por esta causa habían hablado de él mil bestialidades en Germania, peores
que las que dijeran de Martín Lutero. Y que así convenía mirar bien el
medio que se tomaba. Dicho esto comenzó a tratar del modo de congregación,
y preguntóme cómo se hacía y qué tiempo. Dije que el modo era concurrir de
cada provincia el Provincial con otros dos profesos elegidos en las
congregaciones provinciales, y que éstos tenían voto definitivo, y se
estaba a la mayor parte; y que el General tenía dos votos. Mas cuando era
congregación, no para elección de General, sino para negocios, podía el
General llamar también algunas personas graves con voto. Cuanto al tiempo,
que por muerte del General era forzoso; fuera de esto se podía hacer por
dos vías, una convocando el General por negocios ocurrentes, y que así le
mandan las constituciones que lo haga en casos de importancia. Otra vía es
por votos de los procuradores de las provincias que cada tres años se
juntan aquí en Roma y votan si habrá congregación general. Y que por esta
vía el General y asistentes son seis votos, y los procuradores atienden a
dar gusto al General con quien han de negociar todos oficios y cosas de su
provincia; y con todo eso en la junta pasada de [15]90, hubo diez votos, y
sólo faltaron tres, y si no fuera sede vacante saliera congregación.
Dijo el Papa que lo mismo que yo le decía le habían informado, y que
entendía que por los procuradores no se haría la congregación, porque el
General los granjeaba y ellos atendían a su voluntad; y que así convendría
que el Pontífice pusiese la mano en el negocio; y él lo pensaba hacer así.
Yo le besé el pie dando gracias, y dije que los Generales pasados vivieron
a ocho años, mas ahora había ya doce pasados sin congregación, y era mayor
la necesidad. Acabado esto me dijo que algunos le habían propuesto otro
modo de remedio, que era dar otro orden en los profesos porque como éstos
los hacía el General a su voluntad, y sólo éstos tenían voto, dependían de
la voluntad del General. Y no acabó de declararse, o yo no acabé de
entenderle. Y así le dije que aquel medio y otro cualquiera, para ver si
era acertado, era el camino cierto hacerse congregación general. Y pues se
había de hacer aquí a los pies de Su Santidad, vería mejor entonces lo que
convenía, y a eso echaría su bendición y quedaría asentado.
Tomó a decir que, pues a Su Majestad le parecía, hiciese yo oficio
con el General y lo hablase, y después acudiese a él, que lo parecía muy
buena resolución; y que así lo hiciese yo y acudiese a darle cuenta de lo
que negociase. Porque si el General no hacía de su motivo la congregación
general, que él pondría la mano y se haría lo que el Rey quería, cuya
voluntad y intención era muy pía y muy justa y muy bien considerada. Con
esto le torné a besar el pie, dando las gracias con alguna ternura de
lágrimas, y suplicando a Su Santidad se guardase el secreto que tanto Su
Majestad me había encargado, y que ni el P. General ni Cardenales
entendiesen lo que se había tratado con Su Santidad, pues bastaría sólo el
embajador por cuyo medio yo había ido a Su Beatitud, y que los demás
pensasen que eran cosas de Indias las que venía a tratar con Su Santidad.
Dijo que así se haría y dióme su bendición.
Pasado éste dije que tenía también otro punto encargado de Su
Majestad, y era que Su Santidad diese orden cómo la Compañía en España
tuviese buena unión con el Santo Oficio, porque era de grandísimo
inconveniente lo contrarío, y que por esto le convenía a esta religión más
que a otra ninguna estar muy sujeta en todo y por todo al Santo Oficio, y
que pretender singularidad y exenciones era destruirnos. Y que lo que acá
el General había pretendido de que pudiesen los superiores prevenir en
materia de solicitación, allá en España a todos los padres graves y
expertos les había parecido no convenir, y lo habían escrito con muchas
veras al General, y yo particularmente que tenía experiencia de lo que es
la Inquisición de España. Que Su Santidad se persuadiese que a la
Compañía, más que a ninguna religión, le convenía la sujeción del Santo
Oficio.
Respondió el Papa que aquel negocio estaba resuelto, y que le parecía
muy bien lo que decía, y que él había dicho a Jiménez, que es el
secretario del P. General, que para qué se ponía la Compañía en pedir
aquella singularidad, que nos hacíamos daño y nos manchábamos, porque se
daba ocasión de pensar que hubiese entre nosotros más males que entre
otros, y que los queríamos descubrir. Yo di a Su Santidad las gracias por
el oficio tan paternal.
Durante la plática y el discurso del remedio de la Compañía, me
acuerdo haber dicho el Papa dos o tres cosas notables, que por interrumpir
el hilo y porque no se me acuerda bien cuándo las dijo, no la, pongo
arriba. Una es que el General no tenía aquí padres graves como los habían
tenido sus antecesores, y que quién era el asistente de España, que no lo
conocía. Otra es que no le convenía a esta religión ponerse en cosas
contra la voluntad del Rey. La otra y muy notable fué (que) lo que le
había dicho de los estudios curiosos y opiniones nuevas, eran gran verdad,
y que él temía mucho que había de ser aquella la ruina y perdición de esta
Compañía, porque había subido tanto por las letras, y por ellas se había
de temer su caída, pues es de ordinario caer por donde se sube mucho. Y
dijo que aun en Roma a sus ojos había visto lectores atrevidos que salían
con invenciones, y que en una conclusión habían defendido que Cristo no
consagró con las palabras que la Iglesia usa, sino también con otras,
siendo esto contra Decretal de Inocencio. También que un libro que había
hecho de opiniones, en que dejaban muchas de Santo Tomás, no le parecía
bien.
Yo le dije que importaría sumamente poner Su Santidad remedio, y que
los que habían hecho aquel libro de las opiniones eran sólos tres, de los
cuales ni otros ni yo teníamos la satisfacción que para tal cosa era
necesaria. Y que por lo menos había de intervenir una congregación general
para examinar tal tratado, y que lo que a la Compañía le convenía era
seguir a Santo Tomás, como las constituciones nuestras lo ordenan. Dijo el
Papa que él había pensado de no forzar a nadie a que leyese el autor que
quisiese, fuese Escoto, fuese San Buenaventura, fuese Santo Tomás, pero
forzarle a que, siguiese las opiniones del autor que lee, y que la
doctrina de Santo Tomás es la más aprobada. A este pensamiento que me dijo
no curé de decir nada, porque era cosa larga tratarlo.
Duró toda esta plática bien una hora, y el Papa estuvo siempre tan
afable y amoroso, que no dió muestra de querer que se acortase, antes me
pareció que estaba en disposición de otra hora de audiencia, si yo tuviera
que decir. La media hora estuve de rodillas y pareciéndole al Papa que
debía de cansarme, me dijo graciosamente que me levantase. Dije: Padre
Beatísimo, muy bien estoy y no me canso. Entonces con muy buena gracia
dijo: Orsu passegiamo un poco. Y así se, levantó y nos paseamos la otra
media hora, y al cabo me dió su santa bendición con regalo, enviándome más
consolado y obligado a Dios Nuestro Señor de lo que yo sabré declarar.
4. Primera entrevista con el Padre General de la Compañía.
Volví ya muy tarde en el misino coche cerrado a casa del embajador, y
por ser ya casi noche no le di cuenta, mas remitime a que la daría otro
día, y que la tenía buena. En 5 de diciembre fuí por la mañana a casa del
Duque para darle cuenta, porque me lo había mandado. Y así, por ser aquel
día sábado, y haber de ir en comiendo a su audiencia al Papa el Duque, por
muchos negocios forzosos que tenía, y viendo que no podía oírme despacio,
quedó que el lunes fuese, y que él daría las gracias a Su Santidad de la
audiencia gratísima que me había dado, y diría cuán consolado había vuelto
del buen pecho de Su Santidad en mis negocios.
Este mismo día, viendo el P. General que ya eran tres días, de mi
llegada y no lo había dicho nada, porque aunque habíale visitado dos
veces, había sido de modo que no estuviésemos a solas; y me envió a llamar
y me preguntó qué había en España y cómo andaban nuestras cosas. Como vi
que quería saber la causa de mi venida, no me hallando al presente con
aquella disposición y quietud que requería el negocio, dije que yo daría
cuenta a Su Paternidad, y que ya le había buscado y le había hallado
ocupado, como era verdad, y que no tenía allí las cartas, que cuando
mandase las traería y daría cuenta de todo Dijo que en hora buena, que el















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