparecía – raro fenómeno – él se prendió al alma del criollo para internarse en los senderos del tiempo. Vivió el nativo trescientos años de epopeya, en el hogar y en la escuela, en las sementeras y en los vivaques. Fue expresión de sus anhelos y de sus padeceres, de su amor y de su odio. Anidado en la caja sonora de su espíritu, le fue leal en las horas inciertas y penosas de la vida y en los minutos rientes de la existencia, en los que espejea la esperanza y canta el corazón.

En 1811 sirvió al patricio para urdir la trama que nos dio la independencia. En esa lengua eterna, en voz baja, hablaron Fulgencio Yegros y Pedro Juan Cavallero. De ella se valieron José Montiel y Juan Francisco Recalde, Fernando de la Mora y Mariano Antonio Valdovinos, Mauricio José Troche y Juan Bautista Rivarola. Sus giros sirvieron para expresar la ira sagrada de Vicente Ignacio Iturbe en la Casa del Gobernador, y en guaraní se dijo el “santo y seña” que abrió las puertas del Cuartel de la Rivera a los hacedores de nuestra libertad. Y fue en la lengua vernácula que el pueblo de mayo cantó, por la primera vez, su emoción de patria y su fe en el destino perenne de la nueva nación.

La lucha por conservar la libertad ganada en 1811, y que se prolongó hasta el derrumbe glorioso de Cerro Corá, se la sostuvo al conjuro del guaraní. Era razón de autonomía más poderosa que los cañones; constituía un baluarte espiritual, una atalaya que se erguía, enhiesta y altiva, hermética y misteriosa, en actitud de defensa brava y constante.

La guerra de 1864 a 1870 se nutrió con la sonora armonía del idioma autóctono. Estaba en el lenguaje del héroe y en la canción de los campamentos; se hallaba en la orden del jefe y en la comprensión del soldado, en el recuerdo y en el penar de las madres, en la angustia de las esposas, en la tristeza de los niños. Irrumpía, marcial y vibrante, en el clarín triunfal de las trincheras y resonaba, alegre o melancólico, en las melodías de los campanarios. El drama hondo y terrible, la tragedia singular de aquella época lo sufrió, así, el pueblo paraguayo, en guaraní. Era la lengua en que lloraban las mujeres de la “residenta” y en la que odiaban y peleaban los varones de nuestra tierra. Era, en fin, el idioma confidencial de la raza paraguaya que dijera alguna vez de ella un fino espíritu del Brasil.

Los que reconstruyeron la Patria, después de Cerro Corá, supieron cuánto valor posee el idioma vernáculo. Con él se rimó el cantar de la fe sobre el osario, se enjugaron las lágrimas entre las ruinas, se curaron las heridas, se reedificaron los hogares derrumbados por el ígneo vendaval. El fue, entonces, algo así como la esencia reaglutinadora de la nación.

Y en la guerra del Chaco, conocen sus protagonistas cuánto servicio ha prestado en las trincheras. No solamente se lo utilizó para llevar y traer órdenes, para despistar al enemigo con sus claves ininteligibles y traviesas, sino arrulló las penurias del soldado, le dio ánimo y fervor en las horas de aflicción y de coraje, y tejió, sobre el cañamazo de sus tristezas, consoladoras esperanzas en el lenguaje eterno y etéreo del corazón.

La retaguardia se nutrió también con sus acentos. Las plegarias de las madres campesinas se rezaban en guaraní. En el dulce idioma, las novias añorantes del soldado del Chaco, suspirando, en voz baja, decían rõhechaga’u. Todo comentario, al fin triste o satírico, era más elocuente, satisfacía mas el ansia popular cuando se la hacía en la extraña y cariñosa lengua materna. Boquerón, Saavedra, Cañada Esperanza, Gondra, Campo Vía, Cañada El Carmen, Yrendagüe, Nanawa, Ballivián, Ingavi los vivió la raza en el idioma del cacique Lambaré.

Y los que pasearon por el extranjero, en peregrinaje feliz o en errabundo andar de desterrado, no olvidan ni podrán olvidar la emoción vivida al oír sus voces bajo cielos lejanos. Es como si en el silencio de la noche, en las horas de infortunio sufridas en la prisión, se escuchara, inesperadamente, las notas hondonas y enternecidas de una polca, la melodía instrumentada de una guarania o la triunfal y briosa carga del “Campamento Cerro León”.

Y sigue andando el guaraní por las rutas del tiempo, prendida como una flor al espíritu de la estirpe. Va con ella a las altas cimas del poder y de la gloria o la acompaña en sus trajines por los atajos de la adversidad. Nada empaña sus encantos ni tizna su lealtad. Es la misma lengua virgen que viene trayendo en sí el embrujo de las tradiciones patrias, los sabores de dolores y alegrías de otros días, los jirones de añejos estandartes, las luces y las sombras que emergen de la historia; es la misma con que expresaron sus ensueños nuestros padres y hoy, nosotros, evocamos e invocamos ideales; es la misma que se enraíza en el pretérito, nos habla al corazón en el presente y se extiende, cautelosa, hacia el futuro. No le han dañado ni la indiferencia de los presuntuosos ni el desdén de los superficiales ni el desprecio de los ignorantes. Anda el guaraní atravesando siglos, ágil y armonioso, delicado y travieso, abrazado a su raza y en pos de su destino.

¡Salve lengua paraguaya, lengua inmortal!

NOTAS

ÉPOCA PRECURSORA

I– Los días iniciales de la conquista y de la colonia

1- MOISÉS S. BERTONI, La civilización guaraní. Historia y protohistoria de los países guaraníes.

2- MANUEL DOMÍNGUEZ, La fundación de la Asunción. FULGENCIO R. MORENO, La ciudad de la Asunción.

3- Testamento de Juan de Zalazar y Espinosa, M. S. Archivo Nacional de la Asunción.

4- VIRIATO DÍAZ PÉREZ, Juan de Zalazar y Espinosa. El Capitán Poeta.

5- M.S. Archivo Nacional de la Asunción.

6- RUIDÍAZ DE GUZMÁN, La Argentina, libro III, capitulo II. PAUL GROUSSAC, Notas a La Argentina.

7- M. S. Archivo Nacional. ALVAR NÚÑEZ, Comentarios. Relación.

8- C. L. FREGUEIRO, Historia documentada y crítica, La Plata. 1893. J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I, Buenos Aires, 1940. S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya, Buenos Aires, 1943.

9- NARCISO R. COLMÁN, Nuestros antepasados, San Lorenzo, 1937. JOSÉ GUEVARA, Historia de la conquista del Paraguay.

10- CIRO BAYO, Romancerillo del Plata, Madrid, 1913.

11- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I. CIRO BAYO, Ob. cit.

12- Itinerario, Venecia, 1536.

13- La Epopée Castillane, página 172.

14- Las guerras civiles de Granada, tomo I.

15- La literatura española, tomo II.

16- T. VALDASPE, Historia de la literatura castellana, tomo I.

17- Las escritoras españolas – Ed. Labor, Barcelona –, Buenos Aires, 1930.

18- JULIO CAILLET BOIS, Ob. cit.

19- Documento citado por Caillet Bois.

20- RICARDO DE LA FUENTE MACHAÍN, Ob. cit.

21- M. DEL BARCO CENTENERA, Ob. cit.

22- J. CAILLET BOIS, Ob. cit.

23- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I.

24- Ob. cit., tomo I.

II.– Los primeros gobiernos coloniales

25- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América.

26- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

27- BLAS GARAY, Ob. cit.

28- ALVAR NÚÑEZ, Comentarios.

29- ENRIQUE DE GANDÍA, Gobernadores que nunca gobernaron.

30- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

31- BLAS GARAY, Ob. cit.

32- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, La ruta.

III.- Otros precursores del siglo XVI

33- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

34- S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya.

35- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América

36- MANUEL GONDRA, Ob. cit.

37- RÓMULO B. CARBIA, Síntesis biográfica de fray Luis de Bolaños.

38- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

39- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, La ruta.

40- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, Ob. cit.

41- FRAY JOSÉ LIQUERO, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba, 1916.

42- TRELLES, Revista del pasado argentino.

43- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

IV.- Los gobiernos coloniales del siglo XVII

44- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

45- Ídem, ídem.

46- Ídem, ídem.

47- Ídem, ídem.

V.- La lengua vernácula

48- Nombre dado a Tupac por los marítimos o atlantes.

VI

EL APORTE CULTURAL DE LAS MISIONES JESUITICAS

En la era fronteriza de los siglo XVI y XVII el Paraguay fue teatro de un acontecimiento destinado a tener profundas, prolongadas y amplias repercusiones de carácter histórico, económico, político y cultural. Nos referimos a la entrada de los padres de la Compañía de Jesús en estas tropicales regiones de la América del Sur. Sabido es que a consecuencia del desastre sufrido por Hernandarias durante la segunda expedición dirigida y realizada por el valeroso criollo en las zonas del Paraná y del Uruguay, y ya muy influido por las doctrinas espirituales que preconizaba el obispo Hernando de Trejo y Sanabria, desde Córdoba del Tucumán, y que se contienen en las resoluciones del famoso sínodo de 1603, aquel gobernador escribió al rey de España, solicitando la presencia de misioneros jesuitas que “pudieran suavizar por la enseñanza religiosa 1a condición áspera de los indígenas”. Este acto solo se refiere, como vamos a ver enseguida, a la entrada oficial de los jesuitas en el Paraguay. Porque la verdad, según el padre Lozano, es que ellos vinieron durante el gobierno de Juan Torres de Vera y Aragón, en 1588, veinte y ocho años después de la muerte del fundador de la Orden. (49) Estos primeros misioneros llegados al país fueron Tomás Filds, irlandés, Juan Saloni, catalán, y Manuel de Ortega, portugués. (50)

Hernando Arias de Saavedra, “incitado por Felipe III”, a raíz de la carta pedido aludida más arriba, dirigió un exhorto al padre provincial de Lima, Diego de Torre Bollo, en el sentido de que los jesuitas tomaran a su cuidado la conversión de los indios.

El padre Torre Bollo contestó prometiendo la fundación de un seminario y un instituto de enseñanza de carácter civil, tal como en su exhorto pedía el gobernador Hernandarias, siempre que se les proporcionara a los de su Orden los recursos necesarios. (51) Así se hizo. El gobernador criollo cedió a favor de los establecimientos a fundarse vastas zonas aptas para agricultura y ganadería, cuya explotación podría contribuir al sostenimiento de los misioneros. El cabildo donó también “un pedazo de la plaza pública para que allí se fundara escuela”. Vecinos acaudalados “siguiendo estos ejemplos, realizaron, asimismo, traspasos gratuitos a sus bienes”.

El edificio levantado para sede del colegio quedó terminado en 1595.

En ese tiempo también ya habían llegado al Paraguay los jesuitas Simón Mazzeta y José Cataldino.

El 29 de diciembre de 1609 se echaron los cimientos de la primera reducción, San Ignacio Guazú, por el padre Marcial de Lorenzana, con cuyo acto se dio comienzo a las famosas misiones de los hijos de Loyola en nuestro país.

Anotamos la fundación del colegio jesuítico de la Asunción como un hecho de trascendencia histórica, porque su creación representa un grado evolutivo en lo que podría llamarse la era escolar paraguaya. Se sabe que las primeras instituciones de enseñanza pública fueron debidas a Domingo Martínez de Irala. En dichas escuelas primarias aprendieron los rudimentos del saber el propio Hernandarias y Ruidíaz de Guzmán. Sábese también que antes que el colegio jesuita, funcionaba ya en la capital paraguaya otra escuela creada por Hernando Arias de Saavedra, en la que ingresaron ciento cincuenta niños a quienes se les enseñaba elementales nociones de lectura y escritura, y otros cincuenta más “a quienes se les proporcionaba el aprendizaje de oficios varios”. Este colegio, abierto en 1607, fue dirigido por el padre Francisco de Saldivar, ilustre sacerdote asunceno, famoso como conocedor profundo de teología. Desde el año 1603, asimismo, funcionaba en la Asunción la “Casa de Recogidas y Huérfanas”, creada por inspiración del obispo del Paraguay, Martín Ignacio de Loyola, “en donde hicieron vida de recluidas y recibieron cristiana enseñanza las hijas de los conquistadores”. La verdadera fundadora y primera abadesa de la “Casa de Recogidas y Huérfanas” fue Francisca Jesusa Pérez de Bocanegra. Desempeñó el cargo hasta 1617, año de su fallecimiento.

El colegio jesuita inició sus actividades en 1610. Su primer dómine llamábase Manuel de Acosta. En sus aulas debía de enseñarse a leer, a escribir y a contar.

Durante todo el siglo XVII la institución llevó una vida vegetativa, pobre, anémica, “hasta el punto de que quienes querían aprender algo debían de dirigir sus miradas hacia la universidad de Córdoba del Tucumán”. En esta casa se enseñaba, desde 1613, dice el deán Gregorio Fúnes, latinidad, artes y teología.

En el aspecto pedagógico, pues, los jesuitas tuvieron una contribución escasa, para no decir nula o negativa, en el proceso de la civilización paraguaya, hecho histórico que ha merecido juicios condenatorios pero justicieros, considerándose que en la época a que venimos haciendo referencia, los hijos de Loyola, como pedagogos, gozaban de noble fama en toda Europa. Recuérdese que Guillermo Godofredo Leibnitz, el filósofo de Leipzig, comentó con admiración su método de enseñanza, y que Francisco Bacon lo consideró como el mejor sistema educativo de su tiempo.

Pero si desde el punto de vista docente la contribución de los jesuitas fue, como dijimos, casi nula en la evolución de la cultura paraguaya, su aporte al enriquecimiento de la producción bibliográfica y, en consecuencia, a las letras del período colonial, es abundante y valioso, como veremos en seguida.

Débeseles, en primer término, la instalación de la primitiva imprenta en el Río de la Plata. Data del año 1700 su establecimiento en el Paraguay. Ochenta años después, la ciudad de Buenos Aires contó con su originaria prensa tipográfica. El jesuita y escritor argentino Guillermo Furlong Cardiff, al ocuparse de este asunto, dice que de las imprentas de las misiones del Paraguay, cuyas principales fueron las de San Ignacio Guazú y Santa María la Mayor, salieron obras voluminosas tales como la Diferencia entre lo temporal y lo eterno, del padre Juan Eusebio de Nieremberg, traducida al guaraní por el padre José Serrano; el Flos Sanctorum, de Pedro Rivadeneira; el Arte y vocabulario de la lengua guaraní, del padre Antonio Ruiz de Montoya, y el famoso Arapurú, del padre Insaurralde. En 1700 parece que el padre Neuman imprimió el Martirologio Romano. La impresión era correctísima por la nitidez y la limpieza de las páginas prensadas. Los indios Yaparí, Tilcará y otros se revelaron artistas del grabado. Así, los libros editados por las imprentas de la Compañía de Jesús en el Paraguay presentaban bellísimas ilustraciones.

En el siglo XVII apareció en el Paraguay ANTONIO RUIZ DE MONTOYA. Nacido en Lima, en 1584, especializóse en el estudio de la gramática. En tierras guaraníes, contando con la colaboración de sus colegas jesuitas, conquistó el dominio del idioma vernáculo. Escribió Arte de la lengua guaraní, editado en el pueblo de Santa María la Mayor, en I724. Existe otra edición anterior, lanzada en 1640, la que fue reproducida por Julio Platesman, filólogo alemán que se dedicó especialmente al estudio de las lenguas aborígenes de América. También se debe a Montoya el Tesoro de la lengua guaraní, impreso en Madrid, en 1639, y el Catecismo de la lengua guaraní, editado en 1640. Esta última es una copia literal, en gran parte, del catecismo escrito por fray Luis de Bolaños, también en lengua guaraní. El padre Antonio Ruiz de Montoya falleció en 165I.

Como se ve, el ilustre sacerdote citado dedicó sus afanes al habla autóctona. Su labor tiene, así, un valor singularísimo para los nativos del Paraguay, que es, como ya lo dijimos, el único país bilingüe de América, y lo tiene también para la ciencia, que es universal. El análisis de la obra del padre Montoya debe hacerse, pues, con mejor razón, desde el punto de vista del guaraní antes que del español; mejor desde el ángulo lingüístico, histórico y sociológico, que desde el plano puramente literario hispano-paraguayo.

NICOLÁS DEL TECHO nació en Lille, en 1611. Su verdadero nombre era Nicolás Du Toict; pero sus compañeros jesuitas se lo españolizaron en la forma en que se lo conoce en la historia. El padre Techo, desde 1630, profesó en la Compañía de Jesús.

Se especializó en la enseñanza de humanidades. Arribó al Paraguay en el año 1649 y llegó a provincial de la Orden en 1680. Durante este transcurso escribió su famosa Historia de la Provincia del Paraguay y de la Compañía de Jesús, cuyo manuscrito, primorosamente hecho por indios guaraníes, imitando los caracteres de imprenta, se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Esta obra fue impresa en la ciudad de Lieja, en 1673. Su cubierta y colofón dice: Historia Provinciae/Paraguaie Societates Jesu/ P. Nicholao del Techo, ejusden Secretatis Sacerdote fallo Belga-Insulensi. Más abajo se halla el escudo del editor. En el año 1897 fue impresa en Madrid una versión castellana del libro del padre Techo, versión debida a Manuel Serrano y Sáenz. Su publicación, bajo el título genérico de “Biblioteca Paraguaya”, débense a la librería asuncena de Uribe y Cía. Es la tercera edición. Fue editada en cuatro tomos y lleva un prólogo de Blas Garay. El padre Techo falleció en 1680.

La crítica ha descubierto que mucho de la Historia de la Provincia del Paraguay, del jesuita francés, es una copia de otro trabajo análogo debido a la pluma del padre Juan Pastor, ilustrado antecesor del padre Techo como cronista de la Compañía de Jesús. Esta obra quedó hasta hace poco manuscrita, dice Paul Groussac, y es el padre Lozano quien ha señalado, el primero, aquel detalle importantísimo a que nos referimos. (52) También en el Paraguay, en el año 1900, Manuel Gondra se ocupó de este asunto en sus estudios de crítica histórica. (53) Es posible que el propio padre Juan Pastor se haya valido de los trabajos del padre Boroa, que ocupó antes que aquel el cargo de cronista de la Compañía de Jesús, así como es posible que el mismo padre Boroa haya hecho otro tanto con los del padre Romero, quien le precedió en el mismo oficio. Y anotamos estas posibilidades teniendo en consideración que los cronistas de la Orden de Loyola se ocupaban, especialmente, en exaltar lo que sus integrantes realizaban en forma colectiva, buscando la ocultación sistemática de todo lo personal, salvo casos en que esto pudiera servir a la buena fama de la cristiana entidad. Las crónicas hacían prevalecer siempre a la organización sobre el individuo. De allí que no se hayan ocupado ni de sus propios autores. Difícil es hallar en ellas, por ejemplo, datos referentes a los padres Romero y Boroa, citados mas arriba, en el carácter de historiadores. Se conocen, sí, sus andanzas de misioneros. Del padre Juan Pastor apenas habla Lozano para decirnos que su inédito trabajo mucho sirvió al padre Nicolás del Techo. Y así ha ocurrido con otros más, a quienes iremos citando oportunamente.

PEDRO LOZANO, escritor español del siglo XVII, profesó también en la Orden de los hijos de Loyola. Estuvo en el Paraguay como misionero. Fue cronista de la Compañía de Jesús, desde I744 hasta 1752. Años antes, en 1733, ya había publicado en España, en Córdoba, una “Descripción geográfica del terreno, ríos y animales del gran Chaco Gualamba y de los ritos de las naciones que lo habitan.” A fines de 1754 se acabó de editar en Madrid su Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, la que apareció en dos volúmenes. Los manuscritos de esta obra fueron llevados a España, en 1745, por los padres procuradores Ladislao Orosz y Bruno Morales, con el designio de darlos a la imprenta. (54) También el padre Lozano dejó escrita una “Relación de la navegación de los P. P. Quiroga y Cardiel en el estrecho de Magallanes.”

Se ha dicho que la Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay se halla calcada en las relaciones de sus antecesores. Empero, hasta el cáustico Groussac dice “que es harto visible que buena parte de su historia proviene de sus investigaciones propias”. La crítica observa que la obra del padre Lozano no sobrepasa el nivel de las medianías de su tiempo. Es una narración exageradamente prolija y detallista, escrita en desordenado estilo. No obstante, es uno de los libros de obligada consulta. Contiene datos y referencias de notorio valor histórico y es una expresión de la vida colonial del Paraguay durante el lapso de que se ocupa. El padre Lozano falleció en 1752, en Humahuaca, mientras viajaba con destino al Alto Perú.

En la primera mitad del siglo XVIII llegó a la provincia del Paraguay PEDRO FRANCISCO XAVIER DE CHARLEVOIX. Nacido en San Quintín, en 1682, ingresó en la Compañía de Jesús y dedicóse a viajar, a observar y a relatar sus observaciones. En 1720 navegó por el río San Lorenzo, en las colonias inglesas de la América del Norte, “atravesó el país de los ilinenses y llegó al río Missisipi que recorrió en toda su extensión”. En Francia, ya de regreso del nuevo continente, trabajó en el Diario de Trevouse. A su muerte, que ocurrió en su país natal, dejó escritas una Historia y descripción del Japón, publicada en la ciudad de Ruan, en 17I5, en tres tomos; una Historia de Santo Domingo, editada en París, en dos tomos, en 1730; una Historia de la Nueva Francia, impresa también en París, en 1744, en tres tomos; y una Historia del Paraguay, en tres tomos como las anteriores, y, asimismo, dada a la estampa en París, en el año 1756. El padre Charlevoix escribía en francés su Historia del Paraguay se nutrió en la obra del padre Nicolás del Techo, intitulada Historia de la Provincia del Paraguay. El mismo Charlevoix lo confirma a cada instante en su libro.

Otro misionero jesuita y escritor francés que recorrió el Paraguay en el siglo XVIII, fue el padre IGNACIO CHOMÉ. Nacido el año 1698, profesó desde muy joven en la compañía de San Ignacio de Loyola. Se especializó en el estudio de la gramática. Pudo dominar la lengua guaraní, y en una de sus cartas, haciendo el elogio de la misma, dice que cada una de sus palabras “es una definición exacta que explica la naturaleza de la cosa que se quiso expresar, y que da de ella una idea clara y distinta”. (55) El padre Chomé dejó escrita una gramática guaraní. Falleció en Francia, en 1788.

NICOLÁS YAPUGUAI O YAYUGUAY fue un indio educado en las misiones jesuíticas. Se sabe de él que escribió un libro titulado Sermones y Ejemplos, editado en el pueblo de San Francisco Javier, en el año 1727, por los talleres de la imprenta de la Orden. La obra nunca ha sido reimpresa. Constituye una verdadera curiosidad histórica. Un ejemplar de Sermones y Ejemplos poseía Manuel Gondra. Era una joya de su valiosa biblioteca, la que hoy se halla en el extranjero. Al referirse a este libro y a su autor, el mismo Gondra expresaba que escribía el nombre del indio como lo hacían los jesuitas, aunque en su concepto debía hacerse de otro modo. Nicolás Yayuguay, proseguía Gondra, quiere decir Nicolás el verídico, esto es, digno de fe y, por lo tanto, sería contradicción de yapú, que significa mentir, cuaa que vale por saber, y, i, partícula negativa o privativa, esto es el que no sabe mentir. (56) Nicolás Yapuguai también escribió Explicación del catecismo en lengua guaraní, editado en la imprenta de Santa María la Mayor, en 1724. Este autor aborigen del siglo XVIII era cacique y músico. Nada más se sabe de su paso por la vida.

El padre JOSÉ GUEVARA nació en la villa de Recas, en la provincia y arzobispado de Toledo, en 17I9. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1732. Siendo aun novicio partió de Cádiz, bajo la dirección del padre Machoni, con destino al Paraguay. Llegado a Buenos Aires, se lo destinó a Córdoba. En esta ciudad dio término a sus estudios y enseñó después gramática en el colegio de la misma. En 1752 fue nombrado cronista de la Orden en reemplazo del padre Lozano. Este cargo le facilitó la posibilidad de escribir su Historia del Paraguay la que, según lo demuestra con profusión de datos Paul Groussac, no es sino una readaptación de la Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, del citado Lozano, y antes que una obra poco menos que superior a toda humana diligencia, como el propio Guevara la califica, no pecando por excesiva modestia, era, salvo raros pasajes, una aprovechable pero servil rapsodia. (57) La Historia del Paraguay del padre José Guevara es una condensación de la historia civil de los dos primeros siglos de la conquista y colonización del Río de la Plata, trabajo del padre Lozano rechazado por la censura de la Orden, con las modificaciones introducidas por Guevara, y de la Historia de la Compañía de Jesús en sus misiones de la provincia del Paraguay. Cuando se produjo la expulsión de los jesuitas, el padre Guevara fue trasladado a Buenos Aires. De esta ciudad se dirigió a Génova, en viaje accidentado. Durante su permanencia en Spello, que duró largo tiempo, no se le ocurrió terminar su Historia del Paraguay. El padre Guevara falleció, en 1806, en la localidad antes citada.

SIMÓN BANDINI era oriundo de Venecia. Profesó entre los devotos de Ignacio de Loyola, y vino a América en la segunda mitad del siglo XVII Aprendió y dominó el idioma guaraní en forma extraordinaria. Fue orador diestro y elocuente, sólo comparable, decía el padre Antonio Machoni, a Tulio o a Demóstenes, en el manejo de aquella elegantísima lengua. Se sabe Se Simón Bandini que trabajó en las misiones del Paraná y el Uruguay en el año 1675.

DIEGO DE BOROA era oriundo de Trujillo, provincia de Extremadura, donde nació en 1585. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1605. Luego de profesar, se embarcó con destino a América. En el año 1614 se lo encuentra en el Paraguay, en el pueblo de Guarambaré, acompañando al padre Bartolomé Saña. En 1616 visitó la reducción de San Ignacio del Paraná con el padre Claudio Ruyer, donde permaneció hasta 1618. Dos años después regresó a aquella reducción donde acompañó al padre Pedro Romero, fundador de Corpus Christi. Entonces el padre Boroa era superior de las doctrinas del Paraná. (58) En 1628 fue designado rector del colegio de la Asunción y superior de todas las reducciones. Encontrándose en la de Itapúa, topóse con el maestre de campo Manuel Cabral de Alpoin, venido éste de Corrientes con algunos españoles y doscientos indios amigos, con el propósito de pacificar las doctrinas del Uruguay que habían dado horrorosa muerte al padre Roque González de Santa Cruz y sus compañeros, los padres Alonso Rodriguez y Juan del Castillo. El padre Boroa incorporóse a esta expedición. En el mes de abril de 1637, encontrándose en Santa Fe, otorgó poder al padre Antonio Ruiz de Montoya, para representar los intereses de la Compañía de Jesús ante la Corte, facultándole, al mismo tiempo, para mandar imprimir los originales del libro que llevaba compuesto sobre la lengua guaraní y los que compusiese en adelante.

En el mes de agosto del mismo año visitó la ciudad de Córdoba, donde redactó y dató las Cartas Annuas de su provincia, correspondientes a los años 1635, 1636 y 1637.

Supónese que a principios de octubre de este mismo año estuvo en Buenos Aires, y dos años después sufrió las persecuciones de que fueron víctimas los misioneros jesuitas. Durante nueve meses permaneció asilado en la casa de su amigo, el maestre de campo Cabral de Alpoin.

El padre Boroa escribió una epístola sobre la vida y muerte del padre Alonso de Aragón y las Cartas Annuas ya mencionadas, las que fueron publicadas, en latín, por el padre Francisco Hamel, en 1642. En la Revista del Archivo Penal de Buenos Aires se estamparon también los fragmentos de una obra, hasta entonces inédita, del padre Boroa, referente a las reducciones del Paraná y del Uruguay, y en los anexos a la memoria de Trelles sobre límites del Paraguay, hay otro trabajo de Boroa en el que relata al rey la insolencia de los portugueses de San Pablo y pide los medios para combatirlos. Este trabajo está fechado en enero de 1637, en la Sierra del Uruguay.

El padre Boroa, fallecido en 1658, fue también poeta. Conócese de él un soneto que, según se supone, es el primero de los escritos en la Asunción. Cuenta Guevara que “el más amoroso que elegante soneto”, se halla inspirado en la muerte de Francisca Jesusa Pérez de Bocanegra, la primera educadora de las mujeres de estas tierras en los días coloniales, y fue “salmodiado en sus exequias por las internadas de la Casa de Recogidas y Huérfanas”. (59) Helo aquí:

Concava Cava, q. es de Nra. Madre?

Querida Madre, dinos donde habitas?

Haste olvidado de estas pobrecitas,

por verte con el Hijo, y con el Padre?

Dinos algo Señora que nos quadre,

porque nos tienes tristes y marchitas

huérfanas somos, grandes y chiquitas,

ya no tenemos perro que nos ladre.

Lúgubre Parca, Muerte furibunda,

porque nos has quitado nuestra luna?

Y se la has dado a la noche negra?

Donde hallaremos Muerte otra segunda?

Más triste y corta fue nra. fortuna,

pues q.e perdimos a nra. Bocanegra.

ANTONIO MACHONI nació en Cerdeña, en 1671. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1688 y profesó en 1708. En 1727 se lo encuentra en Salta, como rector del colegio jesuita. Más tarde, antes de 1730, fue rector del colegio máximo de Córdoba del Tucumán. Enviado a Roma, de 1732 a 1733, como procurador general de la Provincia del Paraguay, pasó luego a España. En este país, en Córdoba, publicó en 1732 Las siete estrellas de la mano de Jesús, tratado histórico de las admirables vidas y resplandores de virtudes de siete varones, ilustres de la Compañía de Jesús, naturales de Cerdeña y misioneros apostólicos de la Provincia del Paraguay de la misma Compañía. También en ese año publicó en Madrid, Arte y vocabulario de las lenguas Sule y Tonocoté. En 1733 editó, además, en España, y otra vez en Córdoba, la Descripción orográfica del gran Chaco, obra escrita par Pedro Lozano. Meses después, y en la misma ciudad, dio a luz su Día Virgino y Sábado Mariano. Esta obra fue reimpresa en Buenos Aires, en 1877, por el doctor Juan Mariano Larsen, como apéndice de una nueva edición de su Arte y vocabulario de las lenguas Sule y Tonocoté.

El padre JOSÉ MANUEL PERAMÁS, nacido en Mataró, en 1732, también se halla ligado al Paraguay por sus obras. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1747. Fue destinado a las misiones guaraníes, en las que permaneció hasta el cumplimiento de la pragmática de Carlos III que les puso término. El padre Peramás falleció en Faenza, en 1793. Son obras del escritor jesuita las siguientes; Orationes quinque in landin Domini Ignotu. Duarte et Quiros Seminarii Monserratensis Fundatoris Cordubae Tucumanorum, Cordubae Tucumanae typis, Seminarii Monserratensis; Adveniente Faventiam… Episcop D. D. Dominico e Marchinibus manciforte et urbes praesides S. S. Sabinum el Petrum Damiani Antistites vota et gratulatio, Carmen Epicum favente, 1787, typis lusovie Genetri, in fol; De vita et moribus VI Sacerdotum Paraguaycorum, Faventiae, 1793, typis archii, obra póstuma que contiene la biografía del autor y un Comentarius de Administrationes guaranica ad Rempublicam Platensis. Paratus preloreliquiet de Eucharistia libri cum notis quod reor esse poema insciptum: De sacro in novum orbem invectum, constants IV libris. II Annaes provinciae Paraguariaes Litterae. III Ephemérides, ou journal de vojage du Paraguay a Faenza. IV Proedim juventutis. Caballero añade: Nescio editus ne sit liber in quo ostendit D. D. Gonzagae el Stanislao jure optimo datem juventutis fuisse tutelam.

El padre ENRIQUE LAMORMAINI, oriundo del ducado Luxemburgo, nacido en 1596, también se vinculó a nuestro país por sus afanes de cultura. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1617. Ejerció después la cátedra durante más de veinte años. De ella sólo pudo alejarlo la enfermedad. Dedicóse entonces a escribir. Fruto de sus meditaciones es su Relatio martyn Patrum Rochi Gonzalez, Alphonsi Rodriguez et Joanis del Castillo Joanitatis Jesu, qui anno 1628 in Uruai Paraguariae Provincia passi sunt Vienae mathacus formica, 1631. El padre Lamormaini falleció en Venecia en 1649.

ALONSO BARZANA, a quien algunos historiadores llaman Alfonso Bárzana o Bárzena o Bárcena o Bársena, según Antonio León del Pinelo, nació en Vélez, en el año 1528. Créese, sin embargo, que era oriundo de Córdoba de Andalucía. Fue discípulo del padre Juan Dávila. Ingresó en la Compañía de Jesús en el año 1565. Luego de ordenado, después de 1575, viajó con destino al Perú. Recorrió, posteriormente, Tucumán y el Paraguay. Durante veinte años habitó en estas regiones. Aprendió, en ese tiempo, once diferentes lenguas indígenas, y escribió salmos y comedias que fueron representadas en la Asunción, más o menos, en 1585. Ya al finalizar el siglo, en el año 1595, Alfonso Barzana sufrió un ataque de apoplejía que lo dejó con las facultades mentales alteradas. Mejorado de su dolencia, se trasladó a Cuzco. Cúpole allí la oportunidad de bautizar al último heredero de la corona de los incas. El padre Barzana falleció en aquella ciudad peruana, en 1598.

NICOLÁS DURAND, nacido en 1570 y fallecido en 1653, dedicóse a la historia. Escribió, en latín, tres obras referentes a las misiones jesuíticas en América, las que fueron posteriormente traducidas al alemán y al español. Una de ellas se refiere a la muerte del padre Roque González de Santa Cruz y sus compañeros. El padre Durand fue provincial de los jesuitas del Río de la Plata, Tucumán y Paraguay, en 1623.

JUAN PATRICIO FERNÁNDEZ, español, nacido en 1661, dejó escrita una Relación histórica de las Misiones de Indios que llaman Chiquitos, que están a cargo de los padres de la Compañía de Jesús de la Provincia del Paraguay. Esta obra fue editada en Madrid, en el año 1726. Más tarde fue traducida al latín, italiano y alemán. El padre Fernández falleció en 1733.

MARTÍN DOBRIZHOYFFER era natural de Gratz, Estiria. Nació 1717, e ingresó en la Compañía de Jesús en 1736. Llegó a América trece años después. Estuvo en las misiones guaraníes y entre los abipones durante dieciocho años. Escribió un Historia de abiponibus, editada en Viena, en 1754. El mismo año fue traducida al alemán por el profesor Kreil, de la Universidad de Pest. Existe, además, una versión inglesa extraída del original latino, por R. Socethey. Es de 1822.

TADEO JAVIER HENIS era oriundo de Bohemia. Nació en el año 1711 y falleció en 1767. Cultivó la oratoria sagrada.

PABLO RESTIVO nació en Mazzarino, en 1658. Ingresó en la Compañía de Jesús, en 1671. Cursó filosofía durante tres años y teología, por espacio de cuatro. Luego de ordenado se trasladó a Malta, en donde dictó lecciones de humanidades. Fue destinado al Paraguay en 1691. Casi medio siglo dedicóse a la labor evangélica en estas tierras, entre chiriguanos y guaraníes. Fue rector del colegio de Tarija, desde 1701 hasta 1705, del de Salta, y lo era del de la Asunción cuando ocurrieron los sucesos de la revolución comunera, en los tiempos de José de Antequera. Restivo opúsose, entonces, tenazmente, al decreto que ordenaba la expulsión de los padres de la Orden de tierras del Paraguay. Terminado su período rectoral en la Asunción, regresó a las misiones, donde pasó los últimos veinte años de su vida.

Fue Pablo Restivo un digno sucesor del padre Ruiz de Montoya, “no sólo como misionero infatigable, sino también como filólogo y lingüista”. Su primer libro se intitula Manuale ad usum Patrum Societatis Jesu qui in Reductionibus Paraquariae versatuaes, etc.. Se halla escrito en latín, guaraní y castellano. Fue ésta la tercera obra editada en los talleres misioneros de nuestro país. Al padre Restivo le corresponde, pues, no solamente el honor de haber escrito aquel libro, sino el de haberlo impreso. Su edición es de 1721, en Santa María la Mayor. En este mismo pueblo, y bajo la dirección de Restivo, se editaron otras obras, tal el Vocabulario de la lengua guaraní, posiblemente revisado y aumentado por aquél.

Posteriormente, el propio Restivo refundió íntegramente 1a obra citada; pero su trabajo no fue publicado sino muchos años después de la muerte del misionero jesuita. Los originales se hallan en la Biblioteca Nacional de Berlín. El ex emperador del Brasil, Pedro II, lo mandó imprimir en 1893. Lleva la siguiente inscripción: “Léxico hispano-guaranítico. Vocabulario de la lengua guaraní. Inscriptum a R. P. jesuíta Pablo Restivo, edente Doctore Christiana Frederic Seybold, Sttugard, 1893.”

El padre Restivo refundió y amplió también otro trabajo del padre Ruiz de Montoya. Es el Arte de la lengua guaraní, “al que agregó escolio, anotaciones y apéndices”. La primera edición de este libro se publicó en 1724, por la imprenta de Santa María la Mayor. Fue reeditada en 1892, por el nombrado Frederic Seybold, quien, en 1890, dio a la estampa, asimismo, Brevis Linguae guarani grammatica, compuesta por el padre Restivo.

Es sabido que el padre Uriarte y el conde de la Viñaza atribuyeron al padre Restivo la famosa obra de Nicolás Yapuguai, Sermones y Ejemplos, de la que ya nos hemos ocupado. Lo probable es que el misionero jesuita haya colaborado con el escritor autóctono en la impresión de aquel trabajo. Lo mismo cabe apuntar en lo referente a la Explicaciones del catecismo en lengua guaraní, del nombrado autor aborigen.

El padre Restivo, a petición de algunos misioneros, dedicóse también al aprendizaje de la lengua de los indios chiquitos. Sus afanes tuvieron éxito, pues “consiguió reducir a reglas y preceptos su enmarañada gramática”. Los trabajos referentes a la lengua aludida fueron publicados por L. Adam y V. Henry en el libro titulado Arte y vocabulario de la lengua chiquita, con algunos textos traducidos y explicados.

El único trabajo de Pablo Restivo que permanece inédito parece ser el Compendio de los vocablos más usados en la lengua española y guaraní. Es del año 1729. Constituye un volumen de doscientas cuarenta y cuatro páginas, y se halla el Museo Mitre, de Buenos Aires.

Uno de los méritos más sobresalientes del padre Restivo es, como se ve, el haber sido uno de los creadores del arte tipográfico en el Paraguay. Le acompañaron en este afán los padres Juan Bautista Neumann, José Serrano, Simón Bandini, Ladislao Orosz y Segismundo Asperger.

Pablo Restivo falleció en Candelaria, en 1741.

JOSÉ SÁNCHEZ LABRADOR. En 1910 fue dado a publicidad, por la Universidad de La Plata, una importante obra cuyos manuscritos estuvieron ocultos durante muchos años. Se trata de El Paraguay Católico, del padre José Sánchez Labrador.

Antes de ocuparnos de tan importante libro vamos a referirnos a su autor.

Samuel A. Lafone Quevedo, en el prólogo que escribió para la edición de 1910, de El Paraguay Católico expresa que en la Biblioteca de Escritores de la Compañía de Jesús y Suplemento 1º, por el padre Diosdado Caballero, que data de 1814, se hallan las informaciones biográficas del padre Sánchez Labrador, que copiadas dicen: “José Sánchez Labrador nació en la Guardia, pueblo de la diócesis de Toledo, el 19 de septiembre de 1717; entró en la Compañía en la provincia de Toledo el 5 de octubre de 1731 e hizo la profesión de cuatro votos el 20 de mayo de 1751. De la provincia de Toledo se trasladó al Paraguay. Fue profesor de Filosofía y Teología con gran opinión de ciencia en la Academia de Nueva Córdoba. Varón insigne por su prudencia… diligencia y paciencia, e investigador diligente de las cosas naturales: son palabras del esclarecido varón Martín Dobrizhoffer en su egregia Historia de los Abipones, de quienes fue misionero en el Paraguay, editada en tres tomos en Viena el año 1874. El mismo Martín, en otro lugar de dicha historia, añade acerca de Sánchez: “Estas cosas… y algunas otras las debo a las observaciones y relaciones de José Sánchez, diligentísimo explorador de la naturaleza… Ojalá tuviese a mano los dibujos de las fieras, aves, peces y plantas, hechos con su hábil pluma, dignísimos, por cierto, de que, para adorno de mi historia se grabasen con buril de Viena.” Hasta aquí el mismo.

“Abandonando las cátedras que con tanto lucimiento desempeñaba, se ocupó Sánchez por mucho tiempo en convertir a la fe cristiana y reducir al suave yugo del Rey católico las naciones bárbaras del Paraguay, para lo cual hubo de recorrer distancias inmensas, exponerse a grandes peligros y sufrir innumerables trabajos. En medio de expediciones tan ilustres y útiles para la gloria de Dios y benéficas para el Rey de España, fue Sánchez deportado a Italia con los demás compañeros. El santísimo anciano tan benemérito de la religión, del Rey, de la nación española y de todos los varones sabios, murió en Rávena en 1799.

“Obras manuscritas. – Tradujo el catecismo a la lengua de los Mbayás en cuyo beneficio había derramado tantos sudores, para civilizarlos, reducirlos a vida más humana e iluminarlos con la luz del Evangelio. Había escrito hasta la letra P, el Diccionario de la misma lengua adornado con preceptos gramaticales, que hubiese continuado hasta el fin a no haber intermediado el destierro. De la historia del Paraguay escrita en francés por el Padre Pedro Fr. Xav. Charlevoix, traducida al latín por el padre Domingo Muriel y editada en Venecia en 1779.

“Paraguay natural ilustrado. Noticias de la naturaleza del país con la explicación de fenómenos físicos, generales y particulares: usos útiles que de sus producciones pueden hacer varias artes. Parte primera, contiene los libros siguientes: primero, diversidad de tierras y cuerpos terrestres; segundo, agua y varias cosas a ella pertenecientes; tercero, aire, vientos, estaciones del año, clima de estos países y enfermedades ordinarias. Es un tomo en 4º de letra tupida en el que se ilustra el Paraguay natural en tres libros en los cuales erudita y copiosamente se trata de la diversidad de tierras y cuerpos terrestres, de las aguas, aire y vientos, de las tempestades, temperatura y enfermedades más comunes de esta región. Parte segunda, contiene los libros siguientes: primero, botánica o de las plantas en general; segundo, selvas, campos y praderas del Paraguay; tercero, los árboles en particular; cuarto, tunas y cañas; quinto, icipós y otras plantas sarmentosas; sexto, algunos arbolillos, matorrales y hierbas; séptimo, algunos útiles y curiosos usos. En esta segunda parte, que contiene siete libros, trata copiosamente de la botánica del Paraguay. Alaba a Pedro Montenegro, coadjutor temporal de la Provincia del Paraguay, que dejó una obra manuscrita en español sobre las plantas del Paraguay útiles para curar las enfermedades. Dice también en el prefacio de esta segunda parte, que terminó del todo el tomo primero de la obra titulada Paraguay Cultivado.

“Parte tercera, contiene los libros siguientes: primero, animales cuadrúpedos; segundo, las aves; tercero, los peces. En esta tercera parte trata de los cuadrúpedos, aves y peces y menciona la segunda y tercera parte de la obra escrita por él mismo, titulado “Paraguay Católico”. Parte cuarta, contiene los libros siguientes: primero, de los animales anfibios; segundo, de los animales reptiles; tercero, de los insectos.

“Los anfibios, reptiles e insectos del Paraguay forma la materia de estos tres libros de la parte cuarta. Aquí también hace mención de la obra “Paraguay Católico”, y censura la disertación de Raimundo María Termeyer sobre las cosas de Tucumán inserta en la obra titulada Memorias eruditas, que se editaba en Milán en 1778.”

El “Paraguay Católico” está fechada en 1770 y se publicó, como decimos, en 1910.

PEDRO MONTENEGRO, nacido en Santa María, Galicia, y ordenado en España, durante su estada en esta parte de América escribió un importantísimo libro referente a materia médica. Dicho libro es considerado, cronológicamente, como el primero en su género.

Sábese de Pedro Montenegro que estuvo en Córdoba, enfermo de tuberculosis.

La obra del ilustre jesuita se intitula Libro Primero y Segundo de la propiedad y virtudes de los árboles y plantas de las misiones y provincias de Tucumán, con algunas de Brasil y Oriente.

En 1a Historia de la Medicina en el Uruguay, importante obra de Rafael Schiaffino, se lee el siguiente párrafo referente a Pedro Montenegro: “Así como Ruiz de Montoya representa en el siglo anterior la suma de los conocimientos corrientes del elemento popular, en el siglo XVIII, Montenegro es la figura que domina en la transformación que había sufrido el ambiente de las reducciones. Médico, antes de ser jesuita, había actuado en los hospitales de Madrid y fue dedicado a su oficio en las florecientes misiones; ya había cesado la conquista por la cruz, y los padres dedicaban sus actividades a la organización en aquel género especial de comunidades. La especialización de las funciones permitía ya la dedicación al estudio sin que los menesteres espirituales absorbieran todas las actividades.

“Montenegro, inclinado desde niño a conocer y saber la virtud de las plantas y a curarse con ellas, así como a sus prójimos, «pudo en el vasto y virgen ambiente que se le ofrecía» desplegar sus aficiones y aptitudes en su estudio favorito. Constreñido por ellas, «entraba en los bosques», trepaba por «sierras muy encumbradas y no pequeños peligros, atropellando incomodidades y trabajos, helándose muchas veces de frío y sofocándose otras de calor», dándolo todo por muy bien empleado.

“Agregábase a su afición la apremiante necesidad de valerse de los recursos de la naturaleza, en una época en que la escasez de médicos y boticarios llegaba al punto «de no haber encontrado en veintiún años más que un solo cirujano en estas tierras de América» y en las que se veía obligado a hacer de «autor de Botica» confeccionando los remedios con las yerbas que tenía a mano.

“Esa penuria propia de la época lo llevó a dejar escrita la suma de sus conocimientos, movido «más que por la ambición de ser autor de un libro por la de la caridad de hacer bien a sus hermanos».

“Dio a su obra el título de Libro Primero y Segundo de la propiedad y virtudes de los árboles y plantas de las misiones y provincias de Tucumán, con algunas de Brasil y Oriente, señalándola con la fecha de 1710 y acompañándola con los dibujos de las plantas de que trataba.

“De esta obra se encuentra un ejemplar en la Biblioteca del Duque de Osuna; existe una copia con grabados, muy bien conservada en la Biblioteca Pública de Buenos Aires, la que por carecer del título fue bautizada por Trelles con el de “Materia Médica Misionera”.

“De este ejemplar hemos tomado nuestros apuntes. Trelles lo publicó, sin los grabados, en los tomos I y II de la Revista Patriótica del Pasado Argentino.

“Montenegro, en su obra, sigue la escuela española tal como se hallaba en su época. Sus maestros están representados por la trilogía clásica de Dioscorides, Mathiolo y Laguna; al viejo botánico griego, unía a su comendador Andrés Mathiolo de Siena (1500-1577) y para cerrar el triángulo al español Andrés Laguna, contemporáneo de aquél y traductor y comentador de Aristóteles y de Dioscorides, a su vez.

“Plinio ocupa un sitio de honor en su libro, y a Theofastro y a Pablo Egineta los conocía a través de la gran obra de recopilación del “francés” Gaspar de Bauhin, obra en la que el minucioso botánico de Basilea y anatomista, que dio su nombre a la válvula ileocoecal, había empleado cuarenta años: Pinax theatri botánica.

“De los escritores que se ocuparon de la botánica médica americana, conocía a Huerta, que así llamaban entonces a García de Orta, el portugués, que de los primeros escribiera sobre ella; a Nicolás Monardes, la autoridad más alta en esa época, y a Cristóbal Acosta; y entre los americanos a Antonio León Pinelo, peruano que escribió en 1631 una Historia Natural de las Indias Occidentales, y a Agustín Farfán, fraile agustino de la Nueva España y doctor en Medicina, autor de un tratado de medicina publicado en Méjico en 1610.

“Fuera de ellos cita al pasar a los portugueses Francisco Moratorio y Ribeiro, a los españoles Herrera, el cronista, y Andrés Alcázar, cirujano distinguido a fines del siglo XVI; a Ascencio de Montpellier, al italiano Pablo Zaecchia, a Catrera, Jude, Bigo y algún otro.

“Sorprende no hallar en su bibliografía, ni encontrar citada en su obra, la de Francisco Hernández, de la que resumida por Zacchi, había publicado en Méjico, en 1615, un nuevo compendio fray Francisco Ximénez, del que ya hemos hecho en su lugar justa referencia, ni al P. José Acosta, al Plinio del Nuevo Mundo, ni a Fernández de Oviedo.

“Al llegar al final de su obra, nos dice que llegaron a sus manos las de Guillermo Pison y Jacobo Bonti, que escribieron en el Brasil, de las cuales ha traducido y trasladado algunas, «las que reconoce de mayores virtudes y que por acá se pueden hallar, por ser semejantes éstas a las del Brasil, de las cuales ha descubierto ya algunas, a las cuales pone con su nombre en Tupí y Guaraní, asimismo las virtudes que dichos autores recetan de ellas, que sin duda serán ciertas para si con el tiempo se descubrieran sepan usar de ellas».

“Cita, en efecto, a Pisón y a Bonti en los capítulos que trata del Cacao, del Pimiento, del Clavo, del Ysypó Moroti; de los Tamarindos, de la Raíz de la China, de la Galanga, del Yaguarundí, del Urucú y de la Copaiba, tomando copia muchos de sus grabados.

“Trae como éstos las propiedades de la Ipecacuana, el Ysypó morotí y las del Jaborandi; en el Yaguarundí, cuyo conocimiento había obtenido de las relaciones indias, como aquéllos, los cita, pero refiriéndose a sus propiedades lo mismo que ellos, declara haberlas conocido por referencias de los naturales.

“Tal es la escuela de Montenegro: La vieja botánica de Dioscovides, comentada por los escritores del siglo XVI, el italiano Mathiolo y el español Laguna. La escuela de los productos de América de García de Orta, de Monardes y de Herrera, Cristóbal de Acosta, la de los que escribieron desde América, León Pinelo y Farfán; desconociendo a Ximénez y alcanzando a última hora la gran obra de Pisón y Marcgrave y la de Jacobo Bonti, de cuyo maduro estudio tanto bueno hubiera podido cosechar.

“Fuera de esos conocimientos, que podríamos llamar, clásicos, recoge Montenegro las reseñas de los Curuzuyaras, la experiencia de sus compañeros de misión, las enseñanzas de las reducciones de otros países, traídas por el intercambio de misioneros. El indio Clemente le enseñó las propiedades del Caápari-miri o batatilla de San Antonio y las del Ybyrá Yacaparú o Altocigo; un indio tupí escapado de San Gabriel le da a conocer el Macaguá Ysypó o Palo de Culebras; un médico de los Güenoas las del Ybotíyú, o Virga áurea; cierto indio viejo, el más expedito que halló en las misiones, las del Yacaré caá; un indio práctico, las de Caá-ruguai guazú; varios indios muy capaces, las de Ipecacuana o Ysypó Morotí. De las tradiciones indias recoge las propiedades del Macaguá caá, o Yerba del Charrúa, ya relatadas por Montoya, las de la Yerba del Colmillo de la Víbora o Mopy Caá, las del Güembé, del Arazá, del Toro caá, o Meliloto. De las relaciones traídas de las regiones vecinas la obtiene Corregüela o purga criolla de Santiago y Tucumán, la Canchalagua de Chile, la Yerba de la Víbora de Tarija, la contrayerba del Perú, que busca y obtiene en la rica flora de las Misiones.

“De todos esos elementos, Montenegro reconoce, describe y dibuja las especies, refiriendo honestamente aquellas en las que no tiene experiencia personal; en cambio, enriquece las descripciones con los valiosos datos obtenidos en su práctica profesional, o en sí mismo, como al tratar de las epidemias del sitio de la Colonia, curadas con el Arazá o Guayaba, o la de su afección pulmonar radicalmente extirpada con el uso de la Algarrobilla o Guayacán (Ybyrá ehé); a veces son éstas un poco inverosímiles como aquel indio a quien pasó por encima una rueda de carreta con 170 arrobas, deshaciéndole cuantos huesos tenía en el pecho y que sanó en un mes con un cocimiento de Mboy Caá.

“La descripción de las plantas en su obra, no obedece a método ninguno, no ya botánico, pues no trata de agruparlas por familias o unirlas por sus semejanzas, cosa que no era dado esperar en esa época, en que aún no existía una clasificación racional, sino ni siquiera por las propiedades medicinales de ellas. Así hace el efecto su obra de que hubiera sido la agrupación de notas, escritas sobre cada planta y agrupadas al azar.

“Es sumamente cuidadoso en el nombre de las variedades, citando las desinencias de los clásicos, la acepción española corriente, siempre la Guaraní y a veces la Tupí.

“En cada capítulo da las variedades de las especies, con las diferentes acepciones en guaraní y las características de sus diferencias.

“Conocidas las clases, hace la descripción de la planta, en su tamaño, carácter de sus hojas, flores y frutos; señala con frecuencia la variación del tipo americano al descrito en los autores clásicos o a las existentes en España, y finaliza con las propiedades medicinales o virtudes, que separa en parágrafos, enumerando las que le conceden los autores, las que le refieren los indios y las que ha obtenido en su larga experiencia de misionero.

“Vista en conjunto la obra de Montenegro, no es posible juzgarla sino dentro de la época, en el estado de la ciencia española de aquel entonces, relacionándola con las que le precedieron y con las que la siguieron en estas regiones. Hemos visto ya la influencia que tuvieron en ella los clásicos como Dioscorides, a través de Mathiolo y Laguna, después la obra de Morardes, y finalmente las obras de Pisón y Bontius; hicimos notar cómo no llegó a él la obra monumental de Fracisco Hernández, ni aún a través de Fray Ximénez, a pesar de las referencias que hace Pisón a cada rato a esa obra; pues bien, con todo, relacionándola con las de sus predecesores la obra de Montenegro no desmerece; es un trabajo paciente y concienzudo de reconocimientos de las especies, de trabajadora búsqueda de sinonimias, minuciosa descripción y de honesta aplicación terapéutica.

“Pero si no desmerece su obra en comparación con la de los maestros, adquiere una importancia extraordinaria, si la comparamos con las que la siguieron en estudios semejantes; cincuenta y ocho años después de publicada su obra permanecieron aún los jesuitas en las misiones y muchos años después publicaban aún los misioneros los frutos recogidos en su estada, y bien: en todo lo pertinente a plantas medicinales ninguna otra se le alcanza. Montenegro es el maestro, y se siente en todos las influencias decisivas de su superioridad.

“Más aún, han pasado ya dos siglos largos de realizada su obra; con ellos el progreso extraordinario de las ciencias ha penetrado en estas regiones; la civilización ha llevado los conocimientos al alcance de todos; ciudades y pueblos han llenado los campos por donde los indios vagaban; y si en todas las manifestaciones de la actividad las nuevas repúblicas han señalado sus progresos, quedan aún las proposiciones de Montenegro esperando que los sabios busquen en los laboratorios el juicio crítico de las premisas sentadas por el empirismo de los misioneros. Algunos trabajos aislados se han esbozado en ese sentido y acaso la escasa publicidad de su obra haya impedido que los estudios se dirijan por ese camino lleno de incógnitas interesantes que despejar.”

ALONSO DE ARAGON nació en Nápoles, en 1585. Ingresó, diecisiete años después, en la orden ignaciana y se embarcó con destino al Paraguay en 1616. En la Asunción enseñó latín hasta 1619, para luego ser destinado a evangelizar el Uruguay, juntamente con el padre Roque González de Santa Cruz, y administrar la reducción de Concepción. Falleció en 1629. Se le atribuye la paternidad de varios trabajos, entre los que se cuentan el Vocabulario de la lengua guaraní; las Partículas de la lengua guaraní; los Sermones al pueblo; y las Sintaxis y canciones, muy elegantes, en la misma lengua. Fueron sus biógrafos los padres Antonio Beatillo y Diego de Boroa.

SEGISMUNDO DE ASPERGER era natural de Inspruck. Nació en 1687 e ingresó en la Compañía en 1703, ordenándose en 1716. Misionero en el Paraguay, se dedicó al estudio de las yerbas y plantas medicinales y compuso un tratado de materia médica, mencionado por varios autores, pero ha quedado inédito.

FRANCISCO DÍAZ TAÑO nació en una de las islas Canarias, en 1593. Estudió en Sevilla gramática y retórica. Ingresó después en la Orden de Loyola. Se embarcó para el Paraguay en enero de 1622. Llegó a Buenos Aires dos meses después. Fue maestro de artes en Córdoba. Pasó luego a las misiones guaraníes. Fue destinado al Guairá. Después de recorrerlo, visitó la provincia de Guayaná y fundó la reducción de Candelaria. Compuso catecismos y vocabularios en la lengua de los indios lugareños. Fue interino del gobierno de la Orden en el Paraguay, por ausencia del padre Boroa. Regresó a España en 1637, para exponer a Felipe IV las necesidades de las misiones en estas provincias. Trasladóse, posteriormente, a Roma para tratar de los mismos asuntos con el superior general de la Compañía y con el Papa Urbano VIII. Volvió a América en 1640 con una bula fulminatoria, “plagada de graves censuras y penas, contra los que habían cometido y en adelante cometiesen los delitos que se representaban, contra la Compañía e indios de las Misiones”. A su arribo a Río de Janeiro, y al poner en conocimiento las resoluciones de S. S. desde el púlpito del colegio de los jesuitas, los presentes se amotinaron y el populacho acometió contra él. “A no mediar los oficios del gobernador, Salvador Correa de Saa, caro hubiesen pagado los padres Mora y Díaz Taño.” Retornó éste a las misiones del Paraná y del Uruguay. Llamado a Asunción, con motivo de las disensiones entre los jesuitas y el obispo de Cárdenas, fue elegido, por segunda vez, procurador ante las cortes de Roma y Madrid. Regresó al viejo continente. Llegado a Madrid, Felipe IV resolvió que se impusiese perpetuo silencio a los émulos de la Compañía en estas provincias y que fuesen castigadas severamente las personas que se hubiesen señalado en contra de los misioneros. En 1657 el padre Díaz Taño desempeñaba el rectorado del colegio de la Asunción.

Debe citarse, además, al padre JOSÉ DE INSAURRALDE, autor de Ara purú agüiyuyhaba o El buen uso del tiempo, obra mística y póstuma del antiguo misionero que fue superior del Paraná y Uruguay. Editóse aquel libro entre 1759 y 1760, por Joaquín Ibarra, en Madrid, en dos volúmenes; al padre JOSEPH VELÁZQUEZ, que compuso un Diccionario guaraní para el uso de las misiones. También esta obra fue editada en Madrid. La cita Alfredo Du Graty; (60) al padre JOSÉ SERRANO, quien tradujo al guaraní De la diferencia entre lo temporal y lo eterno, crisol de desengaños, con la memoria de la eternidad, postrimerías humanas y principales misterios divinos, obra dividida en cinco libros, original del jesuita Juan Eusebio Nieremberg. Este libro fue vertido a la lengua vernácula, en las misiones del Paraguay, en folio, y con cuarenta y tres láminas xilográficas. Según el erudito norteamericano Jorge Ticknor, en su obra Historia de la literatura española, traducción de Pascual de Gayangos y Enrique de Vedia, edición de 1851, dicho libro fue también vertido al latín, al italiano, al francés, al inglés y al cúfico o árabe. Es libro rarísimo, afirma Angel Justiniano Carranza, y, por tanto, “digno de una monografía que lo diera a conocer por extenso”. (61)

Podríamos agregar a lo expuesto algunas obras y autores vinculados al Paraguay y a las misiones jesuíticas. Entre las primeras, impresas en América, cronológicamente, nómbranse la “Carta que el ilustrísimo señor don Fray Josef Antonio de San Alberto, arzobispo de La Plata, escribió a los indios infieles chiriguanos, con motivo de pasar los comisionados de esta villa de Tarija, a tratar de treguas, o paces solicitadas por ellos mismos, y obtenida ante la licencia del Excmo. Señor Marqués de Loreto, virrey de Buenos Aires”. Con el superior permiso – en la Real Imprenta de los Niños Expósitos – (español y guaraní). Dicha carta concluye así: “Dado en la villa de Tarija a 23 de Octubre, día de San Pedro Pascasio, de 1787.” (Raro. Colección Pujol); Catecismo de la Doctrina Cristiana para el uso de los curas doctrineros de indios de las naciones guaraníes, etcétera. Dedicado al virrey Avilés, por fray JOSÉ BERNAL, español, del orden seráfico. El doctor Gutiérrez, en su Bibliografía de la primera imprenta en Buenos Aires, da tantos detalles sobre esta obrita, que omitimos extendernos a su respecto. Ciento setenta y nueve páginas, en 8º, 1800. (62)

“Entre los autógrafos y manuscritos hállanse el Catecismo Limense, de 1603, en guaraní y en español, obra de fray Luis de Bolaños. La salve y los artículos de fe tradujo el padre Roque González. El obispo del Paraguay, fray Bernardino de Cárdenas, poco afecto a los jesuitas, observó que no guardaba la Compañía dicho catecismo y versión en los pueblos de indios de ambos ríos. Pero con más de cuarenta testigos se probó lo contrario, según consta de la sentencia que contra aquel prelado pronunció, en 1648, e1 padre Pedro Nolasio, Provincial de la Merced y juez conservador en dicha causa; Texto de la doctrina cristiana, por el mismo Bolaños, en 12º; Demostración clara y evidente respuesta a las calumnias nuevamente inventadas contra los religiosos de la Compañía de Jesús de la Provincia del Paraguay, sobre el Catecismo, Oraciones y Doctrina Cristiana de la lengua guaraní, por el padre Francisco Díaz Taño (autog.), 1696; Arte de la lengua guaraní, por el padre Blas Pretovio (Anagrama de Pablo Restivo), autog., 1704; Diario del desalojo de los Portugueses de la colonia del Sacramento; Catecismos varios, en lengua guaraní, en 4º; Frases selectas de la lengua guaraní, en 4º; Compendio de la lengua guaraní, en 12º; Diálogos en lengua guaraní, en 12º; Notas al Catecismo en español y en guaraní, publicado por fray José Bernal, padre provincial de San Francisco, de Buenos Aires; Oficio en lengua guaraní, con las respectivas traducciones en español, en folio; Arte breve de la lengua guaraní, en 12º; Confesionario de la lengua guaraní, en 12º; La pasión de Jesucristo (en verso guaraní); Explicación de la doctrina cristiana; en 12º; Rondó y minuete para violín, compuesto por el maestro de orquesta del pueblo de Itatí, Julián Atirahu (guaraní). Ingeniosa composición de este indio, para ejecutarse por dos personas dándose el frente, pues donde termina la pieza, principia el acompañamiento visto al revés. Corre agregado a ésta, una descripción para el manejo de la trompa marina o monocordio, instrumento músico de una sola cuerda, y el que tenían los indios misioneros, puesto entre los labios para imprimir más sonoridad al arco. De este desusado instrumento, algo semejante en su estructura al violín, tenemos una muestra en el Museo, enviado en años anteriores por el gobierno de Corrientes. El padre Restivo, inteligente reimpresor de las obras del padre Ruiz de Montoya, cita, entre otros autores conocidos, a Bandini, Mendoza, Pompeyo y Martínez, cuyos trabajos sobre el guaraní han permanecido ignorados. Felizmente, conserváronse en el Archivo General los Inventarios de las temporalidades de los Jesuitas en Misiones, y en ellos consta que al tiempo de la expulsión, existían, entre otros libros, los siguientes manuscritos en guaraní: Biblioteca de Santo Tomé, cinco volúmenes (medicina); San Ignacio Guazú, diecisiete volúmenes; Santa María de Fe, dos volúmenes (sermones); Santa Rosa, un volumen (arte de García); Central de Candelaria, mil ciento cuarenta y tres volúmenes. Entre estos últimos, la Gramática y Doctrina Cristiana, en lengua gualacha, aumentada con un vocabulario de la misma, por Díaz Taño.

“El doctor Carranza, cuyas anotaciones venimos reproduciendo, trae además una lista de obras correlativas y – expresa – que aumenta el “elenco” con las siguientes, escritas en lengua tupí o brasileña: “1595. Arte de Grammatica da lingoa mais usada na costa do Brasil, feyta pelo padre Joseph de Anchieta, da Comp. de Jesús (en la gran viñeta de la carátula: Nomen domimin, turris fortissima), con licencia do órdinario et do Propósito geral da Compañía de Jesú. Em coimbra per Antonio de Mariz, en 8º m. pg. 58 y no 66 como dice M. T. Ch. Brunet en su Manual, etc. (rarísimo). Este célebre poeta (V. Simao de Vasconcellos), en su Chronica da entrada da Companhia de Jesu no Estado do Brasil, Lisboa, 1663, fol, fue el primero que dio a luz un libro de esta clase, traduciendo en seguida la Doctrina Cristiana para los indios de la Capitanía de San Vicente (Brasil), en la que éste y sus esforzados compañeros establecieron sus primeras misiones en 1549.

“1595. Arte da lingua brasilica, composto pelo padre Luis Figueira, da Companhia de Jesu; teólogo Em. Lisboa, con licença dos Superiores, por Manuel da Silva. 91 pág. en 8º; 1795. Diccionario Portugués e Brasiliano, Lisboa, en 8º (citado por Angelis), 1858; Diccionario da lingua Tupy, chamada lingua geral dos indígenas do Brasil, por M. A. Gonçalves Días. Lipsia, F. A. Brockhaus. I vol. en 18º, 191 pág. Obra publicada por encargo del Instituto Histórico y Geográfico del vecino imperio.”

Las históricas luchas populares de mediados del siglo XVII no se limitaron a mera controversia prosaica. La lidia entre jesuitas y franciscanos también floreció en maliciosas coplas. Es de origen jesuita esta que dice:

Vulgo loco y desatento,

ya te pagas de mentiras,

pues con más afecto miras

lo que menos te está a cuento:

la enseñanza, y documento

nos debes, sí, que es tu guía.

Porque aunque todo a porfía

te acude de Polo a Polo,

vas ciego, perdido y solo,

cuando vas sin Compañía.

Todos nos han menester,

Frayles, Cabildos, y Audiencia

y todos en competencia

tiemblan de muestro poder:

y pues hemos de vencer

esta canalla enemiga,

todo este Pueblo nos siga;

y no quieran inconstantes

perder amigos gigantes

por sólo un Obispo hormiga. (63)

En las huestes defensoras del obispo y gobernador, fray Bernardino de Cárdenas, también hubo poetas populares. Un largo romance hace la crónica de sus actividades en el Paraguay, y dice:

Se saluda

al Cárdena más insigne,

al Criollo más gallardo,

al Varón más singular,

al Religioso más Santo

al más Docto, y al más pobre,

(al fin Frayle Franciscano),

que han conocido las Indias… (64)

Y hemos de cerrar este capítulo con el nombre de ROQUE GONZÁLEZ DE SANTA CRUZ. Nacido en la Asunción, en 1576, era hijo de padres nobles. Diéronle éstos una educación esmeradísima que mucho le valió en la vida. Al ordenarse de sacerdote, se recibió del curato de la catedral de su ciudad natal. Más tarde rehusó la dignidad de provisor y vicario general con que quería honrarle el obispo. Ingresó en la Compañía de Jesús, en el año 1609. Siendo aún novicio, se le encargó la misión de los guaicurúes. De ésta pasó a la reducción de San Ignacio del Paraná, en el año 1611, con motivo de haberse ausentado, con destino a la Asunción, el padre Marcial de Lorenzana, fundador de aquella misión, con el propósito de conferenciar con el oidor don Francisco de Alfaro. En 1619, Roque González de Santa Cruz estuvo en la reducción de Itapúa, cuyas bases fueron echadas algunos años antes. Después de permanecer en ella varios meses, pasó a la reducción de San Ignacio, de donde llevó una partida de ganado vacuno para Itapúa, con la cual formó la primitiva estancia jesuítica en la zona comprendida entre los ríos Paraná y Uruguay. Esta partida fue luego engrosada con otras traídas de San José de Caazapá.

El padre Roque González de Santa Cruz fue el iniciador de la prédica del evangelio en el Uruguay. De ahí su nombre de primer apóstol de aquella región. Aprovechando el arribo de cuarenta y cuatro sacerdotes que venían de Europa, Roque González de Santa Cruz puso los cimientos de numerosas reducciones. Catequizó al cacique del Caaró o Caá-ró, llamado Guarobay. Cruzó el Ysy, río que entronca y enriquece con sus aguas el caudal del Uruguay, a una distancia de tres leguas de la reducción de San Nicolás. En este sitio fundó otra misión, de acuerdo con el cacique Nezú, quien comprometióse a levantar templo y casas para los primeros pobladores. Regresó a Itapúa, situada en la margen izquierda del Paraná, donde encontró, entre otros, al padre Alonso Rodríguez, a quien llevó consigo a la fundación de Caaró. Estableció en seguida, sobre el Ysy, la doctrina de la Asunción, y la dejó a cargo del padre Juan del Castillo. Volvió el padre González de Santa Cruz a la reducción de Caaró. Allí encontró la muerte en manos de los indios, en el año 1628. (65) El corazón de este predicador jesuita, según el padre Nieremberg, fue llevado a Roma, en cuya ocasión él tuvo oportunidad de verlo. Luego de la canonización del famoso beato, realizada en el año 1934, dicha víscera fue traída a la Asunción. Se la guarda ahora en Buenos Aires, como cristiana reliquia. El padre Roque González de Santa Cruz, quien dominaba el guaraní y el castellano, fue un fundador y un educador, vale decir, un civilizador.

Como nota curiosa agregaremos a este capítulo un recuerdo al respecto de los intérpretes, verdaderos servidores de la cultura. Uno de ellos llamábase DIEGO DE ACOSTA, vecino de la Asunción, en 1645.

VII

LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS

En el transcurso de los veinte años comprendidos entre 1640 y 1660 la provincia del Paraguay fue teatro de profundas agitaciones populares. Estos ajetreos tenían remoto antecedente en la rebelión que hizo crisis con la destitución, apresamiento y envío a España del segundo adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, hecho ocurrido en la Asunción, al grito de “¡Libertad!”, en 1544. Entonces, los partidarios de Domingo Martínez de Irala se dieron el nombre de “Comuneros”. (66)

Las perturbaciones a que hacemos referencia reconocían como causas principales el absolutismo opresivo de la Corona, el odioso centralismo gubernativo y la conducta absorbente de los jesuitas.

En el año 1640, fray Bernardino de Cárdenas fue designado obispo de la Asunción. Este hecho puede darse, históricamente, como punto de partida de la primera revolución de los “Comuneros” en el Paraguay.

BERNARDINO DE CÁRDENAS nació en Chuquisaca, a fines del siglo XVI. Cursó estudios en el convento de los religiosos franciscanos, de Lima. Fue, más tarde, catedrático de teología, predicador y guardián de la Orden, en su ciudad natal. Durante su estada en el Perú, catequizó más de diez mil indios y aprendió dos idiomas autóctonos. Su llegada al Paraguay fue jubilosamente festejada. Se conocen algunas octavas con que el pueblo saludó al prelado.

A poco tiempo de hacerse cargo de sus apostólicas funciones, comenzó a realizar visitas a los pueblos y reducciones del interior de la provincia. Tuvo el propósito de adentrarse en los dominios de la Compañía de Jesús, pero ésta se opuso. Hallándose el obispo en Yaguarón, cerca de mil indios, bajo las órdenes de Gregorio de Hinestrosa, invadieron el poblado. El prelado se refugió en el templo; mas, de allí lo sacaron violentamente y lo expulsaron de la provincia. (67) Dos años después regresó a ésta. En tanto, cantaba el pueblo:

Se puso como esparto;

no dieron flores los valles,

trébol no dieron los prados,

ostentándose de Agosto

las cañas y los tabacos;

las lomas no dieron rosas,

ni los sotos amarantos;

trigo, maíz y legumbre

todo se queda agostado. (68)

La Asunción le hizo “su jefe natural”. En 1649 falleció el gobernador Diego de Escobar y Osorio. Por la cédula real del 12 de septiembre de 1537, el pueblo tenía la facultad de designar gobernantes interinos por medio de un proceso eleccionario, hasta el nombramiento del titular que lo hacía la Corona. Ejerciendo ese derecho, el de la Asunción aclamó como tal a Bernardino de Cárdenas. “El obispo declinó el honor, pero el Cabildo insistió”. (69) El interinato de fray Bernardino de Cárdenas trajo como consecuencia la primera expulsión de la Compañía de Jesús de las reducciones del Paraguay, acto que tuvo lugar el 25 de abril de 1649.

Sebastián León de Zárate, luego de vencer a los “Comuneros”, restituyó a los jesuitas a sus reducciones y colegios. León de Garabito, designado después gobernador, con la misión formal de someter a la rebelde provincia, así lo hizo tras muchas andanzas. La agitación popular, no ha de olvidarse, continuaba creciendo en intensidad. Garabito, a quien el Cabildo y toda la población asuncena le hicieron frente, venció sin embargo, en la lidia. La primera revolución, días después fue ahogada en la sangre de sus más esforzados paladines. El obispo Bernardino de Cárdenas, luego de un refugio en la Catedral que duró diez días, fue expulsado por segunda vez de la provincia del Paraguay.

En esta oportunidad su exilio fue definitivo y su peregrinaje, muy duro y largo, en busca de justicia. Finalmente, Roma le eximió de toda culpa y pena. Falleció en Arami, pueblo de Cochabamba, en el año 1668.

Fray Bernardino de Cárdenas publicó en Madrid, en 1634, un Memorial y relación verdadera para el Rey N. S. y su Real Consejo de Indias de cosas del reino del Perú, muy importante a su real servicio y conciencia. (70) A esta obra se refirieron León del Pinelo, Córdoba Salinas y otros. Rosendo Villalobos, poeta y crítico boliviano, nacido en 1860, perteneciente a la generación intelectual de Ricardo Mujía, José Vicente Ochoa, Adela Zamudio, Tomás O’Connor y otros, atribuye al obispo Bernardino de Cárdenas un Manifiesto de indios. El ilustrado historiador chileno, José Toribio Medina, refiérese también a un Discurso teológico en que informa a la santidad de Alejandro Séptimo P. M. don Fray Bernardino de Cárdenas, obispo del Paraguay en las Indias Occidentales, sobre que se permita a los sacerdotes de aquellas provincias el decir tres misas el día de la Conmemoración de los Difuntos. En 1768, en Madrid, fue editada otra de sus obras: Documentos tocantes a la persecución de que los regulares de la Compañía de Jesús suscitan contra D. Bernardino de Cárdenas, obispo del Paraguay.

La segunda revolución de los “Comureros” se inició en el año 1717. Designado gobernador Diego de los Reyes Balmaceda, la provincia recomenzó a inquietarse. Reyes Balmaceda tenía conocidas vinculaciones con los jesuitas, y esta circunstancia le atrajo la abierta animadversión popular. Tenía, además, otro motivo de resistencia, la falta de “dispensa de naturaleza”, por hallarse casado con una asuncena. Apenas se hizo cargo de la gobernación, Reyes Balmaceda comenzó a perseguir al general José de Ávalos y Mendoza, al mayor José de Urrúnaga, al capitán Francisco de Roxa Aranda y a Antonio Ruiz de Arellano. Este último pudo escapar a la vigilancia del gobernador y ocurrió en queja a la Audiencia de Charcas, “la cual designó investigador de las denuncias al juez de la Santa Cruzada, José García de Miranda, con cargo de liberar a Avalos y Urrúnaga, desembargar los bienes de ellos y remitir los antecedentes al tribunal para su definitivo juzgamiento”. El comisionado no tuvo éxito en sus gestiones en el Paraguay; pero la Audiencia, fundada en sus informes, ordenó la restitución de lo embargado a sus respectivos dueños, así como la libertad de los presos de Arecutacuá, y aplicó al gobernador abusivo una multa de cuatro mil pesos.

Las acusaciones formuladas por el vecindario de la Asunción contra Diego de los Reyes Balmaceda – escribe Justo Pastor Benítez – fueron la injusta guerra a los payaguáes; la persecución a los indios de las reducciones y empleo de ellos en su servicio particular; las trabas puestas al comercio, principalmente al de yerba, cuyo laboreo constituía la industria principal de la provincia; la creación de gabelas para las embarcaciones; el haber asumido la gobernación “sin dispensa de naturaleza”, pues estaba casado con la asuncena Francisca Benítez; y el haber interceptado los caminos a Charcas para impedir la presentación de las denuncias formuladas en contra suya. (71)

En el fondo de estas causas políticas deben buscarse las causas económicas que eran las verdaderas. En esta segunda revolución de los comuneros la cuestión consistía en un conflicto entre las misiones jesuíticas y la población civil; “entre los encomenderos y la república cristiana”. El Cabildo, en esta pugna histórica, representaba al “común”; los gobernadores al “absolutismo”, y se apoyaban en el predominio de la Orden de Ignacio de Loyola.

En estas circunstancias, la Audiencia de Charcas designó, el 20 de noviembre de 1720, a José de Antequera Enríquez y Castro como juez pesquisidor. Antequera llegó a la Asunción el 20 de agosto de 1721. Inmediatamente inició el proceso. Dando por probados los cargos, dictó prisión contra Diego de los Reyes Balmaceda, y el embargo de sus bienes, de acuerdo con las instrucciones que traía. Antequera tomó posesión del gobierno. Mientras tanto, Reyes Balmaceda, huido de su prisión, se puso a la cabeza de seis mil indios y avanzó hasta Tabapy. De este pueblo retrocedió ante la actitud enérgica del Cabildo de la Asunción. Reyes Balmaceda fue prendido poco después por las autoridades de Corrientes. El virrey de Lima resolvió apoyar al gobernador destituido y preso. Envió, a ese efecto, al coronel Baltazar García Ros, quien al frente de un ejército de más de dos mil hombres avanzó con rumbo a la Asunción. En ese espacio de tiempo, el 24 de agosto de 1724, el Cabildo decretó la segunda expulsión de la Compañía de Jesús de la provincia del Paraguay. La resolución trae esta página de hierro: “Luego que don Baltazar García Ros asome en las riberas del Tebicuary extinguiremos de esta ciudad el Colegio de la Compañía de Jesús, porque no queremos entre nosotros personas que nos aborrecen y persiguen y que tiran a consumir y aniquilar a los naturales de esta provincia. Los que en caso de derrota vuelvan vivo de dicho paraje y acto de guerra, ejecutarán esta decisión, consumirán a don Diego de Reyes y a toda su generación, y también a nuestras mujeres e hijas, para que no queden expuestas a los riesgos y peligros con que son amenazadas y no degeneren de su nobleza”. (72) “Esta resolución extrema tuvo su resonancia y su eco en la jornada final de Cerro Corá en 1870, trágico final de un pueblo intransigente.”

En el año 1731, el 4 de agosto, estalló una rebelión general en toda la provincia. Antonio Ruiz de Arellano fue designado “Presidente de la Junta de Gobierno”, y todo el pueblo se preparó para la guerra.

En 1732, al conocerse la noticia de la ejecución del doctor José de Antequera, ocurrida en Lima, el Cabildo decretó, por tercera vez la expulsión de los jesuitas de las misiones del Paraguay.

En ese tiempo fue designado gobernador titular de esta provincia el coronel Manuel Agustín de Ruyloba Calderón. El nuevo gobernador arribó a la Asunción el 27 de julio de 1732. Entre sus actos de gobierno se anota el error de permitir el regreso de los jesuitas a su colegio de la capital. Este acto reanimó la larga lucha comunera. La población campesina se concentró airada en las cercanías de Itá. Ruyloba salió de la metrópolis para hacer frente al levantamiento popular; empero, fue muerto en Guayaybity. Este hecho originó una etapa violenta en la pugna y le dio nuevo cariz. Desde ese instante la rebelión ya no sería solamente contra los jesuitas, sino, además, contra el virrey. (73)

Fue proclamado gobernador interino fray Juan Arregui. Bruno Mauricio de Zavala, gobernador de Buenos Aires, en tales circunstancias recibió orden desde Lima para marchar sobre el Paraguay y someterlo. Así lo hizo al frente de un poderoso ejército. Los comuneros lo esperaron, fortificados convenientemente, en el pueblo de Tabapy. La lucha se trabó el 14 de marzo de 1735. Los doscientos treinta y seis defensores de Tabapy fueron vencidos por las fuerzas regulares de Zavala. A consecuencia del desastre, los dirigentes de la tercera y última revolución comunera del Paraguay fueron terriblemente sancionados. Zavala falleció en el camino, de regreso a Buenos Aires.

En esta larga, accidentada y sangrienta contienda, dos talentos se destacan nítidamente: José de Antequera Enríquez y Castro y Fernando de Mompox y Zayas.

JOSÉ DE ANTEQUERA nació en Panamá, en el año 1690. Era hijo de un gran ministro que sirvió durante cuarenta años al rey, inclusive en La Plata. Por parte de la madre pertenecía a la familia de los Enríquez, de noble alcurnia. Se graduó en leyes y teología, y conoció los esplendores de Lima, “la elegante capital del Virreinato”. Más tarde fue fiscal pesquisidor de la Audiencia de Charcas. En 1721 – ya lo dijimos – fue comisionado por ésta a la Asunción para instruir proceso al gobernador Diego de los Reyes Balmaceda. De su gestión judicial y política en la provincia del Paraguay también hemos hecho referencias al ocuparnos de la revolución de los Comuneros. En los trajines de dicha pelea histórica comprobó José de Antequera sus cualidades de orador elocuente. Era un tribuno de dicción donosa y persuasiva, un doctrinario de nobles y elevados ideales, un caudillo político que ejercía poderosa atracción sobre las masas, un jurista de comprensión honda y humana. El Memorial Ajustado, en que ensayó su defensa, es una pieza escrita en prosa clara, plena de erudición y buen gusto. Se revelan en el autor el hombre de derecho y el literato. Sus citas son en latín y en francés.

Ahogada la segunda revolución comunera, Antequera salió de la Asunción, el 5 de marzo de 1725, con el propósito de presentarse a la Audiencia de Charcas. Le acompañaban su maestre de campo, Sebastián Fernández Montiel, Juan de Mena, el prestigioso caudillo comunero, y otras cuarenta personas. En Córdoba se refugió en el convento de San Francisco. En esa casa oyó pregonar el bando del virrey del Perú, marqués de Castelfuerte, por el cual se le declaraba proscrito y, en consecuencia, cualquiera podía arrancarle la vida. El bando prometía la paga de cuatro mil pesos a quien lo entregase vivo o muerto, y la mitad de dicha suma a la persona que declarara o denunciara su paradero.

En octubre de 1725, Antequera desapareció de Córdoba. Días después se presentó a la Audiencia de Charcas. Ésta, antes que ampararlo en tan grave trance de su vida, lo mandó apresar y remitir a Potosí juntamente con Juan de Mena, el capitán Alonso González de Guzmán, Tomás de Cárdenas y Miguel Duarte. Enviado a Lima, el 8 de febrero de 1726, permaneció en la cárcel durante cinco años. Desde su celda se trabó en polémica con fray José de Palos. Sus cartas constituían una protesta varonil. Días antes de morir, escribió este soneto en la pared de su calabozo: (74)

El tiempo está vengado: ¡oh, suerte mía!

el tiempo, que en el tiempo no he mirado:

yo me vide en un tiempo en tal estado,

que al tiempo en ningún tiempo le temía.

Bien me castiga el tiempo la porfía

de haberme con el tiempo descuidado,

que el tiempo tan sin tiempo me ha dejado,

que ya no espero tiempo de alegría.

Pasaron tiempos, horas y momentos

en que del tiempo pude aprovecharme

para excusar con el tiempo mis tormentos.

Más, pues del tiempo quise confiarme,

teniendo el tiempo varios movimientos,

de mí, que no del tiempo, es bien quejarme.

Condenado a muerte, José de Antequera Enríquez y Castro, “Caballero de Alcántara”, título obtenido por su nacimiento y por sus prendas personales, fue ejecutado en la ciudad de los Virreyes, el 5 de julio de 1731. En tanto, en la Asunción, la copla, desafiante, cantaba:

Huyendo con mi caballo

Pasé por una tranquera

Y allí puse este letrero:

“¡Viva José de Antequera!”

A la puerta de mi casa

Tengo una loza frontera

Con un letrero que dice:

“¡Viva José de Antequera!”

EL rey Carlos III revisó, posteriormente, el proceso del caudillo comunero y lo proclamó “honrado y leal ministro”.

FERNANDO DE MOMPOX Y ZAYAS era natural del reino Valencia, estaba graduado en leyes y era abogado de la corte de Lima. Conoció a Antequera en la cárcel y, abrazando la causa popular, huyó de la prisión y se dirigió al Paraguay. Arribó a la Asunción en el mes de julio de 1730. Se hospedó en la casa de Fernando Curtido, un fervoroso comunero, con el propósito de proseguir la lucha. El año siguiente al de su llegada fue nombrado gobernador del Paraguay don Ignacio de Soroeta, conspicuo amigo de los jesuitas. Esta circunstancia le ganó la repulsa popular. Estalló un motín el 28 de diciembre, día de los inocentes. El pueblo rodeó la casa de gobierno y se apoderó de algunos regidores adversos. Fernando de Mompox y Zayas se rebeló en esta ocasión “un orador extraordinario, un tribuno decidido y audaz. Alentó a las masas; las condujo hacia la acción con su verba ardiente y sus actitudes que eran incitación y orden. Fue quien dio forma a las aspiraciones colectivas proclamando la superioridad de la voluntad del común, aún sobre la del rey. La subversión era plena, una revolución en el siglo XVIII digna de ser citada como precursora de la Independencia”. (75)

En consecuencia de esta rebelión popular fue designado José Luis Barreiro como presidente de la junta de gobierno. Pero Barreiro traicionó la causa popular. Por medios engañosos mandó apresar a Mompox y lo hizo remitir a Itatí. Más tarde se lo trasladó a Buenos Aires. Algún tiempo después se lo condujo a Chile. Hallándose en el camino de Mendoza, el tribuno popular logró escapar, apoyado por sus amigos, venidos a ese efecto del Paraguay. Por vía Colonia del Sacramento, se internó en el Brasil. En Río de Janeiro se dedicó al comercio menudo. Y en esa ciudad, exilado, “el olvido cubrió sus pasos y cayó sobre su memoria”.

No está demás el recordar, finalmente, que así como a los unos se los llamaba “Comuneros” a los adversarios de éstos se los denominaba Contrabandos. Vamos a dar, seguidamente, por ser interesante, la lista de los principales directores de ambas partidas combatientes: Comuneros: José de Antequera y Castro, gobernador de la provincia; José de Ávalos y Mendoza, regidor de la ciudad; José de Urrúnaga, regidor; Antonio Ruiz de Arellano, regidor; Cristóbal Domínguez de Ovelar, alcalde de primer voto y justicia mayor de la ciudad; Julián Guerrero, alcalde; Antonio Báez, alcalde; Francisco de Roxa Aranda, regidor; Joaquín Ortíz de Zárate, alcalde; Juan de Mena, aguacil mayor; Miguel de Garay, regidor; Ramón de las Llanas, alcalde; Fernando Curtido, alcalde; Prancisco de Agüero, alcalde; Bartolomé Machuca, justicia mayor de Villa Rica; Alonso de los Reyes, gobernador de Villa Rica; Ventura Caballero, gobernador de Villa Rica; Alonso Delgadillo y Atienza, canónigo de la Catedral; Cayetano de Borja, predicador; Martín de Barúa, gobernador interino del Paraguay; Francisco de Mompox y Zayas, tribuno popular; José de Ávalos, médico, superintendente de la ciudad, y Francisco Cabú, indio, corregidor de Yaguarón. Contrabandos: Diego de los Reyes Balmaceda, gobernador de la provincia; Baltazar García Ros, gobernador de la provincia; Manuel Agustín de Ruyloba Calderón, gobernador de la provincia; Martín de Echauri, gobernador de la provincia; Andrés Benítez, fiel ejecutor de la ciudad; Juan Caballero de Añasco, regidor; Esteban Fernández de Mora, maestre de campo de Villa Rica; Martín de Chavarri Vallejo, regidor; José Luis Barreiro, justicia mayor de la ciudad; Miguel de Torres, alcalde; Antonio Caballero de Añasco, cura chantre de la Catedral; Antonio González de Guzmán, provisor y vicario general del obispado; José de Palos, obispo del Paraguay; Ignacio de León y Zárate, provisor y vicario general; Juan González Melgarejo, deán de la Catedral; Lucas Melgarejo, maestre de campo; Teodosio de Villalba, maestre de campo de Villa Rica; Juan Báez, regidor de la ciudad, y Dionisio Otazú, alférez real. (76)

Además de los citados, otros nombres aparecen entre los comuneros. Vamos a transcribir un documento existente en el Archivo Nacional de la Asunción, signado por ellos, y dirigido al gobernador y capitán general de la provincia. Hélo aquí:

“Al señor Govor. y cap. General.

“El Mtre. de Campo General actual de Provincia y los demás oficiales de Guerra de élla ocurrimos antes Vssa en aquella Via y forma que más aya lugar en dro respecto deno poderlo hacer por la Distancia ante otro tribunal superior y hallarse Vssa con Pleno Poder y facultad de su Alteza de este distrito, para el mejor govierno paz y quietud de esta Provincia y Dezimos que aunque a tres o quatro dias que en esta Provincia se dise Venia destituido al governo de ella Dn Diego de los Reyes Balmaceda por despacho del Excmo señor Virrey de estos Reynos. Solo se persuadian los Vesinos Moradores de ella Ser vozes esparcidas de los Parciales de dho Don Diego de los Reyes; Pero viendo que en Treinta de Septi.e seavrio Carta en Cabildo en que dicho Dn Diego de los Reyes ledava cuenta deser destitui por su Exa a dicho govierno, viendo y rezelando junta mente los graves perjuizios eynconvenientes en daño dela Republica y del Rey nro Señor que dela execusión de dicho despacho puede Resultar nos ha parezido mui propio denra Leal obligación pressente, para que suspendiendo la execusión de dicho Despacho (sies cierto y Creible leaya dado el señor Virrey) en nombre nro se sirva para que es devo representarle los gravissimo incombeniente que resultara, y pues nunca puede ser del desagrado de Exa el que le hagan semejantes representaciones quando estos recursos son licitos y permitidos aun al mismo Rey nro Señor y que siendo Su Exa tan gran Ministro suyo en lo Justiziero y piadoso, no puede dejar de admitir con Venignidad esta nra representación, tan justa y conforme a todo dro; Pues quando dicho Don Diego de los Reyes, con su violento y absoluto obrar ni huviera cometido los delitos tan atrozes de que fue acusado ante la Real Audiencia de este Distrito y por ellos passado a remitir a Vssa para el consuelo y alivio de esta Provincia es tan tirano obrar, como todo consta mas largamente de los autos de pesquiza siendo sus violencias, no solo perjudiciales a las haciendas Vidas y honras de los vecinos de esta Provincia si no tambien lo que mas es a la Muerte del alma haciendo con violencias fuesen testigos de abonos en sus falsedades y atrozes hechos de los Miserables muertes de los indios Payaguás, como luego que pudieron declararle asi lo executaron en Descargo de sus conciencias ante Vssa. todos los que violento para este y otras caussas o sientonzes siendo siega la obediencia de todos nosotros a sus injustos preceptos, no dejo persona ni estado que no ajasse como Vssa consta todo justificado y consta tambien por las Providencias que en repaso de ellas tiene dadas S. A. que hiciera hoy un hombre contra quien tienen declarado la verdad de sus hechos aun los mismos presentados por el cuyo rencor y odio ha experimentado esta Provincia en treinta años que há que lo conoce llega más allá de los sepulchros, y si solo por la nimia azperidad de un señor temporal o de un juez con sus subditos, se deven privar de la jurisdiccion de ellos, que no se devera hacer con un hombre cuya sebicia esta provada y conocida aun en tiempo que el no savia ni tenia razon de aborrezer a ninguno, Pues aun el mas cuerdo y prudente enseña la razón natural, y la ley no puede dejar de prevenirle, que es justo el recelo de que obraría contra ellos en venganza de sus declaraciones. Que a estos miraría la ley sin duda, quando mando, que en semejantes casos no se deven dar los nombres de los testigos al Poderoso capitulado hasta el término, y tiempo prevenido en derecho, y dejando nosotros por no o ser de nuestra profhesion el que, si antes de determinar las causas de los del pte puedan ser constituido en dignidad ni que se libra de la pena digno de ella la dignidad, que le sobre viene despues de cometido el delito; ni que, si el despacho de su Exa adqurido con falsas relaciones ni aun el mismo Rey nro Señor deva ser obedecida, ni tampoco, si la Real Audiencia de este distrito tuvo jurísdicción para enbiar a Vssa. o si no bien sabemos asi ciegamente obedientes, como hasta aquí lo hemos executados y debemos obedecer sus ordenes con la misma fuerza y puntualidad que las de el Rey nro Señor, y que nos lo tiene puesta al Rey nro Señor para alivio de nros males y refugio de ntras tribulaciones, y si acasso no devemos ocurrir con ellas antes su Alteza por que su Alteza nos admite estos recursos, Pues si se executara pusieran ante su Exa, quien, claro esta no havia de dejar quedarnos el consuelo, en semejante caso, y con mas razon a nosotros que a otros ninguno de todo el Reyno pues a nuestra costa servimos al Rey nro Señor en una guerra tan continua; y mucha mayor despues del abominable hecho de Don Diego delos Reyes en las muertes que hizo de tantos indios Payaguaes que devajo de la Real protección vivian en esta Provincia de Paz: sin más motivo a tan lamentable estrago que executo crueldad erodiana a los once dias que entro en su govierno sin perdonar sus sevicia alas mujeres (incapaces de culpa aun cuando sus maridos lo fuesen) ni a los miserables niños de dichos Paraguas de que si su Exa estuvieran informado no pudiera ser cristiano y piadoso celo dejar de llorar tan lamentable; y quien a sangre fria, y sin ningún motivo executo tan grave hecho que hicieron en esta Provincia, se le permitiera el Govierno de élla; que aun quando no fuese tan corto el tiempo que le falto para acabarle de cuatro meses sino es, que comenzase por la Real disposición nuevamente su Govierno, Deviera sed privado de el ni tampoco que su Exa informado de lo que es dicho Don Diego delos Reyes permitiera que por una injusta tema y una hidropessia de gobernar, tan tiranicamente, se atropellase con sumiese y anihilase una Provincia; Motivos que Vssa como quien los tiene presente presentes deve considerarlos, yrremisiblemente sucediera si Vssa nose vale en este caso para hevitarlos Delos Remedio prevenidos en dro, haciendo a su Exa el informe de todo esto y Suplicando desus Despachos las vezes que por derecho puedey deve como Padre y tutor que es de esta Provincia no solo por comisión y por despacho dela Real Audiencia, sino tambien por Despacho para el Gobierno de ella por Dos años de su Exa en Virtud del qual y su Rezivimiento los conocemos todos gustosos por nro Governador y Capitan general que Por todo lo qual.

“A Vssa pedimos y suplicamos Renidam.e haga su Exa los informes suplicas y Ruegos para que mande suspender la execusión de dicho Despacho de Dn. Diego delos Reyes Representandole todos aquellos – roto – Motivos que en justicia y dro devemos hazer, y no hazemos por no saverlo, con lo que esperamos dela Venigna y poderosa mano de su Exa el Remdio y Reparo a tanta fatalidad, y la última Ruina que la amenaza siendos presizo en casso de que, no obstante esta Representación sesirviese su Exa mandar executar su despacho desampara nras Cassas mugeres e hijos Irnos avivir alas otras Provincias y es justicia que pedimos y juramos lo en dro nessezo.

“Sevastian Fernandes Montiel – Juan de Mendoza y Nuñez – Sargento Mayor de Provincia – Ramón de las Llanas – Capitan de Coraza – Eusebio Villamayor – Cavo de reformados – Julian Guerrero – Cavo de Reformados – Ant.o Gonz.s Garcia – Cavo de reformados – Joseph de Almada – Cavo de reformados – Dn Miguel de Molas y Mendoza – Bernardo de Villamayor – Castellano de San Ildefenzo – Domingo de Flecha – Capp.n de Corrales – Mathias de Saldivar – Miguel Marecos de Velazco – Francisco de Aranda – Agustin Sanches Negrete – theniente de cavallos – Sebriano Duarte – Ramón de Arze – Ignacio Zorrillas – Francisco Delgado – Sargento mayor de la Población del Peñón – Andres Arze – Juan Ximenes – sargento mayor del Presidio de San Sebastian – Ant.o de Ocampos – Ignacio de Torres y Guzmán – Alferes Mre. de Campo – Juan de Gadea – Diego de Yegros – Juan Riquelme – alferes de Infantería – Ramon Blasques de Balberde – Capitán de Corasas – Juan de Morinigo – sargento de infanteria – Antonio Rodriguez – Francisco de Amarilla Carrera – Francisco de Vargas – alferes de infanteria Maestre de Campo General – Miguel de – (roto) – Ramon Benitez – sargento mayor del presidio de – (roto) – Matías Ferreira – capp.n de corasas – José de Aguero – Geronimo de Flechas – Juan Dias Gonzalez – Miguel Gonzales – Miguel Martin de Monges – Prudencia de Posadas – Antonio H. Montiel – Miguel de Garay – Blas Anto.o García – Capp.n de forasteros – Sebastian de los Reyes – Jazinto Marin – Joseph de Villanueva – Lorenzo de Mendieta – Fran.co de Arevalos – Francisco de Espinola – sargento mayor de Santa Rosa y San Ant.o – Diego Peres – Joseph de Cordoba – Juan de Cordoba – Simon de Escurra – Francisco de Arguello – sargento mayor de la Plaza de – (roto) – José Mareco – Mathias Romero de Santa Cruz – Francisco de Avalos y Mendoza – Joseph de Melgarejo – Barbosa – Gonsalo Ferreyra – Joseph de Alcides Martines – (roto).” (77)

VIII

LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA EN EL PARAGUAY COLONIAL

La instrucción pública durante los siglos XVII y XVIII fue de preocupación preferente del Cabildo de la Asunción y de varios de los gobernadores de la provincia del Paraguay. Ya hemos recordado que los primeros afanes en favor de la fundación y el funcionamiento de instituciones escolares son debidos a Domingo Martínez de Irala. “Señaláronse – dice Ruidíaz de Guzmán – dos maestros de niños, a cuya escuela iban más de dos mil personas.” (78) Pero es al Cabildo asunceno, intérprete de los anhelos populares, al que se adeuda la obra de alfabetización de la niñez colonial. Su tesonero empeño, su dedicación entusiasta, sus esfuerzos para vencer todas las dificultades, sus luchas contra los preconceptos, se exaltan, a través de la historia, en el recuerdo de la multiplicación de establecimientos docentes, a pesar de sus exiguos recursos económicos. De las aulas de las instituciones de enseñanza primaria, creadas y sostenidas por el Cabildo de la Asunción, surgieron estadistas como Hernando Arias de Saavedra y prosadores como el citado Ruidíaz de Guzmán.

También ya hicimos referencia al colegio fundado con los auspicios de Hernandarias, en el año 1607, y cuyo director fue el padre Francisco de Saldívar.

Pero antes que esta escuela, por el año 1603, a inspiración del padre Martín Ignacio de Loyola, que fue obispo de la Asunción, la madre Francisca Jesusa Pérez de Bocanegra, de quien dijo el padre Nieremberg que era “mujer varonil y de grande espíritu”, creó la Casa de Recogidas y Huérfanas, ya también antes mencionada. Este establecimiento prestó notables servicios y contribuyó a la formación de la mujer paraguaya. De allí salieron honorables damas de la colonia, aquellas madres fuertes y ejemplares que dieron lustre al hogar nativo; allí se alojaron niñas de abolengo como las propias sobrinas de Hernandarias. En 1604 el número de sus internas llegaba a sesenta; un año más tarde subió a setenta. (79) Dicha institución se sustentaba con el producto de la labor de las pupilas.

En 1610 inauguró sus funciones el colegio de los jesuitas, en la Asunción. El instituto atrajo gran número de alumnos, magüer la pobreza de sus enseñanzas. En 1629 quedó clausurado este establecimiento. Fue entonces que el Cabildo metropolitano, siguiendo su antigua tradición educadora, en acuerdo del año 1630, resolvió habilitar su propio local para otra escuela, que fundó en esa fecha, y cuya dirección encomendó a Juan Domínguez.

No debe olvidarse que, según Anglés y Gortari, por aquel tiempo sólo en el convento de San Francisco y de Nuestra Señora de las Mercedes se mantenían cátedra de filosofía y teología, donde cursaban con aprovechamiento los manteístas, vale decir, los alumnos externos de dichos conventos. (80)

En las misiones se enseñaba a leer, a escribir y a contar en guaraní, así como a bailar, a cantar y a tocar flauta. (81) Esta enseñanza, como se ve, fue anémica, negativa, nula.

En el año 1767, por la pragmática de expulsión del 27 febrero, se ordenó el extrañamiento de los jesuitas. Este acto gubernativo de Carlos III benefició a la instrucción pública en Hispanoamérica porque los bienes que pertenecieron a la poderosa compañía se aplicaron a la fundación de colegios. “Con ellos abrió Vértiz, en 1772, en Buenos Aires, un establecimiento con cátedras de latinidad, retórica, filosofía y teología, del que fue primer director el doctor don Juan Baltazar Maciel.” (82)

En la Asunción también se exteriorizó el deseo de la creación de un instituto semejante al fundado en Buenos.

El obispo del Paraguay, doctor Juan José Priego, haciéndose intérprete del anhelo popular, dirigió una petición a Madrid, en la que explicaba y demostraba la necesidad y la utilidad que reportaría la creación de un colegio seminario en la capital paraguaya. La solicitud del obispo Priego mereció el favorable dictamen del Consejo de Indias. En consecuencia, el rey expidió la siguiente cédula:

“El Rey: Reverendo en Cristo Padre Obispo de la Iglesia Catedral del Paraguay de mi Consejo, o en su ausencia Venerable Dean, y Cabildo de élla, con motivo de lo que el reverendo obispo que fue de essa Diócesis Dr. Juan Josef Priego representó sobre la utilidad, y aun necesidad de que en la ciudad de la Asumpción capital de la Provincia se fundase un Colegio Seminario para instruir, la Juventud, y de lo que aserca de éllo consulto mi consejo de las Indias en nueve de Agosto de mil setecientos setenta y seis, me digne mandar en cédula de veinte y tres del mismo mes se estableciese el referido Seminario, y aplique por una vez dos mil pesos para sus primeros gastos, y mil, y doscientos cada año para su subsistencia consignados en las vacantes maiores, y menores, asi el Arzobispo de Charcas, como del obispado de la Paz, previniendo al Prelado de esa diócesis que para todas las Provincias conducentes a tan importante establecimiento procediese de acuerdo con mi Vice Patrono – etra-etra -; de resultas de estas providencias hicieron presente el gobernador de esa Provincia, y el Provisor del Obispo don Josef Roman y Cavezalez en cartas de trese de Mayo de mil setencientos setenta y ocho los efectivos fondos con que se puede contar para el establecimiento del referido Seminario, de lo que se le aplicó de las Temporalidades de los ex-jesuitas, y manifestaron la justicia con que el difunto Rdo. obispo propuso la precisión de que me dignase concurrir con algún auxilio para este utilísimo establecimiento, y lo conveniente que será me digne mandar se lleve a devido efecto lagracia concedida por la citada cédula. Y aviendose visto en mi Consejo de Cámara de Indias con los que dixo mi Fiscal, y consultándome sobre ello he resuelto se lleve desde luego apura, y debida execusión lo mandado en la mencionada mi Real Cédula en los términos que dispone, y he aprobado el reintegro que por la Junta Municipal se hizo en tierras al Seminario del valor de los diez y seis mil novecientos sesenta y un peso de Plata con fondos de el, y las aplicaciones de haciendas, ganados y demás que fueron de los extinguidos jesuitas, cuidando voz, con acuerdo de mi Vice-Patrono, de que con la posible brevedad se formalise el establecimiento del Seminario dedicando ambos vuestro acreditado celo, y remitiendo al mencionado Consejo un plan individual de la cantidad a que asciende en cada año el haver del Colegio Seminario assi en dinero como en los ganados, y haciendas que se aplicaron de las temporalidades de los referidos ex-jesuitas comprendiendo en el mismo Plan assi la cantidad que importaren los Salarios fijos anuales de los Maestros, el número y clases, de estos como el importe de los salarios del Rector, del Médico y del Barbero, del vestuario, y manutención de los Colegiales de gracia y de los sirvientes expresando finalmente el número de unos y otros. Fdo. en el Pardo a veinte y ocho de Febrero de mil setecientos y ochenta. – YO EL REY.- Por mandato del Rey nuestro Sr. Miguel San Martín Cueto. Al Obispo, ó cavdo. de la Catedral del Paraguay, sobre el establecimiento, y manutención del Colegio Seminario de aquella Iglecia – a-l-vale.” (83)

Así quedó fundado el famoso colegio seminario carolino de la Asunción. Su primer rector fue el doctor Alonso Báez, nombrado el 22 de diciembre de 1780. Como administrador fue designado, en la misma fecha, Francisco Javier Acevedo.

Se estableció la oposición como régimen para la provisión de cátedras. Los postulantes tendrían que haber cruzado por lo menos tres años de filosofía o cuatro de teología, con aprobación, en algún colegio público, siquiera fuese innecesario poseer grados eclesiásticos.

Las cátedras creadas fueron las de Teología Escolástica, Teología Dogmática y Gramática.

Luego de transcurrido el término para el concurso, y como no se presentaran interesados, fueron designados directamente como profesores de Prima Teología y de Artes, los presbíteros Dionisio Otazú y Juan Antonio Zavala, párrocos de la Catedral y de San Blas, respectivamente.

El sábado 12 de abril de 1783 quedó inaugurado solemnemente el Colegio Seminario Conciliar de San Carlos, de la Asunción con asistencia del gobernador de la provincia, el Cabildo Eclesiástico, autoridades provinciales y vecinos en general.

El gobernador, en su calidad de vicepatrono real, “puso a cada colegial en conocimiento de las becas otorgadas por Su Majestad”. “Hablaron también el Rector del instituto, Dr. Gabino de Echeverría y Gallo, deán de la Catedral, y el vicerector Dr. José Antonio De Agüero”. (84)

En la capilla del colegio, momentos después, el gobernador hizo entrega de las becas a los primeros seminaristas. Fueron ellos Rafael Tullo, José Joaquín Ayala, Manuel Corvalán, José Joaquín Baldovinos, Sebastián Antonio Martínez Sáenz, Juan Antonio Riveros y Sebastián Taboada. Juraron estos seguidamente la profesión de fe ante el presidente del Cabildo Eclesiástico, Dr. Antonio de la Peña. Ingresaron días después José Félix Cañiza, Sebastián Patiño y Antonio Montiel.

El Rector Dr. Echeverría y Gallo fue sustituido en 1785 por el Dr. José Baltazar de Casajúz.

“Por estos años iniciales – dice Benigno Riquelme en su interesante monografía inédita y titulada El Colegio Seminario Conciliar de San Carlos, de Asunción 1783-1822, se registraron el paso de hombres que con el tiempo, tendrían actuación prominente en la gestación de la Independencia patria. El capitán Pedro José Molas peticionó una beca de gracia para su hijo Mariano Antonio Molas, la que le fue adjudicada por el gobernador Joaquín de Alós, en nombre del Rey, en fecha 5 de septiembre de 1793. Molas no se graduó, abandonando el instituto años después. Vicente Ignacio Iturbe usufructuó también una beca de gracia, cursando estudios por más de cuatro años, abandonando luego la carrera. José Gabriel Benítez estudió como alumno con beca pensionaria Gramática, pero tuvo que abandonarlo por contrariedades físicas. También cursaron por esa época sus estudios Juan Niceto Valdovinos, Juan Neponuceno Goytía (venido de Corrientes), y, llamémonos a extrañeza, un indio: Venancio Toubé, venido del pueblo de Atyrá, becado con consistoria a pagarse de los tributos de la citada población y luego, a petición de Pedro José de Aguilar, apoderado de los pueblos indios, se le concedió una beca de gracia. Luis Santiago Valdovinos, Sebastián Martínez Sáenz, Antonio Taboada, José Sebastián Valdovinos, José Joaquín Montiel, José Vicente Cabañas, José y Antonio Vianna, Agustín y Cayetano Castelví, figuraron en las mismas condiciones que los anteriores.”

Los primeros estatutos del colegio – prosigue el mismo autor – fueron redactados por el gobernador Joaquín de Alós y trataba de la fundación del mismo, sus advocaciones y festividades que debían celebrarse en él. Conciso y breve, estatuía todo cuanto podía relacionarse al normal funcionamiento de la institución. No podía ser Rector ni vicerector, el gobernador y se dejaba expresa constancia de que las faltas de los seminaristas, caídas en jurisdicción de juez ordinario, no eran de incumbencia de las autoridades del colegio no pudiendo, por lo tanto, las mismas entender en ellas. Se suprimía el precepto de la Santa Obediencia. Se condicionaba la adjudicación de becas y se establecía la vestimenta de los colegiales. No podían existir becas de distinciones para evitar odiosos privilegios. Se fijaba la cantidad de colegiales, quienes debían de haber nacido en el obispado o ser hijos de vecinos domiciliados en él, y se establecía que el defecto de ilegitimidad no podía ser dispensado ni por el Obispo ni por el gobernador. La voz “castigo” proscribíase de los lindes de la institución y se la sustituía por la de “corrección”. Se prohibía el magisterio de los clérigos de servicio actual, pero a falta de profesores tuvieron que ejercerlo algunos párrocos.”

En cuanto al plan de estudios, “establecía el funcionamiento de tres facultades: Una de Teología (Moral y Dogmática) que se dictaba en dos clases; otra de Filosofía y Artes (Con el último vocablo se designaba la Lógica, la Física y la Metafísica de Aristóteles), y otra de Gramática y Latín. Los estudiantes se diferenciaban en colegiales y manteístas. Los primeros eran los internados y los segundos los externos. El Rector y el Cabildo Eclesiástico constituían las más altas autoridades del colegio.”

En los exámenes de 1808 aparecen aprobándolos, con todos los votos, Carlos Antonio López y Venancio Toubé. Este último era un auténtico indio, así como lo eran también Juan de la Cruz Yaguareté y Juan Domingo Guainaré, ordenados en mismo instituto, y “acaso los únicos que llegaron a ejercer el sagrado ministerio en todo el territorio del Río de la Plata”. (85)

En diversas épocas integraron el cuerpo de profesores Francisco Javier Bogarin, Dionisio Otazú, José Baltazar de Casajúz, Manuel Antonio Corvalán, Sebastián Patiño, Juan Antonio Zavala, José Gaspar de Francia, Marcelino Ocampos y Carlos Antonio López.

En 1822, el dictador Francia acabó con la vida del Colegio Seminario Conciliar de San Carlos.

De esta suerte, la instrucción primaria y la superior fueron extendiendo, paulatinamente, sus beneficios en todo el país. Al finalizar el siglo XVIII, el problema del analfabetismo estaba casi absolutamente resuelto en el Paraguay. Raro era, en aquel tiempo, hallar un criollo que no supiera leer, escribir y contar.

El gobernador Lázaro de Ribera, el 6 de mayo de 1793, planteó al Cabildo la necesidad de realizar reformas educacionales. La nota en que esbozaba sus propósitos dice: “Considerando que ninguna parte del servicio que devo, y deseo hacer a esta Provincia puede ser estraña del conocimiento del V. S., y que puede darme luces que afianzen el acierto que procuro, voy a examinar un pensamiento que lo contemplo íntimamente unido con la felicidad del País, para que combinando V. S. todos los objetos que abraza, me de su dictamen con una franqueza digna de sus sinceras y justificadas intenciones.

“A la penetración de V. S. no puede ocultarse que la buena educación es absolutamente necesaria; y que ella es, la que proporciona a la Juventud la instrucción que debe tener de nuestra Sta. Religión, y de todas las obligaciones inherentes a un buen Vasallo. Todos los individuos que componen una Sociedad, bien reglada, deben ser religiosos, honrrados, atentos, y fieles a los preceptos del Soberano y de su Legislación. Todos deben saver leer, escribir, y contar, por lo que estos conocimientos pueden influir en el acierto de los negocios públicos y privados.

“Todo esto se consigue por medio de buenas escuelas de primeras letras. La Provincia las tiene; pero por una fatal desgracia y por varias causas que frecuentemente se reunen a separarnos del mismo bien que buscamos, se ve, que hasta ahora no se ha conseguido el fruto que prometían estos útiles establecimientos. Los Indios no saben de su ignorancia: no tienen conocimiento, ni aun remoto, de nuestra lengua: las dotaciones de los maestros se ha llevado y llevan crecidas sumas; y después de estos sacrificio V. S. toca por si mismo la situación infeliz de las Escuelas.

“He reflexionado atentamente sobre todos estos puntos, y comprendo que la reforma de ellos es urgente y necesaria. La empresa es tan fácil como sencilla; y para su consecusión me desprendo gustoso de la facultad que reside en este Gobierno de dar los Empleos de Maestros de primeras letras, porque el bien de la Provincia pesa mas en la balanza de mi corazón, que el ejercicio de aquella autoridad.

“Esta verdad es la que gobierna todos mis pensamientos, y ella es la que me impulsa a establecer en esta capital, a la vista de V. S. un Seminario, o Escuela de primeras letras, cuyo Plan de educación sea extensivo a toda la provincia.

“En esta Escuela se mantendran seis u ocho Muchachos de cada Pueblo; y luego que estén bien instruídos en las verdades Eternas, en la lengua Castellana, y sepan leer, escribir, y contar se bolveran, a difundir en sus Pueblos los conocimientos adquiridos en la Capital. Allí servirán de Maestros, vajo las reglas establecidas aquí, los discípulos mas abiles y aprovechados; y a proporción que vayan regresando aquellos, vendran otros Muchachos a reemplazarlos, para que el número de discípulos sea siempre igual.

“Aquí se enseñaran tambien con igual vigilancia, a los niños Españoles, cuyo medio sera muy eficaz para que los Indios aprendan facilmente la lengua castellana.

“Creo que este camino es el único que deve seguirse, para asegurar perpetuamente la educación de la Juventud, y que los Indios se pongan en el estado de civilidad que nuestro Soberano desea.

“Si calculamos lo que en el dia gastan los Pueblos para ocurrir a las dotaciones de sus inútiles Maestros, hallaremos que después de cubrir todos los gastos y atenciones de la nueba Escuela, o Seminario, queda un sobrante annual de dos mil y trescientos pesos fuertes. Esta suma puede emplearse en objetos utiles al servicio del Rey, y bien de la Provincia.

“Primero: mil pesos para un Secretario del Govierno bien la basta extensión de la Provincia, los multiplicados negocios en que el caso de retardar el despacho, y de separar su aplicación de aquellos grandes objetos de utilidad pública. Perderá el tiempo en buscar y arreglar papeles: y quando salga a sus dilatadas visitas, no le quedará mas recurso que abandonar el Archivo a todo genero de acontecimientos.

“Segundo: mil pesos para asegurar el sueldo del señor Asesor, cuyo pago save V. S. que no esta corriente, porque el reducido ramo de Propios no puede sufrir esta carga. Ninguna atención mas justa que esta dotación; pues es cosa bien terrible y dolorosa que este Magistrado esté trabajando en beneficio de la Provincia, y no pueda sostener el decoro y desencia de su Empleo, por la falta de los mismos medios que las leyes le conceden.

“De esta equitativa disposición habrá de resultar un aumento efectivo a favor del ramo de Propios; y si en el día no puede ocurrir, por falta de medios, a desempeñar los objetos de su instituto, libre de este gravámen podrá por lo menos, atender a la precisa reedificación de la casa consistorial, carzel, composición de calles, y otras obras públicas, que son de absoluta necesidad.

“Los trescientos pesos restantes podrán aplicarse a beneficio de los mismos Propios, o bien en el Hospital, o a otra obra pía.

“Tengo la satisfacción de haber explicado sinceramente mi modo de pensar y solo me resta formar una instrucción, vajo los principios insinuados, para la dirección de la misma Escuela o Seminario, y remitirla con informes a S. M. por mano del Excmo. Sr. Virrey, en el próximo Correo, a fin de conseguir su soberana aprobación; pues de otro modo quedaría este establecimiento sin consistencia, y expuesto a sufrir los efectos de la arvitrariedad.

“Recomiendo a V. S. el exámen de este oficio, para que me informe, con la brevedad posible, si serán útiles los pensamientos que abraza o podrán causar perjuicio al bien Público. Esta es la obra que dejo en manos de V. S. y espero que su celo en servicio del Rey, y felicidad de esta Provincia no omitirá circunstancia digna del convencimiento de quien desea acertar. Dios gue a V. S. ms. as. – Asumpcion del Paraguay 6 de Mayo de 1796. – (Firmado): Lázaro de Ribera. – Al Ilustre Cabildo Justicia y Regimiento de esta Ciudad.” (86)

El Cabildo de la Asunción aprobó el plan del gobernador Lázaro de Rivera; pero el rey nunca lo aprobó.

En los años iniciales del siglo XIX, el gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro, cumpliendo órdenes superiores, introdujo cambios en la dirección de las escuelas. Encargó el cuidado de ellas a los teniente-curas – “lo que fue un grave error” – y su funcionamiento puso en manos directas de un ayudante de los naturales, obligando, además, a cada parroquia a costear la manutención de veintiséis estudiantes. Como consecuencia de todas estas novedades, los maestros, que por aquel tiempo se hallaban bien pagados, fueron despojados de sus haberes. (87)

En 1810, con motivo de la amenaza de la invasión porteña, el Colegio Seminario Conciliar de San Carlos fue convertido en cuartel y sus rentas se aplicaron a la defensa nacional. El 18 de octubre de aquel mismo año tomó en arrendamiento la casa de Agustín Trigo, y todo el establecimiento, tan poderoso rico en otra época, quedó reducido al rector, al profesor de gramática y a siete seminaristas.

En estas circunstancias desastrosas para los institutos técnicos de enseñanza con que fue dotado el Paraguay colonial, advino la revolución del 14 y 15 de mayo de 1811, iniciación gloriosa de la era autónoma de la nación.

IX

LOS ÚLTIMOS GOBIERNOS COLONIALES

Al gobernador Juan Rodríguez de Cota sucedió, el 27 de junio de 1702, Antonio de Escobar y Gutiérrez. Declarado demente, éste fue depuesto, sustituyéndole en el cargo su propio hermano. Sebastián Félix de Mendiola, reemplazó después a este último. Baltazar García Ros, el 9 de febrero de 1706, dio término, finalmente, a la serie de breves gobiernos interinos a que nos referimos. Estaba García Ros entregado a la tarea de expulsar a los portugueses de las regiones de la provincia que administraba cuando fue sucedido en el cargo por Manuel de Robles Lorenzana, el 10 de octubre de 1707. Se caracterizó su gobierno por algunas expediciones al Chaco, las cuales no fueron exitosas. Sucedióle el maestre de campo Juan Gregorio Bazán de Pedraza, quien falleció hallándose en el ejercicio del mando. A éste sustituyó, en carácter interino, el general Andrés Ortiz de Campo. Y fue en esta época que Antonio de Victoria quedó nombrado por la corte como gobernador del Paraguay. Victoria vendió sus derechos a Diego de los Reyes Balmaceda, natural del puerto de Santa María. Ya hicimos referencia a su gobierno al rememorar la revolución de los comuneros. Sólo agregaremos que en el período de la ocurrencia de ese suceso, además de los ya citados, ejercieron, en carácter interino, el gobierno de la Asunción, Bruno Mauricio de Zavala, Baltazar García Ros, Manuel de Robles, Martín de Barúa e Ignacio de Soroeta. También se constituyó una junta gubernativa presidida por Alonso Reyes, y, posteriormente, otra bajo la presidencia de Luis Barreiro, el traidor que entregó a Mompox.

José Martín de Echauri, designado por Bruno Mauricio Zabala, durante su última estada en la Asunción, tomó posesión del cargo de gobernador en el año 1736. Estaba el pueblo terriblemente impresionado por los severos castigos impuesto los comuneros vencidos por el comisionado Zavala. A Echauri tocábale así, en suerte, devolverle la tranquilidad y el sosiego, y lo consiguió. Cuatro años después de haber tomado posesión del mando, lo entregó a Rafael de la Moneda. “Este, en los primeros catorce meses, visitó la Provincia; la defendió de los Indios con ocho fuertes; cercó con fosos dos principales pasos de la cordillera; fundó dos poblaciones, una de españoles y otra de libertos (Emboscada), y construyó cuatro falúas para la defensa del río; pero perdió la vista y cegó a causa de las fatigas y los ardores del verano. Con todo, no decayó su energía; aumentó el número de los fortines; subyugó a los siacuaes, y habiendo descubierto en 1747 una conspiración fraguada para asesinarle, ejecutó a cuatro de los jefes. Querido por su honradez y celo, largamente recompensado por el Rey, entregó el mando en Agosto de 1747 al coronel don Marcos José de Larrazábal, quien visitó la Provincia, mantuvo en ella catorce presidios, fabricó ocho embarcaciones para la vigilancia del río; hizo veinte y cuatro afortunadas salidas contra los indígenas; ajustó paces con los mbocobies y los abipones, y desbarató una conjuración, condenando a muerte a su jefe.” (88)

El coronel Jaime Sanjust sucedió a este último en el gobierno de la provincia. Tomó posesión el 10 de noviembre de 1749. Durante dicho período llegó a la Asunción el juez de residencia Dionisio Romero. Rebelóse un abusivo, razón por la cual fue enviado de regreso a España “bajo partida de registro”. En 1751 emprendió con siete falúas una expedición contra los payaguaes, a quienes venció consiguiendo así una paz de más de cinco años; pero los mbayaes atacaron a Curuguaty, matándole ciento siete personas, aunque con pérdidas enormes. Durante su administración empezó en el Paraguay el beneficio del tabaco negro, con los colonos traídos del Brasil, y tuvo lugar la llamada guerra guaranítica, fomentada por los jesuitas por la cesión de siete misiones del Uruguay, hecha a Portugal, en el tratado de 1750. La insurrección principió en 1752, aunque no fue armada hasta 1753; después de algunas peripecias, las tropas españolas y portuguesas combinadas dieron cuenta del ejército guaraní, que dejó en el campo más de mil trescientos hombres.” (89)

El gobernador de Buenos Aires, Pedro de Cevallos, por autorización real, designó al capitán José Martínez Fontes para suceder a Sanjust. Inició sus gestiones el 2 de abril de 1761. Entre los sucesos de su gobierno cítanse la expedición al Chaco, comandada por el maestre de campo Fulgencio de Yegros y Ledesma, y la fundación de Timbó, en la región occidental, reducción de efímera existencia. Martínez Fontes falleció en la Asunción, en 1764. Reemplazóle en el cargo el nombrado Yegros y Ledesma, durante cuyo mando la provincia vivió días agitadísimos. En la misma época, los vecinos de Curuguaty asesinaron al teniente de gobernador Bartolomé Larios Galván, y a los regidores sargento mayor José Serrano y Francisco Aguirre.

El irlandés Carlos Morphi sucedió a Yegros en el mando. Se hizo cargo del gobierno el 29 de septiembre de 1766. Son actos de su administración la expulsión de los jesuitas, a quienes permitió, sin embargo, la ocultación de sus documentos, y la fundación de los pueblos de Caacupé, Carayaó, Ybycuí, Carimbatay y Pirayú. Creó, asimismo, los barrios de Lambaré y San Roque, en la Asunción.

Vamos a dejar a Blas Garay la narración de los sucesos siguientes, hasta 1811, año en que el Paraguay se emancipó de España. “El 24 de Agosto de 1771 – dice el citado historiador -, fue nombrado gobernador el coronel D. Agustín Fernando de Pinedo, y se ordenó a Morphi regresar inmediatamente a España. Pinedo llegó a la Asunción y fue recibido el 23 de Agosto de 1772. En 1773 estableció a los 23º, la Villa Real de la Concepción; en diciembre de 1776 mandó levantar, por el capitán D. García Rodríguez de Francia, el fuerte de San Carlos, frente al de Ygatimí, al cual pasó luego a rendir; hizo una expedición inútil a Ytapucú o Tavatí; la reducción de los mbocobíes de Remolinos (hoy Villa Franca), a la izquierda del Paraguay, y la de Nuestra Señora del Refugio, de mbayaes, a orillas del Apa; fundó la Villa de Ñeembucú, Paraguary, San Lorenzo del Campo Grande, Hyaty y Quyquyó, pero mostró también una inextinguible sed de ilícitas granjerías, que le hizo universalmente odioso. Durante su gobierno, y a 8 de Agosto de 1776, fue creado el Virreynato del Río de la Plata, que la real ordenanza de 28 de Enero de 1782 dividió en las ocho intendencias de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Santa Cruz de la Sierra, La Paz, Mendoza, La Plata y Potosí.

“El 1º de febrero de 1778 hízose cargo del gobierno el teniente coronel D. Pedro Melo de Portugal, nombrado en 1776 por S. M. Bajo su administración alcanzó la Provincia un alto grado de prosperidad, y su comercio un considerable incremento, a que contribuyó el estanco del tabaco, decretado en 1780. Concluyó con los ataques de los salvajes reprimiéndolos enérgicamente y fundando un gran número de poblaciones, y redujo en 1782 a los tobas, estableciéndose en el Chaco, en San Antonio. También en tiempos de Melo se abrió el Real Colegio Seminario de San Carlos (1783) y se formó (1785) un censo, que arrojó una población de 52.496 españoles y 10.510 pardos.

“Melo, rodeado del cariño popular, entregó el mando el 21 de Agosto de 1787, al teniente coronel D. Joaquín de Alós nombrado a 20 de Abril de l786. Planeó este gobernador en 1791 una reducción de indios monteses cerca de la Villa Concepción; estableció en 1792 la fortaleza de Borbón; fundó el partido de Laureles (1790) y otras defensas contra los indios; emprendió contra los mbayáes y los guaicurúes felices campañas; incorporó a la provincia las antiguas reducciones jesuitico-paraguayas, y envió en 1794 una expedición al Chaco al mando del coronel D. José de Espínola, que llegó hasta Salta.

“En 1796 empezó a gobernar el capitán D. Lázaro de Ribera, que levantó un nuevo censo del Paraguay, hallándole 97.480 habitantes; fundó con los chabaranaes la población de San Juan Nepomuceno (1798) y con los mbayáes y guanáes dos reducciones en la jurisdicción de la Villa Real; impulsó la construcción de fragatas y bergantines; estableció fábricas de cables y calabrotes, y adoptó otras buenas disposiciones. Sin embargo, sus tiránicos abusos y su inmoralidad administrativa, le hicieron muy odioso; pero más que él lo fue el coronel Espínola, su servil auxiliar.

“Por real cédula de 17 de mayo de 1803, S. M. erigió en gobierno aparte los treinta pueblos de las Misiones y nombró para desempeñarles al coronel D. Bernardo de Velasco, a quien después confió el del Paraguay, del cual se hizo cargo el 5 de Mayo de 1806, con retención del primero. Velasco se esforzó por reparar los desaciertos de su predecesor; fomentó el comercio; acudió en persona en dos ocasiones, en 1807 y en 1809, a la defensa de Buenos Aires, siendo interinamente reemplazado por D. Manuel Gutiérrez y D. Eustaquio Giannini, respectivamente; y habría terminado con facilidad su gobierno, si los acontecimientos de la metrópoli no hubiesen determinado la revolución de la independencia americana.” (90)

X

LAS LETRAS AL FINALIZAR EL SIGLO XVIII

Ya en vísperas de entregar el mando, el virrey Pedro de Cevallos, en cumplimiento del artículo 15 del tratado preliminar de límites, quiso dejar constituida la comisión española demarcadora de fronteras con los dominios de Portugal. Así lo hizo integrándola con el capitán de navío Cárdenas y los tenientes Alvear y Adorno, en unión del gobernador de Mojos, Ignacio de Flores, quien declinó el cargo por haber sido designado presidente de Charcas. (91) Estas designaciones quedaron sin efecto. Posteriormente, en 1782, se reintegró la aludida comisión, durante el gobierno de Juan José de Vértiz y Salcedo, virrey del Río de la Plata. Formaron parte de este segundo grupo el capitán de navío José Varela, en carácter de comisario principal y jefe de la primera división; el teniente de navío Diego de Alvear y Ponce de León, como jefe de la segunda división; el teniente de navío Félix de Azara, como jefe de la tercera; y el teniente de navío Juan Francisco de Aguirre, como jefe de la cuarta. También formaban parte de la comisión, como subalternos, José María Cabrer, Manuel Moreno Argumosa – quien fue padre de Mariano Moreno, el prócer esclarecido de la nación Argentina – y Andrés de Oyárvide.

DIEGO DE ALVEAR Y PONCE DE LEÓN era natural de Montilla, provincia de Córdoba. Nació en 1749. Cursó estudios en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal y luego se trasladó a Granada, donde dio cima a los mismos, en 1767. Eligió la carrera naval, y revistó en la Academia de Cádiz. Integró una expedición a las Filipinas, en 1771. Llegó al Río de la Plata con el virrey Cevallos. Formó parte de la comisión demarcadora de límites con los dominios de Portugal, de acuerdo con el famoso tratado de San Ildefonso, del 1º de octubre de 1777. Falleció en España, el 15 de enero de 1830.

Diego de Alvear y Ponce de León dejó escrito un Diario de la Segunda Partida de demarcación de límites entre lo dominios de España y Portugal en la América Meridional. La obra fue publicada en cinco tomos. En el primero y en el segundo, se hace la narración de los viajes y expediciones de su autor. Están llenos de descripciones y documentos. En el tercer volumen se publican observaciones astronómicas y meteorológicas. El cuarto se halla dedicado al estudio de la fauna, la gea y la flora de las regiones recorridas por el marino. Y el quinto, finalmente, está dedicado a la historia y a la geografía de las regiones misioneras.

Paul Groussac, ha publicado en los Anales de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires los originales del libro de Diego de Alvear y Ponce de León, y los ha sometido a una aguda discriminación en sus Estudios de Historia Argentina.

FÉLIX DE AZARA, también integrante de la comisión demarcadora, nació en Barbuñales, en 1746. Pertenecía a una noble familia aragonesa. Sus padres fueron Alejandro de Azara y María Perera. Fueron sus hermanos José Nicolás de Azara, uno de los más famosos diplomáticos europeos del siglo XVIII; Eustaquio de Azara, obispo de Ibiza y de Barcelona, y Francisco de Azara.

Félix de Azara cursó estudios en Barbuñales y en la Universidad de Huesca. Consagróse al aprendizaje de leyes y filosofía. Su vocación militar lo llevó al regimiento de infantería de guarnición en Galicia, donde se le dio de alta, como cadete, en 1764. En 1765 obtuvo despacho de subteniente de infantería e ingeniero delineador. Un año más tarde dirigió la construcción de la fortaleza de Barcelona, y en 1769, el desagüe de los ríos Henares y Jaragua. También fue encargado de la reparación de las fortalezas de Mallorca. Durante la guerra de Argel, en 1775, recibió una herida que revistió gravedad. La carrera militar de Félix de Azara fue rápida y brillante. En el año 1780 obtuvo su despacho de teniente coronel de infantería. Luego se lo encuentra como jefe de la tercera división de demarcadores españoles, viajando con destino a la América del Sur. Venía con el grado de teniente primero de navío. En 1781, obtuvo despacho de capitán de fragata, y en 1789, fue ascendido a capitán de navío.

“Pero la gloria de D. Félix de Azara no proviene de sus afanes en Europa, sino de los trabajos cumplidos en el Paraguay.” “América le dio ocasión – escribe J. Natalicio González – para revelarse un escritor de garra y un naturalista de primer orden.” (92)

Débense a la pluma de Azara una Geografía física del Paraguay; un Diario de la navegación y reconocimiento del río Tebicuary; sus Apuntes para la historia natural de los cuadrúpedos y pájaros del Paraguay y Río de la Plata; los Viajes por la América meridional; su Descripción e historia del Paraguay y Río de la Plata, y las Memorias referentes a sus andanzas por estas regiones. La cartografía colonial, débele también ingente contribución. El Cabildo de la Asunción le otorgó la ciudadanía honoraria. Azara regresó a España en 1801. Falleció en Huesca, en 1811.

Malísimo historiador, Azara fue un prosador de estilo preciso y claro. Estudió la flora y la fauna, lo mismo que la sociedad humana en que le tocó actuar en esta zona americana, con una sagacidad admirable y una visión profunda. Sus descripciones, serias y objetivas, son amenas e instructivas. De allí que su obra sea “de perenne actualidad”.

JUAN FRANCISCO DE AGUIRRE, llegado al Río de la Plata como jefe de la cuarta división de demarcadores españoles, en 1796, terminó de escribir en la Asunción su Diario, voluminosa obra que permaneció inédita más de un siglo. Fue publicada en los tomos IV y VII de los Anales de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Al referirse a los trabajos de Aguirre, Paul Groussac dice que “presentan especial interés, como que provienen de un viajero bastante joven – no tendría probablemente treinta años -, de carácter templado, jovial al par que reflexivo, y que, siendo español de tránsito, a decir ni extranjero ni vecino, reúne, al parecer, todas las condiciones del testigo bien informado e imparcial. Agreguemos – prosigue el crítico nombrado – que el observador no es vulgar; revela vista clara y por momentos profunda; no es v.g. rasgo común en un español de aquellos tiempos, el proclamar que “la riqueza es hija de la libertad, extendiéndonos sólo al comercio de las colonias, sino a sus habitantes de cualquier matiz y condición”. (93)

En el Diario de Aguirre aparece el “Discurso histórico”, documento de gran valor sobre el pretérito del Río de La Plata.

ANDRES DE OYÁRVIDE, venido también al Río de la Plata como integrante de la comisión demarcadora de límites, escribió una extensa Memoria geográfica de los viajes practicados desde Buenos Aires hasta el Salto Grande del Paraná. Al ocuparse de esta obra, Paul Groussac, cuya autoridad es seria en esta materia, la califica de prolija, y dice que “publicada con algún descuido por don Carlos Calvo, refleja minuciosamente los trabajos diarios de la comisión y ha valido al autor una fama bien merecida entre los estudiosos del gran litigio hispano-lusitano. Observador concienzudo – prosigue Groussac – (aunque no siempre exacto) y dibujante eximio, aparece Oyárvide como el subalterno ejemplar, afable con sus iguales, bondadoso con sus superiores, leal y digno con sus jefes; en suma, muy superior a su condición modestísima”. (94)

Oyárvide, de regreso a Buenos Aires, en los primeros años del siglo XIX, “pudo ejecutar y firmar como teniente de fragata sus minuciosos estudios hidrográficos del Río de la Plata”.

En la segunda mitad del siglo XVIII – escribe un historiador – algunos valores que se incorporaron a la vida de nuestro país, impulsaron la actividad intelectual. JUAN GELLY, antiguo corregidor de Oruro, vinculado a una añeja familia de la Asunción, establecióse en ese tiempo en esta capital. Abrió una farmacia en la parroquia de la Catedral, farmacia que era un centro de reunión cultural. Gelly, quien fue padre de Juan Andrés Gelly, falleció en Concepción, en 1808. Debe ser tenido como un mantenedor.

Más tarde, al finalizar el siglo XIX, este fenómeno histórico se reproduce en la famosa “Botica Guanes”, situada en la esquina hoy formada por las calles Palma e Independencia Nacional. Fue local de cita diaria de lo más granado de la política, la banca y la intelectualidad asuncenas.

En nuestros días, exhibe mejor jerarquía en esta función espiritual, la “Farmacia Americana”, de José Arturo Alsina y Alfonso Mazó. Situada en la esquina de las calles Chile y 14 de julio, de esta metrópoli, desde hace un cuarto de siglo ha visto desfilar bajo su techo a lo más representativo de a cultura nacional. Es lugar de reunión cotidiana de escritores y de artistas, es un amable templo del espíritu.

Rara coincidencia ésta de tres farmacias, en tres siglos que se siguen, puestas al servicio de la civilización paraguaya. Vale la pena anotarla.

Cierran la etapa colonial de las letras nacionales tres valores de singular importancia: MANUEL ANTONIO TALAVERA, PEDRO VICENTE CAÑETE Y JOSÉ MARÍA DE LARA.

Guillermo Feliú Cruz, autor chileno contemporáneo y descendiente de Manuel Antonio Talavera, en un libro publicado en 1937, esboza la biografía de este paraguayo, reconstruye su vida, basado en gran acopio de datos. Antes que Feliú Cruz, otros chilenos de reconocido prestigio continental, como José Toribio Medina, Benjamín Vicuña Mackenna y Diego Barros Arana, exaltaron la personalidad del citado escritor.

Nacido en Villa Rica, el 21 de octubre de 1761, Manuel Antonio Talavera era hijo del capitán de artillería Pablo de Talavera, castellano, y de la asuncena Josefa Duarte y Arce. Cursó estudios primarios, hasta 1776, en el convento de San Francisco, de su pueblo natal. Con motivo del fallecimiento de su esposa, y enfermo él mismo, el capitán Pablo de Talavera marchó con su hijo a Córdoba. En esta ciudad ingresó este último en el Colegio de Monserrat. Egresó de dicho instituto en 1785. Un año después se dirigió a Buenos Aires con el propósito de editar su trabajo de tesis doctoral. “Tuvo que vencer enconadas resistencias antes de lograr el permiso de práctica para la publicación de aquel primer fruto de su ingenio.” (95) La obra versaba sobre un tema teológico.

De regreso a Córdoba, Manuel Antonio Talavera se hizo cargo de los negocios de su progenitor. Las actividades mercantiles lleváronle a Chile en el mes de enero de 1789. El 3 de mayo del mismo año, se matriculó en la Universidad de San Felipe, para seguir cursos de leyes. Alternaba esta labor con sus actividades de importador de yerba mate y de profesor de filosofía en un colegio particular que tenía abierto en las inmediaciones de la universidad. Casó en Chile con Agustina Garfias.

La revolución de La independencia lo encontró frente a sus próceres. Abrazó la causa del rey con infinita pasión. Su libro sobre las Revoluciones de Chile, “diario imparcial de los sucesos memorables acaecidos en Santiago”, desde el 25 de mayo de 1810 hasta el 20 de noviembre de 1811, constituye una labor minuciosa, seria e ingente, realizada en aquella época de profundas inquietudes políticas continentales.

El voluminoso trabajo se halla redactado en prosa cuidada, rica en méritos literarios, y es una de las fuentes más fecundas de informaciones sobre el proceso de la emancipación chilena. Se observa en él, y es su más alto galardón, la imparcialidad de sus juicios.

El apasionado realismo de Talavera causó su exilio de Mendoza, en 1813. Regresó a Chile el año siguiente, en consecuencia del tratado de Lircay. La victoria de Rancagua, al llenarlo de alegría, acalló su corazón. Fue el 9 de octubre de 1814.

PEDRO VICENTE CAÑETE era oriundo de la Asunción. Nació, al parecer, en 1749, en el seno de una familia de abolengo. Era biznieto de Ruidíaz de Guzmán. Fueron sus padres, el mayor y regidor José Cañete, y Juana Cantalicia Domínguez de Escobar. Uno de sus hermanos llamábase Ignacio Cañete. Los estudios primarios los inició en su ciudad natal; cursos superiores hizo en la Universidad de Córdoba. El 9 de diciembre de 1771 , se inscribió en la de San Felipe de Santiago de Chile, con el propósito de dar término a los ciclos de teología y comenzar los de leyes.

La carrera de Cañete fue tan aprovechada como brillante, escribe Fulgencio R. Moreno. EL 13 de octubre de 1773 obtuvo el título de licenciado y de doctor en teología y tres años después, el 1º de octubre de 1776, graduóse de abogado “con la suficiencia que para ello daban sus diplomas de bachiller en cánones y leyes. El 2 de octubre del mismo año, en concurso de oposición, ganó la cátedra de artes en la misma Universidad de San Felipe. (96) Pocos meses después abandonó esta cátedra para iniciar su vida política desde el cargo de asesor general y auditor de guerra del primer virrey de Buenos Aires, Pedro de Cevallos.

“La obscuridad en que van envueltos para nosotros sus primeros años proyecta nueva sombra sobre este período de su vida. Apenas sí podemos vislumbrar entre esta penumbra la aparición de un folleto de cuatro páginas sobre sus grados, literatura y merecimientos, siéndonos completamente desconocidos los hechos y sucesos de su existencia oficial al lado de aquel virrey tan causado de avaricia por los historiadores rioplatenses.” (97)

Reemplazado Pedro de Cevallos por Juan José de Vértiz y Salcedo, parece que Cañete abandonó la Audiencia de Buenos Aires.

El 7 de diciembre de 1781 tomó posesión del cargo de asesor del gobierno del Paraguay. (98) “Su rectitud, su versación en la ciencia jurídica, su talento que ejercita en diversas disciplinas, el decoro de su vida, le rodean del máximo respeto de sus coterráneos.”

A mediados de 1783 solicitó una plaza togada en Buenos Aires, Charcas o Lima, solicitud que fue acompañada de un honrosísimo informe del gobierno de la provincia del Paraguay. “Habiendo Cañete despachado muchísimos y graves negocios – decía ese informe -, en que tenían parte algunos parientes suyos, ha prevalecido la justicia de los extraños, portándose con tanto ejemplo en su vida y costumbre, que con estar en su patria, nadie le ha recusado legítimamente, ni se han interpuesto más que seis recursos de los sentenciados con su parecer.”

En el mismo año 1783, Pedro Vicente Cañete fue designado como teniente letrado y asesor del gobierno e intendencia de Potosí. El año siguiente, “al alejarse de su tierra natal, lo hace lleno de nobles esperanzas”. “Una dilatada experiencia de abogado en el Reino de Chile – escribe de sí mismo -, y en la capital de Buenos Aires; la práctica continúa de Asesor en el Virreinato del Río de la Plata y en la Capitanía General del Paraguay, por muchos años; el manejo reflexivo de toda clase de negocios, los más graves, y el conocimiento de las materia del Reino, principalmente sobre los indios – que es el asunto más frecuente del Paraguay -; me han persuadido, cuando entré a servir la Intendencia del Gobierno de Potosí, que apenas llegaría a adquirir cuanto necesitase saber para el cabal desempeño de mi oficio.”

Al abandonar el suelo natal, comenzó la vida agitada, turbulenta, de incesante batallar que caracterizó la actividad pública de Pedro Vicente Cañete.

Potosí constituía, en el tiempo en que el ilustre escritor paraguayo llegaba a su intendencia y asesoría de gobierno, “una sociedad arrogante, cerrada, orgullosa de sus blasones y de sus riquezas”. Era una entidad llena de preconceptos contra lo extranjero, por no llamarla xenófoba. Cañete enfrentóse con ella. Poseía el paraguayo un carácter acerado, un temperamento inquieto de luchador altivo. Tenía, además, un talento de brillo extraordinario y conocimientos profundos de las ciencias de su especialidad. Con estas armas bajó a las arenas caldeadas por las pasiones. Se trabó sobre ellas en una lucha resonante para restablecer el imperio de la ley. Humilló a los poderosos infatuados y amparó el derecho de los débiles. Fue un adalid de la justicia.

“De cabellos negros, brunos y rizados; el semblante siempre pálido, donde estaban impresas las huellas de la meditación; facciones marcadamente guaraníticas y por tanto de líneas poco pronunciadas; ojos penetrantes, de extraordinaria viveza; pulcro en el vestir; la voz lenta y pausada, pero que también sabe ser imperiosa y sonora, sin perder nunca su peculiar acento paraguayo: así le presentan sus contemporáneos. A la serpiente le comparan sus enemigos a causa de la finura y sutileza de su índole; en tanto que sus admiradores ponderan su incomparable cortesía y sus maneras encantadoras. Todos, no obstante, coinciden en que este ceremonioso caballero se yergue y desafía arrogante cuando es preciso combatir, y en que descarga sus diestros golpes, frío, orgulloso, con un aire de desdén luciferiano.” (99)

Y es el mismo Cañete quien dice “que no es virtud de prudencia en el hombre público el doblarse al viento, como las cañas flacas, para no ser arrastrados, porque antes de todo ha de doblarse bajo el peso de la pública autoridad y ha de buscarse la paz en los deberes de la misma obligación”.

Cañete logró entrar dignamente en la cerrada ciudad de Potosí. Casó con una dama de alto linaje. Se impusieron su probidad y su talento. El matrimonio procreó dos hijas. Una de éstas contrajo nupcias con un funcionario español; la otra, casi centenaria, murió soltera en la ciudad de Sucre.

De Potosí, Cañete se trasladó a Chuquisaca. Fue asesor primeramente y, luego, secretario confidencial del gobernador. En esta ciudad volvió a la lucha. Esta vez contra “clérigos voluntariosos y oidores prepotentes”. “La pluma de mi asesor – asienta el gobernador Pizarro – domina la de los doctores de Chuquisaca desde la flecha de la torre metropolitana.”

En 1802 hallándose Cañete ausente de Chuquisaca, la Audiencia dictó contra él una orden de extrañamiento. Cañete recogió el guante y ganó del virrey Liniers una carta de inocencia, y con ella regresó victorioso a la citada ciudad.

La revolución de la independencia le sorprende desarraigado de la patria, en pugna ardorosa contra americanos hostiles y rodeado de españoles amigos. (100) No vaciló, en esa circunstancia, para unirse a José Manuel de Goyeneche, el más siniestro caudillo realista del Río de la Plata.

La presidencia de la Academia Carolina de Chuquisaca, ejercida por Pedro Vicente Cañete, en 1814, es el último signo visible de su vida de luchador infatigable y de hombre representativo de la cultura colonial.

El odio protervo, la venganza airada, la maldad taimada y corrosiva, validos del triunfo de la causa americana, sepultaron su nombre en las sombras infinitas del olvido.

Medio siglo de silenciosa indiferencia cubrió su ignota sepultura. Al cabo de él, pasada la tormenta de las pasiones, la historia comenzó a hurgar en su recuerdo. Ella ha podido comprobar que Pedro Vicente Cañete fue un escritor de vigorosa pluma, y una inteligencia de potentes luces. Poseyó vasta y sólida cultura y recio temperamento de combate.

Legó a la posteridad un Dictamen Jurídico; El sintagma de las resoluciones prácticas cotidianas del Derecho del Real Padronazgo de las Indias; un Discurso sobre el manejo de la Real Hacienda en América, concordado con la teología y jurisprudencia civil; la Historia de Potosí; la Guía histórica, geográfica, física, política, civil y legal del gobierno e intendencia de Potosí; un Ensayo sobre la conducta del General Bolívar y una Carta consultiva sobre la obligación que tienen los eclesiásticos de denunciar a los traidores y exortar en el confesionario y púlpito su descubrimiento y captura. Dejó, además de estos trabajos que prueban su extraordinaria fecundidad de escritor y su erudición, también extraordinaria para aquel tiempo, otras obras tales como el Discurso histórico cronológico sobre la fundación de Buenos Aires; una Carta consultiva y apologética en defensa del Virrey Liniers contra los cargos de la Junta Americana; un Informe sobre la Casa de la Moneda de Potosí; el Clamor de la lealtad americana; El espectáculo de la verdad; Proscripciones y un Dictamen a pedimento del Virrey D. Baltazar Hidalgo de Cisneros sobre el plan que se debería seguir para atajar y reprimir la revolución.

Viriato Díaz Pérez, en una interesante conferencia leída el 13 de mayo de 192I, refirióse a una personalidad paraguaya, no recordada hasta entonces, y contemporánea de Pedro Vicente Cañete y Manuel Antonio Talavera. Se trataba de JOSÉ MARÍA DE LARA, a quien llamaba, acertadamente, “un paraguayo olvidado”. Dicha conferencia tuvo lugar en la Asunción, en el salón de actos públicos de la Sociedad Italiana. La aludida exposición, editada en elegante folleto, y dedicada a un intelectual boliviano, Guillermo Francovich, autor de Pachamama, ha visto la luz pública en la capital paraguaya, en el año 1943.

Díaz Pérez aporta en su exposición la prueba documental, inédita hasta 1921, de la filiación de José María de Lara. Según los registros parroquiales de la Asunción, éste había nacido en dicha capital, el 6 de septiembre de 1781. Era hijo legítimo de Carlos José de Lara y de Luisa Villanueva. Trae, además, datos ya consignados en varios diccionarios, referentes al ilustre político y letrado paraguayo. Entre estos, el Diccionario Biográfico Americano, del chileno José Domingo Cortés, afirma, en su edición de 1876, que José María de Lara cursó estudios en la Universidad de Charcas, ocupó cargos fiscales importantes en la Colonia y tomó parte en la revolución de la independencia. En 1829 fue ministro de hacienda del general Santa Cruz. En aquel año, expresa, comenzó verdaderamente a desempeñar el papel importante a que sus talentos y conocimientos lo llamaban.

Desde el recordado cargo – prosigue Diaz Pérez -, prestó grandes servicios a Bolivia, organizando las oficinas de hacienda aumentando las rentas nacionales y levantando el nivel de la prosperidad del país a que servía a un alto grado. Su conducta intachable contribuyó no poco a darle el buen nombre y el prestigio de que gozó, como uno de los ciudadanos más honrados y más dignos del aprecio público.”

Desconocemos el resultado de la labor cultural realizada en Bolivia por José María de Lara. Ignoramos si ha dejado libro alguno, édito o inédito. Pero quedaron de él documentos de carácter oficial que lo proclaman ilustre hombre de letras y político eminente.

José María de Lara falleció en el Altiplano, en el año 1836. “Su muerte fue un día de luto general para el país de adopción y con ella perdió Santa Cruz el más firme apoyo de su administración y gobierno.”

También debe ser citado PEDRO ANTONIO SOMELLERA, nacido en Buenos Aires, en 1774, y educado en la Universidad de Córdoba, donde ganó el grado de doctor en jurisprudencia en 1802. Tuvo actuación sobresaliente en las acciones a que dio lugar la presencia del comodoro Popham, en la mañana del 24 de junio de 1806, en las aguas de su ciudad natal. Participó con fervor en la defensa y reconquista de la capital del virreinato. Posteriormente, Santiago de Liniers lo designó como teniente gobernador y asesor de la provincia del Paraguay. Desde este cargo actuó, al lado del gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro, en los sucesos de la independencia nacional, en 1811. Falleció en Buenos Aires, en 1854.

Pedro A. Somellera ha dejado escritas unas interesantes Notas a la introducción que ha puesto el doctor Rengger a su Ensayo Histórico Sobre La Revolución del Paraguay, y otros trabajos publicados en La Gaceta Mercantil, de la capital porteña. También puede verse el Documento importante para ilustración de algunas cuestiones de territorio entre la Confederación Argentina y el Paraguay, publicado en Corrientes, en 1855.

NOTAS

VI.- El aporte cultural de las misiones jesuiticas.

49- MANUEL DOMÍNGUEZ, El alma de la raza.

50- FERNANDO PÉREZ ACOSTA, S. J., Las misiones del Paraguay.

51- PEDRO LOZANO, Historia de la Compañía de Jesús, tomo II.

52- Estudios de historia argentina.

53- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América.

54- PAUL GROUSSAC, El padre José Guevara.

55- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América.

56- El guaraní y las ideas abstractas.

57- El padre José Guevara.

58- TRELLES, Revista patriótica del pasado argentino.

59- Citado por S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya.

60- La República del Paraguay.

61- Anotaciones a la Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay, por MARIANO ANTONIO MOLAS.

62- ÁNGEL JUSTINIANO CARRANZA, ídem.

63- S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya.

64- Papel en verso sobre el recibimiento al venerable fray B. de Cárdenas, Colección General de Documentos, tomo II, página 20, 1667. Biblioteca Godoi, Asunción.

65- TOMÁS AVEIRO, Índice de la Diócesis del Paraguay, Archivo del Arzobispado de la Asunción, Inédita. TRELLES, Ob. cit.

VII.- La revolución de los Comuneros

66- Las noticias dadas en este capítulo tienen fuente principal en el opúsculo intitulado Los Comuneros del Paraguay. 1640-1735, JUSTO PASTOR BENÍTEZ. Buenos Aires, 1938.

67- Defensorio y Memorial, 3º, Nº 36.

68- Papel en verso sobre el recibimiento, etc., Biblioteca Godoi, Asunción.

69- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, Ob. cit. Memorial, páginas 122-123.

70- Citado por ENRIQUE FINOT, Historia de la literatura boliviana.

71- Ob. cit.

72- “Expulsión violenta de los Jesuitas del Colegio de la Asunción por el Gobernador Don José de Antequera y Castro en mil setecientos veinte y cuatro por noticia que tuvo de que venía Don Baltazar García Ros con Yndios de la Doctrina de los Jesuitas a deponerlo del mando”, Archivo Nacional de la Asunción, Vol. 2, Nº 5.

73- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, Ob. cit.

74- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya. LOZANO, Historia de las revoluciones de la provincia del Paraguay, 1721-1736.

75- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, Ob. cit.

76- CECILIO BÁEZ, Resumen de la historia del Paraguay desde la época de la conquista hasta el año 1880, Asunción, 1910.

77- Archivo Nacional, Vol. 50, Nº 1.

VIII.- La instrucción pública en el Paraguay colonial.

78- La Argentina.

79- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

80- Los jesuitas en el Paraguay.

81- MANUEL DOMÍNGUEZ, Las escuelas en el Paraguay.

82- Ídem, Ob. cit. GREGORIO FUNES, Ensayo de la historia civil de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay.

83- M. S. Archivo Nacional.

84- BENIGNO RIQUELME, El Colegio Seminario Conciliar, de Asunción.

85- BENIGNO RIQUELME, Ob. cit.

86- M. S. Archivo Nacional.

87- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

IX.- Los últimos gobiernos coloniales

88- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

89- Ídem, ídem.

90- Ídem, ídem.

X.- Las letras al finalizar el siglo XVIII

91- PAUL GROUSSAC, Estudios de historia argentina.

92- Proceso y formación de la cultura paraguaya.

93- Estudios de historia argentina.

94- Ídem.

95- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

96- Biblioteca peruana.

97- FULGENCIO R. MORENO, V. La Prensa, Asunción, 1897.

98- RENÉ MORENO, M. S. Archivo Nacional.

99- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

100- Ídem, ídem.

XI

EL COLEGIO DE MONSERRAT

No es posible olvidar en esta reseña histórica una institución docente, siquiera no genuinamente paraguaya: el Colegio de Nuestra Señora de Monserrat, de Córdoba, al cual ya hicimos algunas referencias antes de ahora. En dicho establecimiento recibieron instrucción los hombres más representativos del Río de la Plata, de la primera mitad del siglo XIX. En recuerdo de los bienes que sembró, vamos a transcribir aquí una página ilustrativa, de Arturo Cabrera, escrita en 1928. (101)

“Nosotros hemos compartido la cuna y la nodriza de los paraguayos – dice Cabrera –; dá testimonio vivo de ello el Colegio Real de Monserrat de Córdoba, cuya fundación se verificó el 9 de Abril de 1695.

“Desde aquel día memorable en los anales de la instrucción pública americana, el Colegio de Monserrat abre sus puertas y los departamentos de sus internados, a jóvenes sin número venidos de todos los puntos del país y aun de más allá de sus confines, de ambas márgenes del Plata, de ultracordillera y del Alto Perú.

“Esta institución, justamente con el Colegio de San Carlos de Buenos Aires, constituyen el famoso binomio educacional que floreció en el Virreynato del Río de la Plata. Alumnos suyos – directos o indirectos – del Colegio de Monserrat fueron los protectores, apóstoles, actores, tribunos, estadistas y guerreros de la revolución de Mayo.

“La previsión de don Ignacio Duarte y Quiróz, que más allá, más lejos aun que la solicitud de los gobiernos, entregado a un arrebato de generosa pasión por la enseñanza y teniendo ante su vista la barbarie de los naturales y la codicia de los hombres consagrados a la dominación, desprendióse de sus bienes por entero, sin reservas, anticipándose en su espíritu al movimiento que muchos años después habíase de producir en el corazón de Belgrano, quien superando a sus virtudes guerreras se convirtió en fundador de escuelas primarias.

“Dispensador de Becas – La Beca del Paraguay. D. Ignacio Duarte y Quiróz estableció seis becas radicadas en los treinta mil pesos a que ascendía el monto total de la donación. Estas becas fueron instituidas para favorecer a los jóvenes en quienes se asociaran la pobreza, el talento y el amor al estudio.

“El doctor Garay y el capitán Francisco Luis de Cabrera continuaron tan noble ejemplo dotando a su vez dos becas, las cuales habían de servir “para pobres que no teniendo medios no pudiesen entrar a dicho colegio”.

“Tocóle a D. Francisco Matías de Silva – hijo de la Asunción del Paraguay – la gloria de secundar la obra meritoria y benefactora de los dispensadores de becas a que acabo de referirme. Esta acción merece tanto más señalarse, cuanto que en ninguna otra de las comarcas de ultra cordillera o de allende el Plata hubo imitadores de su bello ejemplo.

“El Provisor Francisco Matías de Silva dio poder en la Asunción del Paraguay a Bartolomé de Ugalda, el 22 de Agosto de 1713. Este vecino de Córdoba representó al señor Silva en la Institución de la Beca del Paraguay, la cual destinábase a los hijos de aquella tierra hermana colocados en las condiciones fijadas por la escritura de fundación de la beca.

“Establecióse ésta con carácter de perpetuidad, “con dos mil pesos de principal que debían situarse en fincas y bienes varios y mejor y más seguramente que sea posible, y que renten cien pesos de a ocho reales cada año”.

“A la sazón era Rector del Colegio el padre Lorenzo Villo y procurador el padre Nicolás de Ubeda, a quienes por sus funciones administrativas les correspondió actuar como representantes del instituto al suscribirse los documentos que legalizaron la referida beca.

“En los archivos del Colegio de Monserrat existe un registro que guarda y perpetúa los nombres de los alumnos que desfilaron por sus claustros. Y los estudiantes del Paraguay tienen sus nombres consignados en aquel memorable padrón, que a manera de crisol funde en un solo espíritu a argentinos, paraguayos, bolivianos, peruanos y uruguayos.

“No fueron el general Gaspar García Francia y Guardia – su familiar y amigo – los únicos estudiantes del Paraguay que ingresaron en las aulas cordobesas. Este acerto difundido por un cronista del dictador no tiene fundamento.

“El Registro de estudiantes ha sido ilustrado por los rectores del Colegio con anotaciones referentes al carácter y a la conducta de sus alumnos.

“Estos comentarios reflejan con fidelidad el ambiente escolar que predominaba entonces, así en alumnos como en superiores.

EL CENSO DE LOS PARAGUAYOS

“ARIAS MONTIEL MIGUEL. – (Del Paraguay). Ingresó al Colegio el 16 de Agosto de 1778. El 29 de Octubre de 1786 salió del colegio para ordenarse en el Paraguay. Le acompañó su hermano de él. Salió cumplido su tercer año de Teología. Ha sido un colegial excelente y de una vida irreprensible. En más de un año no salió ni a un paseo regular”. Rector Guitian.

“AEDO BERNARDO. – (Paraguayo). Ingresó el 27 de Diciembre de 1781 y salió con el último de Noviembre de 1789, echadas todas las patérnicas. Fue un colegial bellísimo y como a tal se le confió el cuidado de los chicos y la enfermería mayor.

“BAEZ MANUEL ANTONIO. – (Paraguayo). Ingresó el 25 de Junio de 1800. Salió con buen nombre el 26 de Abril de 1802. Se graduó de licenciado.

“BALDOVINOS JUAN BAUTISTA Y MARCO. – (hermanos paraguayos, de Asunción). Marco entró en la beca dotada que tenía Gamarra fundada por el señor Silva. Salió Juan Bautista el 2 de Agosto de 1783, con la aprehensión ingenua de que los edificios de bóvedas lo enfermaban. Marco salió el 6 de Diciembre de 1788 con todo el mérito para ser un maestro y por su talento pudiera echar las patérnicas. Rector Guitian.

“DIAZ CARMEN. – (Paraguayo). Hijo de Francisco y de Petrona Cardoso. Ingresó en Marzo 15 de 1826. Entró a ocupar la beca del Paraguay en Septiembre 15 de 1828. Rector Bedoya.

“ECHEVARRÍA JUAN JOSÉ. – (Paraguayo). Hijo de Pedro José y Juana Josefa… Patrón Miguel Tagle. Ingresó en Septiembre 15 de 1816. Entró en la beca del Paraguay en Mayo 18 de 1817. Salió en Septiembre 11 de 1821. Rector Bedoya.

“GAMARRA MARCO. – (De Asunción del Paraguay). Ingresó el 3 de Junio de 1779, ocupando la beca dotada por don Matías Silva. Salió en Febrero de 1782. Rector Parras.

“GARCÍA FRANCIA JOSÉ GASPAR. – (De la Asunción del Paraguay). Ingresó a Monserrat el 18 de Julio de 1781 Se le despidió del colegio a fines de Febrero de 1783 por su poca moderada conducta en caroza y especialmente por haber resistido la corrección que quiso aplicársele. Se le perdonó lo que debía por algunos servicios hechos al colegio por su tío el padre Velazco. Rector Parras.

“GUARDIA FRANCISCO ANTONIO. – (De la Asunción del Paraguay). Hijo de Juan y Francisca Javiera Peña. Entró en beca de gracia el 24 de Agosto de 1800. Salió el 3 de Diciembre de 1806.

“GRANZE MANUEL. – (Paraguayo). Hijo de Juan Manuel y Rosalía Montiel. Ingresó el 21 de Noviembre de 1797. Falleció el 16 de Diciembre del mismo año.

“MARTÍNEZ VARELA MARIANO. – (De la Asunción del Paraguay). Hijo de Juan Antonio y de Juana María López. Ingresó el 10 de Diciembre de 1809. Exigió la beca dotada del Paraguay y se le puso en élla. Salió el 21 de Noviembre de 1816.

“MARTÍNEZ DE VIANA ANTONIO. – (Paraguayo). Hijo de Antonio y Catalina Galvan. Ingresó el 7 de Octubre de 1789. Salió en 18 de Enero de 1792.

“OCAMPOS MARCELINO. – (Paraguayo). Ocupó la beca fundada por el señor Silva. Ingresó a Monserrat el 26 de Agosto de 1782. Ordenado de Presbítero y después de rendir todas las pruebas, incluso la ignaciana, salió del colegio el 11 de Julio de 178… (roto). Parece que por su extremada pobreza no sacó el grado de doctor. Rector Guitian.

“TALAVERA MANUEL ANTONIO. – (Paraguayo) de Villa Rica. Ingresó el 30 de Enero de 1783. La impresión de las conclusiones de su tésis dio lugar en Buenos Aires a un ruidoso debate, pero el Virrey dio al alumno de Monserrat el triunfo, poniendo el imprimatur a su trabajo con gran contento del Rector Guitian y aplausos, honores y favores tributados a Talavera por sus maestros y condiscípulos. Pasó a Chile a estudiar leyes; fue una notoriedad ulteriormente.”

ÉPOCA DE FORMACIÓN

XII

LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA

En los comienzos del siglo XIX, la vida colonial hispanoamericana sufrió la influencia de múltiples acontecimientos europeos. Las invasiones napoleónicas habían llegado hasta España, donde dejaron caduco el poder central. El proceso de este acontecimiento es conocido. El tratado de Basilea puede ser considerado como punto de partida. Este tratado, negociado en Bayona por el marqués de Irlanda y el ex ministro francés, M. Servant, y por el plenipotenciario español Domingo Iriarte y M. Barthelemy, en Basilea, fue firmado, en esta última ciudad, el 22 de julio de 1795. Dicho acuerdo puso fin a la guerra entre España y Francia, y le valió a Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, el título de Príncipe de la Paz. Desde la fecha de este histórico documento, la política española apoyó a Francia en todos los asuntos internacionales que interesaban a Europa. Su consecuencia lógica fue, primeramente, la animosidad de Inglaterra, enemiga de Francia en aquel tiempo, y, luego, la ruptura de toda relación entre Gran Bretaña y la corona española.

Esta política del Príncipe de la Paz atrajo sobre la madre patria un período doloroso y trágico. El tratado de San Ildefonso, signado el 18 de agosto de 1796, y considerado como renovación del Pacto de Familia, constituía la expresión del acuerdo amistoso a que arribaron los gobiernos de Francia y España. Dicho instrumento establecía los deberes de este último país como aliado de la primera en su lucha contra Inglaterra. Su inmediato y lógico resultado fue la guerra entre España y Gran Bretaña. La histórica contienda costó a los españoles, entre otras desgracias, la gran derrota naval del cabo de San Vicente, en febrero de 1797; la pérdida de la isla de Trinidad y los ataques a Santa Cruz de Tenerife, Puerto Rico y Cádiz. Francia pagó a España este sacrificio olvidándola totalmente en las gestiones de paz con Inglaterra.

Los desastres referidos trajeron el relevo temporal, aunque solo oficialmente aparente, del favorito Manuel Godoy.

Todo lo dicho apenas si constituía la iniciación de una época infortunada para España. Luego de sufrir dolorosas vicisitudes, en 1805, la escuadra española fue deshecha en la famosa batalla de Trafalgar, y, el año siguiente, el comodoro Homee Riggs Popham, al frente de una fuerte expedición británica, penetró violentamente en el Río de la Plata y se apoderó de Buenos Aires. Rechazada esta primera invasión, no tardó en repetirse con el mismo resultado. Los esfuerzos del virreinato en aquellas circunstancias difíciles fueron magníficamente secundadas por el valor y la decisión de los criollos. España, en tanto, se desangraba y malgastaba su tesoro en beneficio extraño y en seguimiento de la política internacional del Príncipe de la Paz.

Estos hechos, como es natural, provocaron el más hondo descontento en toda la península. En oposición a Godoy, el pueblo español sindicó como abanderado de todas sus esperanzas al Príncipe de Asturias, D. Fernando. Hijo era este príncipe de Carlos Antonio y María Luisa de Parma. Nacido el 14 de octubre de 1784, “fue educado bajo la férula científica primeramente del P. Scio y del obispo de Orihuela y Avila, D. Francisco Javier Cabrera, y, después, bajo la del canónigo de Zaragoza, D. Juan Escoiquiz, protegido por el Príncipe de la Paz, de quien posteriormente se convirtió en furibundo adversario. Dio muestras el real heredero, bien pronto, de un carácter reservado y suspicaz, que las circunstancias se encargaron de acentuar”. Contrajo matrimonio con María Antonia de Nápoles, “cuyo ascendiente sobre Fernando, unido a la expontánea repugnancia de éste por D. Manuel Godoy, hicieron nacer en la corte de Carlos IV el llamado Partido Fernandino contra la privanza del favorito.”

Muerta la princesa de Asturias, D. Fernando de Borbón, sin conocimiento de su padre, solicitó la protección de Napoleón y la mano de una princesa de su sangre, por intermedio del embajador de Francia, que lo era el príncipe de Beauharnais.

Este hecho tenía un significado político de trascendentales consecuencias para España. Valía tanto como convertir a Napoleón Bonaparte en árbitro de su destino. Era el antiguo propósito de Manuel Godoy, en plena y triunfal realización. A lo dicho debe agregarse la propuesta del Príncipe de la Paz, hecha por intermedio de su agente en París, y consistente en la división de Portugal en cuatro porciones. El emperador deseó modificar dicha propuesta en el sentido de dividir Portugal solamente en dos porciones y adjudicar la primera al propio Manuel Godoy y la segunda al rey de Etruria. Estas negociaciones quedaron interrumpidas, y Godoy se sintió defraudado. Más tarde, como consecuencia de las campañas de Bonaparte y de la victoria de Jena, fue signado el tratado de Fontainebleau, el 27 de octubre de 1807. Por este tratado se permitía la penetración de fuerzas francesas en territorio español.

Las Cortes, que por entonces se hallaban en San Lorenzo del Escorial, mientras todo esto acontecía mostrábanse hondamente impresionadas sólo por la prisión del Príncipe de Asturias, quien envuelto en grave proceso de conspiración contra su propio padre, fue luego absuelto por regio perdón. Este hecho dio muestra evidente del estado moral en que se debatía la familia reinante. Sus consecuencias, como era natural y lógico, gravitaron pesadamente sobre todo el pueblo hispano.

En tales circunstancias, el 18 de octubre de 1807, un poderoso ejército imperial, al mando de Junot, cruzó el Bidasoa y, pasando por España, se internó en Portugal, cuya capital conquistó el 30 del mismo mes.

Días después, el 22 de diciembre, otro ejército francés al mando de Dupont, sin consentimiento del gobierno español, invadió la península y se estableció en Valladolid. El 9 de enero de 1808, otra columna napoleónica, a las órdenes de Moncey, llegó hasta la frontera de Castilla, y el 16 de febrero siguiente, el general Darmagnac se apoderó de Pamplona. Barcelona y el castillo de Montjuich fueron ocupados el 28 de febrero por el general Duhesme, y, un poco más tarde, cayeron la fortaleza de San Fernando de Figueras y la ciudad de San Sebastián. (102)

Cuando el número de las fuerzas invasoras llegó a cien mil, el emperador designó jefe de las mismas a su cuñado, el general Joaquin Murat, gran duque de Berg.

Toda España se reveló entonces, indignada, contra lo ocurrido, hasta el punto de conseguir, como primera medida, la exoneración, por orden real, del Príncipe de la Paz. Motines tras motines produjéronse en torno a los reyes y a la Corte. Godoy fue maltratado y herido por las multitudes enfurecidas. También Carlos IV, convencido de la mengua evidente de su autoridad, de la precariedad de los medios con que ya contaba y de la desaparición total de su prestigio, resolvió abdicar en favor de su hijo. Y así lo hizo el 19 de marzo de 1808. EL príncipe de Asturias tomó el nombre histórico de Fernando VII con el que entró en la historia de una de las épocas más angustiosas de la madre patria.

Siguieron a estos sucesos otros de profundas consecuencias políticas. La tragedia ensangrentó a España. El histórico alzamiento del 2 de mayo de 1808 tuvo repercusiones extraordinarias en toda la península. Desde la abdicación de Bayona hasta la coronación de José Bonaparte como rey de España, este país vivió horas de intenso dramatismo. Se estaba incubando la gloriosa guerra de la independencia. Comenzada en 1808, debía de durar la lidia hasta la abdicación de Napoleón, en 1814. Guerra fue aquella plena de abnegación y de coraje, urdida con heroísmo estupendo, en la que el pueblo español se cubrió de gloria inmarcesible.

Los acontecimientos de España fueron una de las causas ocasionales de la emancipación política de hispano-américa. Los motivos reales de ese fenómeno político se encuentran a través de todo el proceso evolutivo del Nuevo Mundo.

Como antecedentes históricos de los sucesos ocurridos en estas regiones, en el primer cuarto del siglo XIX, podría recordarse, entre otros, como ejemplo de nativa rebeldía, que en el Paraguay, en 1544, y al conjuro de la palabra “¡Libertad!”, los partidarios de Domingo Martínez de Irala depusieron y prendieron al adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Años después, en 1572, en tiempos de Martín Suárez de Toledo, también al grito de “¡Libertad!” fue puesto en prisión el gobernador Felipe de Cáceres. Y fue en 1640, casi dos siglos antes de la independencia, que estalló y se propagó en la provincia del Paraguay, la histórica revolución de los Comuneros. José de Antequera Enriquez y Castro, Fernando de Mompox y Zayas, Juan de Mena y todos los que los precedieron o acompañaron, no fueron sino intérpretes de un añejo y profundo sentimiento popular y heraldos de un propósito de autonomía criolla que venía de lejos y que buscaba afanosamente su realización en el tiempo.

En 1780, también en el Perú, la rebelión dirigida por José Gabriel Condorcanqui, descendiente del inca Tupac Amarú, cuyo nombre tomó en la lidia, plantó otro hito en el proceso de emancipación de Hispanoamérica. Infortunado como Antequera, José Gabriel Tupac Amarú fue vencido y condenado a muerte juntamente con seis de sus compañeros. El precursor de la independencia del Perú murió en el cadalso, el 18 de mayo de 1781. Pero la bandera que exaltó no fue arriada, ni obscurecido el ideal que sustentó. ¡Es que el pensamiento no puede ser estrangulado! Su trágica desaparición exasperó a los rebeldes, quienes rodearon a Diego Cristóbal, pariente de José Gabriel. El nuevo jefe llevó a los patricios hasta la ciudad de La Paz. El sitio fue roto por el general Flores; pero Diego Cristóbal no fue vencido ni dominado.

Estas luchas abrieron profundos odios entre peruanos y españoles. La pasión abonó la tierra en la que germinaría la independencia de la tierra del inca, en 1821.

En la capitanía general de Nueva Granada, hoy República de Colombia, asimismo, y casi en la misma época, se produjo una rebelión popular encabezada por los criollos Galán y Berbeo, contra el visitador Juan Gutiérrez de Piñeres, cuyo propósito de aumentar las rentas reales llevóle a oprimir inhumanamente a los nativos de aquel país.

A todo esto debe agregarse el movimiento emancipador de las colonias inglesas en América, vale decir, la independencia de los Estados Unidos, y los acontecimientos ocurridos en Francia en 1789. La Revolución Francesa influyó poderosamente en el espíritu americano de principios del siglo XIX, hasta el punto de haber plasmado la realidad de su emancipación política e inspirado la organización institucional de los nuevos estados.

Otro aspecto interesante de la cuestión, y quizás el de mayor influencia porque hería directamente los sentimientos criollos, constituyó, sin duda alguna, el afán absorbente de los Borbones. Sólo los españoles, en América, podían ocupar los empleos públicos más importantes. El nativo era tenido en menos. De ciento setenta virreyes que rigieron los destinos de las colonias ultramarinas de España – según Barros Arana –, solo cuatro fueron naturales de estas comarcas, y éstos mismos eran hijos de empleados españoles. De seiscientos dos capitanes generales de provincias, catorce fueron originarios del Nuevo Mundo, y de setecientos seis obispos, únicamente ciento cinco fueron americanos. El Paraguay no constituyó una excepción a esta regla. En 1591, el asunceno Hernando Arias de Saavedra llegó a ejercer el gobierno de la provincia. ¡Fue el primero y el único en el transcurso de tres siglos!

Pero las causas mediatas de la emancipación americana no fueron solamente de carácter político. También existieron razones económicas. Tenían éstas sus raíces, y profundamente adentradas, en la conciencia popular de los nativos. La carencia de toda libertad comercial castigaba terriblemente a los pueblos coloniales. España había señalado un régimen estricto para la exportación a sus posesiones de ultramar. Un solo punto de la madre patria, primeramente Sevilla, y después Cádiz, podía servir para el embarque de mercancías destinadas a América. Y en estas regiones, Porto Bello, Cartagena, La Habana y Vera Cruz eran puertos precisos. Una vez cada año salían de Sevilla o Cádiz los llamados buques de registro, atascados de mercaderías para las colonias. Navegaban escoltados por naves de guerra. Los convoyes así formados se dirigían a los puertos antes citados. Si traían v. gr. cargas para el Paraguay, eran desembarcados en Porto Bello, luego transportadas, por el océano Pacífico, hasta el Perú, y de éste lejano virreinato, a lomo de mula, cruzando la cordillera de los Andes, se las hacía llegar a la Asunción. Felipe II, por una ley incluida entre las de Indias, mandó que por el Río de la Plata no pudieran entrar gentes ni mercancías al Perú. Como consecuencia, se realizó por Buenos Aires el llamado comercio de permisión. Consistía éste en una actividad de carácter singularísimo, sólo en casos muy particulares, “cuando el rey se dignaba permitir”. Este régimen duró, en lo que respecta a Buenos Aires, hasta 1778. No obstante, en lo que al Paraguay se refiere, las trabas subsistieron, especialmente en lo atinente a mercaderías paraguayas. Existían para ellas los puertos precisos de Santa Fe y Buenos Aires.

En el primero – dice Fulgencio R. Moreno –, se pagaban los arbitrios: dos reales por entrada de cada tercio de yerba y dos por salida del mismo producto, no siendo para Buenos Aires. (Un tercio contenía siete arrobas). También se pagaban dos reales por entrada de cada arroba de tabaco y de azúcar y un real y medio por el mismo concepto de cualquier carga de foráneo. Estos arbitrios estaban destinados a sufragar la manutención de doscientos soldados para la defensa de Santa Fe. En Buenos Aires se cobraban las sisas, un impuesto destinado a costear las fortificaciones de esta ciudad y de las de Montevideo. Se abonaban seis reales por entrada de cada tercio de yerba y seis reales por su salida, no siendo para Buenos Aires, y cuatro reales por cada arroba de tabaco. A todo este gravamen enorme, equivalente a un sesenta por ciento del valor real de la mercadería, debe agregarse el costo del itinerario fijado, la obligación impuesta de desembarcar en Santa Fe y hacer luego el viaje por tierra hasta Buenos Aires, que significaba pérdida de tiempo, de dinero y hasta de salud. Estos viajes, aparte de sus molestias naturales, exigían el pago de derechos de almacenaje y alcabala. Además, con frecuencia, los negociantes paraguayos se veían forzados a liquidar sus mercaderías, malvaratándolas por falta de vehículos de transporte. Una disposición real conseguida por Santa Fe establecía que la conducción no podía ser hecha por los forasteros. “Los santafecinos tenían el monopolio del transporte, con la particularidad de que las carretas eran importadas del Paraguay.” (103)

Estos hechos dieron origen a un odio profundo hacia Buenos Aires. Y es ésta una de las causas reales de la independencia del Paraguay. Buenos Aires, con su política egoísta, de terrible explotación de aquella provincia, puede ser considerada como uno de los estímulos más enérgicos de la revolución del 14 y 15 de mayo de 1811. La resistencia fue mucho mayor, entre los criollos paraguayos, con respecto a Buenos Aires que con relación a España.

Muchísimas otras causas de carácter étnico y social, cuyo estudio no vamos a ensayar en este trabajo, elaboraron el proceso de la emancipación política del Paraguay. Bástenos decir que el nativo era un tipo nuevo, con aspiraciones diferentes del español, con sentimientos enraizados en las tradiciones del indio, libre e indómito, con anhelos de ser dueño de sus propias determinaciones y no esclavo de nada ni de nadie. Estas fuerzas anímicas latentes, tonificadas por la pena de sentirse víctima, durante tres siglos, de las arbitrariedades de la madre patria y después de las del virreinato del Río de la Plata, formaron una conciencia de solidaridad que constituía y siguen constituyendo una de las fuerzas más potentes que caracterizan la realidad histórica de la nacionalidad paraguaya.

A este respecto escribe Fulgencio R. Moreno: “Todos estos hechos y cuantos contribuyeron a la constitución económica del Paraguay, regulando su vida en un período de tres siglos, tenían forzosamente que consolidar en los espíritus un cierto orden de sentimientos, cuya expresión, según ya señalamos, perdura vigorosa y uniforme en los documentos de la época colonial. La lectura de esos documentos revela la existencia de un fuerte sentimiento de solidaridad: solidaridad en el sufrimiento, solidaridad en las protestas, solidaridad en la indignación sorda que produce el esplendor ajeno considerado como causa de la ruina propia. Sentimiento que se extiende, además, a cuanto afecta al esfuerzo o al orgullo colectivo bajo la calificación de paraguayos. Es frecuente, asimismo, escuchar la palabra patria expresada en un sentido marcadamente regional y propio.” El historiador Moreno cita como ejemplo de lo expuesto las actas capitulares en las que se hacía mención del mérito de los paraguayos y de las tropas paraguayas que acudían a defender a las provincias vecinas, y el caso de Pablo José Vera, comandante del tercio de Capiatá, quien informaba a su superior, en 1811, acerca de la batalla de Paraguarí, contra las huestes del general Belgrano, expresando que todos sus oficiales habían luchado “con honra en la gloriosa defensa de la Patria”. (104)

En un ambiente como el someramente esbozado se produjo, en mayo de 1811, el histórico suceso que dio en tierra con el poder español en el Paraguay.

Entre las causas inmediatas ha de citarse la invasión de la provincia por las fuerzas argentinas al mando del general Manuel Belgrano. Vencido éste en las batallas de Paraguarí y Tacuarí, ambas victorias dieron crecido prestigio a los jefes militares criollos y causaron la mengua de la autoridad de los castrenses españoles. En el combate de Paraguarí, el gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro huyó al iniciarse la lidia, refugiándose, en forma poco digna, en las cordilleras de los Naranjos. El mayor español Juan de la Cuesta, dando espaldas al enemigo, llegó despavorido a la Asunción, y dio la falsa noticia de la total derrota de los paraguayos. Fue entonces que las autoridades civiles y militares y las familias españolas residentes en la capital asaltaron, fugitivas, los barcos surtos en el puerto, y cargando en ellos todas sus riquezas, se aprestaron a escapar. No obstante, las fuerzas provinciales dirigidas por el teniente coronel Manuel Atanasio Cavañas, soportaron el ataque de Belgrano y sus huestes, y luego los derrotó en Paraguarí, el 19 de enero de 1811, y en Tacuarí, el 9 de marzo siguiente. El valor, la abnegación y la pericia demostrados por los jefes y oficiales nativos, los elevó en la consideración popular.

Aparte de estos hechos que contribuyeron a precipitar los acontecimientos, no puede olvidarse que, en aquel tiempo, el espíritu de rebelión se incrementaba diariamente en toda la provincia. Hombres representativos, en diversas regiones del Paraguay, servían la causa libertaria. El presbítero José Fermín Sarmiento, el doctor Manuel José Báez y José De María adoptaban posturas revolucionarias en Villa Real. En Yaguarón, sospechoso de conjurado, fue perseguido por el régimen imperante, el doctor Juan Manuel Grance. (105) El 4 de abril de 1811, – dice Justo Pastor Benítez –, fue descubierta una conspiración encabezada por los jóvenes Manuel Hidalgo y Pedro Manuel Domecq, en connivencia con Vicente Ignacio Iturbe, quien aparece desde los primeros momentos como el precursor de la revolución. (106) Además de éstos, indudable es que existían otros trabajos de carácter subversivo. Fulgencio Yegros, comandante militar de Itapúa, y ManueI Atanasio Cavañas, el jefe victorioso de la batalla de Paraguarí, dirigían uno de ellos. Trama bien urdida tenía éste, y muy vasta. Estaba ramificado hasta en Corrientes. Una prueba de lo dicho es el levantamiento simultáneo de Cavallero, Iturbe, Troche y demás confabulados en la Asunción; del capitán Blas José Rojas, en Corrientes; y del mismo Yegros, en Itapúa, en mayo de 1811. Blas José Rojas es un prócer auténtico, postergado injustamente, víctima de la indiferencia y el olvido.

Pero el hecho ocasional más efectivo, el suceso que precipitó decidida y finalmente el golpe del 14 de mayo de 1811, fue la presencia en la Asunción del teniente portugués José de Abreu, enviado por Diego de Souza, capitán general de Río Grande del Sur, quien vino a ofrecer al gobernador Velasco el apoyo de aquél para defenderse de los criollos. Como es sabido, el gobernador español, vacilante al principio, terminó aceptando el apoyo propuesto. En consecuencia, autorizó la ocupación de las misiones de la margen izquierda del Paraná, por fuerzas portuguesas.

La noticia de este convenio alarmó a los paraguayos. Y en la sesión del Cabildo, realizada el 13 de mayo, se habló de la existencia de una conspiración y de las medidas que tomaría el gobierno contra los complotados. Estos hechos obligaron a los conspiradores a precipitar los acontecimientos, magüer la ausencia de Fulgencio Yegros.

En la noche del 14 de mayo de 1811, Pedro Juan Cavallero se apoderó del Cuartel de la Ribera, cuna de la Revolución. Al día siguiente, Bernardo de Velasco y Huidobro, al hacer entrega del mando, puso fin a la era colonial de España en el Paraguay. Veintiún cañonazos, disparados desde las cárdenas barrancas de la bahía de la Asunción, anunciaron al mundo el nacimiento del nuevo Estado, la aparición de una nacionalidad con raíces profundas en la historia, con rasgos propios y firmes en un presente grávido de fe, de optimismo, de amor a la vida y a la libertad, y con un porvenir pleno de esperanzas, hacia cuyos infinitos horizontes se proyectaba en recios perfiles de eternidad.

El primer gobierno del Paraguay independiente lo constituyó un triunvirato. Integráronlo el ex gobernador español Bernardo de Velasco y Huidobro, José Gaspar de Francia y Juan Baleriano de Zevallos, “hasta que el cuartel con los demás vecinos de la provincia arreglen la forma de gobierno”. El acta en la que se afirma esta decisión la signaron Pedro Juan Cavallero, José Gaspar de Francia, Juan Baleriano de Zevallos, Juan Bautista Rivarola, Carlos Argüello, Vicente Ignacio Iturbe, Juan Bautista Acosta y Juan Manuel Iturbe. Se ha dicho de este histórico documento que “es como la fe de bautismo de la República”.

El 17 de junio de 1811 reunióse el primer Congreso del Paraguay emancipado. A propuesta de Mariano Antonio Molas, dicho Congreso despojó de todo mando a Bernardo de Velasco y Huidobro, y creó la Junta Superior Gubernativa, la que fue formada con el teniente coronel Fulgencio Yegros, como presidente, el doctor José Gaspar de Francia, el capitán Pedro Juan Cavallero, el presbítero doctor Francisco Javier Bogarín y don Fernando de la Mora, como vocales. Esta junta asumió la dirección de los negocios públicos el 20 de junio, y entre sus primeras y más importantes resoluciones figuran el nombramiento de un nuevo Cabildo y el envío de la nota del 20 de julio del mismo año a la de Buenos Aires, nota en la que se expresa la voluntad inquebrantable del Paraguay de mantenerse libre e independiente.

Numerosas e interesantes obras de buen gobierno débense a la Junta Superior Gubernativa. Entre ellas pueden citarse la reforma y el fomento de la instrucción pública, la reapertura de los cursos de la enseñanza secundaria, la creación de la Sociedad Patriótica Literaria, la fundación de la primera academia militar y la iniciación de la primera biblioteca pública. Desgraciadamente – apunta Fulgencio R. Moreno –, tan bellas iniciativas no duraron mucho, pues la dictadura de Francia acabó con ellas. (107)

La Junta Superior Gubernativa rigió apenas dos años y cuatro meses los destinos del nuevo Estado. El Congreso, reunido en el templo de Nuestra Señora de las Mercedes, el 30 de septiembre de 1813, canceló sus poderes y creó, en su reemplazo, el Primer Consulado, el cual quedó integrado por Fulgencio Yegros y José Gaspar de Francia. Este Congreso, además, declaró solemne y valientemente la independencia del Paraguay de todo poder extraño, cambió el nombre de provincia por el de República y adoptó el pabellón y el escudo nacionales.

El primer gobierno consular inició sus gestiones el 12 de octubre de 1813, y las dio por terminadas un año después. Entre sus obras principales – expresa un historiador –, debe anotarse la regularización de la hacienda, el cese de todo abuso por parte de los funcionarios públicos, el afán de establecer relaciones comerciales con las naciones europeas, el mejoramiento de las instituciones armadas y la implantación de un régimen de estricta moralidad administrativa.

El 3 de octubre de 1814, de acuerdo con lo dispuesto en el Reglamento de Gobierno aprobado por el Congreso del año anterior, según el cual estas asambleas serían convocadas anualmente, en el templo de las Mercedes reunióse un nuevo Congreso de mil diputados. Éste canceló el poder otorgado al Primer Consulado y designó a José Gaspar de Francia como Dictador del Paraguay, por un período de cinco años. No obstante, el 1º de junio de 1816, otro Congreso reunido en la catedral de la Asunción, por moción de José Miguel Ibañez, nombró al doctor Francia dictador perpetuo de la República. Dicha asamblea debía de ser la última reunida en el Paraguay hasta 1841, vale decir, hasta después de la muerte de “El Supremo”.

Durante el largo y sombrío transcurso de ese despótico gobierno, solamente la voz del árbitro habría de escucharse en toda la Nación. Fue aquél el lapso del silencio impuesto por el miedo. Es, pues, menester estudiar esta curiosa época y diseñar la rara personalidad del doctor Francia, cuya extraña figura llena el marco de su tiempo.

XIII

EL PERÍODO DICTATORIAL DE JOSÉ GASPAR DE FRANCIA

Desde 1810 hasta 1840 aparecen muy contados tipos representativos en el escenario intelectual del Paraguay. Podríase citar, sin embargo, además de José Gaspar de Francia, a Fulgencio Yegros, Manuel Pedro de la Peña, Fernando de la Mora, Francisco Xavier Bogarín, Amancio González y Escobar, Marco Antonio Maiz, Mariano Antonio Molas y Martín López. Otras figuras de menores quilates completan el panorama de aquellas tres décadas primigenias de dolorosa gestación patricia, en cuyos veintiséis últimos años se ahogó todo comercio intelectual y ninguna inteligencia pudo florecer en las letras ni en las artes en tierras del Paraguay. Clausuradas las escuelas, prohibidas las reuniones, adormilada la conciencia ciudadana, sólo asomó a la vida, en el decurso de que nos ocupamos, como un raro fantasma, la enigmática figura del solitario de Ybyray. Han de contarse, pues, los días del primer período de verdadera libertad, genuinamente paraguaya, desde el 14 de mayo de 1811 hasta el instante en que José Gaspar de Francia asumió, omnímodamente, la dirección del nuevo Estado. Desde esa fecha, vale decir, desde el mes de octubre de 1814 hasta el 20 de septiembre de 1840, día de su fallecimiento, al imperio del dictador sólo emuló el reinado del mutismo en toda la república. Fulgencio Yegros, luego de ocupar un calabozo, fue torturado y fusilado; Mariano Antonio Molas sufría, en ese tiempo, una prisión injusta y cruel, en los ergástulos carcelarios del viejo cuartel; en la celda vecina, Manuel Pedro de la Peña aprendía de memoria, como entretenimiento, el diccionario de la lengua castellana; Carlos Antonio López, quien debía de sobresalir, años después, en la política, en la cátedra y en el periodismo, rumiaba sus anhelos patrióticos en una estancia de Itacurubí del Rosario, en el lejano y montuoso norte del país, o en su añeja vivienda de la Recoleta; el padre Amancio González y Escobar optó por acallar su elocuencia admirable, y hundióse en las verdes planicies del Chaco, en su afán de civilizador; Fernando de la Mora, perseguido por la saña voluntariosa del magro anacoreta, buscó refugio en el misterio del anónimo más impenetrable, pero no pudo escapar, y murió atormentado en una mazmorra de la Asunción; Juan Andrés Gelly, obligado por las circunstancias, lejos de sus lares, actuaba en la Argentina y en el Uruguay. Sólo después de la desaparición del cetrino personaje regresó al Paraguay, a cuyo servicio consagró los años postreros de su existencia, con inteligencia esclarecida e insospechable patriotismo.

Ocuparnos, pues, de José Gaspar de Francia en esta reseña histórica de las letras paraguayas parecería ser una paradoja. Y la es. Pero es necesario, es imprescindible ubicar esta singular personalidad en el panorama literario hispano-guaraní. Ya se verá por qué.

JOSÉ GASPAR DE FRANCIA, quien se asemeja, en la perspectiva del tiempo, a un recio árbol de encrucijada en el que – según el símil de Lugones – los leñadores prueban sus hachas al pasar, nació en la Asunción, al parecer, el 6 de enero de 1766. Según los Robertson, en 1758; según Wisner, en 1758, en la Recoleta. Era hijo del capitán de artillería García Rodríguez Francia, natural de Mariana, estado de Minas Geraes, y de la criolla paraguaya María Josefa de Velasco, descendiente de Fulgencio Yegros y Ledesma, antiguo gobernador de la provincia del Paraguay. Inició sus estudios en una escuela de su ciudad natal. Más tarde se trasladó al extranjero. Ingresó en el Colegio de Monserrat, de Córdoba del Tucumán, donde, en 1785, se graduó en teología y filosofía. Regresó a la Asunción, en 1786, vistiendo hábitos talares e intitulándose clérigo de órdenes menores, “pues en Córdoba los más de los alumnos se hacían sacerdotes, ministerio que él rechazó después”. (108)

El año de su arribo al Paraguay se le confió la cátedra de latín en el Colegio Seminario de San Carlos. También dictó en la misma institución la de vísperas de teología, ganada en concurso de oposición.

En ese tiempo, en América comenzaba a trabarse la lucha religiosa. Las opiniones estaban enfrentadas y las pasiones exaltadas. El doctor Francia – quien, según Mariano A. Pelliza, era uno de los mejores representantes de las ideas nuevas en el Río de la Plata – se indispuso con el vicario provisorio del Real Colegio de San Carlos, por su ideología liberalista, y fue privado de su cátedra. El futuro dictador reclamó la injusticia con tenacidad ponderable, que obligó a dimitir a quien le sucediera en ella, quedando así vacante la cátedra de referencia. (109)

Al abandonar el colegio carolino se consagró al estudio del derecho. Poseía el francés y el inglés con bastante corrección. En 1809 fue electo por el Cabildo de la Asunción diputado para las cortes españolas. Anteriormente, en 1803, fue alcalde ordinario de primer voto de dicha ciudad, diputado interino del Real Consulado y síndico procurador general. (110)

Al referirse a su aparición en la revolución de la independencia, escribe Fulgencio R. Moreno: “Todo dispuesto así para asegurar el éxito material de la revolución, quedaba en pie un punto fundamental: la orientación del nuevo gobierno, la dirección de los negocios públicos, que requerían la intervención de un hombre civil, de capacidad notoria y de alto prestigio moral. Fue con este motivo que hizo su aparición en el escenario de la independencia el hombre que había de encadenarle más tarde a la fúnebre inmovilidad de su larga dictadura: el doctor José Gaspar de Francia.” (111)

El 16 de mayo de 1811, al constituirse el Triunvirato, Francia formó parte de él, como es sabido, e integró después la Junta Superior Gubernativa, compuesta de cinco miembros. Su influencia fue decisiva en el Congreso general de 1813, el cual, al establecer el Consulado, designóle como uno de sus titulares. En 1814 otro Congreso de mil diputados le confirió la dictadura temporal, y, en 1816, una tercera asamblea nacional le otorgó el título de Dictador Perpetuo del Paraguay, con el cual perdura en la historia.

Una providencia, recaída en cierto expediente de queja, iniciado por una viuda desconsolada, con motivo de la rotunda negativa del cura párroco de la Encarnación a practicar oficios religiosos y a otorgar permiso para que los restos del difunto marido san inhumados en el cementerio católico de su parroquia, pinta, gráficamente, a José Gaspar de Francia. Héla aquí: “Para el cura de la Encarnación, para que manifieste adonde ha ido a parar el alma del difunto. Si no le fuere posible averiguarlo, procederá inmediatamente a enterrar el cadáver en sagrado. Francia.”

El doctor Francia falleció en la Asunción el 20 de septiembre de 1840. Sus restos fueron depositados en la antigua iglesia de la Encarnación, a la derecha del altar mayor. Años después, manos anónimas violaron su tumba y aventaron sus cenizas.

José Gaspar de Francia no fue un literato en la acepción exacta del vocablo; fue un político de recia envergadura. Sus actividades en el manejo de los negocios públicos le obligaron a escribir. Colección de cartas hay suya digna de un minucioso estudio. El Archivo Nacional de la Asunción es, en ese sentido, un venero interesante.

Documentos éditos e inéditos acusan en el doctor Francia un hombre de notoria cultura. Mas, su estilo no ha obedecido a cánones de ninguna escuela.

Como muestra de su literatura, he aquí un fragmento de una de sus famosas cartas:

“Asunción y Agosto veinte y cinco de mil ochocientos veinte y quatro.

“El Mayordomo Receptor de derechos en Itapúa hará al Enviado la reconvención siguiente a saber, que él no ignora, que los Americanos tienen sobrados motivos para rezelar y desconfiar de la introducción y manejo de los franceses en el tiempo presente. Lo primero porque la Francia no sólo profesa y sigue ideas y máximas contrarias a los principios Republicanos, y al Systema de Gobiernos representativos, sino que además es empeñada con otras potencias en aniquilar y destruir estos mismos principios y esta clase de Gobierno, cuyo plan ha llevado a efecto con el auxilio de tropas del Rey de España para volver a someter a los españoles constitucionales de la Península.

“Lo segundo porque el Duque de Angulema, Pariente de los Reyes de Francia, y Generalísimo de éstas tropas auxiliares en su proclamación entrando a España, ofreció también el auxiliarla para volver a destruir y subyugar las nuevas Repúblicas o Estados independientes establecidos en las Américas…” (112)

Los párrafos transcriptos pueden servir para formar juicio sobre el valor puramente literario del estilo de José Gaspar de Francia. No constituye su prosa, como se comprueba, una expresión de belleza, ni siquiera de claridad, de concisión ni de pureza. Por otra parte, haciendo abstracción de ese aspecto, mirado como hombre de estado, antes que aparecer como un hito de cultura, el doctor Francia es justamente tenido como un motivo obstaculizante de la evolución intelectual del Paraguay en la primera mitad del siglo XIX. En efecto; no puede ser calificado de otra manera quien, desde 1816 hasta 1840, se abocaba, arbitraria y exclusivamente, el derecho de manifestar con libertad sus deseos y de exponer su pensamiento. Si otros lo hicieron en aquel tiempo, tal como se constata en la correspondencia de sus delegados, era en cumplimiento estricto de sus órdenes y de acuerdo con sus indicaciones. Más todavía; sabido es que el doctor Francia “nada hizo por crear el equipo que, en definitiva, engrandece o arruina a una nación, pues los mediocres sirven para todo menos para gobernar”. No amparó la inteligencia, escribe, refiriéndose a “El Supremo”, el historiador Justo Pastor Benítez; y Julio César Chaves, glosando este juicio, apunta, que más ajustadamente sería decir que la persiguió sin tregua. “Clausuró los centros de cultura superior como el Seminario de San Carlos – agrega – y no permitió que los paraguayos de valer se educasen en el gobierno. Fue tan larga su dictadura que los emigrados paraguayos fueron totalmente absorbidos por las comunidades del Plata.”

En lo referente a la instrucción primaria durante las casi tres décadas de que nos ocupamos, es interesante escuchar a Manuel Domínguez quien, con su elocuencia característica, nos dice “que la Junta Gubernativa representada por Caballero, Yegros y Fernando de la Mora, dio en 1812, en el curso de pocos meses, un impulso tan poderoso y tan inusitado a la instrucción pública que, si su ejemplo hubiera sido seguido por los gobiernos sucesores, con igual vigor, a la hora presente el Paraguay no cedería en instrucción a ningún otro pueblo. Sus trabajos en beneficio de la enseñanza pueden resumirse así: Crea la Sociedad Patriótica Literaria, presidida por ella, la que tomó a su cargo la confección de un reglamento de educación común; hace abrir una Academia Militar en el Cuartel; promete una Facultad de Matemáticas y busca al profesor que la regentee; reabre la cátedra de latinidad en el Colegio de San Carlos, al que devuelve sus bienes, y que organiza convenientemente; establece el sistema de premios para estimular a los niños, sistema que introducido por los jesuitas en los colegios europeos, contribuyó tanto al éxito de la enseñanza; manda que el Cabildo examine al maestro de escuela de la capital y los demás de la campaña, entre tanto encuentre uno más competente que le sustituya al primero; encarga al Cabildo arbitre los medios de hacer estudiar a los jóvenes huérfanos y a los muy pobres; dispone que a los que sobresalgan por su inteligencia en las escuelas se les enseñe la historia sagrada, la geografía, la historia de América y la paleografía; pide a Buenos Aires La educación de los niños por Locke y el Emilio de Rousseau para repartirlos a los maestros y padres de familias; hace que el Cabildo nombre inspectores que cada mes visiten las escuelas y examinen a los niños; regulariza las pruebas anuales; demuestra la necesidad de la educación; establece el sistema de la enseñanza mutua, que tanto renombre dio al escocés Bell y al inglés Lancaster y que Buenos Aires conoció solo más tarde, bajo la administración de Rivadavia; declara la guerra al guaraní y da (¡la misma Junta Gubernativa!) reglas de pronunciación, notables por lo sencillas y claras y que bastaban por sí solas para producir una revolución en el silabario antiguo; deplora que un sinnúmero de talentos privilegiados se hayan perdido por la falta de cultivo; declara que “el lustre de una República, su carácter y su gloria se derivan de las escuelas” y augura que el Paraguay pronto será el “areópago de las ciencias”.

“La mayor parte de estas determinaciones las fijó en una Instrucción para los Maestros de Escuelas, con láminas y modelos, en que declaraba así mismo la educación obligatoria e insinuaba el principio de la pedagogía moderna, que la letra antes entra con bondad y con cariño, que con sangre.

“A poco que se reflexione – continúa diciendo Manuel Domínguez –, se concluye que si aquel gobierno que desarrollaba tan bello programa, en la aurora de nuestra emancipación política, hubiera durado, el Paraguay de un salto se hubiera colocado por encima de sus hermanos. Y el pueblo heroico cuyas armas llegaron al Atlántico y a los confines de la Patagonia, que fundó Santa Cruz de la Sierra, Corrientes y Buenos Aires, que amamantó al más g