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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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afecto, que muchos o los más de los que oían no pudieron contenerse de
derramar muchas lágrimas. El señor don Cristóbal de Mora me dijo que le
había hecho verter muchas, y que aquélla era obra singular de Dios, y yo
vi mucho de esto que digo. Su Majestad estuvo con notable gusto y alegría,
y sus altezas lo propio. Acabadas las oraciones, llegaron los oradores a
besar la mano a Su Majestad y a sus altezas, y el Rey mandó que también
llegasen los demás, que fué para ellos de grande consuelo.

Salieron todos aquellos señores diciendo más de lo que se sufre con
modestia referir, de lo que la Compañía hacía y de lo que era aquella obra
edificados en gran manera, y Su Majestad no lo mostró menos a la salida y
en su casa. El señor don Juan de Idiáquez había sido como el medianero de
esta venida, y no pudo prevenilla más de la misma tarde a mediodía, y
quedó contentísimo que se hubiesen dado tan buena maña en tan poco tiempo,
digo en el adrezo, que las oraciones y versos de antes estaban prevenidos.
Mandó el príncipe por su ayo, el marqués de Velada, que lo llevasen las
hieroglíficas y composiciones y versos que estaban allí colgados. Don
Hernando de Toledo, de la cámara, dijo que le asentasen a su cargo el
sustento de un colegial perpetuamente, y lo mismo han hecho otros señores.

He querido escrebir esto tan especificadamente porque será de gusto y
de edificación para nuestros padres y hermanos, y pienso que es mucha
gloria del Señor que se entienda el favor que Su Majestad ha hecho y hace
a este seminario anglicano. Nuestros amigos han dicho asaz de la merced
que el Rey ha hecho a la Compañía en visitar tan benignamente un día la
casa profesa y otro el colegio inglés, siendo las primeras salidas que ha
hecho en público después de esta última dolencia de la gota. Vuestra
reverencia se acuerde de rogar a Nuestro Señor por la salud de Su
Majestad, y a mí no me olvide en sus santos sacrificios y oraciones.
Valladolid, 5 de agosto 1592.-Josef de Acosta.

- XV -
Diario de la embajada a Roma (1592)
1. Primeros pasos en la ciudad eterna.

A 2 de diciembre entré en Roma, algo después del mediodía; en
haciendo oración en la iglesia de nuestra casa, subí a ver al P. General.
Habiéndome recibido bien, procuré con pocas palabras despedirme, con
ocasión de no haber comido, sin que entendiese la causa de mi venida; lo
cual me pareció importar mucho llevarlo adelante con buen entretenimiento
hasta prevenir al Papa, y poner bien el negocio en el pecho de Su
Santidad. Y aunque se representaba gran dificultad en haber tan presto
audiencia del Papa, y en tener suspenso a mi General, que sabía yo que
tenía notable cuidado de saber la causa de mi venida; todavía me resolví
[a] hacerlo así, juzgando firme mente que consistía el suceso de mi
negocio en ganar yo primero al Papa.

Con esta resolución, luego a la tarde misma que llegué, fuí a la casa
del duque de Sessa, y le di la carta de Su Majestad y las del conde de
Chinchón, y le comuniqué el negocio a que venía y cuánto me importaba
prevenir a Su Santidad. El duque me recibió bonísimamente y holgó muy
mucho del negocio que traía, y me dijo que Dios lo había ordenado, que el
día siguiente, que, aunque no era el ordinario de su audiencia, había de
ir al sacro palacio para llevar al auditor don Andrés de Córdoba, y
negociaría mi audiencia. Y quedó asentado que se guardase sumo secreto, y
ni cardenales ni otros entendiesen que había venido al negocio, y que se
tomase calor que eran negocios de Indias a los que Su Majestad me enviaba
a tratar con Su Santidad, porque no se podía excusar el entenderse que
venía por orden de Su Majestad, según estaba ya divulgado en esta corte.

A 3 de diciembre me dijo el duque, cómo habiendo leído Su Santidad
[la] carta de Su Majestad, y pedídome audiencia, la había conseguido para
el día siguiente a las veintiuna horas. Este día escribí a Su Majestad y
al conde de Chinchón con el extraordinario que partió aquella noche a 4
del mismo. Para ir al sacro palacio, sin que en mi casa lo entendiesen,
fuí a comer con el duque, pidiendo licencia por me haber convidado el día
antes. Después de comer entré en una carroza del duque con mi compañero y
el caballerizo del duque, y cerradas las cortinas fuimos a San Pedro,
donde el caballerizo habló al maestro de cámara, que estaba ya prevenido
del duque, y él me dijo que esperase un poco, que Su Santidad sabía ya mi
venida y que presto me mandaría llamar. En esto vino el embajador de
Venecia, que debía de ser su día de audiencia, y negoció un rato.
2. Audiencia con el Papa Clemente VIII.

Salido éste, me llamaron, y entré a la recámara, donde estaba el Papa
solo. Habiéndole besado el pie con mucha devoción, le dije: Beatísimo
Padre, io se ben intendo il toscano, ma non so parlarlo expeditamente. El
Papa gustó mucho de esto y rió, y díjome con buena gracia: Parlate la
vista [vostra] lingua spagniola; ch’io l’intendo assai bene. Díjele:
Pioche V. Sanitá intendeil mio, et mi fa questa gratia che parli en
quello, cosí faró. Y habiendo con esto concordado en que Su Santidad
hablase su italiano y yo mi castellano, le propuse mi razonamiento,
diciendo que el Rey Católico me había mandado diese cuenta a Su Santidad
de las cosas de mi religión, como la había dado a Su Majestad, para que Su
Beatitud, como padre universal y vicario de Cristo, pusiese de su mano
remedio en las cosas que le requerían; y que este oficio le había a Su
Majestad parecido se hiciese con tal secreto, que sola la persona de Su
Santidad supiese, que yo venía a este negocio. Y así yo hablaría a Su
Santidad con aquella sinceridad y verdad que se debía al mismo Dios, cuyo
vicario era.

Luego di la noticia que me pareció ser necesaria, diciendo cómo había
más de cuarenta años que era religioso de esta Compañía, y había alcanzado
los tiempos del P. Ignacio y de aquellos primeros Padres, y criádome con
su doctrina y espíritu. Que, acabados mis estudios, me ocuparon en leer
teología escolástica y en predicar, y después de algunos años pasé a las
Indias occidentales con deseo de ayudar a la conversión de aquellas
gentes; y en eso me ocupé dieciséis años, haciendo los seis de estos
oficios de provincial. Después me llamó el General para que diese noticia
de cosas que importaban a [lo] espiritual de aquella tierra, y así lo hice
en la corte de Su Majestad, donde el Rey Católico me hizo mucha merced,
que prosiguiese en venir a Roma, y traté del Concilio Provincial de
aquellas partes, siendo Sixto V pontífice. Pero, ofreciéndose necesidad,
me envió de aquí mi General a Su Majestad, para que se evitase la visita
de la Compañía que habían de hacer prelados; y aunque era negocio difícil,
Su Majestad vino en ello, porque siempre ha deseado el honor y bien de
esta religión. Y así había sido contento que España se visitase por dos de
la Compañía que el General nombrase, y el uno había sido yo. Y habiendo
hecho mi visita con el cuidado y fidelidad que pide, y después de haber
hecho por mi mano lo que me tocaba, di cuenta de todo a mi General, y
escribí lo que se debía hacer por su mano. Que habiéndome aprobado mucho
la visita, yo no había visto que en lo demás se pusiese el remedio que
convenía, y que de haber escrito algunas cosas que a los de acá no les
dieron gusto, vi que era sin fruto escribir, y di cuenta al Rey de algunas
cosas, y ahora la daría a Su Santidad entera, y que con esto descargaría
mi conciencia ante el eterno tribunal del omnipotente Dios.

Aquí declaré el estado de la Compañía, diciendo que, por lo que había
visitado y demás que había visto de esta religión: que en Indias, toda
España y la mayor parte de Italia hallaba que en esta Compañía había
muchos siervos de Dios, y comúnmente se vivía bien con temor de Dios, y el
fruto que se hacía con sus ministerios era muy grande. Empero iban las
cosas ya declinando, de modo que si con tiempo no se ponía remedio, tenía
por muy cierto que en breve habría ruina grande. Que el daño no estaba
tanto en los menores de esta religión, los cuales procedían con
simplicidad, obediencia y devoción, cuanto en las mayores, en quien la
ambición y trato seglar iba estragando notablemente el espíritu y
religión, dándose poco a la oración y mucho a pretensiones terrenas. Que
particularmente en los estudios había hallado gran daño, dándose los
jóvenes a inventar opiniones nuevas y buscando aplauso de ingenios
gallardos con curiosidades y novedades, no siguiendo la doctrina de Santo
Tomás como lo mandan nuestras constituciones, y así las letras en muchos
no eran las que debían, ni del fruto que debían ser; antes, se podía temer
daño. Que en la hacienda y bienes temporales, que estaban los más colegios

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