Pedro Cieza de León. La tercera parte de la Crónica del Perú. DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DEL PERÚ.

Pedro Cieza de León. La tercera parte de la Crónica del Perú. DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DEL PERÚ.

ÍNDICE

Introducción 5

I.Del descubrimiento del Perú 37
II.De cómo el Gobernador Pedrarias nombró por capitán de la mar del Sur a Francisco Pizarro y cómo salió de Panamá al descubrimiento 40
III.De cómo salió el capitán Francisco Pizarro al descubrimiento de la mar del Sur y por qué se llamó el Perú aquel reino …………………………..43
IV.De cómo volvió Montenegro en la nave con algunos españoles a las islas de las Perlas a buscar mantenimiento sin llevar qué comer sino fue un cuero de vaca seco y algunos palmitos amargos y del trabajo y hambre que pasó Pizarro y los que con él quedaron 46
V.De cómo Montenegro llegó a las islas de las Perlas y de cómo volvió con el socorro ………….48
VI.De cómo el capitán con los españoles dieron en un pueblo de indios donde hallaron cierto oro y cómo tomaron puerto en Pueblo Quemado, de donde enviaron el navío a Panamá y lo que más pasó ….50
VII.De cómo los indios dieron con los españoles y del aprieto en que se vio el capitán y cómo los indios huyeron ………………53
VIII.De cómo Diego de Almagro salió de Panamá en busca de su compañero con gente y socorro y de cómo le quebraron un ojo y cómo se juntó con él 57
IX.De cómo Diego de Almagro volvió a Panamá, donde halló que Pedrarias hacía gente para Nicaragua, y lo que le su cedió así a él como al capitán Francisco Pizarro, su compañero …………59
X.De cómo Pizarro y Almagro anduvieron hasta el río Sant Juan adonde se acordó que el piloto Bartolomé Ruiz fuese descubriendo la costa al poniente y Almagro volviese por más gente ……………..62
XI.Cómo saliendo en las canoas españoles por bastimento fueron muertos todos los españoles que iban en la una canoa con su capitán por los indios 64
XII.De cómo Pedro de los Ríos vino por gobernador a Tierra Firme y de lo que hizo Almagro en Panamá hasta que volvió con gente 66
XIII.De cómo los capitanes con los españoles se embarcaron y anduvieron hasta Tacámez y lo que les sucedió……………… 68
XIV.De cómo los españoles querían todos volverse a Panamá y cómo no pudieron y Diego de Almagro se partió con los navíos, quedando Pizarro en la isla del Gallo y de la copla que enviaron al gobernador Pedro de los Ríos…………. 71
XV.De cómo, llegado Diego de Almagro a Panamá, el gobernador Pedro de los Ríos, pesándole de la muerte de tanta gente, no consintió que sacase mis y cómo envió Juan Tafur a que pusiese en libertad a los españoles y de lo que hizo Pizarro con las cartas que sus compañeros le enviaron ………..73
XVI.De cómo llegó Juan Tafur adonde estaban los cristianos y cómo fueron puestos en libertad, queriendo todos, si no fueron trece, volverse: y éstos Y Pizarro se quedaron …………………….75
XVII.De cómo el capitán Francisco Pizarro quedó en la isla desierta y de lo mucho que pasó él y sus compañeros y de la llegada de los navíos a Panamá 77
XVIII.De cómo Juan Tafur llegó a Panamá y del cómo volvió un navío a la Gorgona al capitán Francisco Pizarro………………. 79
XIX.De cómo el capitán Francisco Pizarro con sus compañeros salieron de la isla y de lo que hicieron ……81
XX.De cómo los indios que salieron del navío dieron noticia de los españoles, de que recibieron admiración los de la tierra, y de cómo les enviaron bastimento y agua y otras cosas……………….83 XXI.De cómo el capitán mandó a Pedro de Candía que fuese a ver si era verdad lo que Alonso de Molina había dicho que había en la tierra de Túmbez 86
XXII.De cómo el capitán Francisco Pizarro prosiguió el descubrimiento y lo que le sucedió ………….88
XXIII.De cómo el capitán Francisco Pizarro dio la vuelta y saltó en algunos lugares de los indios, donde fue bien recibido y lo que más le sucedió 91
XXIV.De cómo el capitán tomó posesión en aquellas tierras y lo que más hizo hasta que salió de ellas …93
XXV.De cómo Pizarro llegó a Panamá, donde procuró negociar con Pedro de los Ríos que le diese gente para volver; lo cual, como no se efectuase, determinó de ir a España……………….98 XXVI.De cómo el capitán Francisco Pizarro fue en España a dar cuenta al emperador de la tierra que había descubierto y de lo que hizo Almagro en Tierra Firme 101
XXVII.De cómo llegó en España el capitán Francisco Pizarro y la fe dada la gobernación del Perú ………103
XXVIII.De cómo el gobernador don Francisco Pizarro volvió a Tierra Firme, enviando primero ciertos españoles en un navío, que dieron nueva de lo que había negociado…………….106 XXIX.De cómo el gobernador don Francisco Pizarro llegó al Nombre de Dios y lo que pasaron entre él y Diego de Almagro; y de cómo en Panamá se tornó a confirmar su amistad e hicieron nueva compañía …..109
XXX.De cómo el gobernador don Francisco Pizarro salió de Panamá y quedó en ella el capitán Diego de Almagro y cómo Pizarro entró en Quaque 112
XXXI.De cómo Pizarro determinó de enviar los navíos a Panamá y Nicaragua con el oro que se halló y de cómo vinieron los cristianos a se juntar con él y de cómo enfermaron muchos …………….114
XXXII.De cómo Pizarro prosiguió su camino e le mataron dos cristianos e llegó Belalcázar con otros cristianos de Nicaragua e lo que más pasó 116
XXXIII.De cómo el gobernador prosiguió su camino habiendo grande contento en los españoles y de cómo de la Puná vinieron mensajeros estando los isleños con determinación de dar la muerte a los nuestros …119
XXXIV.De cómo los de la isla pensaron todavía en dar la muerte a los españoles; el Tumbala fue preso y cómo pelearon los isleños contra los nuestros 122
XXXV.De cómo los de la Puná con sus aliados dieron batalla a los cristianos en la cual fueron vencidos y lo que más pasó 125
XXXVI.De cómo los de Túmbez tuvieron secretos consejos sobre si guardarían la amistad a los cristianos o si contra ellos se mostrarían enemigos y de la muerte que dieron a dos españoles, habiendo determinado de matarlos a todos si pudiesen 128
XXXVII.De cómo llegado Pizarro a Tumbes quiso castigar a los indios la muerte que dieron a los dos cristianos e lo que más pasó 130
XXXVIII.De cómo Pizarro salió de Tumbes y llego a Solana, de donde Soto y Belalcázar salieron con gente a la sierra y de cómo se fundó la ciudad de San Miguel 133
XXXIX.De cómo los capitanes de Guascar, recogida la gente que escapó de la batalla, hicieron más llamamiento y se dio la tercera batalla en el valle de Xauxa, la cual fue muy sangrienta; y cómo Atabalipa se quedó en Caxamalca 135
XL.De cómo se tornó a dar batalla entre unos y otros y Guasear salió del Cuzco y fue preso con engaño …139
XLI.De cómo Pizarro salió de la nueva población que había hecho para subir a la sierra en demanda de Atabalipa….. 141
XLII.Este cómo Atabalipa tuvo aviso de cuán cerca estaba de los cristianos y del consejo que tomó y de cómo envió mensajeros a Pizarro, que no dejaba de marchar ………………143
XLIII.De cómo Pizarro con los españoles se aposentó en Caxamalca y de cómo Soto fue al real de Atabalipa y lo que más pasó 145
XLIV.De lo que Atabalipa habló a sus gentes antes que moviesen de donde estaban y de cómo de parte de los cristianos llegó uno a le hablar 148
XLV.De cómo Atabalipa entró en la plaza donde los cristianos estaban y de cómo fue preso y muchos de los suyos muertos y heridos 151
XLVI.De cómo otro día por la mañana los españoles salieron a correr el campo y de cómo se divulgó la nueva de ser preso Atabalipa por todo el reino 155
XLVII.De cómo Diego de Almagro partió de Panamá en naves al Perú para socorrer a Pizarro, y lo que sucedió………. 158
XLVIII.De cómo Atabalipa prometió gran tesoro por su rescate a los españoles y de la muerte del rey Guascar 161
XLIX.De cómo los tres cristianos que fueron al Cuzco llegaron a aquella ciudad y lo que les sucedió; y de cómo salió de Caxamalca por mandado de Pizarro, su hermano Hernando Pizarro, para ir por el tesoro del templo de Pachacama 165
L.De cómo Almagro con su gente entró en Caxamalca, donde fue bien recibido de los que en ella estaban, y lo que le sucedió a Hernando Pizarro en la ida a Pachacama 168
LI.De cómo Atabalipa, cumpliendo con los españoles lo prometido, acabó de henchir la casa del tesoro y cómo los que vinieron con Almagro pretendían partes como los primeros …………171
LII.De cómo se repartió entre los españoles el gran tesoro que en Caxamalca se allegó por mandado del gran señor Atabalipa y los nombres de todos los españoles que se hallaron en la prisión …………..174
LIII.De cómo después de repartido el tesoro, Pizarro determinó que fuese con la nueva al emperador, Hernando Pizarro, su hermano 178
LIV.De cómo vino nueva falsa de venir gente de guerra contra los españoles y de cómo Francisco Pizarro, faltando a la palabra y al concierto que puso con Atabalipa, con gran crueldad y poca justicia la hizo de él …180
LV.De lo que más pasó en Caxamalca muerto Atabalipa y de cómo Soto volvió sin ver ni topar ninguna gente de guerra…….. 184
LVI.De cómo Pizarro salió de Caxamalca la vuelta de la ciudad del Cuzco y lo que te sucedió hasta llegar al valle de Xauxa …………………………….187
LVII.De cómo Sebastián de Belalcázar llegó a la ciudad de San Miguel y cómo deseando descubrir a Quito tuvo sus inteligencias con el cabildo que le requiriese que fuese contra la gente de guerra que decía que venía contra ellos ……………………………191
LVIII.De cómo Belalcázar desbarató un capitán que enviaron contra él y llegados a Tomebamba, recibieron grande alegría los naturales en ver los cristianos, con los cuales formaron amistad y de como los capitanes de Quito salieron para les dar guerra …………………..195
LIX.De lo que más pasó a los españoles y a los indios hasta llegar a la campaña de Riobamba, donde habían hecho muchos hoyos para en que cayesen los caballos ………………..199
LX.De cómo reventó un volcán o boca de fuego cerca de Quito y lo que más pasó a los cristianos y a los indios……………… 203
LXI.De cómo el gobernador don Francisco Pizarro fundó una ciudad en el valle de Xauxa, que es la que después se pasó al valle de Lima; y de la muerte del Inca y otras cosas que pasaron…..206
LXII.De cómo los indios aguardaron a dar batalla a los cristianos en la sierra de Bilcaconga y de cómo, llegado Soto, se dio entre unos y otros, y lo que sucedió en ello hasta que Almagro con algunos caballos fue en socorro…………… 209
LXIII.De como el adelantado don Pedro de Alvarado, gobernador de Guatimala, salió del puerto de la Posesión para venir a este reino con grande armada ……………………..211
LXIV.De lo que hicieron los españoles que Pizarro envió de Xauxa a la costa de la mar del Sur …..215LXV.De cómo el adelantado don Pedro de Alvarado determinó de ir al Quito y de algunas cosas notables que le sucedieron ……………………..216
LXVI.De cómo el adelantado mandó salir gente a buscar camino y de cómo hallaban muchas ciénagas y ríos y murieron algunos españoles, entre los cuales murió el capitán don Juan Enríquez de Guzmán ……..220
LXVII.De las cosas que más le sucedieron al adelantado y de los muchos trabajos y necesidades que su gente pasó …….222
LXVIII.De cómo Pizarro caminó la vuelta del Cuzco mandando en el valle de Xaquixaguana quemar al capitán general de Atabalipa, Chalacuchima, y de otras cosas notables que pasaron ………227
LXIX.De cómo los españoles entraron en la antigua ciudad del Cuzco donde se hallaron grandes tesoros y cosas preciarlas ……………………………………………231
LXX.De cómo Ruminabi desamparó a la ciudad del Quito matando, primero, muchas mujeres principales porque no gozasen de ellas los cristianos, los cuales, como entraron en ella y no vieron el tesoro que buscaban, recibieron mucha pena y lo que más pasó …………………234
LXXI.De cómo pasó en la ciudad del Cuzco y, de cómo salí de ella contra los indios Almagro y Hernando de Soto y llegó Gabriel de Rojas ……………………….238
LXXII.Cómo el adelantado Alvarado llegó al pueblo que había descubierto Diego de Alvarado, donde habiendo salido a descubrir topó unos puertos nevados y del trabajo que pasaron los españoles ….240
LXXIII.Cómo el adelantado Alvarado pasó las nieves con gran trabajo, donde murieron algunos españoles y muchos indios e indias y negros sin poder escapar del frío y nieves que bastó a los matar ……..243
LXXIV.Cómo el capitán Belalcázar con su gente volvía a Quito, de donde salió Almagro, y de como fueron presos ciertos corredores que envió, por Diego de Alvarado …………..245
LXXV.Cómo Almagro supo la prisión de sus corredores y de cómo fundó una ciudad en Riobamba y fueron a requerir al adelantado, y de lo más que entre ellos pasó ……………………247
LXXVI.De cómo el adelantado don Pedro de Alvarado y el mariscal don Diego de Almagro se vieron; y del concierto que entre ellos se hizo guiado y encaminado por el licenciado Caldera y por otros varones cuerdos de los que venían con el adelantado ……………………………….251
LXXVII.De cómo llegó Soto y Gabriel de Rojas al Cuzco y salió de aquella ciudad Pizarro, y las cosas que hizo hasta que abajo a los llanos, habiendo despoblado la ciudad de Xauxa …………254
LXXVIII.Cómo le informaron falsamente a Pizarro que Almagro venía hecho de concierto para le quitar la gobernación y la vida; y de cómo llegaron habiendo primero pasado algunas cosas notables en Pachacama; y lo que más pasó hasta que se fundó la ciudad de los Reyes ………………….257
LXXIX.De como Hernando Pizarro llegó en España donde andaban grandes nuevas del Perú viendo tanta riqueza como de él venía y lo que hizo Hernando Pizarro en la Corte…………….261 LXXX.De cómo Su Majestad hizo merced del hábito de Santiago a Hernando Pizarro, el cual salió de la corte y se embarcó para las Indias …….263
LXXXI.Cómo Almagro se partió de Pachacama para el Cuzco; y dende a pocos días salió Pizarro a fundar a Trujillo en el valle de Chimo …………………265
LXXXII.De cómo don Francisco Pizarro envió a Verdugo al Cuzco con poder para Juan Pizarro, del su hermano, que tuviese la tenencia de la ciudad y de los debates que huvo en ella y lo que más pasó …268
LXXXIII.De cómo don Francisco Pizarro volvió a los Reyes donde, como supo las cosas que pasaban a la ciudad del Cuzco, salió para ir a ella …………………………………….271
LXXXIV.De cómo de nuevo se conformaron los gobernadores, haciendo juramento solemne de llevar adelante la compañía ………………………274
LXXXV.De cómo Almagro gastó mucha suma de oro y plata entre los que habían de ir y de cómo salió del Cuzco……………. 278
LXXXVI.De cómo Pizarro salió del Cuzco para se volver a la ciudad de los Reyes ………282
LXXXVII.De cómo Belalcázar mudó la ciudad de Riobamba al Quito y de lo que pasó en aquella tierra …..284
LXXXVIII.De cómo queriéndose hacer fundición en la ciudad de los Reyes se aguardó a que Hernando Pizarro llegase; y cómo salió del puerto el obispo de Tierra Firme y otros que estaban ricos …………287
LXXXIX.De cómo Alonso de Alvarado salio de Trujillo a poblar una ciudad en los Chachapoyas……290
XC.De cómo, siendo teniente el capitán Juan Pizarro en el Cuzco, el rey Mango Inca Yupangue, aborreciendo el mando que los cristianos tenían sobre ellos, procuró de salirse de la ciudad para moverles guerra y fue tomado por dos veces y puesto en cadenas ……295
XCI.De cómo matando un español, se encastillaron en un peñol los que lo mataron con su cacique; y de lo que pasó hasta que se ganó el peñol …………………..300
XCII.De cómo se hizo fundición en los Reyes y Hernando Pizarro procuró que se hiziese el servicio dicho a su majestad y de su partida al Cuzco; y salida del gobernador a visitar las ciudades septentrionales …..305
XCIII.De lo que sucedió al capitán Alonso de Alvarado en su conquista de los Chachapoyas….308
XCIV.De cómo Almagro envió al capitán Sauzedo a castigar a los indios que mataron los tres cristianos; y le dieron de presente más de noventa mil pesos; y Villahoma se huyó, y lo que más pasó …..311
XCV.De cómo yendo Almagro descubriendo llegó a unos puertos de nieve, donde pasó gran trabajo su gente 315
XCVI.De cómo Rodrigo Orgóñez salió del Cuzco y lo que sucedió hasta llegar al valle de Copayapo …..319
XCVII.De cómo Juan de Rada salió del Cuzco llevando las provisiones de Almagro y lo que sucedió hasta que llegó al valle de Copayapo, donde se juntó con Orgóñez …………………………………322

INTRODUCCIÓN

He sido invitado por mi buen amigo Manuel Ballesteros a presentar la Tercera Parte de la Crónica del Perú para ser incluida en la colección; viniendo esta presentación detrás de las publicadas por él mismo para la Primera y Segunda Parte de esta misma Crónica, es natural que me apoye en ellas, y me ciña simplemente a las peculiaridades de la Tercera Parte. No se trata sólo de un gesto cortés, ya que considero a don Manuel de un peruanismo mucho más antiguo que el mío, tanto en sus aspectos de “biblioteca”, cuanto en su faceta de trabajo de “campo”; pero además he de confesar que mi afición al Perú fue efecto de una especie de compromiso contraído con don Ciriaco Pérez Bustamante, quien me asignó –en su calidad de director del antiguo instituto Gonzalo Fernández de Oviedo– la parcela peruanista en mis estudios críticos de fuentes, que hasta aquel momento se habían centrado en los temas mesoamericanos, relacionados especialmente con Guatemala. Desde entonces he simultaneado ambas líneas de estudio, y cuento en mi haber con una reducida bibliografía que curiosamente omite don Manuel en sus apartados bibliográficos de la Primera y Segunda Parte ya mencionadas. Y sirva mi bibliografía, presentada en orden cronológico, para justificar mi aparente intromisión en el campo de la historia peruana1.
Don Manuel Ballesteros, en la ya mencionada Introducción, hace constar la falta de una buena biografía del autor; es verdad que no existe una obra que se haya dedicado exclusivamente a la vida de Cieza, pero desde los primeros estudios de Jiménez de la Espada en 1877, en el vol. II de la Biblioteca Hispana Ultramarina, en que presentó la Guerra de Quito en edición incompleta enriquecida con prólogo y 18 apéndices del texto, la figura de Cieza dejó de ser desconocida. El conocimiento sobre Cieza recibió un fundamental esclarecimiento con el artículo de Miguel Maticorena Estrada2, que es un comentario al testamento de Cieza, localizado en el Archivo de Protocolos de Sevilla, y publicado entonces por primera vez en 1955. Prosiguió en esta línea de investigación el catedrático don José Muñoz Pérez3, y se cierra el ciclo por el momento con el libro de Francesca Cantú4.
A lo explicado por don Manuel hay que añadir la serie de documentos que jalonan la vida del criado del mariscal Robledo, Pedro de León, que es el nombre con que Cieza se autodesigna hasta su incorporación al ejército de Gasca; y todo ello queda incorporado al relato biográfico de Cieza, en prensa, y que entrará en el tomo III del volumen II de la ya mencionada colección Monumenta Hispano Indiana.
Resumo ahora las etapas de la vida de Cieza que presenté hace años en el Anuario de Estudios Americanos fechado en Sevilla en 1975, aunque su elaboración procedía de fecha anterior, y que fundamentalmente sigue válido.

Rasgos biográficos de Pedro de León

Nace en Llerena (actual provincia de Badajoz) hacia 1521 en una familia de cierta distinción formada por el matrimonio López de León e Isabel de Cazalla, que se había coronado con cinco hijos, dos de ellos varones: uno se ordenará sacerdote, y otro sería nuestro cronista. Fueron las mujeres: Leonor, Beatriz y María. Pedro adopta el apellido de su padre; sus hermanos Rodrigo y Leonor son Cieza; María es Álvarez, y Beatriz, Cazalla. No se han conservado –nos dicen– Ciezas en Llerena; hay abundancia de León y de Cazalla.
Pedro cambió su apellido durante su vida: fue León en los primeros años de su estancia en Indias; se firma Cieza cuando emerge tímidamente tras el asesinato de su patrono, el mariscal Robledo; y junta ambos apellidos en el incongruente De Cieza De León como nombre literario.
La familia Cazalla estaba muy bien relacionada en la región extremeña meridional que se extiende entre el Guadiana en su último tramo y el Guadalquivir. Los Cazalla son mercaderes muy estimados en Flandes y en indias; y no faltan entre ellos conocidos escribanos. No puede ser ignorado Pedro López de Cazalla, que acertó a ser secretario de confianza del marqués Pizarro, del presidente Vaca de Castro, de Lorenzo de Aldana y, finalmente, de Pedro de la Gasca.
Hay un poderoso mercader en Panamá, Alonso de Cazalla, que se hace cargo del traslado a través del istmo de parte del tesoro que Gasca quería presentar al emperador. Calvete de Estrella menciona setenta y cinco cargas de plata y cien mil pesos de oro que fueron confiados a Cazalla. Cieza, durante su estancia en Panamá como criado de Robledo, goza de la generosidad de su pariente, quien en momentos difíciles le adelanta cincuenta mil maravedís: de los que no se acuerda Pedro hasta la cuenta final que establece en su testamento.
Cuando Pedro prepara su viaje de regreso a España decide contraer matrimonio; y lo hace por poder, en presencia de su futuro cuñado, Pedro López de Abreu: casamiento que le introduce en otra poderosa familia de mercaderes, los Llerena, cuyo jefe, Juan de Llerena, es el piloto que dirige la nave de Cieza en sus pequeñas operaciones mercantiles, en víspera de su temprana e inesperada muerte.
Para completar el cuadro familiar de Cieza, recordemos a los Mercado, de simbólico apellido, que no solamente son hábiles comerciantes, sino que cuentan en sus filas con el primer gran tratadista mercantil, el dominico fray Tomás de Mercado, que inauguró la serie de los estudios de economía en España con su Tratos y Contratos de Mercaderes y Tratantes, que vio la luz pública en Salamanca en 1569.
Si prestamos atención por un momento a este frondoso árbol genealógico de Cazallas, Llerenas y Mercados, lo vemos lleno de escribanos y mercaderes: profesiones que en aquellos tiempos hacían fruncir el ceño a los puristas del Derecho, o simplemente a los moralistas del negocio; en sus ramas encontramos no sólo el primer gran tratadista mercantil, sino también un escribano-secretario, Pedro López de Cazalla, que pudiera servir de ejemplo y modelo para estas dos difíciles profesiones: profesiones que en España se mantenían en el límite autorizado para los que quisieran mantener ínfulas de hidalguía.
Ante este árbol tan frondoso y tan abierto al negocio y la ganancia, nos preguntamos qué pudieron ver en este escribano de tradición, pero cronista de ocasión, nuestro flamante Pedro. Y que lo vieron es un hecho demostrado por la prisa con que arreglaron el matrimonio por poder antes que, regresado a España, pudiera arrepentirse del compromiso contraído. Yo creo adivinar en aquellos mercaderes un sentimiento de admiración por quien pudiera vender en Flandes un libro, en competencia con lanas, telas y tapices…

Vocación a Indias

Estaba en Córdoba nuestro Pedro cuando se llenó Andalucía con las nuevas del Perú al arribar a Sevilla a principios de 1534 la expedición que capitaneaba Hernando Pizarro; y que era portadora del rescate de Atahualpa que comprendía, entre otras riquezas, 155.000 pesos de oro, medio millón de marcos de plata; a los que se agregaban objetos que no habían pasado por la fundición: una cuarentena de vasijas de oro y otras tantas de plata. Todo ello destinado al emperador como perteneciente al 20 por 100 de su soberana regalía. Tampoco faltaban participaciones para los restantes capitanes y soldados que habían decidido retirarse de la empresa peruana y gozar en la patria de un merecido retiro. Nuestro treceañero, con su recién estrenada pubertad, se consideró aludido en el libro con que uno de los expedicionarios triunfalmente regresados, Francisco López de Xerez, describía aquel espectacular desembarco. Debió impresionarle, sobre todo, aquella estrofa en que Xerez se describía a sí mismo saliendo de Sevilla en quince años de su edad. Veinte años había pasado allá, y como detallaba Xerez: los diecinueve en pobreza, y en uno, cuanta riqueza ha ganado y trae acá. Cieza veía despoblarse Córdoba de su mejor juventud; dejando abandonadas a sus mujeres, sin hacer caso de quienes les aconsejaban un mínimo de prudencia que el genio popular tradujo en esta copla que nunca olvidó Pedro:

Los que fuéredes al Perú
guardaos del cucurucú…

Ballesteros opina que Pedro fue enviado a Indias para que se iniciara en los negocios de su amplia familia; me hace la impresión de que se trató de una decisión juvenil y poco meditada, que resultó bien en conjunto, pero que estaba llena de riesgos.
Se conservan dos asientos de pasajeros a indias que pueden corresponder a nuestro escritor: el primero está datado a 2 de abril, y el segundo a 3 de junio. La primera expedición estaba capitaneada por Juan del Junco, y llevaba Cartagena como destino; la segunda se inscribe en el grupo de Manuel Maya, y tendría como punto de atraque Santo Domingo. De la primera nos consta que tuvo un fin desastroso: el armador Cifuentes, que había adelantado el capital necesario para ser cancelado con la primera ganancia en indias, nunca llegó a esta reposición; resultándole una pérdida de más de un millón de maravedís. La providencia veló por nuestro Pedro haciendo que pasara en Santo Domingo aquella especie de temporada de aclimatación que salvó la vida de muchos.

Empieza su carrera de escritor

En Cartagena de Indias (Calamar, en lengua indígena) pasó su primera temporada en el continente americano: paseando, como otros muchos, su aburrimiento y primera decepción; pero, a diferencia de otros, anotando todo lo que le llamaba la atención en aquella naturaleza, mitad marisma, mitad selva, y en todo momento abundantes mosquitos. Oyó hablar del territorio del Perú, donde abundaban las sepulturas con ricos depósitos de objetos de oro. Y se inscribió en la expedición que puso en marcha el licenciado Vadillo, comenzando así el largo peregrinar por el espinazo de los Andes, que no concluiría hasta la ciudad minera del Potosí, en la actual Bolivia, con lo que se cerraron los ocho mil kilómetros que Cieza realizó: de norte a sur por los Andes, y de sur a norte navegando por la costa.
Su primer planteamiento de escritor se centró en la costa norte de la actual Colombia; y ya tenía preparado hasta el título: Relación de las cosas sucedidas en las provincias que confinan con el mar Océano. Según fue centrándose su interés en el Perú bajó el que habían despertado las regiones septentrionales del semicontinente sur; pero sus apuntes de viajero observador quedaron incorporados a la Primera Parte de la Crónica del Perú, que se abre con la descripción de la costa del Pacífico, desde Panamá hasta las tierras de Chile: trayecto que él hizo en sentido contrario (sur-norte) desde el Callao de Lima.
El trayecto marino no representa un viaje de Cieza, ya que lo hizo en sentido contrario; en cambio, el camino terrestre desde el golfo de Urabá (actual Colombia) hasta el cerro del Potosí (actual Bolivia) fue recorrido en su integridad por nuestro caminante; aunque, probablemente, no siempre a pie, ya que nos consta que lo hizo como soldado de caballo cuando se incorporó a la hueste de Hernández Girón que acudía al llamamiento del Visitador don Pedro de la Gasca.
El primer tramo de su viaje terrestre lo hizo con el visitador Vadillo, y con él llegó a la ciudad de Cali, donde la expedición, al encontrar va zonas exploradas por los castellanos, se deshizo. Para Cieza esto significó el cambio de jefe y el paso a la esfera de influencia de Jorge Robledo, que le fue beneficiosa en más de un sentido. Jorge Robledo era un soldado veterano en Europa y en Indias: en América se había estrenado con el duro Nuño de Guzmán y, con el romántico Pedro de Alvarado. Se nos dice que formo en el primer grupo de vecinos que fundaron la ciudad de San Salvador; y suponemos que pasó al Perú en la expedición de Alvarado, aunque no aparece su nombre en las listas de soldados que acompañaron a don Pedro.
Robledo había quedado en Cali por orden de Belalcázar; y allí lo encontró la expedición de Vadillo y la más próxima de Lorenzo de Aldana, que lo acostumbraron a los típicos vaivenes de gobernadores y visitadores, con los que no cabía excesiva sumisión: ya que la sumisión al uno pudiera significar la ruptura con el otro. En aquel momento Robledo había decidido marchar hacia el norte en el viaje opuesto al seguido por Cieza bajo las órdenes de Vadillo; y con propósitos semejantes, aunque de contrario signo: establecer una zona que pudiera dar base a una gobernación que le fuera eventualmente otorgada. En ella –siguiendo la costumbre de sus antecesores–, Robledo procedió a la fundación de villas castellanas, con sus cabildos, y su rollo o picota –símbolo de la justicia–, que nunca faltaba.
En la documentación referente a Robledo encontramos la fundación de Santa Ana de Ancerma (1539), y Cartago (1540). En ninguna de estas ocasiones se ve la firma de Pedro de León, pero sí aparece en la de Antioquía (1541), fundaciones éstas que encendieron el interés de Pedro por las actuaciones legales de los castellanos y su complemento de actas fundacionales, calzadas por las firmas de fundadores y primeros vecinos: estos papeles despiertan un interés de escribano y de cronista y bautiza su nuevo proyecto histórico con el título secundario de las Fundaciones. En Robledo encontrará Pedro un jefe interesado en el oficio de escritor, y con él tendrá siempre tiempo para pasar sus impresiones al papel en un libro, que al cabo de los años formaría su primicia literaria con el título de Primera Parte de la Crónica del Perú.
Era frecuente en aquellos tiempos encabezar una obra que se pretendía larga y detallada con el título algo comprometido de Primera Parte, a riesgo de quedar solitaria en la bibliografía. Sin adelantar el tema, hay que decir que así sucedió en el caso de esta Crónica, que mantuvo su primeriza soledad desde 1553 hasta muy avanzado el siglo pasado (1880), en que Jiménez de la Espada editó la segunda parte, quedando inédita la tercera hasta 1979.

La tercera parte de la Crónica del Perú

Y con esto llegamos a la tercera parte de esta Crónica, que es el objeto de esta introducción.
La tercera parte de la Crónica del Perú estaba destinada en el programa del autor a lo que especifica en su Proemio a la primera edición:
En la tercera parte trataré –escribía nuestro Pedro– el descubrimiento y conquista de este reino del Perú; y de la grande constancia que tuvo él el marqués don Francisco Pizarro; y los muchos trabajos que los cristianos pasaron, cuando trece de ellos, con el mismo marqués (permitiéndolo Dios) lo descubrieron. Y después que el dicho don Francisco de Pizarro fue por su majestad nombrado por gobernador, entró en el Perú, y con ciento sesenta españoles lo ganó, prendiendo a Atabalipa. Y asimismo en esta tercera parte se trata la llegada del Adelantado don Pedro de Alvarado, y los conciertos que pasaron entre él y el gobernador don Francisco Pizarro. También se declaran las cosas notables que pasaron en diversas partes de este reino; y el alzamiento y rebelión de los indios en general: y las causas que a ello les movió. Trátase la guerra tan cruel y porfiada que los mismos hicieron a los españoles que estaban en la gran ciudad del Cuzco, y las muertes de algunos capitanes, españoles e indios; donde hace fin esta tercera parte en la vuelta que hizo de Chile el Adelantado don Diego de Almagro, y con su entrada en la ciudad del Cuzco; estando en ella por justicia mayor el capitán Hernando Pizarro, caballero de la orden de Santiago…
Este párrafo detalla con exactitud el contenido del libro tercero, que paso a explicar. El libro se compuso, en su mayor parte, durante la estancia que como criado del mariscal Robledo hizo en Panamá. Hasta entonces Pedro había recorrido los caminos terrestres de los valles del Atrato y del Cauca, en la actual Colombia, hasta rendir viaje en compañía del licenciado Vadillo en la ciudad de Cali. Desde allá, y siguiendo órdenes primero de Andagoya, y después de Belalcázar y de Robledo, había emprendido un camino de regreso, siempre terrestre, hasta San Sebastián de Buena Vista, en el fondo de la Culata de Urabá. Robledo decidió allí emprender un viaje a Castilla para fianzar su mando: en los valles y montañas que había recorrido y en los centros de población que había fundado; en Urabá, Pedro se despidió de su jefe y marchó con sus instrucciones a Panamá, sede de la Audiencia, para negociar ante ella los asuntos que Robledo le había dejado encargados. Situado en Panamá, y pasando la mayor parte del día encerrado en su casa; pues la ciudad, dice, está trazada y edificada de levante a poniente, en tal manera que, saliendo el sol, no hay quien pueda andar por ninguna calle de ella: porque no hace sombra ninguna. Y esto –continúa– siéntese tanto, porque hace grandísimo calor, y porque el sol es tan enfermo: que si un hombre acostumbra andar por él, aunque no sea sino pocas horas, le dará tales enfermedades que muera, porque así ha acontecido a muchos…
En esta ciudad tan inhóspita tuvo la suerte de dar con antiguos vecinos del Perú que le fueron contando las peripecias de aquella descomunal aventura. Entre ellos recuerda Cieza a Nicolás de Ribera, quien le sirvió de fuente principal para esta tercera parte que entonces emprendía.

Plan de la obra

La Tercera Parte de la Crónica del Perú distribuye su materia en 97 capítulos en 132 folios, con una media inferior al folio doble (2 páginas) por capítulo. La materia se distribuye, en una primera división lógica, entre el descubrimiento y la conquista, correspondiendo al descubrimiento tanto en gestiones previas con la formación de la sociedad entre sus principales protagonistas: Pizarro, Almagro, Luque, a los que se agregaron Pedrarias y Gaspar de Espinosa en papeles menos estables, cuanto los primeros viajes de reconocimiento y exploración de la costa y sus islas. Una primera crisis de gobierno en Panamá se abrió cuando Pedrarias Dávila fue sustituido por Pedro de los Ríos: Ríos consideró aquella empresa descabellada, con un balance muy negativo en dinero y en vidas humanas; y trató de prohibir el reclutamiento que habría de hacerse en su gobernación de Tierra Firme. La constancia de Pizarro hizo triunfar la empresa, cuando estableció aquel dilema: Perú o la riqueza, Panamá o la pobreza; dilema que produjo la formación de aquel pequeño grupo de decididos que fueron los trece de la fama, de la isla del Gallo.
A la espera de refuerzos, el grupo se trasladó a la isla que bautizaron con el nombre mítico de Gorgona, a la que Cieza consagró una doble descripción: la primera en el capítulo 3 de la Primera Parte; la segunda en el capítulo 17 de la Tercera Parte. En la primera, dice de ella: la isla de Gorgona es alta, donde jamás deja de llover j, tronar, que parece que los elementos unos con otros combaten… Y en la segunda: En la mar del Sur, la Gorgona tiene el sonido de no ser tierra ni isla sino apariencia del infierno. Comparación que completa con la mala nombradía que en el Océano entre Indias y la Tercera tiene una isla que llaman la Bermuda… de la cual huyen los navegantes como de pestilencia… Curiosa nombradía que ha llegado hasta los tiempos actuales con el famoso triángulo de las Bermudas…
El grupo de expedicionarios tuvo la suerte de dar con una balsa que navegaba a vela en la que venían indios procedentes de una ciudad llamada Túmbez, que constituyó un presagio de lo que habría de ser finalmente el Perú. La llegada a Túmbez fue tan decisiva que impulsó a los tres asociados a enviar a España a Francisco Pizarro para que negociase las capitulaciones oportunas para la conquista de aquella región que se anunciaba rica en toda clase de productos vegetales, animales y minerales; y en la que existía un verdadero imperio, bajo el mando de un grupo humano llamado Inca. Cieza transcribe las capitulaciones que en Castilla obtuvo Pizarro y cree encontrar en su redacción las primeras raíces de la gran división que llegaría a transformar en cordiales enemigos a los mismos que habían iniciado la operación del Perú.
Una segunda sección, que abarca los capítulos 28 a 38, comprende sucesivos contactos con los indios de Túmbez y la Puná, y se cierra con la primera fundación urbana en el Perú, que fue la ciudad de San Miguel. El gran imperio de los incas parecía una fiera adormecida, y no daba importancia a aquel grupo de extranjeros, blancos y barbados, que merodeaban por las playas septentrionales. Y es que por primera vez en su historia el imperio estaba sometido a una cruel guerra de sucesión, cuyo resultado en aquel primer tiempo no estaba aún decidido. A esta circunstancia alude Cieza de vez en cuando, considerándola providencial: ya que los castellanos no hubieran podido desembarcar en tierras peruanas si el imperio hubiera seguido unificado y poderoso, como en los buenos tiempos del que acababa de fallecer, Huayna Capac. Cieza, atento siempre a la sucesión cronológica –aunque esto no le impida confundir los años–, interrumpe la sucesión de los descubrimientos costeros para dar cuenta del desarrollo de la contienda civil entre Huascar y Atahualpa: a la que dedica los capítulos 39-40, que nos deja con el relato de la prisión de Huascar, a quien Cieza presenta un tanto ingenuo frente a las astucias de su medio hermano Atahualpa.
Desde el capítulo 41 conectan de nuevo las historias de los castellanos y de Atahualpa que van acercándose a la decisiva confrontación en Cajamarca, que se describe en el capítulo 45. Siguen los capítulos dedicados al frustrado rescate y a la ejecución del emperador: ya que aquella muerte difícilmente escapa de este apelativo por el pánico que se apoderó de los compañeros de Pizarro al recibir tantos informes sobre un inminente ataque indígena que eventualmente no pudieran superar. Pero –como suelen decir– para un soldado no es excusa válida el miedo: y aquellos soldados habían dado ya suficientes muestras de arrojo y aguante. Bien es verdad que Cieza hace constar que no fueron los soldados las víctimas del pánico, sino los oficiales reales, encargados del control administrativo de la empresa, a los que añade al reverendo Valverde, personaje no demasiado estimado por nuestro autor.
En el capítulo 54 acaba esta sección con el relato de la muerte de Atahualpa: muerte dada por el habitual garrote aplicado a la garganta y no por decapitación, como lo ha descrito la tradición pictórica.
La muerte de Atahualpa dirige las ambiciones de algunos conquistadores de los castellanos hacia Quito, que parecía haber rivalizado con el Cuzco en la capitalidad del imperio; y había sido la ciudad escogida por Atahualpa como sede y centro de sus ambiciones dinásticas. Quito atrae la atención primero de Belalcázar, y después del gobernador de Guatemala, don Pedro de Alvarado; detrás de ambos, el socio y colaborador de Pizarro, don Diego de Almagro. La narración de Quito se entrelaza con la que se centra en el Cuzco, al que se va acercando, por los Llanos de la costa, don Francisco. De camino, y dentro del plan de establecer una nueva capital para aquella provincia que acababa de conquistar, pasa por jauja, donde la establece provisionalmente, según se cuenta en el capítulo 61. Dos capítulos más adelante introduce Cieza la expedición de don Pedro de Alvarado, que se dirige hacia Quito, creyendo encontrarlo fuera de los límites de la gobernación de Pizarro.
La expedición de Alvarado encuentra en su camino la de Belalcázar y Almagro que se han apresurado a fundar en Riobamba un establecimiento provisional que pudiera ser trasladado al valle de Quito sin perder su república: es decir, su esquema capitular; en perfecto paralelismo con la ciudad de jauja, en relación con Lima, que formaría su destino final. Cieza cuenta el acto final de la expedición de Alvarado con la renuncia de éste a todo intento colonizador en el extenso subcontinente meridional: arreglo que evitó un precoz enfrentamiento que no llegaría a su trágica maduración hasta la ruptura de los antiguos y fidelísimos amigos Pizarro y Almagro. El arreglo pacífico de Alvarado, que vende su armada y sus hombres y sus derechos a Diego de Almagro, se concluye y se relata en el capítulo 76.
El libro concluye con dos operaciones de gran envergadura y casi simultáneas: la expedición a Chile de Diego de Almagro, en la que se enrolan muchos de los procedentes de Guatemala, y él viaje a España de Hernando Pizarro. El viaje de Pizarro, comenzado con los mejores auspicios, se desarrolló muy favorablemente en España, donde Hernando obtuvo todo lo que quiso para su hermano; y no pudo impedir que en la corte se atendieran las justas peticiones de Almagro, a quien se concedió una gobernación que por culpa de unos y de otros fue causa inmediata del enfrentamiento armado. Todo ello después de que, superada una especie de tormenta de verano, Pizarro y Almagro repitieran juramentos e imprecaciones: que –según Cieza– se cumplieron con todo su trágico dramatismo.
La expedición de Almagro a Chile fue un total fracaso: inesperadas dificultades, a la ida las nieves de los Andes, al regreso el desierto de Atacama, tuvieron el regusto del desencanto, porque no encontraron en Chile… los objetos de oro y plata que esperaban… Sin embargo, un viaje más tranquilo y menos polarizado con lo que se habían imaginado que era Chile les hubiera permitido descubrir la zona minera en torno al cerro de Potosí y otros cotos metalíferos que hubieran podido satisfacer las ambiciones más desatadas. La llegada de las provisiones reales con el nombramiento de gobernador de Nueva Toledo para Almagro, y el frenesí geográfico que se apoderó de jefe y expedicionarios, les hicieron regresar a marchas forzadas al punto de partida: que no fue otro que la ciudad que mantenía todavía –aunque ya expoliada de muchas de sus riquezas– el prestigio de capital del imperio incaico: el Cuzco.
Y con eso concluye la relación del descubrimiento y conquista del Perú, o Tercera Parte de la Crónica del Perú.

El talante historiador de Cieza

Cieza se confiesa repetidas veces con sus lectores; para él lo fundamental es decir lo que pasó apoyado en la documentación disponible que siempre cita individualmente –o en testimonios de testigos inmediatos– del hecho. Sabe que esta morosidad quita agilidad a su narración, pero prefiere ser tildado de poco grato al gusto del lector que de inexacto en sus declaraciones.
En torno a los hechos que relata, Cieza se permite una serie de consideraciones, que yo he llamado moralizaciones y que equivalen a la moraleja de las narraciones breves, con la única diferencia de que no están reservadas para el fin y que se multiplican a lo largo de la historia.
La primera moralización es teológico-trascendente. Cieza es profundamente cristiano y no le falta un leve regusto, diríamos musulmán, que tiñe de fatalismo las acciones de los hombres. Por encima del proceder de cada uno, que obedece a sus propias e individuales motivaciones, está la alta providencia divina, que pone en acción la antigua frase: Dios escribe derecho con líneas torcidas… A Cieza le parece especialmente significativa la expresión de una india que recorría el pasado próximo de su tierra y profetizaba lo que el porvenir te guardaba, con estas palabras que no cito textualmente. En esta tierra hubo gente mala que mereció un castigo colectivo que les vino por medio de los incas y su dominación; los incas no se mantuvieron en la línea moral que hubiera podido esperarse de su papel de ejecutores de la justicia divina y prevaricaron; y Dios les acaba de castigar con la derrota sufrida ante los cristianos. Lo mismo ocurrirá con los cristianos, y de triunfadores pasarán a ser derrotados y castigados. Movimiento cíclico de la historia que a Cieza le parecía una ley de suficiente altura y amplitud para que pudiera aplicarse a cualquier proceso fáctico.
Bajando un poco, y antes de entrar en particulares responsabilidades, Cieza encontraba en cada uno de los compañeros Pizarro y Almagro suficientes extravíos morales para que el castigo pudiera considerarse inevitable. Cieza –amigo de los papeles– transcribió las fórmulas con que en repetidas ocasiones se comprometieron ante Dios para mantener la mutua fidelidad entre ambos. Estos compromisos no se hicieron sólo sobre la base de simples palabras intercambiadas: estuvieron siempre robustecidos por grandes juramentos que apelaban a la presencia y a la suma fidelidad de Dios como última garantía. En sus imprecaciones pedían toda clase de males para quien quebrantara aquellos juramentos; y lo malo del asunto es que la repetición de actos semejantes –que se tuvieron, por lo menos dos veces, en plena celebración de la Misa y delante de la hostia consagrada– demuestra que nunca fueron cumplidos con la exactitud que tales ceremonias exigían. Los amigos, y sucesivamente enemigos, Pizarro y Almagro repitieron demasiadas veces tan solemnes actos para ser duraderos: hubiera bastado un compromiso solemne, pero cumplido. Cieza recuerda los males, que pedían contra sí mismos, en caso de infidelidad; y Cieza recoge con ánimo entristecido la narración de las catástrofes por ellos pedidas; y por todos, a causa de ellos, recibidas.
Bajando a un nivel más terreno, pero siempre sobrehumano, Cieza bosqueja una especie de epopeya de corte clásico en que las acciones humanas son eco amortiguado de los grandes designios de la providencia: en una especie de combate entre Cristo y las fuerzas del infierno. El demonio, para Cieza, es verdadero protagonista a través de las personas que están en contacto con él. Cieza considera haber oído una vez la comunicación demoníaca en las cercanías de Cartagena: con un silbo tenorio especifica Cieza; aunque no fue capaz de comprender ningún mensaje concreto.
Cieza no perdió ocasión de entrar en relación con los sacerdotes o representantes de los cultos indígenas; y a través de ellos pudo conocer particularidades, ocultas para observadores más superficiales. En esta lucha épica, Cieza sabía que la victoria final estaba por los cristianos, pero lamentaba que los heraldos del evangelio hubiesen sido tan poco evangélicos en su conducta.
Entrando en detalles de esta lucha que se desarrollaba en paralelo con la otra invisible entre Cristo y los ángeles malos, Cieza lamentaba las inútiles destrucciones que habían marcado con su huella la superficie de un país: que lo recordaban –de acuerdo indios y cristianos– próspero, y en orden y justicia. Perdonaba con demasiada facilidad la brutalidad de las guerras que habían dado la victoria a los incas y no encontraba el doble sistema de traslados forzosos de los mitimaes y el encierro de las hijas, de los jefes sometidos, en las casas del sol: sistema de rehenes que mantenía subyugados a los pueblos que –antes del imperio– vivían en su libertad y en su plena soberanía. Los jefes vencidos, que se libraban de las habituales matanzas que acompañaban las conquistas, acababan con frecuencia despellejados o, por el contrario, vaciados, de manera que pareciesen vivos y pudiesen –inflados, o rellenos de paja– participar en los desfiles triunfales de los incas victoriosos: un detalle macabro consistía en hinchar sus vientres de manera que al balancearse en los desfiles sonaran como atambores al compás de los brazos que los golpeaban: atambores incaicos que nunca dejaron de señalar aun los observadores más superficiales. Visión de los incas triunfadores que escamoteó años adelante el seudo inca Garcilaso de la Vega: seudo porque la dignidad de inca no se transmitía por línea femenina.
Los castellanos –se quejaba– no mantuvieron la tradición de rectitud y justicia que habían iniciado los gobernantes incas: robaban, mataban, obligaban a trabajos forzados, desperdiciaban las subsistencias; tanto en los productos vegetales, como en los animales; y en éstos especialmente las llamadas ovejas: animales utilísimos que no se daban en el resto del continente americano. Los indios, por otra parte, utilizaban en grandes cantidades el oro, pero lo hacían casi exclusivamente al servicio de sus grandes difuntos; y el despojar una tumba de sus joyas les parecía a los soldados de a pie un robo al demonio, sin que se hubiera hecho de conocimiento común y menos de adaptación general la tesis de fray Bartolomé de las Casas que defendía su inviolabilidad.
Por otra parte, los incas, en contraste con los indios moradores de los Andes colombianos, no eran antropófagos; pero convertían sus funerales en orgías de homicidios rituales; sin sangre, ni gritos, ni escenas desgarradoras: ya que las víctimas –mujeres y esclavos– eran sepultadas tras una borrachera ritual que reservara para un despertar en la tumba el encuentro con una muerte ineludible. La costumbre –y la fe en una pervivencia al servicio del señor con quien se enterraban– hacía voluntarias estas inmolaciones.
No todos los personajes que intervienen en esta gran epopeya gozaban de la misma simpatía por parte de Cieza: don Francisco Pizarro ocupa un lugar primero e indiscutible en el afecto y en el respeto cieciano; parecido respeto despierta en él el burgalés Alonso de Alvarado; y no ocupa mal lugar el extremeño don Pedro, del mismo apellido. Don Diego de Almagro viene muy atrás, junto a la turba de los Pizarros, entre los que se lleva la palma –pero negativa, ya que es el malo de la acción épica–, Hernando Pizarro. Sería inútil seguir analizando los restantes personajes del grupo castellano; pero es útil recordar que no fueron los religiosos los más estimados por Cieza; a quienes deja mal parados en esta Tercera Parte; aunque; en algún caso, él u otra mano extraña han corregido sus frases, dulcificando sus censuras.
En conjunto, Cieza, en esta parte de su relato, es un buen cronista, aun teniendo en cuenta que carece de la calidad del testigo de vista; detallando algo más, cuenta con un buen narrador que había estado presente en todos los sucesos que relata, en torno a don Francisco Pizarro; aunque hubo de apoyarse en otros, que no se mencionan específicamente, para los procesos que se desarrollaban en torno a Quito, o en Castilla. En este punto, Cieza es testigo inmediato para el hecho de la conmoción que en Córdoba produjeron las noticias del tesoro recién desembarcado procedente del Perú, aunque su extrema juventud te impidió colocarlo en la exacta perspectiva.
En este libro no tiene mucha ocasión de consultar viejos papeles, pero no pierde la oportunidad de transcribir la provisión que debería haber producido la pacífica convivencia entre Pizarro y Almagro; que, por el contrario, encendió, definitivamente la discordia.
En algunos casos, contó con informadores indios que le comunicaron sus dolorosas impresiones en torno al saqueo de los templos del Cuzco y de Pachacama. Estos informantes consiguen a lo largo de la obra teñir de indigenista la exposición cieciana.
Las simpatías y antipatías que he señalado en el párrafo anterior ejercieron –no cabe duda– influjo en el tono de su historia, pero no parece que hubiera sido en ningún caso venal: como le acuso años adelante Pedro Pizarro. Las frases con que en el testamento recuerda las cantidades recibidas con el destino que debería haberles dado, y su decisión de que sus albaceas completaran los pagos que él no había podido realizar, producen tal impresión de sinceridad, que hacen poco probable y débilmente fundada la acusación de venalidad.

El manuscrito de la Tercera Parte

Durante mucho tiempo ha sido el gran desaparecido. Estuvo en manos de Jiménez de la Espada, quien pensó alguna vez en publicarlo; no lo hizo y se pasó la oportunidad. En 1946, el investigador peruano Rafael Loredo comenzó en el Mercurio Peruano la publicación de capítulos de esta parte tomados de un manuscrito que nunca describió, ni detalló; en una primera serie trascribió 56 capítulos, a los que se añadieron dos capítulos más que llevaban los números 61 y 77, que aparecieron en Lima en 1964, en tanto que la serie fue saliendo al público desde 1946 a 1958. A esta serie añadí yo en 1974 nueve capítulos más (del 88 al 97) en el Boletín del Instituto Riva Agüero. Loredo hablaba de varios manuscritos conservados en España; por mi parte, y tras larga búsqueda, localicé, en la biblioteca del antiguo patronato Menéndez y Pelayo del CSIC de Madrid los nueve capítulos que habían sido transcritos por Jiménez de la Espada de un manuscrito que le había proporcionado el conocido bibliófilo Sancho Rayón. Pude localizar un manuscrito en posesión del súbdito irlandés sir John Galvin, pero no me fue posible hojearlo, ni simplemente verlo. Sorpresa agradable produjo en los ambientes ciecianos la publicación en Roma, en 1979, de un manuscrito casi completo de la Tercera Parte, por su descubridora Francesca Cantú, que se guardaba en la biblioteca apostólica vaticana. Poco después tuve la oportunidad de examinar a mi gusto el manuscrito Reginense Latino n.º51 (llamado así por proceder de la colección formada por la reina Cristina de Suecia), del que se me proporcionó amablemente una copia en microforma, de la que he tomado texto para la edición madrileña de 1984-1985. En el manuscrito van juntas la segunda y la tercera parte colocadas en orden inverso, de tal manera que la tercera parte ocupa los folios 1-131, y la segunda desde el 132 hasta el 216. El manuscrito tiene toda la apariencia de ser ológrafo, y de haber sido sometido a distintas correcciones en vida del autor; en cualquier caso, conserva notas destinadas o a un lector de mucha confianza, o a un copista que debe transcribirlo. En el primer caso está la nota marginal que se conserva en el folio 1.: V.md. lo haga /el favor /de que se ponga en tal parte que no me trasladen /copien /nada; porque debajo desta confianza irá por sus cuadernos lo que v.md. mandare; y si me trasladaren algo dellos, es destruirlo todo. Y este cuaderno leído, tráiganlo y llevarán otro; y si quisiera lo de los Incas /la Relación/ también lo llevarán…
Esta nota marginal nos deja algo perplejos, pues no se ve por qué sería destruirlo todo permitir que se sacara una copia de parte del manuscrito. Hay una nota en el folio 42 al final del capítulo 36, de la misma letra que el resto, en que se indica al lector o al copista que salte a los folios 45, 46 y 47 y continúe pasados éstos con el 42 v; en que comienza el capítulo 39 con la noticia de las primeras acciones de la guerra civil por la sucesión de Huayna Capac: indicación que perturba el orden de los folios, pero no el de los capítulos, que mantienen el orden existente: 36-37-38. En el folio 107 (c. 81), una nota parecida manda al lector a una señal marginal que se encuentra nueve folios más adelante, en el 116 v del cap. 87: la nota dice: Este capítulo de Hernando Pizarro ha de entrar, donde está otra señal como ésta… Y en el lugar correspondiente a la segunda nota, se dice: Aquí ha de entrar el capítulo de Hernando Pizarro que tiene esta señal. Indicación que no ha sido seguida por los editores, sin que al parecer haya sufrido mucho la inteligibilidad del texto.
Las fechas no eran el fuerte de Cieza; comparando la relación de la primera entrada que hizo al continente desde el golfo de Urabá, con la relación aprovechada por Fernández de Oviedo, y con la documentación coetánea, aparece claramente un desvío de un año: febrero de 1537 frente a enero de 1538. Curiosamente, Cieza mantuvo a lo largo de sus relatos la fecha adelantada; y en el tercer libro damos con una anotación referida a fechas, de las que se reconoce ignorante: se trata del día, mes y año en que don Francisco Pizarro salió del puerto de Sanlúcar, cuando acababa de conseguir las primeras capitulaciones para sus conquistas. Dice así: El señor provisor (¿Pedro Bravo?) mande escribir a Hernando Pizarro, si se acuerda del día, mes y año, que salieron de San Lúcar; téngoselo de acordar y suplicar… Cieza no consiguió el dato que pedía al provisor, y la fecha quedó en blanco en el manuscrito.
Para completar la descripción del manuscrito vaticano, hay que hacer constar que le faltan algunos folios, que sin embargo existían en el manuscrito que utilizó Loredo en su edición del Mercurio Peruano. Son éstos los folios 36 y 37, que comprenden los capítulos segunda mitad del 31, 32 entero, y mitad primera del 33. En ellos se trata de las primeras hostilidades que aparecieron entre los indígenas, que ya estaban molestos por la presencia de los castellanos.
Estos capítulos están en la copia empleada por Loredo, que puede ser el mismo manuscrito que sigue en poder de sir John Galvin. En cambio faltan en las dos familias de manuscritos los que hubieran formado la unión entre este libro y la primera de las guerras civiles (la guerra de Salinas). Cieza alude a su contenido, demostrando que él los había redactado. En la edición de 1984, yo he suplido estos capítulos por los que Herrera dedica al tema al final de su Década Quinta y comienzo de la Sexta. Carezco de datos para saber si el ms. utilizado por Loredo tenía estos capítulos; o si el ms. propiedad de sir John Galvin los tiene. Sin embargo, parece que no los tenía el ms. propiedad de Sancho Rayón que Jiménez de la Espada tuvo en su poder, y que concluye de la misma manera que el ms. vaticano, interrumpiendo la acción con la llegada de Rada al campo de Almagro en territorio chileno.
Antonio de Herrera, último poseedor conocido de este manuscrito cieciano, se engalanó con plumas ajenas al copiarlo (o plagiarlo) en sus Décadas, comenzando en la III y concluyendo en la V; en que precisamente he utilizado yo su texto para suplir, en la edición madrileña de 1985, los folios perdidos de Cieza. Voy a dedicar un poco de atención a este editor inesperado. Siempre se ha considerado muy aceptable la versión de Herrera sobre el descubrimiento y conquista del Perú, pero sólo tras el hallazgo del manuscrito vaticano se puede establecer cuál fue su fuente de información, y hasta qué punto Herrera ha seguido el texto de Cieza.
Herrera se apega al texto de Cieza desde el capítulo II al XL, que transcribe fundamentalmente en sus décadas III (libros: 5, 6, 8 y 10) y IV (libros: 2, 3, 6, 7 y 9). En los capítulos 37 a 43, que Cieza considera fuera de lugar en el manuscrito, Herrera sigue el orden antiguo en las décadas V y III. Lo mismo ocurre en los capítulos 86-89 de Cieza, que en su libro representan una interrupción del orden estrictamente cronológico: interrupción que Herrera retrotrae al libro 7.º de la década quinta. Pasado este par de interrupciones, y desde el capítulo 86 de Cieza hasta el 97, Herrera se ajusta al orden cieciano. No está de más repetir lo dicho anteriormente y que confirma esta identidad básica; ha sido posible sustituir los folios desaparecidos, en los manuscritos hasta ahora conocidos de Cieza, por los que en Herrera relatan el sitio del Cuzco, hasta conectar con la llamada guerra de Salinas, y que se encuentran al final de la década quinta y comienzo de la sexta.
La circunstancia de haber sido conocida la versión de Cieza a través de las páginas de Herrera las hace altamente probables, tomándose por dos testimonios concordantes lo que no es más que uno: redactado por Cieza y copiado por Herrera. Difieren generalmente en las consideraciones morales que ocupan gran parte del texto cieciano y que dan a su obra un tinte pesimista que no ha pasado a la versión de las Décadas, que es un himno a los castellanos.

Posible influjo de fray Bartolomé de las Casas

Fray Bartolomé de las Casas no estuvo en el Perú, aunque las noticias que de aquella tierra llegaron a sus oídos le decidieron a interrumpir su vida de retiro en Santo Domingo, efecto de su entrada en la orden dominicana, que era a su vez resultado del fracaso de su plan de colonización en Cumaná.
Pero su vocación peruanista se interrumpió a medio camino, cuando había llegado a Nicaragua con el probable propósito de alcanzar aquellas nuevas y ya tan famosas tierras. En Nicaragua se enzarzó en gran altercado con el gobernador Contreras, altercado del que le vino a liberar el obispo de Guatemala, don Francisco Marroquín; quien le invitó a sustituirle a la cabeza de su diócesis durante el viaje que tenía que hacer a México para recibir allá su consagración episcopal. Las Casas no perdió el tiempo en Guatemala, aunque su trabajo principal fue conseguir del gobernador don Francisco Maldonado un encargo de misionar todo el territorio septentrional de la provincia. No tuvo tiempo de llevar a la práctica lo que él ya consideraba demostración triunfal de sus doctrinas de penetración pacífica, y sin esperar el regreso de Marroquín marchó a México para invervenir en el capítulo provincial de su orden: capítulo en que se había de decidir –contra su opinión– el establecimiento de una provincia dominicana en México, que fuera independiente de la que tenía su base en Santo Domingo. Regresa Las Casas algo decepcionado a Guatemala y las cosas parecen enderezarse: Marroquín –también de vuelta– le encarga que aproveche su viaje a España para traer una buena expedición de religiosos; Alvarado, también de vuelta de su expedición al Perú y de su nuevo viaje a Castilla, le ofrece el pasaje en uno de los barcos que le ha traído de la península. Y con este apoyo doble, organiza fray Bartolomé un viaje que estará lleno de actividad, con resultados generalmente favorables. No olvida lo peruano, pero su fervor no le obliga a aceptar años después la mitra del Cuzco, en tanto que da su consentimiento al obispado de Chiapas, frontero de las provincias de Guatemala, que considera su campo de actividad pastoral.
Años adelante, pasada la crisis de las Leyes Nuevas que la voz popular le atribuía, aunque él las creía muy inferiores a sus ideales de reivindicación indígena; establecido ya tranquilamente en el colegio de San Gregorio, en Valladolid, vuelve a influir en los destinos imperiales del Perú consiguiendo el rechazo de la perpetuidad de las encomiendas que los peruleros propugnaban.
No apareció por el Perú, pero su nombre aparecía ligado con las Leyes Nuevas, cuya aplicación por parte del virrey Blasco Núñez Vela haría rebrotar con nueva fuerza las guerras civiles… Pero estos sucesos quedan fuera de la Tercera Parte de la Crónica del Perú, que concluye en las primeras escaramuzas entre Pizarro y Almagro, sin relación con las Leyes Nuevas y el posible influjo lascasiano.
Sólo una mención he encontrado de Las Casas en la extensa obra cieciana cuando lo presenta como autor de las Leyes Nuevas; pasaje en que Cieza muestra su disconformidad con las generalizaciones lascasianas: pues no todos –escribe en el capítulo 99 de la guerra de Chupas– los que tenían asiento en Indias eran tan malos que se deleitaban en cometer pecados tan grandes, antes había muchos que les pesaba e reprendían ásperamente aquellas cosas… Y en el mismo pasaje de Chupas expresa su aprobación al sistema de las encomiendas, que en las Leyes Nuevas se declaraban a extinguir.. Porque ellos (los encomenderos) han pasado grandes trabajos, hambres e miserias que no se pueden brevemente contar; e muchos dellos habían perdido las vidas en descubrimientos e conquistas de Indias, e dejaban sus mujeres e hijos; y sentían estos tales que los de sus padres se pusiesen en cabeza del rey, e les fuese quitada la encomienda que dellos tenían, habiéndoles hecho merced de ciertas vidas…
Sin embargo, en la Tercera Parte de la Crónica algunas moralizaciones de Cieza suenan a lascasianas; en una de ellas alude –sin nombrarlo– a fray Bartolomé y sus doctrinas sobre la propiedad de los indígenas, y sobre la obligación de restituirles lo mal habido. Y es clara alusión a las controversias surgidas en torno a las publicaciones de fray Bartolomé aquella frase: Muchas veces he oído discutir (dice en el cap. LII) y tratar a grandes teólogos sobre si lo que el rey o los españoles llevaron fue bien habido y no para hacer conciencia: no es materia para mí tratar dello, los que lo hubieron, que lo pregunten, e lo sepan; que yo si me cupiera parte, lo mismo hiciera… En sus relaciones literarias, fray Bartolomé aprovechó generosamente lo ya publicado de Cieza, en su Apologética Historia Sumaria; en ella, al tratar de los indios del Perú, sigue Casas a su original Cieza –sin tomarse naturalmente el trabajo de citarlo–, aunque su transcripción no es textual y queda disimulada y distribuida entre los capítulos 46-48, 125, 126 y 133, 182, 247 y 277. La relación del descubrimiento peruano sigue en las Casas una supuesta relación de fray Marcos de Niza y la descripción del sistema incaico sigue un original diferente de Cieza que no he identificado.
Sin embargo, Cieza menciona a fray Bartolomé repetidas veces en su testamento, encargando a su buen juicio la decisión sobre los papeles que a su muerte queden inéditos. ¿Cuándo y por qué se produjo este aumento de confianza…? Pudo ser a lo largo de sus gestiones para poner en marcha la impresión de su Primera Parte, fecha que corresponde a la primera aparición de los folletos lascasianos. Fray Bartolomé debió parecer a nuestro Pedro hombre lleno de recursos que sabía manejarse muy bien en las marañas legales que dificultaban la impresión de obras que tuvieran relación con las indias. Un fray Bartolomé que ponía en circulación obra tan comprometida como la célebre Brevísima Relación era muy capaz de superar todas las dificultades que impidieran tanto las reediciones en España de la Primera Parte de la Crónica –ya que en el extranjero marchaban muy bien– como los demás cuadernos que, a la hora de su muerte, quedaban manuscritos.
En su testamento, Cieza distingue entre la segunda y tercera parte de la Crónica del Perú, y las Guerras civiles. Para las primeras, cree Cieza que pueden darse sin más a la imprenta, sugiriendo, en caso de no encontrar editor que se responsabilice de ello, que se envíen al obispo de Chiapa a la Corte, y se lo den con el dicho cargo de que lo imprima.
En el estudio bio-bibliográfico de Cieza que aparece en el tomo III de la edición monumental, se aclara la complicada trayectoria que siguieron los papeles de Cieza, que, en el caso de la Tercera Parte, tuvo su final feliz en la biblioteca de la reina de Suecia; para llegar finalmente a la biblioteca apostólica vaticana, donde la encontró y editó Francesca Cantú (1979) y la hemos estudiado y editado nosotros (1984-1985).

Vista de conjunto de la Crónica del Perú

Hay una clara diferencia entre la Primera Parte de la Crónica del Perú y las dos restantes: la Primera –única cuya impresión pudo supervisar Cieza– tiene un aire mucho más definitivo que las otras. La Segunda comienza por tres capítulos que alguien consideró fuera de lugar, y suprimió, aunque salieron completos de manos de nuestro autor, ya que Sarmiento de Gamboa parece transcribir párrafos completos hoy desaparecidos; en la Tercera Parte el fenómeno es inverso, faltan capítulos en la cola, que en nuestra edición crítica he tenido que completar con los homólogos de las Décadas herrerianas. El siguiente tratado de Cieza, que se centra en torno a la batalla de Salinas, comienza y concluye con más solemnidad que cualquiera de los anteriores, iniciando así en las guerras civiles un bloque más coherente que la Crónica del Perú.
La Crónica era –en la idea de Cieza– la introducción a lo que él consideraba de mucha mayor importancia y trascendencia: las guerras civiles, porque ciertamente –dice– además de ser muy largas pasaron grandes acaecimientos, y que no ha habido en el mundo gentes de una nación que tan cruelmente las siguiesen, olvidados de la muerte, e no dándose nada por perder la vida por vengar unos de otros sus pasiones… Como tercera razón de la importancia de estas guerras está –en opinión de Cieza– el número de los muertos españoles, considerado en relación con la lejanía del teatro de las operaciones bélicas: ya que tanta admiración causa decir acá que hay juntos quinientos españoles, como en Italia cuando dicen que hay veinte mil… Grandeza relativa, pero grandeza que, aunque trágica, constituye en estas guerras un tema de interés humano indiscutible. Según eso, y en contraste con un enfoque actual, son las guerras, con sus multitudes encarnizadas y con el número de los muertos en ellas, el tema central y de primario interés, al que se subordinan los libros de la Crónica que preparan el escenario y lo sitúan en la historia universal y en la geografía americana.
Si los tres libros de la Crónica preparan el escenario para el cruento final de las guerras civiles, los dos primeros lo preparan para el acto previo a la gran tragedia que es la ruptura entre los dos otros amigos y socios en descubrimientos y conquistas, don Francisco Pizarro y don Diego de Almagro; cuya ruptura se hace clara y definitiva en el último desarrollo que forma la trama del libro tercero.
En la mente de Cieza, este desarrollo tan trágico e inexplicable recibe la correspondiente iluminación desde el que llamaríamos piso superior de la providencia, en esquema épico de puro corte clásico.
A lo largo de la acción no aparecen, como en la Iliada, los dioses que están del lado de Francisco Pizarro, el indiscutible héroe a los ojos de Cieza, pero sí asoman de modo insistente las fuerzas del mal, que Cieza identifica como los demonios empeñados en hacer fracasar aquella conquista que debería haber sido evangélica y pacífica; como en realidad parecía presentarse en los primeros contactos en las costas septentrionales peruanas entre los indígenas y los españoles, que venían envueltos en mitos ancestrales que aquí eran Viracocha, como en México habían sido Quetzalcoatl.
En ese planteamiento, Cieza encuentra algo que perturba su mirada, que hubiera querido ser de un contraste total: sus héroes –los cristianos– hubieran debido ser perfectos en su línea de caballeros; en tanto que todos los malos deberían haberse amontonado en el campo contrario como huestes del demonio. Cieza no puede ignorar que la realidad parece cambiar los campos y hace malos a los buenos; y Cieza lo acepta y no deja de comentarlo con un énfasis que procede no de lo que llamaríamos lascasismo, sino de una especie de decepción que le acongoja; de ahí la insistencia en anotar los excesos de sus colegas los conquistadores y la frecuencia con que alaba las virtudes humanas y sociales de los incas.

Carmelo Sáenz de Santa María
Acad. corresp. de la Historia

Capítulo Primero

Del descubrimiento del Perú

No dejé, cuando la pluma tomé para contar a los hombres, que hoy son y serán, la conquista y descubrimiento que los nuestros españoles hicieron en el Perú cuando lo ganaron, de considerar que se trataba de la más alta materia de que en el universo se pudiera escribir (de cosas profanas quiero decir) porque, dónde vieron hombres lo que hoy ven: que entre flotas cargadas de metal de oro y plata como si fuera hierro, ni dónde se vio ni leyó que tanta riqueza saliese de un reino, tanta y tan grande, que no solamente está España llena de estos tesoros y sus ciudades pobladas con muchos “peruleros” ricos que de acá han ido, mas han encarecido el reino con el mucho dinero, que han llevado tanto cuanto saben los que lo consideraren; y no solamente España recibió esta carestía, mas toda Europa se mudó del ser primero, y las mercaderías y todos tratos tienen otros precios que no tuvieron; tanto ha subido en España, que si va como ha ido, no sé adónde subirán los precios de las cosas, ni cómo los hombres podrán vivir. Y quise escribir de tierra para pasar la vida humana tan gruesa, tan harta, tan abundante, que en todo lugar que no hay nieve ni monte, no se puede mejorar, como algo de ello apunté en la primera parte, hubiese Dios permitido que tantos años y por tan largos tiempos estuviere cosa tan grande oculta al mundo y no conocida de los hombres de él y hallada, descubierta y ganada, en tiempo del emperador don Carlos, que tanta necesidad de su ayuda ha tenido por las guerras que se le han ofrecido en Germania contra los luteranos y en otras jornadas importantísimas; porque cierto tengo para mí todo este orbe de indias que tan grande es, ha sido descubierto en tiempos mucha riqueza; mas si se quisiesen tomar por los oficiales reales trabajo de ver por los quintos lo que sumaba; montaría sólo el tesoro que del Perú ha ido más que todo esotro junto y no poco más, sino mucho. En España ochocientos y veintidós años antes del nacimiento de Cristo que se encendieron los montes Pirineos, que los fenicios y los de Marsella llevaron muchas naves cargadas de plata y oro; y en el Andalucía, después de esto hubo mucho metal de plata; y así sabemos que en Churab…, en tiempo de / … / hubo tanta plata que no se tenía en cuenta; y cuando Salomón enriqueció el templo con vasos y riquezas, fue mucho lo que en ello se gastaba; y sin todo esto sabemos que en el levante hay tierras ricas de oro y plata, mas ninguna cosa de éstas se puede igualar ni comparar con lo del Perú; porque contado lo que se hubo en Caxamalca cuando el rescate de Atabalipa y lo que después se repartió en jauja y en el Cuzco, y lo que más se hubo en el reino es tan gran suma que yo, aunque pudiera, no lo oso afirmar; pero si con ello quisiera edificar otro templo se hiciera que fuera de más riqueza que el del Cuzco ni ninguno de cuantos en el mundo han sido. Y todo esto es nada lo que esto del Perú se ha sacado, para lo mucho que en la tierra está perdido enterrado en sepulturas de reyes y de caciques y en los templos. Así lo conocían los mismos indios y lo confiesan. Pues después de todo esto que sacaron de Guailas, de Porco, de Caruaya, de Chile, de los Cañares, ¿quién contará el oro que de estos lugares entró en España? Y si para esto ponemos tanta dificultad, ¿qué diremos del cerro de Potosí, de quien tengo para mí ha salido desde que dél sacan plata, con lo que los indios han llevado sin que se sepa, más de veinte y cinco millones de pesos de oro, todo en plata, y sacarán de este metal para siempre, mientras hubiere hombres, como lo quieran buscar? Y sin esto comienzo la escritura dedicada por contar el fin de la guerra de los dos hermanos Guascar y Atabalipa y cómo trece cristianos lo descubrieron casi milagrosamente, y después fueron para lo ganar (por la guerra que hallaron trabada) no más de ciento y sesenta, y cómo después se fueron encadenando las cosas de unas en otras, que en el Perú hubo tantas disensiones, tantas guerras entre los nuestros, y tratadas tan ásperamente y unos con otros con tanta crueldad que se olvida Sila y Mario y los otros tiranos; y los casos que pasaron en este discurso contados, si no hubiese testigos muchos, no sería creído; tanto, que estando en el Perú no hay para qué hablar de Italia, ni Lombardía, ni otra tierra, aunque sea muy belicosa; pues lo que ha hecho tan poca gente no se puede comparar, sino con ella misma. Con estas mudanzas murieron, y muchos que estaban olvidados llegaron a ser capitanes, y en riqueza tanto que algunos tenían más renta uno solo, que el mayor señor de España, fuera de el rey.

Capítulo II

De cómo el gobernador Pedrarias nombró por capitán de la mar del Sur a Francisco Pizarro y cómo salió de Panamá al descubrimiento

Después de Alonso de Ojeda y Nicusa, vino por gobernador Pedrarias Dávila y estuvo algunos tiempos en la ciudad del Darien, y como se poblase Panamá y el reino de Tierrafirme, siendo primero descubierta la mar del Sur por el adelantado Vasco Núñez de Balboa y por el piloto Pero Miguel, hijo de Juan de la Cosa, según algunos dicen; tratábase sobre descubrir tierras en la dicha mar del Sur. Y como el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que fue oficial real en el Darien, tenga tan elegante y bien escrito lo de aquellos tiempos, pues se halló presente y lo vio lo más de ello, aunque yo alcancé a tener alguna noticia y pudiera tratar algo de ello, pasaré a lo mucho que tengo que hacer, remitiendo al lector a lo que Oviedo sobre ello escribe donde lo verá bien largo y copioso. Y con tanto digo, que en tiempo que el Darien estuvo poblado, hubo de los españoles que allí se hallaron dos llamados: el uno Francisco Pizarro, que primero fue capitán de Alonso de Ojeda, y Diego de Almagro; y eran personas con quien tuvieron los gobernadores cuenta porque fueron para mucho trabajo y con constancia perseveraron en él. Quedaron por vecinos en la ciudad de Panamá en el repartimiento que hizo de indios el gobernador Pedrarias; estos dos tenían compañía en sus indios y haciendas; y sucedió que Pedrarias envió a la isla Española al capitán Zaera, para que procurase de traer alguna gente y caballos para ir a poblar la provincia de Nicaragua antes que Gil González Dávila lo pudiera hacer, porque supo que lo andaba descubriendo para poblar. Informóme Nicolás de Ribera, vecino de la ciudad de los Reyes, que es de los de aquel tiempo y uno de los trece que descubrieron el Perú, que supo que llegado Zaera a la ciudad de Santo Domingo, contrató con un Juan Basurto para que viniese a Panamá, donde Pedrarias le haría su capitán general para que pudiese ir a la provincia de Nicaragua a poblar y descubrir; y codicioso Basurto de hacer aquella jornada, vino a Tierra Firme; él y Zaera trayendo alguna gente y caballos; y que en el ínter de esto, el gobernador Pedrarias había dado comisión para hacer la jornada dicha al capitán Francisco Hernández; de que Juan Basurto mostró sentimiento, y así lo entendió Pedrarias, y porque no tuviese su venida por perdida, platicó con él, para que, pues ya no podía ir a lo de Nicaragua, por estar Francisco Hernández proveído en el cargo, que fuese a descubrir con algunos navíos por la mar del Sur de que se tenía grandes esperanzas de hallar tierra rica. Dicen que Juan Basurto aceptó el cargo que le daba Pedrarias, y que para hacer la jornada más a su gusto, determinó de volver a Santo Domingo para traer más gente y caballos, porque en aquellos tiempos estaba desproveído el reino de Tierra Firme, y con mucha diligencia se partió para embarcarse en el Nombre de Dios, donde la muerte atajó su pensamiento y le llamó para que fuera a dar cuenta de la jornada de su vida. En Panamá, luego se supo de la muerte de este Basurto y cómo iba a hacer lo que se ha escrito; y estando en la misma ciudad por vecinos, y siendo en ella compañeros Francisco Pizarro y Diego de Almagro, que también lo era con ellos Hernando de Luque, clérigo, trataron, medio de burla, sobre aquella jornada y cuánto había deseado el adelantado Vasco Núñez de Balboa hacerla y descubrir a la parte del sur lo que hubiese. Pizarro dio muestra a sus compañeros tener deseo de aventurar su persona y hacienda en hacer aquella jornada, de que a Almagro plugo mucho, pareciéndole que sin aventurar, nunca los hombres alcanzan lo que quieren; y determinaron de pedir la jornada para el dicho Francisco Pizarro; y así afirman los que esto saben y de ellos son vivos, que fueron a Pedrarias y le pidieron la demanda de aquel descubrimiento; y después de haber tenido sobre ello grandes pláticas, Pedrarias se lo concedió con tanto que se hiciese con él compañía para que tuviese parte en el provecho que se hubiese, y siendo de ello contentos los compañeros, se hizo por todos cuatro la compañía, para que, sacando los gastos que se hiciesen, todo el oro y plata y otros despojos se partiesen entre ellos por iguales partes, sin que uno llevase más que otro; y dio Pedrarias a Francisco Pizarro provisión de su capitán, para que en nombre del emperador hiciese el descubrimiento que de su uso es dicho. Y divulgóse por Panamá de que no poco se reían los más de los vecinos teniéndolos por locos, porque querían gastar sus dineros para ir a descubrir manglares y ceborucos. Mas no por estos dichos dejaron de buscar dineros para proveimientos de la jornada, y mercaron un navío (que estaba en el puerto, que dicen que era uno de los que hizo Vasco Núñez) a un Pedro Gregorio, y llevaron por piloto, a lo que yo supe, que había por nombre Hernán Peñate. Diéronse prisa a aderezar el navío con velas y jarcia, y de lo que más que había menester para el viaje, y procuraron allegar alguna gente de la que había en la tierra y juntaron ochenta españoles, poco más o menos, de los cuales iba por alférez Saucedo y por tesorero Nicolás de Ribera, y por veedor Juan Carvallo; y habiendo puesto a punto lo que convenía meter en el navío, fueron llevados a él cuatro caballos, no más, que se pudieron haber; y la gente se embarcó, y Francisco Pizarro, despidiéndose de Pedrarias y de sus compañeros, hizo lo mismo.

Capítulo III

De cómo salió el capitán Francisco Pizarro al descubrimiento de la mar del Sur y por qué se llamó el Perú aquel reino

Habiéndose embarcado Francisco Pizarro con los cristianos españoles que con él fueron, salió del puerto de la ciudad de Panamá mediando el mes de noviembre del año del Señor de mil y quinientos y veinte y tres, quedando en la ciudad Diego de Almagro para procurar gente, y lo más para la conquista necesario para enviar socorro a su compañero. Como Pizarro salió en su navío de Panamá, anduvieron hasta llegar a las islas de las Perlas, donde tomaron puerto y se proveyeron de agua y leña y de hierba para los caballos, de donde anduvieron hasta el puerto que llaman de Piñas, por las muchas que junto a él se crían, y saltaron los españoles todos en tierra con su capitán, que no quedó en la nave más que los marineros; determinaron de entrar la tierra adentro en busca de mantenimiento para fornecer el navío, creyendo que lo hallaría en la tierra de un cacique a quien llaman Beruquete o Peruquete; y anduvieron por un río arriba tres días con mucho trabajo, por que caminaban por montañas espantosas, que era la tierra por donde el río corría tan espesa que con trabajo podían andar; y llegando al pie de una muy grande sierra la subieron, yendo ya muy descaecidos del trabajo pasado y de lo poco que tenían de comer y para dormir en el suelo mojado entre los montes, llevando con todo esto sus espadas, y rodelas en os hombros con las mochilas y tan fatigados llegaron, que de puro cansancio y quebrantamiento murió un cristiano llamado Morales; los indios que moraban entre aquellas montañas entendieron la venida de los españoles, y por la nueva que ya tenían de que eran muy crueles, no quisieron aguardarlos antes desamparando sus casas hechas de madera y paja o hojas de palma, se metieron entre la espesura de la montaña donde estaban seguros. Los españoles habían llegado a unas pequeñas casas que decían ser del cacique Peruquete, donde no hallaron otra cosa que algún maíz y de las raíces que ellos comen. Dicen los antiguos españoles que el reino del Perú se llamó así por este pueblo, o señorete llamado Peruquete, y no por el río, porque no lo hay que tengan tal nombre. Los cristianos, como no pudieron ver indio ninguno ni hallaron bastimentos, ni nada de lo que pensaron, estaban muy tristes y espantados de ver tan mala tierra. Parecíales que el infierno no podía ser peor; mas encomendándose a Dios con mucha paciencia, el capitán y ellos dieron la vuelta por donde habían venido adonde dejaron el navío, y llegaron a la mar bien cansados y llenos de Iodos, y los más, descalzos con los pies llagados de la aspereza del monte y de las piedras del río. Luego se embarcaron y como mejor pudieron navegaron al poniente, prosiguiendo su descubrimiento, y al cabo de algunos días tomaron tierra en un puerto, que después llamaron “de la hambre”, donde se proveyeron de agua y leña.
De este puerto salieron y navegaron diez días, y faltábales el mantenimiento, que no daban a cada persona más que dos mazorcas o espigas de maíz para que comiese en todo el día; y también tenían poca agua, porque no llevaban muchas vasijas; y carne no comían, porque ya no la tenían ni ningún otro refrigerio. Iban todos muy tristes y algunos se maldecían por haber salido de Panamá, donde ya no les faltaba de comer. Pizarro muchos trabajos había pasado en su vida y hambres caninas, y esforzaba a sus compañeros, diciéndoles que confiasen en Dios, que él les depararía mantenimiento y buena tierra, y por consejo de todos se volvieron atrás al puerto que habían dejado, que llamaron de la hambre, por la mucha con que en él entraron. Y los españoles con el trabajo pasado estaban muy flacos y amarillos, tanto que era gran lástima para ellos verse los unos a los otros; y la tierra que tenían delante era infernal, porque aun las aves y las bestias huyen de habitar en ella. No se veían sino breñales de espesura y manglares y agua del cielo, y la que siempre había en la tierra. Y el sol con la espesura de los nublados tan ofuscado, que su claridad se pasaban algunos días que no veían sino la muerte; porque para volver a Panamá si lo quisiesen hacer, no tenían mantenimientos si no mataban los caballos. Y como hubiera entre ellos hombres de consejo y que deseaban ver el cabo de la jornada, se determinó que fuesen en el navío a las islas de las Perlas algunos de ellos a buscar mantenimiento; y esto platicado, se puso por efecto, puesto que ni los que habían de ir tenían comida que llevar, ni menos les quedaba a los demás.

Capítulo IV

De cómo volvió Montenegro en la nave con algunos españoles a las islas de las Perlas a buscar mantenimiento, sin llevar de comer, sino fue un cuero de vaca seco y algunos palmitos amargos; y del trabajo y hambre que pasó Pizarro y los que con él quedaron

Determinado por el capitán y sus compañeros que el navío volviese a las Perlas por algún bastimento, pues tanta necesidad de ello tenían, no sabían con qué podrían los que habían de ir, sustentarse en el camino, porque no había maíz ni cosa otra que pudiesen comer, y buscarlo por la tierra no tenía remedio; porque los indios estaban poblados en las montañas entre ríos furiosos y ciénagas; y después de lo haber tanteado y mirado, no hallaron otro remedio para todos no perecer, sino que el navío fuese y llevase para comer, los que en él habían de ir, un cuero de vaca que había en la misma nao bien seco y duro y señalaron entre todos a Montenegro para que fuese a hacer lo susodicho; y sin el cuero cortaron junto a la costa algunos palmitos amargos.
Algunos de ellos comí yo en la montaña de Caramanta, cuando íbamos descubriendo con el licenciado Juan de Vadillo. Montenegro prometió que, dándole Dios buen viaje, procuraría con brevedad volver a remediar la necesidad que les quedaba. Y el cuero hacían pedazos, teniendo en agua todo un día y una noche, lo cocían y comían con los palmitos; y encomendándose a Dios enderezaron su viaje a las islas de las Perlas. Como la nao se fue, el capitán y sus compañeros buscaban por entre aquellos manglares, deseando dar en algún poblado; mas los fatigados hombres no hallaban sino árboles de mil naturas y muchas espinas y abrojos, y mosquitos y otras cosas que todas daban pena y con ninguna tenían contento, como la hambre les fatigase cortaban de aquellos palmitos amargos, y entre la montaña hallaban, unos bejucos en donde sacaban una fruta como bellota que tenían el olor como el ajo, y con la hambre comían de ellas; y por la costa algunos días tomaban pescado; y con trabajo sustentaban sus vidas, deseando más que el vivir volver a ver el navío en que fue Montenegro, con refresco. Mas como la necesidad fuese tanta y los trabajos grandes y la tierra tan enferma y sombría y que lo más del tiempo llueve, paráronse tan malos, que murieron más de veinte españoles sin los cuales se hincharon otros, y todos estaban tan flacos que era muy gran lástima verlos. Pizarro tuvo ánimo digno de tal varón, como él fue, en no desmayar con lo que veía, antes él mismo buscaba algunos peces, trabajando por los esforzar, poniéndoles esfuerzo para que no desmayasen, diciéndoles que presto verían venir el navío en que fue Montenegro. Y habían hecho algunas chozas que acá llamamos ranchos, en que estaban para se guarecer del agua; y estando de esta manera, dicen que se pareció una vista de allí, que sería término de ocho leguas, una playa, y que un cristiano llamado Lobato dijo al capitán que le parecía debían ir algunos de ellos allá, y por ventura hallarían alguna cosa que comer, pues de su estada allí no se esperaba otra cosa que la muerte; y teniendo por bueno el dicho de este Lobato, el capitán, con los que más aliviados estaban, se partieron para ella con sus espadas y rodelas, quedándose los demás españoles en el real que allí tenían hecho; y como se partieron para la playa, anduvieron hasta llegar a ella, donde fue Dios servido que hallaron gran cantidad de cocos y vieron ciertos indios, y por tomar algunos, se dieron prisa a andar los españoles; mas como los indios los sintieron pusiéronse en huida. Y afirmóme Nicolás de Ribera que vieron que uno de aquellos indios se echó al agua y que nadó cosa espantosa, porque fue más de seis leguas sin parar; lo vieron ir nadando hasta que la noche vino y lo perdieron de vista. Los indios que más huyeron se metieron por unas ciénagas; los españoles tomaron dos de ellos; los demás fueron a salir a un crecido río donde tenían sus canoas, y como los que escapan de ballesta así ellos se fueron alegres por no haber sido presos por los españoles, de quienes se espantaban poder sufrir tanto trabajo, y diz que decían que por qué no rozaban y sembraban y comían de ello sin querer buscar lo que ellos tenían para tomárselo por fuerza. Estas cosas, que estos indios dicen y otras, sábese de ellos mismos cuando eran tomados por los españoles, porque quiero en todo dar razón al lector. Estos indios traían arcos y flechas con yerba tan mala, que hiriendo a un indio de los mismos con una flecha, murió dentro de tres o cuatro horas. En este alcance, hallaron los españoles cantidad de una fanega de maíz, lo cual fue repartido entre ellos.

Capítulo V

De cómo Montenegro llegó a las islas de las Perlas y de cómo volvió con el socorro
Montenegro, con los que iban en el navío navegaron hasta que llegaron a las islas de las Perlas, bien fatigados de la hambre que habían padecido, y como allí llegaron, comieron y holgaron, teniendo cuidado de volver brevemente a remediar los que quedaron con el capitán Francisco Pizarro; y luego metieron en el navío mucho maíz y carne y plátanos y otras frutas y raíces, y con todo ello dieron la vuelta a donde habían dejado los cristianos; y llegaron a tiempo que el capitán con algunos de ellos habían salido a lo que en el capítulo pasado se contó; y como vieron el navío fue tanto el placer y alegría que todos recibieron cuanto aquí se puede encarecer. Tenían en más el poco mantenimiento que en él venía que a todo el oro del mundo; y así, antes de ser llegado al puerto, los que estaban enfermos, como si estuvieran sanos se levantaron. El capitán Francisco Pizarro, después que hubo andado algunos días por aquella playa donde hallaron los cocos y por el monte a la redonda, viendo que no podían hallar poblado alguno y que la tierra adentro era infernal, llena de ciénagas y de ríos, determinó de volver con sus compañeros al real donde habían quedado los otros. Y en el camino encontraron con un español que, muy alegre, venía a les contar la buena venida del navío y traía en la mochila tres roscas de pan para el capitán y cuatro naranjas. Entendido lo que pasaba, no fue menos el placer que recibió el capitán y los que con él iban que el que habían recibido los otros, y dieron gracias a Dios, porque así se había acordado de ellos en tiempo de tanto trabajo. Pizarro repartió las roscas y las cuatro naranjas por todos, sin comer de ellas él, más que cualquiera de ellos, y tanto esfuerzo tomaron, como si hubieran comido cada uno un capón; y con él anduvieron a toda prisa hasta que llegaron al real, adonde todos se hablaron alegremente; y Montenegro dio cuenta al capitán de lo que le había pasado en el viaje, y comieron todos de lo que vino en la nave, hablando unos con otros de lo que por ellos había pasado hasta aquel tiempo. Dicen que faltaban veinte y siete españoles que habían muerto con la hambre pasada, los que quedaron y el capitán se embarcaron en el navío con determinación de correr la costa de largo al poniente, donde esperaba topar alguna tierra buena, fértil y rica; y como se hubieron embarcados navegaron y tomaron tierra en un puerto, que, por llegar el día de nuestra señora de la Candelaria, le pusieron por nombre puerto de la Candelaria; y vieron cómo atravesaban caminos por algunas partes, mas la tierra era peor que la que dejaban atrás de manglares; y montaña tan espantosa que parece llegar a las nubes, y tan espesa que no se veía sino raíces y árboles, porque el monte de acá es de otra manera que los de España. Sin esto, caían tantos y tan grandes aguaceros, que aun andar no podían. La ropa, con ser camisetas de anjeo las más que traían, se les pudría y se les caían a pedazos los sombreros y bonetes. Hacía tan grandes relámpagos y truenos, como han visto los que por aquella costa han andado, y caían rayos. Con los nublados no veían el sol en muchos días, y aunque salía, la espesura del monte era tanta, que siempre andaban medio en tinieblas. Los mosquitos los fatigaban, porque, cierto, adonde hay muchos es gran tormento. A mí me ha muchas veces acaecido estar de noche lloviendo y tronando, y salirme de la tienda del valle, y subirme a los cerros y estar a toda el agua por huir de ellos. Son tan malos cuando son de los zancudos que muchos han muerto de achaque de ellos. Los naturales de aquellas montañas, en algunas partes hay muchos y en otras pocos, y como la tierra es tan grande, tienen bien donde se extender, porque no tienen pueblos juntos ni usan de la policía que otros, antes viven entre aquellos breñales o barrios con su mujer e hijos y en laderas cortan monte y siembran raíces y otras comidas. Todos entendían y sabían cómo andaba el navío por la costa, y cómo los españoles andaban saltando en los puertos, los que estaban cerca de la mar poníanse en cobro sin los osar aguardar.

Capítulo VI

De cómo el capitán con los españoles dieron en un pueblo de indios donde hallaron cierto oro, y cómo tomaron puerto en Pueblo Quemado; de donde enviaron el navío a Panamá y lo que más pasó

Como Francisco Pizarro y sus compañeros viesen como había caminos entre aquellas montañas, determinaron de seguir por uno de ellos para ver si daban en algún poblado para tomar algunos indios de quien pudieran tomar lengua de la tierra en que estaban; y así, tomando sus espadas y rodelas anduvieron dos leguas o poco más la tierra adentro, donde toparon un pueblo pequeño, mas no vieron indio ninguno, porque todos habían huido, mas hallaron mucho maíz y raíces y carne de puerco y toparon más de seiscientos pesos de oro fino en joyas; y en las ollas, que hallaron al fuego, de los indios, entre la carne que sacaban de ellas para comer, se vieron algunos pies y manos de hombres, por donde se creyó que los de aquella parte eran caribes, y también tenían arcos y flechas con yerba de la que hacen con ponzoña. Los españoles comieron de lo que hallaron en aquel lugar y determinaron de dar la vuelta a la mar para embarcarse, pues no habían podido tomar hombre ninguno de los naturales de aquella tierra. Entrados en el navío anduvieron costeando hasta que llegaron a un pueblo que llamaron Pueblo Quemado, de donde con acuerdo de todos, se determinaron de entrar la tierra adentro, para ver si daban en pueblo que pudiesen tomar algunos indios, porque por aquella parte había mucha gente y todos estaban avisados de cómo andaban en la tierra y tenían puestas sus mujeres y alhajas en cobro. Tomando los nuestros españoles por un camino de aquéllos anduvieron poco más de una legua y dieron en un pueblo yermo porque los indios como de suso he dicho le habían desamparado; y hallaron gran cantidad de maíz y muchos maizales, y otras raíces gustosas de las que ellos comen, y no pocas palmas de las de pijabaes, que es cosa muy buena; y estaba este pueblo en la cumbre de unas laderas o sierras asentado a su usanza, muy fuertemente, que parecía fortaleza. Como habían hallado tanto mantenimiento en aquel pueblo, parecióle, así al capitán como a todos los españoles, que sería cosa muy acertada recogerse allí todos en aquel pueblo, pues era tan fuerte y estaba tan bien proveído de comida, y enviar la nave a Panamá que trajese socorro de españoles y a que fuese adobado, pues estaba tan mal tratado que por muchos lugares hacía agua; y pareciéndoles bien acertado, el capitán mandó a Gil de Montenegro, que con los españoles más sueltos y ligeros fuese a buscar algunos indios por entre el monte en los estalajes que tuviesen hechos, que acá llamamos rancherías, para que fuesen en el navío a dar a la bomba, porque todo era menester según había pocos marineros y el navío hacía agua. Los naturales de la comarca habíanse juntado y tratado en ellos de la venida de los españoles, y cómo era grande afrenta suya andar huyendo de sus pueblos por miedo de ellos, pues eran tan pocos, y determinaron de se poner a cualquier afrenta, o peligro que les viniese, por los expeler de sus tierras, o matarlos, si no quisiesen dejarlas; tratando mal de ellos, que eran vagabundos, pues por no trabajar andaban de tierra en tierra; y más que esto decían, como después lo confesaron algunos que de ellos hubieron de venir a ser presos por los españoles; y como tuviesen esta determinación, tenían puestas escuchas y velas de ellos mismos a la redonda del pueblo, donde los españoles estaban, para saber si algunos de ellos salían de allí o lo que determinaban de hacer. Y como Gil de Montenegro con los españoles, que fueron señalados para ir con él a la entrada que se había de hacer para tomar indios, que yendo en la nave pudiesen dar a la bomba, saliesen del pueblo, luego por los indios que estaban a la mira fue aviso al lugar donde la junta estaba con la determinación dicha. Y aunque tuviesen este designio los naturales, en quien se hizo la liga para matar a los españoles o lanzarlos de sus tierras, todavía aunque no eran cabales sesenta, les temían extrañamente; y este temor caber en tantos y que estaban en su tierra y la sabían y conocían no sé a qué se puede echar sino a Dios todopoderoso que ha permitido que los españoles salgan en tan grandes y dudosas cosas en tiempos y coyunturas que a no cegar el entendimiento a los indios, a soplos o con puños de tierra bastaban a los debaratar; y creo que tampoco lo permitía por sus méritos, sino que fue servido de volver por su honra, y porque tenían su apellido; a muchos de los cuales, por no conocer tan gran beneficio castigó poderosamente con brazo de venganza, como hemos visto. Mas como los montañeses tuviesen sus armas las que ellos usan, y viesen divididos los cristianos, alegres por la división, pensaron de ir a dar en Montenegro y matar a los que con él venían, y luego ir a donde estaba el capitán y hacer lo mismo; pues si salían con lo primero, les sería lo demás fácil de hacer; y así salieron a los nuestros, llenos los rostros y cuerpos (porque ellos andan desnudos) de la mixtura que ellos se ponen, que llamamos bija, que es como almagre, y de otra que tiene color amarilla, y otros se untaban con bija, que es como trementina (y a mí me han hecho bizmas con ella). Parecían demonios y daban grandes alaridos a su uso, porque así pelean, arremetieron a los españoles, que aunque vieron tantos enemigos delante y que ellos eran tan pocos, no desmayaron, mas antes encomendándose a Dios y a su poderosa madre, echaron mano a sus espadas, e hirieron a los indios que podían alcanzar; diciéndoles Montenegro, su caudillo, que los tuviesen en poco. Los indios procuraban de los matar; tiraban de sus dardos contra ellos, no usaban allegarse mucho por miedo de las espadas. Un cristiano a quien llamaban Pedro Vizcaíno, después de haber muerto algunos indios y herido, le dieron tales heridas, que murió de ellas; y de un apretón que dieron mataron otros dos españoles y hirieron a otros. Los que quedaban se defendieron tan bien, que, espantados los indios que hombres humanos para tanto fuesen, mirando que por tres que ellos habían muerto les faltaban tantos de los suyos, tornaron entre ellos a tratar de dejar aquéllos y dar sobre los que habían quedado; porque a razón por quedar enfermos no habían ido con aquellos que tanto daño les habían hecho; sin lo cual eran los menos a los que querían ir, que no los que dejaban.

Capítulo VII

De cómo los indios dieron con los españoles, y del aprieto en que se vio el capitán, y cómo los indios huyeron

Habiendo los indios determinado de revolver sobre el capitán y los otros cristianos que con él quedaron, lo pusieron por obra y con grande estruendo y alaridos llegaron al lugar donde los cristianos estaban muy descuidados de pensar que los indios habían de venir a dar en ellos, mas, viendo los tiros de dardo y flechas que les tiraban, con sus rodelas y espadas, salieron para ellos yendo su capitán delante animándolos y poniéndoles esfuerzo para que tuviesen en poco a los muchos enemigos que sobre ellos tenían; y encomendándose a Dios nuestro señor, y llamando en su ayuda al apóstol Santiago, resistieron a los indios con gran esfuerzo. Y el capitán estaba muy temeroso no hubiesen los indios muerto a los cristianos que habían ido a entrar; los cuales, como los indios los dejaron, como mejor pudieron dieron la vuelta al real para se juntar con los demás sus compañeros. Los indios ahincábanse mucho por salir con su propósito matando a los cristianos; los cristianos, viendo lo que en ello les iba peleaban valientemente, y de los muchos golpes que recibieron de los indios fueron muertos dos españoles y heridos veinte, algunos mal. Y fue Dios servido que los españoles que habían ido con Montenegro llegasen, que a tardarse algo más sin duda los unos y los otros corrieran riesgo; mas como se juntaron cobraron ánimo y defendíanse de los indios. El capitán fue de ánimo grande y con espada y rodela peleó siempre con esfuerzo, y este día lo tuvo harto: conocían los indios que quien más mal les hacía era él, y deseando de lo matar, cargaron muchos sobre él de tropel, y diéronle algunas heridas; y tanto le fatigaron que aunque tuvo siempre en la pelea una constancia, le hicieron ir rodando una ladera ayuso y abajaron algunos de ellos muy alegres pensando que le habían muerto, para le despojar y quitar las armas; mas él llevó tan buen tino y tal aviso, que llegando a lo que era más llano, se puso en pie con su espada alta con determinación de vengar él mismo su muerte antes que los indios se la diesen; y a los primeros que llegaron hirió, matando a uno o dos de ellos. En esto los españoles habían visto lo que había sucedido a su capitán, y muy enojados de los indios les dieron tal mano, que les hicieron volver las espaldas dando aullidos y gemidos, espantados de ver cómo los españoles tenían virtud tan grande en el pelear con silencio, y juzgaron que en ellos había alguna deidad. Fueron algunos españoles a socorrer a Francisco Pizarro, el cual hallaron en el aprieto que he dicho, herido de algunas heridas y lo subieron arriba y curaron de él y de los demás que estaba heridos, para los cuales había el refrigerio que el lector puede sentir, y aun para curarlos si hubo algún aceite para quemarles las heridas sería gran cosa. Visto por el capitán lo que les había sucedido y cómo no habían podido enviar el navío a Panamá por socorro y a lo aderezar porque estaba desbaratado y hacía por muchos lugares agua, tomando parecer con sus compañeros, se determinó por todos salir de aquel lugar, pues estaban en peligro, porque había muchos indios y los más de ellos estaban heridos y todos muy flacos y que la tierra era mala y llena de trabajos, y acordaron de embarcarse todos en la nao y arribar a Chicama, donde enviarían a Panamá el navío; y como mejor pudieron se embarcaron y volvieron a Chicama. Y en el camino erraron a Diego de Almagro, que había salido de Panamá con socorro, como luego diré. De este lugar se determinó por Francisco Pizarro y sus compañeros que volviese el navío a Panamá a lo que se ha dicho y que fuese en el Nicolás de Ribera, tesorero, con el oro que habían habido a dar cuenta al gobernador como tenían buena noticia de delante; y fue hecho así, quedando todo el bastimento que había en la nao para que comiesen. Y pasaban de los trabajos dichos por ser tierra enferma y llena de montaña, tan continua en llover y tronar, como se ha dicho; frío no hace ninguno, mas la tierra es de gran humedad. Ribera, con los que iban en la nave, navegaron hasta que llegaron a las islas de las Perlas, donde supieron cómo Almagro había ido en busca de ellos en una nao; y porque los cristianos que quedaron en Chicama se alegrasen con saber tal nueva despacharon una canoa con el aviso al capitán. Llegado a Panamá el navío, Nicolás de Ribera y los que iban con él, dieron cuenta a Pedrarias de lo que hasta allí les había sucedido, desde que entraron en la tierra del cacique Peruquete. En Panamá estaban con deseo de saber cómo les había ido en el descubrimiento a Pizarro y sus compañeros, y espantáronse cuando oían de lo que habían pasado en los manglares donde andaban. Pedrarias mostró pesarle de que tantos españoles se hubiesen muerto; culpaba a Pizarro, porque perseveraba en el descubrimiento y por inducimiento de algunos malévolos que siempre se huelgan de tratar mal de los que bien lo hacen, publicó Pedrarias que le quería enviar un “acompañado” ( para que, teniendo otro igual a él se hiciese el descubrimiento sin tantas muertes; por esto, y por otras causas, dicen que Pedrarias quería enviar, a Francisco Pizarro, “acompañado”. Mas viniendo a noticia del maestrescuela don Hernando de Luque, su compañero, habló con Pedrarias diciéndole que no era cosa honesta lo que pensaba en aquello, y que le pagaba mal a Francisco Pizarro lo mucho que había trabajado y gastado en servicio del rey, y otras muchas cosas le amonestó, suplicándole no proveyese novedad ninguna hasta ver el fin de la jornada. Y teniendo por justas las causas que le antepuso, para que no lo hiciese, el maestrescuela, no proveyó nada, y entendióse en adobar el navío. Así como lo he escrito me lo afirmó este Nicolás de Ribera, que hoy es vivo y está en esta tierra y tiene indios en la ciudad de los Reyes, donde es vecino. Y creed los que esto leyéredes, que en lo que escribo, antes me dejo mucho de lo que sé que más pasó, que no añadir tan sola una palabra de lo que no fue; y esto los varones buenos y honrados, sin lo saberlo alcanzaron y contentos en ver la humildad y llaneza de mi estilo, sin buscar filaterías, ni vocablos peregrinos, ni otras retóricas que contar la verdad con sinceridad; porque para mí tengo, que el buen escribir ha de ser como el razonar uno con otro y como se habla y no más. Y perdonadme si en esto me he alargado, porque para lo de adelante servirá sin más reiterar cosa de éstas. Y con tanto, volveré al propósito.

Capítulo VIII

De cómo Diego de Almagro salió de Panamá en busca de su compañero con gente y socorro, y de cómo le quebraron un ojo y cómo se juntó con él

El capitán Francisco Pizarro salió de Panamá con su gente, como se ha escrito. Diego de Almagro y el padre Luque entendieron en fornecer otro navío y allegar gente para que el mismo Almagro saliese a los buscar con aquel socorro; y como Almagro era diligente y de tanto cuidado, brevemente lo puso en orden; pidiendo licencia a Pedrarias salió de Panamá antes que hubiese llegado Ribera el tesorero ni se supiese cosa ninguna del suceso de Francisco Pizarro ni que había hecho Dios de él. Dicen unos que sacó Almagro de esta vez de Panamá sesenta y cuatro hombres, otros dicen que setenta; poco va en esto. Embarcáronse él y ellos en el puerto y navegaron la costa arriba en busca de los cristianos, los cuales estaban en Chicama, pasando su fortuna, curándose los heridos, y los sanos buscando lo que les faltaba, y murieron algunos de enfermedad. Y otros estaban hinchados, y los caimanes comieron de ellos por los ríos; cuando pasaban de una parte a otra, los mosquitos los fatigaban demasiadamente. Pues como Diego de Almagro saliese de Panamá enderezaron su derrota por la costa arriba al poniente para buscar los cristianos porque no sabían cosa cierta de donde pudiesen estar, y tomando la costa saltaron en el batel en los puertos que hallaban sin dejar ninguno. Y como no topasen con ellos, anduvieron hasta que llegaron al puerto del “pueblo quemado”, donde primero había estado Pizarro con sus compañeros. En los puertos que había visto, conocido estaba por las cortaduras de machete y por pedazos de alpargates y otras cosas, cómo habían estado en los más de ellos. En este “pueblo quemado” determinó Almagro, con cincuenta españoles, de subir al pueblo y ver lo que había. Los naturales de él habíanlo fortalecido con palenque fuertemente para defenderse de los cristianos, si otra vez volviesen a ellos y sabían bien dónde estaba Pizarro y de la venida de Almagro; y acaudillándose todos se juntaron con determinación de procurar la muerte a quien, por los robar y echar de sus casas y cautivalles sus mujeres y hijos se la venía a dar a ellos. Almagro, con los que le acompañaban, vieron la fuerza del pueblo y conocieron que había gente de guerra dentro, mas no por eso pensaron de se retirar, antes determinaron de dar en el pueblo y ganar a la fuerza; mas como llegaron cerca fue tan grande la grita y estruendo que los indios hicieron, y las voces que daban (que afirman algunos y lo cuentan por muy cierto) que ciertos españoles de los que iban, que los más eran naturales de cerca de Sayago, se espantaron y amedrentaron tanto de ver las fieras cataduras de los indios y la grita que daban que estuvieron por volver las espaldas de puro temor. Almagro, con los que le siguieron, arremetió para los indios que ya comenzaban de tirar dardos y tiraderas, amenazándoles de muerte porque así entraban en su tierra contra la voluntad de ellos sin les deber nada. Los españoles, teniendo en poco sus amenazas y grita, dieron en ellos con el silencio que suelen tener cuando pelean, y mataron y hirieron a muchos de ellos, y tanto les apretaron, que a su pesar les ganaron el palenque, habiendo primero un indio de aquéllos arrojado una vara contra Almagro y apuntó tan bien, que le acertó en un ojo y se lo quebró; y aun afirman que otros de los mismos indios venían contra él y que, si no fuera por un esclavo negro, lo mataran. No desmayó, aunque salió herido tan malamente, ni dejó de hacer el deber hasta que los indios de todo punto huyeron; y fue por los suyos metido en una casa y lo echaron en una cama de ramos que le pudieron hacer muy tristes por haber acaecido tal desgracia y con toda diligencia fue curado como mejor se pudo hacer; y estuvieron en aquella tierra hasta que sanó del ojo, aunque no quedó con la vista, que primero en él tenía; y como estuviese sano se embarcaron en el navío echando muchas maldiciones a la tierra que dejaban y a los hombres que en ella vivían, diciendo que más parecía tierras para andar demonios que para vivienda de gentes. Partieron de aquel lugar, prosiguieron por la costa arriba su camino y no podían topar los cristianos, y saltaban en los puertos para ver si hallaban rastros; y como no topasen nada, sospechaban que todos debían de ser muertos, pues ellos y el navío no parecían. Con esta congoja navegaron hasta que llegaron al paraje del río de San Juan, y hallaron de la una parte y de la otra del río algunos pueblos, y les pareció ser mejor tierra que toda la que habían visto. Los indios de la costa y de aquel río, como veían el navío, espantábanse; no podían presumir qué fuese y concibieron grande espanto; algunos también hubo que sabían lo que era y que no se holgaban de lo ver por la noticia que tenían. Pues como Almagro hubiese llegado hasta el río de San Juan sin haber topado a sus compañeros ni rastro de donde estaban ni que el navío parecía, determinó de no pasar más adelante, sino de dar la vuelta a Panamá, creyendo sin duda alguna que Francisco Pizarro con los que con él salieron eran todos muertos; y así lo pusieron por obra con mucha tristeza y arribaron hasta que llegaron a las Perlas; adonde como saltasen en tierra supieron cómo Ribera había vuelto a Panamá en el navío y cómo Pizarro con sus compañeros estaba en Chicama, donde habían quedado cuando el navío partió. Recibieron con esta nueva gran alegría y tornando a navegar fueron al puerto de Chicama, donde con mucho placer se recibieron los unos de los otros, contando los de tierra los trabajos grandes que habían pasado y los muchos que se habían muerto; los del navío, por el consiguiente, les decían lo mucho que había que andaban buscándolos y cómo habían llegado hasta el río de San Juan; Francisco Pizarro y sus compañeros mostraron que les pesaba mucho que hubiese perdido el ojo Almagro. Como se juntaron los dos compañeros Francisco Pizarro y Diego de Almagro, trataron de muchas cosas tocantes al descubrimiento. Comenzado y estuviesen adeudados, no les convenía salirse afuera sino echar el resto y con ello aventurar las vidas; y acordaron que Almagro volviese a Panamá adobar los navíos, y volver con más gente para proseguir el descubrimiento; y, así como lo acordaron lo pusieron por obra, sacando en tierra todo el bastimento que había en la nao.

Capítulo IX

De cómo Diego de Almagro volvió a Panamá, donde halló que Pedrarias hacía gente para Nicaragua, y lo que le sucedió así a él como al capitán Francisco Pizarro, su compañero

Como se acordase que Diego de Almagro volviese a lo que se ha contado a Panamá, Francisco Pizarro, con toda la gente, entendían en lo que solía: que era, andar por entre aquellos ríos y manglares, donde había poca gente, porque los indios sus pueblos tienen pasadas las sierras, de ellos al norte y los más al poniente, y si por entre aquellos ríos había algunos indios, como tenían noticia de los españoles estar en la tierra y fuese tan grande y montañosa, deviábanse de no caer en sus manos, metiéndose entre la espesura de los montes; mas todavía se tomaban algunos de aquellos hombres y mujeres de quien sabían lo que había por donde andaban, y como aquella costa es tan enferma y los trabajos fuesen grandes, cada día se les iban muriendo españoles y otros se hinchaban como odres. Tenían con los mosquitos su continuo tormento, y a algunos se les llagaban las piernas, y todos andaban mojados pasando ríos y ciénagas, y recibiendo en sí los grandes y pesados aguaceros. Con esta vida tan triste pasaban su tiempo, congojándose muchos porque tan livianamente se habían movido a pasar tanto trabajo y miseria. Pizarro siempre les puso ánimos con palabras de buen corazón y muy alegres, amonestándoles que sufriesen con paciencia aquellas cosas, porque nunca mucho bien y gran provecho se alcanza livianamente y con facilidad, diciéndoles más que, como Almagro volviese con el socorro, irían todos juntos por mar o tierra a descubrir. De esta manera pasaban sus vidas con esperanza de lo que pensaban hallar, y con la mala vida presente. Pues como Diego de Almagro se partió de Francisco Pizarro, volvió a Panamá, donde supo que Pedrarias, por ciertos movimientos que había hecho en la provincia de Nicaragua su capitán Francisco Hernández con gran saña que de él tenía, juntaba gente para ir a le castigar; y como desembarcó se fue luego a le hablar y a dar cuenta adonde quedaba Francisco Pizarro y de lo mucho que habían trabajado por entre aquellos ríos y manglares por donde andaban, aunque todo lo querían pasar en la esperanza que tenían de que presto habían de dar en tierra de mucha gente y riqueza, y que él volvía a llevar de nuevo socorro y gente. El gobernador dicen que oyó secamente lo que contaba Almagro y que se conoció tener voluntad para no dar lugar que más gente saliese de Panamá; y Almagro, que lo entendió, le tornó a hablar sobre el fin que había sido su venida, y como no le diese licencia para hacer gente, le hizo sobre ello algunos requerimientos y protestaciones; lo cual aprovechó, porque Pedrarias no estorbó lo que había dicho no querer, y Almagro y su compañero, el padre Luque, se dieron prisa a aderezar los navíos y hacer gente; llamando todos a la tierra el “Perú”, por lo que se ha dicho en lo de atrás; y dicen algunos de los de aquel tiempo, que de esta vez Pedrarias quería enviar “acompañado” a Francisco Pizarro y nombrar otro capitán para que, juntamente con él, hiciese el descubrimiento; y que como lo entendiese Almagro y el padre Luque procuran lo estorbar, y lo acabaron con que se le diese a Diego de Almagro poder de capitán y provisión y que entrambos lo fuesen suyos. Otros dicen que no quería Pedrarias dar tal capitán y que Almagro tuvo sus inteligencias viendo que se había de ir a Nicaragua, que hubo provisión de capitán. En esto no puedo afirmar cuál de ello ser lo cierto; sé que “por mandar, el padre niega al hijo y el hijo al padre”. De esta vuelta de Diego de Almagro a Panamá volvió con título de capitán adonde quedó su compañero llevando dos navíos y dos canoas con gente y lo demás perteneciente para la jornada; y el piloto Bartolomé Ruiz que mucho había servido, y sirvió, fue con él; y con esta gente y navíos y canoas volvió Almagro en busca de Pizarro, adonde, cuando se vieron, se cuenta por cierto que Pizarro sintió notablemente haber Almagro procurado la provisión de capitán, creyendo que de él había salido y no de Pedrarias; mas como no era tiempo de fingir enemistades, disimuló el enojo, aunque no lo olvidó; y fue leída públicamente la provisión dicha del capitán Diego de Almagro, que tan bien se había justificado con su compañero y podría tener razón; que porque a extraño no se diese tal cargo lo había tomado, pues si otra cosa fuera era grande afrenta de ellos mismos; y que él no quería salir de lo que por él fuera mandado y ordenado. Y como se viesen con mucha gente y algunos caballos, determinaron de salir a descubrir por mar, pues por la tierra, especialmente en lo que estaba, era tan trabajoso, así por la espesura de los manglares, como por los muchos ríos que había, llenos de lagartos tan fieros, y mosquitos, que tanto les atormentaban; y con este acuerdo todos a los navíos se fueron a embarcar.

Capítulo X

De cómo Pizarro y Almagro anduvieron hasta el río de San Juan, adonde se acordó que el piloto Bartolomé Ruiz fuese descubriendo la costa al poniente y Almagro volviese por más gente

Habiéndose ido a embarcar a los navíos los cristianos españoles con sus capitanes, para salir a descubrir la costa adelante, alzaron las áncoras y tendidas las velas partieron de allí y anduvieron hasta que llegaron a un río que llamaron de Cartagena, cercano al río de San Juan, y dicen que saltaron en tierra algunos españoles con sus rodelas y espadas en las canoas que llevaban, y que, dando de súbito en un pueblo de indios que estaba a la orilla del río de San Juan, tomaron cantidad de quince mil castellanos, poco más o menos, de oro bajo, y hallaron bastimentos, y prendiéronse algunos cautivos, con que dieron vuelta a las naves muy alegres y contentos en ver que comenzaban a dar en tierra rica de oro y con mantenimientos; mas todavía les daba pena en ver que la tierra era de una manera; llena de ríos y ciénagas con mosquitos, y que las montañas eran tan grandes y espantosas, que parecía que en algunas partes se escondían sus ramas entre las nubes, según eran altas; y determinaron de saltar en tierra y ver lo que había en ella y si hallaban más oro, que es la pretensión de los que de España venimos a estas Indias; habiéndose de anteponer a todo por dar a estas gentes noticia de nuestra sagrada religión. Con las canoas tomaron tierra los de los navíos, los indios daban a entender ser aquella comarca montañosa como veían, mas que bien adelante había otra tierra y otra gente. Quisieron andar para ver si podían, la tierra adentro, ver campaña, que era lo que deseaban, mas los ríos que hay son tantos, que no basta ni se puede andar si no es por agua, y así lo acostumbraban los naturales en canoas. Andan todos desnudos y moran en caneyes grandes de sesenta o setenta, más o menos, con sus mujeres y hijos, y éstos están desviados unos de otros. Alcanzan en muchas partes cantidad de oro fino y bajo. Escrito he más largo sobre esto en mi parte primera. Pues como viesen que no habría más remedio para descubrir la tierra adentro por los muchos ríos, como sobre ello hubiesen tenido su acuerdo, determinaron que los españoles con el capitán Francisco Pizarro quedasen allá, pues había maíz y raíces que comer y tenían las canoas para andar de una parte a otra, y que Diego de Almagro con aquel oro que se había hallado diese la vuelta a Panamá a recoger más gente, y el piloto Bartolomé Ruiz navegase la costa arriba todo lo que pudiese para ver qué tierra se descubría; y así se hizo, partiéndose Almagro a Panamá y Bartolomé Ruiz a descubrir la costa. Los que quedaron con Pizarro anclaban entre aquellos ríos bien mojados de agua, que continuo llueve, y de los ríos; no hallaban sino algunos caneyes de los dichos; maíz no les faltaba y había batatas y palmitos que era medio mal; pero los mosquitos no los dejaban, y, como siempre, había enfermos, moríanse algunos. El capitán pasó tanto en este descubrimiento, que por parecerme no bastara en lo encarecer, ni tener en mi escribir aquella audacia que requería temblándome la mano cuando aquí allegué considerándolo pasaré adelante, dejándolo para quien más que a mí compete; aunque no dejaré de decir que sólo españoles pudieron pasar lo que éstos pasaron. El piloto Bartolomé Ruiz, descubriendo por la costa, navegó hasta llegar a la isla del “Gallo”, la cual dicen que halló poblada y aun los indios a punto de guerra, por el aviso que fue de unos a otros de cómo andaban los españoles por sus tierras, de donde pasó y anduvo hasta que descubrió la bahía que llamaron de San Mateo, y vido en el río un pueblo grande lleno de gente que, espantados de ver la nao, la estaban mirando creyendo que era cosa caída del cielo sin poder atinar qué fuese. La nao prosiguió su viaje y descubrió hasta lo que llaman Coaque, y andando más adelante por la derrota del poniente, reconocieron en alta mar venir una vela latina de gran bulto, que creyeron ser carabela, cosa que tuvieron por muy extraña, y como no parase el navío se conoció ser balsa, y arribando sobre ella, la tomaron; y venían dentro cinco indios, dos muchachos y tres mujeres, los cuales quedaron presos en la nave; y preguntábanles por señas dónde eran y adelante qué tierra había; y con las mismas señas respondían ser naturales de Túmbez, como era la verdad. Mostraron lana hilada y por hilar, que era de las ovejas, las cuales señalaban del arte que son, y decían que había tantas que cubrían los campos. Nombraban muchas veces a Guaynacapa y al Cuzco, donde había mucho oro y plata. De estas cosas y de otras decían tantas, que los cristianos que iban en el navío los tenían por burla, porque siempre mienten en muchas cosas de éstas que cuentan los indios; mas éstos en todo decían verdad. Bartolomé Ruiz, el piloto, les hizo buen tratamiento, holgándose por llevar tal gente, de buena razón y que andaban vestidos, para que Pizarro tomase lengua. Y andando más adelante descubrió hasta punta de Pasaos, de donde determinó de dar la vuelta a donde el capitán había quedado; y llegando saltó en tierra con los indios. El capitán lo recibió bien, holgándose con las nuevas que traía de lo que había descubierto. Los indios estaban firmes en lo que había contado; fue alegría, para los españoles que con Pizarro estaban, verlos y oírlos.

Capítulo XI

Cómo saliendo en las canoas españolas por bastimentos, fueron muertos todos los españoles que iban en la una canoa con su capitán Varela por los indios

En el entretanto que Diego de Almagro había vuelto a Panamá por gente y socorro para proseguir el descubrimiento, habían determinado el capitán y sus compañeros de andar por entre aquellos ríos; y a la continua se morían españoles y otros adolecían; y al pasar de los ríos comieron a hartos de ellos lagartos. Los enfermos vivían muriendo; los que estaban sanos aborrecían la vida, deseaban la muerte por no verse como se veían. El capitán esforzábalos diciendo que venido Almagro, irían todos a la tierra que los indios que se prendieron en las balsas decían; no querían oírlo, ni creían a los indios cuando consideraban estas cosas; y como faltase mantenimiento, fue necesario salirlo a buscar, pues no tenían que comer. Y en las canoas fueron los que señalaron, nombrando entre ellos a uno por caudillo; los demás, con el capitán, se quedaron en la ranchería que tenían hecha. Los indios de aquellos ríos tenían por pesado el estar los españoles en su tierra; juntáronse muchas veces para tratar de los matar; no osaban a lo público dar en ellos porque los temían y habían miedo a las ballestas y espadas; mas pensaron de cuando saliesen en sus canoas, como salían, por los ríos de hacer algún gran hecho y matar a los que más pudiesen. Pues como saliesen las canoas, una de ellas, donde iban catorce cristianos españoles con su caudillo, que había por nombre Varela, se adelantó, por un caudaloso río, las otras, por donde subían a buscar mantenimiento, más de una legua; y era todo lleno de manglares y espesura, con grandes cenagales de la continua agua. Y en aquella tierra andan los ríos como los mares de la mar austral, que es diferente del océano, cada día menguaban y crecían; y como fuese bajamar menguó tanto el río, que la canoa quedó a seco. Los indios viéronlas venir y cómo se había, de las otras canoas, adelantado la que estaba en seco, y muy alegres, bien almagrados y enjaezados, abajaron más de treinta canoas pequeñas el río abajo para matar los que estaban en la grande. Los cristianos viéronlos venir, mas no tenían remedio para pelear ni para saltar en tierra, y encomendándose a Dios aguardaron a ver en qué paraba. Los indios, con la grita y alarido que suelen dar, se juntaron con ellos y los cercaron por todas partes y les tiraban flechas las que podían, y como el tino era cierto y no estaban lejos, acertaban donde apuntaban. La fortuna de los españoles fue infelice, porque por una parte se veían cercados de los indios; la tierra estaba lejos, el agua para que la canoa pudiera andar, era poca, las otras canoas estaban en seco, y no pudiendo resistir a los tiros de los indios, fueron todos muertos; y con placer grande que los indios tenían los desnudaron hasta los dejar en carnes; y como ya el agua creciese, pudieron las otras canoas subir el río arriba y conocer el daño que los indios habían hecho, de que recibieron mucha pena; y no apartándose unos de otros en las canoas, a pesar de los indios, tomaron el bastimento que quisieron en los pueblos que toparon, y con ello y con la canoa en que habían muerto a los cristianos, que por ser grande los indios no la pudieron llevar, volvieron adonde habían dejado el capitán, y como entendió la desgracia sucedida le pesó mucho.

Capítulo XII

Cómo Pedro de los Ríos vino por gobernador a Tierra Firme y de lo que hizo Almagro en Panamá hasta que volvió con gente

Pedrarias Dávila había ido a Nicaragua, adonde cortó la cabeza al capitán Francisco Hernández, según que tiene escrito el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, y de España había enviado por su gobernador el emperador, de Tierra Firme a un caballero de Córdoba llamado Pedro de los Ríos, y llegó a Panamá; andando Almagro descubriendo con Pizarro, su compañero; y fue admitido por los cabildos al cargo, y tenido por gobernador por los que estaban en la provincia. Y esto entendido, digo que volviendo a nuestra materia, ya conté cómo Diego de Almagro, dejando en el río de San Juan al capitán Pizarro con los españoles, dio la vuelta a Panamá, y llegando a la isla de Taboga, supo estar Pedro de los Ríos por gobernador en la ciudad. Pesóle, creyendo que sería estorbo para sacar gente de la tierra. No quiso entrar en el puerto hasta saber del padre Luque, su compañero, lo que sobre aquello le parecía, y envió con prisa un mensajero, escribiendo con él a Luque, su compañero, su venida y a qué era, y el oro que traía y adonde dejaba a los españoles, y otras cosas. A Pedro de los Ríos escribió otra carta casi diciéndole lo mismo, yendo con la de su compañero el maestrescuela, para que la diese, si conviniese, o la rompiese si había de dañar. Mas como el clérigo Luque vio las cartas, habló con Pedro de los Ríos, dándole la carta que Almagro le enviaba. Respondió que le pesaba el saber que tantos españoles se hubiesen muerto con aquella conquista. Prometió de dar el favor que pudiese, siendo servicio de Dios y del rey. Mandó que luego viniese a Panamá Diego de Almagro; a quien fue aviso de lo dicho con su navío entró en el puerto de aquella ciudad, diciendo todos que venían del Perú. El gobernador salió con algunos caballeros a le recibir hasta la marina, y por extenso le contó Almagro todo lo que había pasado y la esperanza que se tenía de que se había de descubrir tierra rica y muy poblada. Como esto entendió, Pedro de los Ríos confirmó los cargos que de mano de Pedrarias tenían Pizarro y Almagro; mandó provisiones de ello, y permitió que se hiciese gente; y juntó Diego de Almagro con gran dificultad y trabajo hasta cuarenta españoles de los que habían venido de España; porque en aquel tiempo no venían tanto como en éste. Con esta gente y con seis caballos y el refresco que pudo haber de carnaje y alpargates y camisas, bonetes, cosas de botica; y más que convenían para los que estaban desproveídos, tornó a salir de Panamá. En el ínter que esto pasaba, Francisco Pizarro y sus compañeros andaban como solían por entre aquellos ríos y manglares, comiéndose de mosquitos, pasando intolerables trabajos y desaventuras, y andaban aburridos de andar por aquel infierno; quisieran todos volverse a Panamá; como aún el temor y vergüenza hubiesen consigo, no osaban hacerlo contra la voluntad de su capitán; “mas en tierra pobre no hay deslealtad, y adonde hay riqueza, la misma riqueza pugna contra la virtud”, tanto que todo se rinde a la avaricia; y por haber dineros se cometen muertes, y hacen robos, y lo que habéis visto que ha pasado en estos años en este reino. Cuando estaban en corrillos los españoles, decían que los tenía Pizarro por fuerza; no lo ignoraba él, mas disimulaba, porque tenían razón, y al hambriento no se puede remediar si no es con hartarlo. Aguardaba a su compañero con gran deseo de verlo. No se tardó muchos días cuando vieron el navío y salieron en tierra los que en él venían, espantándose los de la mar de ver a los de tierra tan amarillos y flacos.

Capítulo XIII

De cómo los capitanes con los españoles se embarcaron y anduvieron hasta Tacamez y lo que les sucedió

Habiendo Diego de Almagro juntádose con el capitán Francisco Pizarro, como se ha escrito en el capítulo pasado, determinaron de se embarcar todos los que habían venido y de antes estaban y procuraban de saber la tierra, que decían los indios que Bartolomé Ruiz tomó en la balsa, a quien procuraban con diligencia mostrar la lengua nuestra, para que supiesen responder a lo que les preguntasen y fuesen intérpretes. Como se embarcaron, anduvieron hasta llegar a la isla del Gallo, adonde estuvieron quince días reformándose del trabajo pasado. Salieron luego, pasado este término, con los navíos y canoas, luengo de costa, y por un gran río que entraba en la mar; quiso Pizarro, que dentro en una canoa iba, entrar para descubrir lo que había; mas la canoa zozobró en una barra que estaba entre el mar y el río; la otra no corrió tan gran riesgo, el capitán estaba en ella y veía andar, a nado, a los españoles de la que se había perdido, y con gran prisa llegó a la canoa para los recoger, y los tomaron todos, si no fueron cinco que se ahogaron; y saliendo de aquel lugar peligroso, se recogieron a los navíos y fueron hasta la bahía de San Mateo, donde saltaron todos en tierra y sacaron los caballos, y fueron la vuelta de Tacamez con ellos, porque antes, por ser la tierra llena de manglares y de ríos, no había sido menester. Deseaban mucho topar con algún hombre o mujer de aquella comarca, para tomar lengua de lo que había. Los de a caballo reconocieron buen trecho de allí, que estaba un indio, ganosos de lo tomar pusieron las piernas para lo asir, mas como sintió la burla, espantado de los caballos, puso pies en huida con tanta ligereza, que los que le iban siguiendo se espantaron; y con temor de no quedar cautivo en poder de los españoles, cuya fama se extendía de su crueldad, y con gana de no perder su naturaleza, corrió con tan gran denuedo, que me afirmó uno de los de a caballo, que el llegar suyo y el caer el indio al suelo y salírsele el ánima perdiendo el aliento y vigor, fue todo uno. No dejaron de caminar los españoles pasando más trabajo que antes por los muchos mosquitos que había, que eran tantos, que por huir de su importunidad, se metían entre la arena los hombres enterrándose hasta los ojos. Es plaga contagiosa la de estos mosquitos: Moríanse cada día españoles de ella, y de otras enfermedades que les recrecieron. Poco más adelante aquel lugar, tomaron tres o cuatro indios; dijeron medio por señas lo que había en aquella tierra. Prosiguióse el camino por mar y tierra hasta llegar el pueblo de Tacamez, donde hallaron mucho maíz con otras comidas de las que usan las gentes de acá. Los naturales de la tierra sabían muy bien lo que pasaba, y cómo por la mar iban los navíos y por la tierra venían andando hombres blancos barbudos y que traían los caballos que corrían como viento; preguntábanse unos a otros qué pretendían o qué buscaban, por qué causa robaban el oro que hallaban y les cautivaban sus mujeres, y a ellos hacían lo mismo; cobráronles gran desamor y entre muchos hicieron liga de los matar. Los españoles, alegres con el mucho maíz que hallaron, comían descansando; porque “habiendo necesidad, como los hombres tengan maíz, no la sienten”, pues de él se hace miel tan buena como saben los que la han hecho y tan espesa como la quieren hacer, porque yo habré hecho alguna en esta vida y tienen pan y vino y vinagre; de manera con esto y con yerbas, que siempre las hay, no faltando sal, los que andan en descubrimientos llamábanse de buena dicha. Algunos de los indios habíanse puesto a vista con temor, porque su ánimo es poco; mas deseaban coyuntura para hacer algún daño a su salvo. Los españoles salieron para ellos con rodelas y espadas, sin llevar más que dos caballos y fueron para los indios, mas no osaron aguardar; por presto que se echaron a la mar se untaron las lanzas en la sangre de alguno de ellos. Temerosos de tal gente no quisieron ponerse a la burla pasada. Estos, digo, porque otros se acaudillaban para venir sobre los cristianos, que más de ocho días estuvieron allí; y un día oyeron soltar de los navíos un tiro, creyendo que venían sobre ellos gran golpe de indios. Quiso el capitán revolver a la bahía, mas como lo comunicase con Almagro, no se puso en efecto, porque mandó algunos españoles que tomasen un cerrillo que acerca de allí estaba, para atalayar lo que hubiese; y era todo quince o veinte raposas grandes, desde lejos como las veían, creían que que eran indios. Yendo a reconocer lo que era uno de a caballo, lo entendió y avisó de ello. Y como hubiesen salido todos del real, tenían sed porque no había por allí ningún río ni xagüey de los muchos que en otras partes había sobrados, y por remediar la necesidad mandó Pizarro que fuesen los que estaban a caballo y que trajesen todos los calabazos que hubiese llenos de agua. De los naturales se habían juntado poco más de doscientos para dar guerra a los españoles, porque sin razón ni justicia andaban por su tierra contra la voluntad de ellos. Los que iban en los caballos, a la vuelta que volvían a la bahía, los vieron e determinaron dar en ellos; los indios los aguardaron por su mal, porque quedaron en el campo muertos ocho y cautivos tres; los demás huyeron espantados de los caballos. Los españoles fueron con el agua adonde los aguardaban sus compañeros bien fatigados de la sed y todos fueron a la bahía donde hallaron bastimento y estuvieron nueve días; en los cuales platicaron mucho lo que hacían, siendo los más votos en que sería bien volverse todos a Panamá a rehacerse y juntar más gente para venir de propósito al descubrimiento de lo adelante. Almagro lo contradecía, diciendo que no se entendían en decir que sería acertado volver a Panamá, pues yendo pobres iban a pedir de comer por amor de Dios y a morar en las cárceles los que estuviesen con deudas, y que era harto mejor quedar donde hubiese bastimento y con los navíos ir por socorro a Panamá, que no desamparar la tierra. Dicen algunos que Pizarro estaba tan congojado por los trabajos que había pasado tan grandes en el descubrimiento, que deseó entonces lo que jamás de él se conoció, que fue volverse a Panamá, y que dijo a Diego de Almagro que como él andaba en los navíos yendo y viniendo sin tener falta de mantenimientos, ni pasar por los excesivos trabajos que ellos habían pasado era de contraria opinión para que no volviesen a Panamá y que Almagro respondió que él quedaría con la gente de buena gana y que fuese él a Panamá por el socorro, y que sobre esto hubieron palabras mayores, tanto que la amistad y hermandad se volvió en rencor y que echaron mano a las espadas y rodelas con voluntad de se herir; mas poniéndose en medio el piloto Bartolomé Ruiz y Nicolás de Ribera y otros, los apartaron y entreviniendo entre ellos los tomaron a conformar, y se abrazaron, olvidando la pasión; dijo el capitán Pizarro que quedaría con la gente en donde fuese mejor y que Almagro volviese a Panamá por socorro; esto pasado, de allí salieron y pasaron el río de la bahía para ver unos pueblos que se parecían, si era conveniente quedar en ellos o buscar otro lugar.

Capítulo XIV

Cómo los españoles querían todos volverse a Panamá, y cómo no pudieron, y Diego de Almagro se partió con los navíos, quedando Pizarro en la isla del Gallo, y de la copla que enviaron al gobernador Pedro de los Ríos

Pasado el río los españoles, no les contentó la tierra que vieron porque era muy cerrada de montaña y muy lluviosa y los ríos llenos de caneyes de indios que bastarían a matar a los que quedasen. Esto fue causa que la costa arriba anduvieron hasta llegar a Tempulla, que llamaron Santiago, donde estaba un río caudaloso. Estuvieron por allí ocho o diez días; tuvieron temor a los indios y salieron con prisa de aquella tierra. Todos los más hablaban mal de Pizarro y Almagro; decían que los tenían cautivos sin los querer dar licencia para salir de entre aquellos manglares; quisieran irse todos. Los capitanes, con buenas palabras los desvelaban de aquello, esforzándolos con la esperanza de lo de adelante. Más tenían sus pláticas por pesadas que por alegres. Con estas cosas volvieron a la bahía de San Mateo, donde tornaron a tratar en qué lugar sería seguro quedar, entretanto que Almagro fuese a Panamá y viniese a los buscar. Después de muchas consideraciones se acordó que el capitán Pizarro quedase en la isla del Gallo hasta que el socorro viniese. Los españoles tornaron los más de ellos a intentar que sería bueno volverse todos y no morir miserablemente adonde aun no tenían lugar sagrado para tener sepultura; y no fueron parte sus importunidades, porque Dios permitió que de aquella vez se descubriese la grandeza del Perú. Almagro se aparejó para se ir, llevando grande aviso de recoger las cartas que fuesen, porque sabían que iban llenas de quejas de su compañero y de él; porque perseveraban en el descubrimiento, se embarcó en el un navío y se partió; en el otro llevaron la gente a la isla del Gallo, donde se habían de quedar, que por todos eran ochenta y tantos españoles, porque ya se habían muerto los demás. Y al cabo de un mes que había que estaban en la isla del Gallo, el capitán Pizarro determinó que el otro navío fuese a Panamá, yendo en él el veedor Carbayuelo, para que se adobase y viniese con el que llevó Almagro. Y como los españoles anduviesen con tan mala gana, afirman que escribieron algunos de ellos cartas al gobernador Pedro de los Ríos, suplicándole quisiese libertarlos de la cautividad en que andaban; no embargante que Francisco Pizarro procuraba que no fuesen cartas, fueron algunas; y dicen que habiendo doña Catalina de Sayavedra, mujer del gobernador, enviado a pedir algunos ovillos de algodón hilado, porque le informaron que había en aquellas tierras mucho, que un español envió dentro de un ovillo una copla que decía:
¡Ah, señor gobernador: miradlo bien por entero,
allá va el recogedor y acá queda el carnicero!
Aunque también cuentan otros que esta copla fue en el navío donde iba Almagro, entre otras que fueron para el gobernador. También fue en el navío de Almagro un español llamado Lobato, enviado de la gente para que procurase como fuesen puestos en libertad para salir de entre aquellos manglares; y éste pudo salir, por ser amigo de Almagro, que de otra manera no fuera. Partidos los navíos, como se ha dicho, y quedando en la isla del Gallo Francisco Pizarro con los españoles, los indios isleños no quisieron tales vecinos y tuvieron por mejor dejarles sus casas y tierra que no estar entre ellos, y pasáronse a la tierra firme, querellándose de aquellos advenedizos; lo cual decían por los españoles. Bastimento no había mucho en la isla; agua caía tanta de los cielos que ordinariamente llovía lo más del tiempo, con andar la espesura de los nublados entre las nubes y la región del aire. El sol daba poca claridad y no veían en el cielo aquella serenidad con que los hombres se confortan y alegran, sino oscuridad y ruido de truenos con gran resplandor de ralámpagos. Los mosquitos críanse abundantemente con estas cosas, y como los naturales faltasen, cargaban todos sobre los tristes hombres que solos en la isla habían quedado; y muchos andaban medio desnudos y sin tener con que se cubrir, y como anduviesen mojados y por entre aquellas montañas y malos caminos, murieron parte de ellos; porque sin todas estas penalidades morían ya de hambre y casi no hallaban que comer. Y con razón se dijo por algunos “la muerte ser fin de los males” cierto; en algunos tiempos he pasado yo tal vida en semejantes descubrimientos, que la he deseado; y lo que éstos pasaban considérenla los leyentes, aunque uno es sentir y otro es decir. Visto por Francisco Pizarro la necesidad que tenían de comida, platicó con sus compañeros sobre que sería acertado hacer un barco para pasar a buscar maíz a la tierra firme. Como a todos conviniese, luego se puso por obra, y aunque se pasó trabajo grande en lo hacer, se acabó; y pasaron algunos españoles a la tierra firme y volvieron con él cargado de maíz, con que todos se sostuvieron algunos días.

Capítulo XV

De cómo llegado Diego de Almagro a Panamá el gobernador Pedro de los Ríos, pesándole de la muerte de tanta gente no le consintió que sacase más, y cómo envió a Juan Tafur a que pusiese en libertad a los españoles; y lo que hizo Pizarro con las cartas que sus compañeros le enviaron

Diego de Almagro, como salió en el navío, como se ha dicho, prosiguió su viaje a Panamá, donde llegó brevemente, y entendido por el gobernador Pedro de los Ríos a lo que venía no le agradó; antes mostró sentimiento, porque se hubiesen muerto tantos españoles en aquella tierra sin hacer fruto los trabajos que habían pasado y pasaban, y determinadamente dijo que había de enviar remedio para evitar que el daño no fuese adelante. Diego de Almagro le ponía por delante lo que habían gastado y lo que debían y cómo tenían gran noticia de lo de adelante. Reíase de su dicho él; y todos diciendo que en la tierra de Peruquete ¿qué podía hacer sino buenos ríos y hartos manglares? El maestrescuela don Hernando de Luque, procuraba con todas sus fuerzas con Pedro de los Ríos para que no estorbase el descubrimiento que hacía Pizarro. No bastó él, ni Almagro, porque Pedro de los Ríos quería enviar por los españoles; puesto que acabaron con él con gran dificultad que si veinte españoles de su voluntad de los que estaban en la conquista quisiesen seguir a Francisco Pizarro, que daba licencia que con un navío pudiesen descubrir por la misma costa lo de adelante con tanto que dentro de seis meses estuviesen en Panamá y si no llegasen a veinte que subiesen de diez, que daba la misma licencia. Y entiéndese que hizo esto Pedro de los Ríos por cumplir con Luque y con Almagro; porque fue público que habló con Juan Tafur, que fue el que llevó el mandamiento, para que procurase que no quedase cristiano ninguno entre aquellas montañas. Como esto se proveyó, recibieron grande pena, Almagro y el padre Luque, ponderando desde el principio el negocio, cuánto habían trabajado y gastado, lo mucho que debían, y lo poco que tenían para lo pagar. Determinaron de escribir a Pizarro para que no volviese a Panamá, aunque supiese morir, pues si no descubría algo que fuese bueno, para siempre quedarían perdidos y afrentados. Juan Tafur, con los navíos se partió y anduvo hasta que llegó a la isla del Gallo, a tiempo que habían traído en el barco una barca de maíz.

Capítulo XV

De cómo llegado Diego de Almagro a Panamá el gobernador Pedro de los Ríos, pesándole de la muerte de tanta gente no le consintió que sacase más, y cómo envió a Juan Tafur a que pusiese en libertad a los españoles; y lo que hizo Pizarro con las cartas que sus compañeros le enviaron

Diego de Almagro, como salió en el navío, como se ha dicho, prosiguió su viaje a Panamá, donde llegó brevemente, y entendido por el gobernador Pedro de los Ríos a lo que venía no le agradó; antes mostró sentimiento, porque se hubiesen muerto tantos españoles en aquella tierra sin hacer fruto los trabajos que habían pasado y pasaban, y determinadamente dijo que había de enviar remedio para evitar que el daño no fuese adelante. Diego de Almagro le ponía por delante lo que habían gastado y lo que debían y cómo tenían gran noticia de lo de adelante. Reíase de su dicho él; y todos diciendo que en la tierra de Peruquete ¿qué podía hacer sino buenos ríos y hartos manglares? El maestrescuela don Hernando de Luque, procuraba con todas sus fuerzas con Pedro de los Ríos para que no estorbase el descubrimiento que hacía Pizarro. No bastó él, ni Almagro, porque Pedro de los Ríos quería enviar por los españoles; puesto que acabaron con él con gran dificultad que si veinte españoles de su voluntad de los que estaban en la conquista quisiesen seguir a Francisco Pizarro, que daba licencia que con un navío pudiesen descubrir por la misma costa lo de adelante con tanto que dentro de seis meses estuviesen en Panamá y si no llegasen a veinte que subiesen de diez, que daba la misma licencia. Y entiéndese que hizo esto Pedro de los Ríos por cumplir con Luque y con Almagro; porque fue público que habló con Juan Tafur, que fue el que llevó el mandamiento, para que procurase que no quedase cristiano ninguno entre aquellas montañas. Como esto se proveyó, recibieron grande pena, Almagro y el padre Luque, ponderando desde el principio el negocio, cuánto habían trabajado y gastado, lo mucho que debían, y lo poco que tenían para lo pagar. Determinaron de escribir a Pizarro para que no volviese a Panamá, aunque supiese morir, pues si no descubría algo que fuese bueno, para siempre quedarían perdidos y afrentados. Juan Tafur, con los navíos se partió y anduvo hasta que llegó a la isla del Gallo, a tiempo que habían traído en el barco una barca de maíz.

Capítulo XVII

Cómo el capitán Francisco Pizarro quedó en la isla desierta y de lo mucho que pasó él y sus compañeros y de la llegada de los navíos a Panamá

Los que hubieren visto la isla de la Gorgona no se espantarán de ver cuánto encarezco lo que en ella pasaron los españoles y cómo no digo nada de su espesura tan cerrada y los cielos abiertos para echar agua encima de ella. En el mar océano, entre Indias, y la Tercera está una isla a que llaman la Bermuda. Es mentada, porque en su paraje a la continua pasan tormenta los navegantes y huyen de ella como de pestilencia. En la mar del Sur, la Gorgona tiene el sonido de no ser tierra ni isla, sino apariencia del infierno. Y quiso Pizarro quedar en lugar que conocía ser tan malo, por tenerlo por más seguro que la isla del Gallo ni la tierra firme. Y fueron los trabajos que pasaron en ella en extremo grado grandes, porque llover, tronar, relampaguear es continuo; el sol déjase pocas veces ver, tanto que por maravilla los nublados descubren para que las estrellas se vean en el cielo. Mosquitos, hay los que bastaran a dar guerra a toda la gente del Turco. Gentes no ninguna, ni fuera razón que poblaran en tierra tan mala. Montaña es mucha la que hay y tan espesa como espantosa. Lo que tiene de contorno esta isla y en los grados que está, escrito lo tengo en mi Primera parte. Los españoles, sin perder la virtud de su esfuerzo, hicieron como mejor pudieron ranchos, que llamamos acá a las chozas para guarecerse de las aguas; y de una ceiba hicieron una canoa pequeña, en la cual entraban el capitán con uno de los compañeros y tomaban peces con que algunos días comían todos. Otras veces salía con su ballesta y mataba de los que llamamos guadaquinajes, que son mayores que liebres y de tan buena carne; y dicen que hubo día que él solo con su ballesta, mató diez de éstas. De manera que estuvieron con gran paciencia, entendía en no parar por buscar de comer para sus compañeros: y tal fue su diligencia, que con la ballesta y canoa bastó a lo hacer sin mostrar sentimiento del agua ni de nunca enjugarse ni dejar de oír el continuo ruido de los mosquitos. Estuvieron enfermos en esta isla Martín de Trujillo y Peralta, remediaron harto los guadaquinajes para que comiesen. Hallaron en aquella isla una fruta que tenía el parecer casi a castaña: tan provechosa para purgar, que no es menester otro ruibarbo ni más que una de ellas. Uno de los españoles comió dos y quedó tan purgado, que aína quedara burlado. Vieron otra fruta montesina como uvillas; de ésta comían y era sabrosa. Entre las rocas y concavidades de las peñas que estaban en la costa de la mar de la isla, tomaban pescado, y de día y de noche toparon culebras monstruosas de grandes, mas no hacían daño ninguno; monas las hay grandísimas y gaticos pintados, con otras salvajinas extrañas, y muy de ver. Las sierras que hay en la isla abajan ríos que nacen en ella, de agua muy buena. En todos los meses del año en la creciente de la luna, se ve que viene a esta isla por algunos cabos de ella, siendo ya pasado el día al poner del sol, infinidad del pez que llamamos aguja, a desovar en tierra. Los españoles alegres, aguardábanlos con palos y mataban los que querían; y pescaban muchos paragos y tiburones; y otras marismas hallaban; de que fue Dios servido que bastó a los sustentar con el maíz que les había quedado, de manera que nunca les faltó que comer. Todas las mañanas daban gracias a Dios, y a las noches lo mismo, diciendo la Salve y otras oraciones, como cristianos; y que Dios quiso guardar de tantos peligros. Por las “horas” sabían las fiestas, y tenían su cuenta en los viernes y domingos. Y con tanto los dejaré pasar en esta vida hasta que el navío vuelva por ellos; y diré cómo llegó Juan Tafur con los otros cristianos a Tierra Firme, que llamaban Castilla de Oro.

Capítulo XVIII

De cómo Juan Tafur llegó a Panamá, y cómo volvió un navío a la Gorgona al capitán Francisco Pizarro

Habiendo dejado en la isla a Francisco Pizarro, Juan Tafur, con los cristianos que estaban embarcados en los navíos, anduvieron hasta llegar a Panamá, donde estaba el gobernador Pedro de los Ríos; y como supo que Francisco Pizarro con tan pocos españoles había quedado en la Gorgona pesóle, diciendo que si se muriese o fuesen indios a lo matar, que sobre ellos cargase la culpa, pues no habían querido venir en los navíos con Juan Tafur. Los que habían venido contaban las lástimas de los trabajos y hombres que habían pasado, y era muy gran dolor oírlos. El padre Luque y Diego de Almagro leyeron las cartas de su compañero Francisco Pizarro y derramaron muchas lágrimas de compasión que de él tuvieron, y con voluntad de le enviar con brevedad un navío para que pudiese descubrir lo de adelante o volverse a Panamá, fueron al gobernador a pedirle licencia para ello, poniéndole por delante grandes causas. Respondió que no quería dar tal licencia ni consentir que fuese navío de Panamá. Almagro con requerimientos se lo protestó, afirmando que se hacía sin justicia, pues habiendo trabajado y gastado tanto en aquel descubrimiento, no quería dar lugar a que fuese navío a traer los que habían quedado en la isla. Con estas cosas y otras que dijo Almagro, conociendo el gobernador que tenía razón, dio licencia para que fuese el navío, de que se alegraron mucho los dos compañeros; y con mucha diligencia metieron en uno de los que estaban en el puerto mucho bastimento; y como estuviese presto para el viaje, volvieron al gobernador a decirle que viese lo que mandaba, porque lo querían enviar; y dicen que le había pesado por haber dado licencia para ello, y que respondió, que él enviaría a ver el navío y a que lo registrasen y le avisasen si estaba para navegar. Habló de secreto con un Juan de Castañeda, para que yendo él con un carpintero, a quien llamaban Hernando, a ver la nao, dijesen que no estaba para navegar ni salir del puerto hasta que la adobasen. Mas cuentan que Castañeda, habiéndose cristianamente, lo hizo mejor que Pedro de los Ríos se lo había mandado, porque su visitación aprovechó y no dañó nada, antes luego el mismo Pedro de los Ríos envió a llamar a Diego Almagro, a quien dijo que fuese el navío con la bendición de Dios en busca del capitán, con tanto que cumpliesen lo que él les daría por una instrucción firmada de su nombre; que era la sustancia de ella que pudiesen navegar hasta seis meses, los cuales pasados viniesen a Panamá a dar cuenta de lo que habían hecho, so algunas penas que para ello puso. Esto hecho, el maestrescuela don Hernando de Luque y Diego de Almagro escribieron al capitán cartas alegres y que bien había mostrado su gran valor, pues así había osado con tan poca gente quedar en una tierra yerma y tan mala; y que habían trabajado harto de le enviar navío, porque el gobernador lo estorbaba; por tanto, que procurase de llegar con él a la tierra de Túmbez, que los indios decían, pues llevaban a Bartolomé Ruiz en el navío por piloto; que fue el mismo que les prendió en la balsa. Como le escribieron estas cosas y otras, se partió Bartolomé Ruiz con el navío, sin llevar más gente que los marineros, y se dio prisa navegar camino de la Gorgona.
El capitán, con los españoles que habían quedado en ella, pasaban sus vidas con el trabajo que en el capítulo pasado se dijo, comiendo de lo que mariscaban y pescaban, y del maíz qué les había quedado; estaban aguardando el navío como si fuera la salvación de sus ánimas; tanto lo deseaban, que los celajes que se hacían bien dentro de la mar, se les antojaba que era él, y como viesen que no venía al cabo de tanto tiempo que había que se partieron los navíos, muy congojados y trabajados estaban con determinación de hacer balsas para se volver a Panamá la costa abajo. Y habiendo concertado esto, vieron un día bien adentro en la mar venir el navío; unos de ellos lo tuvieron por palo, otros por otra cosa, porque tanto lo deseaban, que aunque conocían que era vela, no lo creían; mas como llegó cerca, blanquearon las velas y conocieron que era lo que tanto deseaban; de que recibieron tanta alegría, que de gozo no podían hablar; y tomó puerto en la isla a hora de medio día, saliendo luego en tierra el piloto Bartolomé Ruiz con algunos marineros y se abrazaron unos con otros con gran placer, contando los de tierra a los que venían por la mar lo que habían pasado en la isla, y ellos contaban lo que les había sucedido en el viaje, como se suele hacer.

Capítulo XIX

De cómo el capitán Francisco Pizarro con sus compañeros salieron de la isla; y de lo que hicieron

Después de haber llegado el navío a la Gorgona, como se ha contado, y que Francisco Pizarro hubo visto las cartas de sus compañeros, platicó con los que con él estaban; que sería bien que en aquella isla se quedasen todos los indios e indias que tenían de servicio, pues había harto bastimento de lo que había venido en el navío, con el bagaje que teman, que no era mucho; y para en guarda de ellos tres españoles de los más flacos. Este consejo fue loado de todos y quedaron Peralta, Trujillo y Páez, los cuales, con todo lo demás, se habían de tomar a la vuelta en el navío. Los indios de Túmbez fueron dentro; porque ya sabían hablar y convenía no ir sin ellos para tenerlos por lengua. El capitán con los demás se embarcaron, y derecho al poniente por la costa arriba, navegaron; y fue Dios servido de les dar tan buen tiempo que, dentro de veinte días que había que navegaron, reconocieron una isla que estaba enfrente de Túmbez y cerca de la Puná, a quien pusieron por nombre Santa Clara; y como tuviesen falta de leña y de agua, arribaron a ella para se proveer. En esta isla no hay poblado ninguno, mas tenían la comarca por sagrada, y a tiempos hacían en ella grandes sacrificios, ofreciéndole la ofrenda de la Capacocha; el demonio, quien estaba enseñoreado en estas gentes, por la permisión de Dios, era visto por los sacerdotes. Tenían ídolos o piedras en que adoraban. Los indios de Túmbez que venían en el navío, como vieron la isleta reconociéronla y con alegría decían al capitán cuán cerca estaban de su tierra. Echado el batel, fueron allá el capitán con algunos de los españoles, y toparon la huaca donde adoraban, que era su ídolo de piedra poco mayor que la cabeza del hombre ahusada con punta aguda. Vieron la gran muestra de la riqueza que tenían por delante, porque hallaron muchas piezas de oro y plata pequeñas, a manera de figura de manos, y tetas de mujer, y cabezas, y un cántaro de plata, que fue el primero que se tomó, en que cabía una arroba de agua; y algunas piezas de lana, que son sus mantas, a maravilla ricas y vistosas. Como los españoles vieron estas cosas y las hallaron, estaban tan alegres cuanto se puede pensar. Pizarro quejábase de los que fueron con Juan Tafur, pues por no venir con él, no serían parte, para de aquella vez hacer algún gran hecho en la tierra. Recogiéronse a la nao oyendo a los indios de Túmbez que no era nada aquello que habían hallado en aquella isla, para lo que había en otros pueblos grandes de su tierra; y navegando su camino, otro día, a hora de nona, vieron venir por la mar una balsa tan grande que parecía navío, y arribaron sobre ella con la nao y tomáronla con quince o veinte indios que en ella venían vestidos con mantas, camisetas y en hábito de guerra; y dende a un rato vieron otras cuatro balsas con gente. Preguntaron a los indios que venían en la que había tomado, que dónde iban y de dónde eran. Respondieron que ellos eran de Túmbez, que salían a dar la guerra a los de la Puná, que eran sus enemigos, y así lo afirmaron las lenguas que traían. Como emparejaron con las otras balsas, tomáronlas con los indios que venían en ellas, haciéndoles entender que no los detenían para los tener cautivos ni para los detener, sino para que fuesen juntos a Túmbez. Holgáronse de oír esto, y estaban admirados de ver el navío y sus instrumentos y a los españoles, como eran blancos y barbados. El piloto Bartolomé Ruiz, con el navío fue arribando en tierra, y como vieron que no había montaña, ni mosquitos, dieron gracias a Dios por ello. Llegados en la playa de Túmbez surgieron y díjoles el capitán a los indios que habían tomado en las balsas, que supiesen que no venía a les dar guerra ni hacerles enojo ni mal ninguno, sino a conocerlos para tenerlos por amigos y compañeros, y que se fuesen con Dios a su tierra. Y que así lo dijesen a sus caciques. Los indios, con las balsas y todo lo que en ellas trajeron sin les faltar nada, se fueron en tierra, diciendo al capitán que ellos lo dirían a sus señores y volverían presto para el mandado suyo. Y esto que se les dijo a los indios y otras cosas bastaba para decirlo y responder sus respuestas los indios de Túmbez que habían tenido con ellos tantos días, que habían aprendido mucha parte de nuestra lengua.

Capítulo XX

De cómo los indios que salieron del navío dieron noticia de los españoles, de que recibieron admiración los de la tierra, y de cómo les enviaron bastimento y agua y otras cosas

Los naturales de la tierra firme, como veían la nao venir por la mar, espantábanse, porque veían lo que no vieron ni jamás oyeron. No sabían qué se decir sobre ello. Vieron asimismo cómo tomaron puerto y echaron áncoras, y cómo salían del navío los indios que se habían tomado en las balsas, según se contó; los cuales no pararon hasta llegar delante de su señor, en cuya presencia, y de mucha gente que se había juntado, contaron cómo yendo por la mar habían encontrado aquel navío, adonde venían unos hombres blancos, vestidos, y que tenían grandes barbas, los cuales, según les dijeron ciertos indios, sus naturales, que traían para intérpretes, andaban a buscar tierras; porque en otros navíos se habían vuelto por la mar muchos de ellos, y aquellos salieron de una isla donde estuvieron muchos días. Esto que oyeron a los indios que venían con los españoles y lo que ellos mismos vieron y a ellos oyeron, hablaron a su señor, de que no poco se espantaron, creyendo que tal gente era enviada por la mano de Dios, y que era justo se les hiciese buen hospedaje; y luego se aderezaron diez o doce balsas llenas de comida y de fruta, con muchos cántaros de agua y de chicha y pescado, y un cordero que las vírgenes del templo dieron para llevarles. Con todo esto fueron indios al navío sin ningún engaño ni malicia, antes con alegría y placer de ver tal gente. El capitán los recibió con semblante amoroso y con grande agradecimiento, recibiendo mucho contentamiento él y sus compañeros, cuando entre lo que les traían vieron el cordero; entre los indios venía un orejón de los que estaban con el delegado que allí residía, el cual dijo al capitán que seguramente podría saltar en tierra sin que ningún daño recibiesen, y proverse de agua y de lo que les faltase. El capitán respondió que de gente de tanta razón como ellos parecían, no tenían ningún recelo de fiarse de ellos. Y luego fue en el batel un marinero llamado Bocanegra y con indios que le ayudaron hinchó veinte pipas de agua, ayudándole los naturales como digo, a lo hacer. El orejón, como viese los cristianos túvolos por gente de gran razón, pues no hacían daño ninguno, sino antes daban de lo que traían; y porque le convenía enviar relación cierta a Quito al rey Guaynacaba, su señor, de aquellas gentes, después de haber visto el navío y los aderezos de él y tanto miraba y preguntaba, que los españoles se espantaban de ver tan avisado y entendido indio; el cual, como mejor pudo mediante los indios, que servían de lenguas, preguntó al capitán: ¿que de dónde eran y de qué tierra habían venido, qué buscaban o qué era su pretensión de andar por la mar y por la tierra sin parar? Francisco Pizarro le respondió: que venían de España, donde eran naturales, en cuya tierra estaba un rey grande y poderoso, llamado Carlos, cuyos vasallos y criados eran ellos y otros muchos; porque mandaba grandes tierras; y que ellos habían salido a descubrir por aquellas partes, como veían, y a poner debajo de la sujeción de aquel rey lo que hallasen. Y principalmente, y ante todas las cosas, a dar noticia cómo los ídolos en que adoraban eran falsos y sin fundamento los sacrificios que hacían, y cómo para salvarse habían de se volver cristianos y creer en el Dios que ellos adoraban, que estaba en el cielo, llamado Jesucristo, porque los que no le adoraren y cumplieren sus mandamientos, irían al infierno, lugar oscuro y lleno de fuego, y los que conociendo la verdad le tuviesen por Dios sólo, señor del cielo, y mar y tierra con lo más criado, serían moradores en el cielo, donde estarían para siempre jamás. Esto y otras muchas cosas dijo el capitán Francisco Pizarro al orejón, que él se espantaba de las oír, y estuvo en el navío desde la mañana hasta la hora de vísperas. Mandó el capitán que le diesen de comer y beber de nuestro vino, y miró mucho aquel brebaje, pareciéndole mejor y más sabroso que el suyo; y cuando se fue le dio el capitán una hacha de hierro con que extrañamente se holgó, teniéndola en más que si le diesen cien veces más oro que ella pesaba; y dióle más unas cuentas de margajitas y tres calcedonias; y para el cacique principal le dio una puerca y un verraco, y cuatro gallinas y un gallo. Con esto se partió el orejón; y ya que se iba, rogó al capitán le diese para que fuesen con él dos o tres españoles, que se holgarían de los ver. El capitán mandó Alonso de Molina y a un negro que fuesen. Cuando el cacique vio el presente, túvolo en más de lo que yo puedo encarecer, llegando todos a ver la puerca y el verraco y las gallinas, holgándose de oír cantar al gallo. Pero todo no era nada para el espanto que hacían con el negro: como lo veían negro, mirábanlo, haciéndolo lavar para ver si su negrura era color o confacción puesta; mas él, echando sus dientes blancos de fuera, se reía; y allegaban unos a verlo y luego otros, tanto que aun no le daban lugar de lo dejar comer. Al otro español mirábanlo cómo tenía barbas y era blanco; preguntábanle muchas cosas, mas no entendía ninguna; los niños, los viejos, y las mujeres todos, con grande alegría los miraban. Vio Alonso de Molina muchos edificios y cosas que ver en Túmbez; fue bien servido de comida y el negro, el cual andábase, de unos en otros que lo querían mirar como cosa tan nueva y por ellos no vista. Vio Alonso de Molina la fortaleza de Túmbez y acequias de agua, muchas sementeras y frutas y algunas ovejas. Venían a hablar con él muchas indias muy hermosas y galanas, vestidas a su modo, todas le daban frutas y de lo que tenían, para que llevasen al navío; y preguntábanle por señas que dónde iban y de dónde venían y él respondía de la misma manera. Y entre aquellas indias que le hablaron estaba una muy hermosa y díjole que se quedase con ellos y que le darían por mujer una de ellas, la que él quisiese. Alonso de Molina demandó licencia al cacique, señor de aquella tierra, y se la dio, enviando con él al capitán mucho bastimento. Y como llegó al navío, iba tan espantado de lo que había visto, que no contaba nada. Dijo que las casas eran de piedra y que antes que hablase con el señor, paso por tres puertas donde había porteros que las guardaban, y que se servían con vasos de plata y de oro. El capitán dio muchas gracias a Dios nuestro señor por ello; quejábase mucho de los españoles que se volvieron y de Pedro de los Ríos por que lo procuró; y a la verdad, engañábase, porque si él entrara con ellos y procurara dar guerra por dinero, no fuera parte porque los mataran, pues Guainacapa era vivo y no había las diferencias que después, cuando volvió, hallaron. Si con buenas palabras quisieran convertir las gentes, que hallaban tan mansas y pacíficas, no era menester los que se volvieron, pues bastaban los que con él estaban; mas las cosas de las indias son juicios de Dios, salidos de su profunda sabiduría, y él sabe por qué ha permitido lo que ha pasado.

Capítulo XXI

De cómo el capitán mandó a Pedro de Candía que fuese a ver si era verdad lo que Alonso de Molina había dicho que había en la tierra de Túmbez

Entre las cosas que Alonso de Molina contó al capitán que había visto fue una fortaleza que dijo le pareció ser muy fuerte, porque tenía seis o siete cercas y que había dentro muchas riquezas. Pizarro, como entendió estas cosas, túvolas por tan grandes, que por entero no las creía, pensó de enviar a Pedro de Candía, que era de buen ingenio, para que viera lo que había dicho Molina y el negro, si era verdad; y para que marcase la tierra y mirase por donde sería bueno entrar cuando, siendo Dios servido, volviesen. Pedro de Candía holgó de lo hacer y partióse luego; y estando, como siempre estaban, indios en la playa, se fueron con él hasta que lo llevaron delante la presencia del señor de Túmbez, que muy acompañado estaba de sus indios, y él y ellos se espantaron de ver a Pedro de Candía tan dispuesto y rogáronle que soltase un arcabuz que llevaba, porque él lo había hecho en el navío otras veces en presencia de algunos indios que fue causa que tuviesen los otros de ello noticia, Por les hacer placer puso la mecha, y acertando en un tablón grueso que allí cerca estaba, a que apuntó, lo pasó como si fuera un melón. Los indios, al tiempo que soltó el arcabuz, muchos de ellos cayeron en tierra y otros dieron un grito; juzgaban por muy valiente al cristiano por su disposición y por soltar aquellos tiros; y algunos dicen que el señor de Túmbez mandó que trajesen un león y un tigre que allí tenían, para ver si se defendía de ellos Candía, o si lo mataban; y que lo trajeron y echaron al Candía, que teniendo cargado el arcabuz lo sontó y cayeron de espanto en el suelo más indios que antes y que llegaron los animales hacia él tan mansos como si fueran corderos; sin los indios, lo contó Candía. El cacique los mandó volver adonde estaban, y pidiéndole a Candía el arcabuz, echaba por el caño muchos vasos de su vino de maíz, diciendo: “Toma, bebe; pues contigo tan gran ruido se hace, que eres semejante al trueno del cielo”. Y mandó sentar a Pedro de Candía.
Diéronle de comer cumplidamente, preguntáronle muchas cosas de las que ellos saber deseaban. Respondió lo que podía hacerles entender. Vio la fortaleza. Las mamaconas, que son las vírgenes sagradas, le quisieron ver y enviaron al señor a rogar que lo llevasen allí. Fue así hecho, holgaron en extremo con ver a Candía; entendían en labor de lana, de que hacían fina ropa, y en el servicio del templo; las más eran hermosas y todas muy amorosas. Como Pedro de Candía hubo visto la fortaleza y lo que más el capitán le mandó, pidió licencia al señor para se volver el navío, la cual se le dio mandando que fuesen balsas con mucho maíz, pescado, frutas; y al capitán envió con el mismo Candía un hermoso carnero y un cordero bien gordo. Y como se vio en la nao, Candía contó al capitán tantas cosas que no era nada lo que había dicho Alonso de Molina; porque dijo que vio cántaros de plata y estar labrando a muchos plateros; y que por algunas paredes del templo había planchas de oro y plata; y que las mujeres que llamaban “del Sol”, que eran muy hermosas. Locos estaban de placer los españoles en oír tantas cosas; esperaban en Dios de gozar de su parte de ello. De Túmbez supimos cómo con mucha presteza fue mensajero a Quito al rey Guaynacapa a dar razón de todo esto y aviso de la gente que era y la manera de navío, mas dicen que, cuando llegó la nueva, era ya muerto; puesto que también se afirma que no, sino que después, enviando a mandar que le llevasen un cristiano de los que quedarse quisieran entre los indios, murióse. Lo uno o lo otro, que todo es una cuenta, téngase por cierto que él murió en el propio año y tiempo que Francisco Pizarro llegó a la costa de su tierra; y lo que gastó por los manglares había gastado Guaynacapa en hacer cosas grandes en Quito. Y como todas las cosas se dispongan y ordenen por permisión y ordenación divina, fue Dios servido de que, mientras Guaynacapa reinó y vivió, aunque gentil, que no entrasen en su tierra los españoles; y a ellos que anduviesen junto a Panamá, como anduvieron hasta que quiso y fue servido de los guiar por el modo y manera que se ha contado. Y las escrituras para esto son y para esto han de servir, que los hombres sepan con verdad los acaecimientos, y también que consideren y noten cómo ordena Dios las cosas y se hace lo que ellos no piensan.

Capítulo XXII

De cómo el capitán Francisco Pizarro prosiguió el descubrimiento y lo que le sucedió

Más deseo le dio al capitán y a los españoles de ver aquella tierra que habían descubierto, cuando Pedro de Candía les contaba lo que había visto; mas, como siendo tan pocos no bastasen para descubrir por tierra ni hacer ningún hecho, aguardaban a cuando siendo Dios servido, revolviesen con potencia; y por alcanzar enteramente lo que había, determinaron de pasar adelante en el navío; y así luego, desplegando las velas, partieron de aquel lugar, llevando un muchacho que les dieron para que les mostrase el puerto de Payta; y como fuesen navegando, descubrieron el puerto de Tangarara, y allegaron a una isla pequeña de grandes rocas, donde oyeron bufidos o bramidos temerosos; saltaron en el batel algunos y como fuesen a ver lo que era, vieron que los daban infinidad grande de lobos marineros, de los cuales hay muchos y muy grandes por aquella costa. Volvieron al navío y anduvieron hasta que llegaron a una punta, a quien pusieron por nombre del Aguja; más adelante entraron en un puerto, a quien llamaron Santa Cruz, por ser tal día en él. Habíase extendido por toda la costa de la tierra que llamamos Perú, de cómo andaban los españoles por ella en el navío y que eran blancos y con barbas, que ni hacían mal ni robaban, antes daban de lo que traían, y eran muy piadosos y humanos y otras cosas de las que juzgaron por lo que veían que había en ellos. Esta fama engrandecíalo más que el hecho, y cómo los hombres, aunque sean bárbaros, huelgan de ver cosas, aunque sean más peregrinas a entender, muchos había que deseaban ver los españoles y a su navío y al negro y ver el arcabuz cómo lo soltaban. Y como fuesen en el paraje que he dicho, salieron algunas balsas con indios para venir donde estaban, trayendo mucho pescado, frutas, con otros mantenimientos para les dar. El capitán lo recibió todo con grande agradecimiento, mandando que diesen a los indios de las balsas algunos peines y anzuelos y cuentas de las de Castilla. Un principal venia entre aquellos indios, que dijo al capitán cómo una señora que estaba en aquella tierra a quien llamaban “la capullana”, como oyese decir lo que de él y sus compañeros se contaba, le había dado gran deseo de los ver; por tanto, que le rogaba saltase en tierra y que serían bien proveídos de lo que hubiesen menester. El capitán respondió que mucho agradecía lo que había dicho de parte de aquella señora, que él volvería breve y por le hacer placer saltaría en tierra a verla. Con esto se volvieron los indios y el navío se partió, y por hacerles impedimento el viento austro, anduvieron barloventeando más de quince días; y a la verdad, pocas veces reina el levante en aquella parte. La leña les faltó; por proveerse de ella tomaron puerto porque iban de luengo de costa. No estaban echadas las áncoras, ni aferradas las velas, cuando estaban junto al navío muchas balsas que venían con pescado y otras comidas y frutas para ellos. Mandó el capitán a Alonso de Molina que fuese a tierra con los indios que habían venido en las balsas para traer leña para el navío, y como volviese con recaudo, alteróse tanto la mar, que andaban las olas tan altas y ella tan brava, que no pudo llegar. El capitán aguardó tres días para lo tomar, mas por temor de que las amarras no se quebrasen y el navío se perdiese en la costa, alzaron áncoras para salir de allí, creyendo que el cristiano estaría con los indios seguramente, pues que él de ellos se conocía tan buena voluntad y tan poca malicia. Navegaron de allí hasta que llegaron a Colaque, que está entre Tangara y Chimo, lugares donde se fundaron las ciudades de Trujillo y San Miguel. Los indios salieron a ellos a recibirlos con mucha alegría, trayéndoles de comer de lo que había en su tierra; proveyéronles de agua y leña; diéronles cinco ovejas. Un marinero llamado Bocanegra, viendo que eran tan buena tierra la que veía, salióse del navío con los indios y con ellos envió a decir al capitán, que lo tuviesen por excusado y no le aguardasen, porque él se quería quedar entre tan buena gente como eran aquellos indios. Para saber si era verdad, mandó el capitán a Juan de la Torre que fuese, y volvió al navío afirmando al capitán como estaba bueno y alegre sin tener ganas de volver al navío; Porque los indios, muy contentos cuando le oyeron decir que se quería quedar entre ellos, lo tomaron en sus hombros y sentado en andas lo llevaron la tierra adentro. Vio Juan de la Torre manadas de ovejas, grandes sementeras, muchas acequias verdes y tan hermosas, que parecía la tierra ser tan alegre, que no había con que compararla. A estos animales, que llaman los indios como yo conté en mi primera parte, pusieron los españoles ovejas, porque les vieron lana y ser tan mansos y domésticos. Partiéndose de allí el capitán navegó por su camino, descubriendo hasta que llegó a lo de Santa, con gran deseo de ver si podría descubrir la ciudad de Chincha, de quien contaban los indios grandes cosas; mas como llegase donde digo, los mismos españoles le hablaron para que se volviese a Panamá para buscar gente con que pudiesen poblar y señorear la tierra, de la cual no había que pensar, sino que era la mejor del mundo y más rica, según lo veían por la muestra. Buen consejo le pareció a Francisco Pizarro, y como no veía ya la hora que estar de vuelta con pujanza de españoles, mandó arribar el navío por donde habían venido, habiendo descubierto de aquella vez toda la costa hasta Santa.

Capítulo XXIII

De cómo el capitán Francisco Pizarro dio la vuelta y saltó en algunos lugares de los indios, donde fue bien recibido, y lo que más le sucedió

Alonso de Molina, el español que por hacer la tormenta no pudo entrar en el navío, como en el capítulo pasado se contó, habíase quedado entre los indios, los cuales lo llevaron donde estaba una cacica, de parte de aquella tierra, donde fue bien tratado y servido sin le hacer enojo ni mal ninguno, antes ni hacerlo dejaban, preguntándole lo que ellos saber deseaban. El capitán, vuelto en el navío, arribó hasta que llegaron en paraje del puerto a quien llamaban Santa Cruz, y entró tan tarde, que eran más de tres horas de noche. Los indios veían el navío y lo mismo Alonso de Molina; aderezaron con presteza una balsa, donde yendo dentro el cristiano con algunos indios, aunque era tan noche, fueron al navío, donde fueron bien recibidos del capitán y de sus compañeros. Enviando la señora “capullana” a rogarles que saltasen en un puerto que más bajo estaba hacia el norte, donde serían de ella bien servidos. El capitán respondió que era contento de lo hacer. Contaba Alonso de Molina muchas cosas de lo que había visto; loaba la tierra de gruesa; decía que no llovía, y que por mucha parte de la costa con agua de regadío sembraban las tierras; y que contaban mucho del Cuzco, y de Guaynacapa. Hablando en estas cosas llegaron al puerto dicho donde surgieron para saltar en tierra, y vinieron muchas balsas con mantenimiento y ovejas que enviaba la susodicha señora; la cual envió a decir al capitán, que para que se fiase de su palabra y sin recelo saltara en tierra, que ella se quería fiar primero de ellos y ir a su navío, donde los vería a todos y les dejaría rehenes para que sin miedo estuviesen en tierra lo que ellos quisiesen. Con estas buenas razones que la cacica envió a decir, se holgó el capitán en extremo; daba gracias a Dios porque había sido servido que tal tierra se había descubierto, pues sería su santa fe plantada y el evangelio predicado entre aquellas gentes que tan buena razón tenían y entendimiento. Mandó que saltasen en tierra cuatro españoles, que fueron, Nicolás de Ribera, que es el que de todos es vivo en el año que yo voy escribiendo lo que leéis, y Francisco de Cuéllar, Halcón y el mismo Alonso de Molina, que había quedado primero entre ellos. Halcón llevaba puesto un escofión de oro con gorra y medallas y vestidos un jubón de terciopelo y calzas negras, llevaba con esto ceñida su espada y puñal, de manera que tenía más manera de soldado de Italia que de descubridor de manglares. Fueron derechos donde estaba la cacica, la cual les hizo a su costumbre gran recibimiento con mucho ofrecimiento, mostrando ella y sus indios gran regocijo. Luego les dieron de comer, y por los honrar se levantó ella misma y les dio a beber con un vaso, diciendo que así se acostumbraba en aquella tierra a los huéspedes. Halcón, el del jubón y la medalla, parecióle bien la cacica y echóle los ojos, porque sin la avaricia que acá nos tiene, es mucha parte la lujuria para que hayan sido muchos tan malos. Como hubieron comido, dijo esta señora que quería ver al capitán y hablarle para que saltase en tierra, pues vendría según razón fatigado de la mar. Respondieron los cristianos que fuese en buen hora. Halcón, mientras más la miraba, más perdido estaba de sus amores. Como llegaron a la nao, el capitán le recibió muy bien, así a ella como a todos los indios que venían con ella, mandando a los españoles que los tratasen con crianza. La señora, con mucha gracia y buenas palabras, dijo al capitán que, pues ella, siendo mujer había osado entrar en su navío, que él, siendo hombre y capitán, no había de rehusar de saltar en tierra; mas que para su seguranza, quería dejar en el navío cinco principales en rehenes. El capitán respondió que por haber enviado su gente y venir con tan poca, no había saltado en tierra, mas que, pues ella tanto se lo rogaba lo haría sin querer más rehenes que su palabra. Muy contenta “la capullana” con lo oír, se lo agradeció, y habiendo visto el navío y sus aparejos, se volvió a su tierra, sin que Halcón apartase los ojos de ella, antes andaba dando suspiros y gemidos. Luego otro día por la mañana, antes que el sol pareciese, estaban alrededor de la nao más de cincuenta balsas con muchos indios para recibir al capitán, y en la una venían doce principales, los cuales entraron en la nao y hablaron con el capitán para que saliese en tierra y ellos quedarían hasta que volviese, porque era muy justo que así se hiciese, pues se iba a meter entre gente extranjera. El capitán respondió que no pensaba que en ellos había cautela, antes los tenían por hermanos y fiaría su persona de cualquiera de ellos; y aunque mucho porfió que saltasen todos en tierra no aprovechó, porque ellos quedaron y estuvieron en la nave, hasta que lo vieron dentro y sin quedar más que los marineros. Salió el capitán y el piloto Bartolomé Ruiz con los otros, y salieron a recibirlos la cacica con muchos principales e indios con ramos verdes y espigas de maíz con grande orden; y tenían hecha una grande ramada, donde había asientos para todos los españoles juntos, los indios algo desviados de ellos, mirándose unos a otros. Y como estuviese la comida aparejada, les dieron de comer mucho pescado y carne de diferentes maneras, con muchas frutas y del vino y pan que ellos usan. Como hubieron comido los principales indios que allí estaban, con sus mujeres, por hacer más fiesta al capitán, bailaron y cantaron a su costumbre; el capitán estaba muy alegre en ver que eran tan entendidos y domésticos; deseaba verse en Castilla del Oro para procurar la vuelta con gente bastante para sojuzgarlos y procurar su conversión.

Capítulo XXIV

De cómo el capitán tomó posesión en aquellas tierras y lo que más hizo hasta que salió de ellas

Como el capitán Francisco Pizarro hubo comido y holgado con aquellos señores que por le honrar se habían juntado, les habló con las lenguas que tenían, diciéndoles cuánto cargo le habían echado en la honra que le habían hecho, que él confiaba en Dios algún día se lo pagar, y que de presente, por el amor que les habían cobrado, les quería avisar de lo que tanto les convenía, que era que olvidasen su creencia tan vana y los sacrificios que hacían tan sin provecho, pues a solo Dios convenía honrar y servir con sacrificios de buenas obras y no con derramar sangre de hombres ni de animales, afirmándoles que el sol a quien adoraban por Dios, no era más que cosa criada para dar lumbre al mundo y para la conservación de él; que Dios todopoderoso tenía su asiento en el más eminente lugar del cielo, y que los cristianos adoraban a este Dios, a quien llaman Jesucristo, y que si ellos hacían lo mismo les daría gloria del cielo, y no haciéndolo, les echaría en el infierno para siempre jamás. Concluyó con ellos con decirles que procuraría la vuelta con brevedad y traería religiosos para que los bautizasen y les predicasen la palabra del santo, evangelio. Y luego les dijo que supiesen que todos ellos habían de reconocer por señor y rey al que era de España y de otros muchos reinos y señoríos; y que en señal de obediencia alzasen una bandera que les puso en las manos; la cual los indios la tomaron y la alzaron tres veces riéndose, teniendo por burla todo lo que les había dicho, porque ellos no creían que en el mundo hubiese otro señor tan grande y poderoso como Guaynacapa; mas como lo que les pedía no les costaba nada, concedieron en todo con el capitán, riéndose de lo que les decía. Esto pasado, el capitán se despidió de los indios para se volver al navío; y como fuesen en una balsa, se trastornó de tal manera, que aína se ahogaran. Como entró en el navío, se acostó en una cama. Halcón, como vio que se apartaba de la cacica, fue a le rogar que lo dejasen en aquella tierra entre aquellos indios; no quiso, porque era de poco juicio y no los alterase, lo cual sintió tanto Halcón, que luego perdió el seso y se tornó loco, diciendo a grandes voces: “Xora, xora, bellacos, que esta tierra es mía y de mi hermano el rey y me la tenéis usurpada”, y con una espada quebrada se fue para ellos. El piloto, Bartolomé Ruiz, le dio con un remo un golpe, de que cayó en el suelo, y metiéronlo debajo de cubierta, echándole una cadena. Volviendo con el navío por donde habían venido, llegaron a otro puerto de la costa, donde hallaron muchos indios en balsas para recibirlos con mucha alegría, y como el navío surgió fueron a él con grandes presentes que los caciques enviaban al capitán, y llegó un indio con una espada y un jarro de plata que, al tiempo que el capitán cayó (en el puerto donde estuvo) en el agua, se perdió; mas los indios le buscaban tanto y con tanta diligencia, que lo hallaron y por tierra se lo enviaron y llegó, a este tiempo; los ricos hombres de aquella comarca con algunos caciques fueron al navío muy alegres en verlo surto en el puerto, y hablaron con el capitán rogándole, que pues había saltado en la tierra de sus vecinos, que hiciese en la suya lo mismo, porque dejarían en rehenes, de ellos mismos, los que él mandase. Respondió que no quería que quedasen en la nao ninguno de ellos sino salir como mandaban, por les hacer placer, porque su deseo era de les dar todo contentamiento, quedaron con oír esto los principales muy contentos, y así lo estuvieron hasta que se volvieron a tierra, donde mandaron aparejar bastimento para les dar de comer y que se hiciese una ramada semejante a la que tuvieron donde primero habían estado. Francisco Pizarro estaba espantado cuando veía tanta razón en aquellas gentes, y cómo andaban vestidos y los principales bien tenidos. Y por la mañana fue a tierra, donde fue recibido de la manera que lo hicieron los otros; y así le dieron de comer a él y a sus compañeros; y como estuviesen juntos muchos principales, les hizo otro parlamento sobre que les convenía dejar sus ídolos y ritos que tenían y tomar nuestra fe y adorar por Dios a nuestro redentor y señor Jesucristo, y que habían de entender que presto serían sujetos al emperador don Carlos, rey de España, y les hizo alzar la bandera ni más ni menos que a los otros; mas también lo tuvieron todo por burla y se reían, muy de gana de lo que le oían. Como se quisiese recoger al navío, rogó a los principales que allí estaban que le diese cada uno de ellos un muchacho para que aprendiese la lengua y supiesen hablar para cuando volviesen. Diéronle un muchacho a quien llamaron Felipillo, y a otro que pusieron don Martín. Un español marinero llamado Ginés, pidió licencia al capitán para se quedar entre los indios, y lo mismo hizo Alonso de Molina, el cual dijo que se quería quedar en Túmbez hasta que, siendo Dios servido, volviese con gente para poblar aquella tierra. Francisco Pizarro encomendó mucho a los indios a Ginés, que entre ellos se quedó; respondieron que mirarían por él. Pasado esto se partió de allí y como se embarcó, arribó la vuelta de Túmbez. Como llegó la nao a cabo Blanco, saltó en tierra para tomar posesión en nombre del emperador, y como fuese en una canoa para lo hacer, poco faltó para se perder, porque era pequeña y zozobró. Como se vio en la costa, dijo en presencia de los que iban con él: “Sedme testigos cómo tomo posesión en esta tierra con todo lo demás que se ha descubierto por nosotros, por el emperador nuestro señor y por la corona real de Castilla”. Como esto dijo, dio algunos golpes, poniendo su señal como se suele hacer. Volvió al navío, anduvieron hasta que llegaron a la playa de Túmbez, donde lo estaban aguardando muchos principales y caciques; fueron luego en balsas algunos de ellos llevando refresco. El capitán les habló como había hecho a los demás, y les dijo que para que por ellos fuese conocido que su amistad era verdadera y de amigo, que él quería dejarles un cristiano, para que le mostrasen su lengua y le tuviesen entre ellos, Holgáronse en extremo en lo saber, prometieron de lo mirar y guardar, como él vería cuando volviesen; y así Alonso de Molina con su hato se quedó en Túmbez. De estos cristianos dicen unos que se juntaron a cabo de algunos días todos tres, y que llevando a Quito al rey Guaynacapa los dos de ellos, supieron que era muerto y los mataron a ellos. Otros dicen que fueron viciosos en mujeres y que los aborrecieron tanto, que los mataron. Lo más cierto, y que yo creo, es lo que también he oído, que juntos salieron con los de Túmbez a la guerra que tenían con los de la Puná, donde después de haber los tres cristianos peleado mucho, fueron vencidos los de Túmbez; y como ellos no pudieron huir tanto, los enemigos los alcanzaron y mataron. Cierto si quedaran hombres sabios o religiosos que pretendieran aprovechar las ánimas de estos infieles, no hay que dudar sino que Dios fuera con ellos; pero eran mancebos de poco saber, criados en la mar, y que se apocarían tanto que los indios los matarían como ellos dicen, como se ha contado. Como el capitán hubo estado hablando con los de Túmbez, que se ha dicho, y entendido de ellos grandes cosas que decían de Chincha, se partió, metiendo primero algunas ovejas que los indios les dieron, las cuales mandó el capitán que se curasen y guardasen para llevar por muestra, y no quiso pasar en la isla de la Puná, y al tiempo que pasaban por la punta que pusieron por nombre de Santa Elena, donde se habían juntado muchos principales para ver el capitán y hablarle, creyendo que los cristianos eran favorecidos de Dios y cosa suya, pues así andaban por la mar siendo tan pocos; y como vieron al navío, fueron a él; hablaron con Francisco Pizarro, diciendo que estaban todos muy alegres con ver que eran tan buenos y amigos de verdad; y que tomasen puerto en su tierra, donde serían servidos. El capitán no quiso salir del navío, mas por complacer, mandó que surgiesen; y como volvieron los que habían ido a tierra, dieron cuenta a los otros de cómo habían visto al capitán, y determinaron de le hacer un presente de lo que ellos más estimaban que eran mantas de su lana y algodón, y unas cuentas de hueso menudas a que llaman chaquira, que es gran rescate; oro, bien pudieran lastrar el navío con lo que había en aquella tierra, mas como el capitán había mandado que no preguntasen por oro ni plata ni hiciesen caso de él, aunque más de ello viesen, no les dieron ninguno; mas fueron a la nao treinta y tantos principales, y cada uno en señal de amor y de gran voluntad le dio una manta y le echó al cuello una sarta de la chaquira dicha, y las mantas se las ponían junto a las espaldas, porque así es su costumbre. Al ruido que tenían los indios, subió Halcón arriba, pidiendo primero licencia, teniendo como tenía sus prisiones; y mirando contra el capitán, a grandes voces dijo: “Quien vio asno enchaquirado ni albardado como ése”. Lo cual dijo por él, y dio grandes voces a los indios, diciendo que los cristianos le tenían usurpado el reino, que eran unos traidores, tales por cuales. El capitán les hizo entender como estaba loco, y les agradeció el presente, rogándoles ya que se querían partir, que les diesen un muchacho, para que aprendiese la lengua, diéronselo, el cual murió después en España. De aquí navegaron, y en Puerto Viejo salieron muchas balsas con mantenimientos, mostrando todos mucha alegría con ver y hablar con los españoles; y le dieron otro muchacho, a quien pusieron por nombre don Juan. No saltaron más en tierra ni pararon hasta la Gorgona, donde habían dejado los españoles, con quien mucho se holgaron, aunque hallaron al uno que llamaban Trujillo muerto. A los demás abrazaron y contaron lo que habían visto y lo que dejaban descubierto; y recogiéndose todos al navío, se hicieron a la vela con determinación de no parar hasta llegar a Panamá.

Capítulo XXV

De cómo Pizarro llegó a Panamá, donde procuró negociar con Pedro de los Ríos que le diese gente para volver, lo cual, como no se efectuase, determinó de ir a España

De la isla de la Gorgona anduvo sin parar el capitán Francisco Pizarro hasta que llegó a la ciudad de Panamá, donde fue recibido honradamente del gobernador y de todos los vecinos de ella, recibiendo sus compañeros alegría tan grande en lo ver, cuanto se puede pensar. Daban gracias a Dios nuestro señor, pues fue servido que en fin de tantos trabajos descubriesen tan gran tierra. Espantábanse de las ovejas, viendo su talle; estimaron su lana, pues con ella ropa tan fina se hacía; loaban los colores de las pinturas de perfectos; creían que, pues hallaron aquel cántaro, con la otra muestra en la isleta, que en las ciudades y pueblos grandes habría mucha plata y oro; y como suele acontecer con semejantes novedades, no se hablaba en la ciudad de otra cosa que en el Perú, loando a Pizarro de constante, pues en trabajo y necesidad, no bastó a desmayar ni perder voluntad de ver el fin que vio de lo que pretendió. Estuvo ocho días retraído sin salir a lo público, en el curso de los cuales trataron muchas cosas sus compañeros, y sobre la manera que se daría, para seguir al descubrimiento y conquista del Perú. Determinaron de hablar a Pedro de los Ríos para que diese lugar que sacasen gente y caballos, pues la mayor parte del provecho sería suyo. Cometióse a don Hernando de Luque el proponer de la plática, la cual se hizo delante de los otros compañeros, porque saliendo Pizarro, fueron con él entrambos a dos a visitar al gobernador; y estando solos ellos con él, habló Luque, representándole, cuánto fue lo que Pizarro y Almagro trabajaron en el Perú y cómo siempre se habían mostrado servidores del rey, habiendo sido lo mismo en la Tierra Firme, donde era su gobernación, en tiempo de Pedrarias, quien, por conocimiento que tenía de ser todo lo que decían verdad, les había dado la demanda de la mar del Sur, donde habían pasado los trabajos que él sabía y le constaba, pues llegó a tanto extremo Francisco Pizarro que lo desampararon sus compañeros y le dejaron en la Gorgona, tierra enferma, poblada de mosquitos y culebras, de donde con el navío que él y Diego de Almagro le enviaron, siendo Dios de ello servido, habían descubierto a la tierra que había oído, de la cual habían traído la muestra que había visto, y que Francisco Pizarro tenía voluntad de volver con brevedad a aquella tierra tan buena y rica; por tanto, que pues él era gobernador de Castilla del Oro, que diese lugar a que sacase gente y favoreciese para la conquista y enviase a su majestad a pedirle merced de ella, pues era de creer se la daría. Pedro de los Ríos respondió encogidamente que si él pudiera que hiciera lo que pedían; mas que no había de despoblar su gobernación por ir a conquistar tierras nuevas, ni que muriesen más de los que habían muerto con aquel cebo que veían de las ovejas y muestra de oro y plata. Pasado esto y otras pláticas entre el gobernador y los tres compañeros, se despidieron de él muy tristes por el poco aparejo que hallaban para la conquista de la tierra que dejaban descubierta. Platicaron entre ellos mucho sobre lo que harían para salir con su intención, determinaron de enviar en España un mensajero para que de su parte informase a su majestad y le pidiese merced de la gobernación y adelantamiento para ellos, y para su compañero, el maestrescuela del obispado, que era el que más ahincaba que hiciesen mensajero. Y así lo tenían concertado. Mas Diego de Almagro, delante de Luque habló con Pizarro, diciendo que, pues tuvo ánimo para gastar entre manglares y ríos de la costa más de cuatro años, pasando tantas hambres y trabajos nunca oídos ni vistos por hombres, que no le faltase, para meterse en un navío y dar consigo en España y ponerse a los pies del emperador, para que le haga mercedes de la gobernación de la tierra; que sería otro negociar, que por mensajero que al fin era tercera persona. Pizarro, cobrando más aliento del que tenía con lo que oyó a su compañero, dijo que tenía razón y que habiendo algún dinero que gastar les estaría a todos ellos mejor su ida, que no “enviar”. El maestrescuela Luque, mirándolo con más atención, y conociendo que el mandar no sufre igualdad y que cada uno querría más para sí, contradijo la opinión de Almagro. Con razones bastantes que para ello dio, mandó a decir que enviasen despachos con el licenciado Corral. Pizarro callaba a lo que Luque proponía, dando a entender que pasaría por lo que ellos ordenasen; mas Diego de Almagro, habiéndose puesto en cabeza lo que había dicho, lo sustentaba, y de tal manera lo tornó a decir, que se vino a resumir en su voto, diciendo primero don Hernando de Luque: “Plega a Dios, hijos, que no os hurtéis la bendición el uno al otro, que yo todavía digo que holgara, por lo que a entrambos toca, que juntos fuérades a negociar o enviárades persona que por vosotros lo hiciera”. Y como Almagro ahincase tanto en la ida de Pizarro, se capituló que negociase para el mismo Pizarro la gobernación, y para Almagro el adelantamiento, y para el padre Luque el obispado, y para Bartolomé Ruiz el alguacilazgo mayor (); sin lo cual de pedir mercedes aventajadas para los que, de los trece, se hallaron con él en el descubrimiento, habían quedado vivos. Francisco Pizarro dio su palabra de lo hacer así, diciendo que todo lo quería para ellos; mas después sucedió lo que veréis adelante. Acuérdome que andando yo por este Perú mirando los archivos de las ciudades donde están estas sus fundaciones con otros instrumentos antiguos, encontré en la ciudad de los Reyes con escritura que tenía el sochantre en su poder, la cual se pudieron leer de ella unos renglones que decían hablando con Pizarro, Almagro y el padre Luque: “Habéis de negociar lo que hemos concertado, lo cual habéis de hacer sin ningún mal ni engaño ni cautela”.

Capítulo XXVI

De cómo Francisco Pizarro fue en España a dar cuenta al emperador de la tierra que había descubierto y de lo que hizo Almagro en Tierra Firme

Francisco Pizarro no salía un punto de la voluntad de Diego de Almagro, y así le encargó le buscase algunos dineros con que fuese a España siquiera que pudiese gastar por donde fuese. Aunque ellos tenían haciendas, estaban empeñadas, y ellos obligados a mil deudas; mas aunque esto era así, Almagro era tal diligente, como saben los que lo conocieron: estaba tullido, que no podía andar; puesto a una silla, en hombros de esclavos, anduvo por la ciudad buscando entre sus amigos dinero para lo dicho; juntó lo que pudo, que fueron mil y quinientos castellanos, poco dinero para ir a pedir tan grande empresa; mas no había en aquellos años las millaradas que vemos en éstos; con ello y con la muestra que en la isla pequeña hallaron, se aprestó Pizarro para España llevando de las ovejas que habían traído para crédito de su razón, y algunos indios de los que le dieron para lenguas. Fue al Nombre de Dios, donde luego se embarcó para España. El ido, Almagro no se descuidó, antes determinó de enviar un navío a la gobernación de Nicaragua, que en aquel tiempo estaba a cargo de Pedrarias Dávila, a quien Almagro había mercado el provecho que heredaba de la compañía que al principio se hizo (o la sacó fuera, que es lo cierto), por mil y quinientos castellanos que le dio: interese poco para lo mucho que perdió, que fuera tanto que hasta hoy tuviera su parte. En este navío que fue a Nicaragua entró Nicolás de Ribera, para que como testigo de vista hablase lo que había. Escribió Almagro a Pedrarias y otros de sus amigos. Estaba Pedrarias en León, ciudad de aquella provincia que fue donde supo la nueva; quejábase a Almagro porque así lo había echado de la compañía; dijo que por él no harían nada; mas que por Pizarro y Luque lo que pudiesen. Estaban en Nicaragua hombres principales, entre ellos Hernando de Soto, Hernán Ponce y Compañón. Tenían aparejo para hacer navíos; informáronse de Ribera de lo que era el Perú y de la ciudad de Túmbez; vieron las ovejas y algunas mantas, pensaron de hacer navíos o acabar dos que estaban haciendo y haciendo compañía con Pedrarias ir a poblar la tierra; mas había cautela entre ellos, porque los compañeros pretendían ir con el mando por hacer cuando allá se viesen, su hecho. Pedrarias quería darles “acompañado” que allá por él tuviese jurisdicción; no se conformaban; el piloto Bartolomé Ruiz y Ribera hablaron con Hernán Ponce pláticas secretas para que fuese alguno de ellos a Panamá a aguardar que viniese con la gobernación Pizarro, con quien era su concierto, a provecho y honra suya. Hernán Ponce dio la palabra que él o alguno de sus compañeros lo harían, y con esto el piloto Bartolomé Ruiz y Ribera se despidieron del gobernador para se volver a Tierra Firme estando con sospecha que Pedrarias les quería tomar el navío para con él y otros enviar a poblar en el Perú; y como se quisiesen hacer a la vela, envió el gobernador un alguacil para que secuestrase el navío y lo visitase estando muy pesante por les haber dado licencia, mas el alguacil ni él no fueron parte para detenerlos, antes salieron y se trajeron consigo, según me dijeron, otro navío que allí estaba, porque no hubiese aparejo con que el gobernador enviase tras ellos; y allegaron a la Chira, donde hallaron otro alguacil que les requirió con grandes penas no fuesen a Panamá; mas como saliesen de allí, anduvieron hasta que entraron en su puerto, donde hablaron con Diego de Almagro, dándote cuenta de lo que les había pasado. Almagro temió que Pedrarias o Hernán Ponce o Hernando de Soto no se entrasen en la tierra del Perú y lo ocupasen en el ínter que su compañero iba a España y volvía con la gobernación.

Capítulo XXVII

Cómo llegó a España el capitán Francisco Pizarro y le fue dada la gobernación del Perú

Como el capitán Francisco Pizarro se embarcó en el puerto del Nombre de Dios, anduvo hasta que llegó a España, y como se vio en Sevilla, luego se partió para la corte, derramándose por toda España nueva de como dejaban descubierta tan grande tierra y tan rica. Miraban todos las ovejas que llevó, y como Pedro de Candía, que fue con él, hubiese visto lo de Túmbez y lo contaba, no lo creían, diciendo que era industria para engañar los que quisieran ir allá, para que creyesen que había casas de piedra y tanto oro. Y con esto que anteponían a la verdad atajaban algunas veces al Pedro de Candía, que lo contaba, de tal manera que le hacían callar. Pizarro, como llegó a la corte, presentóse delante de los del Consejo de Indias, porque gobiernan las indias Por comisión que tienen del rey. Informóles de lo que habían trabajado él y sus compañeros; dijo lo que vio en la tierra que descubrió y la noticia que tuvo. Oyéronle bien y tuvieron lástima de sus trabajos. Consultáronlo con el rey, y con mucha facilidad se le concedió la gobernación y le hicieron otras mercedes; díjose que solamente procuró para sí lo más y mejor, sin se acordar de lo mucho que sus compañeros habían trabajado y merecido, y así cuando vino a su noticia de Almagro que no le traía el adelantamiento, mostró sentimiento notable. Y porque se vea lo cierto de este negocio sin que andemos rastreando por opiniones, pondré aquí a la letra algunos capítulos sacados de la capitulación que con él se tomó, según me consta por el original que yo tuve en mi poder algunos días en esta ciudad de los Reyes y dice:
“La reina, por cuanto vos, el capitán Francisco Pizarro, vecino de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, por vos y en nombre del venerable padre don Fernando de Luque, maestrescuela y provisor de la iglesia de Darien, sede vacante, que es en la dicha Castilla del Oro y del capitán Diego de Almagro, vecino de la ciudad de Panamá, nos fecistes relación que vos e los dichos vuestros compañeros, con deseo de nos servir y del bien y acrecentamiento de nuestra corona real; puede haber cinco años poco más o menos, que con licencia y parecer de Pedrarias de Ávila nuestro gobernador y capitán general que fue de la dicha Tierra Firme, tomastes a cargo de ir a conquistar, descubrir y pacificar e poblar por la costa del mar del Sur de la dicha tierra a la parte de levante, a vuestra costa y de los dichos vuestros compañeros todo lo que por aquella parte pudiésedes, y fecistes para ello dos navíos e un bergantín en la dicha costa, en que ansí en esto por se haber de pagar la jarcia e aparejos necesarios al dicho viaje e armada desde el Nombre de Dios que es en la costa del norte a la otra costa del sur, como con la gente e otras cosas necesarias al dicho viaje e en tornar a rehacer la dicha armada gastastes mucha suma de pesos de oro; e fuistes a facer e fecistes el dicho descubrimiento, donde pasastes muchos peligros y trabajos, a causa de lo cual vos dejó toda la gente que con vos iba, en una isla despoblada y con solo trece hombres que no vos quisieron dejar; y que con ellos, y con el socorro que de navíos y gente vos hizo el dicho capitán Diego de Almagro, partistes de la dicha isla y descubristes las tierras y provincias del Perú y ciudad de Túmbez; en que habéis gastado, vos e los dichos compañeros, mas de treinta mil pesos de oro; y que con el deseo que tenéis de nos servir queríades continuar la dicha conquista y población, a vuestra costa e mención sin que en ningún tiempo seamos obligados a vos pagar ni satisfacer los gastos que en ello ficieredes, más de lo que en esta capitulación vos fuere otorgado; e me suplicastes e pedistes por merced vos mandase encomendar la conquista de las dichas tierras, e vos concediese y otorgase las mercedes, y con las condiciones, que de suso serán contenidas. Sobre lo cual yo mandé tomar con vos el asiento y capitulación siguiente.
“Primeramente doy licencia y facultad a vos el dicho capitán Francisco Pizarro para que por nos y en nuestro nombre y de la corona real de Castilla podáis continuar el dicho descubrimiento, conquista y población de la dicha tierra y provincia del Pirú hasta doscientas leguas: comienzan desde el pueblo que en lengua de indios se dice Temunpulla, y después le llamaste Santiago, basta llegar al pueblo de Chincha, que puede haber las dichas doscientas leguas de costa poco más o menos.
“Iten, entendiendo ser cumplidero al servicio de Dios y nuestro, e por honrar vuestra persona, y por vos hacer merced, prometemos de vos hacer nuestro gobernador e capitán general de toda la dicha provincia del Pirú y tierras y pueblos, que al presente hay e adelante hobiere, en todas las dichas doscientas leguas por todos los días de vuestra vida con salario de setecientas y veinte y cinco mil maravedís en cada un año contados desde el día que vos hiciéredes a la vela destos nuestros reinos para continuar la dicha población y conquista, los cuales vos han de ser pagados de las rentas y derechos a nos pertenecientes en la dicha tierra que ansí habéis de poblar del cual salario habéis de pagar en cada un año un alcalde mayor y diez escuderos e treinta peones e un médico e un boticario, el cual salario os ha de ser pagado por los nuestros oficiales de la dicha tierra:
“Otrosí, vos hazemos merced de título de nuestro adelantado de la dicha provincia del Pirú y ansimismo del oficio de alguacil mayor de ella, todo ello por los días de vuestra vida.”
Estos oficios parece que Francisco Pizarro los procuró para sí, sin se acordar de Almagro, ni del piloto que tanto le ayudó y trabajó en el descubrimiento. Lo que se contiene en la capitulación, según parece, es para los dichos porque, prosiguiendo, dice más:
“Otrosí, hacemos merced al dicho capitán Diego de doctrina de la persona del dicho don Fernando de Luque, de le presentar a nuestro muy santo padre por obispo de la ciudad de Túmbez, que es en la dicha provincia e gobernación del Perú, con los límites que por nos, con autoridad apostólica, le serán señalados; y entretanto que vienen las bulas del dicho obispado le faremos protector universal de todos los indios de la dicha provincia con salario de mil ducados en cada año, pagados de nuestras rentas de la dicha tierra, entretanto que hay diezmos eclesiásticos de que se pueda pagar.
“Otrosí hacemos merced al dicho capitán Diego de Almagro de la tenencia de la fortaleza que hay o hubiere en la dicha ciudad de Túmbez, que es en la dicha provincia del Perú, con salario de cinco mil maravedís cada un año, con más de doscientos mil maravedís en cada un año de ayuda de costa; todo pagado de las rentas de la dicha tierra, aunque el dicho capitán Almagro se quede en Panamá, o en otra parte que le convenga; e le faremos home fijodalgo que goce de las honras e preeminencias que los homes fijosdalgo pueden y deben gozar en todas las Indias, Islas e Tierra Firme del mar Océano.”
En otro capítulo dice que los trece que se hallaron con el gobernador en el descubrimiento, que sean hidalgos notorios de solar conocido en aquellas partes, y a los que son hidalgos de ellos, que sean caballeros de espuelas doradas.
Concluye la capitulación con otro capítulo por donde parece que fue fecho en Toledo a veinte y seis de julio de mil y quinientos e veinte e nueve años. Está firmada de la reina e de Juan Vázquez, su secretario, y señalada con firmas de los del consejo real de Indias. Como la capitulación se asentó, se le dio la instrucción de lo que le mandaba hacer y sus provisiones reales selladas con el sello real, y otros favores y mercedes; con que se partió de la corte, dejando esperanza de buen suceso de las tierras donde quería ir; y fue a Trujillo, donde es su patria.

Capítulo XXVIII

De cómo el gobernador don Francisco Pizarro volvió a la Tierra Firme, enviando primero ciertos españoles en un navío que dieron nueva de lo que había negociado

En su tierra estuvo poco el gobernador, porque, lo uno, él tenía poco dinero que gastar, y lo otro, que no veía ya la hora que estar en la tierra que dejaba descubierta. Iban por oficial de la hacienda real, Alonso de Riquelme, tesorero; García de Saucedo, veedor, Francisco Navarro, contador. Procuró Pizarro de allegar gente; mas como le veían tan pobre, no creían que había riqueza donde los querían traer. Trajo consigo cuatro hermanos: el principal era Hernando Pizarro, hombre de buena persona y gran pundonor; era hijo legítimo del capitán Gonzalo Pizarro, padre de todos ellos; y a Juan e Gonzalo Pizarro, hermanos suyos de padre bastardos, porque sólo Hernando Pizarro era legítimo; y a Francisco Núñez de Alcántara, su hermano de madre. Juntó alguna gente, aunque poca, y porque en la Tierra Firme se supiese estar ya despachado y de camino, despachó que fuesen en un navío quince o veinte españoles; los cuales llegaron al Nombre de Dios y lo contaron al gobernador. Como mejor pudo, pasando hartas necesidades y trabajos, por los pocos dineros que tenía, se aprestó y vino a Sant Lucar, donde salió a (…) del mes (…) del año (…) de (…) y navegaron la vuelta de las Indias. El capitán Diego de Almagro supo de los que habían venido, cómo Francisco Pizarro venía por gobernador de la tierra, que intitulaban la Nueva Castilla, y cómo el adelantamiento lo procuro para sí mismo; quejábase de su compañero públicamente, que había ido a venir hecho señor, sin se acordar dél que lo había puesto en todo; decía más: que Pizarro le dio mal pago por lo que por él había hecho, y que no tenía que se quejar del rey, porque si él fuera a su presencia, no le pagara con le hacer alcaide de Túmbez; y que venido Pizarro no le había de entrar hombre de los que venían con él en su casa, ni había de gastar más de lo gastado. Don Hernando de Luque le decía que suya era la culpa, pues procuró con tanto ahínco la ida de Francisco Pizarro en España, y estorbó lo que él daba por parecer, que fuese una persona a los negociar, que con equidad los trataría; y que puesto que había oído aquello, que se sosegase, que no veía por qué creer más del dicho de aquéllos. Dicen que no bastó el electo don Hernando de Luque a lo apaciguar, antes se fue luego a las minas. Luque, como esto vio, buscó algunos dineros prestados con que pagó los fletes de los que digo vinieron delante; yendo por su camino, al Nombre de Dios, Nicolás de Ribera, a lo hacer, Almagro estaba tan sentido como se ha dicho; no bastaba ninguna razón que sobre ello le hablaban, a que se amansase. El electo Hernando de Luque le escribió algunas cartas amonestándole se viniese a Panamá, pues todo cuanto Pizarro había negociado era para todos, pues con él tenía compañía; sin esto le escribió para le contentar, que supiese que lo que él decía del adelantamiento que traía Pizarro, que era burla. Con estas cosas, y con lo que le dijo Nicolás de Ribera que volvió del Nombre de Dios por donde él estaba, perdió parte de su pasión y escribió al electo que recogiese la gente y la proveyese en el entretanto que él iba a Panamá; donde sin pasar muchos días llegó, hablando bien a los que habían venido y porque su compañero hallase hecha alguna hacienda cuando llegase envió carpinteros a cortar madera al río que llaman de Lagartos, para adobar las naos, que estaban muy gastadas de los viajes pasados. El piloto Bartolomé Ruiz también se quejaba de Francisco Pizarro, porque no le negoció la vara de alguacil mayor, habiéndolo prometido y jurado; decía, que si él no fuera en el navío y no tomara los indios de Túmbez en la balsa, que no quedara en la Gorgona con la esperanza que quedó de descubrir brevemente lo que aquellos indios decían. El capitán Diego de Almagro en la Tierra Firme procuraba allegar alguna gente para la conquista que se había de hacer del Perú y de tener bastimento para que comiesen los que viniesen de España. A Nicaragua fue nueva de cómo el emperador había encomendado la gobernación del Perú a Francisco Pizarro. Aguardaban muchos a saber que hubiese llegado a Tierra Firme para hallarse en la conquista; y en la Española y en otras muchas partes de las Indias se había divulgado esta nueva.

Capítulo XXIX

De cómo el gobernador, don Francisco Pizarro, llegó al Nombre de Dios, y lo que pasaron entre él y Diego de Almagro; y de cómo en Panamá se tornó a confirmar la amistad e hicieron nueva compañía

Conté en lo de atrás cómo el gobernador don Francisco Pizarro se embarcó en el puerto de San Lúcar de Barrameda, donde después de haber tomado tierra en algunos puertos llegó a la ciudad de Nombre de Dios, que en aquel tiempo estaban las casas hechas de madera y paja; ahora es otra cosa, porque como salga de aquel puerto más oro y plata que de ninguno de todos cuantos a mi ver hay en el mundo, y cien flotas cargadas de mercaduría de todo género, háse ennoblecido el pueblo y las casas son de teja y el ornamento de ellas en vigas y tablazón. Trajo el gobernador tres navíos en donde venían ciento y veinte y cinco españoles. Supo luego Diego de Almagro, cómo estaba allí en Panamá. Partióse luego al Nombre de Dios, donde se vieron él y el gobernador. Se hablaron bien en lo público y ansímismo sus hermanos con él. Entendí por muy cierto, que después se supo, que a solas Diego de Almagro se quejó de su compañero diciéndole que cómo la había mirado tan mal con él, pues él con él siempre lo hizo tan bien, que le procuró el cargo del descubrimiento, sustentándolo con enviarle y llevarle gente con los más que él pudo, donde si él pasó trabajos, no se diría que su persona había estado en regalos, pues estaba sin un ojo y quedó tullido hasta el tiempo presente, y que por sus cartas se quedó en la Gorgona, adonde le envió el navío con que descubrió la tierra rica; en todo lo cual había trabajado y solicitado lo que él sabía, pues hasta la ida de España le insistió que fuese y le buscó dineros que gastase, creyendo que había de negociar lo que con él y el electo puso y juró y promedió, lo cual todo había salido al contrario, pues venía gobernador y adelantado, y a él traíale alcaide de Túmbez con ciento mil maravedís de acostamiento, cosa para reír más que para otra cosa; mas que le consolaba que había servido bien y a príncipe cristianísimo, de que no dudaba, mas antes confiaba, que le haría mercedes conformes a su clemencia y benignidad. A lo cual oí también que el gobernador le respondió con algún enojo, diciéndole que no había necesidad que le trajese a la memoria cosas pasadas, pues él las sabía y entendía, y que en España informó de su persona y procuró que le diesen el adelantamiento, lo cual no quisieron, porque no sabían quien fuese, cuanto más que gobernación para que gobernasen dos no se dio jamás, ni se sufre, porque no sería bien gobernada; y que la tierra del Perú era tan grande, que había gobernación para ellos y para todos; cuanto más que lo que él traía también era suyo, pues tenía en todo parte, y que su voluntad era que lo mandase y gobernase como él quisiese. Almagro respondió sentido de lo que le dijo que le mostrase la petición para ver la respuesta que dieron si era como él contaba, mas ni él mostró ni Almagro quedó sin su queja, puesto que se hablaban y trataban como de antes. Y volvió a Panamá a adobar los navíos. Pizarro hizo lo mismo. Fue recibido con mucha honra de todos los vecinos, porque le amaban y querían mucho. Algunos quieren decir, y así es público entre todos los de aquel tiempo, muchos de los cuales hay vivos; que Almagro, como vio a Hernando Pizarro y su estimación le temió y estuvo mal con él, y que Hernando Pizarro, por el consiguiente, le tuvo desde luego en poco, sin le parecer bien sus cosas. De esto unos culpan a Hernando Pizarro y otros a Diego de Almagro, de quien dicen que como estuviese desabrido, y comiesen todos por su mano, diz que no les hartaba de tortillas y que les trataba como a negros; lo cual otros niegan y dicen que él fue principio, medio y fin, para que se hiciere lo que se hizo en el Perú. Los que quisiéredes entender este negocio, preguntad a los amigos de Pizarro lo que es, y juraros han cien veces que es verdad lo que se dice de Almagro, y que en todo es cierto; y haced lo mismo de los que lo fueron de Almagro, y no solamente dirá que los Pizarros le fueron ingratos, y que es verdad lo que de él se decía, pero también lo jurarán. Trabajo grande para quien desea escribir la verdad y contaros lo cierto: que es, a mi entender, que todos erraron y tuvieron dobleces y negociaban con cautelas; así Pizarro como Almagro, como todos ellos. Pues como Almagro se le diese tan poco por dar calor a su compañero para que con brevedad entendiese en partir de Panamá, quiso tratar de hacer cierta compañía con unos vecinos de la ciudad que habían por nombre, Álvaro de Guijo y el contador Alonso de Cáceres. Mas el licenciado Espinosa, que en aquel tiempo estaba en Tierra Firme, y el “electo” y otros hombres honrados, entrevinieron entre ellos y los tornaron a concertar, y hicieron compañía nueva con otra capitulación de que fue la sustancia: que el gobernador dejase a Diego de Almagro la parte que tenía en Taboga, y que no pudiese pedir merced ninguna para sí ni para ninguno de sus hermanos, hasta que él pidiese al emperador una gobernación desde donde se acababa la de Pizarro; y que todo el oro y plata, piedras, repartimientos, naborías, esclavos, con otros cualesquier bienes o haciendas fuesen de ellos dos y del electo don Hernando de Luque. Hecha esta capitulación y nuevo concierto, Diego de Almagro buscó dinero y se pagaron los fletes y gastos que el gobernador había hecho. En este tiempo estaba en Panamá, Hernán Ponce de León, llegado de Nicaragua, con dos navíos, cargados de esclavos suyos, y de su compañero Hernando de Soto, con el cual concertó también don Francisco Pizarro, que le diesen los navíos para la jornada, pagando los fletes; con que a Hernando de Soto hiciese capitán y teniente de gobernador en el pueblo más principal; y a Hernando Ponce, uno de los mayores repartimientos.

Capítulo XXX

De cómo el gobernador don Francisco Pizarro salió de Panamá y quedó en ella el capitán Diego de Almagro y cómo entró

Mediante la nueva capitulación y compañía hecha entre Pizarro y Almagro, hubo mejor despacho para la jornada que se pensó; porque Almagro entendía en proveer lo necesario, procurando vitualla y lo demás para ella perteneciente. Determinóse por ellos que el gobernador se partiese luego, y que tomado tierra de la parte que del Perú le pareciese, aguardase al socorro que le fuese, para lo cual Almagro había de quedar en Panamá. De Nicaragua, había de ir gente y caballos, lo mismo creían que harían de otras partes, que bastarían juntos todos a señorear la tierra, aunque más grande fuese. Y como Pizarro y Almagro hubiesen platicado sobre estas cosas, y otras, lo que más te convenía, salió Pizarro de Panamá con tres navíos, que aderezados estaban, en los cuales iban ciento y ochenta y tantos españoles, embarcándose con él sus hermanos, Cristóbal de Mena, Diego Maldonado, Juan Alonso de Badajoz, Juan Descobar, Diego Palomino, Francisco de Lucena, Pedro de los Ríos, Melchor Palomino, Juan Gutiérrez de Valladolid, Blas de Atienza, Francisco Martín Albarrán, Francisco Cobo, Juan de Trujillo, Hernando Carrasco, Diego de Agüero, García Martínez de Arbaz (Narváez), Juan de Padilla y otros muchos, hasta la cantidad dicha. Iban treinta y seis caballos, fuerza grande para la guerra de acá, porque sin ellos no se podrían sojuzgar tantas naciones. Llevaban muchas rodelas para cuando entrasen en pelea, hechas al modo morisco (que no es malo sino provechoso) de duelas de pipas, que de España vienen con vino, son fuertes y la flecha que la pasa, o el dardo, será tirado con buen brazo; pocas veces acaece. El gobernador se adelantó hasta llegar a las islas de las Perlas, donde aguardó que todos viniesen, y estando juntos, salió de allí con determinación de no hacer lo que primero hizo (que fue andarse por aquellos manglares que había a ojo), sino ir a tomar puerto, fuera del monte, a la tierra que descubrió. Todos iban muy lozanos porque creían que volverían en breve tiempo con gran riqueza a España; vieron este deseo algunos cumplido y otros murieron en su pobreza. Navegando por el mar anduvieron el camino de su derrota, y el tiempo les ayudó de tal manera que en cinco días a la cuenta de algunos que allí venían, vieron tierra donde luego tomaron puerto, y conocieron que era la bahía que llaman de San Mateo. Platicaron Pizarro y los suyos qué harían para acertar en el comienzo de la empresa tan grande que llevaban: después de bien altercado, se determinó en su consulta que los españoles caminasen con los caballos, por tierra la costa adelante, y que los navíos fuesen por la mar. Púsose por obra y la gente salió de allí y anduvo con trabajos, porque en aquella tierra hay ríos y esteros que pasar. Al fin llegaron una mañana a un pueblo principal a que llaman Cuaque, donde hallaron gran despojo porque los indios, aunque supiesen de los españoles no alzaron la hacienda ni se fueron al monte; fue la causa su descuido y no su voluntad, porque creyeron que los españoles no venían a robar ni saltear a los pacíficos y que no les debían nada, ni en tiempo ninguno habían injuriado, sino que pensaron que habían de holgarse unos con otros y tener banquetes, como se hizo al principio, cuando Pizarro anduvo en el descubrimiento. Como vieron la burla, muchos huyeron; dícese que se tomaron más de veinte mil castellanos y esmeraldas muchas y finas; que en aquel tiempo en dondequiera valieran un gran tesoro; mas como los que iban allí habían visto pocas, no las conocieron, y así se perdieron las más. Por dicho de un fraile llamado fray Reginaldo que allí iba, que decía que la esmeralda era más dura que el acero y que no se podía quebrar; y así con martillos, creyendo que daban en dinero, quebraban las más de las piedras que tomaron. Como los indios vieron estas cosas, espantábanse de tal gente y miraban mucho los caballos, a los cuales creyeron que eran inmortales, si no burlan los que lo dicen. El señor natural de este pueblo, con gran miedo y espanto se escondió en su misma casa maldiciendo tan malos huéspedes como le habían venido. Pizarro y los suyos se aposentaron en el pueblo; y como se hubiesen tomado algunos indios, preguntóles el gobernador por el cacique. Supo de ellos donde estaba escondido de que recibió gran contento por asegurarles; mandó que lo buscasen y trajesen a su presencia, y así se hizo: y con gran temblor pareció ante él, excusándose con las lenguas de que no estaba escondido sino en su propia casa y no ajena, y como viese que sin su voluntad habían entrado en el pueblo y tomado lo que él y sus indios tenían, temiendo de que no le matasen no había venido a verlos. A lo cual, le respondió Pizarro que se asegurase y mandase volver los indios a sus casas, porque no querían cautivarlos ni tomarles su tierra y que lo habían errado en no salir al camino a le ofrecer la paz, porque procurara que los españoles no le hubieran tomado el oro y otras cosas que habían habido de ellos, mas que tuviese por cierto que él mandaría que no le fuese hecho más daño y por que no les cobrasen desamor ni odio trató bien su persona; y así vuelto a su casa, el señor del pueblo mandó que viniesen los indios con sus mujeres, e proveían de bastimentos con lo que más tenían a los cristianos, los cuales fueron tan molestos y enojosos a estos naturales, que como viesen en cuán poco los tenían y cómo los disipaban y robaban, tomaron el monte y los dejaron sus casas y tan de propósito lo hicieron que, aunque salió a buscarlos, topó con pocos.

Capítulo XXXI

De cómo Pizarro determinó de enviar los navíos a Panamá y a Nicaragua con el oro que se halló y de cómo vinieron algunos cristianos a se juntar con él y de cómo enfermaron muchos

A cabo de algunos días que había que era llegado el gobernador a Cuaque, con acuerdo de Hernando Pizarro y de los otros principales que allí estaban, determinaron de que las naves fuesen vueltas a Panamá y Nicaragua para que pudiesen venir los españoles y caballos que se hubiesen juntado; y así entendió en escribir a Diego de Almagro, su compañero, todo lo que hasta entonces les había sucedido. Envió con los dos navíos que fueron a Panamá la mayor parte del oro que se tomó en Cuaque, en piezas ricas y vistosas; lo demás mandó que fuese llevado a Nicaragua en el otro navío que fue a cargo de un Bartolomé de Aguilar. Avisando Pizarro en cartas a sus amigos que con brevedad se diesen prisa a venir porque tenía gran noticia de la tierra de adelante y que la mandaba un señor solo y muy poderoso. Como los navíos se fueron, quedó el gobernador con los cristianos en Cuaque, tierra enferma, cerca de la línea equinoccial. Pasaron en ella mucho trabajo y molestia los nuestros, porque estuvieron más de siete meses, y acaeció: algunos de ellos, acostarse en sus lechos buenos y amanecer hinchados los miembros encogidos veinte días y más, y volvían a sanar; sin esto les nacían a los más de ellos unas verrugas por encima de los ojos tan malas y feas, como saben los que quedaron de aquel tiempo. Como no supiesen cura para enfermedad tan contagiosa, algunos las cortaban y se desangraban en tanta manera, que escaparon pocos sin morir de los que lo hicieron; con todos estos trabajos no faltó maíz, algunas frutas y raíces de la tierra, mas en muchos días no comieron carne ni pescado por no lo tener. Aguardaban las naos con gran deseo y como no venían, sentían mucho su tardanza; mas como se viesen unos tullidos; otros con verrugas y todos hartos de no comer más que maíz, se determinaron de salir de allí para otra tierra mejor, y como estuviese ya platicado el mudarse, vieron por la mar venir un navío de que todos mostraron gran contento; creyeron que no vendría solo esta nao: venía cargada bastimento y refresco para los españoles bien cumplidamente, y venían Alonso Riquelme, tesorero, y García de Saucedo, veedor; Antonio Navarro, contador; jerónimo de Aliaga, Gonzalo Farfán, Melchor Verdugo, Pero Díaz y otros. Como saltaron en tierra fueron bien recibidos de Pizarro y de los que estaban con él. Diéronle las cartas que le traían de Diego de Almagro, del “electo”, con otras personas que le escribían. Y pasados ciertos días partieron de allí caminando la costa arriba hasta que llegaron al pueblo de Pasoa. Había derramado la fama grandes cosas de los españoles entre los indios, muy diferentes de lo que primero pensaron y creyeron: que era gente santa no amiga de matar, ni robar, ni hacer daño, sino que les fueran amigables y tuvieran con ellos toda paz; mas ahora (según, los que en este tiempo están, dicen) que era gente cruel sin razón ni verdad, porque andaban hechos ladrones de tierra en tierra, robando y matando a los que no les habían ofendido, y que traían grandes caballos que corrían como el viento y espadas que cortaban con todo lo que alcanzaban; y así decían de las lanzas. Unos de ellos lo creían y otros decían que no sería tanto, y aguardaban con sus ojos a ver lo cierto de la nueva gente que les habían entrado en su señorío; enviando avisos de todo a los delegados de los incas, los cuales avisaron de ello en el Cuzco, y en Quito, y en todas partes. El señor de este pueblo, contra el parecer de muchos de los suyos, aguardó de paz al gobernador con sus indios para ganarle la voluntad y que le tratase como amigo; y no le robase el pueblo, como si fuese enemigo. Diz que recibió placer Pizarro, loando su propósito; prometió de le hacer siempre honra los cristianos: no mataban, ni robaban a los que dando obediencia al rey de Castilla, quisiesen tener con ellos confederación; pero que mirasen no fuese su amistad fingida. Le respondió que era entera y con voluntad: y ansí sirvieron los indios a los cristianos: lo cual saben bien hacer porque están hechos a servir al rey suyo y a los que por su mandado andan por la tierra. Dijéronme, y es verdad que como hubiese necesidad de mujeres naturales para moler y hacer pan a los cristianos, el gobernador guardase la paz y alianza puesta con el cacique, le dio por concierto una piedra de esmeralda, tan gruesa como un huevo de paloma (creyendo que no era nada, y ¡valía un gran tesoro!) por diez y siete indias. Pasado esto, salió Pizarro en gracia de los de aquella tierra.

Capítulo XXXII

De cómo Pizarro prosiguió su camino y le mataron dos cristianos, y llegó Belalcázar con otros cristianos de Nicaragua, y lo que más pasó

Deseaba mucho don Francisco Pizarro llegar a la buena tierra que había de Túmbez para adelante, y habíale pesado porque tan atrás había empezado a tomar puerto; y permitiólo así Dios nuestro señor porque si fuera de golpe adonde quería, sin que hubiera venido la gente que con él se había juntado, no hay que dudar sino que a soplos los mataran; mas como enteramente cuando es comienzo de cualquier negocio no se deja entender hasta que va descubriendo, así Pizarro estaba ignorante de que tenía por delante grandes ejércitos formados, y que fue venturoso que peleasen unos contra otros como enemigos. Y habiéndose despedido del principal del pueblo que se dejaba en amistad, anduvo hasta que llegó a la bahía de los Caraques; como era muy ancha, no la pudieron atravesar, mas subieron bien arriba por donde abaja el río que entra en ella, y pasaron fácilmente y entraron en un pueblo: de una india cuyo marido se había muerto había pocos días, donde había en los ánimos de los indios de por allí novedad, porque en lo secreto odiaban a los españoles, en lo público con temor de ellos y de los caballos mostraban buen rostro “a guisa de gallegos”, como dicen. En sus pláticas y juntas trataban con qué modo y arte los matarían; esforzábanse unas veces de salir todos juntos y matarlos; mas cuando pensaban que habían de venir al hecho, desmayaban, acobardándose. Todo esto hoy día nos lo cuentan ellos mismos. No determinaron más el negocio de hacer cuanto, pudiesen a su salvo, daño a los españoles: los cuales estaban alojados en el pueblo ya dicho, de donde salió uno de ellos, encima de un caballo, tres o cuatro tiros de ballesta, a proveerse de alguna necesidad, llamado Santiago; fue visto por los indios, y como iba descuidado, salieron a él en cuadrilla y le mataron. Antes de esto habían conocido los nuestros cómo los indios andaban de mal arte; y puesto que el gobernador, con buenas palabras, procuraba de los traer a su amistad, no bastaba; y con enojo mandó a Cristóbal de Mena que fuese con algunos españoles a procurar de prender los que de estos tales pudiese haber, y como volviesen de la entrada, apartándose otro español un poco del camino, fue también muerto: porque debajo de esta amistad eran más enemigos. Pizarro sintióse de esto, publicando guerra contra los indios de aquella parte; pues sin les hacer él ni ellos daño ni afrenta, le matasen los suyos. Y con gran saña que tomó de esto, mandó a los de caballo que picasen con los hierros de las lanzas en los que más presto topasen; y así fueron muertos algunos de ellos, y un principal que prendieron fue traído delante de él a quien con las lenguas habló, quejándose porque sus parientes le habían muerto dos cristianos sin les hacer daño ni tomarles por cautivos ni prisioneros. Respondió el principal que eran locos los que lo habían hecho y que lo mandasen soltar para los castigar. Pizarro, como oyó su buena razón, mandó traer allí un indio que se tomó y que había sido de los que mataron al uno de los cristianos; el cacique le habló ásperamente diciendo que en pena de su maldad fuese ahorcado, y así lo pusieron en un palo, y él no habló ni se excusó, antes dio a entender darse poco de la vida y holgarse con la muerte que le daban. Soltóse el principal, a quien Pizarro habló con palabras blandas y amorosas, rogándole que no se ausentasen de sus tierras ni se alzasen para le dar guerra, y que tendrían en los cristianos buenos amigos. Y como esto pasó, caminaron delante a la provincia de Puerto Viejo, donde los indios guardan grandes religiones, y se vieron en algunos lugares formas con miembros deshonestos en que adoran; mas como los principales andaban en las guerras que se trataban entre Atabalipa y Guascar, no se formó ejército con potencia para procurar la muerte de los cristianos, antes determinaron de les mostrar buen semblante y proveerlos de lo que hubiese en su provincia, pues que eran tan pocos, y así salieron a Pizarro mostrando alegría con su venida; el cual mandó que se guardase la paz a los amigos sin les hacer daño ni ningún agravio. Ellos proveían de comida y servían en lo que más podían sin que por ello recibiesen Paga. Mas como en la guerra no baste para conseguir los soldados ninguna buena disciplina, cometiéronse algunos desaguisados; los cuales Pizarro no era parte a castigar. Estuvo quince días en aquella tierra, supo de un pequeño navío que había salido de Nicaragua, cómo por tierra venía Sebastián de Belalcázar con otros cristianos y algunos caballos de que recibió placer y dende a pocos días llegó Belalcázar y Mogrovejo, Francisco de Quiñones, Juan de Porras, De Fuentes, Diego Prieto, Rodrigo Núñez, Alonso Beltrán, y otros, hasta treinta, los caballos eran doce; y fueron bien recibidos del gobernador y de los que con él estaban.

Capítulo XXXIII

De cómo el gobernador prosiguió su camino habiendo grande contento en los españoles, y de cómo de la Puná vinieron mensajeros estando los isleños con determinación de dar la muerte a los nuestros

No daban los cristianos paso en toda la tierra que de ello no le fuese aviso a Atabalipa, que ya en este tiempo había tomado la borla, y como tenían mandado, por fuerza y de voluntad, en la costa y tierra por donde los nuestros andaban, corrían a él como señor; y cuentan que algo le desasosegó saberlo, y que pensó con alguna gente de su ejército enviar contra los cristianos; más veníanles tantos capitanes con grandes compañías de su hermano a le dar guerra que dejó de enviar contra Pizarro: temiendo en más la otra guerra. Porque, como le dijesen que tan poquitos eran, reíase diciendo que los dejasen, que ellos le servirían de anaconas; y como era tan agudo envió ciertos orejones que, disfrazados, fuesen a entender lo que se decía de aquellas gentes. Por esta causa, de parte del inca, no vinieron a defender la tierra en la entrada a los españoles; ni los naturales, por donde pasaban, estaban todos, antes faltaban los principales con muchos de ellos, que andaban en los reales de los incas. Y la fama de cómo los españoles querían señorearlos y tomarles su tierra habíase extendido por todas partes. Los de Puná, isla comarcana con la tierra firme, rica y muy poblada, como conté en mi Primera parte, estaban más poderosos y siempre anduvieron de cautela, creían matar con engaño a los españoles, si en su isla fuesen, riéndose de los de Túmbez, sus enemigos, porque el año pasado tanto los loaron, cuando, con los trece, Pizarro andaba descubriendo. A todo esto, Pizarro venía con los suyos, caminando hasta que llegaron a la punta de Santa Elena, lugar conocido a los que habemos andado por esta tierra. Los españoles no les parecía bien lo que veían, ni creían que fuese verdad lo que Pizarro y Candía, con los otros, dijeron que vieron (esto depende de nuestra condición tan hirviente, que lo queremos ver luego; y aquellos ya lo tenían por tarde, el no topar las tinajas y los cántaros, que después hubieron de ver). Y decían que para qué los llevaban más adelante, pues lo que veían era tan malo; y que volviesen a poblar en Puerto Viejo. Pizarro los esforzaba, animándolos para que fuesen, diciéndoles que si volvían a poblar en donde decía, creyeran los indios que volvían huyendo y los hallarían “de guerra” y correrían peligro. Con esto que dijo el gobernador, prosiguieron con su descontento y aun con falta de algunas cosas; el cual mandó a Diego de Agüero y a cinco o seis, que fuesen la costa adelante y mirasen por donde podrían descubrir la ens