Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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rticularmente en el período 1886-1896.
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Aparte de esa realidad general, otros problemas se suman sobre las desgracias que castigan a los pobladores desposeídos. Entre 1880 y 1881, ocupado el desierto, desaparece una gran zona marginal hasta entonces no sólo refugio de los indígenas, asimismo de gauchos sin fortuna dedicados a la caza del ñandú o a cuidar sus pro¬pios rodeos y tropillas. No poseen desde luego ningún-título de propiedad y se dispersan en las proximidades de la sierra de Pillahuincó (parte oriental de la sierra de la Ventana en el actual partido de Tres Arroyos) y otras regiones. Cualquiera que fuese su situación, lo cierto es que las memorias oficiales los califican de “vagos” y “bandidos” —es decir, que no aceptan el dominio de los menos— recordando la acción de la policía provincial para reprimirlos. En el transcurso de 1881 se comienza, a solicitud de los adquirentes de tierras ganaderas, a esta¬blecer el orden oficial: detienen ese año a diez mil po¬bladores, duplicándose la cantidad al año siguiente y tri¬plicándose en 1883. “En esos territorios —se dice— ha encontrado la policía, boleadores de avestruces, infrac¬tores de toda especie que antes no eran perseguidos y que ahora ha sido necesario alcanzar y someter a la jus¬ticia”". Los perseguidos, en el mejor de los casos, se con¬vertían de allí en más en servidores de las estancias. Otros, los que no tienen la fortuna de obtener un empleo son detenidos o permanecen desocupados. “Una gran parte de nuestros campos —informa una memoria oficial de 1881— se han cercado, la necesidad de peones perma¬nentes en las estancias ha disminuido” b.
Nos resta destacar el hecho* dado a conocer años más tarde y de significación sóbrenla realidad de un despo¬jo cometido por los menos en perjuicio de los más, una situación que había permanecido en silencio. Se aclara en 1898 y en el Congreso Nacional con todas las pala¬bras:
“No eran propietarios, se les decía intrusos, y el feliz
” Memoria presentada por el ministro secretario en el Depar¬tamento de Gobierno a la honorable legislatura de la provincia, años 1881-1882, Buenos Aires, 1882, p. 119.
b Opus cit., p. 120. 294
poseedor de un titulo de derecho a ubicar, los despojaba, usando la fuerza pública, arrasaba todo, y allí quedaba el campo erial hasta que el nuevo señor terrateniente creía llegado el momento de establecer una estancia en las rui¬nas del lugar de los que habían sido los pionners de la civilización y habían expuesto su vida y trabajo en la defensa de los bienes de todos, regando con su sangre y el sudor de sus frentes el campo en que hacían núcleo y pie para sus hazañas. La posesión adquirida con tanto sacrificio era así menospreciada y el Estado caía encima para dar la propiedad en premio de servicios o para arbi¬trar recursos o para satisfacer aspiraciones poco justas. Asi concluyó una primera tentativa de división, embrio¬naria si se quiere, de la tierra fronteriza y asi hemos se¬guido consagrando la latifundio’ en los hechos.”
Era este el destino, en la palabra de un miembro de la clase gobernante, impuesto por los poderosos. Y, en esa línea, una década antes de finalizar el siglo XIX la poli¬cía continúa controlando a los desposeídos, sus con¬tratos de trabajo y también los desplazamientos. Se de¬fine de vagos a todos los pobladores mayores de dieci¬siete años sin “bienes suficientes de qué vivir y que no ejerzan arte, profesión o industria que les proporcione su subsistencia”0. Y se agrega, el 18 de marzo de 1890, en referencia a los mismos, que los “calificados” de esa manera “debían conchabarse (obligatoriamente) dentro del término de quince días, contados desde que se inti¬me la orden de la policía”. De no cumplirse con lo es¬tablecido, luego de ser juzgados por un tribunal inte¬grado por el juez de paz y “dos vecinos respetables”, serían los “culpables” condenados a realizar trabajos en las obras públicas de los territorios incorporados en 1879.
Como hemos señalado, ningún observador razonable negaba las condiciones extremas en que se desarrollaba la vida de los desposeídos en el campo. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, algunas visiones se alejaban de los planteos propios de los reformadores liberales. En 1867, en La Crónica del Progreso, “órgano de los intereses de
a Digesto rural y agrario…, p. 306.
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la clase trabajadora”, se declaraba la necesidad de “abo¬gar por los intereses de la clase trabajadora” y se agrega¬ba que “El explotador es un infame, el perezoso es un criminal, el tonto es un parásito… y los parásitos sean re¬pudiados como elemento de infección”.
Es probable, los informes disponibles así parecen in¬dicarlo, que la situación general de los peones se agrava¬se en no pocos aspectos en el proceso de transformación de la estancia tradicional. Hemos visto ya cómo el re¬parto y el cercado de los campos, la expansión de las tierras ganaderas y agrícolas, impide a los gauchos dis¬poner de una fuente de recursos que les era propia”.. El viejo mundo de la tierra abierta, de la frontera y de las tolderías (uno de los sitios de refugio para los margina¬dos) caía para siempre y se instalaba en su lugar, sobre bases tradicionales, la estancia exportadora de carne. Por cierto, a pesar de las nuevas formas bajo las cuales se de¬sarrollaban los hechos y que éstos habían determinado,, el contenido de la realidad no varía. •
Se puede concluir con Adrián Patroni, un socialista preocupado en los últimos años del ochocientos por los peones v trabajadores rurales, que las condiciones eran muy difíciles *. “En las esquilas, donde era necesario an¬tes mucho personal, hoy, con las máquinas, no solamen¬te ocupan menos hombres, sino que estos deben confor¬marse con jornales irrisorios”. Con la valorización del precio de la carne, los hombres y las mujeres de las cla¬ses sin medios de fortuna se ven impedidos de obtener gratuitamente ese alimento tradicional. Por estar exclui¬da la pequeña propiedad y la industrialización en el
a Numerosos viajeros aluden a ese tiempo y a los cambios: Luis y Georges Verbrugghe, Fóret vierges; voyage dans l’Amé-rique du Sud et l’Amérique Céntrale, París, Valman Lévy, 1880, Horace Rumbold, The great Silver River. Notes of a residence in Buenos Aires in 1880 and 1881, London, 1890; Teodoro Morsbach, Estudios económicos sobre el Sud de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, 1888 (reúne artículos publicados por él en el periódico Deutsche La Plata Zeitung sobre la colo¬nia rusa establecida en Tornquist y. los nuevos pueblos próxi¬mos a Bahía Blanca).
* Adrián Patroni, Los trabajadores en ¡a Argentina, Buenos Aires. 1897. p. 137.
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“modelo económico argentino”, no existe la posibili¬dad de otro trabajo y menos de acceder a la tierra.
Junto a la voz de Patroni y de otros analistas de la época que reflejan la codicia de los menos y la miseria de los más, teóricos similares en sus bases ideológicas plantean problemas que hacen a los beneficios de la bur-quesía ganadera. Juan B. Justo, fundador del socialismo político en la Argentina, en uno de los primeros edito¬riales de La Vanguardia (Buenos Aires, 12 de agosto de 1896) propone cómo pueden disminuir los ganaderos los gastos de producción y sostiene que la mejor manera es la aplicación del librecambio. “Si los agricultores y es¬tancieros —escribe— quieren, pues, disminuir sus gas¬tos de producción, fomentar la inmigración y asegu¬rarse un personal inteligente y activo, deben hacer que los alimentos, las ropas y demás artículos de consumo del pueblo entren al país libres de derechos”11. En otras palabras, su propuesta plantea los medios que tiendan a impedir un desarrollo paralelo de una industria basada sobre el ahorro interno, y tienden al mismo tiempo a la existencia de una abundancia de mano de obra barata, a que gran número de braceros agrícolas vivieran gran par¬te del año en paro forzoso.
¿Es necesario insistir? Ya en el siglo XX, el Código rural de la provincia de Santa Fe, sancionado en 1901, determina la continuidad de los sistemas represivos. Se ordena entonces que en caso de plantearse una discusión sobre los salarios adeudados por un propietario a su tra¬bajador, “el juez de paz, a falta de otro género de prue¬ba, fallará con arreglo al libro de cuentas que lleve el patrón, agregándose la declaración jurada que el mis¬mo prestará” (artículo 96). Y también lo siguiente: el es¬tanciero puede despedir a los peones si considera que son desobedientes, haraganes o viciosos. Pero no es todo,
a Escribe en esa misma oportunidad: “En nuestra campaña los procedimientos de trabajo han adelantado mucho, y les queda todavía mucho por adelantar. La maquinaria agrícola exige cuidado y prolijidad. No se puede esquilar ovejas finas con la misma torpeza que ovejas pampas. Los paisanos de nuestra campaña gastan todavía en sus personas muy poco jabón. ;.Qué tiene, entonces, de extraño que la sarna sea todaví
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