Compañía y contra su modo de proceder en gobierno, y contra la persona del
General, y se entiende que semejantes memoriales se han dado a V. M. o a
ministros suyos; desea y suplica humildemente el P. General a V. M se
digne de querer ser informado de lo que pasa con toda verdad, y para el
efecto se sirva de mandar dar copia de las cosas o quejas que en los
dichos memoriales se contienen, para satisfacer a ellas. Y, pues, V. M. es
tan justificado en todas sus cosas y se esmera tanto en que a todos,
grandes y pequeños, se les guarde su justicia; haga la misma merced al
General de la Compañía y a toda su religión, de no admitir delaciones y
quejas de los súbditos sin que se dé noticia al superior, para que
responda y satisfaga por sí, porque de lo contrario se puede seguir gran
pérdida y menoscabo de la observancia religiosa.
También en muchas cosas que se han representado a V. M. tener
necesidad de remedio en la Compañía, el General ha dado de nuevo orden al
parecer muy conveniente, con que se entiende cesarán algunos
inconvenientes y descontentos, y en otros va dando el mejor orden que
puede, con deseo y cuidado de acertar en todo. Suplica a Vuestra Majestad
se sirva de mandar comunicar con él o con la persona que envía las dichas
cosas de que se desea remedio, para que se vea si están sufi cientemente
remediadas, o si debe la Compañía y el General de ella hacer otra cosa.
- XIV -
Carta en que da cuenta de una visita de Felipe II a la Compañía de Jesús
en Valladolid. (Valladolid, 5 de agosto de 1592.)
Pax Christi et gratia. El domingo pasado nos hizo Su Majestad merced
de visitar nuestra iglesia a hora de misa, y el lunes siguiente al colegio
anglicano por la tarde.
Envióme el sábado en la tarde el señor García de Loaysa a avisar que
el domingo vernía a oír misa Su Majestad a esta casa, y el oficio se
hiciese a nuestro modo. Diónos cuidado ser aquel día de jubileo, que en
esta villa le ganan con grande y universal y devoción, y como la iglesia
donde el Rey va a oír misa se defiende la entrada a la gente poniéndose la
guardia a la puerta, no era posible dar recaudo a las confesiones y
comuniones. Mas con aprobación de Su Majestad se dió esta traza, que las
dos naves colaterales se atajaron con bancos y palos y alfombras, y las
mujeres comulgaron en la capilla del Crucifijo que cae a los
confesonarios, y los hombres en la capilla de Nuestra Señora de Loreto, a
la otra banda, y el cuerpo de la iglesia y crucero quedó desocupado para
Su Majestad. El cual vino con sus altezas y damas y toda su corte,
teniendo puesta la cortina junto al púlpito, y el estrado de las damas a
mano izquierda, y a la derecha el banco de grandes; el arzobispo de
Santiago, que hizo el oficio de capellán mayor, sentado en silla rasa
delante de las gradas; el banco de los grandes, al otro lado, todo por
orden de Su Majestad.
Esperamos su venida puestos en procesión con la cruz y ciriales, a la
reja de la capilla mayor, y luego los hermanos y padres hasta la puerta de
la iglesia con el sacerdote, que decía la misa revestido con su capa, y
dos sacerdotes, con sobrepellices, y muchos señores de la casa del rey
allí también con nosotros. Vino Su Majestad ya cerca de las diez, adoró la
cruz y echóle el preste agua bendita, como es uso, y comenzaron los
nuestros Te deum laudamus. El Rey, como no conocía al P. Provincial, habló
conmigo, diciéndome que su venida nos había embarazado de nuestras
confesiones y comuniones y que le pesaba de ello. Dije que para toda había
lugar con la traza que Su Majestad había dado, dando las gracias por la
merced que nos hacía. Preguntóme cuántos religiosos había en casa y
cuantos en el colegio de San Ambrosio, y si estaban allí los del colegio,
y en estas pláticas llegó a su cortina y se comenzó luego la misa, la cual
cierto se ofició muy bien y con harta decencia y devoción, porque
provenimos que entre casa y colegio se escogiesen docena y media de buenas
voces, y se les dió un prefecto que estaba bien en ello, y a todos los
demás se ordenó que callasen y adorasen en silencio. Todavía comunicado
primero con algunos señores de la casa del Rey, pareció que se usase un
organillo o realejo, para que con una voz buena de la iglesia mayor se
dijesen después de alzar a modo de motete, unos versos de David: Domine,
salvum fac regem in die qua invocaverimus te. Domine in virtute tua
laetabitur rex, et super salutare tuum exultavit vehementer, etc. Esto
sonó y pareció muy bien.
Acabada la misa, llegó el P. Provincial y algunos otros Padres al
Rey, y yo dije a Su Majestad: Es el P. Provincial nuestro. Con esto el Rey
volvió el rostro, y el Padre le dió las gracias de la merced que había
hecho a aquella casa. Saliéndose, el Rey mostró contentarle la iglesia.
Díjele que todavía quería parecer a la de Su Majestad de San Lorenzo. Dijo
el Rey con donaire: Esta debió de ser primero. Y preguntando otras no sé
qué cosas, en fin salió por la misma iglesia.
Fueron realmente todos muy contentos, porque la iglesia parecía muy
bien así desembarazada, y los altares y reliquias estaban muy bien
adornados con cera y flores y pomos de olor. El señor García de Loaysa
especialmente nos alabó el tono y buen modo de oficiar, diciendo que era
la primera vez que lo había oído y le había contentado mucho; que para
materia en que tan poco solemos valer, no fué poca ventura. De la casa y
corte del Rey apenas faltó señor ni caballero, mostrando todos hacernos
mucha merced. De los grandes estuvieron el duque de Medinaceli, el marqués
de Astorga, el marqués de Aguilar y el de Denia; los tres primeros no
estuvieron en público ni vinieron con el Rey, sólo el último estuvo en el
banco de grandes. Esta fué la fiesta de nuestra casa. La del colegio
angélico diré agora.
El lunes, después de comer, tuvieron aviso el P. Personio y el P.
Rector del seminario angélico, que Su Majestad iba aquella tarde, y así
nos avisaron al P. Provincial y a mí. Hallamos la casa muy bien adrezada,
a la puerta muchos ramos, la capilla bien colgada, con muchos papeles de
versos de San Albano, y tres almohadas para Su Majestad y Altezas, donde
hiciesen oración. En una pieza grande, donde hacen refitorio y oficinas,
tenían puesto un estrado con tres sillas reales, las paredes todas
colgadas de tafetanes llenos de enigmas y pinturas y poesías en diversas
lenguas, harto ingeniosos, y todo bien adrezado. Su Majestad, después de
haber estado en la casa del conde de Buendía y pasado por el colegio de
Santacruz, vino ya tarde al colegio de San Albano, y hecha oración en la
capilla, hallándose allí el arzobispo de Santiago, pasó a la pieza grande
que he dicho, donde estaban frontero a un lado los colegiales ingleses,
que pasaban de cincuenta, que cierto con su modestia eran un agradable
espectáculo.
Sentado Su Majestad y sus Altezas en sus sillas, y todos los
caballeros y señores al derredor, y las señoras en su estrado; el P.
Personio dijo al Rey cuáles de aquellos colegiales eran teólogos, cuáles
filósofos, cuáles casuistas, que estaba así puestos por sus clases. Llegó
luego un colegial mozo de muy buena gracia, y hizo una oración latina
breve y elegante y muy a propósito, y besó la mano al Rey, haciendo a Su
Majestad gracias en nombre de todos por tan grande merced y favor, y
ofreciendo un pequeño servicio de alabanzas en diversas lenguas, por el
amparo que en Su Majestad hallaban los católicos ingleses. Tras éste subió
a la cátedra, que estaba frontero, Jorgecino, que es un colegialico de
quince años de extremada gracia y habilidad, y hizo otra oración en
castellano al mismo propósito muy gustosa, diciendo que, como extranjeros,
que habían andado en diversas regiones, hablarían en diversas lenguas,
declarando el salmo 71, cada uno su verso; y era éste el estilo, que
decían el verso en latín, y luego en la lengua discantaban sobre aquel
verso, todo a propósito de lo que padecían los católicos de Inglaterra y
de la merced que Dios les hacía por el Rey Católico, y de su grandeza y
piedad, justicia y virtudes, etc. Al cabo resumían en lengua latina lo que
habían dicho en la peregrina.
Fueron estos diez en estas lenguas y por este orden: hebraica,
griega, latina, ánglica, catobritánica, escocés, francés, italiana,
española, flamenca. El de la flamenca fué el mismo Jorgecino, y en
acabando el discantar sobre el último verso: Replebitur maiestate omnis
terra, fiat, fiat, habló en romance, un rato, suplicando al Rey llevase
aquella obra adelante, representándole su destierro y trabajos y
crueldades de los herejes, y ofreciéndole la sangre que por defensa de la
fe derramasen los alumnos aquel colegio en Inglaterra, con la cual
quedaría escrita en las plazas y calles de su patria la memoria del rey
Filipo, que a los que ella había echado de sí, había él acogido y
sustentado y honrado y amparado, etc. Dijo esto con tanta gracia y con tal















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