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Хосе де Акоста. Письма. José de Acosta. Cartas.


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de donde andábamos. Mataron un negro y catorce indios, y entre ellos dos
caciques, a flechazos, y llevaron la cabeza del cacique principal, porque
se defendió y flechó valientemente con ellos; llevaron la mujer de un
cacique y una criada y un muchacho suyo. No pudieron ser socorridos
porque, por presto que acudió el corregidor y otros, eran ya huídos.
Estaban los españoles muy atemorizados, sin armas, y el corregidor
también; los indios, que son muchos, huían la sierra arriba hacia el
Cuzco, a manadas, con sus mujeres. Como vi que el corregidor no hacía nada
y que los indios de guerra andaban muy desvergonzados y los de paz morían
sin que hoviese quien los defendiese, parecióme avisar al corregidor y a
todos que se juntasen con las armas, arcabuces, espadas, rodelas y
escaupiles, que son cotas de algodón, y hiciesen siquiera muestras de
defenderse, para espantarlos. Juntáronse hasta cuarenta españoles con
estas armas y cincuenta indios flecheros con arcos y macanas. Pareció a
todos que no bastaba esto, sino que era necesario para espantar los indios
de veras, seguillos algún trecho por la montaña. Rogáronme todos que fuese
con ellos y húbelo de hacer por su consuelo y por evitar daños. Caminamos
tres o cuatro días por una montaña que se iba al cielo, tan espesa que no
podía colar un hombre; iban haciendo y abriendo camino cien indios y
negros, para que, si volviesen los indios de guerra, los pudiesen atajar y
seguir por él. Venimos a dar a la boca del Río de la Plata, que va al
Brasil, río caudalosísimo do llegó el Inga conquistando, y está una
fortaleza suya llamada Opatari y por otro nombre el Embarcadero. Allí
llegamos un sábado, víspera de Dominica in Passione. Limpióse todo aquel
fuerte y levantamos una cruz muy grande en medio de él, y díjeles misa el
domingo y prediqueles. Hubo algunas confesiones, y, visto que no se podía
pasar adelante, dimos la vuelta. Con esto no han vuelto los indios por
allí y se han retirado porque es aquél un puesto a vista de todos los
indios de guerra que en los Andes hay. A la mano derecha tiene a media
legua los Casnavas; a la izquierda, los Mañaries; frontero el río abajo,
los Manopampas, que son los que salieron, gente belicosísima toda ella y
mucha que han desbaratado dos veces a los españoles en dos entradas con el
capitán Maldonado. Tuvimos noticia de la innumerable gente que hay el río
abajo y muy pacífica, sacando estos de frontera. Dios se apiade de ellos y
los traiga a su conocimiento. Amén.

Yo, cierto, miré toda aquella tierra desde un alto cerro, de donde me
pareció que vi casi hasta la Mar del Norte y el cabo de la cordillera
grande, y me pareció que se me abría el corazón; y se me hacía poco, si la
obediencia me diera licencia, irme el río abajo entre aquella gentilidad,
imaginándome en medio de ellos, con sólo el brazo de Dios y un compañero,
me parecía la más dichosa vida y suerte que en la vida me podía caber.
Sabe el Señor lo que se me descubrió desta pobre y desamparada gente, y
como vernían todos aquellos indios en busca de Dios, como hubiese quien
buscase sus almas. Y han venido indios hartos, porque los Mañaries, que es
gente muy poblada, vinieron habrá un mes a pedir al gobernador Arbieto,
que tiene aquella comarca, les enviase quien les enseñase la ley del
verdadero Dios; y de más adentro lo desean, y han salido a los Andes de
paz a pedir encarecidamente que siquiera un sacristán les envíen a
decirles la ley de Jesucristo, si no hay sacerdote que quiera ir, porque
ellos desean ser cristianos y bautizarse; y con este deseo hay pueblo
entre estos gentiles donde tienen hecha iglesia a nuestro modo y puesta
una cruz. Pero lo que no se puede decir sin dolor, que no hay quien busque
sino plata, parvuli petierunt panem, cte. Si Dios me enviase iría de mejor
gana que a otra parte alguna. Consuelo me da el Señor donde quiera que Su
Majestad me pusiere, aunque sea en el despoblado de Pariacaca. Bendito sea
el Señor para siempre. Amén.

En los Andes, viendo la necesidad grande de los indios, confesé a los
que pudo en su lengua. Al P. Cristóbal Sánchez tengo envidia por haber
muerto como buen soldado, en la obediencia y conquista de las almas. Todo
lo demás, fuera de esto, me parece vanidad. Deseo despegarme de todo, pues
no hallo paz sino en Dios, y con él dondequiera me va bien. Doy a V.ª R.ª
cuenta como a mi padre, y no sólo como a superior, y más larga la diera,
si no pensara estorbar otras cosas. Del Cuzco, 11 de junio de 1576.
8. Indios del Cuzco y cercanías.

De otra carta del mismo Padre Andrés López para el Padre doctor
Plaza, Visitador destas Indias.-En el pueblo de Anta fuimos bien
recibidos, gracias al Señor, de los indios y con mucha muestra de
contento, y, cierto, según va, parece nos quiere Nuestro Señor obligar a
salir de entre españoles y vivir con ellos. Hay en este pueblo doscientos
y ochenta indios tributarios, y más de tres o cuatro mil almas de cuatro
ayllos, que en él hay: Anca, Sanco, Quero y Conchacalla. Júntanse los
domingos y fiestas, mañana y tarde, tan de buena gana, que aun en las
estancias del valle no queda indio que no venga, y de algunos pueblos
comarcanos, que nos han importunado que vamos a enseñarles a ellos. Estos
días de fiesta les decimos primero la doctrina, dos niños una vez y otros
otras. Luego les preguntamos el catecismo y se declara algo de él, y se
les hace una plática brevemente los días de la semana. Acuden mañana y
tarde los niños, viejos y viejas, que son muchas, y uno de los cuatro
ayllos, una semana y otro otra, y los mismos caciques vienen con los niños
a aprender el catecismo, de que gustan tanto, que están toda la mañana los
viejos de cuatro en cuatro y de seis en seis, maceando en él por sus
quipos; y los muchachos son tan hábiles y tan deseosos de saberlo que,
cierto, hacen ventaja a los estudiantes del Cuzco; y alabamos a Dios cuán
bien lo toman. Es cierto que, aun de noche, no nos dejan, especialmente
dos docenas dellos, los más hábiles, que, aunque no queramos, se nos
vienen a dormir a casa para que les enseñemos, y sus padres nos los traen
de las estancias y del ganado, rogándonos les enseñemos las cosas de Dios;
y en sus casas y en las calles los niños y los grandes no saben tratar
otra cosa. Verdaderamente es tiempo perdido el que se gasta fuera de entre
ellos, y no han menester tanto sermones, cuanto buenas obras y ejemplo. No
nos podemos valer de confesiones. Visiblemente siento la obediencia y
ayuda del Señor en la lengua, que si no es infundiéndoseme, no sé con qué
más brevedad la pudiera tomar; y no digo una lengua, pero muchas me da el
Señor ánimo para tomarlas fácilmente, para ayudar a la salvación destas
almas. Yo le bendigo para siempre y doy muchas gracias, que es cierto me
parecen tan bien estos indios y tan hermosos estos palmitos y niños
pobrecitos, que no me hallo sin verlos, y estos pobres viejos y sus
casillas, que cuando entro a ver los enfermos y confesallos, me parece que
entro en los palacios de Galiana; y no sé qué cosa dé más mortificación,
que morir fuera de entro ellos. El hermano Pizarro lo hace muy bien,
gracias al Señor; predica y enseña con gran gusto de los indios, como sabe
también la lengua. V.ª R.ª nos encomiende a Nuestro Señor para que en todo
le agrademos, y a nuestros carísimos Padres y hermanos, por cuyas
oraciones el Señor hace lo que se hace. De Anta, 10 de agosto de 1576.

De una del Padre Francisco de Medina para el Padre Provincial.-Cuando
V.ª R.ª me envió a mandar que confesase indios, sentí alguna repugnancia y
temores de mi salvación, por ver lo poco que sabía de mi lengua y de la
suya; pero confiado en aquella Majestad sapientísima, que Él que lo
ordenaba proveería de lo que en mí había falta, me determiné a cumplir la
obediencia, de lo cual he sentido y siento gran consuelo, por ver por una
parte la necesidad que esta gente tiene de quien los ayude, y por otra
cuán más fácil se me hace de entender y hablar su lengua de lo que al
principio pensé, y lo que sobre todo me alegra es ver el ansia y deseo
grande que de su salvación y aprovechamiento trae esta buena gente.
Acontéceme muchas veces no podelles entender palabra, de los sollozos,
lágrimas y bofetadas que se dan, y lastimándose con pellizcos dicen a
gritos: páguelo este traidor de cuerpo que lo hizo, ahora, ahora comienzo
yo a ser cristiano y a conocer a Dios, importunándome que les dé grandes
penitencias, y si no se las doy, a cabo de tres o cuatro meses vienen a
comunicar las que hacen, que a hacellas yo pensara de mí que era santo.
Con algunos me ha acontecido, por parecerme que era necesario detenerles
la absolución, echarse a mis pies con grandes lágrimas, pidiéndome que,
por amor de Dios, les diese la penitencia que quisiese y no les dejase de
absolver, y a cabo de algunos días venirme a decir que, de pensar cómo no
les había absuelto, les había el demonio traído gran tentación de

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