grande el sentimiento que los indios hicieron, viniendo a nuestro colegio
llorando, y quejándose que tan presto los dejábamos, y declarándoles cómo
no les dejábamos por nuestra voluntad, sino porque no nos daban lugar en
las perroquias, ellos dijeron que vernían a nuestra iglesia, y así lo
hicieron, que en este tiempo muchos dellos acudían, por las mañanas a
aprender la doctrina a nuestro colegio, y entre semana venían muchos a
confesar, y aunque algunos los amenazaban diciendo que los castigarían si
viniesen a nuestro colegio, ellos ni por eso dejaban de venir, antes
venían con más fervor, diciendo que aunque los castigasen, no habían de
dejar de venir a aprender las cosas de Dios. En este medio tiempo que no
nos daban lugar para enseñarlos en sus perroquias, acudían con más fervor
y consuelo los indios a la plaza, donde les predicaba de ordinario viernes
y domingos uno de los nuestros, y entre semana acudían a nuestro colegio a
aprender la doctrina cristiana, como tengo dicho.
Venida la respuesta del Obispo se continuó el ejercicio de andar por
las perroquias, y fueron dos de los nuestros a la perroquia de San Blas,
donde han acudido grande concurso todos los días de la semana a aprender
la doctrina cristiana y confesar, la cual aprenden con mucha brevedad, por
la continuación que tienen en este ejercicio, hasta que la aprenden del
todo. Con todo esto son tantos los indios que acuden a nuestra iglesia a
confesar, que no se puede satisfacer a la devoción de todos tan en breve
como ellos desean, y es tanta la perseverancia que tienen en acudir, que
vienen ocho y quince días continuos, hasta que hallan lugar para confesar.
Y en esto han notado los padres confesores una cosa de mucha consolación,
y es que así en las confesiones generales como ordinarias, se confiesan
con tanta distinción y particularidad de pecados y circunstancias, que en
esto no les hacen ventaja los españoles ejercitados en confesar, y el
efecto de dolor y contrición de los pecados lo muestran bien con el
sentimiento exterior de lágrimas y confusión. Y es tanto el respeto y
reverencia que tienen al santísimo Sacramento del altar, que a los que se
les da licencia para comulgar quedan tan determinados con el propósito de
nueva vida, que puestos en ocasión de pecar, se excusan y apartan diciendo
que quien una vez ha comulgado, no ha de pecar más en su vida.
A los sermones acuden con tanto fervor y concurso que pone
admiración, porque las fiestas por las mañanas, si hay dos o tres o cuatro
sermones en diferentes perroquias, como acaece haberlos, acabado de oír en
una perroquia el sermón, se van a otra ya otra a oír de nuevo al mismo que
han oído en la primera, o a otro que predique. A las tardes oyen en la
iglesia mayor un sermón que se les predica todos los domingos después de
comer, y acabado el sermón van corriendo a la plaza a tomar lugar, para
oír otro que les predica uno de los nuestros, y acabado de oír el sermón
de la plaza, vienen a nuestra iglesia a aprender la doctrina cristiana que
se les enseña con más larga declaración por preguntas y respuestas, las
cuales así hombres como mujeres, aprenden con gran facilidad y brevedad,
por la afición que tienen a aprenderla. Una cosa que mucho han advertido y
estimado así los clérigos como legos en esta ciudad y fuera en estos
indios, ha sido el fervor con que acuden a estas cosas sin ser llamados ni
forzados, pareciéndoles cosa muy nueva, porque la opinión que de ellos se
ha tenido hasta aquí es, que si no es por fuerza no había quien los
hiciese ir, aun a las fiestas, a sus perroquias a misa, y a nuestra
iglesia acuden tantos entre semana a oír misa cada día, que no dejan lugar
a los españoles muchas veces que la oigan, y así los españoles, clérigos y
legos, dicen que nunca tal cosa se ha visto en este reino; y algunos
españoles que vinieron al principio cuando se descubrió esta tierra, con
grande alegría y contento dan gracias a Dios, pareciéndoles que este
fervor es fruto o efecto que se ha seguido de sus primeros trabajos,
aunque en aquel tiempo fueron mezclados con tantos agravios que se
hicieron a los indios, y dicen que Dios les ha de perdonar los malos
tratamientos que entonces les hicieron, por la devoción y fervor con que
los indios acuden al presente a oír misa y sermones, a confesar y a
aprender la doctrina cristiana.
En este tiempo que se aguardaba la respuesta del Obispo, fueron dos
de los nuestros a un lugar tres leguas desta ciudad, donde estuvieron un
mes, y fué tanto el concurso de indios, que con ser el lugar de hasta
trescientas casas, se juntaban tres mil personas las fiestas a misa y a
sermón y a aprender la doctrina cristiana, porque venían también ,de las
estancias que están alrededor de aquel lugar, que hay más de cuarenta
estancias, y en algunas dellas hay cien indios. Entre semana acudían
muchos, y se estaban todo el día en la plaza aprendiendo la doctrina
cristiana, y en todo este tiempo mañana y tarde se ocupaban en
confesiones. Yendo yo allá a ver lo que pasaba y el fruto que se hacía,
estuve tres días, donde vi lo que he dicho, y me afirmaron algunos
españoles que acudían de las estancias que están alrededor a aquel lugar,
que había indios en las estancias que en diez años no habían venido al
lugar dos veces, y después que los Padres estaban allí, venían cada día a
aprender la doctrina cristiana y a confesar, y se maravillaban de los
nuestros diciendo: ¿Qué Padres son éstos que no reciben nada, de dónde han
venido? Y entre sí mismos se amonestaban unos a otros que no pecasen ni se
emborrachasen, diciendo que guardasen lo que los Padres decían.
Habiéndose de mudar los Padres de aquel pueblo, diciéndoselo en una
plática por rodeos, fué tanto el llanto y grita que levantaron, que ponían
gran consolación con su fervor y grande compasión de dejarlos, y acudían a
mí llorando y diciendo, que si había ido a quitarles los Padres, y
diciéndoles yo que volverían, no se sosegaban diciendo que agora que
abrían los ojos y comenzaban a conocer a Dios, habiendo sido hasta
entonces como unas bestias, les quería quitar los Padres que les enseñaban
las cosas de Dios y el camino del cielo, y diciéndoles que agora estaban
ocupados ellos en sembrar sus chácaras, que después volverían los Padres,
respondieron que más querían saber las cosas de Dios que sembrar las
chácaras, que sin Dios no querían pan ni qué comer, y algunos viejos de
ochenta y noventa años acudían a mí llorando y mostrándome unos cordeles,
los nudos con que tenían señaladas las cosas que habían aprendido de la
doctrina en aquellos días, rogáronme que no sacase de allí a los Padres
hasta que aprendiesen del todo las cosas de Dios, y diciéndoles cómo
estábamos esperando respuesta del Obispo para poder estar en aquel pueblo,
que venida volverían allá los Padres se sosegaron; pero pidiéronme la
palabra que volverían, y yo se la di con mucho deseo de cumplirla. Y así
fué que a cabo de quince días, venida la respuesta del Obispo, volvieron
allá los Padres y estuvieron algunos días prosiguiendo el ejercicio
comenzado. Y a cabo de algunos días otros indios de otro lugar que estaban
cerca deste primero, hicieron mucha instancia que fuesen los Padres a
enseñarles a ellos las cosas de Dios, y así fueron, y los recibieron con
mucho contento, y tuvieron tanta diligencia y cuidado en aprender la
doctrina cristiana y confesarse, que antes que amaneciese andaban los
caciques por las calles llamando a todos los indios, para que viniesen a
la iglesia a aprender la doctrina y confesarse, y con esto se hizo no
menos fruto que en el primero.
De esto que aquí he dicho y de otras cosas que he visto, me han
persuadido por experiencia que es muy contra razón la opinión de los que
dicen que en estos indios no se puede hacer provecho espiritual, porque
verdaderamente, a mi juicio, tienen la condición más apta para recibir el
evangelio, de cuantos hombres yo he visto, por estar muy lejos dellos la
soberbia, y con su pobreza viven muy contentos, que ni atesoran ni buscan
más hacienda que para sustentarse con una comida bien templada de raíces
de la tierra y algunos granos de maíz tostado, y para cubrir su desnudez
sin ninguna manera de fausto ni gala, contentos con lo que mandaba San
Pablo: alimentis et quibus tegantur. Mirándolos algunas veces me parece
que veo en ellos la condición de aquellos por quien decía Jesucristo
Nuestro Señor, que se les había de predicar y ellos recibir el evangelio
cuando dijo: pauperes evangelizantur, y el estorbo que decían de las
borracheras y deshonestidad, está tan quitado, que en tanto número de
gente como hay en esta ciudad, por maravilla se ve hombre turbado por el
exceso del beber. Cuanto a la deshonestidad, lo que se ha experimentado
es. que el indio o india que una vez se confiesa, es tanto el cuidado que
tiene de guardar su limpieza, y la firmeza que sacó de la confesión de no















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