in Brasil, 1624—1654, Oxford, 1957.
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níes que concurren a Buenos Aires para realizar diver¬sos trabajos. Es más, cientos habían llegado con Garay en condición de esclavos y sirvientes; otros eran her¬manos o padres de las esposas o concubinas de los ve¬cinos de Buenos Aires. Construyen los primeros ranchos, labran las huertas y cuidan la hacienda doméstica. Y su número debió, por cierto, ser importante para que un funcionario de Asunción atribuya a este hecho la falta de mano de obra que deben soportar en Paraguay, con¬siderándolo un menoscabo a los intereses de los vecinos de la ciudad de Irala. Problemas de jurisdicciones, de ser¬vidumbres que no desean compartir con quienes se ha¬bían desplazado al Río de la Plata.
Junto a los indios de otras regiones, los que aprisio¬nan los pobladores de Buenos Aires en las frecuentes razias que emprenden en las tierras de otra jurisdicción. Cautivos, caballos, posibilidad de riquezas. . .: algunas de las palabras que justifican las expediciones depreda¬doras organizadas por el cabildo de Buenos Aires. Ante hechos de una violencia e inhumanidad extremas, el obispo Fernando de Trejo, en defensa de los intereses de los vecinos de Córdoba que ven disminuir el número de sus encomendados, clama con las siguientes palabras: «Conviene prohibir con grandísimas penas las malocas y entradas que no son otra cosa más que una montería y caza de indios que luego hacen esclavos, y como tales los venden y a la vuelta dellos los traen, (aunque) mu¬chos son cristianos, con sus mujeres e hijos». De tanto en tanto partían al frente de un caudillo militar, el goberna¬dor o su teniente; a caballo, con armas blancas y de fue¬go, con sus petos para detener las flechas. Así, pues, ele¬gido el grupo al que iban a saquear y secuestrar para ha¬cerlo esperan las horas más propicias, por lo general las del amanecer. Y posteriormente, finalizada la maloca, el acostumbrado informe, como el siguiente de 1600 donde informan que «se mataron los indios que allí ha¬bían, unos despeñados y otros a arcabuzasos y cuchilla¬das que serían como ciento setenta sin dejar uno con vi-
a Caita del obispo Fernando de Trejo, Córdoba del Tucumán, 15 de agosto de 1609, con C.G.G.V., n° 4050.
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da de los que peleaban y se trajeron otros ciento setenta muchachos y muchachas».
Características feudales, podemos decir: expediciones organizadas para el saqueo sistemático en las que ínter-* vienen todos los vecinos quedando la ciudad abandona¬da, sin ningún poblador capacitado para empuñar un ar¬ma. Señalemos asimismo, resumiendo hechos que se re¬piten a lo largo del tiempo, que esas acciones determinan por parte de los distintos sectores indígenas dispersos en las praderas las más variadas reacciones de rechazo, defi¬niendo una situación que se extiende hasta fines del siglo XIX.
Resumiendo lo expuesto,,no olvidemos que Buenos Aires es primordialmente un puerto de ^concentración y distribución que compite con otras áreas beneficiadas le-galmente gracias al monopolio del circuito sevillano. En 1596 desembarcan en el Río de la Plata los primeros es¬clavos pertenecientes al contrato («asiento») del lusitano Reinel, permitiendo la autorización de la Corona, sin proponérselo, que por esa vía se incremente el comercio ilegal. Una actitud que en líneas generales merece la opo¬sición de los vecinos tradicionales (los fundadores que arriban de Paraguay, sus descendientes y otros que se ins¬talan más tarde) insertos todos ellos en una economía natural. En oposición a ese grupo, encontramos a los mercaderes del intérlope y a sus agentes. Dos mundos en apariencia distantes. A pesar del relativamente impor¬tante comercio marítimo que fluye por el «puerto» bo¬naerense (a. comienzos del siglo XVII llegan hasta treinta naves en un año), la ciudad no pasa de ser una miserable aldea, y en 1629 según un testigo
«Las iglesias y las casas, sin excepción, son todas de barro y están techadas con paja, y sólo algunas lo están con tejas. No hay ningún pavimento. Se ignora lo que es una ventana de vidrio; ni siquiera las hay de tela o papel; no hay sótanos ni bodegas, ni tampoco obras de carpin¬tería»13.
a Carta al rey del gobernador del Río de la Plata Diego Ro¬dríguez Valdez y de la Banda, citada antes.
* Guillermo Furlong, Justo Van Suerck y su carta sobre Bue¬nos Aires (1629), Buenos Aires, 1963, p. 83.
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Pues bien, era la misma la circunstancia de los intere¬ses que habían determinado el emplazamiento del puer¬to. Finalmente, en este orden de consideraciones, añadi¬remos otro testimonio que habla a las claras de las cir¬cunstancias y también de las opiniones que tenían los contemporáneos sobre aquella región austral, del rechazo a sus posibilidades. Su autor, provincial de la orden de la Merced, advertía a sus lectores, en un impreso dado a co¬nocer en España a comienzos de la tercera década del si¬glo XVII, que Buenos Aires es una tierra donde
«leña no hay ni cosa de comer, sino unos malos árbo¬les de duraznos y melocotones y se dan en aquel puerto, porque la carne es común pero no la hay tan cerca que es necesario ir con caballos diez, quince, veinte o más le¬guas a cogella y la que hay mansa cada uno se la guarda con su trabajo. . . la esterilidad de la tierra, la desdicha y miseria natural della, la imposibilidad de que haya fru¬tos, tal es la tierra del distrito de Buenos Aires, que el primer año da trigo razonablemente; el segundo benefi¬ciada, poco; el tercero casi ninguno; el cuarto nada. . . do se ve la desdicha de ella»".
III — EL DOMINIO DE LOS MENOS
Habían llegado los primeros pobladores bonaerenses de origen europeo desde España, acompañando a los ade¬lantados que cruzan el Atlántico Sur detrás de la ilusión del oro y la plata. Emigrados al Paraguay, más tarde un grupo formado mayoritariamente de mestizos y criollos (las primeras mujeres españolas fueron escasas en las le¬vas del siglo XVI) se desplaza al sur para instalarse en Santa Fe (1573) y Buenos Aires (1580). Asentado el do¬minio, se sumarán nuevos indianos procedentes de Espa¬ña, Portugal y del Alto Perú.
" Advertencias que da el padre maestro fray Diego de Velasco, provincial que fue en la provincia de Cuzco del orden de Nuestra Señora de la Merced, Madrid, s/f. Ejemplar en la Biblioteca Na¬cional de Madrid.
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En primer lugar los españoles nativos. Si nos atene¬mos a las estadísticas de los catálogos de Pasajeros a In¬dias, no en todos los casos suficientemente explícitos, ha¬brían sido mayoritariamente andaluces, siguiéndolos en orden de importancia los extremeños, castellanos y los de otras regiones de España. Todos o casi todos los que acompañan a Ortiz de Zarate son enrolados en Sevilla, en Fuente Ovejuna, en Jaén, en Córdoba, en Baeza. . . y algo similar había ocurrido con las gentes de Pedro de Mendoza y Núñez Cabeza de Vaca. Como es sabido, siempre se encuentran desesperados que desean huir de la miseria o poner distancia, la distancia del Atlántico, a los requerimientos de la justicia. Ortiz de Zarate, luego de insistentes requerimientos y bandos, reúne aproxima¬damente trescientos voluntarios, la «escoria de Andalu¬cía» al decir del tesorero Montalvo (en las listas abundan las mujeres solteras, apenas adolescentes, con uno o dos hijos), desplazados a los que se agregan cientos de cam¬pesinos hambrientos y soldados sin esperanza... . Por cier¬to, ya antes había escrito el cronista Fernández de Ovie¬do su opinión sobre lo que luego sería la tendencia gene¬ral: «En aquellos principios si pasaba un hombre noble y de clara sangre, venían diez descomedidos y de otros li¬najes oscuros y bajos»0. A decir verdad, no todos los que se decían andaluces lo eran en realidad. Como es bien sa¬bido, a lo largo del siglo XVI los habitantes del norte de España y otros de Castilla por razones que hacen a la búsqueda de mejores condiciones de vida emigran al sur, concentrándose en los centros urbanos, particularmente en Sevilla. Oleadas de desesperados de la fortuna, por cierto, emigran en momentos de crisis o desplazados por las características que determina la estructura de la gana¬dería señorial. En no pocos casos, el dominio de la noble¬za sobre las tierras de pastoreo y la trashumancia ovina son dos de los motores que determinan las levas. Contra¬riamente, la nobleza, apegada como lo estaba a sus pri¬vilegios, no se traslada al Nuevo Mundo. Y, según vimos, son también pocos los hidalgos que lo hacen. Todo esto
a Observa Juan Friede (Los estamentos sociales en España y su contribución a ¡a emigración a América, Revista de Indias, Madrid, n° 103, 1966) que de 13.000 pasajeros que emigran en¬t







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