recomendación, por sólo no parecer que hacía rumor en esta Corte; no he
querido visitar Cardenales que me han mostrado voluntad de ello y me han
obligado con ir de su motivo a oír mis sermones a Santiago. He tenido
negocios encomendados de España de otra calidad, y ni para ellos he ido,
sino negociado por terceras personas.
Muchos de los de la Compañía han querido me hablar en secreto y
descansar conmigo de sus quejas y disgustos con el General; no les he dado
lugar a ello, sino hecho del desentendido. Uno solo a quien por consolarle
dije que me espantaba mucho no le hubiesen hecho profeso a cabo de tantos
años y siendo tan docto, y a lo que pienso buen religioso, pues le han
hecho Superior; por esto que se supo han publicado a voces y díchole al
Rey en su memorial que yo desunía la Compañía. Cierto, Padre Santo, ha
sido en este artículo menester gran gracia de Dios para tener paciencia.
¿Yo desuno la Compañía? ¿Yo aparto los súbditos de su Superior? Pues sabe
el Señor del Cielo que no sólo de los presentes, sino de ausentes, y no de
nación española, he tenido letras con graves quejas del General y no les
he querido ni aun escribir una letra; y con verme así tratado e infamado
de mi General, y que los que andan junto a él ganan su gracia con andarme
por Roma infamando de casa en casa, como sabe bien el P. Toledo. Con todo
eso, yo he siempre hablado y escrito del P. General con tanto respeto, que
hasta hoy los ministros del Rey, por cuya mano Su Majestad despacha y
trata estos negocios, me tienen por sospechoso y se recatan de mí como
persona aficionada o apasionada de su General, de que es buen testigo el
Duque de Sessa, que podrá decir lo que le escriben en esta parte. Yo miro
a Dios, Padre Santo, y espero en Él que volverá por mí, y el padecer algo
por el deseo de servirle y hacer lo que debo a cristiano y religioso,
téngolo por singular beneficio de la Divina mano y prenda muy cierta que
se quiere servir en este ministerio, pues tanta prueba de aficción y
contradicción ordena, y háceme su Majestad Divina esta misericordia
crecida, que ninguna amaritud me queda en el alma y con las obras pienso
me dará gracia de mostrar esta verdad, y de que yo no me busco a mí ni
cosa alguna mía, sino que lo que entiendo y estoy muy persuadido ser causa
y negocio de Dios para el bien y consuelo y unión de toda esta Compañía, y
para que el fruto copioso que de ella redunda en la santa Iglesia, no se
pierda ni disminuya, antes con su renovación y reformación vaya en
crecimiento a gloria del Altísimo Dios cuya obra y planta es esta
Compañía.
He dado, Padre Santo, la satisfacción que se me ha ofrecido en lo que
se quejan de mí y me culpan, movido más, según pienso, del temor de Dios
por evitar la ofensión y escándalo de mis prójimos, que no con codicia de
ser reputado de los hombres. Los cuales, si fueren apasionados o necios o
maliciosos, ni ésta ni otra mayor satisfacción les bastara; si fueren
cuerdos y desinteresados, creo que con mucho menos de lo que aquí he dicho
quedarían satisfechos, pues les bastará considerar que soy súbdito y trato
negocio de tan poco gusto para tener contra mí todo cuanto me oponen y
mucho más.















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