congregación general es para mudar el Instituto e introducir las novedades
que los tentados y perturbantes han pretendido. A este cargo, que tanto ha
sonado y tanto ruido ha hecho, y acá y allá me tienen condenado, por
prevaricador y perturbador de la religión, y caudillo de los perturbantes,
no sé, Padre Santo, cómo responder mejor que con reírme y preguntarles
cómo lo saben. Porque en efecto de verdad es falso, y se puede convencer
por tal breve y manifiestamente con sólo mostrar el memorial que trajo del
Rey: más a mí me ha dado muy poco cuidado todo este ruido y alboroto que
ha andado y aun todavía anda, por saber que la prueba lo ha de decir el
tiempo de la congregación, adonde se verá cuán lejos va la intención del
Rey, y mucho menos la mía, de mandar el Instituto ni introducir las
novedades que muchos han querido decir.
Yo he estado maravillado de las novelas o bagatelas, como acá las
llaman, que de esta mi venida se han publicado. Aquí en Roma, hoy día
muchos que se tienen por inteligentes afirman muy severamente que he
venido porque el Rey de España quiere que haya otro General de esta
religión en España que no tenga que ver con el de Italia, y que para
asistir a esto me da cada mes cincuenta o treinta escudos, y que el
General no ha consentido que se tomen. Otros, siguiendo al menante autor
muy grave, hablan más moderado y dicen que no quiere el Rey sino Vicario
general, y en fin convienen que he venido a dividir la Compañía. Los
mismos míos de España escriben que he llegado al hondón de estos negocios,
y dicen que es mudar el Instituto e introducir otra nueva Compañía. Aquí
el General y otros Padres, asentando en esto mismo, han dado en decir en
esta corte y dado a entender en ella y por toda la Compañía, que mi venida
y asistencia aquí ha sido y es para arruinar el Instituto y Compañía. Con
esta voz es cosa grande la moción que se ha hecho y cómo se han convocado
unos con otros en Portugal, y en Castilla, en Italia, en Francia y en
Germania como en caso de socorrer a la Compañía y para ello venir contra
este Acosta y defender su Instituto, y en la demanda peleando no parar
hasta dar la sangre y la vida. Con este ánimo y pensamiento vienen como si
se hubiese tocado al arma o rebato de enemigos, y vo creo que ha de
suceder el cuento del otro aguador de Sicilia, que se vengó de los que le
daban vaya preguntándole por momentos cuánto quería por el somarelo o
asnillo en que traía el agua. Él, por responder a todos de una vez,
subióse a media noche al campanario y comenzó a tañer mucho y recio a
arma, como en costa de mar, pensando que fuesen bajeles de enemigos. Con
gran alboroto se juntó toda la ciudad dando veces en la plaza, dando voces
que dijese qué había. Él cuando los tuvo a todos juntos, y al magistrado y
justicia también, dijo que hacía saber que por diez escudos daría el
somarelo. Yo no puedo persuadirme que tanto rumor como se ha levantado
haya salido de otra más principal causa que parecerles a algunos que les
viene bien, y que hacen su negocio echando y alimentando estas nuevas de
que mi venida es contra el General y contra el Instituto, porque con tal
voz y opinión hacen odiosa mi persona y, lo que más les debe parecer que
les importa, la persona del Rey Católico que me envió; porque para afirmar
lo que dicen, es cierto que no ha habido fundamento bastante, y es muy
cierto que cuando hubiera alguno, se pudieran muy fácilmente haber
desengañado. Pero, como digo, deben de hallar por sus discursos que el
llevar adelante esta opinión y voz es gran parte de su negocio. Digo que
no ha habido fundamento bastante, porque el memorial que traje de Su
Majestad es cosa cierta que ninguno le ha visto acá ni allá, ni copia de
él, sino que de algunas cosas que yo he dicho y de otras que habrán oído
de algún ministro del Rey, y principalmente de las que por su discurso les
parece que deben ser, han querido dar a entender que han tenido copia de
tal memorial, y yo he comprobado con evidencia no ser así, porque algunos
capítulos que han afirmado ser del dicho memorial no lo son; y en fin,
esto no es negocio que ha de saberse sólo el día del juicio, sino muy
presto, en juntándose la congregación, que al punto entenderán todos tras
tanto clamor y arma por cuántos escudos se dará el somarelo.
Pero para no libralo todo para la congregación, quiero abrirme más y
librar desde luego de esta congoja a los que están con ella. Ninguna cosa
hay de las que el Rey me encarga que sea contra el Instituto. Yo no llamo
ser contra el Instituto que en alguna cosa particular se pida a la
congregación ordene o provea algo diferente de lo que se halla en alguna
constitución, como es que las prebendas y beneficios no se retengan
después de los dos años de probación, y lo mismo de los mayorazgos, porque
si mudar algo en esta forma fuese mudar el Instituto, forzoso habíamos de
conceder que en las congregaciones pasadas se ha mudado el Instituto, pues
vemos mudadas algunas constituciones, como es la del modo y forma de
escribir, la de las misas por los difuntos, la del orden de decir en
congregación general sus pareceres, la de no ser sujetos los profesos a
los que no lo son, y otras semejantes, las cuales es cosa llana que pudo
la congregación general mudarlas movida de la experiencia sin derogar en
nada el Instituto, porque no son constituciones de las que llaman
esenciales o sustanciales, y en la fórmula dada a Paulo III y a Julio III
por nuestro bienaventurado San Ignacio y por los primeros, donde está lo
esencial de nuestro Instituto, se dice que la Compañía en congregación
general puede quitar o añadir las constituciones que in Domino juzgare
convenir; así que cuando en cosas particulares y que llanamente no son
esenciales, se propusiese algo diferente de alguna constitución, no era
eso mudar el Instituto. Pues digo, y así es verdad, que ningún capítulo se
me dió que sea contra el Instituto, y para que se acaben de satisfacer de
la verdad, desde luego quiero aclararme más.
De todos los capítulos que se me dieron, dos son los que tocan en lo
más esencial del Instituto: uno es de las profesiones; otro del despedir
de la Compañía. Mas ¿cómo vienen estos capítulos? ¿Qué dicen? ¿Qué piden?
¿Piden que se hagan las profesiones a dos años y dos meses, como le
suplicaron al Rey en las Cortes que ahora se han publicado? No pide ni
dice eso el Rey. ¿Pues qué?, ¿que haya tiempo determinado y preciso para
hacer profesión? Tampoco. Sólo dice que se mire y provea que por la
desigualdad de hacer unos profesión y quedarse otros sin ella del mismo
tiempo y partes, no se causen los disgustos y quejas que hasta aquí se han
visto. Que haya necesidad de atender al remedio de esto, es cosa notoria
en toda la Compañía, como se sabe; cuál sea el remedio, si es por no
guardarse bien las constituciones o por no guardarse el orden cerca de
esto dado, o si conviene perficcionar más aquel orden o dar otro nuevo, no
dice nada en aquel capítulo; déjalo al juicio y parecer de la
congregación. ¿Qué hay agora aquí contra el Instituto que tanta grita han
dado y tantas algazaras han hecho de que quiere el Rey mudar las
profesiones?
El otro capítulo del despedir, ¿qué dice?, ¿que no despidan de la
Compañía? Si eso dijese, sería degollar a la Compañía, y quitalle lo más
esencial que tiene; dice que se mire que la facilidad en el despedir no
sea causa a que los que quisieren salir de la Compañía tomen ocasión de
aquí de ser ruines, y así pide que haya castigo para los tales. Creo yo
que ninguno habrá en la congregación que no diga que es cosa muy justa y
muy importante, según va descubriendo la experiencia la ruindad y malicia
de muchos, que habiendo gastado la Compañía su hacienda y héchose hombres
en sus estudios, para volverse al siglo toman por flor hacerse díscolos y
salen con su intento, y está el mundo ya lleno de estos, y la Compañía
carece de sus trabajos, y lo que peor es, queda hecha vereda para otros
que la sigan. He aquí cómo son contra el Instituto los capítulas del Rey.
Dirán que callo lo que puede escocer, y que no digo nada de
comisario. Hablándome en esto y viendo cuán mal se tomaba por acá, dije
que el Rey no me había dicho nada de comisario, y no dije mentira, porque
en algunos capítulos no se contentó el Rey que los trajese por escrito,
sino que de palabra, o por su persona, o por la de algún ministro suyo
particularmente me los encargó. De otro no me dijo palabra y si el
capítulo de comisario viene, a lo menos es cierto que ninguna palabra se
me dijo sobre él, ni se hizo demostración de darle a Su Majestad mucho
cuidado; pero cuando el Rey pida esto, ¿es por ventura deshacer el
Instituto? ¿No le tuvo nuestro P. Ignacio? ¿No ponen las constituciones
comisarios y visitadores? ¿No le tuvo el P. Láinez? Dicen que es dividir















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