de las hambres y malas comidas. Desta pimienta había muchísima en aquel
valle, de que los españoles no habían tenido noticia hasta entonces;
después usaron mucho de ella, como de especia, y aun la misma hoja echada
en la olla y en los guisados les da muy buen color y sabor apacible.
Topó después guayabas, aunque silvestres, y muchos mameyes, que es
fruta estimada en Indias, que tiene el tamaño y hechura mayor que grandes
melocotones y tiene dos huesos grandes dentro. De la carne de éstos hacen
en la isla conserva, como mermelada.
Vió también algunos puercos, como los de España, hechos monteses, y
no huían, como no habían visto gente; de éstos comía, matándolos con un
cuchillo que le había quedado, el cual ató a una vara y con él los hería y
dejaba desangrar hasta que caían muertos; y fregando unos palos secos con
otros, encendía lumbre y asaba esta carne y comía lo que le parecía.
9. Nuevos trabajos entre bosques y montañas.-A la salida del valle
había una alta sierra, y subiendo a ella Lorenzo, y pretendiendo pasarla,
fué entrando en una montaña muy cerrada y estrecha que, al cabo de un
trecho, vino a perder el cielo de vista, y la tierra también, porque la
grandeza de los árboles y espesura de las matas poco ni mucho le dejaban
descubrir el campo ni suelo; anduvo de esta manera de árbol en árbol y de
mata en mata, como media legua, sin ver sol ni tierra, y por no perder el
tino de la que pretendía pasar, se subía en la cumbre de algún árbol muy
alto y desde allí atalayaba y marcaba su derrota y caminaba por aquel tino
hasta que le perdía y volvía después a marcarla con la misma traza.
En esta montaña llegó a un helechal de infinitos helechos que, como
se secaban unos y nacían otros, estaba el suelo tan enredado de ellos, que
no sentaba el pie en cosa maciza. La sed que en esta montaña pasó fué
excesiva, para cuyo remedio subía a unos árboles muy altos y, en el
cóncavo donde salen las ramas, hallaba recogida alguna poca de agua o
rocío, y otras veces lamía y chupaba las piedras.
Pero, para abrir camino por los helechos que dije acordó hacer fuego
y quemarlos, el cual prendió de manera, por estar la materia seca y ser
muchos, que se quemaron grandísimos campos y cerros en ocho días que duró
la fuerza del fuego.
Viéndose Lorenzo en gran peligro de ser abrasado, porque se extendió
por todas partes, el remedio que tomó fué meterse en una laguna de agua
que topó, y aun allí pensó ser ahogado del humo. Mirando después el
estrago que el fuego había hecho, vió quemada una culebra más gruesa que
el muslo y de más de veinte pies de largo.
Porfiando a salir de aquella montaña, se vió tan perdido, que acordó
volver atrás y dió la vuelta por lo mismo que había quemado, hasta que se
volvió a perder, y hallándose tristísimo por no ver cielo ni tierra, ni
saber qué camino llevaba para salir de aquella tan terrible montaña,
descubrió un árbol altísimo; era de la casta de ceibas, de que usan los
indios para hacer canoas, que son unos barcos de una pieza, cavados como
artesas.
A este árbol subió como pudo, con harto trabajo, en que tardó más de
hora y media por estar muy debilitado. Cuando llegó a lo alto, había en el
remate y copa de él un asiento anchuroso hecho de tres ramas; allí pensó
Lorenzo sentarse y descansar de su trabajo, porque iba cansadísimo, cuando
vió una fiera y disforme culebra enroscada, durmiendo, que tenía allí su
nido. Fué terrible el espanto que recibió de este espectáculo, y mucho
mayor el miedo, que si le sentía aquella bestia, le había de hacer mil
pedazos, y así alzó los ojos Lorenzo al su Criador y, encomendándose a su
misericordia, le pidió le librase de aquel peligro, y se fué bajando con
mucho tiento.
10. Vuelve, por fin, a poblado.-Desde la altura de este árbol pudo
descubrir el contorno de aquella tierra, y al tino fué a salir al mismo
valle que he dicho, aunque por parte diferente, de donde tornó a descubrir
el río que dejo referido, y en él vió unas como pedrezuelas que
relumbraban maravillosamente y no conociendo lo que eran (aunque a él se
le daba poco de cualquier riqueza temporal), todavía quiso ver qué cosa
era, y guardó algunas de extraña hermosura y lustre; unas eran muy
coloradas, otras muy blancas; algunos que después las vieron, dijeron que
eran rubíes y diamantes; otros dijeron que no eran piedras finas; en
efecto, él no curó de averiguarlo, ni se le dió mucho por ellas.
Ya en este paraje se había acabado la montaña y todo era zabanas o
prados, sin árbol ni sombra alguna, y como el sol era grande, ardía el
campo reciamente, y así le era forzoso caminar de noche, y de día buscar
alguna yerba más crecida en que echarse y pasar el calor, corto refrigerio
para tan grande trabajo.
Después de largo tiempo vió unas vacas, y en tras un buhío, de donde
salió un perrillo a ladrarle, que no le alegró menos que si fuera la voz
de un ángel. Llegó a la choza y halló una negra vieja, que el negro
vaquero era ido al campo; ésta le consoló y regaló y le dió noticia cómo
el gobernador había enviado en su busca, porque no se perdiese, que, en
efecto lo quería bien; y así hubo orden como llevarle a Jamaica, que
estaba cuarenta leguas de allí, habiendo gastado muchos meses en esta
peregrinación y rodeo desde que salió huyendo de ella con los otros dos
compañeros, por las razones dichas.
En Tierra Firme. Nombre de Dios y Panamá
11. Salida de la isla de Jamaica.-Vuelto a Jamaica descontento de
aquella tierra, aunque era bien regalado y tenía lo que había menester,
trató muy de veras de volverse a España, y para esto alcanzó licencia del
gobernador don Manrique de Rojas, ya que él se venía a España, dejando por
teniente de gobernador a un Pedro de Castro Avendaño. Y viniendo Lorenzo
la vuelta de España, tuvo algunas tormentas, de suerte que hubo de arribar
a Jamaica; y yéndose a una casa de campo donde estaba el teniente, fué en
lo exterior bien recibido, aunque en su corazón le armaba la muerte.
Porque, habiendo partido Lorenzo de la isla, no faltó quien le levantó un
falso testimonio en materia grave, por excusar al verdadero culpado, de
que había hecho una maldad con una señora principal; lo cual, creído por
el Pedro de Castro, teniente de gobernador, dijo que, si Lorenzo no se
hubiera ido, le había de hacer cuartos.
En estos pensamientos le halló cuando volvió a la isla, muy seguro de
la traición que contra él se había urdido; la cual viniendo a su noticia,
el propio se fué al teniente, y con mucha determinación le dijo: «Señor,
yo vengo a pediros justicia, y quiero que me echéis dos pares de grillos y
hagáis información de mí, y si halláredes ser verdad lo que de mí os han
dicho, me quitéis luego la vida, y si fuere falso, me estituyáis mi honra
y que tal señora no la pierda por mi ocasión.» Fué tan grande la fuerza de
la verdad y de la inocencia de Lorenzo, que, convencido de ella el
teniente, le dijo: «Creo que es falso testimonio el que os han levantado;
no tengo que hacer más información, que lo que he oído de vos me basta.»
Sin embargo, Lorenzo, del gran pesar de la maldad que le había
achacado (cosa muy usada en Indias), adoleció gravemente, y en sintiéndose
con alguna mejoría, se fletó para Nueva España, y la noche que había de
embarcarse, recayó de una recia calentura, y el navío se hizo a la vela
sin él, el cual, con cuantos en él iban, con un furioso norte, como
después se supo, dió al través en costa de Caribe sobre Veragua, donde se
perdieron.
Después tocó allí otro navío que iba a Tierra Firme, donde deseó
mucho Lorenzo embarcarse por venir al Perú; y ya que estaba concertado y
metido el matalotaje, sucedió la noche que había de embarcarse, por no sé
qué ocasión, irse el navío y quedarse él, con harto dolor suyo, teniéndose
por desgraciado, pues nunca se lo concertaba salir de aquella isla.
Después supo la misericordia que Nuestro Señor usó con él, porque aquella
carabela, con un recio temporal, dió en unas bajos, donde se hizo mil
pedazos y perecieron todos, si no fueron tres; el uno de ellos fué un
negro piloto, que volvió en otro viaje a la isla y le contó el suceso.
12. Negros cimarrones en el istmo de Panamá.-En fin, se consoló, y el
suegro del gobernador le acomodó en una fragata nueva suya que enviaba con
cazave a Tierra Firme. Llegó con buen tiempo a Nombre de Dios, donde luego
que saltó en tierra se fué a la iglesia y vió gente del Perú, que tanto
había oído nombrar, y entre otros un capitán muy bizarro y valiente, al
cual dentro de tres días le topó, que le llevaban a enterrar en un















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