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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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nuestra mira que sean a propósito de poder aprovechar a sí y a otros con
ejemplo y doctrina. Los que no son hábiles para esto, aunque sean
virtuosos, no sirven; ni es acepción de personas esto. El recebir ricos a
secas, si lo ha visto Vuestra Señoría en alguna parte, culpe al Rector o
Provincial que se desmandó por cobdicia; que la regla nuestra lo contrario
ordena expresamente; y en eso procede con tanta libertad que parece
exceso.

7. Según esto, no va nuestra profesión tan lejos de imitar a Jesús
como parece que Vuestra Señoría significa; ni hay tanta razón como eso en
quitalle el nombre de Compañía de Jesús, que la Sede Apostólica le dió; si
no es ya porque se atribuya a arrogancia tomar este nombre, como si se
pretendiese dar a entender que las otras religiones no son de Jesús; que a
este tono también podrá Vuestra Señoría poner pleito a los Padres
Dominicos, que se llaman Predicadores, y no por eso se sigue que los otros
son echacuervos; ni porque los Padres de San Francisco se llaman Menores,
se quieren por eso alzar con la humildad evangélica; ni es la Trinidad
para solos los religiosos que se intitulan de ella.

8. No querría ser demasiado con Vuestra Señoría, pero, pues me da
toda entrada, tampoco dejaré de decir al otro punto en que Vuestra Señoría
hace gran fundamento, que es de no profesar nosotros penitencia, y así lo
tiene por negocio violento y no durable el proseguir una religión sin
penitencia; como en efecto, con toda verdad, no se puede conservar el
estado religioso sin penitencia y aflicción del cuerpo. Pero suplico a
Vuestra Señoría que no se persuada que esta nuestra Compañía es tan
enemiga y ajena de esa penitencia; que lo que soy testigo, creo que es tan
usada como donde se profesa por principal. Yo sé si hay disciplina y
cilicio y lo demás. Eso será (dijo el Arzobispo) algún particular. No tan
particular (dije) que no sea el común, y todos los que pueden; que hasta
agora por la divina bondad más han usado los perlados de freno que de
espuelas en esta parte. Bien es verdad que la regla no señala penitencias
o asperezas por obligación a todos. Pero juntamente con eso, no sólo da
lugar a que los particulares las usen, pero en cierta manera les compele a
ello; y con dejarlo a su devoción y a juicio de sus mayores, hace la
penitencia mucho más cierta y provechosa, que si pusieran ura misma tasa
para todos. Porque al que le mandan tener recogimiento cada día, y pensar
en sus pecados y en la vida de Jesucristo Nuestro Señor, y le encomiendan
luego al principio la grande importancia de la penitencia y aflicción de
este cuerpo, cierto sin obligarle le obligan; que no es posible andar en
aquello de veras, sin correr a esotro. Y así se ve y lo muestra asaz la
experiencia. Con esto la doctrina de los mayores y ordinaria cuenta que de
eso se toma como de cosa muy sustancial, no dan lugar a que se tenga por
negocio accesorio, como no lo puede tener ninguno que trate de veras de
oración y de su espiritual aprovechamiento. De donde sale, lo uno el ser
con más fruto interior, por tomarse con espíritu y vivo deseo la
penitencia; lo otro, el no exceder ni aflojar demasiado, no dando a cada
uno sino conforme a su medida. Esto, si Vuestra Señoría manda, yo no lo
tengo por violento ni por cosa caediza, antes si no me engaño, es más
natural y durable. Daré la razón si acertare. De dos vías de aspereza que
una Congregación puede usar, la una es por obligación universal; la otra
es por voluntad y devoción de los particulares. Si la obligación universal
es de gran penitencia y austeridad, los que no cumplen eso que profesa su
regla, o por propia tibieza y flaqueza o por dispensación, naturalmente,
aflojan el fervor y observancia, y hacen que parezca caerse ya la
perfección de su regla, y en efecto, se vaya cayendo; y cuanto más
estrecha es la regla, tanto más se desaniman o desedifican lo que no ven
por obra ese rigor; lo cual, si no yerro yo, debe ser una de las mayores
pérdidas de Congregaciones. Al contrario, no obligando la regla a ese
rigor y austeridad, sin haber dispensaciones ni desedificación en los que
no pueden o no se esfuerzan tanto; los que por su devoción o particular
ordenación del superior hacen eso, dan grande calor y esfuerzo a los
otros, y no se pierde jamás el buen crédito y observancia de su Instituto,
que importa muchísimo. Así que, mirado todo, más conveniente parece y más
durable que la comunidad profese blandura y suavidad, y los particulares
tengan el cuidado de tomar el rigor necesario; que no al revés, que la
regla y comunidad profese grande ejercicio de aspereza y mucha austeridad,
y los particulares se anden buscando cómo eximirse de ese, rigor y cómo
mejor tratarse y regalarse. El Evangelio de Cristo Nuestro Señor poco
señala de exterior, y muy mucho hace; porque principalmente compone el
interior, de donde todo eso nace.

9. Creo que he dado cuenta de lo principal que Vuestra Señoría
propuso. Queda lo de no tener coro y lo otro del despedir; que lo que
Vuestra Señoría dijo de Predicar en aldeas y a gente ignorante, paréceme,
escogidamente; mas no sé yo que haya tanto descuido antes de ordinario se
hace; y yo he visto y aun pasado algunos veranos en eso. A lo menos si hay
cosa que de propósito abrace nuestro Instituto, es el predicar y
administrar a la gente más necesitada; y esto se va haciendo, y no se
sepultan los hombres muy doctos, que Vuestra Señoría dice nos han entrado,
aunque otros dicen que no tenemos sino piedades y poco saber. Y si tratar
de doctrinar la gente ignorante, así en letras como en costumbres, es
abarcar mucho, porque no lo hacen esto así otras religiones; también es
justo se considere que para poder con eso, nos desembarazan de otros
cuidados, como es gobierno de monjas, como es obligaciones de oficios y
coro; y si es mucho lo que tomamos a cargo, tanto más justo es no
cargarnos de coro.

10. Mas parece que Vuestra Señoría tiene esto del coro por cosa
esencial a la religión. Pero no debe ser tan esencial, pues la Orden de
Santo Domingo estuvo cuarenta años, que fué lo mejor de ella, sin coro; y
sabemos que desde el tiempo de los Apóstoles hay religión y votos
monásticos en la Iglesia como consta del sexto capítulo de la Eclesiastica
Hierarchia de San Dionisio; y es argumento notorio el irritarse el
matrimonio no consumado por profesión monástica, y si no viniera de
tradición apostólica, la Iglesia no bastara a deshacer el matrimonio
contraído. Y con ser tan antiguo este estado en la Iglesia santa, leemos
muchos años después el origen de juntarse a esa manera de coro y canto o
salmodia; tanto que San Augustino parece que duda en ese 9 de sus
Confesiones, de la conveniencia de este uso; el cual atribuye en lo
occidental a San Ambrosio. Y si es tan esencial como eso el coro, suplico
a Vuestra Señoría, ¿por qué San Gregorio Papa mandó so pena de anatema,
que en la.Iglesia romana ningún sacerdote, ni aun diácono, cantase o
dijese el oficio en el coro, sino sólo sirviese en el ministerio de la
misa, como parece por expreso decreto suyo, que es el primero de un
concilio romano? Respondió el Arzobispo: Sería eso en tiempo que había
pocos sacerdotes. A esto dije: Los que había, que no eran muy pocos, le
pareció a aquel glorioso Pontífice que no debían ser ocupados en el coro,
porque más libremente vacasen al oficio de predicación y cuidado de
prójimos; ¿y tiene Vuestra Señoría por falta de religión y menoscabo que
donde todo el Instituto y profesión es ayudar a los prójimos; y todos los
que hay, o ejercitan eso, o aprenden para eso, se desocupen de cantar en
el coro para ocuparse en su propio oficio? Pues aun en esotras religiones
los colegiales son relevados del coro y los predicadores y gente ocupada:
acá señor, si se saca ésta, no queda otra que haga eso. De una
congregación de clérigos me acuerdo que habla mucho bien San Augustino en
el Liber de Moribus Ecclesiae catholícae; y, por cierto, que no hallo allí
sino lo que los de esta Compañía profesan y desean cumplir; y no pienso
que el no tener canto o coro deshace la religión, como tampoco allí no
parece que se usaba. En el lugar del coro usamos el ejercicio de
meditación, que no se tiene por de menos utilidad ni menos agradable a
Dios Nuestro Señor.

11. Lo que toca al poder despedir, aunque esté uno incorporado en la
religión, yo confieso a Vuestra Señoría que es el punto más difícil que
aquí hay; pero con esto tengo por cosa cierta que es uno de los mayores
bienes que tiene todo nuestro Instituto. Porque los que son conveniente y
aptos sujetos, con eso se hacen mucho más; y los que no lo son ni lo
quieren ser, con abrilles la puerta dejan de ser perjudiciales a los
demás. Y no sé yo que haya en todo género de gobierno, así político como
natural, así civil como eclesiástico, cosa más necesaria a la conservación
del bien común, que el poder expeler y apartar de sí las partes que, no

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