Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho

Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо.
Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho

Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо.
Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho

ADVERTENCIA
Durante más de tres siglos la propiedad de la tierra y del ganado constituyen en el Río de la Plata dos de las mayores aspiraciones de su élite. Cincuenta, cien y hasta trescientas mil hectáreas en manos de un propietario; ro¬deos inmensos, campos sin árboles, sin construcciones estables, sin caminos ni poblaciones. Tal la situación de extensas áreas de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Banda Oriental. . . Para lograr esa realidad tan desmedida, perfectamente planeada, los componentes de la clase dominante emplearon métodos tradicionales de inspiración feudal, y, otros, posteriores, indispensables para sostener una estructura estática y con demasiada frecuencia autoritaria y arcaica.
La feracidad de los campos, sus ricos pastos natura¬les, el régimen de lluvias propicios, el mantillo de humus que cubre a todo el sistema pampeano constituyen algu¬nos de los elementos que coadyuvaron para una rápida reproducción del ganado vacuno que introducen los con¬quistadores españoles del siglo XVI. Mestizos, criollos marginados del sector dominante, pobladores del Inte¬rior que emigran al litoral, mulatos y negros libres, per¬manecen apartados por determinación de la clase social que controla la economía y el aparato político del esta¬do, de la posesión de la tierra y del ganado. Estos pobla¬dores presentan muchos puntos de contacto con otras sociedades, donde la vida cotidiana gira también alrede¬dor del ganado, del autoritarismo y del latifundio.
Como es bien sabido, protagonista del proceso social y económico de nuestro pasado, la imagen del gaucho ha trascendido el campo de la literatura, del folklore y del arte. Tal como en la realidad, su forzado nomadismo

salvó distancias y cruzó fronteras. Se han así “poetiza¬do”, entre otros aspectos, su vivienda miserable, los ji¬rones que oficiaban de ropa, su monótono menú carní¬voro, su presunto donjuanismo. . . La distorsionada esti¬mación que resulta de algunos enfoques estéticos, no es en principio ajena a los intereses que antes lo expoliaran en vida y hoy siguen capitalizando para fines nada pro¬gresistas y de las más variadas tendencias ideológicas, el resultado de la aculturación inducida y la miseria de la sociedad arcaica. Y si bien no faltan quienes analizan de¬tenidamente sus usos y costumbres, quienes estudian el lenguaje y las manifestaciones del folklore musical, en contadas ocasiones se ahondó en el conocimiento de las relaciones sociales y de su dependencia. Los textos de historia, tanto elementales como superiores, no señalan su presencia y cuando lo hacen, sólo le dedican escasas líneas. Pocos, en fin, recuerdan los métodos de dominio, la estructura en algunos aspectos cuasi-feudal que impera a partir de la Conquista y hasta las últimas décadas del siglo pasado.
El autor de estas páginas las ofrece, en cambio, cual expresión documentada de una verdad que intencional-mente no ha querido rebasar el campo estricto de la his¬toria. Como hemos señalado en otra ocasión, no preten¬demos escribir una Historia bowlerizada, limpia de injus¬ticias, aséptica, según cierta idea inglesa que adjetiviza el apellido Bowler, un escritor, recuerda Luis Gillet, que cauta y victorianamente escondió al verdadero Shakes¬peare. Tampoco, y de manera especial, una Historia don¬de el hombre esté cosificado, cuantificado, propia de los ejecutivos de la inteligencia, técnicos en el análisis de em¬pirismos abstractos que, como diría Wright Mills, no se inquietan por los mundos sociales. Una tendencia, qué duda cabe, tan frecuente en los institutos donde la inves¬tigación social es sólo una carrera burocrática. Por cierto, los historiadores que critican duramente la denominada histoire évenementielle, neoagnóstica y sistemáticamente atomizadora de la realidad, suelen caer ellos mismos en una économie évenementielle neonominalista, paralizada por el temor a los análisis globales y las valorizaciones cualitativas.
La presente edición de la Historia social del gaucho,

reescrita y corregida sobre la base de nuevas investigacio¬nes y planteos teóricos, tiene como punto de partida el texto de 1968. En esa perspectiva, el autor ha modifica¬do en muchos aspectos la estructura inicial y añadido nuevos hechos. El primer capítulo resume en parte algu¬nas páginas de un libro en preparación sobre las relacio¬nes entre la economía y sociedad en ambas márgenes del Atlántico Sur en los siglos XVI y XVII. Debemos asi¬mismo dejar constancia que razones de espacio nos impi¬den incluir ahora y aquí los textos documentales y los dos capítulos que analizan, respectivamente, los castigos corporales de la sociedad represiva y la prédica —en últi¬ma instancia frustrada— de quienes trataron de corregir, sin apartarse del sistema, las injusticias del orden gana¬dero latifundista.
R.R.M.

“La campaña de Buenos Aires está dividida en tres clases de hombres: estancieros que residen en Buenos Aires, pequeños propietarios, y vagos. Véase la multitud de leyes y decretos sobre vagos que tiene nuestra legisla¬ción. ¿Qué es el vago en su tierra, en su patria? Es el por¬teño que ha nacido en la estancia de cuarenta leguas, que no tiene, andando un día a caballo, donde reclinar su ca¬beza; porque la tierra diez leguas a la redonda es de uno que la acumuló con capital, o con servicio y apoyó al ti¬rano, y el vago, el porteño, el hijo del país, puede hacer daño en las vacas que pacen, señoras tranquilas del de¬sierto, de donde se destierra al hombre”.
Domingo Faustino Sarmiento, 1856
“En nuestro concepto, es necesario arreglar las cosas de manera que el gaucho pobre, padre de familia, y que el inmigrante extranjero deseoso de establecerse en estos países, trayendo del suyo limitados o ningunos recursos pecuniarios, encuentren acomodo, a la vez que una pro¬piedad en que puedan levantar techos y plantar árboles, cuyos abrigos sean suyos y constituyan la herencia de sus hijos”.
Nicasio Oroño, 1869
“Ningún pueblo es rico si no se preocupa por ¡a suerte de sus pobres”
José Hernández, 1882
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LOS COMIENZOS: LOS HOMBRES, LA TIERRA Y EL ARCAÍSMO
“Con la carabela avisé a Vuestra Alteza cómo había sabido que había cierta cantidad de ganado caballuno, cerca de Buenos Aires, precedido de unas yeguas que que¬daron allí, en el tiempo de don Pedro (de Mendoza). . : se podrá venir a gozar de ello, aunque hasta agora, por ser la tierra tan rasa y llana, no hemos podido tomar ninguna ni hemos tenido posibilidad de hacer corrales”.
Juan de Garay, 1582
“Hay mucha falta de plata y oro en todas estas pro¬vincias, tanto que en ninguna se halla plata sino es en este puerto por la comunicación del y toda es poca”.
Diego Marín Negrón, 1611
“tanta mala fama ha cobrado aquella tierra (el Río de la Plata) que en mentándola escupen “.
Martín González, 1575
I – LOS METALES PRECIOSOS Y LA OCUPACIÓN DEL ESPACIO
El Río de la Plata y su hinterland están, por cierto, y más allá de lo que sugiere un nombre, asociados a los intereses generales del Nuevo Mundo: la apasionada y
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despiadada búsqueda y explotación de yacimientos de metales preciosos. El Imperio, no es una novedad, ha de girar durante más de dos siglos alrededor de la plata y el oro. “So color de religión/ van a buscar plata y oro/ del encubierto tesoro” poetiza Lope de Vega. Estaba asimis¬mo esa realidad, que nadie disimula, en la idea general de Colón e iba más allá cuando les decía a los reyes de Espa¬ña el 7 de julio de 1503 que “el oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al pa¬raíso”. Por cierto, una y otra vez, desde los más variados sectores, se expone el verdadero sentido de las conquis¬tas. Al finalizar el siglo XVI Joseph de Acosta, un jesui-ta teórico de los métodos de sumisión inducidos a que deben ser sometidos los indígenas, insiste en recordarlo. Cree, asociando en su argumento el interés económico a la prédica religiosa, que “la sabiduría del eterno Señor” había colocado abundantes minas en América para que así los hombres se interesaran en ocupar su territorio. Y agrega, seguidamente, que las regiones de las Indias más copiosas de tesoros “han sido las más cultivadas de la re¬ligión cristiana. . . aprovechándose el Señor de nuestras pretensiones”. Se trata del “orden y policía” del indio que se integra al trabajo de los socavones. También nos dice: “Es llano, que ninguna gente de las Indias occiden¬tales ha sido, ni es más apta para el Evangelio, que los que han estado más sujetos a sus Señores, y la mayor carga han llevado, así de tributos y servicios, como de ritos y usos mortíferos””.
Una realidad, la del interés por los metales preciosos, qué duda cabe, también cuantitativa: la suma de todos los metales preciosos embarcados legalmente a los puer¬tos españoles durante tres siglos superó el 77 por ciento de todas las exportaciones. Más aún, en los primeros cien años, particularmente en tiempos de Felipe II, al¬canzan al 86 por ciento, elevándose el promedio si le agregamos el valor de los que se evaden a través del intérlope. Paralelamente, las exportaciones pecuarias, lanas y cueros, ocupan un sitio de escasa importancia •
a Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Madrid, 1894, t. I, p. 290; t. II, p. 355.
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en el resto de los envíos. Y, dentro de éstos, menos aún los cueros provenientes del Río de la Plata, casi sin demanda en el mercado sevillano debido a su poca calidad”.
Hasta aquí, en breves palabras, la escena económica en el siglo XVII. Y en lo que respecta al Río de la Plata, recién al finalizar la siguiente centuria se exportarán las primeras carnes saladas para alimentar los esclavos de las economías de plantación, una realidad que asocia la explotación pecuaria a Brasil y Cuba durante más de un siglo. El establecimiento humano en la región bonaerense no estuvo determinado al interés de afincar en la tierra colonos y sobre ello nos informan los documentos y ca¬pitulaciones de conquistadores y adelantados que esta¬blecen la participación con el rey en el botín que pudie¬sen lograr. Es evidente entonces, teniendo en cuenta lo anterior, que, llegados a este punto, nos preguntemos por la razón que motiva a españoles y mestizos a instalar¬se en las poblaciones del litoral atlántico. Vayamos por partes. En primer lugar, como es sabido, los primeros eu¬ropeos que arriban al actual territorio argentino llegan procedentes de España con las primeras expediciones descubridoras. Luego del intento fracasado de Caboto de establecerse en Sane ti Spiritus, en realidad una facto¬ría más que una población, los pioneros de la región se instalan en 1536 con Pedro de Mendoza, la primera Bue¬nos Aires, emigrando poco después a las tierras subtropi¬cales paraguayas.
En segundo lugar, en 1543 otros grupos se desplazan
Cf. E. Lorenzo Sanz, El comercio de España con América en la época de Felipe II, Valladolid, 1979,1.1, p. 545; Lutgaido García Fuentes, El comercio español con América, 1650-1700, Sevilla, 1980, p. 381. Permanentemente en los informes elevados al Consejo de Estado de la Cotona española (originales en Biblio¬teca Nacional y Archivo Histórico Nacional de Madrid) se men¬ciona esa realidad. Un interesante análisis del interés por los me¬tales preciosos se plantea en el “Informe de Juan de Nevé sobre los medios que se podían poner para aumentar el Comercio de las Indias. Y otro más extenso sobre lo mismo, con relación de los derechos que deben pagar las mercaderías que van a las Indias y el oro, plata y fruto que vienen de ellas”, Sevilla 1622, en Ar¬chivo General de Indias, Sevilla, Consulados, legajo 93.
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desde el Alto y Bajo Perú. De las tierras de Cuzco unos doscientos hombres esperanzados en hallar metales pre¬ciosos descienden por el antiguo camino del Inca hasta el lago Titicaca. Atraviesan luego las arenas del altiplano de los Charcas, con sus pequeños oasis rodeados de are¬nas cubiertas de tolas, cactáceas, ichu y yareta, región de los indios suras y charcas, y llegan a Tanja. De allí, siem¬pre hacia el sur, cruzando el valle Calchaquí, se internan en la zona que los naturales de la región llaman Tucma (Tucumán). Un grupo avanzará, separándose del resto, a las tierras de la actual provincia de Córdoba y, con un propósito bien definido, bordeando el río Tercero y el Carcarañá finalizan su itinerario junto al fuerte Sancti Spíritus, sobre el Paraná (“entramos en búsqueda de los españoles del Río de la Plata e de un señor que hay en él que llaman Corundá” recuerda mucho después uno de los participantes en la expedición). Organizada la “entra¬da” a manera de una operación comercial (cada uno de los jefes aporta 30.000 pesos de oro), sin hallar metales preciosos, regresan en 1546 al Perú, enterándose de la buena nueva del descubrimiento de los yacimientos de plata de Potosí.
Transcurren luego varios años, un período que coinci¬de con las guerras civiles del Perú y el comienzo de la ex¬plotación argentífera, sin que nadie entonces tuviese nin¬gún interés por el interior argentino. Se reincide poco más tarde, ahora debido al impulso de los propietarios del Cerro Rico. Es así que a partir de 1549 Diego Centeno, uno de los más ricos mineros altoperuanos, propicia la apertura de las rutas y la fundación de las ciudades-postas. No es ya la esperanza de hallar metales precio¬sos lo que guía los pasos de quienes se encaminan en . dirección al Río de la Plata: esperan, por cierto, facilitar la salida al mar y establecer el comercio con los puertos brasileños (San Vicente, Río de Janeiro y San Salvador de Bahía).
En efecto, Charcas, aislada en el Alto Perú, depende para abastecerse de manufacturas del circuito comercial que a través del Pacífico se enlaza con el complejo siste¬ma de la flota de galeones que converge a Panamá, lento, costoso y monopolizado por mercaderes dependientes de otros extranjeros y cuyas ideas y métodos determina To¬más de Mercado en Suma de tratos y contratos, impreso
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en 1571. Conocemos la ruta, el día, el mes y el año de cada fundación; el nombre de sus jefes y soldados. Todo o casi todo ha sido expuesto. Sabemos, también, que con el reparto de las tierras comienzan a encomendarse los indígenas sometidos, enviándose no pocos de ellos a Po¬tosí y Chile. Lentamente el Interior se integra a la econo¬mía minera, reforzándose la tendencia luego de la funda¬ción de Buenos Aires por parte de Juan de Garay (1580), personero de los intereses de Ortiz de Zarate y su círculo. En suma, de quienes esperan extraer clandestinamente los metales preciosos, evadiendo el pago de los impuestos y los juros forzados (empréstitos) de la Corona.
Fue éste el rasgo característico del Interior, un Inte¬rior que se integra lentamente a Potosí a través del puer¬to bonaerense. En el vasto territorio que se extiende al sur de Potosí en dirección al Atlántico, residencia de un grupo de “señores feudatarios”, nos encontramos con si¬tuaciones económicas agregadas a los intereses generales que determinan la presencia española en América del Sur. De las mismas, así lo declaran los testimonios de la épo¬ca, se beneficia un sector que medra del tránsito de mer¬caderías a través de la Ruta Continental, vendiendo sus servicios: vivienda, transporte y aumentos. Y también enviando a Potosí productos artesanales y agrícolas, fruto del trabajo servil de los naturales. Es así como el servicio personal de la encomienda se adapta a la economía de subsistencia propia de las zonas marginales como lo eran las del interior y Buenos Aires. Es, por cierto, una estre¬cha asociación, similar a la de otras economías arcaicas: una realidad identificada a la española de esos días don¬de se mantiene el dominio de una oligarquía señorial y la inmovilidad que facilita el mismo. En suma, nos en¬contramos ante el resultado de la conquista: la sociedad de los “señores feudatarios” latifundistas y de las depen¬dencias coloniales. La del dominio mercantil que extrae metales preciosos a través de las nuevas rutas. Y en el ámbito interno, en síntesis, por vecinos encomenderos, una categoría particular de privilegio a la que luego de 1554 puede accederse asimismo con la propiedad de una “casa poblada”, con la jefatura de una familia y todas las implicancias sociales y económicas que determina entonces ese hecho. Para ser vecino es necesario, en to¬dos los casos, la autorización previa de quienes van a
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ser sus pares. Y, tratándose de extranjeros, deben, por otra parte, estar casados con española o nativa de la región.
¿Por qué ese interés? Las respuestas deben buscarse en criterios alejados de lo jurídico o, de acuerdo con tesis expuesta por Maravall al aludir a circunstancias similares en España (la hidalguía), en un presunto deseo de “ho¬nor” o “prestigio” ante el común de la población, lo aleatorio, realidades que por sí solas no alcanzan a justi¬ficar las actitudes aludidas”. En primer lugar, no olvide¬mos que la categoría de “vecino”, al igual que la hidal¬guía en España, constituye un importante punto de par¬tida para obtener beneficios económicos: permite acce¬der a la tierra que reparte la Corona o las autoridades locales, el dominio de las encomiendas indígenas y ocu¬par los cargos no vendibles de la administración local, el Cabildo, de las ciudades donde los agraciados se en¬cuentran establecidos.
Y en segundo lugar, tengamos en cuenta que tanto la vecindad como la condición de “señores feudatarios” de indios los autoriza a poseer armas e integrar la milicia local que organiza malocas y reparte entre sus miembros el botín conquistado, un equivalente de las entradas cas¬tellanas a tierras fronterizas de moros. “Las crueldades que algunos caudillos y soldados —de las malocas— hacen, excediendo los límites de la justicia y humanidad y pie¬dad cristianas, y causando en los indios horror y espanto de los españoles” observa en 1597 el Sínodo de Tucu-mán.
Pues bien, concretábase así el dominio sobre la tierra y sobre una población conformada mayoritariamente de indígenas sometidos, mestizos y asimismo, ya en los pri¬meros años del siglo XVII, por algunos españoles y por-

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a José Antonio Maravall, Poder, honor y élites en el siglo XVII. Madrid,Siglo XXI, 1979, p. 22. “Es -afirma- la que lla¬mamos sociedad de estamentos, de la que ha podido decir M. Weber que se trata de ‘una organización social de acuerdo con el honor’ y de un modo de vivir según las normas correlativas a esa organización”. El hidalgo, una situación heredada y en mu¬chos casos, a partir del siglo XVI adquirida por dinero, tiene im¬portantes privilegios, entre otros el de la exención del pago de tributos a la Corona.
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tugueses que gozan de aquellos beneficios. Se concreta¬ba aquí, en el Nuevo Mundo, también la razón universal de las palabras puestas por Cervantes en boca del escude¬ro de Quijote: “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”0, La razón, en síntesis, de una oligarquía integrada por unos pocos de los que emigran de Andalucía y de Casti¬lla huyendo del hambre o se desplazan del Alto Perú, donde lo que valía la pena poseer estaba en manos de los menos.
Todo esto es indudable. Y asimismo lo es el hecho, ad¬vertido en el tiempo, de que esas sociedades no se integran prometeicamente en la Historia y, más especialmente, en la evolución de las estructuras sociales. Conforman, opues¬tamente, mentalidades tradicionales (la resultante de un acondicionamiento social y económico), folk para los antropólogos culturalistas. En una superficie de no me¬nos de cuatro millones de kilómetros cuadrados (parte del norte argentino, sur y sudoeste de Bolivia, Uruguay, Paraguay y Río Grande del Sur, en Brasil) residen, dis¬persos en pequeñas poblaciones, grupos de españoles y mestizos, particularmente en las proximidades de las rutas que conducen al Alto Perú, Chile y Paraguay. So¬bre Tucumán, una gobernación que abarca entonces el centro y noreste actual de Argentina, escribirá en 1586 Ramírez de Velazco al rey, definiendo su economía: “No hallo en cabeza de Vuestra Majestad ninguna ha¬cienda porque como hasta hoy no se ha descubierto oro ni plata en esta gobernación no hay en ella más que la¬branzas del campo y algún algodón, que muchos años faltan”*. Pobreza y también estancamiento.
” Es esta una realidad expuesta reiteradamente a partir del lento proceso de disolución del feudalismo. A mediados del si¬glo XVI, Jorge de Montemayor en Los siete libros de la Diana (libro cuarto) afirmaba que “assaz desfavorecido de los bienes de naturaleza está el que los va a buscar en sus passados”. Un discur¬so anónimo español sobre los nobles, manuscrito de comienzos del siglo XVII, alude a la movilidad económica y social y al po¬der del dinero, más importante que los títulos (Biblioteca Nacio¬nal de Madrid, mss. n° 2364, folios 88 a 93).
^El Tucumán, papeles de los gobernadores, 1553-1600, Ma-
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En conjunto, la impresión general es de que estamos ante una marginalidad que desprecia el trabajo manual, al igual que ocurre en España, no al producto del mismo proveniente de los sometidos a servidumbre. Y también ante la tendencia de los más ricos a la acumulación de tierras aprovechando la condición de vecinos y las alian¬zas familiares. Así, si damos crédito a los contemporá¬neos, no cabe ninguna duda de que la gobernación de Tucumán poco o nada interesaba a los viajeros que por entonces recorren los desérticos caminos desde o hacia el Alto Perú. Uno de ellos, sacerdote, lo deja bien en claro al escribir sus impresiones:
(.. .)”es pobre de oro y plata, que no corre moneda en ella por no haberla. Y de toda ella no hay que hacer caso, porque todo fue pesadumbre y trabajo cuanto en ella pasó. Recíbelo Dios en descuento de mis culpas, por¬que no sé qué pestilencia del desierto se puede comparar con caminar cinco meses, de día y de noche, sin dormir y comiendo bollos de maíz, y cada hora con la muerte al ojo por los muchos indios de guerra que hay, en más de quinientas y más de seiscientes leguas que hay en todo aquesto que he dicho, desde el Paraguay hasta Potosí, donde hice asiento por descansar del prolijo y penoso camino”0.
El peyorativo “tantas cosas malas tiene esta tierra” de Martín González se completa y conjuga con la aprecia¬ción de fray Ocaña “es pobre de plata y oro”, una reali¬dad siempre presente. Y lo demuestra, por cierto, la esca¬sa densidad demográfica de toda el área (sur de Potosí, gobernaciones de Tucumán, Buenos Aires y Paraguay): cinco mil habitantes en 1583 y quince mil en 1626b. Desde luego, todas estas cifras son elocuentes y es asi¬mismo elocuente el desinterés en la ocupación del es-
drid, 1920, t. I,pág. 181.
“Fray Diego de Ocaña, Un viaje fascinante por la América his¬pana del siglo XVI, Madrid, 1969, pág. 157.
Resumimos investigaciones realizadas en un trabajo en pre¬paración sobre la sociedad y la economía de América meridional en los siglos XVI y XVII.
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pació. Fijémonos, confirmando lo expuesto, que las ciudades de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y San¬tiago del Estero reúnen en sus respectivas jurisdiccio¬nes aproximadamente las tres cuartas partes de los quin¬ce mil habitantes, concentrados en su mayor propor¬ción en pequeños centros urbanos que dominan las tie¬rras próximas. Paralelamente, y a partir del sometimien¬to de las etnias indígenas, los vecinos encomenderos se dispersan en sus haciendas latifundistas o colocan al frente de los pueblos sometidos a representantes suyos, capataces o mayordomos que reciben el nombre de po-bleros. Es así que dos o tres décadas después de la con¬quista, repartida la tierra y los naturales, encontramos a los hijos de los conquistadores, con fuerte predominio de mestizos, establecidos en Río Cuarto, Calamuchita, Pu-nilla, Tilcara, Salavina, Sumampa, Manogasta, Humahua-ca, Loreto, Tulumba y otros pueblos. Se estaban confor-mando en las conductas y las acciones, en los estilos de vida, según señalamos luego, las sociedades folk arcaicas características de las “culturas tradicionales” propias del irracionalismo, del sistema colonial primitivo. Pobreza, soledad y aislamiento. Y lo confirma con las siguientes palabras Lizárraga al describir el camino que cruza aquel territorio:
“(de la ciudad) de Santiago del Estero a la de Córdo¬ba, que la última de esta provincia, hay poco menos de 90 leguas, todas llanas, sin encontrar una piedra, y casi todas despobladas, porque en saliendo de un pueblo de indios, a 15 leguas andadas de Santiago, hasta Córdoba, no se pida más poblado, sino es pueblecillo, de obra de 12 casas, 10 leguas poco más de Córdoba”.”
Y poco más tarde, en 1635, funcionarios de la Corona observan las características de la tierra que se extiende entre Buenos Aires y Córdoba. He aquí sus palabras:
“De este puerto (Buenos Aires) la tierra adentro está
“Reginaldo de Lizárraga, Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile, Madrid, B. A. E., 1968, pág. 187.
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poblada la ciudad de Córdoba, gobernación del Tucu-mán, 120 leguas de distancia todas ellas sin ningún géne¬ro de monte sino campaña rasa excepto algunos árboles que hay en los ríos como son Lujan, Areco, Arrecifes y río Tercero, que todos estos se pasan para ir a la ciudad de Córdoba y tal vez con las aguas llovedizas están creci¬dos los ríos y para pasarlos es necesario balsas, hay pan¬tanos penosos de andar y como tragín con carretas de bueyes se suele tardar en el viaje de 25 a 30 días””.
Una sociedad, qué duda cabe, aislada, arcaica, depen¬diente del trabajo servil indígena y de las comunicacio¬nes con el Alto Perú a través de la Ruta Continental. Se nos podrá preguntar entonces por qué insistimos en ana¬lizar lo que en apariencia no ha aportado nada a la histo¬ria, es decir al progreso. La respuesta la encontramos en la proyección que pretende dársele en el tiempo a esas formas de vida, en la muralla, permítase el símil, a los procesos evolutivos. Y, desde luego, en una ideología siempre renovada, más allá de los revivales folklóricos que se sustentan en la nostalgia de las sociedades arcai¬cas, similar a la propuesta en los siglos XVI y XVII (aún mucho después) de una vuelta al campo donde no se oían las voces cada día más altaneras de la burguesía en ascenso contra el poder de la nobleza feudal. “Que el grande y el pequeño / somos iguales lo que dure el sue¬ño” es la aspiración de Lope de Vega racionalizada en su “Canción a la vida del campo”. Babilonia, el pecado, ba-rroquiza en el siglo XVII Luis de Tejeda para definir a los escasos vecinos establecidos en Córdoba del Tucu-mán. Y según expone Ricardo Rojas, en artículos perio¬dísticos dados a conocer entre 1922 y 1924 y reunidos luego en Eurindia, la civilización de las ciudades es “ma¬terialista” y “enteca”. “Dejará de serlo —vaticina— sólo cuando el espíritu de la tierra haya entrado en la ciudad, extranjera por todos sus atributos”6. Pero dentro de ese
a “Relación de el gran río de la Plata, islas, bajos y surgideros que distan un cuarto de legua de la ciudad, puerto seguro”. . . 1637, en C.G.G.V., n° 4893.
6 Ricardo Rojas, Eurindia, Buenos Aires, Losada, 1951, pág. 18. En el capítulo titulado “Ley de continuidad de la tradición”, resume sus teorías nacionalistas con las siguientes palabras: “Así
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concierto de alabanzas a lo arcaico, hemos de verlo, la verdad se levanta con vigor singular.
II-LOS COMIENZOS: ‘HAY MUCHA FALTA DE ORO Y PLATA”
Al sur del dominio español, en las tierras del litoral atlántico donde Juan de Garay establece la segunda Bue¬nos Aires en 1580, la ocupación de las tierras próximas al puerto y el dominio teórico a sus pobladores natura¬les difieren al dominio y la ocupación característica del Interior. Durante años ha de persistir el desinterés por controlar las tierras aptas para la agricultura y la ganade¬ría fuera de un mínimo necesario para cubrir los requeri¬mientos de sus habitantes. En parte por carecer de un mercado para sus posibles productos y por las caracterís¬ticas que habían determinado el asentamiento humano; y en parte por no disponer de mano de obra apta para los trabajos sistemáticos. En efecto, esas feraces llanuras incluidas en el área de los 600 milímetros de precipita¬ción anual, cubiertas por un fértil mantillo de humus, serán dominadas por cazadores nómades que disputan a los “accioneros” de Buenos Aires, denominación que re¬ciben los vecinos, el derecho a vaquear el ganado cima¬rrón o salvaje.
La llanura. Son pocas, muy pocas, por cierto, las alu¬siones a la geografía bonaerense en los relatos burocráti¬cos de funcionarios y vecinos. Y menos aún al paisaje, una realidad subordinada a la distancia y a las posibili¬dades económicas. ¿No lo está acaso recién descubriendo
lo indígena, lo español y lo gauchesco —lo que creíamos muerto en !a realidad histórica- sobrevive en las almas, creando la verda¬dera historia de nuestro país o sea la conciencia de su cultura, en virtud de esa ley que he llamado continuidad de la tradición en la memoria nacional”. Lo cosmopolita, para Rojas, es la antítesis de lo nacional. En Buenos Aires, observa, “El capitalismo inter¬nacional, con todos los resortes de la banca judía, gobierna las finanzas, la industria y el comercio desde sus grandes centros de Londres o de New York”.
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la pintura europea, particularmente la holandesa y vene¬ciana? Se puede leer, por caso, sobre las tierras ubicadas en las proximidades de Sancti Spiritus, en la actual Santa Fe, en una Descripción anónima. . . del R ío de la Plata, la impresión que le había causado a su autor la inmensa planicie y sus posibilidades económicas en relación a la ganadería, una circunstancia que en los primeros mo¬mentos otros intereses han de marginar. Se dice en una parte de ese relato:
“Es muy aparejada esta tierra y comarca de Sancti Spiritus para que allí se críen y multipliquen ganados, es¬pecialmente vacas y ovejas, por ser… tierra rasa en la cual por maravilla se hallarán árboles. . . con dehesas de inmensa grandeza llena de mucha yerba tal cual conviene para lo ya dicho. . . no se perderá cuero de vaca ni vello¬cino de lana que se traiga por el dicho rio abajo para estos reinos, de manera que esta granjeria bastará a sus¬tentar aquella tierra con grande perpetuidad porque son tantos los ganados que hay en los reinos del Perú que casi para otra cosa no aprovechan sino para comer en tal manera que se podrá traer de allá y de Tucumán y de la ciudad de Asunción tanto número dellos que en diez años su multiplicación hincha toda la tierra”.”
Realidades concretas; la hacienda vacuna y caballar*. La primera, de. acuerdo con los testimonios conocidos, se introduce al Río de la Plata desde la ciudad de Asunción en 1573 y en 1580c. Y en distintas ocasiones desde Cór¬doba y Santiago del Estero para socorrer a Santa Fe. Junto al ganado cimarrón, abundante y de poco precio, encontramos en los primeros momentos la pobreza gene¬ral del ámbito pampeano, un primitivismo acentuado y
“”Descripción anónima con varias noticias del Río de la Pla¬ta” redactada poco antes de 1580, en C.G.G.V., n° 467.
A comienzos del siglo XVII observa fray Diego de Ocaña sobre las yeguas y caballos cimarrones: “Estos caballos trajeron aquí los conquistadores, que fue Cabeza de Vaca y sus compañe¬ros; y los soltaron por los campos, y han multiplicado tanto co¬mo está dicho”. Fray Diego de Ocaña, Un viaje.. ., pág. 143.
cCf.: Emilio A. Coni, Las siete vacas de Goes, en La Nación, Buenos Aires, 8 de noviembre de 1925.
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característico en el tiempo. Así lo informaba en 1611 el gobernador del Río de la Plata, luego de aludir a las dis¬tintas etnias que había sometido o esperaba hacerlo:
. . . “hay mucha caza de venados y avestruces y perdi¬ces, que es muy gustosa, y las perdices tan bobas que se dejan tomar desde el caballo con una caña y lacillo. Hay notable falta de moliendas por ser la tierra tan llana con que viene el pan amasado a muy excesivo precio respecto de que la fanega de trigo que es fanega y media de Espa-ña vale a seis y ocho reales y este año se halla a cuatro. Hay grande abundancia de ganado vacuno y vale muy ba¬rato, tanto que el obligado de la carne deste año da un cuarto de buey, que ordinariamente pesa más de setenta libras carniceras en tres reales y medio. Hay muy grande ‘falta de todo género de ropa y no porque la tierra no dé lino y cáñamo ni la haya de ganado ovejuno y carneros sino porque la gente no es amiga de trabajar ni las muje¬res de hilar. Hay mucha falta de plata y oro en todas estas provincias, tanto que en ninguna se halla plata sino es en este puerto por la comunicación del y toda es poca”.
Y también, por último, la vida cotidiana, los indios y las costumbres de esa tierra nueva:
“En toda esta gobernación no se acostumbra vender cosa ninguna en las plazas sino es en este puerto, que hace dificultoso el comercio y también por no hallar los forasteros indios ni otra persona en quien servirse por su dinero porque los pocos indios que hay con sus mujeres y hijos sirven los encomenderos y son tan pocos los cris¬tianos reducidos que en muy poco tiempo se acabaran y con ellos las haciendas del campo y el sustento de los españoles, los cuales han sido y son tan pobres en todas estas gobernaciones que no han podido ni pueden com¬prar negros. Hay grandísima multitud de yeguas y caba¬llos silvestres con que han dado ocasión a los indios an¬dar a caballo y están ya tan diestros que no les da cuida¬do silla ni aparejo. Todos los indios cristianos y de servi¬cio son. . . ocho mil cincuenta y los infieles ciento no¬venta y nueve mil doscientos sin las mujeres e hijos. Con los infieles no hay ocupados sacerdotes ningunos sino
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dos descalzos, el uno gran lengua y gran siervo de Dios muy antiguo y seis padres de la Compañía también len¬guas ocupados en tres provincias.. . Hay en esta goberna¬ción generalmente en hombres y mujeres un vicio abomi¬nable y sucio que es tomar algunas veces en el día la yer¬ba con gran cantidad de hierba caliente para hacer vómi¬tos con grandísimo daño de lo espiritual y temporal por¬que quita totalmente la frecuencia del santísimo sacra¬mento y hace a los hombres holgazanes, que es la total ruina de la tierra y como es tan general temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace”.0
Por cierto, se trata de los primeros momentos de la sociedad arcaica pampeana que se desarrolla al margen de los centros productores del metal blanco. Caminos del contrabando definen Lucien Febvre, Fernando Braudel y Magalhaes Godinho a los que convergen a Buenos Aires en busca de su estación intermedia a Europa, los del inte¬rés del mercantilismo precapitalista por el numerario.* Por lo demás, arrinconados los pobladores del Río de la Plata en un ámbito del que sólo les importa la salida a las rutas atlánticas, todas las actividades económicas giran alrededor del nexo que hacen entre el Alto Perú y el ex¬terior. En Buenos Aires, descontada la preocupación de los comerciantes portugueses y los factores de los asen¬tistas de esclavos, pocos desean establecerse en la región. Es tan evidente esa realidad, que, una y otra vez, antes y después de la fundación de Buenos Aires, aconsejaban en Andalucía a los aspirantes a indianos a no trasladarse al Río de la Plata y Paraguay. Informábase, en 1575, a Felipe II sobre el desinterés y también sobre la opinión general del pueblo, y le decían que “tanta mala fama ha cobrado aquella tierra que en mentándola escupen”. Y más tarde, en 1600, clamaba el obispo de Córdoba de Tucumán en una carta enviada también al monarca de la
aCarta a S.M. del gobernador del Río de la Plata.. ., Buenos Aires, 25 de abril de 1611, en Archivo General de Indias, Sevilla, Charcas,lO.
*C.f.: Fernando Braudel, Une route clandestine de l’argent, en A travers les Amériques latines, Paris, 1949, págs. 154-158; Vitorino Magalhaes Godinho, Flutuacoes económicas a devir es-trutural do sécula XV ao sécula XVII, en Ensaios sobre Historia de Portugal, Lisboa, Sá da Costa, 1978, págs. 247-280.
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falta de clérigos, señalándole que “todos se huyen al Pe¬rú y no lo puedo remediar””. Es que allí, en las proximi¬dades del Cerro, se encontraba la plata y la fortuna.
Proseguimos. Como señalamos en otra oportunidad al estudiar las características del trabajo indígena en el área que se extiende entre Buenos Aires y Potosí, los prime¬ros pobladores distinguían “cualitativamente” a los na¬turales del Río de la Plata de los del Paraguay, y, más acentuadamente aún, de los indios de la montaña someti¬dos al “orden” y “policía””. Es decir, a los recolectores y cazadores del litoral bonaerense (“Todos los indios que por este río arriba hay que viven en la ribera del no son gente que siembren ni de ninguna policía, son de guardarse muchos de ellos”) de los agricultores primiti¬vos subtropicales (“todos son labradores y gente que siembra”). Pueblos sin policía unos, sin orden los otros. “Carecen de servicio —escribe en 1620 él gobernador de Buenos Aires informándole al rey— los pobladores por la grande falta de naturales, y ser para pocos, de costum¬bres bestiales, sin pulicía ni gobierno”. Un equivalente a los indios antillanos de las “islas inútiles” que esclavizan para llevar a las “útiles”, las del oro, perlas y plantaciones.
En menos de cuarenta años, a partir de los primeros encuentros entre dominados y dominadores, las etnias cazadoras de Buenos Aires transforman radicalmente sus características dando un salto en el tiempo con la adop¬ción del caballo. La domesticación, el adiestramiento, el empleo cotidiano del caballo determinan cambios esen¬ciales en sus costumbres, similares a las que ocurren en las praderas del Oeste de Estados Unidos de Norteaméri¬ca. Es poco lo que conocemos sobre el momento y las circunstancias en que se produce la adaptación de ese
” Ocultándose parte de la verdad, es decir el interés en eva¬dir la plata a Portugal y Holanda, se afirma en 1604: “la ciudad de la Trinidad e puerto de Buenos Aires se poblase para el trato y comercio desta gobernación con los reinos de España, Brasil, por estar la gente de esta tierra pobre”. Y poco antes, desde la ciudad de Córdoba (6 de diciembre de 1589) se recuerde “el servicio y el trabajo que se ha tenido en descubrir el camino des¬ta ciudad al Brasil”.
” Ricardo Rodríguez Molas, Los sometidos de la conquista (A editarse próximamente en Crítica, Grupo Editorial Grijalbo).
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nuevo elemento. Es posible que el proceso se hubiese ini¬ciado a través de los indios sometidos a esclavitud por Mendoza y sus acompañantes en los tiempos de la prime¬ra “ciudad” de Buenos Aires (1536-1541). De todas ma¬neras, lo cierto es que los padrillos y yeguas que el ade¬lantado y luego sus hombres abandonan en las fértiles llanuras se multiplican sin mayores problemas, disponién¬dose de abundantes tropillas para abastecerse. Es un pro¬ceso similar al del vacuno. Pues bien, ya en 1599 un go¬bernador del Río de la Plata nos relata algunas de las particularidades de la aculturación de los pampas o que-randíes, a la transformación de los mismos en un horse-complex de guerreros, aludiendo a sus armas y prácticas de caza. Y en 1629 escriben que los indios andan “vagan¬do por los campos, sustentándose de raíces, carne y san¬gre de caballo a medio asar, de venados, avestruces y otras cazas y de pesquería; si los aprietan (oprimen) se levan¬tan y están mal seguros los caminos””. Pero también, se¬gún se agrega, el temor a que los serranos se aliaran a los posibles invasores holandeses de la Compañía de Indias Occidentales6. Nos cuentan, por caso, que
“los indios serranos que confinan con el estrecho de Magallanes (sic) por la banda del sur y bajaron a esta pro¬vincia más de quinientos de ellos diciendo que se querían reducir, descubriéndose que su ánimo no fue sino ver si el enemigo había tomado la tierra y si los españoles esta¬ban retirados fuera della haciendo junta con los demás y con los holandeses y dar sobre nosotros, que si fueran amigos verdaderos alguna defensa tuviera porque los más son grandes hombres de a caballo y están prevenidos de
a Carta al rey del gobernador del Río de la Plata Diego Ro¬dríguez Valdez y de la Banda, Buenos Aires, 20 de mayo de 1599. Publicada en una edición anotada por Francisco de Apa¬ricio (Anuario de la Sociedad de Historia, t. III, Buenos Aires, 1941, pp. 507-519).
En 1599 el gobernador mencionado antes observa que los indios podrían entregarles a los ingleses que merodean por el lito¬ral, a cambio de zarcillos y armas blancas, “un caballo a cada uno, porque como señores de la campaña lo son de dos millones (síc) de yeguas y caballos que andan en ella de los cuales comen y se sirven.”
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armas de cuero de buey para sus personas y caballos. Usan lanzas, arcos, flechas, bolas y hondas y a su modo hacen los escuadrones en forma de media luna y los in¬fantes sin parar en un lugar. Para su castigo conviene mu¬cho que una cédula que Vuestra Majestad despachó para el Paraguay y río Bermejo en que manda sean cautivos y señalados en el rostro con calidad que se pueda disponer de ellos. Ha de ser más amplia según y como la del Reino de Chile para que el mayor castigo que se les puede ha¬cer para enfrenar su furia es venderlos y es tanta verdad esto que teme más un indio que lo embarquen desterrán¬dolo al Brasil que si lo sentenciaran a muerte”2.
Por cierto, en toda el área rioplatense predominan las etnias de recolectores y cazadores, protoculturas que rechazan el “orden” y “policía” impuesto por los españoles, y más aún los sincretismos inducidos por in-. termedio del control social y la ideología religiosa que predominan en todas las áreas mineras del Alto y Bajo Perú. Debemos advertir que, de acuerdo con los testimo¬nios disponibles, asimismo en Santa Fe y en zonas ale¬dañas las dificultades son similares. Allí, en 1577, los vecinos observan que sólo han podido someter a conta¬dos indios, encontrándose los más alzados “contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad”.
Pero, aceptado lo anterior, no es menos cierto que advertidos en Buenos Aires de todos los fracasos en los intentos de dominarlos, poco o ningún interés ponen en su conversión y adoctrinamiento. Los vecinos, con-cientes de esa realidad, buscan la mano de obra que les es indispensable en otras regiones. Una y otra vez se menciona en los documentos a grupos de indios guara-
fl Carta del gobernador del Río de la Plata Francisco de Cés¬pedes a S.M., Buenos Aires, 15 de julio de 1629, e C.G.G.V., n° 4835. Permanentemente se alude en los documentos holan¬deses a la necesidad de ofrecer la libertad a los indios oprimidos para lograrse la conquista, con la alianza de éstos, de los territo¬rios de España. Cf. Desengaño a los pueblos de Brasil y demás partes de ¡as Indias Occidentales. . . Amsterdan MDCXXXII, pp. 363-367 en Biblioteca Nacional de Madrid, mss. 2364. Otros aspectos en C.R. Boxer, The Dutch in Brasil, 1624-1654, Oxford, 1957.
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níes que concurren a Buenos Aires para realizar diver¬sos trabajos. Es más, cientos habían llegado con Garay en condición de esclavos y sirvientes; otros eran her¬manos o padres de las esposas o concubinas de los ve¬cinos de Buenos Aires. Construyen los primeros ranchos, labran las huertas y cuidan la hacienda doméstica. Y su número debió, por cierto, ser importante para que un funcionario de Asunción atribuya a este hecho la falta de mano de obra que deben soportar en Paraguay, con¬siderándolo un menoscabo a los intereses de los vecinos de la ciudad de Irala. Problemas de jurisdicciones, de ser¬vidumbres que no desean compartir con quienes se ha¬bían desplazado al Río de la Plata.
Junto a los indios de otras regiones, los que aprisio¬nan los pobladores de Buenos Aires en las frecuentes razias que emprenden en las tierras de otra jurisdicción. Cautivos, caballos, posibilidad de riquezas. . .: algunas de las palabras que justifican las expediciones depreda¬doras organizadas por el cabildo de Buenos Aires. Ante hechos de una violencia e inhumanidad extremas, el obispo Fernando de Trejo, en defensa de los intereses de los vecinos de Córdoba que ven disminuir el número de sus encomendados, clama con las siguientes palabras: “Conviene prohibir con grandísimas penas las malocas y entradas que no son otra cosa más que una montería y caza de indios que luego hacen esclavos, y como tales los venden y a la vuelta dellos los traen, (aunque) mu¬chos son cristianos, con sus mujeres e hijos”. De tanto en tanto partían al frente de un caudillo militar, el goberna¬dor o su teniente; a caballo, con armas blancas y de fue¬go, con sus petos para detener las flechas. Así, pues, ele¬gido el grupo al que iban a saquear y secuestrar para ha¬cerlo esperan las horas más propicias, por lo general las del amanecer. Y posteriormente, finalizada la maloca, el acostumbrado informe, como el siguiente de 1600 donde informan que “se mataron los indios que allí ha¬bían, unos despeñados y otros a arcabuzasos y cuchilla¬das que serían como ciento setenta sin dejar uno con vi-
a Caita del obispo Fernando de Trejo, Córdoba del Tucumán, 15 de agosto de 1609, con C.G.G.V., n° 4050.
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da de los que peleaban y se trajeron otros ciento setenta muchachos y muchachas”.
Características feudales, podemos decir: expediciones organizadas para el saqueo sistemático en las que ínter-* vienen todos los vecinos quedando la ciudad abandona¬da, sin ningún poblador capacitado para empuñar un ar¬ma. Señalemos asimismo, resumiendo hechos que se re¬piten a lo largo del tiempo, que esas acciones determinan por parte de los distintos sectores indígenas dispersos en las praderas las más variadas reacciones de rechazo, defi¬niendo una situación que se extiende hasta fines del siglo XIX.
Resumiendo lo expuesto,,no olvidemos que Buenos Aires es primordialmente un puerto de ^concentración y distribución que compite con otras áreas beneficiadas le-galmente gracias al monopolio del circuito sevillano. En 1596 desembarcan en el Río de la Plata los primeros es¬clavos pertenecientes al contrato (“asiento”) del lusitano Reinel, permitiendo la autorización de la Corona, sin proponérselo, que por esa vía se incremente el comercio ilegal. Una actitud que en líneas generales merece la opo¬sición de los vecinos tradicionales (los fundadores que arriban de Paraguay, sus descendientes y otros que se ins¬talan más tarde) insertos todos ellos en una economía natural. En oposición a ese grupo, encontramos a los mercaderes del intérlope y a sus agentes. Dos mundos en apariencia distantes. A pesar del relativamente impor¬tante comercio marítimo que fluye por el “puerto” bo¬naerense (a. comienzos del siglo XVII llegan hasta treinta naves en un año), la ciudad no pasa de ser una miserable aldea, y en 1629 según un testigo
“Las iglesias y las casas, sin excepción, son todas de barro y están techadas con paja, y sólo algunas lo están con tejas. No hay ningún pavimento. Se ignora lo que es una ventana de vidrio; ni siquiera las hay de tela o papel; no hay sótanos ni bodegas, ni tampoco obras de carpin¬tería”13.
a Carta al rey del gobernador del Río de la Plata Diego Ro¬dríguez Valdez y de la Banda, citada antes.
* Guillermo Furlong, Justo Van Suerck y su carta sobre Bue¬nos Aires (1629), Buenos Aires, 1963, p. 83.
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Pues bien, era la misma la circunstancia de los intere¬ses que habían determinado el emplazamiento del puer¬to. Finalmente, en este orden de consideraciones, añadi¬remos otro testimonio que habla a las claras de las cir¬cunstancias y también de las opiniones que tenían los contemporáneos sobre aquella región austral, del rechazo a sus posibilidades. Su autor, provincial de la orden de la Merced, advertía a sus lectores, en un impreso dado a co¬nocer en España a comienzos de la tercera década del si¬glo XVII, que Buenos Aires es una tierra donde
“leña no hay ni cosa de comer, sino unos malos árbo¬les de duraznos y melocotones y se dan en aquel puerto, porque la carne es común pero no la hay tan cerca que es necesario ir con caballos diez, quince, veinte o más le¬guas a cogella y la que hay mansa cada uno se la guarda con su trabajo. . . la esterilidad de la tierra, la desdicha y miseria natural della, la imposibilidad de que haya fru¬tos, tal es la tierra del distrito de Buenos Aires, que el primer año da trigo razonablemente; el segundo benefi¬ciada, poco; el tercero casi ninguno; el cuarto nada. . . do se ve la desdicha de ella””.
III – EL DOMINIO DE LOS MENOS
Habían llegado los primeros pobladores bonaerenses de origen europeo desde España, acompañando a los ade¬lantados que cruzan el Atlántico Sur detrás de la ilusión del oro y la plata. Emigrados al Paraguay, más tarde un grupo formado mayoritariamente de mestizos y criollos (las primeras mujeres españolas fueron escasas en las le¬vas del siglo XVI) se desplaza al sur para instalarse en Santa Fe (1573) y Buenos Aires (1580). Asentado el do¬minio, se sumarán nuevos indianos procedentes de Espa¬ña, Portugal y del Alto Perú.
” Advertencias que da el padre maestro fray Diego de Velasco, provincial que fue en la provincia de Cuzco del orden de Nuestra Señora de la Merced, Madrid, s/f. Ejemplar en la Biblioteca Na¬cional de Madrid.
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En primer lugar los españoles nativos. Si nos atene¬mos a las estadísticas de los catálogos de Pasajeros a In¬dias, no en todos los casos suficientemente explícitos, ha¬brían sido mayoritariamente andaluces, siguiéndolos en orden de importancia los extremeños, castellanos y los de otras regiones de España. Todos o casi todos los que acompañan a Ortiz de Zarate son enrolados en Sevilla, en Fuente Ovejuna, en Jaén, en Córdoba, en Baeza. . . y algo similar había ocurrido con las gentes de Pedro de Mendoza y Núñez Cabeza de Vaca. Como es sabido, siempre se encuentran desesperados que desean huir de la miseria o poner distancia, la distancia del Atlántico, a los requerimientos de la justicia. Ortiz de Zarate, luego de insistentes requerimientos y bandos, reúne aproxima¬damente trescientos voluntarios, la “escoria de Andalu¬cía” al decir del tesorero Montalvo (en las listas abundan las mujeres solteras, apenas adolescentes, con uno o dos hijos), desplazados a los que se agregan cientos de cam¬pesinos hambrientos y soldados sin esperanza.. . Por cier¬to, ya antes había escrito el cronista Fernández de Ovie¬do su opinión sobre lo que luego sería la tendencia gene¬ral: “En aquellos principios si pasaba un hombre noble y de clara sangre, venían diez descomedidos y de otros li¬najes oscuros y bajos”0. A decir verdad, no todos los que se decían andaluces lo eran en realidad. Como es bien sa¬bido, a lo largo del siglo XVI los habitantes del norte de España y otros de Castilla por razones que hacen a la búsqueda de mejores condiciones de vida emigran al sur, concentrándose en los centros urbanos, particularmente en Sevilla. Oleadas de desesperados de la fortuna, por cierto, emigran en momentos de crisis o desplazados por las características que determina la estructura de la gana¬dería señorial. En no pocos casos, el dominio de la noble¬za sobre las tierras de pastoreo y la trashumancia ovina son dos de los motores que determinan las levas. Contra¬riamente, la nobleza, apegada como lo estaba a sus pri¬vilegios, no se traslada al Nuevo Mundo. Y, según vimos, son también pocos los hidalgos que lo hacen. Todo esto
a Observa Juan Friede (Los estamentos sociales en España y su contribución a ¡a emigración a América, Revista de Indias, Madrid, n° 103, 1966) que de 13.000 pasajeros que emigran en¬tre 1509 y 1550 sólo se mencionan a 36 hidalgos.
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explica por qué le llamaba la atención a Bartolomé de las Casas que muchos de los emigrados a las Indias pro¬cedían de tierras pertenecientes a señoríos. Simplemen¬te, esperaban hallar en el Nuevo Mundo, según decían, la libertad y la fortuna que les era esquiva en España: “vamos por dejar a nuestros hijos en tierra libre y real” le expresaban al autor de la Historia de las Indias. A pesar de las estrictas disposiciones prohibiendo el ingreso de penitenciados por la Inquisición, moros y judíos, al igual que sus descendientes, una información de “limpieza de sangre” autorizándolo a hacerlo era lo más simple y fácil de obtener, y muchas veces, como ocurre con los acompañantes de Ortiz de Zarate, tampo¬co lo exigen. Es tan corriente el hecho, vox populi po¬demos decir, que cierto personaje de una novela españo¬la del siglo XVII burlábase de la disposición oficial con especial desparpajo: “Fácil negocio es eso. . . porque si hay en Sevilla testigos para decir mal quitando la fama, honra y crédito de quien no conocieron ni oyeron decir, mejor los hallará para decir y acreditar a quien se lo pa¬gue. . . Y yo, que tanto deseaba ver el Nuevo Mundo. . . salí de la posada en busca de algunos amigos para mi abo¬no y nueva información, deparándome mi buena suerte cuatro que a pretender hábito de Alcántara, por sus dichos no lo perdiera (de obtener)””.
Prosigamos. Por lo demás, adviértase que en el trans¬curso de la conquista, los días de las “entradas”, los éxi¬tos militares y los saqueos permiten el ascenso social de algunos afortunados. Siempre son los menos; algunos,
” Jerónimo de Alcalá, El donado hablador, en Novelistas pos¬teriores a Cervantes, Madrid, B.A.E., 1946, t. I, p. 528. Sobre la facilidad de obtener un expediente de “limpieza de sangre” re¬cordemos que fray José de Madrid, nieto del comerciante sefardí portugués Diego Luis de Lisboa, demuestra ser “cristiano viejo” sin antecedentes judíos (Palacio de Madrid, Archivo de la Real Capilla, Pruebas de Predicadores, legajo 7, cf. El epítome de Pine-lo, primera bibliografía del Nuevo Mundo, estudio preliminar de A. Millares Cario, Washington, Unión Panamericana, 1958). So¬bre los testigos y trámites para certificar la “limpieza de sangre” Albert Sicroff realizó un detenido análisis, lo más completo hasta el presente (Les controverses des status de pureté de sang en Es-pagne du XVau XVII siécle, París, 1960).
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subrayamos. De todas maneras, los jefes y sus socios do¬minan las mejores tierras y se ubican en los sitios de pre¬ferencia en los ejidos de las ciudades. Se reservan para sí el mayor número de los indios repartidos en encomien¬da, los cargos decisivos. Transcurridas, por otra parte, las jornadas iniciales de la aventura y el descontrol, ese tipo de dominio se hace más evidente. Una sociedad de posee¬dores y no poseedores a pesar de su mismo origen ultra¬marino. Nos recuerda en 1610 una relación sobre Poto¬sí: “La tierra se iba hinchiendo de gente suelta que cada año iba entrando de abajo y de España a esta Villa, para¬dero de todos los pobres. . . y considerando que no te¬nían más que la capa al hombro comenzaban a tener al¬gunas pendencias con los ricos vizcaínos”. Y son precisa¬mente los desplazados de los cargos municipales, de la propiedad de las minas o de las mejores tierras, los alie¬nados por el constante deseo de hallar nuevos potosíes, quienes se expanden al sur. Aquí y allá se resalta el he¬cho y la necesidad que éstos tienen de amoldarse a la condición que debe ser la propia en la estructura social vigente. Clama en 1595 la Audiencia de Charcas al rey aludiendo a un hecho para ellos inaudito. Dicen:
“la multitud de hombres pobres y sin caudal y de es¬tos reinos (que llega) y de estos cada año de nuevo en¬tran y es el mal que aunque la mayor parte de ellos es gente humilde y oficiales (artesanos), en poniendo los pies en el Perú y en especial en esta provincia se olvidan de quienes fon y se hacen caballeros, que es oficio que lo hayan de balde, y debajo de este nombre hacen obras con que descubren la hilaza””.
Es que habían transcurrido ya los días del botín y la aventura, estabilizándose la sociedad. En Buenos Ai¬res, como hemos de señalarlo más adelante, esa situa¬ción llega a situaciones extremas debido a la facilidad que encuentran los marginados de todo origen para ha¬llar su sustento en las pampas. Teniendo en cuenta lo expuesto, se puede entender el siguiente texto de 1698
a Carta a Su Majestad del licenciado Cepeda. .., La Plata, 28 de marzo de 1595, en Audiencia de Charcal, Correspondencia de presidentes y oidores, Madrid, Juan Pueyo, 1922.
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perteneciente a un canónigo de la catedral de Buenos Aires. Luego de referirse a la realidad económica de la región, a su pobreza general, una pobreza que determina la ausencia de metales preciosos, incluye la siguiente afirmación que alude a aspiraciones y a dominios ficti¬cios: “ha llegado —se dice— esta falta (de esclavos) a términos que en muchas casas nobles y honradas se sir¬ven de los hijos y de las hijas para el ministerio de cargar agua y otros actos serviles de la casa”. “Casas nobles y honradas”. No nos engañemos, como es sabido se trata de una nobleza imaginada, decidida por sus protagonistas por descender de los primeros vecinos y de los hijos mes¬tizos de éstos, habido de las guaraníes paraguayas (“goce de las demás preeminencias que gozan los vecinos desta ciudad a ser como es casado con hija de poblador y con¬quistador” determinan en el Cabildo de Buenos Aires; “Tiene las prendas de benemérito. . . está casado con nieta de los primeros descubridores” escriben en 1705 de un postulante a regidor).
Es necesario insistir: un mundo’, como en la Penínsu¬la, de dominadores y dominados. “Los soldados que ha¬bían venido a Su Majestad eran muchos y poco lo que había que repartir” dejan dicho en la probanza de un conquistador de Tucumán. Y, confirmando lo expuesto, años más tarde informan que las tierras que se extienden en dirección al Atlántico Sur, el Interior y la franja que conduce al puerto de Buenos Aires, se iban poblando de gente huida de los centros mineros del Alto Perú, “de¬lincuentes” y “forajidos” que buscaban un lugar seguro (“como si fuera reino extraño y no sujeto a Su Majes¬tad. . . y la dicha provincia está llena de gente delincuen¬te y forajida””). Era el mundo de los desplazados.
Hasta aquí algunas apreciaciones y testimonios de los indianos españoles y sus descendientes. Y junto a éstos, en la realidad de la tierra escasa de mujeres españolas, en¬contramos ya desde los comienzos a sus hijos mestizos. Un hecho, desde luego, frecuente en Perú, Paraguay, Córdoba del Tucumán, Buenos Aires; en todo el Nuevo Mundo. En un primer momento, y de manera especial en
” Gobernación del Tucumán, papeles de los gobernadores en el siglo XVI, Madrid, Juan Pueyo, 1920, p. 86.
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el área de la montaña y en las tierras subtropicales próxi¬mas a la ciudad de Asunción, los conquistadores eligie¬ron para sus uniones, legalizadas o no por la Iglesia, a las hijas de los jefes indígenas locales, una circunstancia planeada para facilitar la rápida sumisión de todo el gru¬po. Al margen de su situación legal (sólo el rey puede le¬gitimarlas), la cotidianeidad en que desarrollan su existen¬cia .los frutos de aquellas uniones varía de acuerdo con el ámbito en el que pasan su niñez (el de su madre india o su padre español). No olvidemos que la mujer legítima es¬pañola —considerada un objeto— siempre debe aceptar, sumisa, las relaciones extramatrimoniales del esposó y lo que él disponga, y también amparar en el hogar a los hi-jos naturales (“hay maridos que dejándose llevar del mu¬cho amor de sus mujeres, suelen querer más a los hijos de ellas que a los propios suyos” advierte Solórzano al condenar la costumbre en Política Indiana, en defensa de los intereses tradicionales de la herencia). La obedien¬cia a la jerarquía en el seno de la familia, una actitud en¬señada en la iglesia e impuesta compulsivamente por el padre, constituye, observa Jean Louis Flandrin al estu¬diar los orígenes de la familia moderna, la mejor garantía del respeto a las jerarquías sociales y económicas. Y en relación al desprecio por el mestizo, es en ese sentido de¬mostrativa la actitud del padre del cronista Inca Garcila-so de la Vega, tanto como lo son las palabras de su hijo (“A los hijos de español y de india, o de indio y españo¬la, nos llaman mestizos.. . me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él. Aunque en Indias, si a uno de ellos le dice sois un mestizo, lo toman por menosprecio), que abandona a su compañera indígena al contraer matrimo¬nio con la española Luisa Martel de los Ríos. Fijémonos, sin embargo, en la circunstancia de que los matrimonios mixtos contraídos en el transcurso del siglo XVI en el Nuevo Mundo representan apenas un 10 por ciento b a lo sumo un 15 del total de las uniones, y muchísimo me¬nos, de acuerdo con las cifras parciales que conocemos, en los años posteriores0. Esta evidencia nos demuestra el
a Gonzalo Vial Correa, Teoría y práctica de la igualdad en Indias, sobretiro del número 3 de Historia, Santiago de Chile, Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile, 1964,
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por qué la mayor parte de los mestizos nacen fuera del ma¬trimonio oficial, segregados en la mayor parte de los ca¬sos. A pesar de esa situación, algunos de ellos, los escasos niños que sus padres aceptan en los hogares patriarcales, se integran al grupo dominante constituyendo cabezas de familias de dominio social y económico. Con todo, ese proceso general de segregación no debe llevarnos a estable¬cer falsas apreciaciones al colocar excesivamente el acento en determinados aspectos jurídicos y normativos que rigen a la denominada “sociedad de castas”. Es necesario hacer hincapié en las relaciones de control de los bienes y del poder, no en lo aleatorio agregado a esos hechos. Nos li¬mitaremos, como prueba de lo expuesto, a mencionar dos casos que de ninguna manera son atípicos. Existe, sin du¬da, un abismo social entre el poeta mestizo Luis de Teje-da, nieto de una india santiagueña y emparentado por lí¬nea materna con santa Teresa de Jesús (de origen judeo-converso por línea de los Cepeda), rico mercader vecino de Córdoba del Tucumán en el siglo XVII, propietario de estancias latifundistas, frente a la triste realidad de un mestizo criado junto a su madre indígena en una aparta¬da serranía, sin contacto alguno con su padre español. Un caso frecuente, por cierto, en los años posteriores de la conquista. El mismo que ocurre con los hijos reconoci¬dos del conquistador Mallea, vecino de San Juan en los días posteriores a la fundación de la ciudad, habidos con la hija del cacique huarpe Angaco. A pesar del prestigio y del poder feudal de sus descendientes, los comprovincia¬nos, de acuerdo con el relato de Sarmiento en Recuerdos de provincia, los denominaban con el mote de mulatos”.
citado por Daisy Rípodas Ardanaz en El matrimonio en Indias, Buenos Aires, 1977, p. 10.
a Reiteradamente se alude en todas las épocas a los reales o presuntos orígenes familiares por razones de interés o primacía. El que sigue es un caso ilustrativo. En 1601 se da a conocer en Lima la genealogía de Pedro Luis de Cabrera, aludiéndose al ca¬samiento de su antecesor español Pedro de Cabrera con María de Toledo, judía sefardí natural de Sevilla: “son nietos de doña María de Toledo, natural de Sevilla, de quien los testigos dicen ser judía. . . judía conocida y de señal que enamorado de ella el dicho don Pedro temiendo la ira del comendador Jerónimo de Cabrera, su padre. . . se salió de Sevilla y se fue a celebrar el ma-
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Se trata de la situación que los brasileños definen con pocas palabras: “El dinero blanquea”. Pero, según se ha dicho, el proceso de movilidad ascendente del mestizo y del mulato en el Nuevo Mundo no debe recalcarse con exageración. Ni mucho menos. De todas maneras, recor¬dando a Marcel Proust, siempre “La herencia de un nom¬bre es triste como todas las herencias, como todas las usurpaciones de propiedad.”
Por cierto que cuando Solórzano, partidario de los sistemas de opresión en vigencia, califica a los mulatos, mestizos y negros de “canalla ociosa” obligada a realizar tareas manuales sólo tiene en cuenta a los desposeídos de la fortuna. Esa en apariencia compleja realidad de lo que se define como “sociedad de castas” o “pigmentocracia”, lo aparente que esconde la verdad, es posible observarla en el siglo XVÍII al confeccionarse en Buenos Aires el pa¬drón de sus moradores. Finalizada la tarea, uno de los funcionarios deja constancia de que, así escribe, “se gra¬duaron las castas, según el concepto que se ha tenido ge¬neralmente, y por los informes que se han adquirido en pública voz y fama”. Los explícitos términos “según el concepto” y “en pública voz y fama” no aluden a un apellido tradicional o a un origen africano; contrariamen¬te, se refieren de manera especial a una situación de pre¬dominio económico o de dependencia, lo que en última instancia ubica a cada calificado.
En esto, pues, es decir en la perpetuación del domi¬nio, estriba el carácter del sistema. Y en líneas generales, por razones de primacía e interés personal los funciona¬rios eclesiásticos y civiles del Nuevo Mundo no ven con
trimonio a Lisboa de donde con la dicha mujer y a escondida y encubiertamente. … se embarcó para el Perú” (Archivo Históri¬co Nacional, Madrid, Inquisición, legajo 1653, n° 1).
Con motivo de la ocupación de Recife por los holandeses, en 1630, se otorga la libertad de cultos a reformados, católicos y judíos. Es así que se organiza la congregación Zur Israel integra¬da por sefardíes, encontrándose entre sus miembros apellidos de familias que luego emigran al Río de la Plata o que ya lo habían hecho: Mercado, Drago, Coronel, Cardozo, Franco Grado, Ro¬cha, Meló, Coronel Acevedo, Matos, Navarro, Núñez y otros (Cfr.: Arnold Wiznitzer, Os ¡udeus no Brasil colonial, Sao Pau1 , Universidade de Sao Paulo, 1966).
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simpatía a los criollos y aún menos a los mestizos. Pode¬mos recordar las reiteradas expresiones del autoritario virrey Toledo —”se quite el peligro de los mestizos desta tierra y casi todo lo del Paraguay”— y las del obispo de Tucumán Julián de Cortázar —”acá se tiene por cierto que de los criollos se puede fiar poco y de los mestizos nada”—? Es más, en determinados casos menosprecian a una región debido al predominio en la misma de mesti¬zos e indígenas, un equivalente de la dependencia social de la mayoría a los menos. Otro obispo, Lizárraga, acep¬taba como cosa cierta el siguiente dicho que circulaba por entonces en el Perú: “De hombres y caballos de Tu¬cumán, no hay que fiar”. Y este personaje, autor de un libro donde receje sus impresiones del Nuevo Mundo, representante de las tradiciones más veneradas, comba¬tiente aristotélico que predica la inferioridad de los so¬metidos, de los “siervos por natura”, hace ludibrio desde la ciudad de Asunción no solo de los mestizos, también de sus costumbres y de su alimentación, la tradicional de las madres indígenas, y además agrega: “Asunción ten¬drá doscientos cincuenta hombres, la mayoría mestizos, gente mentirosa, con sus abuelos por parte materna, hol¬gazana, bebedores”.* Se trata de los hermanos y primos de los fundadores de Buenos Aires.
Naturalmente, esa particular relación entre domina¬dos y dominadores lleva en su esencia —¿cuándo no ha sido así?— el temor por la rebelión o el ascenso social de quienes en opinión de la ideología oficial deben perma¬necer sometidos. Para el virrey Toledo, siempre con su preocupación puesta en evitar cualquier alteración en la estructura social, no debía permitirse que los hijos de es¬pañoles habidos con indias y negras heredasen los bienes de sus padres (“no se permitiese que los hijos de las in¬dias o negras.. . dejarles el nombre de hijos sin serlo…
” El gobernador del Paraguay y del Río de la Plata, Rodrí¬guez Valdez y de la Banda, escribe en 1599 al rey de España: “acá se tiene por cierto que de los criollos se puede fiar poco y de los mestizos nada y yo así lo creo porque lo voy viendo por experiencia”.
6 José Mora Mérida, Historia social del Paraguay, 1600-1650, Sevilla, 1973, pág. 423.
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y vendrían a quedar los feudos de estas tierras en mesti¬zos y mulatos”). Era la tendencia general.
El poder de los menos. Una relación del tesorero Her¬nando de Montalvo (1585) enviada al rey de España, alu¬de a la necesidad que las tierras del Río de la Plata tienen de gente española —la gente de razón y pulida— “porque hay ya muy pocos de los viejos conquistadores, la gente de mancebos, así criollos como mestizos son muy mu¬chos y cada día van en mayor aumento, hay de cinco partes las cuatro y media de ellos, habrá de hoy en cua¬tro años casi mil mancebos nacidos en esta tierra”. Te¬me, sin duda, que los hijos y nietos de los españoles na¬cidos de las uniones con las indias guaraníes esclavas —no pocas de ellas marcadas con un hierro candente en el ros¬tro— desplacen en el tiempo a sus padres. Mestizos que en Paraguay se conocen como montañeses y ya por esa fecha se han trasladado a Buenos Aires y Santa Fe. Y también el permanente temor al alzamiento de los despo¬seídos: “los mancebos nacidos en esta tierra son amigos de cosas nuevas (y) vanse cada día más desvergonzados con sus mayores, tiénenlos y han tenido en poco””. Her¬nando de Montalvo, representante fiscal de la Corona, sostiene que hacen falta no menos de cuatrocientos espa¬ñoles para establecer un control más estricto. De todas maneras, otros contemporáneos llegaban más allá, a sos¬tener, por caso, que los mestizos podían unirse a los pa¬rientes de sus madres y expulsar a los peninsulares. Riva-deneira, un clérigo franciscano, en una carta enviada a la Corona, en 1581, atribuye las más variadas condiciones a los mestizos de la ciudad de Asunción y sus alrededo¬res, advirtiendo que superan en número, destreza y fuer¬za muscular a los españoles, destacándose por la falta de humildad y obediencia (“A los mozos que tienen ya edad de ponerse espada, llaman mancebos de garrote, porque como no hay espadas traen unos varapalos terribles co¬mo medias lanzas. Son todos muy buenos hombres de a caballo y de pie, porque sin calceta ni zapato los crían, que son como unos robles, diestros de sus garrotes, lin¬dos arcabuceros por cabo, ingeniosos y curiosos y osados
“Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, Director Manuel Ricardo Trelles, t° III, Buenos Aires, 1881.
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en la guerra y aún en la paz; no son humildes, ni aplica¬dos a trabajos de mano””). No son, por cierto, temores basados en un origen étnico.
En ese con texto, social primitivo, los mancebos crio¬llos de Asunción, parientes de los que en Buenos Aires siguen las huellas de Juan de Garay, son prácticos en el dominio de las cabalgaduras introducidas por sus antece¬sores. Ya en 1565 Francisco Ortiz de Zarate, personero de los intereses altoperuanos, en su intento de organizar la ruta que une a Potosí con el Río de la Plata a través del Paraguay, por la actual Santa Cruz de la Sierra (la ru¬ta clandestina de la plata que luego se concreta en los caminos que descienden a Buenos Aires por el centro del actual territorio argentino), un intento que fracasa de¬bido a las características de la región, selvática e insalu¬bre, emplea a un grupo de mestizos prácticos en el domi¬nio de las cabalgaduras y conocedores de la tierra. En ese sentido, funcionarios y militares advierten ya desde co¬mienzos del siglo XVII las prácticas casi brutales que de¬finen a la doma criolla, una costumbre irracional, dicen, que inutiliza a muchos animales.
En 1612, en el transcurso de una vaquería organizada en la ciudad de Buenos Aires para reunir dos mil cueros vacunos, los vecinos emplean a “mancebos”, los mismos que desea poner dentro de su “orden y policía” Hernan-darías de Saavedra, entregándoles los organizadores ali¬mentos y carretas para transportar de regreso el produc¬to de la cacería. Y el 6 de abril de 1622, el gobernador Góngora comunica al rey de España, en una carta fecha¬da en Buenos Aires, haber “puesto a oficio a muchos mozos perdidos que tenían librado su sustento en las di¬chas matanzas (de ganado vacuno)”. Se trata en todos los casos, con seguridad, de mestizos adaptados al ám¬bito geográfico y a su economía destructiva. Mestizos, por otra parte, sin bienes de fortuna, obligados ya com¬pulsivamente a trabajar para terceros. No es preciso que nos detengamos aquí y ahora en el detalle de esa trans-
a Relación de Juan de Rivadeneira, comisario y custodio del Tucumán y Río de la Plata. . . , en Documentos históricos y geo¬gráficos relativos a la conquista y colonización rioplatense, Bue¬nos Aires, Peuser, 1941, t° I, págs. 71-78.
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formación que, teniendo sus raices en la sociedad arcai¬ca, y pasando a través de las diversas circunstancias eco¬nómicas, se asemeja a la observada en varias regiones del Nuevo Mundo y que, entre otros, describe Joseph de Acosta en 1590a.
IV – LA MISERIA Y EL FOLKLORISMO INDUCIDO DE LOS MAS
•Así, pues, ¿qué es lo que venía ocurriendo en el fon¬do? Podemos afirmar, adelantándonos a lo que expon¬dremos, que un pequeño sector con el apoyo del po¬der e integrado al mismo en los cuerpos capitulares, la justicia local y la milicia, se apropia de la hacienda cima¬rrona o salvaje que habían abandonado a causa de su de¬sidia los fundadores de Buenos Aires. Y para esa acción, ¿debemos recordarlo?, siempre tienen el apoyo de las autoridades civiles y militares. En 1627, y es un caso en¬tre tantos otros, el obispo del Río de la Plata se queja de la falta de ganado en toda la región y acusa al goberna¬dor Francisco de Céspedes de haberse apropiado de éste, de “la mayor parte y mejor” agrega. Una situación, acla¬ra, que a poco deviene “en daño de muchos pobres que se sustentaban con el trato de los potros y caballos”^.
Nos encontramos, pues, ante hechos concretos que se reiteran con escasas variantes a través del tiempo. Una ri¬queza, la ganadera, importante en relación a la pobreza del ámbito, proveniente de las vacas que habían introdu¬cido los acompañantes de Garay desde las tierras para¬guayas, no más de 500 bovinos basándonos en los testi¬monios conocidos?. Dispersa la hacienda en campos más
” Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias…, t°I. págs. 418-419.
h Carta del obispo del Río de la Plata a Su Majestad, Buenos Aires, lo de mayo de 1627, en C.G.G.V., no 4804. El subrayado nos pertenece. Francisco de Céspedes: militar, gobernador y ca¬pitán general del Río de la Plata. Llegó a Buenos Aires en 1624, gobernando con algunas interrupciones violentas hasta 1631.
^ Emilio A. Coni, Historia de las vaquerías del Rio de la Pla¬ta, Buenos Aires, Devenir, 1956, pág. 10.
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o menos alejados de la ciudad, los problemas que deter¬mina -su caza dificultan el aprovisionamiento de los habi¬tantes. Es así que la alimentación se complementaba con la caza de perdices, abundantes y fáciles de atrapar, y con la pesca obtenida en las aguas del Río de la Plata. La agricultura y horticultura es casi desconocida. “No hay casi huertas en los alrededores de Buenos Aires y sus ha¬bitantes no son aficionados a ellas” observa Bartolomé de Massiac en 1664a.
Prosigamos. En esos momentos el propietario de una suerte de estancia es el único que tiene derecho al gana¬do vacuno salvaje que se reproduce en la campaña, por cierto, es necesario aclararlo, rodeos que no alcanzan la magnitud tradicionalmente asignada por algunos testi¬gos. Descontando algunos rodeos domésticos, que se men¬cionan en los acuerdos del Cabildo y en los inventarios de bienes, la mayoría vive en las zonas de mejores pastos, con aguadas y a resguardo de los cazadores.
Informes y consejos dados por escrito a los jefes de las vaquerías, en algunos casos bastante explícitos, seña¬lan las diferencias entre los rodeos domésticos y los ci¬marrones. En los segundos, siguiendo una tendencia na¬tural, vacas y toros permanecen separados la mayor parte del año. Se dice que pacen
“sin juntarse (con los toros) desde el mes de mayo, que es cuando ya está del todo fenecida la parición, (y hasta) fines de diciembre; la razón es que los meses de junio, julio y agosto es el rigor del invierno, tiempo en que la torada está débil; y los meses de setiembre y octu¬bre se aniquilan más porque entonces empiezan a brotar los pastos, cuyo verde los purga; y asi hasta diciembre en que ya tienen alguna substancia y engordan los toros, no solicitan juntarse con las vacas, y asi se halla en las cam¬pañas la torada sola hasta ese tiempo por cuya razón se hace mejor la corambre por noviembre y diciembre”.
a Historia, Buenos Aires, 1955, pág. 124. Dos memorias iné¬ditas de los hermanos Massiac sobre Buenos Ares en 1660 pu¬blicadas por Pablo Rouziei en el Journal Americaniste y repro¬ducidas por Raúl A. Molina.
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Esta circunstancia, según se ve, permite faenar solo a los machos sin destruir los vientres reproductores. Por cierto, siempre que los interesados obren racionalmente, una actitud que no todos están dispuestos a seguir y me¬nos en tiempos de escasez.
En el transcurso de la segunda mitad del siglo XVII, al incrementarse la exportación de cueros vacunos, una demanda asociada a la ingerencia comercial de Holanda en las Indias luego de la paz que en 1648 firma con Es¬paña (tratado de Munster o de Westfalia), por cierto que marginal, las vaquerías se internan más allá de Magdale¬na, Lujan, Montes Grandes, Las Conchas, sin superar po¬siblemente el radio de los 150 kilómetros de distancia.
Sociedad de conquista, arcaica, los sistemas primarios de explotación, que no difieren en mucho a la caza de las etnias indígenas, van estructurando métodos y rela¬ciones de trabajo que se mantienen dos o más siglos. Ya-en los albores de la ocupación de la región próxima al Río de la Plata, en el corredor que se extiende a lo largo del camino que conduce a Córdoba, encontramos aso¬ciados a indios, mestizos y criollos para realizar activida¬des dependientes propias de vaqueros: “Vuestras Merce¬des deben guardar que haya un yeguarizo que guarde los caballos como se solía hacer” (Cabildo de Buenos Aires del 8 de mayo de 1589); “Y luego dicho Miguel del Co¬rro dixo se obligaba y se obliga a encerrar los dichos ca¬ballos dos veces en la semana, que se entiende el viernes y el martes y se ha obligado a correr la tierra hasta la es¬tancia de Juan de Garay, y hasta el Paso, y reunir todos los caballos” (Cabildo de Buenos Aires del 21 de agosto de 1589); “los hijos de dichos conquistadores y pobla¬dores han venido y vinieron a su costa y minsión sin ayu¬da de nadie, con sus armas y caballos y ganados a poblar de nuevo esta dicha ciudad y puerto de Buenos Aires y a conquistar los indios rebeldes que están en la dicha tie¬rra con los dichos indios” (Cabildo del 16 de octubre de 1589). Sociedad arcaica y de frontera.
Sociedad de frontera que encuentra su equivalente en el Interior. En 1586 el gobernador de Tucumán Ramírez de Velasco observa, desde luego que bajo su especial con¬cepción de las jerarquías, no haber hallado en Santiago del Estero “gente principal” y decide, en vista de esa cir¬cunstancia, organizar una especie de monasterio para en-
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cerrar entre cuatro muros a todas las mujeres solteras de la región —aparentemente las mismas no estaban decidi¬das a mantener su doncellez— resguardándolas así de to¬do posible peligro (“prevenir la conducta de las donce¬llas”)0. Un arcaísmo similar observamos muchos años más tarde en Comentes y sus campos, agregándose la cir¬cunstancia de que los criollos dueños de estancias lati¬fundistas, la clase dominante, ante el desconocimiento del idioma castellano utilizaban el guaraní.
Y no hablemos del analfabetismo, una condición ge¬neral entre los no pudientes y frecuente en el resto de la población. Aún en 1881, nos recuerda Groussac: “sobre una población infantil de 560.000 niños —se refiere a to¬do el país— no concurren eficazmente a la escuela sino 80.000: la séptima parte. La República Argentina, está, pues, en la situación de un padre de siete hijos que educa a uno solo rudimentariamente y deja a los otros seis en la más floreciente ignorancia”*. He aquí, pues, una de las herencias de la estructura latifundista.
Sin libros, ni aún, lo señala en 1609 el obispo del Río de la Plata, los más elementales de la doctrina cristiana, era imposible la enseñanza: “no se halla, ni hay un libro de latín y menos de artes y teología, y sin libros no se puede estudiar”0. Alude a la enseñanza que deseaba im¬partir a los futuros sacerdotes, la élite intelectual de los dominios españoles. Años más tarde, establecido el Cole¬gio de Córdoba del Tucumán, posteriormente la mítica
J Desde Barcelona el 28 de enero de 1788 señalaba al Consejo de Indias, en relación a los arzobispados de Lima, Buenos Aires, La Paz, Arequipa y Santiago de Chile, el misionero capuchino Mariano de Junqueras: “El amancebamiento es casi general.. . las causas del mal. . . consisten en las dificultades de contraer matrimonio, por los subidos derechos de licencia y velación y en la suma pobreza de muchas jóvenes españolas que casi por nece¬sidad son impelidas a la prostitución, respecto de carecer de la¬bores en que ejercitarse y librar su sustento”. Archivo General de Indias, Sevilla, Indiferente General, legajo 801.
t> .Ricardo Rodríguez Molas, José Hernández, discípulo de Sar¬miento, en Universidad, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe,n°59, 1964, págs. 93-113.
c Carta al rey del obispo del Río de la Plata fray Reginaldo de Lizárraga, 1906, en C.G.G.V., n° 4022.
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Universidad, se dispondrá no de un centro de cultura, tan sólo de una institución que ha de preparar prácticos “pa¬ra la propagación del Evangelio”, una circunstancia que se desprende de las Constituciones y otros documentos referentes al mismo (“no se les ha de permitir defender opiniones de doctrina que no sea muy segura en la fe, si¬no que tampoco las nuevas y peregrinas en cualquier ciencia que sea”; “estudios de latín, artes y teología, co¬mo medio importantísimo para el bien espiritual y eter¬no de los españoles e indios”).
Y si tenemos en cuenta que la ignorancia llega a lími¬tes extremos en los clérigos (“He hallado total ignorancia en los clérigos, como lo ha causado la desorden mucha en ordenar a insuficientes”), podemos imaginarnos la si¬tuación de los españoles del llano.0 Más aún, insistimos, la de los desposeídos de la fortuna: indios, mestizos, mu¬latos y esclavos. Esa situación, una barrera puesta al pro¬greso, va acompañada por el hecho inevitable de la po¬breza, del fatalismo, del irracionalismo inducido; de un sociocentrismo que se desarrolla en el tiempo hasta llegar a nuestros días, expuesto en los más distintos planos y con fines bien precisos: “Todos los unitarios / Jieden a pobre / Como jieden los indios / Jediondos netos” re¬za una cuarteta recogida en el siglo XIX por Ventura Lynch*. Antes habían sido los maturrangos, luego los extranjeros y siempre, mientras sea un problema para los estancieros, los indios: “el vulgo de los españoles —y en estas tierras adonde viene muy poco gente de forma, casi todo es vulgo— jamás habla bien de los indios. . . Tienen un vilipendio notable de todo indio. No piensan en otra cosa sino en sacar de ellos intereses propios. Están en la persuación de que el indio nació para ser esclavo de ellos”c. El testimonio anterior, sin duda que elocuente, pertenece a un jesuita de mediados del siglo XVIII.
Se vivía, aún se vive así en muchas regiones del Nuevo Mundo, adaptando los estilos de vida arcaicos a los cam-
? Carta al presidente del Consejo de Indias enviada por el obispo de Tucumán Julián de Cortázar, Santiago del Estero, 15 de mayo de 1619, en C.G.G.V., no 4663.
b Ventura R. Lynch, La provincia de Buenos Aires, t° I, Bue¬nos Aires, 1883, pág. 8.
c Guillermo Furlong, José Cardiel, S. J. y su carta relación fl 757), Buenos Aires, librería del Plata, 1953, p. 159.
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biantes intereses de cada momento. Bajo los más sutiles argumentos encontramos siempre el desprecio y la de¬gradación de la fuerza del trabajo india, mestiza y negra. Se les decía: “Dios quiere que obedezcamos a nuestro Rey y a nuestros amos con todo amor”; “Dios quiere que trabajemos y no nos emborrachemos”. Son las an¬teriores dos de las propuestas que el oidor Matienzo de¬terminaba en 1567 debían inculcar los misioneros a los indios. Algo así como la creencia de Fernández de Ovie¬do de que “nadie puede dudar que la pólvora contra los infieles es como el incienso para el Señor”. Un mundo una teoría, al que asimismo se integran los mestizos para conformar en el tiempo las sociedades folk del actual te¬rritorio argentino y en general las del Nuevo Mundo. Una limitación social paralela al freno que bajo los más varia¬dos argumentos, hoy objeto de racionalización, se impo¬ne para impedir la integración a la cultura entendida co¬mo la suma del progreso, la única posible y válida.
No nos detendremos aquí en el aspecto actual del pro¬blema, aparentemente complejo, pero mencionaremos algunos de los elementos históricos de su origen. Se ma¬nifiesta en el pasado en los más variados sincretismos, en las fiestas religiosas y civiles con sus pompas barrocas, en los valores diferenciados de los símbolos que hacen al orden establecido (primacías, vestiduras, adornos), en los juegos públicos y los festejos de todo tipo. “Servían —es¬cribe Cipolla al referirse a los de Europa de los siglos XVI y XVII— para alegrar de cuando en cuando a la ma¬sa, apaciguándola con diversiones y libaciones, y, al mis¬mo tiempo, querían expresar simbólicamente cierta co¬munidad de intereses y sentimientos entre pueblo y prín¬cipe, ciertos acontecimientos religiosos o por el final de una epidemia””.
Con precisión lo señalaba un virrey del Perú en 1615 y sus palabras determinan un verdadero conocimiento de los caminos más adecuados para lograr un sometimiento racional por medio de lo que no lo es. “Algo cuida la providencia del gobierno —le escribe al rey de España— para estorbar el riesgo (de una rebelión), y muchas orde¬nanzas se enderezan a este fin: lo más sustancial es traer
” C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindus-trial, Madrid, Biblioteca de la Revista de Occidente, 1975, p. 64.
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a la vista sus juntas y bailes que todo sea en partes públi¬cas, y conservar la separación”. Y también el jesuíta Acosta cree que “es parte de buen gobierno tener la re¬pública sus recreaciones y pasatiempos, cuando convie¬ne”. Y es necesario recalcar el claro y determinante cuan¬do conviene, una prevención a posibles rebeliones. He aquí como determina el método de las aculturaciones inducidas, el origen de ciertas manifestaciones musicales que de ninguna manera, según cree y teoriza WachtelJ, señalan una respuesta de los “vencidos” a la opresión de la conquista; es, contrariamente, una parte indudable del proceso de sometimiento. Se lo decía entonces con to¬das las palabras:
“Los nuestros que andan entre ellos, han probado po¬nerles las cosas de nuestra santa Fe en su modo de canto, y es cosa grande de provecho que se halla, porque con el gusto del canto y tonada están diez días enteros oyendo y repitiendo sin cansarse. También han puesto en su len¬gua composiciones y tonadas nuestras, como son octavas y canciones, de romances, de redondillas; y es maravilla cuan bien las toman los indios, y cuánto gustan: es cier¬to gran medio éste, y muy necesario para esta gente”,
Es, sin más, el nacimiento de las formas de sumisión que dan origen a estilos de vida característicos, sincréti¬cos, conocidos como “saber popular”, folklore para los antropólogos culturalistas. Situaciones similares encon¬tramos en la sociedad mestiza y de frontera a lo largo del siglo XVII. En Buenos Aires, en 1610, se festejan las fies-
a Nathan Wachtel, Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570), Madrid, Alianza Editorial, 1971.
” Joseph de Acosta, Historia natural y moral. . ., t° II, pág. 225. En sus Ejercicios espirituales exhortaba poco antes Ignacio de Loyola: “Convénzanse todos por sí mismos de que el que vive bajo la obediencia debe ser encaminado y gobernado por la Di¬vina Providencia, que se expresa a través de sus superiores; exac¬tamente como si fuera un cadáver que soporta ser conducido y manejado de algún modo”.
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tas de beatificación de Ignacio de Loyola con fiestas y danzas, jugándose al pato (“salieron con algunas inven¬ciones de regocijo a correr patos delante de nuestra Igle¬sia. . . y los que jugaron como indios corrieron casi des¬nudos y sin sillas, que a todos causó admiración verlos así a ellos como a los caballos que parecían incansables corriendo con tanta incomodidad”) y a las cañas. Se tra¬taba de la comunidad de intereses advertida por Cipolla, de la práctica de un sistema que garantizaba la paz social por medio de una ascética y racionalizada alienación. Como pronto veremos mejor, los pobladores que emi¬gran del Interior para radicarse temporariamente o para siempre en el litoral, traen al área pampeana sus formas musicales inducidas. Las herencias de aquellas formas musicales y sus elaboraciones no constituyen elementos auténticos, étnicos; son, opuestamente, la supervivencia activa de una conversión ritual del aparato teológico ofi¬cial que establecían en los indios y mestizos estados de multitud, una exaltación que favorece la credibilidad y sobrevalora los hechos. A fines del siglo XVI el jesuita Barzana alude a prácticas similares, en un texto que no necesita de comentario alguno por lo explícito. Luego de señalar la predilección de los hiles por la música que le enseñaban, cuenta que se pasaban danzando toda la noche, llorando y bebiendo. Y agrega: “la Compañía pa¬ra ganarlos en su modo, a ratos los iba catequizando en 1? fe, a ratos predicando, a ratos haciéndoles cantar en sus corros y dándoles nuevos cantares a graciosos tonos; y asi se sujetan como corderos, dejando arcos y flechas. También mucha de la gente de Córdoba son muy dados a cantar y bailes, y después de haber trabajado y cami¬nado todo el día, bailan y cantan en coros la mayor par¬te de la noche”0.
Ahora bien, fiestas religiosas, procesiones, juegos a ca¬ballo y acontecimientos civiles se determinan en sus me¬nores detalles siguiéndose, así lo señalan los textos de la época, las prácticas aconsejadas por Platón en La Repú-
a Carta del padre Alonso de Barzana, de la Compañía de Je¬sús, al padre Juan Sebastián, su provincial, Asunción, 8 de se¬tiembre de 1594, en Marcos Jiménez de la Espada, Relaciones geográficas de Indias, Madrid, B.A.E., 1965, t° II, pág. 81.
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blica y Las leyes. Lo determina el jesuita Peramás, con palabras que nos recuerdan la acción de las marchas mar¬ciales, las pancartas y los desfiles rítmicos de nuestro si¬glo XX que inducen y establecen una participación mís¬tica y colectiva, siempre autoritaria: “los bailes eran gra¬ves y jeroglíficos, es decir simbólicos”; “Para que el tra¬bajo les resultase más agradable, llevando consigo, entre alegres canciones, una pequeña imagen de San Isidro La¬brador. . y se entregaban a la labor”; “danzas gimnás¬ticas que proporcionan flexibilidad y agilidad a los miem¬bros, y vienen a ser como una preparación militar””.
La teoría y también la práctica. Estamos, pues, en presencia de la cultura folk encauzada a partir de los pri¬meros momentos de la conquista con el fin determinado de aislar a los sectores dependientes e impedirles el ac¬ceso a la educación, segregándolos, diferenciándolos y aun fomentando, según vimos, las manifestaciones mu¬sicales más o menos inocentes. Es, qué duda cabe, el “es¬píritu de la tierra”, una idea sobre la que luego hemos de . volver, que, de acuerdo a lo expuesto por Ricardo Rojas, debía “liberar” a la ciudad “extranjera por todos sus atri¬butos”. Transformar al país en un ente folklórico. “El retraso —señala acertadamente el historiador estadouni¬dense Harris— de vastas multitudes del campesinado del Nuevo Mundo, analfabetas, inhábiles, apartadas del siglo veinte y de sus brillantes progresos tecnológicos, no se produjo por sí solo. Esos millones, de cuyo bienestar nos hemos visto obligados a ocuparnos, fueron entrenados, para ocupar su papel en la historia del mundo, durante cuatro siglos de condicionamiento físico y mental. Fue¬ron deliberadamente embotellados. Ahora, deberemos, o bien extraer el corcho o ver la explosión de la bote¬lla” *>.
” José Manuel Peramás, La República de Platón y los guara¬níes, Buenos Aires, Emecé, 1946, passim. Otros aspectos del mis¬mo problema los desarrolla Lodovico Antonio Muratori en // cristianesimo felice nelle missioni de’padri della Compagnia di Gesú nel Paraguay. . ., Venecia, 1752.
” Marvin Harris, Raza y trabajo en América, Buenos Aires, Si¬glo Veinte, 1973, pág. 159.
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A partir de los primeros años del siglo XVII había co¬menzado en la llanura pampeana el proceso aludido. De lo cual hablaremos en las siguientes páginas.
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2 DOMINIO ECONÓMICO Y CONTROL SOCIAL
“De este pretexto nacen las correrías que hacen los pue¬blos de las Misiones, y los ricachos del pueblo haciendo la corambre tan a poca costa, y en tanto número que no viene a cuenta a ninguno que no sea rico criar una vaca. Queda de este modo despoblada la campaña de vecinos, los ganados vagos, y la gente pobre a hacer sin licencia lo que otros hacen con títulos”.
Manuel Cipriano de Meló, 1790
“Los poderosos y ricos homes de la tierra son el orna¬mento de la Corona. . . de modo que siendo Dios autor de todas las cosas, quiso que el pobre viviese dependien¬te del rico con un trabajo personal y el rico del pobre (y) con su dinero, sirviéndose de todas las artes para su sub¬sistencia, decencia y ornato”.
Francisco de Zufriategui, procurador de los hacendados, 1790
I – LA RIQUEZA Y EL CONTROL SOCIAL
Hemos visto brevemente el nacimiento de las pobla¬ciones y asimismo los primeros pasos en el dominio de los menos a los más; determinamos también cómo co¬mienzan los sincretismos inducidos que establecen los arcaísmos. Veamos ahora, en sus aspectos más generales, los procesos que caracterizan las relaciones entre los po¬bladores sin recursos económicos del área ganadera y los dueños de la tierra y los rodeos.
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A partir del monopolio francés para abastecer escla¬vos, en los años iniciales del siglo XVIII, y en 1713, di¬suelto éste, con el acordado a los ingleses de la South Sea Company e impuesta a España en Utrech (una alianza de mercaderes especializados y los monarcas de .ambos paí¬ses), naves extranjeras comienzan a descargar seres huma¬nos en las riberas de la ciudad. El mencionado proceso, es necesario advertirlo, facilita la introducción de manu¬facturas británicas, que a poco compiten con otras del mismo origen distribuidas legalmente por el circuito an¬daluz. Es bien sabido, y así lo demuestran las investiga¬ciones más recientes, que el 90 por ciento de los produc¬tos ingresados a Cádiz, parte de los cuales se distribuyen en el Nuevo Mundo, son extranjeros. Se trata, pues, de una competencia de dos rutas distintas.
Las naves negreras inglesas, de vuelta a España condu¬cen en sus bodegas, con reiterada frecuencia sin pagar los derechos de aduana establecidos, barras de plata y cueros vacunos.
El hecho, tal como lo determina el incremento paula¬tino de los embarques de pieles bovinas, señala de allí en más cambios bien precisos en toda la región que nos ocu¬pa. Se produce en primer lugar un aumento considerable del contrabando, presente desde los primeros días poste¬riores a la fundación de la ciudad, apoyado por los fun¬cionarios reales a cambio de nada desdeñables sumas de dinero: “a very considerable present” aconsejan entre¬garles en los informes ingleses que circulan por los más importantes puertos de embarque. Es frecuente la adver¬tencia de que todos ellos son propicios a la corrupción. En segundo lugar, advertimos una mayor preocupación por la compra de tierras y el cuidado de los rodeos do¬mésticos. Ya en 1702 se cierran las vaquerías en algunas regiones, permitiéndose únicamente los arreos de ganado vacuno cimarrón con el exclusivo fin de criarlos en las estancias*7. Y, lógicamente, aumentan los precios de los campos cercanos a la ciudad de Buenos Aires y de los
a En julio de 1702 Francisco Bracho solicita al Cabildo de Buenos Aires autorización para realizar una vaquería en Santa Fe, observando entonces estar prohibidas las mismas en Buenos Aires, salvo, dice, “que algún vecino las quiera coger para criar en sus estancias”.
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que se encuentran a lo largo del camino que conduce a Córdoba. Paralelamente a este proceso comienzan las in¬cursiones de los indígenas, sin adquirir la virulencia del siglo siguiente, obteniendo en sus malones ganado que ya por 1698 trasladan a Chile (“serranos y pampas. . . tie¬nen su trato y comunicación con los indios enemigos de Chile que caen de la otra parte de la Cordillera que corre hasta el mar. . . con grandes cantidades de caballos, ga¬nados vacunos, y algunas armas de alfanjes y espadas an¬chas”). En 1751 asaltan Pergamino y dan muerte a va¬rios vecinos, determinándose más tarde en Buenos Aires la creación de cuatro compañías de soldados blanden¬gues (milicias) para recorrer y controlar los campos, manteniéndoselas mediante un impuesto de real y medio por cada cuero que se vende, amén de otros más a la sal y yerba. Asimismo, deciden la creación de algunas pobla¬ciones para más seguridad de los viajeros, miserables con¬juntos de ranchos de paja y barro.
Determinamos sólo elementos fundamentales. No es posible en pocas líneas estudiar las características de aquellas acciones y los intereses que están en juego. En general, a partir de entonces, en un proceso que no se de¬tiene hasta 1880, los pobladores se expanden lentamente en un territorio que por las razones expuestas no tenía hasta entonces atractivos económicos. Se levantan fuer¬tes y fortines para detener a los malones y resguardar a los viajeros que transitan la Ruta Continental que cruza parte de la llanura: en tiempos del virrey Cevallos (1776-1778) se instalan los de Rojas y Melincué. Posteriormen¬te, Vértiz (1778-1783) reforma el sistema defensivo de los campos porteños y establece en 1781 varios fuertes; Mercedes (Colón) y Ranchos (General Paz). Al amparo de las armas de los soldados, en la zona se instalan pobla¬dores del Interior desamparados económicamente, co¬merciantes y estancieros. (“Para prevenir o remediar los males. . . mantiene la ciudad de Buenos Aires a sus ex¬pensas un cuerpo de milicias, cuyos soldados, que se lla¬man blandengues, guarnecen. . . varios fuertes y puestos, que están en la frontera” escribe en 1772 Millau).
Los cueros que llegan entonces a Buenos Aires para ser luego embarcados a Europa, lo hacen de campos ubi¬cados a cien o a lo sumo ciento cincuenta kilómetros de distancia. La carne de las reses faenadas se abandona
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para satisfacción de los miles de perros cimarrones que pululan y de las aves de rapiña. Por razones obvias que hacen a su mantenimiento, era imposible enviarla a la ciudad para su consumo. Es así que determinamos en ciertos momentos, por ésta y otras circunstancias, el desabastecimiento de la ciudad, una paradoja en una re¬gión donde abundan los rodeos cimarrones y domésticos. En 1718, el caso es significativo, el Cabildo ordena el sa¬crificio de treinta vacas lecheras, las únicas disponibles, para superar una situación crítica.
En la ciudad de Buenos Aires, y ya a partir de los pri¬meros años del siglo XVIII, ingleses, mercaderes y pro¬pietarios latifundistas conforman una estrecha asociación conjugada a la sombra de sus apetencias comunes, aso¬ciándose a todos ellos, en una armonía con frecuencia rota, la Compañía del Mar del Sur.
Todo lo expuesto es indudable y coherente con la rea¬lidad social. Y, por cierto, lo es asimismo el enfrenta-miento entre los más variados sectores por el dominio de la riqueza ganadera. Nos referimos a un proceso que co¬mienza a advertirse a partir de los primeros pasos adopta¬dos por los nuevos intereses para encauzar el comercio intérlope a través de Colonia del Sacramento en 1680, un enclave lusitano levantado frente a Buenos Aires, río por medio, que sirve de nexo entre los ingleses y los due¬ños de la tierra y los ganados, de los mercaderes que se aprovisionan de las más variadas manufacturas. Son agrias, no pocas veces violentas, las disputas por la pree¬minencia en los beneficios del contrabando, particular¬mente las que tienen lugar entre los jesuítas y los hacen¬dados de Buenos Aires, Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe.fl
En un extenso informe, titulado en el inventario de la Bi¬blioteca Nacional de Madrid, España, “Estado eclesiástico, polí¬tico y militar de América o grandeza de las Indias” (manuscrito n° 2933) se mencionan las relaciones estrechas de jesuítas e ingle¬ses y el contrabando de cueros realizado por ambos en las postri¬merías del siglo XVII. “Estos padres -se dice- con esta hacien¬da (en el río de Areco) son señores de comerciar sin que en Bue¬nos Aires se sepa, con todas las personas que quisieren, así por¬tugueses como de otras naciones que frecuentan aquel río.. . (con) cualquier género de embarcaciones que dieren fondo en
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Sobre la base del contrabando de manufacturas, la in¬termediación de esclavos adquiridos a los ingleses, la ven¬ta de cueros y otras actividades, de manera especial el intérlope que tiene como punto de destino el Interior y el Alto Perú, se produce el rápido ascenso económico y social de los Riglos, Pozo, Arellano, Acassuso, Warnes, Alzáybar, Narvona y otros indianos. Sus carretas condu¬cen de tanto en tanto las levas de negros que descargan las sentinas de los veleros y sus peones las arrias de muías
las islas de San Gabriel o en Montevideo”. Y luego, en otro de los capítulos de su informe (que llega a manos del rey Carlos II), agrega: “Es el exceso que en aquellas partes es de gravísimo per¬juicio así al servicio de Dios como al de Vuestra Majestad, dis¬minución de la Real Hacienda y despoblación de aquellos reinos y poca conservación de los caudales de los vasallos del (virreina¬to del Perú), la muchedumbre de conventos de religiosos y reli-. giosas y que ahí se van apoderando de lo más florido, fructífero y cuantioso de las haciendas de todas las Indias, de suerte que hay ciudad en donde las cuatro partes de hacienda que tiene, las tres son rentas de eclesiásticos. De que se origina este desorden, es, que como en aquellas partes las educaciones de las familias son algo más libres por los naturales e inclinaciones de aquellos climas, los padres por excluirse de aquel cuidado aplican todos los más hijos que tienen.. . y se pueblan los conventos y mo¬nasterios de ociosidades, que acarrea consigo los vicios que en uno y otro sexo se deja entender. Llévanse consigo el dote las religiosas y por herencia lo más florido de los caudales, con que hay convento que tiene ochenta mil y cien mil pesos de renta con los principales que se funda, sin el ingreso cotidiano de cape¬llanías, que es muy grande”. Y en referencia a la estancia de los jesuítas en Areco, escribe el anónimo informante: “Tienen gran¬des sementeras, muchas crías de yeguas y muías, caballadas, ga¬nados, vacunos, tanto que lo que más se gasta en Buenos Aires se provee de esta hacienda, perjudicando tanto al bien público de aquella ciudad y aun al servicio de Su Majestad, que fuera menos inconveniente darles aunque fuera un lugar en España por ella porque no la tuviera la Compañía, no por la esencia ni el valor, sino por las consecuencias tan perniciosas que se pueden origi¬nar. . . Estos padres con esta hacienda son señores de comerciar sin que en Buenos Aires se sepa con todas las personas que quisieren, así portugueses como de otras naciones que frecuentan aquel río porque cualquier género de embarcaciones que dieren fondo en las islas de San Gabriel o en Montevideo, que está más apartado, o en la isla de Maldonado puede comerciar con los pa¬dres jesuítas con su inteligencia”.
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provenientes de las estancias bonaerenses. Todos ellos, los beneficios obtenidos en las actividades esclavistas y en el contrabando los invierten en la compra de campos y ganados en momentos de rápida valorización de ambos debido a la demanda externa de cueros. Se trata del se¬gundo grupo importante de la clase dominante local (el primero lo determinarnos a comienzos del siglo XVII dedicado a la intermediación de esclavos y plata altope-ruana). Arribados a las playas bonaerenses entre 1680 y 1710, representantes de casas comerciales o soldados de los destacamentos militares, contraen matrimonio al poco tiempo con jóvenes pertenecientes a las familias tradicionales de la ciudad, no pocas de ellas descendien¬tes de los portugueses y mestizos de los días iniciales, in¬tegrándose de esa manera a la “aristocracia” señorial que tiene en el Cabildo su medio apropiado de expresión y poder local. Pensamos en Miguel de Riglos, agente de los asentistas británicos y dueño de una barraca donde man¬tiene a los negros recién arribados, casado en primeras nupcias con la casi anciana y rica Gregoria Silveyra de Meló y Gouvea, divorciada por infiel y viuda de un lusi¬tano, y, más tarde, muerta ésta, con una porteña casi niña.
Por último, sobre esa trama determinamos una mayor rigidez en las medidas de control. Y en esas acciones se destaca la solicitud enviada en marzo de 1759 al Cabildo de Buenos Aires. Nos encontramos en el mismo ámbito que había aplicado castigos extremos a los indios some¬tidos, y ésta es la causa, a la que se suma el incremento de los precios de cueros y campos, de un irracional pedi¬do sustentado en hechos económicos. Pues bien, en pri¬mer lugar recuerdan los hacendados el incremento de los robos de ganados, a pesar, observan, de las disposiciones en vigencia que disponían el destierro de los cuatreros a Montevideo o el sometimiento de los mismos a los más variados trabajos forzados. Y también tienen en cuenta el crecimiento demográfico de la campaña, la constante migración desde el Interior, todo ello asociado a una ma¬yor demanda de cueros, por una parte, y a la disminu¬ción de los rodeos por otra. En ese sentido, se calculaba en 1742 en aproximadamente sesenta mil vientres los existentes en la campaña. De los múltiplos habidos, es decir de las crías, faenábanse anualmente no menos de
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veinte mil en la ciudad y quince mil en la campaña, sin contar las pérdidas y robos. Ahí tenemos, en pocas pala¬bras, expuesto el problema. La presencia de esos hechos, pues, les determina a los estancieros a solicitar al Cabildo la fábrica de una pequeña marca, similar a la usada con los esclavos, a efectos de ser estampada al rojo vivo sobre la espalda o el brazo de los cuatreros. Los reincidentes debían ser ahorcados. Los robos, en primer lugar y ante todo, tienen como único fin el sustento de los desposeí¬dos en momentos de transición del sistema de la vaque¬ría al de la estancia. Tradicionalmente se venía faenando una res para tomar de ella una parte, desechándose el resto. Se le informaba en 1784 al latifundista oriental Francisco de Albin que en los campos los gauchos mata¬ban vacunos “tan solo para comer una parte pequeña co¬mo es la picana, entrepierna o lengua, o tan solo por sa¬carles las botas”. En esto, pues, estriba el carácter de las medidas. Es que a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, entonces, hay que invertir la perspectiva.
Dentro del proceso económico general, observamos en primer lugar un aumento de las estancias en ambas orillas del Río de la Plata, en el área controlada por las autoridades, preferentemente junto a las “rinconadas” de ríos y arroyos —cercos y aguadas naturales— para un mejor y más adecuado control de los rodeos. Hasta en¬tonces, salvo excepciones, los “establecimientos” gana¬deros no tienen más de mil cabezas de ganado vacuno, determinados como lo estaban por el sistema de explo¬tación predominante: las vaquerías de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Banda Oriental. Paralelamente, au¬mentan a niveles nunca vistos los pleitos por el dominio de las tierras ganaderas no ocupadas o por el control de una región abundante aún de ganado cimarrón: miles de fojas manuscritas e impresas señalan las disputas de los jesuítas con los vecinos de Montevideo y Corrientes por las “vaquerías del mar”, una fuente de cueros para abas¬tecer a los compradores ingleses.
Poco a poco, esa actividad comienza a requerir mayor número de trabajadores asalariados para tareas perma¬nentes o temporarias, las propias de las corambres y ye¬rras que se realizan una o dos veces al año. Debido a la escasa importancia económica de la región pampeana en el siglo XVII, hasta entonces la mano de obra disponible
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alcanzaba para cubrir los requerimientos mínimos de los propietarios. Por cierto, en Buenos Aires son pocos los peones disponibles para realizar un trabajo, y pocos tam¬bién los dispuestos a conchabarse a cambio de un mísero salario mensual o por la alimentación y la vivienda, un mísero rancho de paja y barro ubicado en un rincón del campo. Asimismo los labradores se ven envueltos en pro¬blemas semejantes: son escasos los peones disponibles para recoger en los primeros meses del año (enero a mar¬zo) el trigo sembrado en las chacras próximas a la ciu¬dad, debiéndose obligar a los artesanos negros, mulatos, mestizos e indios a concurrir al campo para la siega, abandonando temporariamente sus ocupaciones.
El interior, un inmenso desierto donde los míseros pueblos denominados “ciudades” se encuentran a cien¬tos de kilómetros unos de otros, paupérrima sociedad folk sin recursos y cuyas mejores tierras están en manos de unos pocos (Jerónimo Luis de Cabrera, en el siglo XVI, es dueño en Córdoba de una estancia cuya superfi¬cie es similar a la actual Bélgica), fue desde siempre una fuente inagotable de mano de obra para abastecer al litoral. De tanto en tanto, a partir de 1580, “bajaban” al Plata conduciendo tropas de carretas o simplemente para radicarse en la llanura pampeana y trabajar en las vaque¬rías. Traían sus elementos de trabajo, desjarretadoras, cu¬chillos y caballos. Esos procesos determinan intercam¬bios de estilos de vida o, si preferimos, formas folk de la sociedad arcaica, de artesanías indígenas y criollas, y de los mismos nos dan razón los estudiosos del tema al ana¬lizar las expresiones materiales, costumbres y música. Y determinan también, lo que es más importante en nues¬tro caso, la pobreza y la miseria de las regiones origina¬rias.
Aclarado lo anterior, refiriéndonos al origen de la po¬blación rural del área ganadera, en Buenos Aires se pue¬den establecer, y a partir de 1580, varios aportes regiona¬les. Por regla general, según queda dicho, determinantes económicos señalan la presencia de santiagueños, púnta¬nos, mendocinos, sanjuaninos, cordobeses, paraguayos, correntinos.. . Pero, es necesario aclararlo, esas actitudes de migración son sólo un aspecto accesorio a la realidad general. Había en verdad otra causa, de una importancia más de fondo, y es la que hace a la estructura general de
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la sociedad, la referida en líneas generales en el capítulo anterior, que determina tantas herencias, tantas realida¬des de injusticia y otras, tal vez más sutiles y que esca¬pan a la abstracción de los estudios históricos, impuestas como un símbolo castrador del progreso, es decir de la Historia. Lo afirmaba, en relación a otras circunstancias, a fines del siglo XVIII desde su exilio inglés uno de los españoles más lúcidos de todos los tiempos en un grito desgarrador y racionalizado de su angustia e impotencia. “El despotismo español —escribe José Blanco White— no tiene el carácter irritante y cruel que lleva a un pueblo a la desesperación. No es la tarea del negrero —agrega— cuyo látigo siembra deseos de venganza en el corazón de los esclavos. Es más bien la precaución del agricultor que castra el ganado cuya fuerza teme. El animal debilitado crece sin darse cuenta del daño y después de una breve doma se puede pensar que llega incluso a amar el yugo”. Y todas estas ideas, o por decir mejor experiencias de su vida, no desarrollan otros aspectos, que por cierto desco¬nocía el recuerdo del sevillano. Pero también otras cosas ignora Blanco, y de haberlas sabido las hubiese colocado en su sitio preciso: siempre, en todos los tiempos y luga¬res, hay momentos en que el pueblo despierta, sacude fu¬riosamente el yugo, y se coloca en un primer plano de la historia por propio y exclusivo deseo. De todas maneras, en las palabras de Blanco encontramos una clara antici¬pación de hechos futuros, una extraña y aguda defini¬ción que se extiende a sociedades que no son las de su tiempo, un análisis de los sincretismos coloniales y de otros posteriores.
Prosigamos. Aludíamos al origen étnico y geográfico de la población rioplatense. Veamos, pues, resumiendo investigaciones que realizamos, algunos de los elementos que conforman a la misma en los siglos XVII y XVIII. Pues bien, es posible determinar, brevemente expuestos, los siguientes aportes; a) son pocos los indios que pueden someter en 1580 los fundadores de la ciudad de Buenos Aires; y pocos, a pesar de las reducciones que organizan, los que permanecen en las cercanías en los años posterio¬res (las etnias de los alrededores serían las siguientes: guaraníes, que con sus canoas dominan el río y cuyo ha¬bitat son las tierras del bajo Paraná; chañas, emplazados en una franja de tierra próxima a Santa Fe, viven de la
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caza y la pesca; mbeguá, pueblos del Delta del río de la Plata, emplean el arco y la flecha —canoeros pámpidas—; querandies o pampas con su habitat entre el río Lujan y el litoral, en actual emplazamiento de Buenos Aires, nó¬mades y guerreros, que emplean como arma la boleado¬ra, son auténticos pampas, sometidos en esos momentos al cacique Mbagual); b) los vecinos de sangre española y guaraní que acompañan a Garay; c) los cientos de guara¬níes del Paraguay que acompañan a los fundadores en calidad de esclavos, trasladando la hacienda vacuna y los enseres domésticos; d) la mano de obra que en el trans¬curso de los siglos XVII y XVIII arriba permanentemen¬te de Paraguay (“indio paraguay” señalan los padrones); sofocada a “sangre y fuego” a mediados del siglo XVII la rebelión calchaquí, uno de sus grupos, los quilmes, son desnaturalizados y se los instala en las cercanías de Bue¬nos Aires; f) indios charrúas y pampas que periódicamen¬te realizan trabajos en las estancias o en la ciudad, esta¬bleciéndose algunos de ellos por la fuerza o voluntaria-mentea, g) esclavos negros que trabajan en las estancias o en la ciudad, estableciéndose algunos de ellos voluntaria o compulsivamente; h) esclavos negros originarios de ‘Guinea y Angola; i) criollos y mestizos del Interior; j) indígenas provenientes de Córdoba que habían sido apre¬sados en las malocas organizadas por Garay y sus suceso¬res; k) criollos y mestizos de Corrientes; 1) españoles, criollos y portugueses propietarios de campos.
En el conjunto de todo ello, está la entrevista realidad social. No debe extrañarnos, adelantándonos a lo que luego veremos con más fuerza, que, en el plano de las relaciones sociales, a un aumento de los beneficios eco¬nómicos se le contrapone un control más estricto a los más. Es así que a lo largo de una larga experiencia, se ve siempre, bajo las más variadas formas, surgir el dominio y la rigidez. En Buenos Aires, en 1777, el virrey Cevallos determina el horario de trabajo de los peones, que se ex¬tiende a partir de las cuatro del día hasta una hora des¬pués de la puesta del sol. Descontado el tiempo del al-
a En el padrón de 1744 se puede leer que en el partido de Lu¬jan el estanciero Pedro Gómez “tiene un esclavo indio pampa lla¬mado Pedro, de edad de ocho años”.
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muerzo, más de doce horas de labor”. Estas y otras imá¬genes semejantes nos transportan a un destino impuesto.
Acentuándose un proceso delineado ya antes, en los primeros años del siglo se ordena el cierre de las pulpe¬rías durante la noche y el castigo a los que blasfemen y porten armas blancas, a los que no trabajen o tengan ocupación conocida, a los que asistan a reuniones de can¬to y guitarra (bando del gobernador de Buenos Aires Jo¬sé Bermúdez de Castro del 7 de enero de 1716). Debe¬mos advertirlo: se presta en todos los casos especial aten¬ción a las reuniones que el orden establecido no puede controlar; se reprime, en fin, la concurrencia de las muje¬res a los negocios y despachos de bebidas, condenándose todos los bailes y diversiones.
Pero esa política represiva es sólo uno de los aspectos de la realidad. Tiene la clase dominante una conciencia clara de que todo aquello que no es resultado de los sin¬cretismos inducidos debe ser materia de control, repre¬sentando las actividades naturales un peligro latente para el sistema. El pueblo, es sabido, debe estar sujeto, de acuerdo con ciertas teorías, a un permanente estado de tensión, de movilización interna y externa, encauzándose sus intereses a centros de atención precisos, a una cons¬tante y permanente racionalización de los medios de dominio. Esa empresa venía de lejos. En 1788, demos¬trándonos lo que hemos expuesto, escribe el síndico pro¬curador de Buenos Aires que en la campaña.
“hay un número considerable de pulperías donde se venden al menudeo todas las especies de comestibles y bebidas más usadas por la gente del país y se tiene adver¬tido de que en ellas acaecen diariamente riñas entre las gentes que concuurren. . . entretenimiento de esclavos que abandonando el servicio de sus dueños ocurren a la bebi¬da, diversión de guitarras, juegos de naipes”.
Y, días más tarde, como expresión de aquellos deseos, el gobernador de Buenos Aires ordena que los comer¬ciantes, de allí en más, no admitan, bajo pena de multa y cárcel, “juntas de gentes ni de guitarras”, obligándose
a Archivo General de la Nación, División Colonia, Sección Gobierno, Bandos, 1777-1790, n° 4.
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al mismo tiempo a los concurrentes a que consuman los alimentos en la calle, prohibiéndose el ingreso y perma¬nencia en el local. Hasta muchos años después —poco sabemos de la caducidad de aquella medida represiva— permanece en vigencia.
Pues bien, llegados a este punto debemos abordar el por qué de la designación de gaucho, al igual que otras previas, que recibe el poblador rural sin bienes de fortu¬na; un problema cuya importancia en sus aspectos exter¬nos es secundaria, pero no lo es tanto en el contenido que en cada momento histórico se le asigna. A ello nos referiremos seguidamente.
II – LOS NOMBRES QUE RECIBE EL DESPOSEÍDO
El origen de la palabra gaucho, como el de tantas otras del Nuevo Mundo, ha dado pie a las más variadas y no pocas veces alucinantes teorías filológicas. Se trataba, por cierto, de idear etimologías, coleccionándolas como si se tratase de sellos de correos, sin ubicar, insistimos, al grupo designado con ellas en su contexto social y econó¬mico. Se olvidaba y se olvida la esencia del problema: saber cómo y por qué había evolucionado hacia el últi¬mo sentido y cómo había penetrado el todo en el cono¬cimiento de cada caso particular.
Ahora bien, la voz gaucho, lo señalamos hace ya años en un detenido análisis, que en un comienzo se aplica a vaqueros al servicio de los más variados intereses, adquie¬re a principios del siglo XIX un significado más amplio que el primitivo y originarioa. Es decir, se le da, en un
a Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Antigüedad y significado histórico de la palabra gaucho (1774-1805), en Boletín del Insti¬tuto de Historia Argentina, Buenos Aires, 1956, año 1, t° I, pp. 144-164. Augusto Meyer en “Gaucho, historia de una palavra” (capítulo del libro Prosa dos pagos, Río de Janeiro, Livraria Sao José, 1960) estudia detenidamente los distintos significados que tuvo el vocablo desde sus comienzos en Brasil. Fernando Assun-cao (Nacimiento del gaucho en la Banda Oriental, en Boletín Histórico, n° 77-79, Montevideo, julio-diciembre de 1958, pas-
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proceso lento, el contenido que era antes exclusivo de otros términos. Ya a fines del siglo XVIII, peyorativa¬mente, propietarios y funcionarios denominan gauchos a los pobladores rioplatenses sin «cursos económicos que faenan, por cuenta de otros, animales vacunos para obtener sus cueros0. Provenientes de diversas regiones, del interior y del litoral rioplatense (Entre Ríos, Santiago del Estero, San Luis, Córdoba y Santa Fe, entre otras), trabajan por cuenta de intermediarios y estancieros esta¬blecidos en Río Grande del Sur (Brasil), Uruguay, Bue¬nos Aires y Santa Fe.
Como pronto veremos mejor, el significado de la pala¬bra evoluciona lentamente incorporándosele otros conte¬nidos. En una comunicación enviada en 1794 al virrey Arredondo desde el fuerte de Santa Tecla, en la Banda Oriental, advertimos el cambio. Se le informa entonces sobre una leva compulsiva de gauchos con el fin de obte¬ner mano de obra para ciertos trabajos oficiales, desig¬nándose ya no a contrabandistas sino a pobladores sin re¬cursos económicos, diferenciados de estancieros y mili¬tares. Poco más tarde, el cronista Miguel de Lastarría considera gauderios o gauchos a pobladores de la Banda Oriental que denomina hacendados —no significa que po-
sim) siguiendo la misma documentación investigada por nosotros analiza diversos aspectos desde el punto de vista tradicional. Una guía bibliográfica del tema en los siguientes trabajos eruditos: Er¬nesto Quesada, El ciclo cultural de la colonia, en Boletín del Ins¬tituto de Investigaciones Históricas, Facultad de Filosofía y Le¬tras, t° II, Buenos Aires, 1924, pp. 370-414; Madaline Wallis Ni-chols, El gaucho, Buenos Aires, Peuser, 1845; Félix Coluccio, Bibliografía del gaucho, en Biblioteca, n° 5, La Plata, 1951, pp. 66-77; Augusto Raúl Cortázar, Guía bibliográfica del folklore ar¬gentino, Buenos Aires, 1942.
a Es interesante observar la similitud, semántica y social, con el término gavacho o gauachos empleado en España en los siglos XVII y XVIII para designar a los franceses que huyen de la po¬breza del Languedoc y se trasladan a la Península. Una similitud que merece un análisis más detenido, asociándose ambas circuns¬tancias. Es posible que el siguiente texto de Covarruvias, uno de tantos, perteneciente a su Tesoro de la lengua castellana, pueda darnos algunas pautas: “Gavachos, hay unos pueblos en Francia que confinan con la provincia de Narbona, Strabon y Plinio los
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sean estancias— y viven en zonas apartadas “sin oír el Santo Sacrificio de la Misa; ni asistir a concurso de fies¬tas o diversiones públicas; cuyo estado de barbaridad e independencia he descrito”0.
En general, puede decirse que gauchos y gauderios son enrolados compulsivamente con el fin de integrar las fuerzas militares de la frontera común entre España y Por¬tugal, una amplia franja de tierra que se extiende al norte de la Banda Oriental. Lo advertimos en el texto de una comunicación enviada en 1808 al virrey Sobremonte. Sin entrar en demasiados detalles, recordemos que le infor¬man entonces la actitud de cincuenta gauchos incorpora¬dos para integrar una expedición militar contra los ingle¬ses. Alistados aquéllos, observan, para repeler la invasión, vencidos los adversarios, prefieren el sueldo recibido en las estancias a las soldadas del ejército. Los mencionados gauchos habían integrado una compañía de cazadores a cuyo frente se encontraba José Artigas.
Pues bien, después de haber examinado brevemente las relaciones semánticas y sociales, especialmente en sus primeras etapas, es necesario referirnos a las distintas de¬nominaciones de los trabajadores rurales y en general las de todos los habitantes del ámbito rural sin medios de fortuna. Ya en el siglo XVII los califican de “mozos per-
llaman gabeles. Caesar gubalos. A estos llama Belteforestio gaua-chus y nosotros gauachos. Vide Abraham Ortelio, verbo gabales. Esta tierra (Languedoc) debe ser mísera, porque muchos de estos gauachos. Con todo esto, vuelven a su tierra con muchos dineros y para ellos son buenas Indias los Reynos de España”. En 1789, en Colonia del Sacramento, a causa de una pelea ocurrida en una pulpería, se declara que uno de los intervinientes “había sido un gabucho, y que el tal había tomado el campo”. Detenido, resulta ser José Torres, natural del Paraguay. En su declaración señala: “la mucha gabuchada que a la sazón se hallaba en la expresada pulpería de Vicente Piris, unos dentro de ella tocando la vigüela, y otros en la parte de afuera de la misma puerta montados a ca¬ballo” (Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Tribunales, Criminales, legajo n° 153).
a Miguel Lastarria, Colonias Orientales del Río Paraguay o de la Plata, en Facultad de Filosofía y Letras, Documentos para la Historia Argentina, t°, III, Buenos Aires, 1914, p. 245.
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didos”a, “mozos vagamundos”6, “ociosos y vagabun¬dos”0, “amigos de cosas nuevas””, son algunos calificati¬vos mencionados en los documentos oficiales. Conocidas son las críticas de Hernandarias y de Diego de Góngora, gobernadores y capitanes generales de las provincias del Río de la Plata, a las actitudes adoptadas por los mesti¬zos de rechazo al orden establecido por sus padres.^ Este planteamiento y este tipo de análisis, reflejo de los inte¬reses generales, siempre tiene presente la posibilidad de que los sometidos se apropien de los bienes disfrutados por los menos/
Como ya se lo indicara, la imposiblidad de someter a trabajo a los indios y la falta de yacimientos de metales preciosos se reemplazan con la intermediación en los con¬trabandos de plata altoperuana y manufacturas extranje¬ras, dos actividades que se asocian a la exportación de algunos productos agropecuarios. Recordemos, el hecho
a “Testimonio sobre lo que se ha hecho en las provincias del Rio de la Plata”, Buenos Aires, 6 de abril de 1622, en C.G.G.V. n°4757.
b Cf.: Revista de la Biblioteca Nacional, t° II, n° 1, Buenos Aires, enero-marzo de 1938, p. 112. Carta del gobernador Her¬nandarias de Saavedra al rey de España, Buenos Aires, 13 de ma¬yo de 1618.
clbidem. dlbidem.
e Hernandarias de Saavedra, según se testimonia en su juicio de residencia, asocia la persecución a los desposeídos a su parti¬cular interés. Había realizado en Santa Fe una leva de mujeres pobres para destinarlas a tejer: “con fuerza y violencia fueron sa¬cadas cantidad de doncellas del poder y casas de sus padres y pa¬rientes contra su voluntad y hacerlas hilar y tejer sayales” (Docu¬mento en Archivo General de Indias, Sevilla).
‘ Se trata de un temor permanente sustentado consciente o inconscientemente en la realidad de los menos. Se dice en 1622, en el documento mencionado en la nota anterior, que los mesti¬zos “en año estéril murieron de hambre porque no comen más que un poco de Vaca asada y cocida, y muchas veces sin sal, por¬que no la hay en esta tierra y de ordinario beben agua porque no se coge vino”. Es, sin duda, la realidad del ámbito folk.
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adquiere importancia dentro del contexto general de las actitudes sociales, que la condición de vaquear es una cir¬cunstancia heredable y transferible a terceros, un domi¬nio disputado desde los primeros momentos en los pla¬nos del poder político y el tradicional de los propietarios. En un entrelazamiento de intereses aún no bien estable¬cido, se ordenaba en 1591 la devolución de los caballos cimarrones tomados para sí por el adelantado Torres de Vera, propiedad de los primeros pobladores establecidos en Buenos Aires (“porque al tiempo y cuando se pobló fueron a ella sesenta soldados solteros o casados a su cos¬ta e minsión sin que de nuestra real hacienda ni la del di¬cho gobernador fuesen ayudados, animándose mediante el aprovechamiento que tenían de enlazar y cazar los di¬chos potros e caballos sin tener otro alguno” observa Fe¬lipe II en una real provisión)0.
Este es, sin duda, cual acabamos de exponerlo, el ca¬rácter peculiar de los primeros enfrentamientos. Queda dicho —y volveremos a insistir en ello— que la tierra ya desde los primeros momentos de la conquista se encuen¬tra en poder los afortunados y no pocas veces es obteni¬da por medios ilícitos dentro de las propias reglas de jue¬go impuestas por el sistema.
No tiene ninguna validez científica la afirmación, co¬rriente por otra parte, de que en las primeras décadas del siglo XVII la tierra no posee valor ni despierta el interés de los pobladores bonaerenses. El hecho, por caso, de discutirse los derechos de propiedad y el sistema de la va¬quería resta toda seriedad a la tesis. Por otra parte, es en¬tonces cuando aparece con toda su fuerza el hacendado como fuerza representativa local de un dominio ejerci¬do en lo social y económico. Tenencia de la tierra y reali¬dad social, dos circunstancias que no podemos disociar: el cuerpo municipal de Buenos Aires en abril de 1609 establece normas para vaquear en los campos próximos, autorizando sólo a cuarenta vecinos sobre aproximada¬mente doscientos que componen el número de todos los privilegiados con esa condición, y entre otros a los si-
? Archivo General de la Nación Argentina, Época colonial, Reales cédulas y provisiones, 1517-1622, Buenos Aires, 1911. Real provisión del 30 de setiembre de 1591.
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guientes: capitán Pedro Hurtado, alcalde de la cofradía de San Martín, convento de San Francisco, padres Mer-cedarios, regidores Francisco Muñoz y Pedro Gutiérrez, capitán Francisco de Salas, tesorero Montalvo, goberna¬dor Remandarías de Saavedra y otros funcionarios.”
Por cierto, la realidad de los hechos venía dándose por el vasto camino de los intereses. En referencia a la tierra, la.Recopilación de leyes de los reynos de las Indias (Libro IV, título 12, ley cuarta) determina que los virreyes pue¬den otorgar mercedes, advirtiéndose paralelamente: siem¬pre que no sea “en perjuicio de terceros, y sea por el tiempo que fuese nuestra voluntad”. Y también, el repar¬to de la tierra debía realizarse” con parecer de los cabil¬dos de las ciudades o villas, teniendo consideración a que los regidores sean preferidos, sino tuvieran tierras y sola¬res.^
Considerado en su conjunto, esto no constituye una novedad. En primer lugar, con ese sistema de reparto le¬gitiman el poder colonial y permiten una forma de domi¬nio indirecto basado en el hecho de que los obedientes y sumisos pueden obtener apoyo, beneficios y protección oficial. En segundo, facilitan de esa manera la actuación de virreyes y funcionarios, una alianza entre el poder de la Corona y los intereses locales.
Frente a las acciones de los unos, en todos los casos encontrarnos las reacciones de los otros. Como se ha se¬ñalado con justeza (Freud en El malestar en la cultura), todo sector que explota a otro en propio beneficio, que se apropia de los bienes, ante el temor a una posible re¬belión de los oprimidos impone paulatinamente a éstos • regulaciones más estrictas. Es así como para Hernanda-rias, genocida de indios en el Paraguay, los que él califica de “mozos perdidos” logran su sustento de las matanzas que realizan en el ganado vacuno cimarrón, y así lo ob¬serva en la relación enviada a España informando cómo
” Se establece que las vaquerías autorizadas deben realizarse entre enero y junio.
^ El subrayado nos pertenece. Cf. Recopilación de leyes de los reynos de Indias, Madrid, 1681.
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los había puesto a oficio.” Se trata, por cierto, de inte¬grantes que conforman las partidas de vaqueros, la gente de “baja esfera” de la sociedad bonaerense.
¿Es necesario recordarlo? Desde luego, en todos los casos vagabundos y ociosos son los desposeídos. Así, y no por curiosa paradoja, ya en los primeros momentos se decide someterlos compulsivamente al dominio de los propietarios e integrarlos al sistema productivo, expre¬sándoselo al gobernador Diego de Góngora el rey en 1619 (“y es cosa muy justa y conveniente procurar que la gente que hay, sea ella españoles y naturales, mestizos, negros y mulatos, que de éstas se dice es increíble la can¬tidad que hay, y todos viven ociosamente y sin ocupa¬ción, se aplicasen al trabajo de que se saque aprovecha-‘ miento, os encargo miréis y os informéis muy atenta¬mente de las personas más inteligentes de esa tierra en cada ciudad y pueblo”*). De todos maneras, al igual que ocurre en el Antiguo régimen europeo, los sumisos, es decir aquellos que aceptan vivir en pobreza, los silencio¬sos, obtenían una seguridad relativa al integrarse al traba¬jo de los campos o al sumarse a las milicias .locales.
Por 1641 los denominan “criollos de la tierra ” y acla¬ran también que son muy pobres, proponiendo los ofi¬ciales de la Real Hacienda sean ocupados en las compa¬ñías de caballería (“por ser las personas que pueden ser¬vir estos cargos criollos de la tierra.. . la pobreza de los criollos de la tierra, que son lo que la puedan servir”c). Otras palabras para designarlos aluden a diversas aptitu¬des: domadores, vaqueros, cuereadores, etc.rf. En otros
o
En Paraguay, informan en la época, entrego a los indios guaycurús vino envenenado a cambio de miel y martinetas. Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Esclavos indios y africanos, en Ibero AmerikanischesArchiv, Berlín, jg. 7. H.4, 1981, pp. 325-366.
* Real Cédula al gobernador del Río de la Plata don Diego de Góngora. . . Guadalupe, 1° de noviembre de 1619, en C.G.G.V., n° 4657
c Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Acuerdos de la Real Hacienda, S. 9, C. 13, A. 8, N° 8, f. 57 v.
Se emplean ya a fines del siglo XVI. 70

casos, los funcionarios españoles escriben “paisanos”, de¬finiendo en todos los casos a criollos adaptados al medio y aptos para las labores rurales. En esa perspectiva, la de la sociedad arcaica, encontramos en los documentos del siglo XVIII las siguientes designaciones características del ámbito: “animado”, “mozo español asalariado”, “in¬dio esclavo”, “indio conchabado”, “agregados y entena¬dos suyos”, “asistente de peón”, “agregado con su ran¬cho”, “peón conchabado, su ejercicio es cuidar ganados mayores”, “capataz”, “peón asalariado”, “gente de fae¬na”, “mozo de faena”, “domador criollo”, “peón ba¬queano”, “rastreador”. . .”. Paralelamente, en la Banda Oriental varían los términos para indicar genéricamente aptitudes, defectos (para funcionarios y estancieros) y otras características de los pobladores de la campaña: changadores, gauderios y gauchos. No vamos a entrar ahora aquí en la exposición del origen de las palabras changador y gauderio. Pero aún sin entrar en este punto, resulta claro que sus raíces, obviamente que no las filo¬lógicas, son idénticas. Ahora bien, gauderio se emplea con anterioridad a gaucho, dentro del proceso adver¬tido, y conocemos ya testimonios fechados en 1756 en el pago de las Víboras para señalar a “gente —así dicen— que vive como quiere, sin saber dónde viven o de qué se aumentan pues no trabajan”*. Se trata, como en tantos otros casos, del sistema jerárquico de trabajo que raciona¬liza el dominio y menosprecia a los insumisos. Tales son los gauderios: “vagos” y “malentretenidos” como señalan los documentos del siglo XVII, mozos “amigos de cosas nuevas”, peones de estancias, criollos y desocupados. Es-
” Cf.: -Facultad de Filosofía y Letras, Documentos para la Historia Argentina, t° X, Padrones de la ciudad y campaña de Buenos Aires, 1726-1810, Buenos Aires, Peuser, 1920-1955, pas-sim.
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Portugueses, Campo del Bloqueo, Banda Oriental, n° 1. En este legajo de do¬cumentos se encuentran numerosas referencias a robos de ganado y de quienes Bruno de Zabala dice ser vagos, mal entretenidos y gauderios. En carta del 13 de marzo de 1746 se informa de la de¬tención de Juan Fernández, autor de “varias travesuras”, “capaz de inventarlas nuevamente”.
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tos antecesores de los gauchos son portugueses, africa¬nos, indios, españoles criollos y, en no pocos casos, mes¬tizos que migran del interior. A mediados del siglo XVIII encontramos el término en Río Grande del Sur, Santa Fe, Misiones, Comentes y Entre Ríos. Gauderio se designa en Santa Fe, en 1768, a un criollo cuyo mayor delito con¬siste en estar amancebado: “amancebado con una prima suya que se le sacó de la cama estando con ella para traerlo preso” recuerda el policía de turno”. Represión social y represión sexual son términos y deseos que en ningún momento se excluyen.
En los campos fronterizos de la Banda Oriental, gru¬pos de gauchos trabajan para hacendados de Río Grande del Sur y Montevideo; realizan, por encargo, faenas en los rodeos cimarrones y conducen cueros y vacunos al dominio portugués. Como ocurre con los gauchos del si¬glo XIX, son acentuados los contrastes entre la pobreza de los más y la riqueza de los menos. Escuchemos como los ve un calificado testigo, en un testimonio carente de toda simpatía por lo primitivo o lo folklórico: “Mala ca¬misa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, del que hacen cama con los sudaderos del ca¬ballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar des-entonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre sus amores””. Las armas e instrumentos de trabajo pre¬feridos son los cuchillos, lazos, desjarretaderas, maneas, boleadoras, botas de potro, espuelas. . . Pues bien, éste es el tipo humano —producto de un sistema social— y és¬tas son las costumbres y el estilo de vida -producto de la segregación y del sincretismo inducido— de los gauchos rioplatenses del siglo XVIII, antecesores de un símbolo que se opone a la evolución.
Ya por 1783, es decir una década después del testimo-
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Santa Fe, 1763-1770, legajo n° 5.
b Concolorcorvo, El lazarillo de ciegos caminantes hasta Lima, 1773, Edición de la Junta de Historia y Numismática Americana, Buenos Aires, 1908, p. 29.
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nio de Garrió de la Bandera, las autoridades emplean las palabras gaucho y gauderio para señalar a un mismo gru¬po humano. Podemos advertirlo, entre otros testimonios, en las expresiones de un hacendado que posee en su cam¬po “una casa de trato” frecuentada por gauchos y gaude¬rios, todos ellos peones de campo”. Pero obsérvese ade¬más que, en aquellos círculos, ambas denominaciones no sólo definen a cuatreros o contrabandistas de ganado va¬cuno por cuenta de los estancieros ricos, indica global-mente a un grupo humano de características similares-a las de sus antecesores del siglo XVII y a los posteriores; pobreza, superstición, irracionalismo inducido, depen¬dencia*.
III – “NO VIENE A CUENTA A NINGUNO QUE NO SEA RICO CRIAR UNA VACA”
Queda establecido, pues, que la voz gaucho recién se aplica en la segunda mitad del siglo XVIII para señalar a un grupo humano bien definido. El testimonio más anti¬guo está fechado en 1771 en la Banda Oriental asociado a insometidos que las autoridades persiguen y controlan. Otros, posteriores, insisten en señalar hechos y actitudes ya conocidos.
A medida que la propiedad se afianza, la represión es más estricta y más racionalizada en su violencia, en el
a En la primera edición de la. Historia social del gaucho (Bue¬nos Aires, Marú, 1968) se dan a conocer testimonios documenta¬les sobre esa identidad.
* Debemos advertir la lenta, en muchos casos prácticamente inadvertida, integración de las clases rurales desposeídas a los aportes de la civilización. Relatos del siglo XVIII coinciden en sus descripciones con otros de la segunda mitad del siguiente. De¬jando aparte sus intereses de grupo dominante, son de importan¬cia las consideraciones del anónimo redactor de la Narrative of a joumey from Santiago de Chile to Buenos Ayres in july and au-gust, London, Murray, 1824, p. 134. “They are (los gauchos), ta-citurns, ignorant, and superstitious “.
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fortalecimiento de los controles. “En el campo —se in¬forma desde la Banda Oriental en la década de 1780— se reconoce que hay muchos gauchos. Yo estoy muy las¬timado —agrega el comandante de campaña— de una mano y estoy muy determinado. Si Vuestra Merced lleva gusto mandar a mi teniente con una partida grande al campo a fin de que se prenda y castigue alguna gente perjudicial y aquí quedan unos mancarrones flacos y quiero con permiso de Vuestra Merced repartirlos a mi gente””. Con esos caballos flacos persiguen a los gauchos que roban a los poderosos para obtener su sustento. Es, si se quiere llamarlo así, un enfrentamiento de grupos so¬ciales, y una reacción destinada a extremar el control pa¬ra que no se disuelva el orden de dominación estable¬cido. Existe, en esa realidad que venimos mencionando desde las primeras páginas, una constante perfección en los métodos, que suma las experiencias anteriores.
Proseguimos. Esos gauchos, gauderios, changadores o vagabundos (las variantes peyorativas se repiten en el tiempo) recorren los campos y cuchillas alterando el buen humor de estancieros y funcionarios. Por esos años, precisamente en 1767, el navegante francés Bougainville alude a “una tribu de brigands” que se habían converti¬do en un elemento peligroso para la tranquilidad de los propietarios de tierras y ganados.*
Son los mencionados brigands, conocidos por Bou¬gainville a través de los relatos de autoridades y propie¬tarios, los gauchos o gauderios.
Como se ha advertido en las páginas precedentes, el término gaucho, empleado ya con frecuencia a fines del siglo XVIII, designa a un sector de la población que es diestro para subsistir en un medio primitivo, sin medios de fortuna, y donde el orden técnico y cultural es prác¬ticamente desconocido y acentuada la presión de las tra¬diciones. Años más tarde, en la década previa a las inva-
a Citado en Antigüedad y significado histórico de la palabra gaucho.. .
^ L. A. Bougainville, Viaje alrededor del mundo por la fraga¬ta del rey la “Boudeuse” y la fusta la “Estrella” en 1767-1768y 1769, Buenos Aires, Espasa-Calpe Argentina, S.A., 1954, p. 37.
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sienes inglesas al Río de la Plata, la palabra cruza a la banda occidental y se instala en la campaña bonaerense para designar a pobladores rurales sin recursos econó¬micos.’7
Las distintas acepciones del término en un mismo mo¬mento, un hecho determinado por la condición social de quienes se refieren al gaucho, causó confusión. Los acu¬sadores sistemáticos del gaucho, aquellos que con espíri¬tu de élite —las tradicionales familias autocalificadas “de¬centes”— reprimen las manifestaciones de los insumisos, extendieron en el tiempo y en las más variadas formas sus concepciones e intereses, proyectándolas al pasado. Por otra parte, se trataba de impedir el análisis crítico de la historia borrando, en lo posible, de la conciencia co¬lectiva la realidad de los hechos. Es así que, según se ha dicho, “la actitud de olvidar y perdonar todo, que co¬rrespondería a los que han sufrido de injusticia, ha sido adoptada por los que la practicaron”.
Dentro del constante e interesado proceso de reelabo¬ración de la historia, de selección de testimonios con un sentido preciso, se llega asimismo al engaño consciente. Así, pues, en una actitud que tiene muchos puntos de
a La palabra gaucho se emplea ya en la segunda mitad del si¬glo XVIII en Río Grande del Sur, Brasil. Más tarde designa a to¬dos los nativos de la región (gauchos). El término, creemos, apa¬rece impreso por primera vez en 1787 en el Diario resumido. . . de José de Saldanha. Para Antonio Alvares Pereira Coruja (Colé-fao de vocábulos de frases usados na provincia de Sao Pedro do Rio Grande do Sul, Porto Alegre, n° 9, p. 141) su origen es espa¬ñol y designa históricamente a los vaqueros que faenan toros ci¬marrones e viven sin trabajar. Cf. Thales de Azevedo, Áreas cultu¬ráis do Rio Grande do Sul, en Revista do instituto Histórico e Geográfico do Rio Grande do Sul, 2° trimestre de 1944 (este au¬tor denomina a Río Grande “sub-área gaucha”). A su vez, Manoelito de Ornellas (Gauchos e beduinos. A origen étnica e a formacao social do Rio Grande do Sul, Río de Janeiro, 1956) plan¬tea y analiza las similitudes entre los árabes nómadas y los gauchos brasileños. Una tesis, es sabido, sustentada anteriormen¬te por Sarmiento en Facundo. Por otra parte, basándose en in¬vestigaciones realizadas por nosotros, Augusto Meyer (Prosa dos pagos, Río de Janeiro, Livraria Sao José, 1960) estudia proble¬mas semánticos e históricos.
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contacto con la adoptada por los tradicionalistas, pero en un plano distinto de actitudes, Emilio A. Coni, inves¬tigador responsable en el análisis de numerosos temas de historia económica, falsifica la realidad, trata de colocar la línea final para borrarla0. Pues bien, al referirse al gau¬cho de la Banda Oriental en su libro sobre ese grupo so¬cial, una recopilación de conferencias y artículos, se ba¬sa, entre otros documentos, en la copia de un extenso informe de la segunda mitad del siglo XVIII y cuyo ori¬ginal se encuentra en el Archivo General de Indias, en España* .
El historiador de las vaquerías, en su afán de justificar el pasado, cita sólo algunos de los párrafos del menciona¬do documento, los que confirman su tesis y desestima el resto, los de más importancia para ubicar socialmente al gaucho en el contexto de la sociedad. Recuerda y trans¬cribe partes de un informe del funcionario español Lo¬renzo de Figueredo a José Várela y Ulloa desde la ciudad de Montevideo el 30 de abril de 1790C. He aquí las pala¬bras que importan a Coni y reproduce en su libro:
“Por último convenía mucho al servicio de Dios, del Rey y del común, el establecer una partida volante, sin mansión ni residencia alguna, aunque no fuese más que de diez de tropa (que suponen por cien paisanos según el temor que les tienen estas gentes) con un comandante recto, y celoso, y que con facultades a imitación de pre-voste, persiguiese y arrestase a los muchos malévolos, de¬sertores y peones de todas castas, que llaman gauchos o gauderios, los cuales sin ocupación alguna, sin beneficio solo andan vagueando y circulando entre las poblaciones y partidos de este vecindario y sus inmediaciones, vivien-
” Emilio A. Coni, El gaucho, Buenos Aires, Ed. Sudamerica¬na, 1945. Hay una reedición posterior de la Editorial Solar/Ha-chette, Buenos Aires, 1969, con un estudio preliminar de Beatriz Bosch.
* Copia del original en la Facultad de Filosofía y Letras, Bue¬nos Aires, Instituto de Investigaciones Históricas, carpeta 175 ca¬ratulada: Misceláneas. Archivos y bibliotecas de España 1540-1740.
clbidem. 76

de de lo primero que pillan, ya en changadas de cueros, ya en arreadas de caballadas robadas, y otros insultos, para el tráfico clandestino, sin querer conchabarse en los trabajos diarios de las estancias, labranzas, ni recogidas de ganados, por cuya razón se halla todo en suma deca¬dencia, y sin temor a nadie, ni a las justicias, pues los po¬bres comisionados de dichos partidos que tienen este em¬pleo por dos años, encargados de este celo, no se atreven a inquietarlos ni perturbarlos, por los ningunos auxilios de tropa que para ello tienen, como que sus vidas corren mucho peligro, y solo tiran a parar el tiempo de su co¬misión”‘1.
Hasta este punto el texto mencionado por Coni y que figura en el documento de 1790. Simplemente, una ex¬presión de repulsa a los oprimidos. En el mismo testimo¬nio consultado y cuya copia se conserva en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, transcríbese a partir de la foja sesenta y cinco —veinte más adelante del párrafo mencionado por el autor de El gaucho— una relación en¬viada por Manuel Cipriano de Meló, comunicando al vi¬rrey Arredondo la circunstancia y el por qué de la pre¬sencia de los gauchos y gauderios. En líneas generales, el informante acusa a los estancieros de explotar a los des¬poseídos, culpables indirectos, dice, de los robos, al ha¬ber acaparado en sus manos la mayor parte de la tierra disponible; los acusa también de la apropiación de la ha¬cienda cimarrona, de la represión general. Dice:
“Pero la malicia ha trastornado esta sabia providencia porque los ricos conservan en su hacienda un corto nú¬mero de ganado en rodeo cuyos partos yerran, y a la sombra de este se hacen dueños de todo el que quieren, a pretexto de que se les ha alzado o ahuyentado una gran parte. De este pretexto nacen las correrías que hacen los pueblos de (las) Misiones, y los ricos del pueblo haciendo la corambre tan a pota costa, y en tanto número, que no viene a cuenta a ninguno que no sea rico criar una vaca.
Corresponde a la primera parte del manuscrito mencionado.
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Queda de este modo despoblada la campaña de vecinos, los ganados vagos, y la gente pobre necesitada a hacer sin licencia lo que otros hacen con títulos colorados matan¬do a diestra y siniestra para sacar cueros, y llevarlos a los ricos españoles o portugueses que les dan una bagatela por ellos. Estos son los changadores, los gauchos tan de¬cantados, unos pobres hombres, a quienes la necesidad obliga a tomar lo que creen no tiene dueño para utilidad del los que les pagan con mano bien miserable”0.
Siempre la tierra y el poder de los menos. Las grandes concentraciones de haciendas latifundistas iban aumen¬tando considerablemente y el interés en las mismas de¬terminaba la expansión de la frontera en toda el área. Es la realidad sin duda, expuesta por Manuel Cipriano de Meló en referencia al mundo social y económico que lo circunda; una realidad que hoy pretenden desconocer los practicantes de un empirismo histórico abstracto ajeno a la injusticia y la miseria de los menos.
IV – LOS ESTANCIEROS: “PRECISANDO A LOS
POBRES A QUE LOS SIRVAN POR EL TRISTE
INTERÉS DE UN CONCHAVO”
Por cierto, en esos días nadie ignora la situación. En 1769, en un extenso memorial que se envía al Cabildo de la ciudad de Montevideo y que subscribe entre otros Agustín de la Rosa, un funcionario nacido en España y desligado de todo interés local, denuncia los manejos de los latifundistas José de Villanueva y Francisco de Al-záybar, propietarios de la mayor parte de los campos de la Banda Oriental. Pero debemos insistir en un hecho: recuerdan que ambos son dueños de más tierras “que muchos soberanos de la Alemania, particularmente el úl-
” El borrador original de Manuel Cipriano de Meló se encuen¬tra entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Buenos Ai¬res, hoy en el Archivo General de la Nación, n° 1931. El subra¬yado nos pertenece.
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timo (Francisco de Alzáybar), que en las tierras que aquí ha poseído y en las que nuevamente pretende ser legíti¬mo dueño pueden acomodarse seiscientos vecinos, res¬pecto de darse a cada uno como hasta aquí, desde la pri¬mitiva fundación de la ciudad”. Nos encontramos, pues, ante la base excepcional de toda la injusticia. Pero hay más. Sostiénese que ningún latifundista había ayudado en nada al bien común de la sociedad. Y advierte por último, en relación el dominio de tantas riquezas, que el mismo es:
“tan en daño nuestro como de la causa del Rey, por¬que hallándose este gobierno con cerca de mil matrimo¬nios y de ellos una prole numerosísima de todas edades y sexos, se puede fundar en los terrenos que pretende Alzáybar una villa o población muy provechosa a la cau¬sa común.”
Tal, pues, la escena de un •dominio que viene de lejos. Años más tarde, en 1795, insiste Agustín de la Rosa en plantear el mismo problema, sosteniendo la necesidad de repartir la tierra entre los gauchos, los labradores y los desposeídos en general. Y si bien sus palabras no son te¬nidas en cuenta por el virrey Pedro Meló de Portugal, el testimonio de las mismas refiere a hechos concretos. Después de acusar a los latifundistas, menciona los méto¬dos de apropiación de los campos asociándolos a la mise¬ria y desamparo de los más. Nos dice:
“Los costos que exigen las denuncias (de tierras), las dilaciones que padecen y la contracción personal que exigen impiden absolutamente la población, porque ca¬reciendo los más de fondos solo logran establecer estan¬cias los acaudalados avasallando y precisando a los po¬bres a que los sirvan por el triste interés de un conchabo o a que, y es lo más común, se abandonen al robo y al contrabando donde hallan firmes apoyos para subsistir. Esta es la razón porque en los campos de la otra banda viven un sinnúmero de gentes enteramente perdidas, que no bastan ya para contenerlas ni el celo ni el empeño, • siendo precisa una fuerza casi extraordinaria””.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Montevideo, 1768-1769, legajo n°8.
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Puesto que no había la posibilidad de otra ocupación, la reacción de los pobres, la única racional en esos días, era previsible. La tesis de Agustín de la Rosa coincide en no pocos aspectos con las ideas expuestas por Meló. “Mientras no se adopte el sistema de poblar la frontera y repartir los campos en suertes de estancia es imposible disipar los desórdenes que destruyen sus terrenos”*7. La gran codicia de los menos, agrega, tanto como las conve¬niencias económicas, la alianza, en suma, con sectores del poder y los altos costos de las denuncias de tierras baldías, impiden a los pobres acceder a su propiedad.
Esa concepción encuentra eco en otras voces. Una re¬lación anónima, posterior a 1790, acusa asimismo a los es¬tancieros de apropiarse de la tierra disponible. En el in¬forme, dirigido al virrey, se observa que los ricos “tienen terrenos de ochenta y cien leguas de distancia, como la estancia de Alzáybar, la Maríscala y otras, que ocupan más terrenos que un reino de Europa”. Y, al propio tiempo, además de apropiarse de los ganados de los po¬bres pagan miserables salarios y dan trabajo a pocos peo¬nes: “sólo —acúsase— conservan capataces y esclavos y a esta gente gaucha. . . para las faenas clandestinas de cue¬ros. . . a tanto por cuero”^.
La organización del poder, pues, se establecía sobre la base de dos planos bien delimitados: la acumulación de la propiedad y los salarios bajos. “La fortuna de los ciu¬dadanos —escribe por entonces el jesuíta Dobrizhoffer— se define aquí más por .a cantidad del ganado, que del dinero efectivo”c .
Señalamos, por último, otro intento de reforma. En 1782, desde Montevideo, José Sagasti insiste en señalar planteos similares a los de Meló y De la Rosa. Solicita el reparto de la tierra entre las menos pudientes y desarro¬lla un plan para su entrega, acompañando planos y estu¬dios preliminares. Comienza por condenar las entregas de
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras, 1789-1801.
” Informe hecho al virrey sobre el reparto de tierras y gana¬dos en la Banda Oriental, en La Revista de Buenos Aires, año 8, nro. 90, Buenos Aires, octubre de 1870, pp. 167-181.
c Martín Dobrizhoffer, Historia de los abipones, Resistencia, Facultad de Humanidades, t° I, 1967, p. 56.
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tierras en pocas manos y los fraudes cometidos. Declara entonces que:
“Todas las ventas de tierras de una grande extensión son perjudiciales al real erario. Un terreno, entiéndase siempre de mucha extensión desierto y baldío o conside¬rado como tal, se evalúa comúnmente por un precio tan ínfimo que muchas veces el trabajo y la misma mensura importa más. Las razones ya que por el error geométrico con que se procede en su condición como abajo se demos¬trará y ya porque los sujetos que los compran son pode¬rosos y los agrimensores evaluadores y demás comisiona¬dos tal vez son sus íntimos o sus dependientes, y cuando no resumen dos leguas en una no atienden a la amenidad de los campos, frondosidad de los montes ni otras cir¬cunstancias constituyentes del valor, y tal vez, lo que es peor, fingen una mensura que no habido para que demás del dolo que interviene se evite el peligro de ser inte¬rrumpidas sus ideas por la oposición de los vecinos que ocupan aquellos campos que fingen fueren baldíos, cuyo grito, al tiempo que se intenta su violento lanzamiento en virtud del subrepticio título, es oscuro y rara vez oído de los superiores.””.
Es sintomática la determinación del “grito”; lo es también el hecho de que rara vez el mismo era oído. Son los anteriores, seguían siéndolo, los fraudes para la ob¬tención de las estancias. Por esa razón Sagasti propone la entrega de pequeñas parcelas a los labradores y habitan¬tes sin medios de fortuna, prescindiendo de un reparto latifundista. Y también: “rescindir las ventas celebradas de provincias enteras a favor de los poderosos”. Y le ex¬pone luego al rey de España, destinatario de su solicitud:
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 71, caratulado: “Ex¬tracto del expediente sobre los perjuicios que sufría la Real Ha¬cienda con las ventas de tierras realengas”. Véase también en el mismo legajo: “Año de 1789. Don Francisco Ramón de Sagasti, sobre que le mande dar por los ministros de la Real Hacienda una razón circunstanciada del caudal entrado en cajas desde el año 1780 por ventas de tierras realengas y se le da vista del expedien¬te sobre arreglo de campos.”
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“A ¡os ojos se viene que de venderse a un individuo’ un terreno de veinticinco leguas, cincuenta o cien, lejos de cultivarlo, poblarle y haber comercio queda inculto, despoblado y sin comercio, y que de venderse el mismo terreno a veinte, treinta o cuarenta vecinos quedará po¬blado, cultivado y con comercio. Que de venderse el mis¬mo terreno a un poderoso, infinitos pobres labradores andarán vagando enantes, careciendo de comodidad tem¬poral y pasto espiritual y sin poderse contar entre la so¬ciedad civil sino es para dañarla con muertes, robos y otros vicios que traen la ociosidad pudiendo ocuparse honestamente en los mismos terrenos. ”
Los adjudicatarios de tierras, agrega, pertenecientes todos ellos a los grupos privilegiados, tienen clara con¬ciencia de que sus propiedades se valorizan con rapi¬dez y han de obtener al transferirlas considerables ga¬nancias. “Saben —aclara— que cada día urge la necesi¬dad de extender las poblaciones, con que fácilmente les ocurre la alta idea de tener feudatarios en breve tiem¬po o de vender a un subido precio cada pequeña porción de aquel (terreno) que ahora les cuesta casi nada y que un cualquiera mañana piensa ser un gran señor”. E insis¬te, demostrándonos la plena conciencia que existe ya so¬bre ese problema en el siglo XVIII, en la necesidad de que se reparta la tierra entre los más pobres: “Que siem¬pre sean preferidos los pobres aun entre los mismos po¬bres labradores. Que el fin primario o único de las ven¬tas es el común beneficio: que por lo mismo las tierras se repartan sin exceso. Palabras dignas de escribirse cien veces'”
Sagasti sabe, y así lo expresa, que adquiere poderosos enemigos particulares, odios que han de perseguirlo. Su acción, sin duda alguna, se opone a los sistemas arcaicos y es uno de los tantos eslabones de la lucha, no pocas veces frustrada, contra la injusticia, un preanuncio de otros tiempos que tendrán como partícipes a los sectores más lúcidos. Determina con precisión, al tiempo de plan¬tear su reforma, los problemas de los pobladores sin bie¬nes: miserias, inseguridad, falta de apoyo oficial, perse¬cución de los poderosos. Por otra parte, no menos seve¬ras son sus palabras al referirse a la situación de los labra-
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dores. Siembran, dice, en campos de terceros y viven en miserables “chozas de paja”. “Y es cierto de que si tu¬viera la propiedad de una o media legua sembrarían, edi¬ficarían y fomentarían el terreno como patrimonio que iría sucediendo en sus hijos, y no se verían estos inmen¬sos campos más llenos de gentes ambulantes que de efectivos labradores”. Está, según se ve, muy lejos del pintoresquismo folklórico. Es un acusador que con un conocimiento pleno del problema fustiga al sistema im¬perante y se lamenta de los errores cometidos. En ver¬dad, esa grave situación social y económica, su constante reiteración, no han de cambiar en el tiempo.
Muerto Sagasti, su hermano continúa la prédica. Re¬cuerda, el 1° de abril de 1799, que los poderosos lo ha¬bían reducido a “una indigente y estrecha situación”, so¬licitando al Cabildo de Montevideo un detallado informe sobre el reparto de la tierra realenga y también sobre el destino que habían tenido las propuestas de reforma agraria. Sale en defensa de los intereses ganaderos Fran¬cisco de Zufriategui, representante de los sectores que imponen sus deseos de dominio feudal. Para él, los pode¬rosos terratenientes representan un “ornamento”, así escribe, indispensable a la Corona para mantener el orden establecido y lograr la “felicidad pública”. Son las suyas las ideas de siempre:
“Los poderosos y ricos hombres de la tierra son el or¬namento de la Corona, éstos, debemos creer, que sus caudales los conservan y aumentan como un desempeño de la Majestad y del Estado, como un socorro de la tri¬bulación del público y como una memoria perpetua de la felicidad y fortuna que heredaron o adquirieron: en ellos tienen los pobres sus auxilios, llénalos Dios de piedad para su socorro, y abren libremente las manos con ellos. Los que tienen hacienda acomodan capataces y peones; los que son labradores, tienen sus cosecheros y arrenda¬dores, que por una corta contribución son dueños del te¬rreno que ocupan con sus labores y no pocas veces ad¬quieren, con que hacen suyos aquellos terrenos de que hay muchos ejemplares; de modo que siendo Dios autor de todas las cosas, quiso que el pobre viviese dependiente del rico con un trabajo personal y el rico del pobre (y)
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con su dinero, sirviéndose de todas las artes para su sub¬sistencia, decencia y ornato.”
Que “el pobre viva dependiente del rico” y “el rico del pobre” son dos de los deseos más importantes. Niega Zufriategui, procurador de sus pares “vecinos”, que el monarca sea partidario de los repartos indiscriminados de tierras. Se trata de una visión totalitaria, propia del Antiguo régimen, del reparto de la riqueza pública. “Ni es nuevo —comenta— que los ricos sean dueños de in¬mensas tierras como sucede en Europa con la grandeza, y algunas familias religiosas que tienen tierras para cortijo, para labradío, para arrendar trabajando los pobres con el reconocimiento y contribución anual”. Es más: “Los te¬soros Dios los reparte y de la posesión de ellos no deben ser émulos los que carecen de facultades”. Todo queda¬ba dicho. Sólo importa el lucro de los menos.
V- “HACIÉNDOSE A LOS CRIADORES ARBITROS DE SU PROPIA FELICIDAD”
Hasta aquí el interés por la tierra. Hablemos seguida¬mente de los hombres que sirven en ellas. Como se ha ad¬vertido reiteradamente, los problemas del peón de cam¬po y la rigidez en las relaciones están en relación directa al creciente aumento de los precios de los cueros y a la valorización de los campos.
Pues bien, interesadas en los productos de las estan¬cias, las autoridades del Cabildo porteño venían adop¬tando, según vimos, las más variadas medidas, perfeccio¬nando y “racionalizando” las medidas represivas. Hacia comienzos del siglo XVIII, nadie que no esté debida¬mente autorizado puede establecerse en el campo con hacienda propia. Se disponen, el 3 de febrero de 1721, diversas reglas para el funcionamiento de las estancias de la Banda Oriental, estableciéndose el número de peo¬nes que deben ocupar. Son bien precisas:
“acordaron que convenia que las estancias que son nueve y cuatro de las obligadas, y por todas trece, per-
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manezcan con la calidad de que en ella no se mantengan más que en cada una dos o tres peones conforme a la cantidad de caballos y ganados que en ellas hubiere. Y que todos los demás que se hallaren se echen a esta Ban¬da y los caballos y demás aperos que se les tomase se apliquen para gastos de la expulsión. ”
Treinta y nueve peones, en el mejor de los casos, bas¬taban para atender los rodeos de gran parte del actual territorio uruguayo. Era, se la convertía, en una tierra desolada y primitiva. Por otra parte, deciden expulsar a quienes habían establecido por su cuenta estancias en zonas apartadas, “andariegos” sin fortuna, definen, pro¬venientes de San Luis, Salta, Córdoba, Santa Fe, Para¬guay, Santiago del Estero y Corrientes: “ya son dueños de haciendas y pretenden serlo de los campos” observan con temor. Eran, sin duda alguna, los intereses ya ex¬puestos en las páginas anteriores y una nueva actitud so¬cial y económica más acorde con el grupo. De ninguna manera, observan, han de permitir que esos pobres pue¬dan “desfrutar las campañas”. Si tuviésemos que relatar otros episodios semejantes ocurridos en la Banda Orien¬tal en la segunda mitad del setecientos, una frontera en expansión al igual que los campos bonaerenses en el si¬glo XIX, con problemas semejantes, tendríamos que lle¬nar muchas páginas. Nos hemos limitado, una vez más, a determinar ejemplos característicos. Señalemos segui¬damente la realidad en la orilla opuesta del río de la Plata.
También aquí se alude con cierta reiteración a las in¬justicias cometidas. Félix de Azara, naturalista y obser¬vador de la sociedad rioplatense, en no pocas de sus pá¬ginas insiste en recordar las ventas de tierras a los ricos, segregandose a los menos pudientes.” Y lo confirma tam-
” Félix de Azara, Memoria sobre el estado rural del Río de la Plata en 1801 y otros informes, Buenos Aires, Bajel, \943;Dia-rio de un reconocimiento de las guardias y fortines de Buenos Aires, para ensancharla por don Félix de Azara, en Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna del Río de la Plata, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1837, t° VI.
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bien ‘un historiador contemporáneo al escribir que “La situación se reducía, en definitiva, a que los propieta¬rios de campos eran los acaudalados que reunían grandes extensiones, mientras que los agricultores que eran quie¬nes trabajaban la tierra, no la tenían propia””.
Unidos al control económico, de la misma manera, también la represión y el control jerárquico facilitan el dominio y lo sacralizan. Las cosas no habían cambiado con relación al siglo XVII. Como pronto hemos de ver mejor, se controlan todos los actos del “hombre del co¬mún” o de “baja esfera”. Juegos, diversiones, sitios de reunión, ropa, costumbres y creencias son motivo de preocupación para las autoridades locales; nada escapa a sus ojos. Los signos que observamos por todos lados no admiten duda. Mencionaremos algunos de los casos to¬mados al azar de las disposiciones del momento.
El 15 de setiembre de 1742 prohiben se ande a galope por las calles y “el andar mujeres con ellos (los jinetes) en ancas”; el 6 de diciembre de 1745 montar a caballo en la ciudad durante la noche o el amanecer; el 18 de fe¬brero de 1747 llevar boleadoras o traerlas debajo del lo-‘millo*; el 16 de marzo de 1746 jugar a los naipes en las pulperías; el 28 de enero de 1756 hacer “corridas de parejas de caballos” los días de trabajo; el 6 de mayo de 1766 “los bailes indecentes que acostumbran tener los negros, ni juntas de ellos ni con mulatos, indios o mesti¬zos”.
Pero hay más; el 17 de noviembre de 1777 se estable¬ce: “siendo indecentes los inconvenientes y gravísimos perjuicios que se siguen de los juegos con que se haya vi¬ciada casi toda la gente de campo, se prohibe toda espe¬cie de ellos, a saber: de naipes, de dados, de taba, corri¬das de patos y cuantos más intenten de interés”; y el 9 de agosto de 1790 deciden “que todo indio, mulato cono¬cido o moreno libre que se halle poblado en dichos par-
? Roberto H. Marfany, El régimen colonial de la tierra, en Historia de la provincia de Buenos Aires, t° I, La Plata, 1940, pág. 56.
b Todos los ejemplos anteriores y posteriores pertenecen a los libros de “bandos”, originales manuscritos en el Archivo Ge¬neral de la Nación, en Buenos Aires.
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tidos (de la campaña de Buenos Aires) se presente dentro de quince días al alcalde del distrito bajo la pena de vein¬ticuatro azotes a dar razón de su ejercicio o medio que tenga de mantenerse””; y el mismo día y año se ordena “que respecto a las pendencias, desafíos, atropellamien-tos de caballos y otros graves daños que causa el violento juego de pato se cele con el mayor rigor su prohibición aplicando a cualquiera que pusiese o promoviese (el mis¬mo) la pena de doce pesos de multa”; y el 23 de diciem¬bre de 1791 establecen “que todo peón que se encon¬trase vagueando por la campaña induciendo a juegos, ebrio o con daga o cuchillo, aunque no haya ofendido a nadie, o lleve consigo baraja o dados, sea detenido y remitido a esta superioridad”.
Por otra parte, en Lujan, la villa emplazada a pocos kilómetros de Buenos Aires, el sargento mayor y coman¬dante de milicias de la campaña, el temido estanciero Manuel del Pinazo, determina por su cuenta otras me¬didas represivas: “que ningún vecino consiente en su ca¬so agregados bajo del pretexto de sembrar” (22 de mar¬zo de 1776); “mando que en ninguna tienda ni pulpería sean osados sus dueños jugar baraja con el pretexto de que juegan gasto, hasta después de concluida la misa ma¬yor, cerrando sus puertas al primer toque de campana” (2 de marzo de 1776); “no permitirán los que tuviesen canchas de bochas y bolas, así en esta villa como en su jurisdicción, juegos en ellas en todo el tiempo de la cua¬resma” (22 de marzo de 1776); “mando que vecino algu¬no ponga ni consienta juego de daos (sic) (22 de marzo de 1776)fl. Era el orden y la represión.
De la misma manera, superponiéndose a lo ya expues¬to, encontramos las quejas de los estancieros latifundis¬tas solicitando las mencionadas y otras medidas de repre¬sión. Por intermedio de la Junta de Hacendados, asocia¬ción gremial que reúne a los más importantes dueños de tierras y rodeos, elevan sus clamores interesados. En un lugar destacado se encuentra el interés en detener la “in¬vasión” de los agricultores, reiteradamente expuesto.
Se pena a los que no cumplen con lo dispuesto a “cien azo¬tes por las calles y de cuatro años de presidio, si fuese indio, mu¬lato o negro”.
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Esas expresiones de disconformidad y de inquietud —de ninguna manera la expresión de una “mentalidad colo¬nial” como podría pensar cierta tendencia histórica— adquieren, en los momentos en que se expande la pobla¬ción de la ciudad, una especial agresividad y vigor. Acu¬san, el 30 de mayo de 1775, a ciertos propietarios de aceptar labradores en sus campos (“hagan chácaras en los terrenos propios de estancias”) y advierten, con insisten¬cia, “que muchos sin poseer el terreno competente para estancia se han hecho de crecido número de ganado y. . . como el campo de su respectivo dueño es muy limitado salen de él y se extienden por los circunvencinos en per¬juicio de los amos de ellos”. Pero no es todo. Solicitan asimismo se prohiba en todos los casos la división de las estancias, sea por herencia, venta u otra razón, una ma¬nera de impedir todo posible cambio. El hecho de que lo último no fuera llevado a cabo no fue una casualidad. Ha¬bía razones que hacían a la estabilidad del sistema y a los intereses generales, más fuertes que todos los deseos. Sea ello1 como fuere, lo cierto es que nuevamente, en marzo de 1790, al analizarse en el Cabildo de Buenos Ai¬res los motivos de la disminución de los rodeos vacunos, se vuelve a insistir en las actividades de los labradores. El “abuso”, dice, de sembrarse trigo, maíz y otros cereales en las estancias, una actividad que ahuyenta los ganados. Es así, por la misma razón, que solicitan los autoricen a formar un cuerpo policial para “purgar los campos de todo lo que les incomode”. Los deseos de participar di¬rectamente en la represión alcanza límites insólitos. Era, sin metáfora alguna, disponer de todo el control en sus manos. “Pues estrechados —sostienen— los criadores con los vínculos de una bien regalada sociedad, y alentados con su propio interés, procederán de acuerdo a purgar los campos de todo lo que les incomode, haciendo que los vagos españoles se apliquen al trabajo o se destinen a las nuevas poblaciones. . . y que los negros y mulatos libres vivan precisamente agregados a los propios criado¬res, para que éstos puedan celar su conducta y adelantar sus trabajos con este auxilio que es lo que ordenan las le¬yes de Indias del títulos cuarto del libro séptimo””. Y todo ello han de lograrlo.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo B-5, expediente 20.
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En general, puede decirse que las aspiraciones de los hacendados se concretan poco después al sancionarse las más variadas disposiciones represivas. Desean, sin más, todo el poder, además de económico, concentrado en sus manos. Lo dicen en 1790: “En una palabra, haciéndose a los criadores por este medio árbitros de su propia feli¬cidad, podemos prometernos que, mejorando éstos en breve tiempo de la deplorable situación en que se hallan, lograría el público un comercio floreciente, que es el que vivifica y sustenta a los demás gremios que componen la república.”
Al igual que en la Banda Oriental, los “señores” de las estancias persiguen a los pobladores que se instalan en al¬gún rincón de la campaña para cuidar sus rodeos o traba¬jar la tierra con los primitivos arados de madera. En Co-ronda, provincia de Santa Fe, reiteradamente los latifun¬distas de la región se quejan de los “notorios y continua¬dos” daños que experimentan en sus campos. Culpan de ello a los pobres que no disponen de hierres y se dedican a cuidar algunos animales, “sin tener un palmo de tie¬rra”. Y también la constante alusión a las inclinaciones sexuales asociadas a otros hechos; la represión en todos sus aspectos: “cometer ofensas contra ambas majestades, como son el amancebamiento continuo y el robo de ha¬ciendas”. Todo ello nos ambienta en una situación que no es de ninguna manera aislada. A poco, por intermedio de un auto de “buen gobierno” ordenan el desalojo de las familias “de sus ranchos y corrales”, acusándoselos de vagos y de no poseer “una vara de tierra”. Y luego lo inaudito: días más tarde, autorizado lo dispuesto, el alcal¬de de la hermandad del partido, con el apoyo de varios soldados blandengues, incendia el pueblo de Coronda. La solución es total, pero no el silencio. Pues bien, el cura de la región, presionado por los perjudicados, acude a la justicia para que se repare el daño. Se inician entonces las averiguaciones. Uno a uno declaran los presuntos va¬gos. La mayor parte de ellos poseen lecheras, vacas de cría, ganado menor y cultivan pequeñas huertas y cha¬cras. Viven —vivían— en pequeños ranchos de cuero, sím¬bolo del arcaísmo y la miseria. Los días transcurren y el resultado último es una multa de cincuenta pesos a los incendiarios. Pero nadie decide indemnizar a quienes ha-
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bían desalojado.0. Era, con todas las implicancias de un hecho de esa naturaleza, uno de los tantos capítulos de la pedagogía del miedo.
También en Buenos Aires. Poco antes de mayo de 1810, el fiel ejecutor de la ciudad acusa a los pequeños propietarios de la campaña de realizar faenas clandesti¬nas*. Tiempo después, en agosto del mismo año, Pedro Andrés García, comisionado para el arreglo de la campa¬ña, se refiere a los problemas más frecuentes, acusando como siempre a los vagos, a las familias agregadas en los campos y a los agricultores que siembran en las tierras de las estancias. Es más, “las desvastaciones —clama—han crecido en razón directa del número de consumido¬res, y debe en breve experimentarse un resultado que nos ponga al nivel del año 1580 en que por mucho tiempo fue axioma para ponderar las cosas de mucho tiempo: son más caras que las vacas de Irala, que según la Argen¬tina fueron las primeras que llegaron al Paraguay con in¬mensos gastos”.
A los pobres, querían dominarlos. Impedirles el acce¬so a la tierra. Para que en 1810 las vacas no costasen tan¬to como aquellas introducidas por Irala en el siglo XVI, señala García, se debía expulsar a los agricultores sin tie¬rras propias. Lo aconseja así a la Junta de Gobierno. En un solo partido de la provincia, y el hecho se repetía en todos ellos, ciento cincuenta de las seiscientas familias instaladas dominan la tierra disponible, “los demás o son arrendatarios o tolerados, o puestos en terrenos realen¬gos”. De todas maneras, se aconseja para evitar males mayores el reparto de algunos lotes de tierra pública. Nada, por cierto, se hace. Con justa razón sostiene Emi¬lio Daireaux, un estanciero francés establecido en el país muchos años más tarde: “El gaucho no es una raza como en lejanos países se cree, es una clase social”0. Y en esa definición está todo dicho.
a Lo destacado nos pertenece. Acuerdo del día 12 de marzo de 1790. La solicitud marca el pensamiento de la clase poseedo¬ra en los más variados aspectos de control y dominio de la tierra.
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 38, expediente nro. 1.
c Emilio Daireaux, Vida y costumbres en el Plata, Buenos Ai¬res, Lajouane, 1888, t° I, p. 33.
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Hechas las anteriores precisiones, determinados los nexos entre el dominio de la tierra y el control social, de¬bemos centrar nuestra atención en otros aspectos del mismo período, profundizando en el contenido total de las relaciones.

LOS SERES DE “COLOR BAJO” Y LOS DUEÑOS DE LA TIERRA
“Todos los vecinos, moradores, estantes y habitantes o pasajeros, solteros, que no tengan oficio ni tienda, ni estancia, ni casa propia en que vivir, ni son mayordomos de ellas, dentro del tercer día de promulgado este bando sentarán plaza de soldados”.
Buenos Aires, 17 de mayo de 1653
“El gran propietario, acaparando e inmovilizando exten¬sas superficies, era el exponente y resultante de las leyes que regían el suelo de nuestra manera de ser económica”.
Miguel Ángel Cárcano, Evolución histórica de la tierra pública, Buenos Aires, 1917, p. 11.
I – LA RIQUEZA Y EL ORIGEN ÉTNICO
Señalamos en las páginas anteriores algunos aspectos de las relaciones entre los desposeídos, en nuestro caso el gaucho rioplatense, y los propietarios de las hacien¬das latifundistas. Mencionamos asimismo en líneas gene¬rales las alianzas que se iban conjugando a la sombra de los intereses comunes. Aquella situación se ha de proyec¬tar en las siguientes páginas con más fuerza, con otros contenidos, a partir de las primeras medidas de control y de la cotidianeidad del poblador rural.
En un área donde no todos pueden obtener trabajo, se plantea desde un primer momento la adopción de me¬didas para controlar a los sin recursos. Lo sintomático
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es, el hecho se desprende del análisis de los padrones de la campaña, la gran cantidad de “agregados” que residen en las estancias y pequeños establecimientos ganaderos, no pocos de ellos en un rincón del campo con su familia y parientes. La imposibilidad de obtener tierras, la ya aludida apropiación de la disponible, deja fuera del do¬minio de una parcela no sólo a mestizos, negros y mu¬latos, asimismo a la mayor parte de los indianos. En un principio, bien lo recuerda Barco Centenera en sus rimas de Argentina (1601) y lo indicamos nosotros más arriba, pobres y ricos se igualaban en la sociedad de conquista (“Es esta cosa allá tan conocida,/Que el zapatero vil y el calcetero/Se iguala con el noble caballero”).
Debemos recordarlo. Se igualan a los jefes —lo de “noble caballero” es una imaginada alusión de Barco Centenera— en el transcurso de los enfrentamientos con las tribus más belicosas, en los peligros de la con¬quista. Pero de ninguna manera en el reparto de la tie-; rra o en las encomiendas de indios sometidos. Pode¬mos, pues, decir resumiendo todo el proceso que ya a partir de los primeros años de la conquista se menciona a las “casas nobles”; a la “gente del común” o de “baja esfera”. Se dice, por caso, en 1705, que “cuatro esclavos no hacen a un hombre”. Pero iban más lejos aún, y se ra¬cionaliza sobre lo que se considera la vileza del trabajo servil y manual.
En efecto, se es de “baja esfera” tanto por el hecho de ser negro o mestizo como por ejercer oficios consi¬derados viles. Vil es el portero del Cabildo de Buenos Aires, según se decide en 1777, a pesar de su origen europeo. En Lujan, las autoridades municipales, todas ellas hacendados, impiden el ingreso al Cabildo local a los vecinos pulperos o despachantes de aumentos, calificándolos de “baja esfera” por el hecho de aten¬der a negros y mestizos.
No es necesario insistir. La tierra y el ganado son sinónimos de riqueza y poder. Ya en el siglo XVII, el dinero es el único escudo de nobleza que pueden presentar algunos contados habitantes de la ciudad; los mercaderes y estancieros, españoles o criollos, ven en él, en el ganado que lo produce, el fin de todos sus afanes. En fin, el medio más adecuado para ingresar a los cargos de la administración local.
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Al cabo de algunos años de residencia indiana, luego de sacrificios y apoyos interesados, algunos elegidos de la suerte reúnen un considerable caudal de dinero. Félix de Alzaga, traficante de esclavos y mercader, en sus pri¬meros meses de indiano atiende la pulpería de su paisano Santa Coloma y cubierto casi de harapos duerme sobre el mostrador del comercio. Dos décadas más tarde posee veleros para realizar el tráfico de esclavos con el litoral africano. Desde otro ángulo, esa posibilidad de ascenso, siempre por cuenta gotas, significa para el sistema la posibilidad de obtener adhesiones incondicionales. Son muchos, así inducidos, los que esperan en silencio esta especie de premio a la obediencia. He aquí, en el relato de un testigo, el camino seguido por los afortunados que hacen dinero en el Río de la Plata:
“Todos son mercaderes que acá no es mengua de no¬bleza. Vemos varias transformaciones. Viene un grume¬te, calafate, marinero, albañil o carpintero de navio. Comienza aquí a trabajar como allá (que espanta a los de la tierra, que no están hechos a tanto) haciendo casas., barcos, carpinteando, aserrando todo el día; o metién¬dose a tabernero, que aquí llamamos pulpero, o a ten¬dero. Dentro de pocos meses se ve que con su industria y trabajo ha juntado alguna plata; hace un viaje con yerba y géneros de Europa a Chile o a Potosí. Ya viene hombre de fortuna; vuelve a hacer otro viaje y ya a este segundo le vemos caballero, vestido de seda y galones, espadín y peluca, que acá hay mucha profanidad en ga¬las, con ser que valen tres o cuatro veces que en Espa¬ña. Esto ocurre cada día. Y luego lo vemos Oficial Real o Tesorero, Alcalde y Teniente de Gobernador: y tal cual Gobernador, aunque éstos comúnmente vienen de España, gente noble” “.
Por detrás del éxito visible, encontramos la miseria de los inmigrantes sin fortuna esperanzados en las migajas del sistema. De todas maneras, su condición no alcanza en ningún momento a la de los gauchos.
“Guillermo Furlong, José Cardiel y su carta relación (1747), Buenos Aires, Librería del Plata, 1953, p. 118.
bCí. José Torre Revello, Noticias sobre los vecinos más
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Particularmente, y sobre todo, a la simple razón de participar en un porcentaje mayor de la técnica y la cul¬tura, de ser algo más hombre-mundo. Poco antes de fi¬nalizar el siglo XVIII, extrañado por la movilidad que observa en ciertos sectores, Juan Francisco Aguirre define a Buenos Aires como a una ciudad donde se ve¬rifica aquello de “el padre mercader, el hijo caballero y el nieto pordiosero””. Varios lustros más tarde, ya en la Argentina independiente, El Ambigú de Buenos Aires recuerda que en esa época “Era tan considerable entre nosotros este deseo de quererse elevar sobre su clase, que dio sin duda origen al dicho común de que los hijos de los poderosos eran aquí caballeros y los nietos pulperos”.
Junto al ascenso social y económico, la selección en el matrimonio. En tiempos de Carlos III se establece en una pragmática que los parientes de una pareja de novios pueden oponerse al casamiento de éstos si por los antecedentes “dudosos” de cualquiera de los no¬vios, léase carencia de propiedades y por consiguiente de dote, lo consideraran perjudicial al honor de la fa¬milia. En América es necesario insistir en recordarlo, la diferencia de castas, lo que erróneamente se define con el eufemístico “pigmentocracia”, señala en realidad una diferencia económica.
acaudalados de Buenos Aires en la época del primer gobierno de Pedro de Cevallos (1766), en Boletín del Instituto de In¬vestigaciones Históricas, t° VII, n° 38, Buenos Aires, 1929, pp. 320-328.
aJuan Francisco Aguirre, Diario del capitán de fragata. . ., en Revista de la Biblioteca Nacional, t° XVIII, Buenos Aires, 1949, p. 261.
A fines del siglo XVIII y comienzos del siguiente, no son aceptados con simpatía los inmigrantes indianos que arriban al Río de la Plata. Competidores en potencia de los que han triun¬fado, los desprecian. Leemos en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, el 22 de octubre de 1802: “Llegan a Bue¬nos Aires y al punto se llaman Don Qué Pena! Se pasean por las quintas en caballitos de paso. ¡Qué dolor! Son hospedados opíparamente. ¡Qué angustia! Adviértase que los más de los europeos que vienen de España son muchachos. . . todos los eu¬ropeos que vienen de España componen aquí un hato de bribo¬nes (y para ellos) casi todas las niñas del país tienen un sobre¬nombre que empieza por P. grande”.
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En un alegado de fines del siglo XVIII o comienzos del siguiente (Memoria sobre que conviene limitar la infamia anexa a varías castas de gente que hay en nuestra América”) se recuerda que “en esta parte del globo” negros, mulatos y zambos son considerados “viles e infames”, prohibiéndoseles el ingreso a las escuelas de primeras letras para que no tengan contacto con los hijos de los españoles. Y continúa diciendo su anónimo redactor: “Un falso rumor popular que se levante y difunde sin fundamento alguno basta para difamar a las familias más acreditadas, y para que los mal inten¬cionados se juzguen autorizados para injuriarlos con los más viles sarcasmos”. Es que muchos, blanqueados con el dinero, tienen antecedentes indígenas y africanos.
Por lo demás, en ese sentido recordemos los califi¬cativos de mulato o mestizo impuesto años más tarde por razones de odio político. La prensa rosista (Archivo Americano, número 9, Buenos Aires, 30 de noviembre de 1843) al aludir a Fructuoso Rivera lo acusa de ser hijo de un “peón carretero” y una “india tape”: “de ese enlace —se dice— nació de facciones ambiguas” y tam¬bién “sin fortuna y sin educación”, palabras que sub¬rayamos y determinan una realidad social unida a un origen étnico. Lo indica también la solicitud de las monjas capuchinas de Buenos Aires al Consejo de Indias, en 1772, para que dejen sin vigencia la imposición del arzobispo de la ciudad obligándolas a aceptar una mulata en su convento, “hija de un sastre” insisten en señalar.
En definitiva, “sin fortuna y educación” son pala¬bras que aluden a una realidad impuesta con un fin bien delimitado. Se trata de impedir en todos los casos la in¬tegración al conocimiento, de mantener a los más en el arcaísmo. En 1723 —la constancia queda registrada en el acuerdo del Cabildo de la ciudad de Buenos Aires del 8 de marzo de ese año— a la solicitud del maestro de la ciudad de Buenos Aires Alonso Pacheco para que se lo autorizara a enseñar a leer y escribir a los hijos de mula¬tos y mestizos se responde negativamente, indicándose
“Revista de ¡a Biblioteca Nacional, Buenos Aires, t° IV, n° 13, 1940, pp. 129-131.
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que sólo deben asistir, separados de los niños blancos, a las clases de religión cristiana.
Junto a la segregación, el desprecio a los sin fortuna. Sustentadas en un imaginario linaje, las clases dominan¬tes rechazan todo lo que es ajeno al círculo de sus intereses. Según recuerda una descendiente de la familia Escalada, una familia proveniente de los dos hijos habi¬dos por Francisco Antonio de Escalada fuera del matri¬monio y legitimados por el rey en 1774, una tradición de familia trasmitida celosamente decía que el padre de Remedios denominaba a San Martín “el soldadote” y “el plebeyo”, posiblemente recordando el modesto ori¬gen del oficial. “Remedios era de linaje y consideraban que San Martín no lo era”*7. Y se agrega, aclarándose aún más la actitud: “Tal era el respeto a los grados de nobleza, que el goce de mi abuela en las tertulias era que entre las personas que podían sentarse al lado —recorde¬mos que era una Escalada— había una señora o señorita Madero, con quien simpatizaba y se entretenía mucho. Y eso era después del virreinato y mi abuela no era or-gullosa”. Sea ello como fuere, lo cierto es que el “ofi-cialote”, posiblemente por apreciaciones de otra índole y que están asociadas al creciente prestigio político del “plebeyo” correntino, es aceptado en la familia.
El caso no es ocioso. El mismo refleja la mentalidad de los poseedores, de la “gente decente” o “familias bien” que ven en el gaucho a un ser despreciable sin ningún derecho. Y quizás, sobre todo, sirva para ad¬vertir las profundas raíces del orden impuesto, de una naturaleza represiva señalada de mil maneras y a las que aludimos seguidamente.
II – POBREZA Y CONTROL PREVENTIVO
“En el territorio de la América española se aplicaron las leyes de Indias, cuya severidad no deja lugar a dudas
a Florencia Lanús, Tradición de familia en lenguaje familiar, Montevideo, 1949, p. 12.
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sobre la enérgica consideración en que se tuvo a la vagan¬cia y ese accidente prolongó la virtualidad hasta después del período de la independencia, en que ciertos bandos de gobiernos provinciales recogen su espíritu de vigoro¬so reproche. La vagancia aparece en el antecedente his¬tórico como un estado al que se inclina libremente el individuo, como un rechazo a la ocupación en oficios o al conchabo de señores”0. Por cierto, el espíritu pre¬ventivo de la sociedad considera a la vagancia, y ya desde la legislación romana, dentro de lo que la crimino¬logía burguesa denomina estado de peligrosidad: bajo el reiterado criterio de que todos los seres humanos deben ser socialmente útiles sirviendo al orden esta¬blecido. Sirviéndolo con el trabajo asalariado.
De esa suerte, no aceptar lo impuesto equivale a rechazar el sistema. Antiguamente, en el Viejo Mundo, se enviaba a los insumisos a guarniciones alejadas, en general fronterizas, en condición de soldados. A este respecto, resultaba expresivo y revelador que en la España de los Asturias, la de los siglos XVI y XVII, encontremos reiteradamente disposiciones sobre los vagabundos. Se prohibe a los mayores de diez años, aunque no dispongan de recursos, a solicitar limosna, obligándoselos a emplearse en el término de quince días. En caso contrario, cien azotes y cuatro años en las galeras reales en condición de remeros*. Como es sabido, pocos regresaban.
Advirtiendo la insuficiencia de las normas anterio¬res para controlar a los insumisos, Felipe III ordena les impongan una marca de hierro candente en la espalda o el brazo. Periódicamente se repiten esas disposiciones. O, para decirlo mejor, reiteran el permanente temor a la rebelión de los más. En 1678 se establece que todos los desocupados deben salir de Madrid. Y en 1692 de-
a Gastón Gori, Vagos y mal entretenidos, Santa Fe, Editorial Colmegna, 1951, p. 9. Sobre el rechazo a la imposición del asa¬lariado, cf.: Bronislaw Geremek, Les marginaux parisiens au XIVet XVsiécles, Paris, Flammarion, 1976.
b José Deleito y Piñuela, La mala vida en la España de Feli¬pe IV, Madrid, Espasa-Calpe, 1948, p. 201; Cf. además Pedro Herrera Puga, Sociedad y delincuencia en el Siglo de Oro, Ma¬drid, B.A.C., 1974.
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ciden enviarlos al norte de África en calidad de solda¬dos. Criterios, por cierto, similares a los vigentes en la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX.
Al igual que en España, en Francia se determinan me¬didas preventivas para controlar la vagancia. Una antigua ordenanza dispuesta por el Parlamento establece que vagos y mendigos, ese particular mundo de los poemas de François Villon, sean empleados para el arreglo y lim¬pieza de las cloacas de París. Más tarde, ya en el siglo XVII, se ordena el envío de los mismos a las galeras o su destierro a Canadá. Y como recuerda Taine, en el reinado de Luis IX muchos franceses por razones polí¬ticas o venganzas son acusados de vagancia, presos y sometidos a trabajos en obras de carácter público. Dando fin a ese mundo de injusticias, en 1789 la Revolución establece la libertad de elegir trabajo, de movilizarse por el país y de residencia. Nuevos tiempos se inicia¬ban para los hombres”.
Dejemos a un lado los antecedentes de otros ámbi¬tos y traslademos ahora la atención al Nuevo Mundo. Como es sabido, España lleva a las colonias la legisla¬ción de la metrópoli, adaptándola a cada una de las ne¬cesidades que se presentan. La sociedad tradicional del Viejo Mundo le otorgaba los elementos necesarios para imponer su voluntad, los intereses del dominio ame¬ricano exigían que la impusiese con toda su fuerza. En 1509, según Zavala, la Corona autoriza a Colón a compe-lir a los españoles sin fortuna que se habían trasladado con él a buscar un amo”: “muchos —se dice— de los que van a estas Indias, antes que a ella fuesen solían ganar su vida a ello por sus manos o que después de llegados allá no lo quieren hacer”.
El mundo, pues, de los menos y los más. Un mundo,
°Cf.: Riviére, Mendigos y vagabundos, Madrid, s/f; Florián y Cavaglieri, Los vagabundos, Turín, dos vols., 1897 y 1900. Las ordenanzas de Francia están fechadas el 22 de abril de 1532. Véase asimismo sobre Francia: Alexandre Vexliard, In-troductíon á la sociologie du vagabondage, París, Marcel Riviére, 1956.
Silvio Zavala, Estudios indianos, México, Ediciones del Colegio de México, 1949, p. 191.
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recuerda Elliot al referirse a La España Imperial, donde el rico comía hasta hartarse, contemplado por miles de ojos hambrientos. “El resto de la población —dice— desfallecía de hambre. La constante obsesión por el alimento que caracteriza a toda la novela picaresca española, no es más que un fiel reflejo de lo que cons¬tituía la principal preocupación de toda la masa del pueblo, desde el hidalgo empobrecido que con disi¬mulo Llenaba su bolsa de mendrugos en la Corte, hasta el picaro que lanzaba un asalto desesperado contra un puesto en el mercado”. El mismo mundo observado en Sevilla por Teresa de Jesús en los días en que viajan con Ortiz de Zarate al Río de la Plata los desesperados de la suerte. “Las injusticias que se guardan en esta tierra —escribe la santa— es cosa extraña; la poca verdad, los dobleces. Yo digo que con razón tiene la fama que tie¬ne”.
III – LAS LEYES QUE OBLIGAN A LOS MAS A SERVIR
Se dispone de la suma de una larga experiencia en España. Todo es controlado desde los días posteriores a la fundación de Garay: hombres, actos o intimidad. En ese mundo represivo, los vecinos propietarios esta¬blecen el horario de las pulperías, las diversiones propias para sus subordinados, los placeres sexuales (“que las mujeres mal opinadas tengan viviendas aparte de las casas honradas. . . y las que se hallasen en las calles principales, que con causa justa sea necesaria quitallas dellas, procuren darles vivienda en uno de los arrabales del lugar acomodado.. . para que las justicias con mayor comodidad puedan rondarlas”)a. Nada debe quedar fuera de control.
Los desposeídos, ya a comienzos del siglo XVII, de¬ben llevar consigo una papeleta donde se indique el nombre del amo y el sitio de trabajo. En 1642, el Ca-
” Acuerdo del Cabildo del 18 de mayo de 1653. 100

bildo de Buenos Aires solicita que nadie ampare a los vagabundos; aún más, aconseja sean denunciados a las autoridades. Y a mediados del siglo XVII, precisamente en 1653, se decide que todo poblador sin trabajo u ofi¬cio y que no sea dueño de estancia o tienda (“ni son mayordomos de ellas”) debe sentar antes de tres días plaza de soldado o salir de la jurisdicción0.
A partir de entonces se repiten disposiciones de esa índole. Señalan enfrentamientos bien determinados y cambios notorios. Se perfeccionan los métodos, se aumentan las penas, se envilece aún más el lenguaje al hacerse referencia a los desposeídos. A mediados del siglo XVIII, los gobernadores Andonaegui y Ortiz de Rozas destierran y condenan a la flagelación a “vaga¬bundos y holgazanes”, diferenciando la magnitud de las penas según se trate de españoles o miembros de las “castas”*.
Esa preocupación de los estancieros y las autorida¬des por reprimir, la total indiferencia por los problemas de los más, se hace claramente perceptible al analizar la realidad demográfica y económica de la campaña de Bue¬nos Aires. Así, pues, el padrón de 1744 registra 7.156 habitantes de los cuales sólo 186 son propietarios. Su¬poniendo, en el mejor de los casos, seis mil peones en potencia, es decir habitantes sin medios de fortuna, nos encontramos con un promedio superior a treinta por cada estancia o chacra, un absurdo si consideramos las necesidades de mano de obra y los sistemas pro¬ductivos.
Era el mismo, sin duda alguna, el reflejo de una so¬ciedad de contrastes acentuados. En esa situación, de¬finitiva para la clase poseedora, los pobres, en cuanto tales, no determinan otra reacción que no sea la de te¬mor, desprecio y violencia. En ese sentido, Andonae¬gui, en 1748, ordena que abandonen la ciudad los po¬bladores sin bienes y establece para los remisos una
a Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Realidad social del gaucho rioplatense, en Universidad, Universidad Nacional del Litoral, n° 55, pp. 99-153.
* Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Libro de Bandos, 1742-1753.
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pena de doscientos latigazos. Previamente deberían sacarlos a recorrer las calles de Buenos Aires para “pú¬blica vergüenza'”2.
La respuesta a la represión era huir. El delta del río Paraná, los montes de talas y espinillos próximos a Chascomús y Dolores, las costas de Magdalena se po¬blaban de grupos de gauchos y criollos del Interior. A mediados del siglo XVIII, Baradero es refugio de muchos6. Para el juez de paz del pago como para Ma¬nuel de Lavardén, padre del autor de Siripa, son todos ellos “vagos” y “malentretenidos”. Otros, hemos visto, por entonces se establecen en la Banda Oriental o conviven con los indios charrúas, mbayás y minua-nes. En las cuchillas de la “tierra purpúrea” residen po¬bladores provenientes “de toda la provincia y fuera de ella, pues se hallan púntanos, santafesinos, correnti¬nos y paraguayos”, informa un testigo.
Años más tarde, precisamente el 4 de diciembre de 1774, Juan José de Vértiz establece que todos los “que no viven de su trabajo, ni tienen oficio ni señores” sa¬liesen antes de cumplirse los tres días de pregonada esa disposición de Buenos Aires. De no cumplirlo, la primera vez serían condenados los infractores a cua¬tro años de destierro a las islas Malvinas y previamente “puestos a la vergüenza”; de reincidirse —no se esta¬blece si pueden regresar con el ánimo predispuesto—, la pena les sería aumentada, así establecen, “según las leyes”c. Por lo demás, ¿es posible entender una desproporción tan brutal e inhumana entre el presun¬to “delito” de no querer servir y la pena impuesta? ¿Debe atribuirse esa reacción a un aumento del te¬mor? ¿A un exceso del orden preventivo? En este último caso, no contestemos “uno u otro”, sino más bien “uno y otro”. Por otra parte, los comandantes
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Bandos, n° 2, 1741-1763.
° Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Hacienda-Luján-Correspondencia parti¬cular, 1719-1809.
c Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Bandos, n° 3, 1763-1777.
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de campaña practican un “orden” similar en relación a los subordinados. Manuel del Pinazo, comandante de las milicias de la campaña y alcalde de la villa de Lujan, propietario de tierras latifundistas en su juris¬dicción, organiza totalitariamente la cotidianeidad en su partido. Uno de los hacendados de más impor¬tancia constituye en esos días el prototipo ideal de la élite rural. Atento a lo que para él representa la disciplina que debe imponerse en la campaña, el 22 de marzo de 1776 hace pregonar un bando ordenan¬do en él que ningún estanciero tenga agregados en su casa y menos “bajo el pretexto de sembrar”. Dentro del característico orden tradicional, prohibe a los des¬poseídos blasfemar, usar armas de fuego, divertirse en los días dedicados al trabajo y jugar al pato. Pero no es todo. Las pulperías deben cerrar sus puertas a partir del anochecer y sus dueños impedir las reuniones de canto y guitarra. Del mismo modo, los “hijos de fami¬lia” no pueden concurrir a las canchas de bolos, impi¬diéndose las relaciones con mestizos, negros y mulatos”.
En fin, el placer hedonista y el ocio en todas sus manifestaciones estaban reservados exclusivamente a la clase dominante. Mientras gobierne Pinazo el partido de Lujan, la represión más despiadada se impone en todos los sitios. El comandante-estanciero, un típico antecesor de sus pares del siglo XIX, persigue sin cuar¬tel a los labradores propietarios de pequeñas chacras y a los gauchos que cuidan sus rodeos vacunos. Estos y otros hechos observados en los sumarios que reali¬za este personaje, por cierto que numerosos, refle¬jan una parte de la indiscrecionalidad —¿cuánta ha quedado en silencio para siempre?— y el deseo de per¬petuar el orden vertical, deteniendo violentamente toda posibilidad de cambio en los sometidos.
Nos toca destacar el hecho, frecuente entonces, del control religioso, de la ideología que plantea la necesi¬dad del ascetismo, la obediencia y el orden. Como ocu¬rrió en el Interior y en el Alto Perú, se plantea en Bue¬nos Aires ante las mejores condiciones económicas un
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 5-5, expediente 20.
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interés más acentuado en imponer los aspectos del dogma religioso que hacen a la cotidianeidad. Desde San Pedro, en 1786, un caso entre tantos otros, el ca¬pitán José Manuel de Roo comunica que tanto en lo criminal “como en todo lo eclesiástico está este par¬tido en el último extremo de la perdición”. Y agrega: “los picaros, señor, se pasean a nuestra vista, los aman¬cebados, los ladrones de toda clase de mujeres, los que no quieren cumplir con la iglesia y todos los demás ma¬lévolos, que hay por aquí infinitos y que los mismos al¬caldes no los pueden remediar porque éstos no existen en los pueblos”. Con lenguaje firme comunica al te¬niente gobernador que no desea mantenerse en su pues¬to debido a la falta de respeto por el culto en el pueblo. Por último, recuerda que poco antes le había enviado la nómina, para su correspondiente control, de más de sesenta pobladores de San Pedro que no asistían a misa”.
Control social y control religioso. En definitiva, lo que conviene recalcar es que la realidad demográfica,
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Cabildo de Buenos Aires, Archivo, 1787. Son frecuentes los comentarios de las autoridades colo¬niales ante la falta de interés de los criollos por el culto cató¬lico, desvirtuando la afirmación de Francisco Company (La fe de Martín Fierro, Buenos Aires, Theoría, 1963) en sentido contrario. Como más adelante veremos mejor, lo que sí pue¬de observarse es un acentuado sincretismo con formas religio¬sas más primitivas. Recordemos las palabras del naturalista Azara al referirse al gaucho (Memorias sobre el estado rural, Madrid, 1847, pp. 4-11), cuando sostiene que en materia de re¬ligión católica sólo conocen su nombre, semejándose a los in¬dios. Y lo confirma un memorialista del siglo XVIII: “No se¬ría fácil encontrar paganos, idólatras, ni herejes entre los vecinos de nuestras campañas: todos ellos que tienen y confiesan (si se les pregunta) lo que enseña y predica la Santa Iglesia Cató¬lica: pero en las costumbres, en las inclinaciones y en el cono¬cimiento del verdadero Dios, poquísima será la diferencia, si hay alguna en estos campesinos a un gentil”. (Dos noticias sobre el estado de los campos de la Banda Oriental al finali¬zar el siglo XVIII, p. 382, documentos editados por Rogelio Brito Stífano en Revista Histórica, año XLVII, número 52-54, Montevideo, febrero de 1953).
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el aislamiento de cada unidad del sistema productivo, la dispersión de los gauchos por la llanura y otros he¬chos similares impiden un control estricto por parte de la ideología tradicional. De todas maneras, lo esta¬mos viendo, esas carencias se suplen con la fuerza de las armas de los comandantes de campaña y alcaldes. Funcionarios que no pocas veces son analfabetos: por esa razón, informa el Cabildo de Buenos Aires en 1789, no pudo realizarse un padrón de hacendados (“Porque no pudiendo dar la comisión —escriben— a otros suje¬tos que a los alcaldes de la Santa Hermandad, se halla¬ba con la moral imposibilidad y con el tropiezo de que careciendo de la instrucción necesaria, pues ape¬nas los más sabían leer y malamente escribir”). Seño¬res de horca y cuchillo, son los mantenedores del or¬den y respeto del sistema. No pocos ascienden social-mente y entre sus descendientes figuran miembros de la élite del país, el grupo que gracias al frigorífico logra tres generaciones más tarde acumular ingentes fortunas.
Situaciones similares se plantean en Santa Fe y su jurisdicción, en Corrientes, Córdoba. . . Sin entrar en demasiados detalles, recordemos que en el partido de Paraná, en 1766, el alcalde de la Santa Hermandad dispone medidas similares a las adoptadas por sus pa¬res bonaerenses. Téngase presente: en todas plantea la más estricta discriminación económica y social, el deseo de potenciar la fuerza moral arcaica en los cam¬pesinos; de afianzarlos como servidores de los dueños de la tierra. Ordena que ningún vecino o forastero “hospede, abrigue ni fomente” a ladrones, vagabun¬dos, esclavos y perseguidos de la justicia. De no cum¬plirse lo establecido, confiscación de los bienes y cár¬cel”. De allí en más, nadie podrá cazar tigres y vacas cimarronas sin la correspondiente autorización. Penas corporales impone a los “mozos camperos” que salgan al campo a recoger caballos reyunos, es decir sin marca alguna. Nuevamente se menciona la obligación de con¬currir a la doctrina y a misa los días festivos. He aquí sus palabras:
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Santa Fe, 1763-1770, legajo 5.
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“Y por cuanto se ha quejado el señor cura y vicario de este partido de varías personas que con poco temor de Dios no de la capilla, menospreciando sus conti¬nuos abusos y exhortaciones debía mandar y mando que todo fiel cristiano concurriese a misa los días fes¬tivos y a la plática doctrinal”.
“Sin oficio ni beneficio” se escribe por 1771 sobre un desertor de blandengues de Santa Fea. Y al año siguiente, los hacendados temen “la libertad tan do¬minante” de quienes desean reformar en servidores, sus “costumbres relajadas” y la impotencia para so¬meterlos a satisfacción*. En 1772, dentro de la cons¬tante acción de control, se obliga a todos los asalaria¬dos a llevar consigo para poder transitar de un sitio a otro de la provincia una “licencia por escrito” fir¬mada por los alcaldes o jefes locales. Casi sin variantes, esa disposición se repite en el Código rural de la pro¬vincia, en 1901.
Tal fue siempre el punto de vista de los propieta¬rios. El sistema económico, desde luego, y sus cono¬cidas implicancias sociales, continúa con sus normas. No es posible mencionarlas a todas en su monótona reiteración. En 1804, Sobremonte recuerda a los asa¬lariados que deben servir a un señor: “que deben vivir asalariados por falta de oficios o bienes propios”. Im¬pone, al mismo tiempo, la papeleta, un documento que acredita la condición de servidor0. Debían re¬novarla periódicamente, castigándose el incumpli¬miento de la medida con dos meses de trabajos for¬zados, a ración y sin sueldo. Así, y sobre todo por el interés ya expuesto de los grupos minoritarios, Cor-nelio Saavedra, hijo de uno de los propietarios más acaudalados de la ciudad de Buenos Aires, en su con¬dición de síndico procurador de los vecinos, el 10 de enero de 1799 plantea su plan represivo de rígido control. Y escribe:
“Se sabe que la campaña abunda de gente ociosa,
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Santa Fe, 1771-1773, legajo 6.
b Ibidem.
c Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Bandos, 1799-1809.
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cuyo vinculo de subsistencia consiste en el robo, jue¬go y otros criminales medios. Aun en esta ciudad ve¬mos que hay innumerables, cuya general ocupación es frecuentar pulperías y canchas públicas que hay en ella. Ocurre por lo mismo, para que cerrándose por ahora estas casas y prohibiéndose el juego y holgaza¬nería de las gentes de la campaña, se logre proporcio¬nar abundantemente a los cosecheros de manos útiles para recoger sus siembras. Una y otra cosa puede con¬seguirse por la autoridad de Vuestra Excelencia; la pri¬mera dando orden para que inmediatamente se cie¬rren las canchas que llaman de bolos, juego a que ma¬nifiestan más inclinación aquellas gentes; la segunda ordenando Vuestra Excelencia a todos los jueces de la campaña, celen con particular esmero sobre que las gentes de sus respectivos distritos y jurisdicción, y los que no tengan ocupación conocida se apliquen a aquel trabajo; que prohiban con todo rigor los juegos tan frecuentes en las pulperías y canchas de la campaña.”
Tal el lenguaje y la aspiración del estanciero Cor-nelio Saavedra, similar, en muchos de sus aspectos, al de sus pares de todos los tiempos. ¿Es necesario acla¬rar el estricto sentido de esas palabras? Las mismas ex¬presan, proviniendo de quien provienen, una aspira¬ción similar a la expuesta por los miembros del Ca¬bildo de Buenos Aires en 1788, al expresar que a los desocupados y ociosos debe obligárseles a vivir “bajo de cruz y campana en la población de su vecindario o parroquia, y si fuese posible en alguna de las fronte¬ras, libertando de este modo a la misma campaña de una gente tan perjudicial”.
Pues bien,, son los anteriores los deseos de los “es¬tancieros más racionales”. Y esto nos lleva a referirnos, en el contexto de las leyes que obligan a servir, nue¬vamente a la exclusión de la propiedad de la tierra a los más. Los propietarios latifundistas establecen no sólo el dominio sobre los bienes productivos, según viéra¬mos, paralelamente y por todos los medios posibles se aseguran la reserva de peones, mano de obra para sus estancias. Una y otra vez insisten en plantear actitu¬des similares a las expuestas en el capítulo precedente. En 1807, en la villa de Gualeguay, Entre Ríos, los ga-
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naderos reunidos en cabildo abierto disponen que sólo los “estancieros más racionales” deben dedicarse a la cría de ganado vacuno0. Y si bien la Real Audiencia de Buenos Aires deja sin efecto tiempo después la disposi¬ción, la misma nos pone en contacto con las realida¬des de quienes detentan el poder social y económico.
Así, pues, desde ese punto de vista, debemos adver¬tir y considerar la circunstancia de que en varias opor¬tunidades se obtienen normas de dominio feudal de la tierra, concretándose las aspiraciones. En 1775, la Jun¬ta de Hacendados de Buenos Aires logra del entonces gobernador interino Juan José de Vértiz se prohiba criar ganado bovino a todos los que no posean en pro¬piedad una estancia: “que ninguno puede tener estan¬cia, ni tenerse por criador. . . si no posee tres mil varas de terreno por frente y legua y media de fondo, con¬forme al repartimiento primitivo de la fundación de esta ciudad y sea obligado (de tener menos cantidad) a venderlo a los circunvecinos que quisieren comprárse¬lo”6. Bajo ese régimen de dominio, en 1773 los estan¬cieros reunidos en cabildo, en Lujan, deciden calificar “de baja esfera” a los labradores que siembran trigo, maíz y hortalizas, ordenando que sólo puedan hacerlo los dueños de chacras de mil o más varas de frente (“el que tiene tierras de mil varas arriba no se le niega el que pueda sembrar, bajo de las condiciones que se les previe¬nen, porque razón habrá que el que tiene cien varas de tierra ni doscientas cincuenta haya de cercarlo todo sin dejar entradas a la hacienda en sus bebidas cuando son tan forzosas por no haber otras que los ríos”)c.
Estos episodios son característicos. De allí la cono¬cida observación de Azara, refiriéndose al Río de la
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 96, expediente 4.
¿> Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Interior, 1772-1776, legajo 2, expe¬diente n° 8. “Año de 1775. Obrado sobre Junta de Hacen¬dados de la jurisdicción de esta ciudad para la conservación de los ganados de ella, etc.”. En 1788 el Cabildo de Buenos Aires observa una “total falta de cuidado y aplicación en los hacendados”: no preparan aguadas- artificiales para las épo¬cas de seca; no castran los excedentes de los toros necesarios;
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Plata: “Los pastores consideran mentecatos a los agri¬cultores, pues si (éstos) se hicieran pastores, vivirían sin trabajar y sin necesidad de comer pasto, como los caballos, porque así llaman a las ensaladas, legumbres y hortalizas”.
Poco resta por decir. En ese mundo de ganaderos primitivos, arcaicos, una estancia ocupa a lo sumo tres o cuatro peones. “Y de esto —escribe un funcionario en 1794- resulta que en una campaña donde pudieren acomodarse doscientos o trescientos vecinos.. . maña¬na. . . vendrá a poseerla diez o doce sujetos””. Y Agus¬tín de la Rosa, luego de aludir a la gran suma de “gen¬tes sin esperanza”, comenta, como sigue, la razón de tanta miseria: “se abandonan al ocio.. . y abundan en mucha parte los innumerables vagos pues, como no tienen donde ganar un conchabo, se abandonan a la vida bravia y holgazana pues las estancias grandes que pudieran conchabar esta gente están surtidas de negros, por ahorrarse los conchabos”*. Y en esas pocas pala¬bras encontramos una de las razones de la miseria y del orden preventivo del sistema.
IV – LA CAMPAÑA: ARCAÍSMO Y COTIDIANEIDAD
Esta es, dicho brevemente, la realidad de la sociedad folk del área pampeana en cuanto a las relaciones entre amos y peones, y también en lo que hace al dominio de
no mejoran los edificios de las estancias.. .; “hasta ahora no se ha pensado más que en matar, y no en criar”.
c Museo Colonial e Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Acuerdos del extinguido Cabildo de la Villa de Lujan, La Plata, 1930, acuerdo del 2 de junio de 1773.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras de Cerro Largo, 1793-1803.
b Ibidem.
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la tierra. Una sociedad destructiva; un espacio deter¬minado por los requerimientos de la economía expor¬tadora de cueros: en 1780, aproximadamente, la fron¬tera abarca unas 155 leguas lineales a lo largo de una franja de tierra que comienza en la costa del Atlántico a la altura del fuerte de Chascomús, fundado en 1779, y llega a Esquina en la confluencia de Santa Fe y Córdo¬ba, aproximadamente la quinta parte de la actual provin¬cia de Buenos Aires.
En esa inmensa área, prácticamente vacía, ni las es¬cuelas, un privilegio de los ricos, ni las iglesias, concurri¬das por los menos, son aglutinantes sociales. La escasa población se encuentra dispersa en las cabeceras de las estancias, en los pueblos y fortines, en las proximida¬des de la Ruta Continental. “La mayor parte de la po¬blación —determina en 1822 Felipe Senillosa— vive acu¬mulada en su capital, cuando el resto se halla diseminada en una superficie inmensa de terreno, es un fenómeno que debe tener su origen en el anterior sistema colo¬nial”. Y apunta Azara, a fines del siglo XVIII: “No hay maestros en las parroquias de Buenos Aires. . . son pocos los que allí saben leer”. Y en cuanto a la Iglesia y a sus relaciones con los pobres ya nos hemos referido en el apartado anterior. Hay que agregar, no obstante, que se trataba de condicionamientos que proseguían las propuestas del Segundo Concilio Limense (1584), cuya idea central sostenía que en materia de religión era su¬ficiente que los naturales creyesen en Dios, “aunque no acierten a hacer concepto. . . como el idiota tiene acto de fe cuando cree es verdad lo que está en la Biblia”0. Se obtiene, de esa manera, un sincretismo característico de las formas folk. Aún hoy, en la campaña de Buenos Aires, los trabajadores rurales —y muchos que no lo son— practican un culto diferenciado que tiene tres
a Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Esclavos indios y africa¬nos en los primeros momentos de la conquista y colonización del Rio de la Plata, en Ibero-Amerikanisches Archiv, Berlín, 1981, pp. 325-366. Un análisis sobre el tema religioso, tal vez lo más completo y racional a nuestro entender: C. R. Boxer, The Church and Iberían Expansión, The Johns Hopkins Uni-versity Press, 1978. (Hay traducción al portugués: A Igreja e a expansao ibérica, 1440-1770, Lisboa, 1981).
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ejes esenciales: nacimiento, casamiento y muerte. El segundo, con frecuencia, impuesto compulsivamente. Predomina, por otra parte, como base ideológica esen¬cial la creencia de un premio y castigo después de la vida, de un paraíso de bienaventuranzas para quienes soporten con estoicismo y amor las desdichas actua¬les.
A lo largo del siglo XVIII y del siguiente, los peo¬nes desconocen todo tipo de asistencia médica racional. Y aun los niveles superiores, labradores, propietarios de haciendas y funcionarios locales. Muchos años más tarde, Paolo Mantegazza relatará en sus Cartas médi¬cas las supersticiones características de la medicina po¬pular argentina: menciona desde los dientes de coma¬dreja hasta los excrementos de perro y gallina. Y tam¬bién, en párrafos de antología, nos deja el retrato de una curandera, la china Tacuavé, un gigante de sangre charrúa, con profundas huellas de viruela, que “cura¬ba todas las enfermedades con la piedra b’eza (bezoar), el aceite calmante y el agua de espíritu”. Son éstos, sin duda, los valores tradicionales, y a ellos alude el Insti¬tuto Nacional de Antropología, en 1978, elogiando la “vigencia de las antiguas formas de curar” en la de¬dicatoria de una monografía sobre el curanderismo: “A Zoila Reyna, mujer, curandera, esposa, madre y abuela. A ella le debo un enorme caudal de conoci¬mientos de la medicina empírica (sic). Su calidad hu¬mana, su sabiduría de la medicina popular, su fe en Dios, en la Religión, en los Santos cuyas imágenes cu¬brían las paredes de su rancho; su fidelidad y cariño como esposa, su ternura como madre y como abuela, despertaron en mí una gran admiración y puedo ase¬gurar que fue mucho más lo que aprendí en su com¬pañía que lo que le pude aportar”0
En la frontera, pueblos y estancias se establecen al amparo de los fortines. Eran éstos la seguridad del
a Informe del Instituto Nacional de Antropología. For¬mas culturales tradicionales en el área pampeana. Ministerio de Cultura y Educación, Secretaría de Cultura, Buenos Ai¬res, 1978, p. 24.
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hacendado; un freno a los malones. Viajeros, relatos oficiales y diarios militares cuentan las relaciones —las amistosas y otras— de la población de Buenos Aires con los indios pampas y serranos. Es frecuente, una frecuencia casi diana, constatar la concurrencia de ambos a las poblaciones rurales y a Buenos Aires don¬de venden ponchos y jergas, también algún ganado”. De regreso, llevan aguardiente, sables y tabaco; a veces obsequios de gobernadores y virreyes para los caci¬ques. Se informa, en 1768, desde Magdalena, haber lle¬gado a esa guardia “ocho indios serranos, de tierra aden¬tro, con su carga de ponchos con el fin de bajar a esta ciudad (de Buenos Aires) a venderlos””.
Pero esas relaciones iban aún más lejos. Con fre¬cuencia, en las estancias conviven peones mestizos e indios pampas cautivos a quienes obligan a trabajar. Sus familias, también compulsivamente y a beneficio del amo, tejen ponchos y jergas. José Antonio Ló¬pez, sargento mayor y comandante de milicias, nos dice en un informe elevado al virrey que en su cam¬po tiene prisionero un indio pampa y a los hijos de éste. “Ejercitándose los varones en las labranzas de
a En 1752, en un expediente sobre la despoblación de la reducción jesuíta de la Concepción, al sur del Salado, uno de los informantes sostiene que “los indios traen a la ciudad a ven¬der los ponchos que compran a los de la tierra adentro y que en esta ciudad compran sables y los llevan y se los venden a los indios de tierra adentro por ponchos”. Y el soldado Ga-leano, destinado dos años en la Concepción, agrega que “los indios pampas trataban y contrataban con los aucas, a quie¬nes les compraban ponchos”. Un tercero, confirmando lo ante¬rior, dice que los pampas venden ponchos “de los que compran a los indios de tierra adentro, porque aunque en dicho pue¬blo hay una india que los hace, éstos son balandranes y se tarda en hacerlos unos tres o cuatro meses” (Archivo General de la Na¬ción, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Archi¬vo del Cabildo de Buenos Aires, t. 9). En 1744, el gobernador Domingo Ortiz de Rozas comunica que Habían llegado a Lujan doscientos indios pampas para vender ponchos y jergas a cam¬bio de vino, aguardiente y armas (Bandos, n° 1).
b Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Salto del Uruguay, legajo 2.
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dichas tierras que les tiene señaladas, propias del su¬plicante, y a las hembras en fabricar ponchos, bayeta de la tierra y distintas especies de tejidos que hacen con la lana que les suministro”‘7.. Esa industria arte-sanal, agrega, le proporciona la mayor parte de sus ingresos.
Los tres fuertes construidos en 1752 (Guardia de Lu¬jan, Salto y Zanjón) y las tres compañías de soldados destinadas a cada uno de ellos determinan, sin duda, cambios de importancia en la demografía bonaerense. El jesuíta Florián Paucke, en viaje a Córdoba, describe el pequeño y miserable fuerte de Pergamino. “Toda la localidad no tenía más que tres chozas edificadas a lo largo, que tenían en derredor un cerco espeso cons¬truido con gruesos palos”. Y agrega luego, ante el re¬ducto de la pampa: “¿No le voltearía a uno de risa en la contemplación de esta fortaleza de las Indias? El fuerte entero —agrega— no tenía en su circuito más de cien pasos; si ese palenque de palos merece el nom¬bre de fortaleza, entonces cada agricultor en nuestros países que ha cercado su granja con muros en derre¬dor tiene una fortaleza mucho mejor y más resisten¬te”*. Y Pedro de Cevalios, irónico al igual que el je¬suíta, después de visitar la Guardia de Lujan, actual Mercedes, comenta:’ “He visto el fuerte de Lujan y por él he hecho un concepto muy infeliz de los indios, pues dichos fuertes los considero peores para los que los guarecen que para los que los quieren insultar”0 .
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Solicitudes Civiles, LI-L.
b Florián Paucke, Hacia allá y para acá (Una estancia entre los indios mocobíes, 1749-176T,. Traducción castellana de Edmundo Wernique, Buenos Aires, 1942, 1.1, pp. 130 y passim.
c Agrega Cevalios: “la gente que tienen no es de mala cali¬dad, poco más del tercio está armado con bocas de fuego. .. y el resto con lanzas propias que tienen” (Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Aduana, Época de Cevalios, Milicias, 1700-1810). Poca dife¬rencia existe con lo observado por Jullien Mellet en 1824 (Voya-ges dans l’iniéríeur de l’Amérique méridionale contenant la reía-tion de celui fait de Buenos Aires á l’Assomptiun par la riviére de la Plata, et retour. . . París, Masson, 1824).
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Pintoresca era también la dotación humana. Contados soldados disponen de armas de fuego, los más llevan con¬sigo una lanza, sable, boleadoras y lazo; su uniforme es el mismo del peón: bota de potro, chaleco, por lo general rojo, calzoncillos largos y pantalones ajusta¬dos que les llegan hasta poco más abajo de la rodilla. El chiripá vendrá años más tarde. Desde el mangrullo, torre rústica armada con troncos de árboles, se con¬trolan los movimientos de la zona próxima. La disci¬plina, nada, tiene que ver con la ordenanza militar: ‘jugar a los naipes, beber mucho, dormir y blasfe¬mar —escribía Paucke— lo sabían tanto el oficial co¬mo el simple soldado. . . son gentes vagas como los indios, jamás pelean en formación, no obedecen a man¬do alguno, cada uno mira por el modo de cómo huir o cómo poder despachar a la Eternidad con buena y se¬gura ventaja a un indio”.
Esa caballería gaucha tenía sus características. Por lo general, se prefiere para integrarla a santiagueños y paraguayos, “gente más sujeta y menos floja que los criollos”. La opinión, expuesta por el capitán de La Valerosa, no era nueva. En 1764, informa sobre la con¬dición de sus hombres el mismo oficial, y escribe, alu¬diendo a los voluntarios reclutados en Lujan, que al poco tiempo desertaban llevándose la caballada, ha¬ciendo daño a los ganados ajenos. Es, insiste, preferi¬ble traer santiagueños y paraguayos, buenos jinetes, cuidadosos del equipo militar. Por otra parte, los crio¬llos del partido de Lujan prefieren el trabajo en las es¬tancias, a pesar de recibir menos dinero, al servicio en el fortín. “Un peón —observa— gana (en una estan¬cia) con sus caballos cuatro reales al día y le dan de comer y en viniendo la noche se echa a dormir y toda la noche es suya. Si se conchaba sin sus caballos gana seis pesos al mes, anda en los caballos del amo, y lo mantienen de comida y tiene las noches suyas y el día de fiesta también, se va donde quiere. El soldado no tiene hora de sosiego, pues las comidas son unas sobre otras, ni tiene día de fiesta ni noche segura”0.
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras de Lujan, 1757-1778.
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Esa situación, de hecho, no es circunstancial. Las deserciones abundan. Lo más frecuente, a cada mo¬mento lo recuerdan, es buscar refugio en tierra de in¬dios, poner un espacio entre la autoridad y el huido. En 1786, un soldado perteneciente a la milicia a cargo del sargento mayor Manuel del Pinazo, el ya mencio¬nado comandante-hacendado, abandona la tropa y se refugia en las serranías de la Ventana, entre los indios serranos, acompañándolos en sus correrías e incur¬siones de caza. Un mes ha de residir entre ellos. Más tarde, nostálgico, regresa a su rancho ubicado en la Capilla del Rosario donde lo esperan mujer e hijos. Y, preso por desertor, confiesa: “Habiéndose retira¬do al otro día los indios con su toldería (fue con ellos) . . . hacia Puerto de la Ventana donde se situaron ha¬ciendo sus correrías y potrees.. . a cuyas faenas solían salir partidas de indios y en una de ellas habiéndosele permitido al declarante salir con el cacique, tuvo la proporción de separarse de los indios y venirse a nues¬tros campos”0.
El rasgo característico, el más dominante durante varios siglos en toda el área pampeana, es el uso del cuero para suplir a otros elementos, de manera espe¬cial a la madera y el hierro. Es más, sabemos que del cuero, es decir de las exportaciones de ese producto, provienen la mayor parte de los ingresos de los due¬ños de la tierra. “El ser y la estabilidad —se dice en 1742— de Buenos Aires. .. y su jurisdicción consiste en que haiga (sic) suficiente ganado vacuno. De él.. . se saca el azote (trozo de carne) con que generalmente se guisan las viandas.. . la grasa.. . la jarcia de que se hacen las sogas o los lazos que llaman guascas”*.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Sumarios militares, G-L.
* Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Archivo del Cabildo, S. 9, C. 19, A. a, n° 2, foja 196. passim. Documento fechado el 7 de noviembre de 1742. Enumérame además los usos que dan en Buenos Aires al cuero vacuno: “los costales o sacos para guardar y reparar el trigo de aguas, humedades, polvo y sabandijas de qué género son. No hay otro ni puede haberlo en toda esta provincia equi¬valente al cuero de novillo o vaca, porque si se careciera de este
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En otras palabras: se vive un tiempo que bien puede definirse de edad del cuero. Los granos del escaso tri¬go que se recoge en la campaña se conservan en sacos fabricados de ese material. Con cueros secos cubren hasta bien avanzado el siglo XVIII, y no sólo los po¬bres, los huecos de las puertas y ventanas para suplir la falta de vidrios y maderas. “Se ignora lo que es una ventana de vidrio; ni siquiera las hay de tela o papel” escribía en 1629, en su texto mencionado antes, el jesuíta belga Justo Van Suerck. Y lo confirma a co¬mienzos del siglo siguiente Louis Feuillée, un matemá¬tico francés que establece por orden de su gobierno la longitud y latitud exacta de la ciudad, observando el hecho de que la mayor parte de los muebles son de cuero: camas, cofres, mesas, asientos; lo son asimismo las paredes y los cercos de las casas*. Resumiendo: el cuero define a la sociedad folk no sólo de la campaña, asimismo la cotidianeidad de los habitantes de Buenos Aires.
A mediados del siglo XVIII, los peones duermen so¬bre el piso de tierra teniendo como único apoyo una piel vacuna. “El vulgo hispano —escribe Dobrizhoffer
género para dicho ensag. (sic) se perdiera el trigo en que consis¬te la recogida de las cosechas de todos los granos en esta juris¬dicción en la gran copia de cueros de toros y vaca de que cada uno se previene, fuera de que es cuasi inexplicable lo indispen¬sable que son estos géneros en esta tierra para muchos menes¬teres sin poderse hallarse otros que con tanta comodidad y con tan poco gasto suplan su falta así en poblado como en caminos largos y peregrinaciones en campañas desiertas. Y no es de ma¬yor utilidad la abundancia de sebo de dicho ganado, pues la única materia de que se sirve el común para el alumbrarse de noche, cuyo consumo es renglón considerable. A todo lo re¬ferido se acrece la notabilísima y nunca vista novedad en nues¬tras tierras y aún en los pretéritos se ha experimentado, que es la gruesa faena de cueros, novillos y vacas”.
Justo Van Suerck y su carta sobre Buenos Aires (1629), Buenos Aires, Ediciones Theoría, 1963, p. 83; Louis Feuillée, Journal des observations phisimathematiques et botaniques, fai¬tes par l’ordre du Roy sur les cotes orientales de l’Amérique Mé-ridionale. .., París, 1714, p. 248; Journal d’un voyage sur les cotes d’Afrique et aux Indes d’Espagne, avec une description par-ticuliére de la Riviére de la flota, Amsterdam, 1730.
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en la Historia de los abipones— acostumbra usar en vez de cama un cuero vacuno tirado en el suelo, como tam¬bién lo usa la numerosa turba de esclavos negros”. De cuero, es bien sabido, se fabrican los aperos y recados para montar a caballo, Y él, por otra parte, es el mate¬rial empleado en la única artesanía del área pampeana. Confirmando lo ya expuesto, José Espinosa, compañero de viaje de Alejandro Malaspina, informa que con ese elemento elaboran “cuantos utensilios y muebles nece¬sita la vida humana”. La facilidad de las manufacturas, “humedecido es una lámina flexible que recibe cual¬quier forma”, facilita las más dispares aplicaciones. “Sa¬can —nos dice también— la piel de la cava mediante una incisión en la región del vientre y con tanta precisión que, en rellenándola de cualquier materia, parece, de lejos, que vive la res. Estas singulares trojes o arcas las llenan de semillas y dicen que se conservan muy bien”. Era la práctica del vaquero, una experiencia pro¬pia de las cacerías de hacienda vacuna donde demostra¬ban la destreza en dominar la cabalgadura y manejar la desjarretadera, el filoso cuchillo en forma de media luna engarzado en el extremo de una caña tacuara de tres o cuatro varas de largo. Los peones, organizados en cuadrillas, en poco tiempo abaten gran cantidad de ganado. Sangre, gritos; el lamento de dolor de los ani¬males que son degollados luego de habérseles cortado el tendón para que no huyeran. He aquí uno de los tan¬tos relatos de aquella actividad:
“Cuando intentan hacer cueros, destinan unos diez o doce hombres de los cuales uno va adelante desjarre¬tando ganado a la carrera con una especie de cuchilla de acero bien templada que por su figura llaman media luna, engastada en una asta de tres o cuatro varas de lar¬go. Otro va después acodillando las mismas reses que en¬cuentran ya tendidas por el primero, que se reduce a matarlas con gran facilidad por el codillo, hiriéndolas con un chuzo largo y delgado, a manera de daga, para no ofender los cueros, puesto también en su asta, y los
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demás se emplean en desollar y estaquillar allí mismo los cueros, que se reduce a tenderlos bien estirados por me¬dio de unas estaquillas para que se sequen mejor y con más facilidad, y después los van recogiendo los cargue¬ros destinados a este fin y llevándoselos a la estancia donde los conservan con mucho cuidado en paraje se¬co”.
En las primeras décadas del siglo XVIII, por las ra¬zones económicas ya expuestas, se incrementan las es¬tancias en ambas márgenes del río de la Plata. Uno o dos ranchos de paja, un corral de “palo a pique”, tal vez una ramada, restos de animales muertos en los alrede¬dores. En casos excepcionales un lote de tierra para sembrar algo de maíz y trigo. De todas maneras, pocos pueden adquirir las tierras, y tampoco disponer del dine¬ro necesario para organizar una partida de peones y reco¬ger hacienda cimarrona para luego transformarla en rodeos domésticos.
Pasemos a otro aspecto.
El peso del número, escribe Braudel al estudiar la población y su incremento en el mundo, de manera especial en Europa. “La vida material son los hombres y las cosas, las cosas y los hombres. Estudiar las cosas. . . El número de los que se reparten las riquezas de la tie¬rra tiene también su significado””. Y también el de quienes son desposeídos de las mismas. De los 2.538 habitantes registrados en el padrón de 1726 (incluidos 138 propietarios de tierras y 16 de chacras) se asciende a 7.156 en 1744. En 1788, los empadronadores dejan constancia de 12.925 e incluyen 1.650 negros y 1.543 indios. Se olvidan, entonces, de consignar los mestizos.
Los esclavos africanos, introducidos ya a fines del siglo XVI por el obispo Victoria, trabajan de vaqueros y peones en las estancias de Buenos Aires, la Banda
a Melitón González, El límite oriental del territorio de Mi¬siones, Montevideo, El Siglo, 1882, t. I, p. 143. El texto perte¬nece a José María de Alvear.
b F. Braudel, Civilización material y capitalismo, Barcelona, Labor, 1974, p. 19.
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Oriental, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. En Córdo¬ba, los jesuítas, dueños de extensos fundos y estancias, poseen en 1686 trescientos negros que atienden los 5.000 caballos, 3.000 vacunos y 1.000 muías propie¬dad de la Compañía. Y en 1767, en la estancia de Alta Gracia, los inventarios registran 140 esclavos y 170 esclavas, disponiéndose de un excedente anual, debido al crecimiento biológico, que es vendido. Tam¬bién en Buenos Aires, a mediados del siglo XVIII, sus estancias de Magdalena y Ensenada ocupan mano de obra africana, y más tarde, luego de la expulsión de la orden, proseguirá haciéndolo las Temporalidades, administradora de esos bienes. Paradójicamente, las ganancias de esas explotaciones atendidas por escla¬vos se destinan a solventar en la ciudad un colegio de niñas huérfanas donde está vedado el ingreso a las de color.
Pero examinemos para dar fin a este capítulo, más de cerca esos hechos. El siguiente documento señala el per¬sonal que a mediados del siglo XVIII dispone la estancia de José de Cosió y Terán, en La Matanza:
“En la dicha mi estancia y en dos de octubre de mil setecientos cuarenta y cuatro años di principio al dicho mi padrón; y en ella tengo de capataz un indio llamado Francisco de edad de 28 años. Otro dicho (indio) lla¬mado Anselmo de la mesma edad. Otro dicho llamado Tomás de 20 años. Otro dicho llamado Ignacio de cator¬ce años. Estos son paraguais y no dan razón de sus ape¬llidos. Y un negro mi esclavo llamado José; Antonio Pereira de 25 años. Estos todos están conchabados por mi y se mantienen de mi pobre faltriquera, como también un hombre llamado Diego Salinas, natural de San Juan, de edad de 50 años. Este le tengo agregado en la dicha mi estancia y también le tengo de vestuario y comida. Y en la chacra donde tengo mis sementeras está un ne¬gro mi esclavo llamado Pedro de edad de 40 años. Y un indio misionero llamado Xavier de edad de 34 años casado con María Rosa india de edad de 30 años. Estos se mantienen por mi.”
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Pues bien, se demuestran y comprueban dos cosas: por una parte la presencia de agregados, originarios de varios sitios del Interior y gobernaciones próximas: la dirección de un capataz indígena del Paraguay y peones negros. Por otro lado se ha de notar la variación étnica de los componentes de los primitivos núcleos de las es¬tancias. Lo observaba Azara al referirse al Río de la Pla¬ta: “Es de advertir que. . . la gente campesina no perte¬nece sólo a la española, porque es de todas las castas””.
a Félix de Azara, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, Madrid, 1847,1.1, p. 305.
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MIENTRAS ESCUCHAN LA PALABRA LIBERTAD
“se cometen abusos que tienden a fomentar la antipatía del paisanaje hacia ¡os porteños”.
E. M. Brackenridge, 1820
Desde el alba a la oración Trabajando como burros (Y perdone la razón) Y si les dan unos pesos En dos trampas que pagó, O tomó una cuarta de vino, La mosca se evaporó.
El Grito Argentino, 1839
I – LOS CAMBIOS POLÍTICOS DE 1810 Y EL GAUCHO
Transcurridos seis años de los hechos de 1810, poco antes de sancionarse la Independencia de las Provin¬cias Unidas del Río de la Plata, la Gazeta de Buenos Aires atribuye la revolución de los porteños a las nece¬sidades concretas de los hacendados bonaerenses. “Los frutos del país se envilecían en las manos del mono¬polio. . . Los buques que nos visitaban nos proveían de los artefactos más groseros en materia de comodida¬des y lujo; pero no dejaban de arrancarnos a vil precio nuestras preciosas producciones. .. Fue, pues, indis¬pensable el que hubiese una revolución y la hubo”.
Eran, pues, los mismos intereses económicos y una nueva política externa que beneficiaba a los grupos do-
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minantes mayoritarios. No es entonces de extrañar que las nobles palabras del Himno, “Libertad, libertad, li¬bertad”, y su eufórico mensaje: “Oíd el ruido de rotas cadenas”, tengan a partir de 1810 plena vigencia en un estrecho círculo de personas, tal vez más amplio que el anterior, pero en cuanto a realidades sociales y econó¬micas similar al de diez, veinte o cincuenta años antes. Comenzaba una época, un mundo de intereses y la integración lenta a los intercambios directos. Dejando por ahora aparte el papel del gaucho como mano de obra barata para la estancia latifundista del momento, mencionemos su actuación de soldado enrolado por la fuerza para defender al nuevo régimen. La escena no cambia en lo fundamental: el 29 de mayo, a cuatro días de la revolución, se reglamentan las milicias au¬mentando el número de las mismas para poder hacer frente a las necesidades de la guerra contra los rea¬listas. De acuerdo a lo dispuesto en una proclama de la Junta, se establece con ese fin en toda la jurisdic¬ción de Buenos Aires “una rigurosa leva, en la que se¬rán comprendidos todos los vagos sin ocupación cono¬cida, desde la edad de 18 hasta la de cuarenta años”. Vagos, por cierto, sólo son calificados los pobladores sin medios de fortuna”.
De acuerdo a las informaciones impartidas, se ponen de inmediato en acción pequeños grupos de soldados al mando de oficiales que recorren la campaña y reclu¬ían con violencia a los peones que encuentran en su ca¬mino. Es más, actúan con tanto rigor que las autorida¬des deben nuevamente enviarles instrucciones para que atemperen los métodos, por cierto los represivos tra¬dicionales: “en todo el curso de la revolución hemos vivido bajo una verdadera aristocracia militar, la más temible de todas las aristocracias” opina poco des¬pués Julián Segundo de Agüero6. Fue tan extremado el celo puesto en la acción, así lo relatan los informes
a El decreto de la Junta está firmado por todos sus inte¬grantes. El artículo tercero establece la leva. Cf.: Registro Na¬cional, 1.1, p. 28.
* De los fueros privilegiados, en La Abeja Argentina, Bue¬nos Aires, 15 de agosto de 1822.
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enviados a la Junta, que algunas tropas de carretas se ven imposibilitadas de proseguir su camino al quitár¬seles todos los peones del servicio. Se puede decir que lo expuesto, expresión bien clara de las relaciones ge¬nerales entre desposeídos y poseedores, sin ninguna excepción, constituiría uno de los grandes inconve¬nientes de las fuerzas armadas del nuevo sistema, deter¬minando el desinterés de la mayoría por integrarse al ejército. Con el fin de corregir algunos de los errores tácticos y de atenuar lo que consideran “extorsiones que pudieran causarse por las partidas”, la Junta de¬creta más tarde que sólo fueran detenidos los “verda¬deramente vagos”, una circunstancia que quedaba en manos de las autoridades locales”.
De todas maneras, y basándonos en la realidad pos¬terior, nada ha de cambiar en esa trama inhumana. Las levas plantean en un sector de la población, el que me¬nos preocupación (no temor) le merece a los ganade¬ros, serios problemas. Como hemos ido indicando en otras páginas, tradicionalmente y desde el interior del territorio llegaban a las chacras próximas a Buenos Ai¬res en tiempo de la cosecha de trigo numerosos peones. En 1810, transcurrido un año de copiosas lluvias, la mies ofrecía ser abundante. Pero ante el temor de ser enro¬lados, ese año pocos santiagueños, cordobeses y púnta¬nos se trasladan al Plata. Es así que el Cabildo (18 de noviembre de 1810) decide enviar comunicaciones es¬critas a los gobernadores del Interior aconsejándoles que hicieran entender a los trabajadores, del modo más público y solemne señalan, que una vez terminadas las
” 19 de julio de 1810, en Registro Nacional, t. I, p. 57. Borrador en el Archivo del Gobierno de Buenos Aires, VII, fss. 123 y 123 v. Tulio Halperín Donghi (Revolución y guerra. Formación de una élite en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 215) denomina a los peones trabajadores “ple¬be”, y agrega que “la presión enroladora parece haber tenido que ver con la difusión del bandidismo”. De ninguna manera puede calificarse peyorativamente de plebeyos a quienes están integrados al sistema productivo, explotados por el grupo do¬minante. Y en referencia al segundo aspecto, lo que ha de seña¬larse en las siguientes páginas deja bien en claro lo absurdo de la tesis.
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tareas no se los molestaría (“se les dejará libre el regreso al lugar que les acomode”). Y mientras esto ocurre, se informa desde Córdoba del Tucumán que los agriculto¬res de esa jurisdicción sufren problemas similares, ca-reciéndose de los brazos necesarios debido al temor pánico de todos los peones a las “levas y banderas de reclutas” forzosas realizadas por doquier. Por cierto, se trata de trabajadores y no de bandoleros que asal¬tan a los viajeros.
Un mundo de injusticias. Y un mundo de intereses. La verdad es que paralelamente ese proceso general iba en Buenos Aires acompañado por una afirmación cons¬tante de las formas latifundistas de acumulación de la riqueza. Por cierto, el ideal burgués de los revoluciona¬rios más avanzados, que son los menos, poco hace por mejorar la condición humana de los oprimidos. En rea¬lidad, no pocas de las normas progresistas de la Asam¬blea de 1813 son en gran medida letra muerta. ¿Qué trascendencia puede tener en el Río de la Plata la cadu¬cidad de los títulos de nobleza desde el momento que no los había?
Transcurridos doce años del 25 de mayo de 1810, luego de mil zozobras, Felipe de Senillosa alude al ar¬caísmo de la campaña, un arcaísmo que es la resultan¬te del sistema de opresión. Y nos dice:
“Nuestra gente común del campo, por lo general tiene muy pocas necesidades. Un caballo, un freno, un pon¬cho o unas varas de bayeta son las principales prendas con que cuentan para un equipaje de traslación. Un pe¬dazo de carne de vaca o de novillo, de que fácilmente se proveen, sirve para la precisa mantención; y lejos de parecerse a esos labradores de Alemania que miran como la peor fatalidad tener que abandonar sus casas. . . nuestros jornaleros mudan frecuentemente de domi¬cilio y una parte del tiempo lo pasan al raso sin cuidados y sin comodidad””.
Nada se había hecho, pues, para que variaran las co¬modidades. Y adviértase que existe una conciencia clara en la necesidad de mantener la tradición y los antiguos
a La abeja Argentina, Buenos Aires, 15 de junio de 1822. 124

modos inducidos de vida; todo cambio, se piensa, cons¬tituye un riesgo. Todas esas ideas, o por mejor decir sis¬temas de opresión, esa constante que se perpetúa en el tiempo, preocupan asimismo a los sectores más libe¬rales de entonces: “somos de opinión que aunque la industria fabril es uno de los medios de dar aliento a la agricultura, con todo una nación agrícola y comer¬cial conservará más puras sus costumbres” advierte un partidario de la gestión de Rivadavia”. Algo así co¬mo la afirmación del jurista Solórzano, expuesta en 1629, de que “deben ir con gran tiento los legislado¬res en esta materia de introducir novedades y de mu¬dar fácilmente las antiguas formas. . . porque a estas mudanzas se sigue de ordinario la vida y estado de los vasallos”.
Es, lo será, empleando dos tiempos verbales adecua¬dos, muy lento el proceso de transformación del tra¬tamiento diferenciado que reciben los “blancos” -léa¬se propietarios, autoridades civiles y militares— y los servidores de éstos; escaso el avance en el exclusivismo de tipo neocolonial que caracteriza a las relaciones so¬ciales de toda América. “El complejo sociopsicológico de las clases superiores colonial y neocolonial reflejaba la actitud de los señores superiores blancos o casi blan¬cos hacia la población dependiente, a la cual la termi¬nología legal colonial había llamado ‘gente sin razón’, para quienes la ley natural prescribía el status de infe¬riores”6. En fin, y por referirnos a hechos casi de ayer, ¿la opresión del mensú de los yerbales y obrajes de Mi¬siones y los denigrantes, casi esclavistas métodos que ponen en práctica los propietarios para explotarlos no son, por cierto, similares a los que observamos en los peones bonaerenses del siglo XVIII? Y, al mismo tiempo, la persecución de los latifundistas de la Pata-gonia a los indígenas y los bajos sueldos abonados a sus peones —maltratados por capataces y autoridades—
a Opus cit., artículo titulado Influjo de la revolución sobre la moral pública, Buenos Aires, 15 de octubre de 1822.
* Stanley, J. y Bárbara H. Stein, La herencia colonial de América latina, México, Siglo XXI, 1970, p. 173.
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tienen muchos puntos de contacto con la situación del gaucho en el siglo XIX a.
Como se ha visto, con posterioridad a 1810 se per¬petúa la estructura previa, la de las relaciones sociales, amparada por las condiciones de la producción gana¬dera. Paralelamente, en un proceso acelerado, los pro¬pietarios se benefician del rápido aumento de los precios de la hacienda vacuna y de los campos, ambos impul¬sados por la creciente demanda de cueros y carnes sa¬ladas de los mercados externos, y en un proceso hasta entonces desconocido en esa magnitud. De todas ma¬neras, el hecho no determina una mayor inversión en mejoras de trabajo o de confort (viviendas, corrales, montes de sombra para la hacienda, galpones), des¬contada posiblemente una mayor preocupación en de¬tener los malones. Todo ello lo observa acertadamente en 1823 José María Rojas al estudiar la situación de la provincia de Buenos Aires en un detenido análisis de las características de los malones indígenas y los me¬dios más adecuados para detenerlos. He aquí la palabra del testigo:
“La inmensidad de los campos y ganados, unida al poco cuidado e industria de los pobladores para evitar que en alguna pequeña parte penetren los animales es la causa que no se presente en grandes distancias a nues¬tra vista sino una llanura uniforme, sin un árbol y por lo común sin más abrigo que un simple rancho o cho¬za de paja que es la única vivienda donde se aloja un rico y poderoso poblador.”
En una palabra, la continuidad. Y después de exami¬nar la situación de los campos, e insistir en el atraso en que el latifundio mantenía a todo el ámbito, pasa a relatarnos la tendencia general de los propietarios a establecerse en la ciudad, edificando para ese fin lujo¬sas viviendas. Dice:
“El lujo y la ambición es el objeto de sus desvelos
a La “caza” del indio con armas de fuego fue denunciada por los salesianos en numerosas ocasiones. Cfr.: José María Borrero, La patagonia trágica, Buenos Aires, s/f., posiblemen¬te editado en 1922.
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Grandes edificios en la ciudad, ricos muebles; y con estas comodidades, en los campos que ¡os han enrique¬cido no conservan algunos ni aún cama en qué dor¬mir. ¿Cuál, entre los más poderosos, ha pensado en levantar fuertes edificios en el seno de sus haciendas, y mantenerse a la cabeza de sus peones y sirvientes para sostener una propiedad que a nadie interesa tanto como a los dueños de las mismas?”.
También por entonces confirmaba esa realidad Feli¬pe Senillosa, adelantándose en medio siglo a la posterior prédica de los reformadores liberales. Acusa al sistema tradicional y arcaico de ser el culpable de la gran con¬centración de habitantes en las ciudades y la consi¬guiente despoblación de la campaña. Y también de em¬plear sistemas de producción que nada hacían para el progreso del país: “Es verdad —dice— que los estancie¬ros decoran la ciudad con la fabricación de buenos edi¬ficios; pero no es menos cierto que sería muy ventajoso a la riqueza nacional el empleo de sus capitales en obje¬tos de la industria rural”.
He aquí, pues, el clásico marco donde desarrollan sus actividades los ganaderos y trabajan los gauchos. Di¬cho esto, es necesario agregar que no menos trágica es la situación de los labradores que trabajan en campos de las cercanías de Buenos Aires y que no les pertene¬cen. Sus propietarios, miembros casi siempre de la clase alta porteña, se reservaban el edificio principal como casa de descanso o de fin de semana y entregaban el resto del predio a quien lo cultivase, recibiendo en pago la mitad de la cosecha. Los tanteros, en cambio, vivían en míseros ranchos de una sola habitación y en un total estado de postración y pobreza (“La mayor parte de nuestros agricultores son arrendatarios que sólo tienen ocupación, como los de Andalucía, en España, de tiem¬po en tiempo, viviendo el resto del año en la inacción y la miseria por falta de tareas lucrosas en que em¬plearse con sus familias”0).
Y, al propio tiempo, siguen en vigencia los fueros
” Artículo titulado “Economía rural”, en La Abeja Argenti¬na, Buenos Aires, 15 de noviembre de 1825.
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privilegiados propios de la fortuna y del mando auto¬ritario, circunstancia que le hace interrogar a Julián Segundo de Agüero: “¿Qué males no ha producido el supersticioso respeto con que hemos conservado legado tan funesto?” Del mismo modo, y en un plano opuesto, se proseguirá con la aplicación de los casti¬gos corporales y afrentosos a los desposeídos. En el contexto de la pedagogía del miedo, una tradición colonial, los niños de las escuelas son obligados por sus maestros a observar el cumplimiento de una condena a muerte o a castigos corporales (“Se sentenciaba a muerte a un hombre.. . no les quitaban la vida como ahora; se ponía un torno; lo sentaban y con el torno le apretaban el pescuezo, de modo que la lengua que¬daba de fuera. A todos los muchachos de las escuelas los llevaban a ver esto. . . luego que entraban a la es¬cuela les daban azotes, para que no olvidaran lo que habían visto”¿). Todavía en 1870 era costumbre en la provincia de Buenos Aires.
La pedagogía del miedo, la fuerza y la alienación impuesta por los menos a los más, conjugaba perfec¬tamente con el trabajo forzado. Con insistente fre¬cuencia envían a los acusados de delitos leves o su¬puestos —vagancia, borrachera o animosidad del alcalde local— a las obras oficiales de edificios públi¬cos y templos. En 1810 la Junta de Gobierno remite al cura párroco de Baradero, satisfaciendo así su pedido, varios presos para que trabajen en la construcción del templo del pueblo”. Se trataba en verdad de una leva de desposeídos.
Y todo lo que venimos exponiendo, ¿por qué? No es la respuesta que podemos dar la apropiada para un día o para un año. Es la de siempre. Con toda segu¬ridad, la idea general debemos buscarla en el deseo de mantener el predominio, en la realidad que con cru¬deza expone Mariquita Sánchez al escribir en sus Re-
fl Mariquita Sánchez, Recuerdos del Buenos Aires Virrey-nal, Buenos Aires, Ene Editorial, p. 56.
* Comunicación enviada a los alcaldes de Buenos Aires el 7 de junio de 1810 (Archivo General de la Nación, Gobier¬no de Buenos Aires).
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cuerdos el testimonio de un pasado que era también su presente: “La gente de campo vivía en la mayor mi¬seria; los salarios no les permitían vestirse. . . No hay una clase más injuriada, a mi modo de ver, que el gau¬cho”” .
Pareciera inútil poner de nuevo aquí y ahora lo que está fuera de discusión; en términos generales la condición del gaucho, lo vimos, no ha cambiado. Una y otra vez se desprende de los testimonios más variados. Pedro Andrés García en el diario que redacta relatando su viaje a Salinas Grandes (una expedición asociada a la industria de salazón de carnes) alude a las frecuentes deserciones de los miembros de la partida militar que lo escolta. Nos encontramos a fines de 1810. De los setenta soldados que componen el grupo —entre los que se encuentran “cinco milicianos de caballería sin más armas que lanza, la cual expresaron que no sabían ma¬nejar”— desertan veinte sólo en los cuatro primeros días. El temor a los indios, es posible, las incomodida¬des de la vida militar, el alejamiento por la fuerza de su familia y otras causas determinan los abandonos. Hasta tal punto eran similares las cosas que siempre reaparecían con la misma singularidad.
Así, pues, las levas y otros hechos asociados a las mismas hicieron impopulares a los porteños entre los pobladores de la campaña, y es una actitud que se agre¬ga al sociocentrismo inducido: recuerda en 1833 Agus¬tín Wright que los extranjeros, denominados con epí¬tetos peyorativos, eran mal recibidos en Buenos Aires. Gringos o carcamanes les decían** .
Con justa razón, por cierto, algunos testigos impar- ciales, partidarios del nuevo sistema político liberal que desea imponerse (una realidad que se concreta mucho después) critican las medidas que se disponen para controlar a los grupos no privilegiados. Entre otros lo hace Brackenridge, un diplomático estadounidense que reside en Buenos Aires en la segunda década del
” Mariquita Sánchez, Recuerdos.. ., p. 31.
” Agustín F. Wright, Breve ensayo sobre la prosperidad de ¡os extranjeros y decadencia de tos nacionales.. ., Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1833, pp. 17-19.
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siglo XIX. Conocedor de los hechos, informa en su libro de recuerdos que en los años previos a 1810 a los gauchos sólo les permitían llevar un cuchillo, “al pre¬sente —agrega— la única arma prohibida”. Y alude asi¬mismo a la leva:
“El gobierno actual ha intentado también medidas más fuertes que las tomadas por los virreyes; ha inten¬tado una conscripción pero sin éxito. . . Los alcaldes, sin embargo, o magistrados de villa son requeridos para arrestar a todos los vagos que no tienen medios visi¬bles de vida y los envían a los cuarteles donde se les trata rudamente hasta domarlos. Sin duda se cometen abusos que tienden a fomentar la antipatía del paisa¬naje entre los porteños, o habitantes del puerto, aun¬que sin hacer impopular la causa de la independencia”0.
Resumiendo lo expuesto. Gauchos, mestizos del in¬terior, negros ubres y esclavos son reclutados por me¬dios compulsivos para que defiendan al nuevo sistema político. Por una parte, los africanos y sus descendien¬tes los adquiere el estado (rigurosamente pagados a los propietarios) para que integren la milicia y, se dice, “bajo la condición de darles la libertad después de dos años de servicio”6. Los envían a todos ellos a la infan¬tería —”no son inferiores a ninguna tropa del mundo” opina Brackenridge—, superando la cuarta parte del to¬tal de las dotaciones. Precisando más: los esclavos y los gauchos cubren al parecer los claros que deja el en-
a E. M. Brackenridge, La independencia argentina, Buenos Aires, Editorial América Unida, 1927, 2 volúmenes. La edi¬ción príncipe es de 1822.
* Cfr.: Ricardo Rodríguez Molas, Negros libres rioplaten-ses, en Buenos Aires, año I, aro. 1, pp. 99-126.
En referencia a las expropiaciones de esclavos para el ejér¬cito, Belgrano le escribe el 5 de abril de 1816 a Ignacio Alvarez Thomas, en una carta donde se alude a la situación de su cuerpo militar, que nadie quiere dar un caballo “porque los dueños es-, tan cansados de Patria y de auxilios y de servicios y quieren pro¬bar la vía de alzamiento, a ver si les sale mejor”. Rosario, 5 de abril de 1816 (Publicada en el Epistolario de Belgrano, edición de la Academia Nacional de la Historia…, p. 274).
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tusiasmo, al parecer no muy fervoroso, de los ciudada¬nos. Habida cuenta de lo anterior, pasamos a exponer otros aspectos de esa trágica realidad.
II – LAS LEVAS DURANTE LAS GUERRAS
DE LA INDEPENDENCIA Y EL PEONAJE OBLIGATORIO
Agüero, que ya citamos, mucho más lúcido en sus expresiones que el término medio de su generación, es partidario de sistemas sociales liberales que permitan superar las diferencias externas del Antiguo régimen, realidades que a su entender producían una “enemis¬tad irreconciliable” entre las distintas clases de la socie¬dad (“no haber sido otro que introducir entre las dife¬rentes clases de la sociedad, una enemistad irreconci¬liable”). Es decir, sustrayéndonos de términos técnicos, impedían la posibilidad de un dominio por otros cami¬nos que no fuesen los de la fuerza impuesta al despo¬seído, la jerarquización del dinero y del trabajo para racionalizar el poder.
Pues bien, en relación a las levas y dentro del men¬cionado contexto social, son frecuentes los excesos de las partidas militares que recluían a los “volunta¬rios”. Lo señalan en un extenso informe sobre el estado social y económico de Chascomús —similar por sus ca¬racterísticas al de otras regiones— que remiten en 1811 a Cornelio Saavedra, presidente de la Junta de Gobier¬no. Su autor es el alcalde del pueblo cabecera del parti¬do0. En él se queja de lo que considera graves exce¬sos y perjuicios que causa al vecindario una partida del cuerpo de caballería enviada por las autoridades para detener a “vagos y reclutas”. Y no son, por cierto, mar¬ginados. Escribe entre otras cosas que
“No ha sido suficiente contener los desórdenes de los citados oficiales (reclutadores) con los peones de los
” Juan Lorenzo Castro. Firmado el día 24 de octubre de 1811.
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hacendados y labradores, sacándolos del trabajo y condu¬ciéndolos amarrados a esta frontera y a la de Ranchos, como ha sucedido a un peón mío a quien la partida le hizo soltar el arado de la mano y lo condujo a la fron¬tera de los Ranchos por vago “a
Gente de trabajo, asalariados. La preocupación del alcalde radica, más que en un interés por la condición del desposeído, en la falta de mano de obra. En la in¬justicia que convierte en marginados, haciéndolos huir a sitios apartados, a los gauchos. De acuerdo a lo que expone, quien sepa entregar algún bien de su propie¬dad puede, sin mayor problema, salir airoso del reclu¬tamiento. Uno de sus subordinados debió entregar a cambio de la libertad “dos caballos de estima”. El cua¬dro que presenta el atribulado alcalde es simplemente desolador:
“tenían de ese modo las partidas solas por las estan¬cias y causaban una desolación de peones, trayéndolos amarrados de las casas de sus amos, saqueando cuanta friolera encontraban de noche en los ranchos como se prueba por quejas puestas a este Comandante y perju¬dicando a los amos en sus labores pues tenían que venir a hacer presente al señor Gomales ser sus verdaderos peones pues lo acreditaban sus papeletas. ”
Todo esto fue así y sin embargo no está todo ex¬puesto. San Martín, en Mendoza, recibe periódicamente contingentes de “vagos” que le envían las distintas pro¬vincias. Estos y los esclavos integran masivamente su ejército de los Andes. Gerónimo Espejo, un calificado testigo de los aprestos bélicos previos a la campaña de Chile, recuerda que al mismo tiempo que se inducía al patriotismo a la población mendocina, los funcio¬narios de las provincias realizaban las levas entre los menos pudientes. “Este arbitrio —escribe— y el de re-clutar los vagos y malentretenidos que hubiese en los distritos, produjo el admirable efecto de ver un núme-
? Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Establecimientos públicos, 1811.
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ro de más de 1.200 reclutas en el espacio de cien días, poco más o menos””. En ese sentido, un año antes, es decir en 1814, le comunican a San Martín desde Río IV (Córdoba) que ya no se podía hallar a nadie más pues “todos andan guídos (sic) al monte, que para merecer un hombre cuesta mucho””. Estos hechos, repetidos al infinito, definen una realidad. No debe extrañarnos que los realistas que en el Norte se enfrentan al ejér¬cito patriota tengan una opinión sobre los gauchos no muy distinta a la de los patricios de la tierra. La Serna, el conocido jefe, había tratado infructuosamente de seducir al comandante Uriondo con promesas y amena¬zas para que abandonara las filas porteñas. Luego, in¬sulta a sus soldados y los denigra en una carta que le envía el 14 de diciembre de 1816, transcripta por Mitre en la Historia de Belgrano: “¿Cree usted por ventura —le dice— que un puñado de hombres desnaturalizados y mantenidos con el robo, sin más orden, disciplina ni instrucción que la de unos bandidos, pueda oponerse a unas tropas aguerridas y acostumbradas a vencer a las-primeras de Europa, y a las que se haría un agravio comparándolas a esos que llaman gauchos, incapaces de batirse con triplicada fuerza, como es la del enemi¬go?”. De todos modos, aquellos gauchos “desnaturali¬zados” demuestran poco más tarde, guiados por el cau¬dillo latifundista Martín de Güemes, que sí sabían ha¬cerlo.
Pero eso no es todo. El espíritu colonial mantiene sin cambios dentro del nuevo sistema la vieja legisla¬ción, adaptada a otras circunstancias cambiantes. El arcaísmo persiste y también la miseria, el analfabetis¬mo de los más. Y no podemos dejar de advertir que es un despropósito sostener, según se ha hecho, que en 1816 no existen analfabetos en Buenos Aires y menos que en el pueblo existiera una movilización popular a favor de los hechos de 1810 (“es difícil encontrar en 1816 a un muchacho de diez años que no sepa leer”
” Gerónimo Espejo, El paso de los Andes, Biblioteca de Mayo, t. XVI, primera parte, Buenos Aires, 1963, p. 13791.
b Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, t. VI, Mendoza, 1937, pp. 250-251.
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escribe Halperín Donghi en su obra ya mencionada). Una opinión que, de ninguna manera, coincide con lo siguiente. En las disposiciones de Olinden, 30 de agosto de 1815, las autoridades porteñas legitimizan las nor¬mas españolas de policía rural. Y establecen por las razones bien conocidas que todos los pobladores de la campaña sin “propiedad legítima” deben ser consi¬derados de la “clase de sirviente”, pudiendo los inte¬resados apelar a tal denominación sólo por una vezc. Así denominado y calificado, el peón debe permanecer munido siempre de su “papeleta” firmada por su amo y el juez del partido, “sin cuya precisa calidad será invá¬lida”, debiéndola renovar trimestralmente. “Todo in¬dividuo de la clase de peón que no conserve este do-cumento será reputado por vago”, ordenan; y se agre¬ga: “quien transite por la campaña aunque posea su papeleta, pero sin la autorización o licencia del Juez de Paz, será reputado por vago”. Los derechos más ele¬mentales, como lo es el de libre circulación, son con¬siderados graves delitos.
Teniendo en cuenta las disposiciones de las levas, vagos fueron los soldados de los ejércitos de la Inde¬pendencia. Y mientras la hacienda aumenta siguien¬do su natural proceso biológico, los gauchos acusados de “vagos” son detenidos y destinados al servicio de las armas “por cinco años en la primera vez y en los cuerpos veteranos”6. Es más, se deja bien aclarado:
” El bando del gobernador Manuel Luis de Olinden consta de once artículos. En el primero establece que el acusado puede apelar a la designación de vago y sirviente: “nombrará por su parte un vecino honrado, y el alcalde por la suya otro, y de la resolución de los tres juntos no habrá apelación”. En el no¬veno ordena: “Para que esta providencia tenga su debido cum¬plimiento, se faculta a cualquier vecino de la campaña para que pueda tomar conocimiento de los individuos que transitan por su territorio y en el caso de faltarles los requisitos menciona¬dos en los artículos anteriores remitirlos al juez territorial para que informado del hecho tome las medidas consiguientes”. Las papeletas debían renovarse cada tres meses (Registro Nacio¬nal, 1.1).
* E. F. Sánchez Zinny, La guardia de San Miguel del Monte, Buenos Aires, 1939, p. 175.
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“todo individuo que no tenga propiedad legítima de qué subsistir, será reputado de la clase de sirviente.. . se castiga a los vagos con cinco años de servicios en el ejército de línea. . . los que no sirvan para este destino, están obligados a reconocer un patrón a quien servirán por obligación durante dos años, por su justo salario, en la primera vez y en la segunda por diez años”.
Es, sin duda, el sistema del peonaje obligatorio que define a vastas áreas de América latina. Y en 1816 vuelve a insistirse, y se establece que las partidas celadoras deben detener “con actividad y viveza” a to¬dos aquellos que no sirven a un señor0. De todas ma¬neras el sistema se perfecciona con el tiempo. Es así que meses más tarde, el 28 de octubre de 1816, Juan Martín de Pueyrredón autoriza a los propietarios bonae¬renses, los que denomina “honrados labradores y ha¬cendados”, para que detengan a quienes ellos consi¬deren desertores y vagos. Descontado el interés social de un control rígido, la medida se basa en la necesidad’ de lograr soldados para integrar las filas del ejército, “que por falta de reclutas —se dice— se encuentra con pocos arbitrios para completar la fuerza de su dota¬ción”. Es más, el gobierno se compromete a premiar a los propietarios con cuatro y dos pesos, respectiva¬mente, por cada vago o desertor que entregue. Es, sim¬plemente, la caza del hombre. Sabemos, así lo señalan los documentos de la época, que se organizan verdade¬ras partidas armadas con ese fin bien preciso.
¿Es necesario aclarar nuevamente el estricto senti¬do de esas disposiciones? La justicia obra siempre autoritariamente, siguiendo la mejor tradición repre¬siva: “Se autoriza a aquellas justicias ordinarias para imponer castigos prontos y ejecutarlos sin consultas de la Cámara, como previene el Reglamento” estable¬cen el 11 de mayo de 1819. Es lógico pensar, por lo de¬más, la condición de aquellos “castigos prontos”.
El sistema determina la rebeldía anárquica e indivi¬dual, la única respuesta posible entonces para el des¬poseído. La constante sucesión de las normas judicia-
a Registro Nacional, t. I, p. 368. Buenos Aires, 14 de julio de 1816.
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les para controlar el comportamiento de los peones y reglamentar el ingreso de éstos al ejército contribuye a que muchos se “alcen” y huyan a sitios apartados de los pueblos y estancias: entre otros las Islas del Tordi¬llo, más conocidas como Montes del Tordillo, en el actual partido bonaerense de Dolores.
Pero allí también la presencia de los “matreros”, como los denominan los documentos contemporáneos, incomoda a los estancieros instalados en las cercanías y propietarios de campos que pocos años antes habían comprado pagando por ellos treinta y cinco pesos la legua cuadrada (dos mil quinientas hectáreas)fl. En la zona muchos fabrican carbón empleando para ello la abundante madera de los montes naturales de la región. Pesados carretones arrastrados por bueyes lo trasladan periódicamente para su venta en la ciudad de Buenos Aires. Los estancieros no miran con simpatía a los peones ni a los empresarios que practican esos me¬nesteres, por lo general, escriben en 1817, “vagos y desertores”.
III – EL GAUCHO ENTRE LOS AÑOS
1820 Y 1830
Las disposiciones posteriores señalan medidas simi¬lares a las expuestas, como ocurre en el decreto sancio-
a Rolando Dorcas Berro en su monografía Nuestra Señora de los Dolores (La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1939) alude a la adquisición de tierras con tres leguas de frente y otras tantas de fondo “a la Pampa”. Menciona asimismo y transcribe el Reglamento Pro¬visional del 25 de enero de 1816 para otorgar estancias al sur del Río Salado, no menores de doce leguas cuadradas.
En el artículo trece establecían para “evitar en lo posible que con el tiempo se reduzcan las estancias a chacras, o se vean interpoladas con ellas, como sucede en nuestros campos con notable perjuicio de los criadores; no podrán por ningún título ni en caso de repartición de herencia, dividirse ninguna suerte de estancia en menos de doce leguas cuadradas”. Con esto desean perpetuar el latifundio.
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nado por el ministro de Gobierno de Buenos Aires Bernardino Rivadavia, el 9 de noviembre de 1821. En su primer artículo ordena que “se faculte a todos los jueces territoriales de la Provincia para aplicar la pena de azotes a los ladrones que se aprehenden infraganti””.
Con la reglamentación de este castigo infamante colo¬can en manos de la autoridad un arma eficaz para uti¬lizarse en beneficio de los hacendados. Durante aque¬llos años recrudecen las penalidades contra los gauchos. Los propietarios hacen uso de todos los medios posibles para continuar con el predominio que tradicionalmente venían ejerciendo. Recordemos que la flagelación fue y será luego, durante mucho tiempo, aplicada en las cárceles y en el ejército.
La tierra se encuentra en manos de un escaso núme¬ro de personas que disfrutan feudos de muchas leguas de extensión. Las estancias permanecen baldías, sin cultivo de ninguna especie. La edificación es rudimen¬taria; el casco del “establecimiento” lo componen al¬gunas casas construidas con paja y barro. Raramente encontramos un arado.
Un periodista porteño escribe sobre los latifundis¬tas:
“Estos (los ricos) no sólo tienen baldío e inculto este terreno, sino que por convenio alguno permiten que otro lo cultive. Asi es que por esto los pobres se arrin¬conan a vivir juntos en el terreno más estéril y árido,
” El texto del decreto no figura en el Registro oficial, tomán¬doselo de una copia existente en el Archivo General de la Na¬ción, Buenos Aires (Gobierno Nacional, Sección Gobierno, Estado Mayor General, Reforma Militar. Oficios Públicos, 1822, Sala 9, C. 12, A. 10, Nro. 1): “Buenos Aires, Noviembre 9 de 1821. Los clamores de los honrados habitantes de la campaña que llegan instantáneamente a los oídos del gobierno por los robos que cometen los vagabundos que la infestan le han deci¬dido a decretar lo siguiente, entre tanto se construye la cárcel de la Provincia, y se establece la legislación correccional
1.- Se faculta a todos los jueces territoriales de la Provin¬cia para aplicar la pena de azotes a los ladrones que se apre¬hendan infraganti.
2.- Esta pena no podrá exceder de cincuenta azotes y para
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porque tan sólo en este ningún rico tiene propiedad””.
Son muchos los que claman por una reforma sustan¬cial de la situación imperante en la campaña de Buenos Aires. Se dice que esta reforma “no solamente es justa, es necesaria”. Había que “cortar de raíz los malos usos y costumbres dañosas”, debíanse sanear todos los aspec¬tos: político, económico y social. Pero como siempre, oír que se desea cambiar la estructura reinante causa pánico entre aquellos que poseen la tierra.
“y al oír que la palabra reforma va a mejorar a los infelices, que cabalmente oprimían, se irritan y dan vo¬ces diciendo: reforma injusta, ilegal e ilegitima: reforma usurpadora de los derechos de los hombres”.
El autor de las líneas anteriores opina que 1823 será el año más adecuado para realizar los cambios.
“A este propósito muy juiciosamente se expresa J.
aplicársela deberá justificarse el crimen por un sumario verbal de dos testigos.
3.- Los jueces territoriales sobre la costa del Paraná quedan además facultados para registrar los barcos pequeños que nave¬gan por aquellos puertos siempre que se hagan sospechosos.
4.- En el caso de encontrarse en estos buques frutos o efectos robados serán detenidos, dando cuenta inmediatamente al Gobierno.
5.- Los jueces territoriales quedan responsables de cualquier abuso que cometan en virtud de estas facultades.
6.- Se hará saber el presente decreto a todos los habitantes
de la campaña por los jueces en sus respectivas jurisdicciones.
Rodríguez, Bernardina Rivadavia.”
a Pablo Ramírez, Reforma de la campaña compuesta por el ¡oven .. ., Buenos Aires, Imprenta de Alvarez, 1823.
El autor de este plan de reforma publica en 1823 un perió¬dico titulado Los locos son los mejores raciocinadores (Impren¬ta de Alvarez). El mismo año, y debido a opiniones sostenidas en esta hoja impresa, las autoridades lo condenan a dos meses de destierro. Incluye en el único número conocido (4 de abril), un extenso artículo sobre la Administración de justicia aristo¬crática y despótica, que se practica en la provincia de Buenos Aires y en el cual plantean los mismos puntos de vista que en la citada Reforma de la campaña.’
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Rousseau diciendo: los pueblos, lo mismo que los hom¬bres, no son dóciles sino en la juventud, cuando lle¬gan a viejos ya son incorregibles””.
En primer lugar poblar la llanura. Poblarla racional¬mente; distribuir a los posibles inmigrantes con lógica. Evitar en lo posible, opina Pablo Ramírez, que sean muy grandes las concentraciones urbanas. Otro punto de su reforma radica en la supresión del latifundio y las tierras improductivas; “todo individuo debe limi-tarse a solo el terreno que necesite para su labranza, su hacienda, su cultura o su habitación”6. Más ade¬lante agrega: “hombres hay en nuestra campaña que po¬seen cuatro leguas de terreno famoso y sólo ocupan la mitad de la cuarta”. Los pobres debían poseer tierras. Pero para que pudiera concretarse el deseo, las autori¬dades deben permitir que se “establezcan libremente”, pues los estancieros “expelen de un lugar fértil a los habitantes, sólo porque éstos no son harto ricos para comprar este lugar entero”.
Y temeroso de que lo acusen de pretender “que los grados de riqueza sean los mismos”, aclara que únicamen¬te desea para los que menos poseen una pobreza “sopor¬table”. Su reforma radica, entre otros aspectos, en au¬mentar considerablemente los impuestos a los ricos de manera que no 16 sean en un grado tan alto para “que los hombres superficiales dejen de decir que es el único medio por donde un hombre se hace respetable en la sociedad”0. Analiza Ramírez otros problemas de la campaña que necesitan una urgente reforma: en pri¬mer lugar la organización arcaica de la estancia, la edu¬cación de los hijos de los hacendados, las prácticas re-
a Opus cit., p. 23.
* Opuscit., p.’44.
c Opus cit., p. 53. Sostiene también que la riqueza de unos pocos no podrá hacer la felicidad de todos, por el contrario, ese pueblo “bien pronto será destruido por devorantes y sordas revoluciones” (p. 50). Agrega que en la campaña de Buenos Aires “un hacendado para cuidar y conservar dos mil vacas no necesita más que tres peones, para seis mil, seis son más que suficientes”. Sobre diversos aspectos sociales y económicos, especialmente aquellos referidos a la estructura ocupacional de la estancia
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ligiosas, el transporte de ganado y la medicina. Sobre este último problema, recuerda que el curanderismo, producto de tantas herencias irracionales, está pro¬fundamente arraigado (“Hay unos adivinos y profetas que curan males que Pedro, Juan o Diego de cincuenta leguas distantes les introdujo con el resuello o con el pensamiento”0).
Poblaciones que viven en un estado de total postra¬ción y en un acentuado primitivismo. Menciona Ramí¬rez repetidas veces la vivienda del gaucho, míseros ran¬chos que albergan a la familia del desposeído e idealiza¬dos posteriormente por poetas y folkloristas. En esa perspectiva, la de una realidad que no puede soslayar, claman en un periódico porteño:
“¡Pero qué triste y desconsolante es la imagen que presentan por lo general nuestras habitaciones de la cam¬paña! Un charco de agua detenida y hedionda, un pozo sin brocal, que es más bien la madriguera de los sapos que el bebedero de la familia, .un grupo de barro y paja que se dice rancho son los objetos que hieren la vis¬ta. .. ¿Por qué andan desnudos y casi sin calzones los habitantes de un país donde las majadas son inmen¬sas? ¿Por qué andan desnudos sobre esqueletos de bes¬tias muertas donde el junco se cria en abundancia, donde el sauce viene con fecundidad, y donde todo lo necesario para la vida cómoda lo produce la naturaleza casi sin cultivo? ¿De dónde viene ese enjambre de por¬dioseros que no cuentan para su alimento que otras viandas que unos andrajos de carne casi corrompida, pendiente de la choza que se les está cayendo^.
Las preguntas se pueden resumir en una sola: ¿de
bonaerense, cf.: Julián Alvarez, Las guerras civiles argentinas,. Buenos Aires, Editorial Universitaria, 1966. Referente a precios y salarios en la campaña: Enrique M. Barba, Notas sobre la situación económica de Buenos Aires en la década de 1820, en Trabajos y Comunicaciones, n° 17, Buenos Aires, 1967, pp. 65-71.
” Opus cit.,p. 62.
” Boletín de la Industria, Buenos Aires, miércoles, 29 de agosto de 1821, n° 3, p. 1.
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dónde provienen tantos males? Del ejercicio ilegal, res¬ponde, del derecho a adquirir tierras: “efectivamente, todos saben que nuestra campaña es habitada por cien propietarios y setecientos que no lo son: éstos son los pordioseros, éstos son los que forman ese enjambre de familias miserables”. Vagos, nos dice, son para las autoridades quienes “no tienen la propiedad del terre¬no que habitan”, los que “forman su choza a las inme¬diaciones de un hacendado para comer sus despojos”. Y agrega que no trabajan la tierra pues “les falta el estí¬mulo de la propiedad y la sospecha bien fundada de que serán lanzados de un día a otro si llega a amosta¬zarse el propietario más cercano”. Y nos recuerda asi¬mismo que la justicia sólo escucha “los clamores de los hacendados para que se extirpen esas poblaciones (para ellos) de tentadoras”. Y la mendicidad y el robo son las dos resultantes lógicas de aquella desproporción .en la riqueza.
El decreto del 9 de noviembre de 1821, ya men¬cionado, y por el cual Bernardino Rivadavia impone la pena de azotes, es remitido a los partidos bonaeren¬ses para su ejecución. Algunos pobladores frente a esa inquietud y a otras similares —por lo general estan¬cieros, alcaldes y jueces de paz—, contestan enviando sugerencias sobre leyes que permitan ampliar las me¬dias represivas y solucionar fácilmente los problemas. Son, desde luego, totalmente opuestas a los conceptos vertidos por Pablo Ramírez.
Debemos destacar que en la correspondencia envia¬da a Rivadavia puede claramente advertirse el enfren-tamiento de dos tipos de explotación primaria: agri¬cultura y ganadería; enfrentamiento clásico en todas las áreas pastoriles y que llega a su máxima tensión con el arribo de inmigrantes extraños al medio, inqui-linos o propietarios de pequeñas parcelas. Un pobla¬dor, apesadumbrado, informará a Bernardino Riva¬davia:
“Yo me he ^prometido sostener la agricultura con espada en mano, haciendo sacar todas las haciendas demás que se hallen en este partido de chacras. Yo tengo en venta hace seis meses mi chacra porque ya he visto prácticamente que el echar la alma trabajando
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no es más que para provecho de haciendas dañinas, siguiéndose lo expuesto que se halla un vecino hon¬rado si trata de hacer respetar sus propiedades”0.
Afirman: un vecino propietario de ganado puede causar más de tres mil pesos de daños al mismo tiem-pob. Ellos son los que se oponen al trabajo metódico y sedentario del agricultor. Pero también otras solicitu¬des llegarán hasta las manos de Bernardino Rivadavia. Son las de los hacendados que remiten sugerencias para controlar algunos aspectos económicos y sociales. Rue¬gan que se tomen severísimas medidas contra los pulpe¬ros: no podrán abrir sus negocios los días de fiesta, com¬prar cueros vacunos o caballares, botas de potro o de yegua, y lazosc.. Han de señalar al mismo tiempo la ne¬cesidad de suprimir los juegos de cartas, pato y otros similares6′. El deseo expuesto ‘y las numerosas sancio¬nes que se solicitan son —podemos afirmarlo sin temor a error— la más pura realidad dentro de sus respectivas jurisdicciones.
a Carta a Bernardino Rivadavia enviada por Leonardo Do¬mingo Gándara, fechada en el partido de Morón el 23 de febrero de 1823. (Archivo General de la Nación, División Nacional, Sección Gobierno, Estado Mayor General. Reforma Militar, Oficinas Públicas, Sala 10,C. 12, A. 10, N° 1).
^ “Pueden alcanzar a 3.000 pesos los daños hechos por sólo un vecino a varios labradores que hoy los veo lamentarse en’ mis puertas” (Ibídem).
c “Todo pulpero de esta villa como los de la capilla de Merlo tendrá precisamente su pulpería cerrada en los días Domingo y en todos los de obligación de Misa desde el principio del toque tercero de la primera Misa hasta la conclusión de dicha y lo mis-mo sucederá en la Misa parroquial” {Ibídem).
^”Quedan privados desde este día todos los juegos de baraja, taba, bolos, etc., en donde medie el interés de cuatro reales en dinero ya sea en casas de pulpería o en otras cualesquiera par¬ticulares sin distinción alguna al que fuese pillado jugando, como el dueño de casa que hubiese consentido el juego o dan¬do naipes para hacerlo.” . .. “Queda absolutamente privado el juego de pato tanto en las chacras como en las estancias y el que fuese pillado en dicho juego será reputado como vago con aplicación a las penas designadas a los de esta clase.” (Ibidem).
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De acuerdo con las ideas predominantes, los patrones periódicamente presentaban la lista de sus peones a los alcaldes para que a su vez éstos las remitiesen a los jue¬ces de paz. El juez entonces confeccionaba la respectiva papeleta, “expresándose en ella la filiación de cada peón, las que serán por tiempo de tres meses el que concluido deberá hacerse nuevamente con arreglo a lo arriba ex¬puesto”3. Pero el control es todavía más estricto: todos los dueños de estancias tendrán la obligación de hacer lo posible para “que sus peones duerman en la casa de su habitación, sin permitir por pretexto alguno que salga ninguno de ellos de noche a las vecindades de lo que suelen sucederse algunos perjuicios”. El deseo de los propietarios no terminará con el estricto control de la movilidad de un partido a otro de Buenos Aires. Se vigi¬lan atentamente los paseos diarios por los alrededores del sitio de trabajo, las horas de descanso, impidiéndose la huida. Mayor servidumbre que la establecida —a me¬nos que se impusiese la esclavitud— no podía exigirse.
El incumplimiento de alguna de las disposiciones ex¬puestas podía ser suficiente causa para calificar de vago a un gaucho. De diversos partidos de la campaña de Bue¬nos Aires, particularmente los ganaderos, los estancieros solicitan nuevas medidas contra los peones. Desde Arre¬cifes, en 1822, un propietario expone su pensamiento y sostiene “que no sea permitido sembrar en los terrenos de estancias porque estorba el descanso de las hacien¬das, que se corren y alborotan por defender (los agricul¬tores) las sementeras”. Los estancieros debían estar se¬parados de los agricultores6.
Es más, para criar ganado vacuno todo hacendado debe “ser dueño o poseedor de (un campo) de media
a Se establece, además: “Ningún peón de toda la traza de chacras podía salir de la casa de su patrón, ya sea en día de tra¬bajo o en cualquiera”. . . Las penas para aquellos que salie¬ran de los límites de la propiedad de su patrón eran variadas: limpieza de la plaza pública, prisión por ocho días, ser envia¬dos al ejército como vagos.
¿”Plan enviado por Mario Andrade, estanciero de Arre¬cifes.
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legua de tierra de frente y legua y media de fondo””. Desean con esta disposición legalizar lo que ya en la práctica y desde hace dos siglos fue un hecho corrien¬te: las adjudicaciones de tierras a militares con prepon¬derancia política y a funcionarios influyentes están indicando el cumplimiento de las aspiraciones de pre¬dominio.
Durante aquellos años los gauchos concurren como antaño a la pulpería situada en el cruce de dos caminos o ¿n un pueblo de la campaña; era el sitio común de su sociabilidad y el lugar obligado de los jueces y alcal¬des para detener a presuntos vagos y malentretenidos. Allí juegan a los naipes y a la taba. En su cercanía co¬rren carreras cuadreras afamados parejeros y entablan partidas de pato. Las actividades desarrolladas en el interior son celosamente controladas por las autorida¬des, regulándose el horario de cierre y las reuniones. Por esa causa el estanciero de Arrecifes, citado ante¬riormente, solicita un mejor control sobre aquellos comercios bonaerenses. Y cree conveniente para dis¬traer a los ociosos, que se organicen los domingos partidas armadas contra los temidos perros cimarro¬nes, partidas que deberían estar al mando del vecino más “condecorado”, expresa, de cada partido. A di¬ferencia de los estancieros de cien años antes, cree en la necesidad de la educación como método eficaz para cambiar las costumbres de los criollos. Pero no menciona para nada el problema de la tierra. Ahora bien, en esos años, nadie puede sembrar trigo sin el permiso consiguiente del juez de partido quien infor¬mará si el interesado dispone para tal fin de las herra-
a “Que nadie pueda ser hacendado o criador de ganados sin ser dueño o poseedor de media legua de tierra de frente y legua y media de fondo”.. . En el lenguaje patriarcal del es¬tanciero, agrega: “Asimismo debe ser prohibido tener agregados en las estancias, no sólo porque corrompen el candor de las fa¬milias, sino también porque dañan al propietario que los man¬tiene o a sus vecinos y tal vez cuando más se necesita de ellos desaparecen dejando suspensas operaciones precisas y de mu¬cha utilidad particular y pública. Las estancias son laboratorios que necesitan gente; pero ha de ser propia o asalariada para que pueda responderse de su conducta y no tenerla ociosa.”
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mientas necesarias: “animales bastantes como para sub¬sistir por sí, en vacas u ovejas, sin perjudicar a los ha¬cendados más cercanos”. Tal la idea de este estanciero de Arrecifes. Pero también otros, entre ellos varios jue¬ces de paz, señalan diversas causas que originan desór¬denes en la campaña: pulperías instaladas sin autoriza¬ción y cuyos propietarios compran botas de potro, estancieros que aceptan “agregados” en los campos, partidas ilegales de pato, carreras de caballos, juegos de taba y de cartas. Los agricultores y los dueños de pequeñas extensiones de tierra son considerados perju¬diciales para los hacendados bonaerenses.
En 1822 el gobierno de Martín Rodríguez expide un decreto que señala otro de los jalones en la legisla¬ción represiva. Nos referimos al que firma su minis¬tro Bernardino Rivadavia el 19 de abril —no sabemos porqué causa no incluido en el Registro oficial publi¬cado en 1880— y donde en líneas generales insiste so¬bre los mismos conceptos expuestos anteriormente. Por él se ordena un severo castigo a los vagabundos, denominándolos “clases improductivas, gravosa, nociva a la moral pública e inductora de inquietudes en el orden social”.
El decreto comentado no define a quiénes deben señalar como vagos, indicando, en cambio, que serán destinados al ejército; aquellos que por enfermedades o defectos físicos no sean aptos quedarían sujetos du¬rante un año a trabajos públicos con goce de sueldo. En caso de reincidencia la pena se triplica. Y por último, si aún decide continuar en la “calidad” de vago, “será sujeto a los mismos trabajos por ocho años con el sala¬rio que se le designe”. Todas las decisiones que se adop¬ten estarán estrechamente ligadas con los informes y consejos que desde distintas zonas remiten agricul¬tores y hacendados.
La discusión de la “ley de enrolamiento” permite apreciar otros aspectos del pensamiento de una socie¬dad que basa su riqueza en la explotación del ganado vacuno. Sostiene el 10 de mayo de 1822 el ministro de Guerra en la Junta de Representantes (la ley de enro¬lamiento fue sancionada el 2 de julio de aquel mismo año) que los vagos no deben formar parte del ejército por considerarlos individuos “sin patria ni hogar”, in-
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capaces de sustentar valores humanos; preconizará otro sistema: el sorteo previo entre todos los ciudadanos para determinar de esta manera quiénes deben ingre¬sar a las filas.. . Recordemos que ciudadanos con todos los derechos (elegir a los representantes y ser electos) y los deberes (“merecer el grato y honroso título de hom¬bre de bien”), de acuerdo con lo dispuesto por el “Esta¬tuto provisional” aprobado por el Congreso de Tucu-mán de 1816, conjuntamente con la Declaración de la In¬dependencia, sólo pueden serlo unas pocas personas; no podrán gozar de los beneficios que reporta este título aquellos que no tengan medios de fortuna “por ser do¬méstico asalariado; por no tener propiedad u oficio lucrativo y útil al país”. … (artículo 2° del capítulo 5° de la sección primera). El gaucho está fuera de la ciudadanía y por lo tanto tendrá que permanecer “sin patria ni hogar”, pero al servicio de aquellos que gozan los beneficios enunciados en constituciones, regla¬mentos, estatutos y otros papeles similares, para de¬fender sus intereses y los de la patria, identificados entre sí.
Señalábamos la opinión del ministro de Guerra en la Junta de Representantes sobre la necesidad de efec¬tuar un sorteo entre los ciudadanos; a su opinión se opone el hacendado Tomás de Anchorena, para quien será más conveniente y cómodo aplicar el ya tradicio¬nal método del contingente o enganche forzoso. Ga¬llardo (reunión del 13 de mayo de 1822) observa que el ejército está organizado sobre la base de “un poder absoluto por parte de los jefes y una sumisión ciega por la de los subditos”, sistema dispuesto exclusivamente para los vagos que ingresan a él, todos ellos gauchos sin bienes y que por lo tanto no forman parte de la ciudadanía; el nuevo sistema propuesto de conscrip¬ción por sorteo, agrega Gallardo, debe establecer al mismo tiempo otro código militar adaptado a la “cla¬se industriosa y hombres de honor”: aquellos que de acuerdo con el “Estatuto provisional” de 1816 son considerados “hombres de bien”. . . Sus palabras re¬sumen la mentalidad de los “ilustres” pobladores de Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XIX —fuesen éstos unitarios o federales—, similar con la de cincuenta años antes. El ministro de Gobierno Ber-
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nardino Rivadavia expone luego. A pesar de tradu¬cir en sus opiniones cierta oposición para los que no poseen, afirma (reunión del 3 de junio de 1822) que “no hay aristocracia más temible, ni más necesaria en un país que la del saber y poseer”; agrega que ellas deben necesariamente ser fomentadas por los gobier¬nos, pero equilibrando paralelamente y dentro de lo posible las diferencias sociales. Por lo expuesto consi-, dera necesario, y para igualar a todos los pobladores, la implantación del sistema militar de conscripción por sorteo; de esta manera, agrega, el soldado deja de estar al servicio de los jueces que “saben y poseen”. Sostiene que todos deben llevar sobre sí la carga de la defensa nacional (reunión del 5 de junio de 1822):
“señores, no hay aristocracia más temible, ni más necesaria en un país, que la del saber y poseer; pero si es un deber de sus autoridades el fomentarla por la pú¬blica prosperidad, no lo es menos el equilibrarla en lo posible: he aquí el objeto que se propone el articulo, en que esa carga del premio para el soldado precisa¬mente recaiga sobre cada uno de los departamentos, y no sobre el tesoro público. La designación de los que deben llenar el contingente, está librada al juicio arbi¬trario de los jurados y este arbitrario de los que saben y poseen, por más que se espera de su probidad siempre será lo menos favorable respecto de los que no saben ni poseen. Tal aristocracia no se puede equilibrar, si no repartiendo, o derramando una carga popular librada también a ese mismo juicio de los jurados, que debien¬do de recaer sobre la clase que posee el arbitrario sirva de recompensa a los que por la designación de éstos, son aplicados a un servicio penoso, cual es el del ejér¬cito: entonces se verificará que un clamor injusto, se equilibra con otro; y siendo la carga proporcional a las aptitudes de cada uno de los individuos de la socie¬dad, se habrá arribado a la igualdad”.
Pero a pesar de su plausible interés en igualar las cargas públicas, quedan exceptuados del servicio mili¬tar comerciantes, dueños de fábricas, tenderos y los propietarios de campos “cuyo valor llegue al de mil pesos”, como escrupulosamente establece la legisla-
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ción sancionada. En uno de los artículos dispone que todo aquel a quien le toque en suerte la incorporación al ejército puede enviar en su lugar a otra persona, con¬tratada para tal fin y denominada “personero”. En realidad la situación no varía.
Recordemos las medidas dadas a conocer el 17 de julio de 1823 referentes a los contratos de trabajo: establecen allí que todo trabajador debe llevar consigo un documento que certifique “el tiempo por el que el peón se conchaba y el servicio y prestación que ha con¬venido con su patrón” (artículo segundo). La “pape¬leta” la entrega el comisario del partido; agregan que nadie ha de requerir los servicios de un trabajador sin la presentación previa del mencionado documento. En él anotarán las tareas anteriores, su conducta y el concepto que merece (artículo tercero); sin los requi¬sitos enunciados nadie puede admitirlo y su incumpli¬miento considérase un grave delito.
En el decreto aludido vuelve a insistirse en la cláu¬sula sobre la movilidad de los peones de un partido a otro. Para hacerlo deben tener permiso de sus amos y por escrito; sin él no podrán ausentarse de la estancia (artículo cuarto): “Vencidos los días que en ella (la papeleta) se expresa, el peón que se halle fuera de la estancia, chacras o establecimiento del patrón, será te¬nido por vago o contratarse por dos años en el servi¬cio de las armas”, establece en el artículo sexto.
El 17 de diciembre del mismo año la Junta de Re¬presentantes de Buenos Aires sanciona la que deno¬mina “Ley militar”, determinando que personas com¬petentes y autorizadas remitan al ejército permanente a “los ociosos sin ocupación en la labranza y otro ejer¬cicio útil”; a los que concurrieran los días de trabajo “a casas de juego, tabernas, carreras y diversiones de igual clase”, a los “hijos de familias sustraídos de la obediencia de sus padres” y a todos aquellos que con armas blancas hiriesen a otros, condenándolos a servir en el ejército tres o cuatro años”.
Todavía en 1824 la única prueba admitida para cali¬ficar de vago a un poblador y destinarlo al ejército, es
” El 17 de diciembre de 1823. 148

el testimonio verbal de los alcaldes y jueces de paz”. La ausencia de todo sentido humanitario está reflejada en el considerable aumento de las condenas: de dos a cua¬tro años, y de cuatro a seis. Queda así el gaucho a mer¬ced de las simpatías o del odio que les dispensan las autoridades locales.
Al parecer, y a pesar de las decisiones que toman, muchos habitantes bonaerenses mantienen una actitud insumisa favorecidos por los extensos territorios aleja¬dos de los núcleos poblados donde pueden hallar refu¬gio. Aludiéndose a los hechos referidos, el gobierno pro¬vincial señala algunas de las disposiciones con que cuentan los alcaldes y jueces:
“Con este objeto se han expendido ya diversas resolu¬ciones pero el gobierno observa con dolor, que no han producido ni producen todo el bien que era de desearse. Entre éstas el gobierno no puede prescindir de reco¬mendar a los jueces de paz los decretos de 17 de abril de 1822 y 13 de mayo del mismo año. El primero es de suma importancia para obtener la extinción de los vagos de esa clase”^.
Recomiendan a las autoridades locales la aplicación del sistema de contratos. Sostienen que con aquellas medidas asegurarán a los hacendados el número de bra¬zos necesarios para diversas faenas; debe tomarse espe¬cial cuidado en el cumplimiento estricto de las dispo¬siciones policiales. Y ordenan por esa razón que los jueces de paz “procedan con toda energía, que en su virtud todo aquel que no se halle con la respectiva contrata, sea irremisiblemente aplicado al servicio de las armas, conforme al precitado decreto”. Señalan además la necesidad de impedir que el pobre cultive
a Así lo establecía la ley sancionada por la Junta de Repre¬sentantes de la Provincia el 10 de setiembre de 1824: “Los jue¬ces de quienes habla el artículo cuarto de la ley militar de 17 de diciembre de 1823, no admitirán más pruebas en favor de los sujetos aprehendidos por la Policía como vagos, que los in¬formes verbales de los jueces de paz o alcaldes de barrio.”
h El 18 de marzo de 1825. Manual para los jueces de paz de campaña, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1825, p.23.
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la tierra, deseo manifestado, como ya lo expresára¬mos en otras oportunidades:
“Otro mal de grave trascendencia advierte el gobierno que existe en la campaña. Tal es el que causan algu¬nos hombres que bajo el pretexto de pobladores o la¬bradores y sin tener acaso más fortuna que una choza, permanecen en algunos terrenos baldíos o de propie¬dad particular bajo la denominación de arrimados, sin trabajar acaso, o sin rendir todo el producto que necesitan para su sostén y el de sus familias””.
La riqueza que produce la pampa húmeda sólo está destinada al rico latifundista; pero el silencio, a pesar de la estructura de Buenos Aires y del poder de aque¬llos que gobiernan, se ha quebrado. Como en otras oportunidades, y a pesar de no tener éxito, no faltan voces que den a conocer la oposición a un sistema de oprobio y vergüenza para una nación que se considere civilizada. El periodismo señala la situación imperante a causa de las levas. El país está en guerra contra el Imperio del Brasil y necesitan nuevamente con urgen¬cia soldados para completar los cuadros del ejército. Las partidas armadas recorren la campaña de Buenos Aires y con extremada violencia reclutan peones,-con o sin “papeleta”; la agitación social llega a términos insostenibles.
Un vecino de San Isidro, pueblo emplazado en las cercanías de la ciudad, refiere que debido a las levas, jornaleros y peones emigran a regiones más tranqui¬las. Esta emigración en masa —calcula que por cada hom¬bre reclutado huyen dos— determina la falta de brazos para levantar la cosecha de trigo*. La situación era an¬gustiante, similar a la planteada en 1810. Otras críti¬cas de la misma naturaleza, públicas y privadas, refle¬jan los verdaderos términos del problema que aqueja a un gran sector de la población.
El 22 de noviembre de 1826 por segunda vez El Tri-
” Ibídem. p. 23.
b El Tribuno, Buenos Aires, sábado 18 de noviembre de 1826, número 12.
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huno hace referencia a lo que un periódico de tenden¬cia unitaria denominó “furioso arrebata hombres” que no perdona “bicho viviente, por seguir .la expre¬sión vulgar”, según expone. Relata en aquella ocasión hechos concretos que ocurren en el ámbito provincial:
“Son innumerables los atentados que con motivo de la leva se han cometido por los agentes del poder, ya entrando por las estancias y chacras, ya echando el guante a ¡os conductores de tropas de ganado, a los carreteros que venían de la campaña hacia la ciudad con frutos de aquella y generalmente a cuanto se les presen¬taba a mano. . . a un anciano respetable, que a 90 años de edad unía la desgracia circunstancial de ser ciego, se le ha tomado el único hijo varón que ¡e servia de apo¬yo, como también a su anciana consorte, en su desva¬lida senectud, dejándole en el desamparo que es consi¬guiente, y una hija mujer. Por el mismo conducto sabe también El Tribuno que asi en el Lujan como en otras partes se tomaron por sorpresa a varios individuos que • se habían hecho reunir para el importante acto de su¬fragar en la elección”.
Las necesidades militares obligan a nuevos recluta¬mientos forzosos. Poco después, y por intermedio de una ley0, el gobierno recibirá plena autorización para reclu-tar “por los medios que considere más convenientes” cuatro mil hombres. Nuevamente los paisanos huyen a zonas apartadas y lo más lejos posible de la mano del juez de paz o del comisario, interesados en cumplir con las obligaciones patrióticas: lugares preferidos fueron los denominados Montes del Tordillo en Buenos Aires, ale¬jadas islas del Paraná o los Montes de Montiel al sur de la provincia de Entre Ríos”.
Las levas están destinadas a reclutar por la fuerza soldados para el ejército y la marina y las realizan en
“Del 2 de enero de 1827.
* En El Tribuno se anota: “Al menos, si hay intención de obrar de esa manera, que se avise con tiempo, pues no faltará quien prefiera irse a los montes del Tordillo o a las islas del Pa¬raná.”
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forma separada en distintas regiones; existen numerosas constancias de estos hechos, como los ocurridos durante el transcurso de marzo de 1827a.
De las provincias del interior viajan periódicamente numerosos peones para lograr algún empleo en chacras y estancias. La cantidad de los que emigran de regiones pobres y propensas a sequías —La Rioja, Catamarca y Santiago del Estero— aumenta notoriamente durante la época de la siega. Algunos aprovechan el viaje para vender ponchos y mantas de manufactura doméstica. Los porteños distinguen fácilmente a los santiagueños por la ropa característica que visten: chiripá de pon¬cho, calzoncillos de lienzo, poncho azul a rayas punzó denominado “santiagueño” y sombrero blanco. Aquel año estos agricultores nómadas, temerosos por las medi¬das de las autoridades nacionales, pref