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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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as
andas, porque se usaba mucho allí el morir, que es tierra muy enferma, y
en particular para forasteros.

Y no le pareciendo bien detenerse allí, acordó pasar a Panamá con un
compañero, hombre de bien, llamado Pedro de Aguilar, sin miedo ninguno de
los cimarrones, aunque todos se le ponían; y él decía que, si le topasen,
antes le habían de dar de comer a él y a su compañero, que no tomarles
nada, y así se fueron a pie y sin otro matalotaje más que un poco de
bizcocho.

Cerca de la venta de la Quebrada les salieron los negros con sus
lanzas y ballestas, como ellos usan, y había poco mataron unos pasajeros
por robarlos. Lorenzo se llegó a ellos sin miedo, no sabiendo que aquéllos
eran los cimarrones, y con mucho contento les preguntó el camino, y
diciendo ellos qué llevaba, sacó de la capilla de su capa bizcocho y
convidó con él al más viejo, que era el capitán; y los negros, vista su
simplicidad, se rieron y hablaron entre sí su jerigonza, y no sólo no le
hicieron mal, pero lo ofrecieron del pescado que traían. Y él les preguntó
por su pueblo, que era Ballano, y dijo se quería ir con ellos, y entonces
le desengañaron que en su pueblo no había español ninguno, y que
prosiguiese su camino para Panamá, y le dieron que le guiasen dos negros
valientes para pasarle el río, que venía crecidísimo.

Y aunque Lorenzo y su compañero sabían bien nadar, mas no pudieran
atinar con el paso donde habían de salir, por ser todo arcabuco y montaña
tan cerrada, como sabemos los que lo habemos pasado. Dábales el agua a los
pechos por el río, y si no fuera por las guías que les dió el capitán, sin
duda se perdieran. De modo, que los que a otros suelen saltear y quitar la
vida, a Lorenzo, por su buena fe, se la dieron, y así se maravillaban
después todos los españoles de la humanidad que con ellos habían usado, y
él se maravillaba también que aquéllos fuesen los cimarrones tan temidos.

13. En la doctrina o pueblo de Cepo.-Cuando entró a Panamá, llegó
todo su caudal a real y medio, y hallando el otro compañero un amigo con
quien se acomodar, Lorenzo se fué al hospital, bien mojado y destrozado de
aquel penoso camino, aunque corto.

Detúvose algunos días en Panamá buscando en qué ocuparse, y no lo
hallando, por ser toda tierra de mercaderes y marineros, al cabo se topó
con un clérigo que le llevó consigo a una doctrina que tenía en Cepo, diez
y ocho leguas de Panamá; allí se estuvo dos meses aficionado al trabajo
del campo, y comenzó a entender en unas labranzas y rozas, y andando un
día por aquella montaña, se le hincó una caña muy aguda que le pasó una
pantorrilla, y viendo que se le hinchaba mucho y hacía cantidad de
materia, se vino a Panamá a curar, y trujo el camino a pie por no haber
mejor comodidad, con grande dolor de la pierna y corriendo sangre todo el
camino; pero, a su parecer, con el andar se mitigaba el dolor y así andaba
sin parar.

Entrando en el hospital con licencia del deán, se curó y pasó mucho
trabajo de cauterios de fuego y otros tormentos, al cabo de lo cual le
conoció un portugués de junto a su tierra, y le regaló y acomodó de
algunas cosas de que tenía allí tienda; y después, el oidor Villalta,
visitador del hospital, pareciéndole hombre de bien, se encargó de él y le
llevó a su casa a convalecer, donde él y su mujer, que eran personas de
caridad, le regalaron, y el oidor le procuró pasar el Perú, viendo su
necesidad y bondad, y al cabo no pudo por contradecirlo los demás oidores.

14. Naufragio en la costa de Panamá.-Descontento se hallaba Lorenzo
en Panamá, y viendo que no podía pasar al Perú, trató de irse a una isla
de aquellas a hacer vida en el campo, que gustaba más de ella, aunque la
tenía muy acomodada.

Con este pensamiento, un día en la playa vió dos marineros
extranjeros que aderezaban un barco para salir a la mar, y preguntándoles
a dónde iban, dijeron que a una isla no muy lejos de allí, y que le
llevarían consigo de buena gana si quería ir con ellos. El buen Lorenzo,
sin más averiguación, se determinó ir con ellos, no bastando aquel
portugués su amigo a detenerle. Al fin le dió mucho matalotaje para el
camino y muchas varas de cañamazo para defenderse de los mosquitos.

Era el viaje de aquel barco muy diferente del que a Lorenzo le habían
dicho aquellos extranjeros, porque habían de ir la costa arriba la vuelta
de Nicaragua. Y pasó así que unos negros, como trece o catorce, que
estaban lavando oro en Veragua, a la mar del norte, por un insulto que
hicieron, se alzaron contra el maestre, y pasada la cordillera dieron en
el mar del sur, y allí hicieron unos buhíos y galpones y sus sementeras y
rozas de maíz,. de que cogieron cantidad excesiva, porque se da con
abundancia en aquella tierra.

Avisaron a su amo, que era un clérigo que residía en Nata, que es en
la misma costa hacia Panamá; y el clérigo, con la codicia de no perder sus
negros, compró un barco pequeño y con estos dos correos marineros se fué
donde sus negros estaban poblados, y de allí envió el barco a Panamá,
entre otras cosas, por vino y hostias para decir misa en una capilla que
tenía hecha.

Con esta ocasión volvía aquel barco al tiempo que Lorenzo entró en
él, y siguiendo su viaje sobrevínoles un recio temporal; como el barco era
ruin, con solos dos marineros que apenas entendían de marear, ni llevaban
aguja, anduvieron perdidos dos meses, siendo camino de quince días y
menos, con que se les acabó todo el matalotaje que Lorenzo había metido, y
pasaron grande necesidad, sin tener qué comer ni beber, cogían algún
marisco para sustentarse.

Estuvieron surtos quince días en una isla; comían iguanas, pero no
tenían agua, hasta que hallaron una peña que en la menguante del mar se
quedaba con alguna agua, que, aunque salada, podía beberse. Yen otra isla
estuvieron ocho días, hallaron ovos, fruta de las Indias y ostiones.

Otra vez surgieron en una costa de Tierra Firme, y entrando en el
monte hallaron puercos jabalíes; cazábanlos encaramándose en los árboles,
hiriéndolos con una espada enastada. Y no les era dificultosa esta
montería, porque en viendo los jabalíes alguno de sus compañeros herido,
lo acababan de matar, y luego lo dejaban, con que ninguno después de
herido se les perdía. De la carne de estos jabalíes hicieron tasajos, para
proseguir su viaje; pero como eran poco diestros y no llevaban aguja,
sucedió, al cabo de mucho tiempo que andaban perdidos, hallarse muy
metidos a la mar, sin saber poco ni mucho dónde iban, y así acordaron
volver la proa a tierra y tomar cualquiera que fuese y dejar tan peligrosa
y molesta navegación.

15. Con un clérigo en tierras de Nata.-Día de la Natividad de Nuestra
Señora reconocieron la primera tierra que vieron, y era la misma donde
estaba el clérigo que buscaban, con que grandemente se regocijaron. No fué
menor el gozo que aquel buen clérigo sintió cuando vió su barco, que lo
tenía por perdido muchos días había, y mucho más cuando vió a Lorenzo, por
tener consigo a un español, y así le abrazó llorando de placer.

Era este clérigo un viejo venerable, con barba y cabello largo, como
era forzoso tenerlo en aquel desierto. Tenía una capilla en que decía
misa, y lo demás estábase metido en un buhío cercado de mucho humo por
defensa de los mosquitos, que eran infinitos, plaga allí muy insufrible;
su comida era algún maíz molido y algún poco de marisco, de que repartió
con Lorenzo con mucho gusto.

Al cabo de pocos días sucedió un temblor de tierra espantoso que duró
continuamente diez y ocho días, con que se trastornaron muchos cerros y
aparecieron lagunas donde se cerraba la corriente de los ríos; y como toda
aquella tierra era montaña espesísima de muy altos árboles, fué grande el
espanto que causó la multitud de ellos que cayeron con la violencia del
temblor, y se vió Lorenzo y los que con él estaban en grande peligro de
que les cogiesen debajo; y así le sucedió algunas veces valerse de los
pies para huir del árbol que, cerca de él, venía cayendo a tierra.

En fin, cayendo muchos en contorno de él, fué Dios servido que
ninguno le ofendiese; informándose Lorenzo del clérigo de la calidad de
aquella tierra, se halló muy atajado, porque estada entre dos ríos
grandes, que el uno no se podía pasar a nado, por su arrebatada corriente,
y a la una banda tenía indios caribes, que se comían los hombres, y a la
otra, una montaña espesísima sin término ni fin que se le supiese. En toda
aquella costa no había puerto alguno ni pasaba por allí navío, si acaso no
venía de Guatimala a Nueva España; pueblo de españoles ni indios amigos no
lo había.

Como se vido de todas partes atajado y que le había Dios llevado allí

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