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Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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a tan común en el ganado lanar argentino?”.
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prosigue el mismo sistema represivo de un siglo antes. “Todo patrón debe muñir a sus peones de una libreta donde conste la filiación de éstos, la época de entrada a su servicio, la de salida, condiciones en que fue contra¬tado, causas de la separación o retiro y comportamiento observado” ( 106). Periódicamente, dentro de una periodicidad determinada por el poder, los desposeí¬dos deben presentar y registrar las libretas de trabajo en las Jefaturas de Policía más cercanas a su residencia. En oposición a lo dispuesto por la Constitución de 1853 en sus artículos 14 y 16, es decir al derecho de transitar li¬bremente por el territorio del país, los peones debían vi¬sar sus libretas al trasladarse dé un departamento pro¬vincial a otro, penándoseles si así no lo hicieran, con cár¬cel o multas.
Fueron esas condiciones — las legales que menciona¬mos y su reflejo en la realidad— las que han de inducir a plantear la necesidad de una organización de la fuerza de trabajo, un obstáculo, de acuerdo a la opinión de al¬gunos sectores oficiales, en el proceso capitalista del país. Es así que en 1904 el doctor Juan Bialet Massé entregaba un minucioso informe al ministro del Interior sobre “el estado de las clases obreras en el interior de la República ”3. Se trata de un completo infor¬me que comprende los más variados aspectos de la situa¬ción de los trabajadores, la mala higiene de los mismos, sus miserables viviendas, el hambre y la desnutrición de la mayoría, por un lado, y por el otro el reflejo que so¬bre estos hechos tenía la latifundista que po¬sibilitaba la riqueza. De ninguna manera podemos atri¬buir, qué duda cabe, a Bialet Massé simpatías clasistas propicias a defender a los desposeídos.
Después de presentar aspectos generales de la econo¬mía de los trabajadores, comentados región por región, confirmando lo ya expuesto por otros testigos, recono¬ce que en muchos sitios los trabajadores viven aún inser¬tos en una no :monetaria a pesar del contexto capitalista de la sociedad global: “Y ahora mismo -di¬ce—el vale maldito de la proveeduría le saca la última go-
a Juan Bialet Massé, Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República presentado al Sr. Minis¬tro de! Interior, Buenos Aires, 1904, 3 tomos.
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ta de sangre”". Frente a esa realidad al peón no le resta, según el informante, más que entregarse al fatalismo, “espiando la ocasión de gozar de la vida; entregado al amor, a la guitarra y al alcohol, aceptando la vida como es, echándose en brazos de una religión que satisface los ideales de su imaginación soñadora y le promete las deli¬cias eternas, que aquí, si concibe el bienestar, está seguro de que no lo ha de alcanzar nunca”. Y, efectivamente, así era; se trata del reflejo de un sistema tradicional, de la represión sublimada.
Los salarios, agrega, no son suficientes para poder subsistir. Las horas de trabajo, de acuerdo a sus palabras, en todos los casos se extienden de sol a sol, con un corto intervalo al mediodía para el almuerzo. Persiste aún la obligación de llevar consigo la libreta de trabajo, el equi¬valente de la “papeleta”, y añade más adelante que en los almacenes y casas de “ramos generales” les roban sus escasos salarios, obteniendo los comerciantes beneficios que oscilaban entre un doscientos y cuatrocientos por ciento. Insiste en recordar la miseria general y la ignoran¬cia; las condiciones generales del trabajo que relata con las siguientes palabras:
“He visto con mis propios ojos salir al trabajo a las 4 a. m. como regla general, y no pocas veces a las 3,30 y dejar el trabajo a las 7,30 hasta las 8 p.m. dando des¬canso a ¡a mañana del tiempo indispensable para tomar el mate, al medio día una hora o cuando más dos, de tal modo, que ¡a jornada mínima útil es de 13 a 14 horas y el tiempo ocupado por el peón, teniendo en cuenta el que necesita para despertar y vestirse, para comer y des¬vestirse, después de la jomada, no baja de 15 a 17 horas, y no le queda el necesario para descansar, volviendo al trabajo sobre fatigado y al concluir la jornada es un hombre agotado completamente, sobre todo el que ha
a lules Huret (La , de Buenos Aires al Gran Cha¬co, París, Fasquelle, s/f), testigo francés que visita el país en la primera década del siglo XX, confirma lo expuesto al referirse a la estancia modelo de Manuel Cobo: “En la estancia no entra dinero. Todo se liquida con bonos pagables, bien en el próximo almacén (tienda donde hay de todo) o bien en Bue¬nos Aires”.
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trabajado en la horquilla de las parvas y trilladoras en la carga, descarga y estiba de las bolsas.”
Al año siguiente, es decir en 1905, Juan Alsina, al frente de la Dirección de Inmigraciones desde 1890, con¬firma en un extenso análisis sobre el obrero en la Argen¬tina lo expuesto por Bialet Massé “El nativo o el criollo —informa luego de señalar las condiciones en los estable¬cimientos ganaderos—, es el obrero en mayor número empleado en estas industrias, ya sea indio o de raza eu¬ropea: ambos perciben, por lo general, el salario mí¬nimo con un máximo de trabajo; ya están atados, más que los obreros manuales del litoral, europeos casi en su totalidad, a la voluntad del patrón y a regímenes ar¬caicos y abusivos, que es menester desarraigar, por me¬dio de la instrucción y educación, del pago de mayor sa¬lario”‘1. Cualquiera que fuese la situación del asalariado, es indudable que todo seguía igual. En 1915 la cuarta parte de la superficie de la provincia de Buenos Aires es¬tá repartida en explotaciones de más de 10.000 hectá¬reas. Y, a la vez, permanecen unidas a la vieja concep¬ción tradicional, una forma que Adolfo Posada, un so¬ciólogo español, define en 1912 de feudal (”una forma de la gran propiedad y del gran propietario, superviven¬cia casi feudal, cuyo influjo se , de seguro, estudian¬do el régimen político argentino”*).
Debemos, por último, referirnos a otro problema y al que ya aludimos al estudiar el proceso ideológico que va de la reforma liberal a la reacción tradicionalista. De tiempo antes al Centenario, se venía planteando en cier¬tos sectores la necesidad de que surgiese una reacción contra la integración del país a la cultura universal. Sin ser cronológicamente el primero, en 1888 Joaquín V. González teoriza acerca de los supuestos valores de La tradición nacional. Se vuelve a insistir en 1909. Ese año Ricardo Rojas en su libro ya mencionado La restaura¬ción nacionalista clama por la “raza que sucumbe” en “medio de ese cosmopolitismo de hombres y capitales”
a J uan A. Alsina, El obrero en la República , tomo I, Buenos Aires, 1905.
” Adolfo Posada, La República , Madrid, Suárez, 1912, p. 422.
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y por el “descastamiento (sic) de las ideas”. Propicia un regreso al pasado, al más retrógrado de todos, sumándose a las fuerzas conservadoras, al mantenimiento de un or¬den latifundista y arcaico, y lo hace identificándose con los estilos de vida que les eran propios e idealizados por la clase alta, para ella el modelo a imitar por los desposeí¬dos. “Había —infiere Rojas— más afinidad entre Rosas y su pampa o entre Facundo y su montaña, que entre el señor Rivadavia o el señor García y el país que querían gobernar. La Barbarie —agrega—, siendo gaucha puesto que iba a caballo, era más , era más nuestra”.
En su esencia, más allá de lo irracional de la propues¬ta, y, sobre todo, porque la misma bajo diversas formas vuelve a plantearse en momentos de cambios y transfor¬maciones y se acentúa, es necesario recordar que se trata de la conocida concepción dualista spengleriana desarro¬llada en La decadencia de Occidente. Es decir, la tesis que considera a la civilización urbana como una cultura moribunda a la que se le debe oponer la del hidalgo ru¬ral, el junker alemán latifundista que es para él un tipo humano supremo, el ideal que encuentra en el país su equivalente en la figura de Juan Manuel de Rosas. Los habitantes de las ciudades serían para Spengler simple¬mente despreciables, “sin tradición, tremendamente po¬sitivos, sin religión, astutos, infecundos, profundamente despreciativos del hombre de campo”. Y podríamos agregar, peligrosamente propensos a los cambios.
Se trata de la negación del progreso bajo todas sus formas, la “endoculturación” a una mítica “ profunda” que a partir de 1910 la euforia tradicionalis-ta racionaliza al infinito. ” ¡La poesía se va…!, y vienen los pesos”, observa Godofredo Daireaux en 1915 como si los intereses nunca hubiesen primado en el país”. Y hoy, ante las puertas del siglo XXI, los estancieros y mu¬chos que no lo son celebran los más diversos aconteci¬mientos con asados, desfiles circenses, fiestas ecuestres y guitarreadas. Y si bien ayer sus antecesores, no necesa¬riamente por la sangre, miraban con desprecio las ropas de sus mensuales, para ellos las propias de un-mestizo de
a Godofredo Daireaux, ‘ Costumbres criollas, Bue¬

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