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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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lícito, y atajando muchos pleitos y pasiones por este medio. Hace mucho
efecto el predicarse en la plaza, un día en la semana, destas materias de
contratos y restituciones. Las confesiones y comuniones y otras obras
pías, no sé yo que en este reino se frecuenten en otra parte más, con ser
Potosí la Babilonia del Pirú, donde ningún uso ni memoria había destas
cosas. Es grande la suma de la gente que acude a aquel cerro, y todos muy
ocupados, unos con los metales que sacan y benefician del cerro con sus
ingenios, otros en los azogues, otros en el rescate de la coca y otros en
la ropa que se tray a Potosí. Y porque se entienda la grosedad de aquel
asiento, diré lo que de cierto supe de los oficiales reales, que en sólo
este año se habían sacado de quintos reales setecientos mil castellanos,
que paresce cosa increíble y es verdadera. Conforme a esto, podrá V. P.
ver la necesidad que hay de doctrina, donde las contrataciones son tantas
y tan gruesas.

En los indios no es menor la devoción para con la Compañía, ni el
fruto que se hace con los sermones que se les predican en las plazas y en
las iglesias y en las procesiones y doctrina cristiana que se les enseña.
Viene gran número a las confesiones y no se les puede dar recaudo a la
décima parte, aunque agora con los Padres que han ido de nuevo, que saben
ambas lenguas, quichua y aymará, podrán ser mucho más ayudados y
consolados. Y tienen también su disciplina muchos dellos y ocúpanse en
obras pías, señaladamente cuando se ven enfermos, llaman con mucha
instancia al Padre teatino, que ellos dicen, y se ven en sus muertes
notables muestras de devoción y fée, y aunque no ha faltado quien les
predique en su lengua, divirtiéndolos, de la devoción de la Compañía, lo
que han sacado ha sido frecuentarla más doblado que antes.

Arequipa.-A Arequipa se han hecho este año pasado dos misiones: la
una fué de dos Padres y un Hermano, antes de cuaresma, y el un Padre
predicaba y confesaba a los españoles: el otro, a los indios; lo cual se
hizo con edificación y fruto el tiempo que allí estuvieron, que fueron más
de dos meses. Pasada la cuaresma, el un Padre con un Hermano salieron a
hacer una misión a los indios, de que se sirvió Dios Nuestro Señor. Fueron
primero a un valle que se llama Puchomayo, donde hay muchas heredades y
españoles y mestizos y negros; allí dijo la doctrina el Hermano Casasola,
y el Padre Agustín Sánchez confesó y comulgó algunos que los estaban
esperando. De allí fueron a otro valle que se dice Víctor, y aunque había
bien que hacer, pararon poco tiempo en él; fueron a otro que se dice
Lucana, donde los recibieron y hicieron mucho regalo; éste es un valle el
más necesitado de doctrina, que haya visto el Padre en esta tierra y en
todo lo que en ella ha andado; en él están muchas estancias de heredades
de viñas y trigo, y mucha gente, así mestizos como negros, y muchos más
indios. Un pueblo está en este valle media legua desta estancia, que se
dice Pampamiro, donde hay más de doscientas casas de indios con una buena
iglesia, sin otros muchos indios al contorno, y está tan desamparado todo
este valle, que por verdad se supo de los españoles, mestizos, negros e
indios, haber pasado dos años sin que se dijese misa en la iglesia, ni
ellos haberla oído, ni haberse confesado, y muchos dellos ni aun en toda
su vida, y en este tiempo los niños morían sin bautismo, y todos los demás
sin confesión. Aquí se detuvo el Padre, aunque poco, y confesó todos los
enfermos, y el Hermano dijo la doctrina, allegándose todos con grande
afición, y viendo que no se detenían allí, los indios, por oír la doctrina
y por confesarse, siguieron a los nuestros con tanta importunidad, que no
los podían despedir de sí; y no solamente los indios, pero también morenos
y españoles los iban siguiendo de una jornada a otra, por no poderse
detener, y donde parase a hacer noche, confesaban los que podían y
consolaban a los demás, ofreciendo de volver más despacio, pero ellos se
despedían con tanto sentimiento y pena, como quien se veía sin amparo ni
esperanza de Él, porque en treinta leguas que duró el caminar así no se
halló sacerdote ni hombres que enseñase la doctrina cristiana, ni aun
supiese para sí lo que era obligado. Es este camino muy trabajoso, de
cuestas intolerables y calores excesivos, y de un valle a otro no hay gota
de agua.

Llegaron a otro valle que se dice Pitay, donde había ocho meses que
aquellos españoles y negros y indios no habían oído misa; díjose la
doctrina y misa y confesóse y comulgó aquella gente; era tanta la alegría
de ver Padres de la Compañía por aquella tierra, que los salían a recibir
gran rato antes de los pueblos y valles, y tenían hechos grandes enramadas
y arcos en las partes por donde habían de pasar, y aunque fuesen de paso,
siempre se decía la doctrina y se llegaba a oilla mucha gente. Finalmente,
llegaron diez leguas del repartimiento de Pampacolca, que es donde la
obediencia los enviaba; allí estaban aguardando treinta o cuarenta indios
y dos o tres caciques con muchos regalos de fruta, pan y vino, y mucho
pescado por ser viernes, y de allí fueron acompañados con gran fuerza de
gente, que se iba llegando, a un pueblo seis leguas de allí. Se les hizo
un gran recibimiento por el curaca principal y por otros que habían venido
de alrededor, y así los llevaron al pueblo de Pampacolca, donde fueron
recibidos con grande alegría y devoción de todo el pueblo, que los niños y
viejos y viejas salían diciendo muchas exclamaciones, diciendo unos a
otros: Ya viene nuestro Padre, ya no tenemos que temer; que el sacerdote
que estaba allí comenzó a no gustar de tantas fiestas, y así al día
siguiente se partió para el Cuzco, donde había de ir, aunque no tan
presto, de que los indios no recibieron poco contentamiento. Fué Nuestro
Señor servido que llegasen el Padre y Hermano a tiempo de grande
necesidad, porque había dado una manera de pestilencia, de que enfermaban
y morían muchos, y murieran sin confesión si el Padre no hubiera ido,
porque el sacerdote de allí estaba de partida del Cuzco, y así en confesar
enfermos y ayudar a morir, hubo a la continua bien en qué entender. Viendo
que la mortandad iba muy adelante ordenó el Padre una procesión muy
solemne, la cual el pueblo todo y los de la comarca hicieron con gran
devoción en reverencia de la santa Cruz, en cuyo día se hacía; y de allí
adelante fué Nuestro Señor servido, que murieron muy pocos o casi
ningunos; mas todavía enfermaban muchos, y por eso a cabo de algunos días
fué el Padre a todo el pueblo y les hizo una plática, en que les persuadía
que se convirtiesen a Dios y se confesasen, especialmente los curacas y
fiscales principales, y que se repartiese limosna cada día a los pobres y
enfermos, y así se hizo lo uno y lo otro, dando los curacas mucha harina
para amasarse pan y muchos carneros en cantidad de la comunidad, lo cual
se repartió a los que tenían necesidad, y juntamente se ordenó una
procesión mucho más solemne que la primera, y se hizo con gran devoción de
todo el pueblo, porque había dicho el Padre que, si con fée verdadera lo
pidiese a Dios, se lo concedería. El tiempo que estuvieron en Pampacolca
guardaban este orden: por la mañana, una hora antes de salir el sol,
tañían a la doctrina, y juntábase todo el pueblo con los dos curacas
principales y todos oían la doctrina una hora, la cual acabada se iban los
indios labradores, que llaman atunrunas, y quedaban los desocupados; otra
hora después, se proseguía la doctrina con los niños y niñas, viejos y
viejas, hasta mediodía; a la tarde tornaban a tañer una hora antes de
ponerse el sol, y juntábase otra vez todo el pueblo, y estaban otra hora
aprendiendo la doctrina, y cada día se hacía procesión particular. Los
cantares que enseñaban a los niños en su lengua y la nuestra tomaban todos
con mucho gusto, y en las chácaras y en sus casas y en los caminos no se
oía cantar otra cosa, y algunos cantores que había allí muy diestros los
ponían en canto de órgano y cantaban en las misas y procesiones el
catecismo; fué cosa maravillosa cómo lo tomaron casi todos de coro, y
cuando los Padres iban a pueblos de alrededor a confesar, oían a los
indios en el campo, haciendo sus labores decir el catecismo, preguntando
unos y respondiendo otros, y cuando volvían al pueblo salíanlos a recibir
gran trecho, diciendo la doctrina y cantares que habían aprendido.

Estuvieron en este pueblo de Pampacolca, que será de ochocientos y
cincuenta vecinos, como dos meses, al cabo de los cuales llegó la
obediencia que fuesen al Cuzco, y sabido esto por los indios, parecía un
juicio vellos unos con otros rogando a los Padres que no se fuesen, y
diciéndoles que agora que sabían qué cosa era Dios, y comenzaban a ser
cristianos, se iban y los dejaban; otros decían: estos Padres no buscan

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