s de las palabras con que los definen y ubican:
“Esos condes y marqueses en perspectivas que osten¬tan en sus pechos la librea del esclavo, son vastagos de familias desconocidas cuyo árbol genealógico se esconde sin duda entre las razas de los indios o la plebe de los conquistadores españoles: son pobres entidades que el acaso ha elevado a las alturas del poder desde donde miran con desdén a sus conciudadanos. Esos nobles or¬gullosos que enfáticamente se llaman aristocracia porte¬ña son proveedores enriquecidos con los dineros sustraí¬dos del pueblo, son generales que han vendido su pluma y su espada al Gabinete de San Cristóbal, son políticos corrompidos que cortejaron Palermo y arrastraron el carro de Manuelita Rosas. . . Estos son los hombres que se titulan la aristocracia porteña cuyo bochornoso títu¬lo es un borrón para la historia argentina”^.
Y también el viaje a Europa, particularmente a París, centro europeo de la preocupación de los argentinos y no precisamente por razones culturales. Así lo señala el
” Miguel Cañé, Prosa ligera, Buenos Aires, La Cultura Ar-gentina, 1919, p. 125.
- Artículo titulado La aristocracia porteña, en La política, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1873.
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testimonio anónimo de un testigo del mismo grupo social. He aquí su relato:
“Respecto a la vida que allá lleva parte de la colonia argentina, es de desórdenes: ellos de orgía; ellas de chis¬mes y escándalos. . . Los mozos se divierten en los cafés. El “Maxim ” tendría muchas cosas que contar porque las tablas de su piso han sido cabecera de tantos argentinos que epilogaban sus torneos desenfrenados rodando bajo las mesas, entre botellas de champagne. . . ellas, en fin, que son todo o parte de esas apreciaciones, se van a París loco para dar rienda suelta a los deseos contenidos de una libertad ansiada, sin espectadores, sin censores, al abrigo de testigos y a cubierto de peligros y temores. Y arrastran por allá sus galas y algunas pierden girones de las sedas de sus trajes, mientras otras apuntan triunfos en el haber de sus campañas”".
Con el viaje a Europa se despierta en muchos el de¬seo de obtener títulos de nobleza que monarquías en quiebra vendían al mejor postor. O también por alian¬zas matrimoniales. Se dice:
“Hay por allá (en París) muchos nobles de pega y tí¬tulos arruinados a la espera de americanas ricas. Ya no nos creen tan sauvages como antes. . . Están, pues, los nobles a la expectativa y algunos realizan sus ambicio¬nes. Por eso tenemos muchas princesas, condesas, duque¬sas, baronesas y marquesas argentinas. Tienen aquellos sus blasones apolillados y los cambian por fortunas”^.
Por entonces, a esa realidad el comandante Prado, testigo y partícipe de la expansión de la frontera, ex¬pone su visión desprovista por cierto de todo lirismo de quien había hecho factible la riqueza de los menos. Des¬taca la pobreza y el olvido y nos dice:
fl Martha Bonheui, Apuntes y críticas sociales, Buenos Aires, 1908, p. 32.
b Opus cit., p. 34.
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“¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado 20.000 leguas de territorio y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo y trabajo, muchos de ellos no hallaron -siquiera en el estercolero del hos¬pital— rincón mezquino en qué exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y verdadero pa¬triotismo”‘1.
Entre los ricos todo era distinto. Disponen del Club del Progreso, los bancos, la Bolsa de Comercio, los tea¬tros. Eugenio Cambaceres refiere en su novela Silbidos de un vago (Buenos Aires, 1881) —nombre simbólico para un libro que retrata a la clase dominante— distin¬tos aspectos de la vida de quienes podían sostener sin temor a equivocarse: “Vivo de mis rentas y nada tengo que hacer”. Sus palabras resumen la situación de un sec¬tor de la ciudad. ” Vivo por vivir, o mejor: vegeto” re¬fiere en primera persona. Peyorativamente trata a los comerciantes de Buenos Aires, por lo general en esos días inmigrantes o hijos de inmigrantes que habían desplazado a las familias tradicionales que casi hasta ayer atendían sus tiendas, pulperías y almacenes por menor. En el Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración de Buenos Aires, editado por Alejandro Bernheim en 1854, figuran muchos apellidos de la posterior clase dominante enri¬quecida con las adjudicaciones de tierras. Son propie¬tarios, entre otros, de almacenes por menor, Domingo Achával, J. B. Aramburu, Braulio Costa, José María Drago y José Pico; de tiendas: Benito Bosch, Bartolo Churruca, Tomás Castelli, Emilio Funes, Martín Nazar,
Comandante Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Edi¬torial Universitaria, 1960. Refiriéndose a los repartos de tierra se queja Prado de las irregularidades cometidas y de “la garra de favoritos audaces clavada hasta las entrañas del país”. Agrega más adelante: “y como la codicia les dilataba las fauces y les pro¬vocaba babeos innobles de lujuriosos apetitos”, tenían ganas de “maldecir la gloriosa conquista, lamentando que todo aquel desierto no se hallase aún en manos de Reuque o Sayhueque”.
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Pancho Roca y Guillermo Udaondo. Apellidos luego pertenecientes a la clase dominante encontramos entre los comerciantes panaderos (Lahite y Santillán) y los confiteros por menor (Guerrico, A. Lozano y Carlos Noel).
En menos de una generación el proceso se invierte. Es ahora el inmigrante el propietario de aquellos nego¬cios y el destinatario de las burlas más agrias. El siguiente diálogo de Silbidos de un vago forma parte de un estado mental característico:
“-¿Quién eres? - Una bestia. -¿De dónde vienes?
-De Galicia, la tierra de bendición donde esos frutos se cosechan por millones”.
Los amigos del protagonista de Silbidos de un vago son en su mayor parte hijos de acaudalados estancieros. Uno de ellos relata al referirse a las tierras de sus padres, que fueron adquiridas por su abuelo “en cambio de un par de estribos” en una época en que los indios domina¬ban la región e impedían el mantenimiento de los ro¬deos. Pero a diferencia del padre que conoció la rudeza de los trabajos ganaderos, para él la vida del campo sólo es la evasión de tiempo en tiempo a las múltiples preo¬cupaciones sociales que lo embargan en la ciudad. Cam-baceres no trata con simpatía a los advenedizos que es¬peran ingresar a los altos círculos de la oligarquía porte-ña. Refiere sobre el caso particular una imaginada biogra¬fía, reflejo de otras reales; su personaje es “hijo de un antiguo mayordomo, capataz o interesado cualquie¬ra en una punta de vacas de Anchorena, Dorrego o algún otro”. Había pasado su niñez, escribe, “entre el fogón de la cocina y el lomo de un mancarrón probablemen¬te manco del encuentro”; a los doce años, agrega, sabía pialar un potrillo, arrear una vaca lechera, rastrear un nido de teros, matar de un rebencazo a una perdiz y otras tareas similares. Gracias al interés de su padre concurre dos veces por semana a la escuela del pueblo próximo, “La Guardia de Chascomús o cualquier otra”; aprende allí “a leer mal y a escribir peor”. Ahora bien,
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en el transcurso de doce años el pequeño puesto en el campo, las cien vacas y la tropilla de caballos se con¬vierten en una “rica y valiosa estancia”. Principiaba otra era: es entonces juez de paz, luego presidente de la municipalidad, presidente del club social del pueblo pero dentro de sus límites y posibilidades.
“Su esposa, por otra parte, soñaba con una casa en el barrio de la Concepción, un coche para ir a Palermo y un palco en el (teatro) Alegría; no porque se sintiera intimidada ante la perspectiva de lucir sus pesos y sus formas en un balcón del Colón, sino porque, ¿qué le importaba a ella, ni qué tenía que hacer en una repre¬sentación de Hugonotes si no entendía el italiano”.
El ascenso económico les obliga a mudarse desde la casa que tenían en la ciudad “a las alturas de la calle In¬dependencia o Estados Unidos, entre Chacabuco o Lima”, al sur del centro de la ciudad, al nuevo barrio de la aris¬tocracia porteña ubicado al norte. Realizan todos ellos el sueño lentamente acariciado: “tienen su casa, su co¬che, su palco y además relación con las familias de¬centes del barrio”. El esposo es entonces socio de la Sociedad Rural, de la Comisión de Higiene de la parro¬quia “y de un club político cualquiera”. Con esos ante¬cedentes y gracias al proceso de las exportaciones agro¬pecuarias, queda establecido el ingreso a la clase domi¬nante. El hecho se había gestado en menos de cuarenta años y teniendo en cuenta la época en que escribe Cam-baceres, había iniciado su camino en la última década de los días en que los hacendados en el gobierno estaban presididos por Juan Manuel de Rosas.
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ENTRE EL PASADO FEUDAL Y UN PRESENTE DIFÍCIL
“Una multitud de intermediarios, agentes de conchabo, con casa fija o ambulante, viven de engañar miserable¬mente a los pobres trabajadores; estipulan condiciones que luego no reconocen los patrones, tanto sobre el jor¬nal, como sobre las horas de trabajo, la cantidad y cali¬dad de la comida”.
Juan Bialet Massé, 1908. Informe oficial elevado al ministro del Interior Joaquín V. González.
“perciben por lo general (los peones) el s


















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