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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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el Virrey, para los que allí doctrinaban, dos mil y cuatro cientos pesos
ensayados, que son tres mil ducados. La causa de haber ido allí los padres
de la Compañía ha sido hacer grande instancia el Visorrey y Su Majestad, y
parecer que se debía experimentar de propósito este medio de Doctrinas,
que en este reino parece el más eficaz para conversión y salvación de los
naturales; y el cabildo eclesiástico de la ciudad de La Plata, en cuyo,
distrito está aquella provincia, y el Presidente de la Real Audiencia
señalaron a la Compañía el pueblo de Juli, donde puede hacerse más fruto,
y para conservarse los nuestros en religión y edificación ha parecido el
lugar más oportuno. Han comenzado a residir los nuestros allí desde
principio de noviembre deste año de mil quinientos y setenta y seis. Lo
que en poco tiempo se ha fructificado, por las cartas, escritas desde allá
se podrá mejor entender, que van al fin desta.

Potosí.-En Potosí están un padre y un hermano, y con otro padre y
hermano que van agora serán cuatro. Tiénese aquel asiento por el más
importante del Perú para poder hacer fruto, por ser la mayor población de
indios que hay en este reino, y concurrir allí de todo él gran suma de
gente de españoles. También está agora más poblado que nunca, a causa de
sacarse con los ingenios de azogue mayor cantidad de plata que jamás se ha
visto en este reino ni fuera dél, a lo que yo pienso. La instancia que de
allí han hecho para que vaya la Compañía es mucha. Están los nuestros por
modo de misión, aunque su residencia allí será ordinaria a lo que
entiendo. Tienen repartido el trabajo de suerte que se acuda a españoles y
a indios, y no dudo que el fruto con el favor divino ha de ser aventajado.
Está Potosí en lo último deste reino del Perú, de cuyo asiento se ha
escrito largo en otras.

Misiones hechas desde el Colegio de Lima
3. En el partido de Huarochirí.

De una del P. Alonso de Barzana para el P. Provincial.-Yendo primero
al repartimiento de Mama y predicando allí dos o tres sermones, vinieron
luego algunas confesiones, y entre ellas un cacique de otro pueblo cerca
de allí, de ochenta años, y confesóse generalmente, y después él y los
demás me rogaron mucho que fuese a su pueblo, siquiera dos días, porque
era fuera de aquel repartimiento. Fuí allá, recibiéronme con gran fiesta y
alegría, prediqueles dos sermones acerca del confesarse bien, y confesé
sin descansar los días que allí estuve, y otro padre que me ayudó; creo se
sirvió Nuestro Señor. Fuese conmigo el corregidor de aquella tierra y
confesó también y comulgó; escribióme después que le decían aquellos los
indios entre otras cosas: No pienses, señor, que somos los indios tan sin
entendimiento que no sabemos que esa tu camisa es blanca y ese tu sayo
negro; bien entendemos cuál padre busca nuestras almas y cuál nuestra
plata, y sabe que hasta que vino el padre nuestro confesor era decir dos o
tres cosas para cumplir con el sacerdote, pero no descubrir todo el
corazón.

De aquel pueblo subí a otro cinco leguas más en la sierra, donde
habría mil y cuatrocientas almas, y comenzando a predicar, porque me
pareció gente de menos entendimiento que los demás arriba, me subí al
pueblo más alto de aquel repartimiento, llamado Guanchor, donde estaba el
cacique mayor y los sátrapas, tan aborrecidos de su propio cura como el
demonio. Yo estuve allí diez o doce días, que nunca he dejado pueblo con
mayor escrúpulo que aquél; habría en él hasta mil y seiscientas almas,
predicábales cada día, y no eran amanecido cuando no cabía la iglesia; era
gente de entendimiento, y como tal oían con tanta atención, que todo el
día andaban como atónitos pensando en lo que habían oído. Hiciéronse gran
suma de confesiones generales, así de caciques como de otras gentes, y el
cacique mayor de todos aquellos pueblos y su mujer gastaron cuatro díasen
confesarse muy de veras y con muchas lágrimas, y estando este cacique con
muy antiguas enemistades, se fué de mis pies y se echó a los pies de su
cura con tantas lágrimas, que con haber estado muy duro, le enterneció y
se hizo su amigo. Una cosa me contaron el corregidor y el cura, que se
andaban conmigo de pueblo en pueblo, que había pasado pocos meses había en
un cerro que me mostraron junto a Guanchor digna de escribirse: habían ido
deste pueblo hasta cuarenta hombres y mujeres a aquel cerro a idolatrar a
cierta guaca; permitió Dios hacer en ellos un castigo terrible, que
estando en esto vino un torbellino de aire y agua tan recio, que los
arrebató a todos haciéndolos pedazos, y allí hallaban brazos y acullá
cabezas, sin escapar vivos ninguno, si no fué un indio que con buena fe
había ido por allí a buscar a su mujer, la cual era de los idólatras, a
éste arrebató el torbellino y lo arrojó muy lejos, pero no le mató, y éste
dió noticia dello; juicios son del cielo que muestran que no está Dios
olvidado desta gente. En Guanchor hallamos muchos enfermos, y así hice al
hermano que iba conmigo que en nuestra posada hiciéramos un hospital,
donde juntamos cuarenta, y el mismo cacique mayor y su mujer los venían a
curar. Quedó tan aficionado el cacique, que muchas veces ha venido a Lima
a pedir con instancia algún padre de la Compañía.

Bajeme después de Guanchor a otro pueblo casi tan grande como él,
donde estuve ocho o diez días predicando y confesando cada día, y aunque
esta gente no me pareció de tanto entendimiento, o porque no entendían
bien la lengua general, todavía hallé rastros de gente predestinada. La
primera que vino a mí fué una mujer, que me acordé por ella de la
purpuraria, cuius Deus aperuit cor, la cual confesándose generalmente de
toda su vida, que había sido toda llena de idolatría, me dijo: antes de
agora, padre, cuando oía los sermones nada me quedaba en el corazón, y
agora todo cuanto has dicho lo tengo en mi alma, y íbamelo repitiendo;
díjome que quisiera ser hombre para andarse conmigo y oír las cosas de
Dios; trújome a su marido, el cual se confesó como ella generalmente, y
otros muchos se confesaron, de quibus nun [quam antehac]. Y así dejé aquel
repartimiento por dar vuelta también al de Guadacherí, como V.ª R.ª me
había ordenado, habiendo gastado en él cuatro semanas con mucho contento
de los indios y amor del sacerdote, el cual sacó el catecismo nuestro de
la lengua quichua para enseñarlo de allí en adelante.

Entrando al repartimiento de Guadacherí pasé primero por unos pueblos
que no estaban reducidos, y hallé en el primero como cuatrocientas almas,
estuve con ellos tres días predicando y confesando, hasta dolerme todos
los huesos, porque estaban allí como salvajes. Estaba allí un cacique con
ellos de mucho entendimiento, y hallele una noche que los tenía todos
juntos, y como quien predica les estaba repitiendo en su lengua particular
lo que yo en la general les había dicho. Partimos de allí y fuese conmigo
aquel cacique, tratando todo el camino muchas cosas de Dios, y confesóse
mucha gente que hallamos enferma por aquellas chácaras hasta llegar al
primer pueblo reducido, que se llama San Damián. No pude allí detenerme
por poder predicar la Dominca in Passione en Guarocherí, que es un gran
pueblo, y así sola mente les hice una plática. A Guadacherí llegué sábado,
y antes que llegase, conociéndome algunas mujeres, y acordándose del bien
que tenían con la Compañía, comenzaron a llorar de alegría. Estuve allí
hasta Pascua predicando todos los días sino fué dos o tres que estuve en
la cama. Fué tan grande el llanto al primer sermón, habiendo cuatro o
cinco mil almas, que no los pude acallar. Confesóse mucha gente
generalmente y de cosas gravísimas. El cacique mayor, que tenía más de
treinta mil indios sujetos casi, me pidió diversas veces lo confesase, y
yo porque le conocía, le probé y le hice que fuese generalmente la
confesión, y que la fuese a hacer a cinco leguas de allí. Grande amor iba
mostrando de cada día más aquella gente, y así venían de los otros pueblos
allí cercanos los caciques con muchos presentes, los cuales todos se
dieron a los pobres, rogándome que fuese a sus pueblos, lo cual no se pudo
por acudir a otras cosas. Al sacerdote de allí hablé cerca de ciertos
descargos, y él hizo pregonar la Pascua en la plaza, donde se habían
juntado como diez mil indios, que todos los que estaban quejosos dél que
les debía algo, que viniesen sin temor a decirlo, y vinieron plus satis.

Partime de allí a otro pueblo cinco leguas más cerca de Lima, donde
estuve ocho días predicando cada día. Allí vino el cacique mayor de
Guadacherí y se confesó generalmente dos días mañana y tarde, tiene un

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