arruinados, por cargas de censos y sustentar más sujetos que podían. Que
en una de las provincias que visité averigüé que casi era la tercia parte
de sujetos más de lo que la provincia podía sustentar. Que en el gobierno
vía poner muchos mozos, y casi todo andaba en éstos, y los viejos y
ancianos estaban desechados y arrinconados, lo que se sentía gravemente, y
que éstos no curaban ya de escribir ni avisar al General, porque les
parecía sin provecho, y antes con daño suyo. Finalmente, el espíritu de
Ignacio y sus compañeros iba faltando y poco menos que acabando.
Tras esto dije las causas de estos daños: que verdaderamente la
principal era el modo de proceder que se tenía en el gobierno de acá,
porque el gobierno del General era muy absoluto, y todo se reducía a él.
La persona del General, aunque él era religioso y docto, y tenía buenas
partes, pero no tenía experiencia de España, ni había jamás visitado la
Compañía, ni visto cosa de España. Y era cosa fuerte gobernarlo todo por
informaciones, las cuales muchas veces eran falsas y apasionadas y de
personas de poca sustancia. Y que yo conocía dos sujetos que se carteaban
mucho (con él), y supe de cierto en mi visita que tenían defectos grandes
y falta de verdad. Que el General muy poco ayuda, porque de los
asistentes, los tres eran de poca satisfacción, y entre éstos el de España
era hombre sin letras y muy encogido, y poco estimado de los nuestros, y a
las provincias de España les parecía que no tenían asistente, ni quien
volviese aquí por ellas. Que otros padres graves y antiguos y de consejo,
ni aquí ni en Roma los había, ni el General curaba de ellos, muy al revés
de lo que Ignacio y Laínez y los otros Generales hicieron. Que la
Secretaría tenía necesidad de reformación, porque el secreto se dejaba de
guardar por amistades. Había parcialidades y aficiones, y realmente mucho
de lo que se proveía de oficios salía por negociación y amistades; y había
significado al General lo que me pareció, y después me pesó de haber
hecho, porque lo vi peor que antes.
De esta materia fuí apuntando algunas cosas particulares, y Su
Santidad preguntándome, que me parece no debo ponerlas en papel. Sola una
por ser notoria, y es del P. Paulo Offeo, que siendo asistente el más
antiguo y admonitor del General, y hombre sincero y santo, se decía le
habían echado de Roma, y quitado el oficio, y puesto a otro hombre de muy
poco talento, no lo pudiendo hacer conforme a constituciones; y se decía
haber sido la causa ser de opinión que hubiese congregación general; y era
caso que se sentía mucho en la Compañía y en gran daño de su gobierno,
porque los asistentes ni el General los puede quitar ni poner. Que el
General quería estar muy solo, y de todo absoluto, sin tener quien le
pudiera ir a la mano, y que de esto se lamentaban los padres graves y
antiguos de la Compañía, y que les parecía se había todo de arruinar, si
no se ponía remedio eficaz.
3. El asunto principal de la convocación de una Congregación General
extraordinaria.
Dicho esto trate del recurso que habían hecho al Rey Católico
diversas personas de esta religión, dándole muchos memoriales instando por
el remedio; y que Su Majestad, como tan pío y celoso de la religión, había
tratado del remedio, porque aunque de los que hacían recurso eran algunos
apasionados y ambiciosos, y no trataban verdad; había otros de celo y
verdad. Y que a Su Majestad le daba particular cuidado el proceder de esta
religión con el Santo Oficio, por diferente camino que otras religiones;
de donde se seguía tener la Inquisición tanto disgusto y ofensión; y que
esto le estaba muy mal a la Compañía. Que el remedio para todos estos
daños, habiéndolo bien considerado, le parecía a Su Majestad que era el
mejor y más cierto, hacerse congregación general, la cual es en todo
superior al General, y le puede corregir y deponer, y dar el orden que
conviene en el gobierno.
Y dije los motivos que había para entender ser éste el mejor medio:
es, a saber, por ser éste el que usan todas las comunidades y repúblicas,
y la santa Iglesia y las religiones; por ser conforme a los propios
estatutos de ésta; por la razón manifiesta de juntarse los que más saben
de todas partes, y tomarse allí noticia cumplida de todo; por concurrir
los de más celo y más graves y ancianos; por despertarse unos con otros al
remedio y reformación, vistos sus daños. Y principalmente porque toda la
religión reciba bien y abrace lo que los mismos suyos han acordado, y no
pueden decir que hubo ignorancia y falta de información; ni podría el
General mudar un punto de lo que allí se estableciese, ni tratar de
mudarlo por otra vía. Que este medio de la congregación general le parecía
a Su Majestad el más firme y durable, y sin inconveniente, porque el poner
la mano la Sede Apostólica por sí sola, se había visto ser de poco efecto,
porque unos pontífices mudaban lo que otros hacían, como en cosas de esta
Compañía había pasado entre Paulo IV y Pío IV, y entre Pío V y Gregorio
XIII, y entre Sixto V y Gregorio XIV. Mas teniendo Su Santidad presentes
en congregación general los hombres más graves de la Compañía, podría
enterarse de la verdad de todo, y por su medio proveer el remedio
necesario, con mucha suavidad.
7.º Que el querer remediar la Compañía por visitas de Obispos o
personas de fuera de ella, tenía grandes inconvenientes, por la grande
quietud y división que se causaba, por la poca práctica que tiene el que
no se ha criado en la religión, y por la afrenta que la Compañía. Y a esta
causa se recibe muy mal y los mismos que desean reformación por esta vía
la aborrecen y sacuden de sí, y lo que es violento no es durable.
Habiendo discurrido en este remedio de congregación general, pasé a
decir cómo se le había pedido al General por muchos padres y los más
graves de la Compañía, y que totalmente la ha rehusado. Y se entiende que
pone y porná todos los medios que pudiese para desviarla porque el General
y sus asistentes temen la residencia, y no quieren ver potestad superior
que conozca y sepa, y se provea en su gobierno y personas lo que le
pareciere. Y que al General le está muy mal que se tenga de él esta
opinión, en que se desacredita mucho y se hace suspecto; y que por sólo su
honra debía juntarla. Y que si es verdad que no procede bien, es justo que
se entienda y se remedie; y si procede bien, es justo que haya
satisfacción en la Compañía y en los de fuera; y que sin congregación
general es imposible conseguir esto.
Por tanto, que Su Beatitud, como padre universal y vicario de Cristo,
proveyese de este remedio tan justo y necesario, mandando al General que
hubiese congregación general, sin detener ni entretener este negocio, pues
la necesidad era urgente. Mas que antes de mandar esto Su Santidad,
tuviese por bien que yo por mi parte hablase al General, y le propusiese
el caso y las razones que hay; y si viniese en ello, sería bien, y si no,
pornía su mano la santa Sede Apostólica. Que al Rey Católico le había
parecido que este negocio se llevase con suavidad y que yo hiciese el
oficio que pudiese con el General, y cuando no bastase, me valiese del
supremo poder de Su Beatitud. Y que pareciendo esto a Su Beatitud,
hablaría a mi General, y daría aviso a Su Santidad de lo que pasase.
Habiendo oído el Papa con grande atención, y con claras muestras en
su rostro y meneos de mucha satisfacción de lo que decía, y de ánimo
compasivo y penado; me dijo que él deseaba sumamente el remedio de esta
religión, y que era una de las cosas que tenía más en su afecto, y esto me
repitió tres o cuatro veces con notable sentimiento. Y añadió que lo mismo
que yo le había dicho, había entendido de otras personas graves de nuestra
Compañía, de las cuales se había querido informar. Que esta religión de la
Compañía se había extendido por todo el mundo, y de tres partes de la
cristiandad tenía más de las dos y media, y que en poco tiempo había
crecido mucho y muy aprisa; y que era de temer que crecimiento tan
apresurado no parase en perderse presto; y que si se perdía sería un
gravísimo daño de la cristiandad, porque sin duda sería en perjuicio muy
universal. Y que el fruto que la Compañía hacía en la Iglesia de Dios era
muy grande, y que esto le constaba a él muy bien, y lo había visto por sus
ojos el tiempo que estuvo de legado en Polonia y Germania.
Tras esto dijo que aunque deseaba el remedio y vía la necesidad, pero
que le daba cuidado el modo que se había de tomar, porque si no se
acertaba sería el daño mayor; y trajo ejemplo del cuerpo mal afecto de
humores, que si yerra la cura, es muerte lo que había de ser medicina. Y
añadió que Sixto había querido poner la mano en cosas de esta religión y















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