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s de las tropas de carretas, por lo gene-
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ral comisionistas o acopiadores, en combinación con ex¬portadores y comerciantes locales adelantan parte del precio de la esquila, abonando desde luego mucho menos de su valor: hasta un cincuenta por ciento se observa por 1860. Debemos tener en cuenta que en esos años las co¬municaciones entre la campaña y Buenos Aires son len¬tas, las noticias escasas y además muchos productores no saben leer ni escribir. Algunos afortunados hacen de esta manera fortuna y compran tierras. Más tarde, al acercar el ferrocarril sus vías a las zonas de producción, ese tipo de operaciones ha de ser ya imposible. Ya en 1870 el transporte por rieles monopoliza todas las cargas, en un momento en que los grandes terratenientes estrechamen¬te ligados al comercio mayorista y a las casas exportado¬ras se vuelcan masivamente a la cría de la oveja”.
A este respecto, es necesario señalar que los fletes fe¬rroviarios son varias veces menores en costo a los carrete¬ros y obviamente más rápidos. Un viaje en carreta entre Las Flores y Buenos Aires, por ejemplo, dura entre siete y nueve días, y mucho más si el tiempo es lluvioso, par¬ticularmente en los campos anegadizos. A Tandil cuatro o cinco semanas y otro tanto a ciertas zonas de Córdoba. El tren, por cierto, en todos los casos mencionados no supera las veinticuatro horas. De todas maneras, inaugura¬das las líneas férreas, en las regiones apartadas siguen em¬pleando este sistema de transporte, combinándoselo con el ferroviario. Las cargas de cueros y lanas se trasladan hasta las terminales más próximas y una vez allí colocan las carretas fuertemente aseguradas, mediante un dispo¬sitivo especial, sobre los vagones. Peones, arneses y bue¬yes esperan el regreso de las mismas en la estación termi¬nal de la campaña. Durante muchos años Chascomús
a A fines del siglo XIX se transporta exclusivamente carne salada, lana y cuero. Aun en 1900 son escasos los envíos de gana¬do en pie a pesar de ser inferiores los fletes en relación a los clásicos arreos. Los hacendados lentamente revertirán esa si¬tuación a causa, exponen, de “la cada vez peor condición de los caminos rurales, de la creciente complicación de la red de alambrados y cercos, de la continua expansión de tierra cultiva¬da, y, sobre todo, a causa del refinamiento de las haciendas” y su consiguiente docilidad (Los saladeros argentinos. Reportajes de “El Diario” de Buenos Aires, Buenos Aires, 1901).
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constituye un centro de enlace con Buenos Aires y de distribución de mercaderías, punto de arribo y de parti¬da de las diligencias a Dolores y Tandil.
Advertimos la importancia del primitivo sistema de transporte en los momentos previos a la inauguración de los ramales ferroviarios a la campaña teniendo en cuen¬ta que en el transcurso de 1863 y según datos parciales arriban a Buenos Aires 18.909 carretas. Esa actividad permite el desarrollo de numerosos sectores. Pulperos y comerciantes al por menor, carpinteros, herreros y forra¬jeros subsisten debido a las compras de los peones, ca¬pataces y propietarios de las tropas. Al desaparecer las carretas barridas por la competencia de los caminos de hierro se perjudican asimismo los labradores: todos los años venden los bueyes que han amansado para uncirlos a éstas. Comercio, teniendo en cuenta la magnitud del tráfico y la pobreza de los agricultores (propietarios de chacras o inquilinos) nada despreciable.
El esquema recién esbozado se puede aplicar sólo a de¬terminadas regiones y no a toda el área. Pero no nos en¬gañemos, asimismo en las zonas próximas a Buenos Aires el progreso no es global. Al desposeído no se lo integra, bajo ningún punto de vista, a una concepción dinámica de la vida, y existen para ello, por cierto, razones obvias. Se llega en todos los casos a cierto límite, el indispensa¬ble para adaptarlos a una explotación que satisface los nuevos requerimientos económicos de la demanda eu¬ropea. De ese modo, Buenos Aires al comenzar el siglo XX sigue siendo una región atrasada, de pobres, rural y preponderantemente latifundista. En 1887, casi al ter¬minar el período que nos ocupa, aproximadamente el 70 por ciento de los niños en edad escolar de la provincia de Buenos Aires no asisten a la escuela elemental, analfa¬betos para el resto de sus días”. Una realidad no muy distinta a la de cien años antes conjugada perfectamente con los contrastes acentuados entre la pobreza y la rique-
” Datos pertenecientes, al censo de la provincia de Buenos Ai¬res realizado en 1887. Por otra parte, confirmando lo expuesto, los partidos con predominio de la ganadería señalan índices su¬periores al promedio general: Pila, Rojas, Las Flores, Suipacha, Bragado, Alvear, 9 de Julio, Necochea, Mar Chiquita, Lobería, Maipú, Lincoln, Saladillo, Juárez, Tordillo y otros.
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za. Es que el sistema económico de las sociedades arcai¬cas paternalistas y autoritarias subordina el orden moral y técnico a sus propios intereses. Los campesinos, pro¬letarizados ahora en su totalidad, permanecen en el cam¬po como mano de obra dependiente y barata, convirtién¬dose en el tiempo en un factor de estancamiento. Y co¬mo ocurre en otras regiones, “No estimulan, tampoco, la aparición de un mercado para la industrialización, dada su escasa capacidad para el consumo”3. Una situación que se acentuaba aún más al impedirse la formación en la campaña de una clase media. Paralelamente, aumenta la desocupación con el consiguiente temor de los hacen¬dados ante posibles acciones de los desposeídos y así lo escriben. Sostienen, pues, en 1883 en los Anales de la Sociedad Rural, su portavoz más autorizado, que “vege¬tan en ella (la provincia de Buenos Aires) 131.161 in¬dividuos sin profesión conocida, que por el hecho de no tenerla son una incesante amenaza para la seguridad ge¬neral”.
Señalemos otros cambios. El 26 de marzo de 1888 se modifica el sistema de reclutamiento de los soldados con destino al ejército, estableciéndose un riguroso sorteo. Aparentemente un sistema perfecto. Pero en uno de los artículos, posiblemente, estudiado con paciencia, se establece la posibilidad del reemplazo de esa obligación con un “personero” que ocuparía el puesto a cambio de una suma de dinero. Una realidad ajena al gaucho. Sur¬gen entonces diez, tal vez una docena de compañías aseguradoras como la denominada “La libertadora del ejército” que mediante la entrega de una prima de se¬senta pesos por parte del interesado prometen, en el caso de ser incorporado el suscripto, la entrega de los dos¬cientos cuarenta y ocho necesarios para contratar un “personero”. Nada revela mejor los límites de la econo¬mía y de las reformas.
Por último, en las postrimerías del siglo XIX y co¬mienzos del siguiente algunos oficiales autodenominados ‘ “modernistas” discuten las ventajas del servicio militar
a Josep Fontana, Cambio económico y actitudes políticas, Barcelona, Editorial Airel, 1975, p. 157.
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obligatorio sin posibilidad de evasión alguna*2. La pro¬puesta llega a poco al parlamento. En el Congreso, en el transcurso de 1901 (preside el país en su segundo man¬dato el general Julio A. Roca), los partidarios del proyec¬to que lleva la firma del ministro de la guerra coronel Pablo Richieri informan a sus pares que pocos ciudada¬nos ingresan al ejército por propia voluntad o atraídos por la paga. Opuestamente, los militares-políticos que ocupan algunas de las bancas del Congreso sostienen la necesidad de establecer cuerpos de línea con engancha¬dos voluntarios a sueldo y, paralelamente, la obligato¬riedad de una instrucción de tres meses para todos los ciudadanos de la Guardia Nacional. Los diputados Cap-devila, Godoy y Balestra niegan su apoyo al proyecto oficial.
En una extensa intervención, rebatiendo paso a paso los argumentos de sus opositores, el coronel Richieri desarrolla la tesis oficial. No entraremos aquí en los de¬talles de su exposición ni en las causas que inspiran los deseos de reforma liberal. Pese a todo, en opinión de muchos, se cree que el nuevo orden militar significaría para el país en un futuro no muy lejano la organización, sobre la base de un sistema tradicionalmente vertical y autoritario, de dictaduras militares. Y se agrega, acla¬rándose los motivos del temor: los ciudadanos enrolados se verían obligados a obedecer ciegamente a sus jefes y oficiales sin el menor derecho a discutir sus órdenes. Este planteamiento y este tipo de análisis merece la siguiente réplica de los defensores del proyecto: de ninguna manera se concretarían en el país dictaduras militares si sus habitantes “aprenden todos a defender con energía su capital físico, moral y pecuniarios”*. Puesto a vota¬ción el proyecto, el 6 de diciembre de 1901 la idea de los
” Carlos Olivera, “El poder militar”, en Revista de derecho, his¬toria y letras, año IV, t° X, Buenos Aires, 1901, p. 518; José Armand, Conferencia sobre organización militar dada en el salón del círcul

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