setenta y dos, vi en nuestro Colegio de Lima un Hermano Coadjutor, de cuya
modestia, silencio y perpetuo trabajar me edifiqué mucho, y tratándole
más, entendí de él ser hombre de mucha penitencia y oración, de la cual
comunicó conmigo algunas veces. Y oyendo decir a otros, que aquel Hermano
antes de ser de la Compañía, se había visto en grandes y varios peligros,
de que Nuestro Señor le había librado, procuré entender más en particular
sus cosas.
El hombre era de pocas palabras y así por algún rodeo le saqué alguna
noticia, pero poca y sin concierto. Al cabo de unos años, haciendo oficio
de Provincial, le apercibí que deseaba me contase su vida, para advertirle
lo que yo sentía le estuviese bien. Y no entendiendo Bartolomé Lorenzo
(que este era su nombre) mi fin, y por obedecer al Superior, me fué
refiriendo algunos días su peregrinación, y yo apuntándola después
brevemente.
De estos apuntamientos hice la relación que se sigue, sin añadir cosa
alguna, antes dejando muchas, que a él entonces no se le acordaron o que
de propósito quiso callar. De la certidumbre de lo que aquí refiero, no
dudo, ni dudará nadie que conociere la verdad y simplicidad de este
Hermano.
Parecióme enderezar a V. P. esta relación, pues el que la escribe, y
de quien se escribe, son hijos de V. P. y ambos se encomiendan en los
santos sacrificios y oraciones de V. P. aunque Lorenzo hasta el día de hoy
no sabe que esto se haya escrito. De Lima, a ocho de mayo de mil y
quinientos y ochenta y seis.
De V. P. hijo y siervo indigno, Josef de Acosta.
Peregrinación de Bartolomé Lorenzo, antes de entrar en la Compañía
Dos años en la Isla Española
1. Su patria y ocasión de pasar a las Indias.-Bartolomé Lorenzo, de
nación portugués, natural de un pueblo pequeño llamado la Laguna de
Navarro, en Algarbe, junto al cabo de San Vicente, siendo de veinte, o de
veinte y dos años, salió de su tierra para las Indias, por una desgracia
en que un hombre fué afrentado y aunque en el efecto él no tenía culpa,
había contra él algunos indicios: y su padre que se llamaba Vicente
Lorenzo, por quitarle de la justicia, le hizo embarcar en un navío que
pasaba a las Indias, ayudándole lo mejor que pudo y dándole algún dinero
con que pasar su viaje.
Salió el navío del puerto de Villa nueva con intento de ir a cargar
en la isla Española de corambre, dióles un fuerte temporal y tras éste
otro, que los llevó a Fuerteventura, isla de las Canarias, y más adelante
otro más recio, que dió con ellos en una isla despoblada y de peligrosos
bajíos, en la cual (que se llamaba de los Carneros), surgieron, y saltando
en tierra el piloto y Lorenzo y otros dos, cuando volvieron a poco rato,
no hallaron el navío, porque el maestre, sobreviniendo buen tiempo, quiso
gozar de él y salir de aquellos bajíos, y así, sin esperar a los que
estaban en tierra, se hizo a la vela.
Causóles gran turbación no hallar el navío, por ser la isla sin agua
dulce, aunque tenía gran cantidad de ganado de cabras y ovejas. En fin
fueron en el batel entre aquellas islas, hasta que dieron vista a la nao,
que los estaba esperando, donde se embarcaron y con buen tiempo surgieron
en Cabo Verde, donde habían de comprar cantidad de negros para la Española
para trocarlos por cueros.
2. Detención en la isla de Cabo Verde.-En el Cabo Verde, como la
tierra es calurosa y enferma, aunque el Obispo regaló a Bartolomé Lorenzo,
enfermó gravemente de calenturas y cámaras, de que llegó a extremo que en
algunos días no comió bocado. Túvose por acabado y escribió a su padre,
cómo quedaba en las manos de la muerte, que no cuidase más de saber de él,
sino de hacer bien su alma.
Estando así, dejado de todos, sin esperanza de vida, entró en su
aposento una mujer; ésta no sabe quién fuese o no lo quiso decir, más que
antes, ni después, nunca la vió; la cual le dió una alcarraza muy grande
de agua y le mandó bebiese hasta más no poder, y con ser cosa notoria en
aquella isla que los que beben con cámaras, mueren sin remedio, Lorenzo,
habiendo bebido muy a su gusto, le sobrevino un sueño que le duró veinte y
cuatro horas y después de ellas, le despertó uno que entró a ver si era
muerto, y le halló sin hastío ninguno y con buena gana de comer; y así lo
pidió y luego se levantó tan bueno, que pudo ir con mucho aliento a
embarcarse para pasar su viaje a Santo Domingo, en que tuvieron grande
tormenta y maretas, que andaba Lorenzo en el navío con el agua hasta la
cinta.
3. En manos de piratas franceses.-Tomaron la isla Española por la
banda del Norte y dieron fondo en Montecristi, donde cayeron en manos de
tres navíos de franceses, luteranos piratas. Fueron presos los portugueses
y con ellos Lorenzo, y muy maltratados de los luteranos, llamándolos
papistas y levantando en alto pedazos de cazave, haciendo burla del
sacrosanto misterio de la Hostia, y a Lorenzo, porque le hallaron un
rosario, le dieron muchos golpes y puntillazos y, en fin, se resolvieron
en matarlos.
Llegó a la sazón otra nao grande de cosarios franceses, que venían
del Brasil, en que venía un capitán principal a quien todos obedecían, el
cual mandó traer a su nao los portugueses presos; y por ser católico y muy
humano, los trató bien y echó libres en tierra, lo cual hicieron a su
pesar los luteranos.
Había una legua de las naos a tierra, y en el camino estos herejes
los echaron al mar, rabiosos de que les quitaron la presa. Fué Dios
servido que escaparon a nado, y entre ellos Lorenzo, aunque con más
trabajo, porque le echaron de golpe en el agua y se hundió mucho, y estaba
cargado de ropa. De los portugueses murió uno en tierra, a quien Lorenzo
enterró en una ermita.
4. En Concepción de la Vega.-Quedándose, pues, en la isla Española,
como su padre le había ordenado, fué de Montecristi a la ciudad de la
Vega, con harto trabajo, donde enfermó gravemente de calenturas que le
duraron nueve meses, sin arrostrar las comidas de la tierra, en particular
el cazave, que tan seco y desabrido es. Convalescido pasó a Santo Domingo,
donde enfermó otra vez, y habiendo mejorado, empleó un poco de oro en
algunas cosillas para la Vega.
A la vuelta, la recua de los negros le perdió todo lo que llevaba y
enfermó tercera vez en Santiago de la Vega, otra ciudad de aquella isla,
que hoy está despoblada y arruinada de los terremotos. En esta enfermedad
le dió Nuestro Señor aborrecimiento de hacienda y deseo de soledad; y, ya
convalecido, como él se había criado en el campo, le cansaba el trato y
bullicio de la gente. Salíase muchas veces al campo, donde se estaba solo
con particular gusto.
Un día yendo un amigo suyo a cazar puercos para comer, que hay
innumerables alzados al monte, fué Lorenzo con él a caballo, con una
desjarretadera y cuchillo, y hallando una gran manada de puercos,
entráronse por el monte, que allá dicen arcabuco, donde por la espesura y
matorrales se apearon de los caballos para seguir la caza. Los perros
dieron en ella, y algunos de ellos saliendo a lo raso, se cebaron en
acosar un bravísimo toro que andaba en una zabana o prado. Siguiéndolos
Lorenzo, pensando batían la caza, se halló cerca del toro inopinadamente,
y viéndose sin remedio le pareció más seguro esperarle que huir, y el toro
que era feroz, se vino como un león para Lorenzo, el cual le hizo rostro
con la desjarretadera y fué tan dichosa su suerte, ayudado de Nuestro
Señor, que le metió el hierro por la espaldilla, dejándole muerto a sus
pies, si bien Lorenzo no lo echó de ver luego, porque apenas le acometió
cuando soltando el asta, dió a huir cuanto le fué posible, y viendo que el
toro no le seguía, volvió el rostro y vió a su contrario tendido en el
suelo. El compañero a cabo de rato, cuando se juntó con él, quedó admirado
del peligro de que le había librado Nuestro Señor.
Otra vez, pretendiendo romper por un monte muy cerrado, se recostó
sobre un gran tronco de árbol que estaba atravesado en el camino, y
después reconoció que era una grandísima culebra, que las hay de inmensa
grandeza en aquellas montanas.
5. Hacia las minas de la Española.-En esta ocasión tuvo noticia iba a
unas minas un hombre de bien: concertó de irse con él sólo por vivir
apartado de la comunicación de los poblados. A pocas jornadas perdieron
los dos el camino, de suerte que no sabían dónde estaban, ni hacia donde
habían de caminar. Esta fué la primera vez que Lorenzo anduvo perdido por
los caminos. Había muchos cerros, arroyos y quebradas, y mucha espesura de
matas y bosques muy cerrados; andaban fuera de tino, sin otra guía que
seguir el norte, cuando le descubrían, que muchas veces se les ocultaba
con la altura de los árboles y sierras fragosísimas; comían lo que
hallaban, que no les faltaban naranjas, cidras y limones, que con no ser















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