zos y mulatos”). Era la tendencia general.
El poder de los menos. Una relación del tesorero Her¬nando de Montalvo (1585) enviada al rey de España, alu¬de a la necesidad que las tierras del Río de la Plata tienen de gente española —la gente de razón y pulida— “porque hay ya muy pocos de los viejos conquistadores, la gente de mancebos, así criollos como mestizos son muy mu¬chos y cada día van en mayor aumento, hay de cinco partes las cuatro y media de ellos, habrá de hoy en cua¬tro años casi mil mancebos nacidos en esta tierra”. Te¬me, sin duda, que los hijos y nietos de los españoles na¬cidos de las uniones con las indias guaraníes esclavas —no pocas de ellas marcadas con un hierro candente en el ros¬tro— desplacen en el tiempo a sus padres. Mestizos que en Paraguay se conocen como montañeses y ya por esa fecha se han trasladado a Buenos Aires y Santa Fe. Y también el permanente temor al alzamiento de los despo¬seídos: “los mancebos nacidos en esta tierra son amigos de cosas nuevas (y) vanse cada día más desvergonzados con sus mayores, tiénenlos y han tenido en poco”". Her¬nando de Montalvo, representante fiscal de la Corona, sostiene que hacen falta no menos de cuatrocientos espa¬ñoles para establecer un control más estricto. De todas maneras, otros contemporáneos llegaban más allá, a sos¬tener, por caso, que los mestizos podían unirse a los pa¬rientes de sus madres y expulsar a los peninsulares. Riva-deneira, un clérigo franciscano, en una carta enviada a la Corona, en 1581, atribuye las más variadas condiciones a los mestizos de la ciudad de Asunción y sus alrededo¬res, advirtiendo que superan en número, destreza y fuer¬za muscular a los españoles, destacándose por la falta de humildad y obediencia (”A los mozos que tienen ya edad de ponerse espada, llaman mancebos de garrote, porque como no hay espadas traen unos varapalos terribles co¬mo medias lanzas. Son todos muy buenos hombres de a caballo y de pie, porque sin calceta ni zapato los crían, que son como unos robles, diestros de sus garrotes, lin¬dos arcabuceros por cabo, ingeniosos y curiosos y osados
“Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, Director Manuel Ricardo Trelles, t° III, Buenos Aires, 1881.
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en la guerra y aún en la paz; no son humildes, ni aplica¬dos a trabajos de mano”"). No son, por cierto, temores basados en un origen étnico.
En ese con texto, social primitivo, los mancebos crio¬llos de Asunción, parientes de los que en Buenos Aires siguen las huellas de Juan de Garay, son prácticos en el dominio de las cabalgaduras introducidas por sus antece¬sores. Ya en 1565 Francisco Ortiz de Zarate, personero de los intereses altoperuanos, en su intento de organizar la ruta que une a Potosí con el Río de la Plata a través del Paraguay, por la actual Santa Cruz de la Sierra (la ru¬ta clandestina de la plata que luego se concreta en los caminos que descienden a Buenos Aires por el centro del actual territorio argentino), un intento que fracasa de¬bido a las características de la región, selvática e insalu¬bre, emplea a un grupo de mestizos prácticos en el domi¬nio de las cabalgaduras y conocedores de la tierra. En ese sentido, funcionarios y militares advierten ya desde co¬mienzos del siglo XVII las prácticas casi brutales que de¬finen a la doma criolla, una costumbre irracional, dicen, que inutiliza a muchos animales.
En 1612, en el transcurso de una vaquería organizada en la ciudad de Buenos Aires para reunir dos mil cueros vacunos, los vecinos emplean a “mancebos”, los mismos que desea poner dentro de su “orden y policía” Hernan-darías de Saavedra, entregándoles los organizadores ali¬mentos y carretas para transportar de regreso el produc¬to de la cacería. Y el 6 de abril de 1622, el gobernador Góngora comunica al rey de España, en una carta fecha¬da en Buenos Aires, haber “puesto a oficio a muchos mozos perdidos que tenían librado su sustento en las di¬chas matanzas (de ganado vacuno)”. Se trata en todos los casos, con seguridad, de mestizos adaptados al ám¬bito geográfico y a su economía destructiva. Mestizos, por otra parte, sin bienes de fortuna, obligados ya com¬pulsivamente a trabajar para terceros. No es preciso que nos detengamos aquí y ahora en el detalle de esa trans-
a Relación de Juan de Rivadeneira, comisario y custodio del Tucumán y Río de la Plata. . . , en Documentos históricos y geo¬gráficos relativos a la conquista y colonización rioplatense, Bue¬nos Aires, Peuser, 1941, t° I, págs. 71-78.
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formación que, teniendo sus raices en la sociedad arcai¬ca, y pasando a través de las diversas circunstancias eco¬nómicas, se asemeja a la observada en varias regiones del Nuevo Mundo y que, entre otros, describe Joseph de Acosta en 1590a.
IV - LA MISERIA Y EL FOLKLORISMO INDUCIDO DE LOS MAS
•Así, pues, ¿qué es lo que venía ocurriendo en el fon¬do? Podemos afirmar, adelantándonos a lo que expon¬dremos, que un pequeño sector con el apoyo del po¬der e integrado al mismo en los cuerpos capitulares, la justicia local y la milicia, se apropia de la hacienda cima¬rrona o salvaje que habían abandonado a causa de su de¬sidia los fundadores de Buenos Aires. Y para esa acción, ¿debemos recordarlo?, siempre tienen el apoyo de las autoridades civiles y militares. En 1627, y es un caso en¬tre tantos otros, el obispo del Río de la Plata se queja de la falta de ganado en toda la región y acusa al goberna¬dor Francisco de Céspedes de haberse apropiado de éste, de “la mayor parte y mejor” agrega. Una situación, acla¬ra, que a poco deviene “en daño de muchos pobres que se sustentaban con el trato de los potros y caballos”^.
Nos encontramos, pues, ante hechos concretos que se reiteran con escasas variantes a través del tiempo. Una ri¬queza, la ganadera, importante en relación a la pobreza del ámbito, proveniente de las vacas que habían introdu¬cido los acompañantes de Garay desde las tierras para¬guayas, no más de 500 bovinos basándonos en los testi¬monios conocidos?. Dispersa la hacienda en campos más
” Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias…, t°I. págs. 418-419.
h Carta del obispo del Río de la Plata a Su Majestad, Buenos Aires, lo de mayo de 1627, en C.G.G.V., no 4804. El subrayado nos pertenece. Francisco de Céspedes: militar, gobernador y ca¬pitán general del Río de la Plata. Llegó a Buenos Aires en 1624, gobernando con algunas interrupciones violentas hasta 1631.
^ Emilio A. Coni, Historia de las vaquerías del Rio de la Pla¬ta, Buenos Aires, Devenir, 1956, pág. 10.
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o menos alejados de la ciudad, los problemas que deter¬mina -su caza dificultan el aprovisionamiento de los habi¬tantes. Es así que la alimentación se complementaba con la caza de perdices, abundantes y fáciles de atrapar, y con la pesca obtenida en las aguas del Río de la Plata. La agricultura y horticultura es casi desconocida. “No hay casi huertas en los alrededores de Buenos Aires y sus ha¬bitantes no son aficionados a ellas” observa Bartolomé de Massiac en 1664a.
Prosigamos. En esos momentos el propietario de una suerte de estancia es el único que tiene derecho al gana¬do vacuno salvaje que se reproduce en la campaña, por cierto, es necesario aclararlo, rodeos que no alcanzan la magnitud tradicionalmente asignada por algunos testi¬gos. Descontando algunos rodeos domésticos, que se men¬cionan en los acuerdos del Cabildo y en los inventarios de bienes, la mayoría vive en las zonas de mejores pastos, con aguadas y a resguardo de los cazadores.
Informes y consejos dados por escrito a los jefes de las vaquerías, en algunos casos bastante explícitos, seña¬lan las diferencias entre los rodeos domésticos y los ci¬marrones. En los segundos, siguiendo una tendencia na¬tural, vacas y toros permanecen separados la mayor parte del año. Se dice que pacen
“sin juntarse (con los toros) desde el mes de mayo, que es cuando ya está del todo fenecida la parición, (y hasta) fines de diciembre; la razón es que los meses de junio, julio y agosto es el rigor del invierno, tiempo en que la torada está débil; y los meses de setiembre y octu¬bre se aniquilan más porque entonces empiezan a brotar los pastos, cuyo verde los purga; y asi hasta diciembre en que ya tienen alguna substancia y engordan los toros, no solicitan juntarse con las vacas, y asi se halla en las cam¬pañas la torada sola hasta ese tiempo por cuya razón se hace mejor la corambre por noviembre y diciembre”.
a Historia, Buenos Aires, 1955, pág. 124. Dos memorias iné¬ditas de los hermanos Massiac sobre Buenos Ares en 1660 pu¬blicadas por Pablo Rouziei en el Journal Americaniste y repro¬ducidas por Raúl A. Molina.
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Esta circunstancia, según se ve, permite faenar solo a los machos sin destruir los vientres reproductores. Por cierto, siempre que los interesados obren racionalmente, una actitud que no todos están dispuestos a seguir y me¬nos en tiempos de escasez.
En el transcurso de la segunda mitad del siglo XVII, al incrementarse la exportación de cueros vacunos, una demanda asociada a la ingerencia comercial de Holanda en las Indias luego de la paz que en 1648 firma con Es¬paña (tratado de Munster o de Westfalia), por cierto que marginal, las vaquerías se internan más allá de Magdale¬na, Lujan, Montes Grandes, Las Conchas, s

















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