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re 1509 y 1550 sólo se mencionan a 36 hidalgos.
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explica por qué le llamaba la atención a Bartolomé de las Casas que muchos de los emigrados a las Indias pro¬cedían de tierras pertenecientes a señoríos. Simplemen¬te, esperaban hallar en el Nuevo Mundo, según decían, la libertad y la fortuna que les era esquiva en España: “vamos por dejar a nuestros hijos en tierra libre y real” le expresaban al autor de la de las Indias. A pesar de las estrictas disposiciones prohibiendo el ingreso de penitenciados por la Inquisición, moros y judíos, al igual que sus descendientes, una información de “limpieza de sangre” autorizándolo a hacerlo era lo más simple y fácil de obtener, y muchas veces, como ocurre con los acompañantes de Ortiz de Zarate, tampo¬co lo exigen. Es tan corriente el hecho, vox populi po¬demos decir, que cierto personaje de una españo¬la del siglo XVII burlábase de la disposición oficial con especial desparpajo: “Fácil negocio es eso. . . porque si hay en Sevilla testigos para decir mal quitando la fama, honra y crédito de quien no conocieron ni oyeron decir, mejor los hallará para decir y acreditar a quien se lo pa¬gue. . . Y yo, que tanto deseaba ver el Nuevo Mundo. . . salí de la posada en busca de algunos amigos para mi abo¬no y nueva información, deparándome mi buena suerte cuatro que a pretender hábito de Alcántara, por sus dichos no lo perdiera (de obtener)”".
Prosigamos. Por lo demás, adviértase que en el trans¬curso de la conquista, los días de las “entradas”, los éxi¬tos militares y los saqueos permiten el ascenso social de algunos afortunados. Siempre son los menos; algunos,
” Jerónimo de Alcalá, El donado hablador, en Novelistas pos¬teriores a Cervantes, Madrid, B.A.E., 1946, t. I, p. 528. Sobre la facilidad de obtener un expediente de “limpieza de sangre” re¬cordemos que fray José de Madrid, nieto del comerciante sefardí portugués Diego Luis de Lisboa, demuestra ser “cristiano viejo” sin antecedentes judíos (Palacio de Madrid, Archivo de la Real Capilla, Pruebas de Predicadores, legajo 7, cf. El epítome de Pine-lo, primera bibliografía del Nuevo Mundo, estudio preliminar de A. Millares Cario, Washington, Unión Panamericana, 1958). So¬bre los testigos y trámites para certificar la “limpieza de sangre” Albert Sicroff realizó un detenido análisis, lo más completo hasta el presente (Les controverses des status de pureté de sang en Es-pagne du XVau XVII siécle, París, 1960).
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subrayamos. De todas maneras, los jefes y sus socios do¬minan las mejores tierras y se ubican en los sitios de pre¬ferencia en los ejidos de las ciudades. Se reservan para sí el mayor número de los indios repartidos en encomien¬da, los cargos decisivos. Transcurridas, por otra parte, las jornadas iniciales de la aventura y el descontrol, ese tipo de dominio se hace más evidente. Una sociedad de posee¬dores y no poseedores a pesar de su mismo origen ultra¬marino. Nos recuerda en 1610 una relación sobre Poto¬sí: “La tierra se iba hinchiendo de gente suelta que cada año iba entrando de abajo y de España a esta Villa, para¬dero de todos los pobres. . . y considerando que no te¬nían más que la capa al hombro comenzaban a tener al¬gunas pendencias con los ricos vizcaínos”. Y son precisa¬mente los desplazados de los cargos municipales, de la propiedad de las minas o de las mejores tierras, los alie¬nados por el constante deseo de hallar nuevos potosíes, quienes se expanden al sur. Aquí y allá se resalta el he¬cho y la necesidad que éstos tienen de amoldarse a la condición que debe ser la propia en la estructura social vigente. Clama en 1595 la Audiencia de Charcas al rey aludiendo a un hecho para ellos inaudito. Dicen:
“la multitud de hombres pobres y sin caudal y de es¬tos reinos (que llega) y de estos cada año de nuevo en¬tran y es el mal que aunque la mayor parte de ellos es gente humilde y oficiales (artesanos), en poniendo los pies en el Perú y en especial en esta provincia se olvidan de quienes fon y se hacen caballeros, que es oficio que lo hayan de balde, y debajo de este nombre hacen obras con que descubren la hilaza”".
Es que habían transcurrido ya los días del botín y la aventura, estabilizándose la sociedad. En Buenos Ai¬res, como hemos de señalarlo más adelante, esa situa¬ción llega a situaciones extremas debido a la facilidad que encuentran los marginados de todo origen para ha¬llar su sustento en las pampas. Teniendo en cuenta lo expuesto, se puede entender el siguiente texto de 1698
a a Su Majestad del licenciado Cepeda. .., La Plata, 28 de marzo de 1595, en Audiencia de Charcal, Correspondencia de presidentes y oidores, Madrid, Juan Pueyo, 1922.
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perteneciente a un canónigo de la catedral de Buenos Aires. Luego de referirse a la realidad económica de la región, a su pobreza general, una pobreza que determina la ausencia de metales preciosos, incluye la siguiente afirmación que alude a aspiraciones y a dominios ficti¬cios: “ha llegado —se dice— esta falta (de esclavos) a términos que en muchas casas nobles y honradas se sir¬ven de los hijos y de las hijas para el ministerio de cargar agua y otros actos serviles de la casa”. “Casas nobles y honradas”. No nos engañemos, como es sabido se trata de una nobleza imaginada, decidida por sus protagonistas por descender de los primeros vecinos y de los hijos mes¬tizos de éstos, habido de las guaraníes paraguayas (”goce de las demás preeminencias que gozan los vecinos desta ciudad a ser como es casado con hija de poblador y con¬quistador” determinan en el Cabildo de Buenos Aires; “Tiene las prendas de benemérito. . . está casado con nieta de los primeros descubridores” escriben en 1705 de un postulante a regidor).
Es necesario insistir: un mundo’, como en la Penínsu¬la, de dominadores y dominados. “Los soldados que ha¬bían venido a Su Majestad eran muchos y poco lo que había que repartir” dejan dicho en la probanza de un conquistador de Tucumán. Y, confirmando lo expuesto, años más tarde informan que las tierras que se extienden en dirección al Atlántico Sur, el Interior y la franja que conduce al puerto de Buenos Aires, se iban poblando de gente huida de los centros mineros del Alto Perú, “de¬lincuentes” y “forajidos” que buscaban un lugar seguro (”como si fuera reino extraño y no sujeto a Su Majes¬tad. . . y la dicha provincia está llena de gente delincuen¬te y forajida”"). Era el mundo de los desplazados.
Hasta aquí algunas apreciaciones y testimonios de los indianos españoles y sus descendientes. Y junto a éstos, en la realidad de la tierra escasa de mujeres españolas, en¬contramos ya desde los comienzos a sus hijos mestizos. Un hecho, desde luego, frecuente en Perú, Paraguay, Córdoba del Tucumán, Buenos Aires; en todo el Nuevo Mundo. En un primer momento, y de manera especial en
” Gobernación del Tucumán, papeles de los gobernadores en el siglo XVI, Madrid, Juan Pueyo, 1920, p. 86.
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el área de la montaña y en las tierras subtropicales próxi¬mas a la ciudad de Asunción, los conquistadores eligie¬ron para sus uniones, legalizadas o no por la Iglesia, a las hijas de los jefes indígenas locales, una circunstancia planeada para facilitar la rápida sumisión de todo el gru¬po. Al margen de su situación legal (sólo el rey puede le¬gitimarlas), la cotidianeidad en que desarrollan su existen¬cia .los frutos de aquellas uniones varía de acuerdo con el ámbito en el que pasan su niñez (el de su madre india o su padre español). No olvidemos que la mujer legítima es¬pañola —considerada un objeto— siempre debe aceptar, sumisa, las relaciones extramatrimoniales del esposó y lo que él disponga, y también amparar en el hogar a los hi-jos naturales (”hay maridos que dejándose llevar del mu¬cho amor de sus mujeres, suelen querer más a los hijos de ellas que a los propios suyos” advierte Solórzano al condenar la costumbre en Política Indiana, en defensa de los intereses tradicionales de la herencia). La obedien¬cia a la jerarquía en el seno de la familia, una actitud en¬señada en la iglesia e impuesta compulsivamente por el padre, constituye, observa Jean Louis Flandrin al estu¬diar los orígenes de la familia moderna, la mejor garantía del respeto a las jerarquías sociales y económicas. Y en relación al desprecio por el mestizo, es en ese sentido de¬mostrativa la actitud del padre del cronista Garcila-so de la Vega, tanto como lo son las palabras de su hijo (”A los hijos de español y de india, o de indio y españo¬la, nos llaman mestizos.. . me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él. Aunque en Indias, si a uno de ellos le dice sois un mestizo, lo toman por menosprecio), que abandona a su compañera indígena al contraer matrimo¬nio con la española Luisa Martel de los Ríos. Fijémonos, sin embargo, en la circunstancia de que los matrimonios mixtos contraídos en el transcurso del siglo XVI en el Nuevo Mundo representan apenas un 10 por ciento b a lo sumo un 15 del total de las uniones, y muchísimo me¬nos, de acuerdo con las cifras parciales que conocemos, en los años posteriores0. Esta evidencia nos demuestra el
a Gonzalo Vial Correa, Teoría y práctica de la igualdad en Indias, sobretiro del número 3 de , Santiago de , Instituto de Histori

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