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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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para mayores trabajos, dió gracias al Señor y dispúsose a vivir por allí
el tiempo que Su Divina Majestad fuese servido; los dos extranjeros que
vinieron con él fueron en el barco a buscar comida a la isla de Cocos,
aquella costa arriba, y no parecieron más. Lo que se entiende fué que
cayeron en manos de indios caribes y se los comieron.

Por las costas de la mar del Sur, camino del Perú

16. Ocho meses en vida de ermitaño.-Después de algunos días que
Lorenzo vivió con el clérigo en el despoblado de aquellas montañas, le
pareció vida ociosa, y se despidió de él y se fué la tierra adentro, hizo
un rancho y en él vida solitaria, viniendo a oir Misa los días de fiesta
donde estaba el clérigo, y le ayudaba Misa y algunas veces confesaba y
raras veces comulgaba.

El orden de su vida era éste. Con un machete que pidió al clérigo
hizo una roza, quemando parte de aquel monte, y en ella sembró su maíz,
que se daba en gran abundancia, y él se ocupaba en cultivarle y cogerle, y
guardábalo para, si Dios aportase por allí algún navío, pagarle con él el
flete y le llevase donde le encaminase su fortuna.

Comía de este maíz tostado y crudo, y pocas veces tenía algunos
cangrejos que cogía con mucho trabajo; bebía de un río, costándole, cada
vez que había de beber, una legua de camino muy agrio, porque no tenía
vasija en que guardar el agua. Vestíase del cañamazo que le dió su amigo
el portugués en Panamá, el cual por muchas partes tenía podrido por las
continuas lluvias de aquella tierra; y así con hojas de árboles cubría su
desnudez, no dejando descubierto el rostro ni las manos por la plaga de
los mosquitos, que era tan cruel, que le tenían hecho una llaga todo lo
que de su cuerpo tenía descubierto, y más parecía monstruo que hombre, y
no le dejaban sosegar de día ni de noche, y algunas veces se rodeaba de
humo para ahuyentarlo de sí y otras se metía en el agua para librarse de
sus crueles mordeduras.

De esta suerte vivió en aquel mente y soledad ocho meses, rezaba por
las mañanas sus devociones y el rosario dos veces cada día, el cual había
hecho de cabuya; sentía en su espíritu gran menosprecio de las cosas del
mundo con que vivía muy contento, y algunas veces tenía unas
consideraciones y sentimientos que no supo declarar cómo eran, aunque las
sabía bien sentir.

En este tiempo oía grandes bramidos el monte adentro; creía que
fuesen toros, y no hallando rastro alguno de estas reses, preguntó al
clérigo qué bramidos eran aquéllos, el cual le dijo con harta pena que
había por aquella tierra gran cantidad de tigres ferocísimos, y que temía
darían con él algún día y haríanle pedazos. No por eso dejó Lorenzo su
choza, y un día, bajando a la playa del mar a coger algunos cangrejos para
comer, cuando menos pensó volvió el rostro y vió cerca de sí un fiero
tigre. Santiguóse y dijo: Jesús sea conmigo; y volviéndose a Nuestro
Señor, le dijo en su corazón: Señor, si yo nascí para ser comido de esta
fiera, cúmplase tu voluntad; ¿quién soy yo, que pueda resistir a lo que tu
ordenas?

Esta manera de oración usaba en los grandes peligros, sin haberla
aprendido de nadie más de que la hallaba en su corazón, y con ella siempre
le libraba Nuestro Señor. Notó Lorenzo que bajaban los tigres a la playa
del mar a pelear con los caimanes y comerlos, y es una de las más fuertes
batallas que hay entre las fieras, porque el caimán tiene gran fuerza y
aprieta fuertemente al tigre con la cola, y éste con extraña ligereza
entra y sale y acomete a su contrario, hiriéndole siempre en estos
encuentros, que al cabo viene a quedar rendido y muerto el caimán, de cuya
sangre se harta hasta más no poder, y también come de la carne cuando la
necesidad del hambre le obliga. También se encaraman estos tigres en los
árboles y aguardan los jabalíes, y al paso saltan sobre los jabalíes, en
quien hacen presa y se los comen.

17. Por las soledades de la selva centroamericana.-Una temporada para
mudar de su ordinario, se entró la montaña adentro, llevando maíz para su
sustento; vió extrañas diferencias de árboles y otras maravillas de la
naturaleza; mas porque oía muchos y grandes bramidos de tigres, que
parecía andaban cerca, le fué forzoso volverse a su rancho al cabo de diez
días.

Daba en aquella tierra una enfermedad de unos gusanos tan delgados
como un cabello, que se metían por la carne sin sentir, que llaman niguas,
y se van hinchando y engrosando más que un dedo, y éstos causan gran
dolor, sin haber remedio de echarlos fuera, si no es que a los principios
se previene el daño; de este mal padecían mucho los negros del clérigo;
mas a Lorenzo fué Nuestro Señor servido que nunca le tocó esta plaga, y
así, aunque con mucho trabajo, se hallaba contento y con firme esperanza
de que Nuestro Señor se acordaría de él y le llevaría a morir entre
cristianos.

Pasando su vida en esta conformidad, sucedió que un barco que había
salido de Panamá con siete hombres que se iban al Perú sin licencia, tuvo
tiempos contrarios, y anduvieron perdidos cuatro meses, y ahora iban la
vuelta de Nicaragua, sin saber la derrota que llevaban, porque el piloto
era poco diestro, y pasando por aquella costa, desde alta mar descubrieron
lumbre en la montaña, que era la que solía hacer Lorenzo para tostar su
maíz o para rozar el monte; y como gente que navegaba tanto tiempo sin
saber de sí, determinaron tomar tierra para informarse en qué paraje
estaban. Saltaron en tierra y en la playa reconocieron huella de español,
y siguiendo el rastro la montaña arriba, vinieron a dar en el rancho de
Lorenzo; espantáronse extrañamente de ver un hombre en aquel traje y
figura; la barba le había crecido más abajo de la cinta; el cabello, como
de un salvaje, crecido y muy descompuesto; vestido y tocado casi todo de
hojas de biaos; el rostro, manos y piernas, todo hinchado y comido de
mosquitos, especialmente las narices y orejas; descalzo y sin abrigo
alguno; él se maravilló de verlos y, como se conocieron de Panamá, se
abrazaron, con muchas lágrimas, y contaron él y ellos sus trabajos y
desastres; y el escribano del barco, que era hombre de más corazón, dijo:
Dios ha ordenado que nos hayamos perdido y aportado aquí para que saquemos
a Lorenzo de esta mala tierra y le llevemos al Perú.

Díjoles Lorenzo cómo tenía cantidad de maíz guardado, que era lo que
ellos más habían menester, porque venían pereciendo de hambre, y
concertando el irse con ellos al Perú, llevólos consigo a despedirse del
buen clérigo, el cual, con muchas lágrimas, abrazó a Lorenzo, y gozoso de
que se le hubiese ofrecido aquella ocasión, de que ninguna esperanza
tenía, aunque muy triste de verse quedar solo, porque no podía él en aquel
barco llevar sus negros y maíz, ni quería dejarlos allí, que era toda su
hacienda.

18. Banderías en la isla de los Cocos.-Hechos a la vela, les dió un
temporal recio, que los arrojó a una isla de Cocos, cerca de Nicaragua;
hallaron en ella más de cuarenta hombres, entre españoles y negros,
ocupados en la fábrica de una nao grande, que hay allí excelente madera
para este género, especialmente cedros muy escogidos; y como traían su
barco casi todo abierto, y hallaron allí fragua y todo recaudo, acordaron
de aderezarlo.

El piloto del barco de Lorenzo era un portugués atronado y colérico,
y sobre no sé qué juego, riñó con el maestre de la nao, y dióle de palos.
Los de la nao, viendo el desacato y sinrazón del portugués, le pusieron en
una cadena con sus grillos y les tomaron el timón y las velas del barco,
amenazándoles no habían de salir de la isla y que los habían de castigar
como a fugitivos que iban sin licencia. De esto resultó una gran pendencia
entre los unos y los otros, porque el escribano del barco era hombre
resuelto y dijo le habían de soltar su piloto, y Lorenzo y otro compañero
cobraron el timón y las velas, aunque Lorenzo no se había hallado en la
refriega, porque estaba en una ermita, donde pasaba recogido lo más del
día.

En esto acudieron los de la nao con los negros contra el escribano y
comenzaron a tirarles unas lanzas pequeñas, con que, herido, le derribaron
en tierra. Viéndole caído Lorenzo, dejó las velas y timón que llevaba y
acudió a socorrerle, diciendo a voces que dónde se usaba una maldad como
aquélla, matar a un cristiano como si fuera un alarbe, y bajándose a
levantar del suelo al herido, a este tiempo le tiraron un dardo, que hirió
a Lorenzo por las costillas del lado derecho, metiendo el hierro en el
cuerpo hasta apuntar al otro lado.

Sintiéndose herido de muerte y hallándose solo y sin remedio, procuró
con las dos manos sacar el hierro del dardo, y yéndose a la sombra de un

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