tarde en libro, con el subtítulo Costumbres bonae¬renses.
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turero dé los hombres nuevos pobres, como un peli¬gro de existencia; creó y formó sus familias en un ho¬gar lujoso con todas las pretensiones inconscientes de la gran vida, a la elegancia, y al tono; pero sin que¬rerlo, sin poderlo evitar, sin sentirlo, conservó su fi¬sonomía histórica, que era honorable y virtuosa, pero rutinaria y opaca. Necesitó su hombre y lo encontró: le inspiró sus defectos y lo dotó con sus méritos”.
Lucio V. López también caricaturiza a otros ele¬mentos de aquella década fácil en riqueza y progreso material. Y es así que coloca en labios de uno de sus personajes, educado muchos años antes durante el apogeo y el dominio del estanciero bonaerense, pa¬labras definitorias que reflejan el pensamiento de aquel grupo. En su opinión puede observarse un enfrenta-miento entre dos generaciones opuestas, educadas bajo distintas constantes políticas y económicas. “Vean ustedes, señores, llevar hombres jóvenes a las cámaras sería nuestra perdición. La juventud del día no tiene talentos prácticos; ¿cómo quieren ustedes que los tenga? ¡Le da por la historia y por estudiar el derecho constitucional y la economía política en libros!”.
En menos de veinte años la ciudad había cambiado su fisonomía. Europa llega a las calles con su moda y sus costumbres: “No era chic —sostiene López— hablar español en el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunas palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre”.
La vida en sociedad, el club, los bailes, adquieren mayor importancia. La clase social dominante se aisla en su reducido universo y trata de imponer entre sus pares un determinado sistema de vida. Ser socio del “club”, y en este caso del denominado Progreso, no era cosa fácil; “era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la calle Victoria”. El aislamiento en círcu¬los cerrados será siempre una de las características de los sectores dominantes de todo el mundo. Sus componen¬tes, socios del “club”, viven en el mismo barrio, veranean en sus estancias y viajan a Europa periódicamente
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Fuerza es repetirlo: a partir de los incrementos de las exportaciones se viven momentos que Segundo Villa-fañe denomina Horas de fiebre, título de su novela editada en 1891. Nos dice allí:
“Con el nuevo año de 1884, empezaba al parecer, una era de grandes progresos, y rápido desarrollo en la vida en la República. Ningún momento más propicio para especular y adelantar, teniendo tino e inteli¬gencia, actividad y relaciones! Era el momento precisa¬mente en que estas cosas valían, en que las cartas de recomendación, las especulaciones en sociedad con personas influyentes, empezaban a ser más que nunca eficaces. Todo era cuestión de tener ideas y buen golpe de vista, y en todo caso inventiva y audacia, para sacar de la nada lucrativos negocios”0.
Era necesario para lograr éxito económico, según el itinerario seguido por el personaje de la novela de Villafañe, ser socio de la Bolsa de Comercio y dirigir la atención “a las grandes especulaciones de tierras”. La vida silenciosa y sin mayores complicaciones sociales, heredada de la colonia por los patricios argentinos, cam¬bia con pasos demasiado acelerados. El nuevo rico, con o sin apellido tradicional, “gastaba gran tren, magní¬ficos carruajes, troncos de rusos importados expresa¬mente para él. Almorzaba —agrega— y comía a lo prín¬cipe en los clubes y cafés de moda; se vestía en los mejo¬res sastres, se hacía traer ropa blanca de Inglaterra y le¬vitas de Pool, y malgastaba algunas horas en Palermo guiando su faetón o parado en la calle Florida con Un grupo de amigos”*. Muchas veces, y será éste otro de los hechos sociales característicos de aquellos años, “se gastaba todo lo que se ganaba y a veces mucho más; se hacía girar, circular el dinero, se compraba y se vendía; pero nada se conservaba, exceptuando los muebles
2 Segundo I. Villafañe, Horas de fiebre, Buenos Aires, Libre¬ría General Lavalle, 1891, pp. 12-13.
b Opus cit.,p. 15.
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lujosos, los ricos carruajes y soberbios caballos”". En 1890 también Carlos D’Amico retrataba con justeza a la clase gobernante enriquecida con la rápida valorización de la tierra:
“Había en Buenos Aires toda una clase social, que po¬dríamos llamar la burguesía de la campaña, y que era todo en esa provincia, valiéndose de la conocida frase de Sieyés.
Eran los nacidos en el campo, hijos de padres opulen¬tos, con fortuna ellos mismos, educados, aunque no ins¬truidos, casados con una niña de su misma clase; llamá¬banse estancieros ricos. Sus más notables representantes fueron: Anchorena, Terrero, Fernández, Bavio, Cobos, Cano, Sáenz-Valiente, Guerrero, Cascallares, Ramos Me-jía, Campos, etc. etc. Propietarios de vastas extensiones de territorio, el tiempo solo se había encargado de enri¬quecerlos con el aumento del valor de las tierras”^.
El itinerario de ostentación del estanciero casi siem¬pre finaliza con la compra de una lujosa casa emplaza¬da al norte del centro de la ciudad de Buenos Aires. “Cuando la siempre numerosa prole exigía educación, el estanciero edificaba una casa en la ciudad de Buenos Aires, y él volvía a su establecimiento” sostiene D’Ami¬co. Y sus cualidades morales podían resumirse con las siguientes palabras del autor citado:
“Era económico sin avaricia, religioso sin fanatismo, aspirando a que sus hijos fuesen educados en el Santo temor de Dios, como él mismo decía; honrado a carta cabal; enemigo de toda reforma, se oponía a la civiliza¬ción invasora, pero concluía por aceptar el adelanto, luego que se convencía de que le era útil”c.
?Opus cit.,p. 19.
* Carlos D’Amico, Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890). Buenos Aires. Editorial Americana, 1952, p. 175 y passim.
c Opus cit., p. 176.
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Al llegar a la ciudad la transformación del hacendado será total. Socio del Club del Progreso paseará su indi¬ferencia por la calle Florida. Sus hijos se educarán o pasarán el tiempo —si su situación económica lo permi¬te- en París, Londres o en algún colegio suizo. Y él, a pesar de sus pocos conocimientos, viaja también pe¬riódicamente a Europa, exportando miles de pesos obtenidos con la venta de sus animales”*2. Entonces se transforma o desea transformarse en un aristócrata. A medida que madura intelectualmente esta idea, la expondrá públicamente y ha de defenderla por inter¬medio del periodismo y el libro. El porteño o provin¬ciano así estructurado ha de considerarse superior al inmigrante europeo e infinitamente por encima del gaucho o del mestizo. Miguel Cañé pondrá en boca de uno de los protagonistas de un relato suyo palabras que señalan un estado mental característico:
“Tú conoces mis ideas y sabes que sólo acepto las aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la prensa, ante la ley, la igualdad más absoluta es de derecho. Pero es de derecho natural también el per¬feccionamiento de la especie, el culto de las leyes mora¬les que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas bellas, la protección inteligente del arte y de toda mani¬festación intelectual. Eso se obtiene por una larga he¬rencia de educación, por la conciencia de una misión, casi diría providencial, en ese sentido. Tal es la razón de ser de la aristocracia en todos los países de la tierra,
aRefiriéndose a este aspecto escribió Sarmiento (1883) en El Nacional: “Lo que más distingue a nuestra colonia en París, son los cientos de millones de francos que representa, lleván¬dole a la Francia, no sólo el alimento de sus teatros, grandes hoteles, joyerías y modistas, sino verdaderos capitales que emigran, adultos y barbados, a establecerse definitivamente y a enriquecer a la Francia. En este punto aventajan las colonias americanas en París a las colonias francesas en Buenos Aires. Estas vienen a hacer su magot, mientras que las nuestras lle¬van millones allí.” (Domingo Faustino Sarmiento, Condición del extranjero en América, Buenos Aires, Biblioteca Argentina, 1928).
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tenga o no títulos y preocupaciones más o menos es¬trechas. Entre nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la herencia, sino la con¬cepción de la vida. . .”".
Los ascendientes de aquella pretendida aristocracia habían sido en su mayor parte pulperos, contrabandis¬tas, pequeños comerciantes o abastecedores del ejérci¬to, en el mejor de los casos. Aproximadamente hasta 1880 habían tenido una concepción de la vida muy esquemática: reunir el máximo posible de tierras y esperar que se valorizaran. Ya por 1873 se alude en el periodismo al origen de lo que se denomina “aristocra¬cia porteña” propietaria de la tierra. He aquí alguna

















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