Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
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a de la Universidad Católica de Chile, 1964,
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por qué la mayor parte de los mestizos nacen fuera del ma¬trimonio oficial, segregados en la mayor parte de los ca¬sos. A pesar de esa situación, algunos de ellos, los escasos niños que sus padres aceptan en los hogares patriarcales, se integran al grupo dominante constituyendo cabezas de familias de dominio social y económico. Con todo, ese proceso general de segregación no debe llevarnos a estable¬cer falsas apreciaciones al colocar excesivamente el acento en determinados aspectos jurídicos y normativos que rigen a la denominada “sociedad de castas”. Es necesario hacer hincapié en las relaciones de control de los bienes y del poder, no en lo aleatorio agregado a esos hechos. Nos li¬mitaremos, como prueba de lo expuesto, a mencionar dos casos que de ninguna manera son atípicos. Existe, sin du¬da, un abismo social entre el poeta mestizo Luis de Teje-da, nieto de una india santiagueña y emparentado por lí¬nea materna con santa Teresa de Jesús (de origen judeo-converso por línea de los Cepeda), rico mercader vecino de Córdoba del Tucumán en el siglo XVII, propietario de estancias latifundistas, frente a la triste realidad de un mestizo criado junto a su madre indígena en una aparta¬da serranía, sin contacto alguno con su padre español. Un caso frecuente, por cierto, en los años posteriores de la conquista. El mismo que ocurre con los hijos reconoci¬dos del conquistador Mallea, vecino de San Juan en los días posteriores a la fundación de la ciudad, habidos con la hija del cacique huarpe Angaco. A pesar del prestigio y del poder feudal de sus descendientes, los comprovincia¬nos, de acuerdo con el relato de Sarmiento en Recuerdos de provincia, los denominaban con el mote de mulatos”.
citado por Daisy Rípodas Ardanaz en El matrimonio en Indias, Buenos Aires, 1977, p. 10.
a Reiteradamente se alude en todas las épocas a los reales o presuntos orígenes familiares por razones de interés o primacía. El que sigue es un caso ilustrativo. En 1601 se da a conocer en Lima la genealogía de Pedro Luis de Cabrera, aludiéndose al ca¬samiento de su antecesor español Pedro de Cabrera con María de Toledo, judía sefardí natural de Sevilla: “son nietos de doña María de Toledo, natural de Sevilla, de quien los testigos dicen ser judía. . . judía conocida y de señal que enamorado de ella el dicho don Pedro temiendo la ira del comendador Jerónimo de Cabrera, su padre. . . se salió de Sevilla y se fue a celebrar el ma-
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Se trata de la situación que los brasileños definen con pocas palabras: “El dinero blanquea”. Pero, según se ha dicho, el proceso de movilidad ascendente del mestizo y del mulato en el Nuevo Mundo no debe recalcarse con exageración. Ni mucho menos. De todas maneras, recor¬dando a Marcel Proust, siempre “La herencia de un nom¬bre es triste como todas las herencias, como todas las usurpaciones de propiedad.”
Por cierto que cuando Solórzano, partidario de los sistemas de opresión en vigencia, califica a los mulatos, mestizos y negros de “canalla ociosa” obligada a realizar tareas manuales sólo tiene en cuenta a los desposeídos de la fortuna. Esa en apariencia compleja realidad de lo que se define como “sociedad de castas” o “pigmentocracia”, lo aparente que esconde la verdad, es posible observarla en el siglo XVÍII al confeccionarse en Buenos Aires el pa¬drón de sus moradores. Finalizada la tarea, uno de los funcionarios deja constancia de que, así escribe, “se gra¬duaron las castas, según el concepto que se ha tenido ge¬neralmente, y por los informes que se han adquirido en pública voz y fama”. Los explícitos términos “según el concepto” y “en pública voz y fama” no aluden a un apellido tradicional o a un origen africano; contrariamen¬te, se refieren de manera especial a una situación de pre¬dominio económico o de dependencia, lo que en última instancia ubica a cada calificado.
En esto, pues, es decir en la perpetuación del domi¬nio, estriba el carácter del sistema. Y en líneas generales, por razones de primacía e interés personal los funciona¬rios eclesiásticos y civiles del Nuevo Mundo no ven con
trimonio a Lisboa de donde con la dicha mujer y a escondida y encubiertamente. … se embarcó para el Perú” (Archivo Históri¬co Nacional, Madrid, Inquisición, legajo 1653, n° 1).
Con motivo de la ocupación de Recife por los holandeses, en 1630, se otorga la libertad de cultos a reformados, católicos y judíos. Es así que se organiza la congregación Zur Israel integra¬da por sefardíes, encontrándose entre sus miembros apellidos de familias que luego emigran al Río de la Plata o que ya lo habían hecho: Mercado, Drago, Coronel, Cardozo, Franco Grado, Ro¬cha, Meló, Coronel Acevedo, Matos, Navarro, Núñez y otros (Cfr.: Arnold Wiznitzer, Os ¡udeus no Brasil colonial, Sao Pau1 , Universidade de Sao Paulo, 1966).
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simpatía a los criollos y aún menos a los mestizos. Pode¬mos recordar las reiteradas expresiones del autoritario virrey Toledo —”se quite el peligro de los mestizos desta tierra y casi todo lo del Paraguay”— y las del obispo de Tucumán Julián de Cortázar —”acá se tiene por cierto que de los criollos se puede fiar poco y de los mestizos nada”—? Es más, en determinados casos menosprecian a una región debido al predominio en la misma de mesti¬zos e indígenas, un equivalente de la dependencia social de la mayoría a los menos. Otro obispo, Lizárraga, acep¬taba como cosa cierta el siguiente dicho que circulaba por entonces en el Perú: “De hombres y caballos de Tu¬cumán, no hay que fiar”. Y este personaje, autor de un libro donde receje sus impresiones del Nuevo Mundo, representante de las tradiciones más veneradas, comba¬tiente aristotélico que predica la inferioridad de los so¬metidos, de los “siervos por natura”, hace ludibrio desde la ciudad de Asunción no solo de los mestizos, también de sus costumbres y de su alimentación, la tradicional de las madres indígenas, y además agrega: “Asunción ten¬drá doscientos cincuenta hombres, la mayoría mestizos, gente mentirosa, con sus abuelos por parte materna, hol¬gazana, bebedores”.* Se trata de los hermanos y primos de los fundadores de Buenos Aires.
Naturalmente, esa particular relación entre domina¬dos y dominadores lleva en su esencia —¿cuándo no ha sido así?— el temor por la rebelión o el ascenso social de quienes en opinión de la ideología oficial deben perma¬necer sometidos. Para el virrey Toledo, siempre con su preocupación puesta en evitar cualquier alteración en la estructura social, no debía permitirse que los hijos de es¬pañoles habidos con indias y negras heredasen los bienes de sus padres (”no se permitiese que los hijos de las in¬dias o negras.. . dejarles el nombre de hijos sin serlo…
” El gobernador del Paraguay y del Río de la Plata, Rodrí¬guez Valdez y de la Banda, escribe en 1599 al rey de España: “acá se tiene por cierto que de los criollos se puede fiar poco y de los mestizos nada y yo así lo creo porque lo voy viendo por experiencia”.
6 José Mora Mérida, Historia social del Paraguay, 1600-1650, Sevilla, 1973, pág. 423.
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y vendrían a quedar los feudos de estas tierras en mesti¬
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