Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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res de medio siglo después han de menospreciar.
Dando fin a sus opiniones, afirma que así como en esos días se canta al progreso y la civilización, en el fu¬turo poetas y escritores “irán a buscar en las tradicio¬nes de Santos Vega y de tantos otros trovadores de las pampas, el colorido de las épocas primitivas y el tipo que habrá desaparecido bajo la máscara lustrosa del hombre modificado por los usos de la vida civil”.
II - COLONIZADORES E INMIGRANTES OBSERVADOS POR LA SOCIEDAD TRADICIONAL
Los comerciantes y residentes extranjeros estableci¬dos en Buenos Aires opinan de manera totalmente opuesta. Exponen en algunos casos planteamientos más progresistas y acordes con el desarrollo que algunos es¬peran del país. En las páginas del periódico El Industrial (23 de febrero de 1856) los miembros de las colectivi¬dades extranjeras y propietarios de comercios y talle¬res industriales se refieren a la situación de las clases desposeídas de la ciudad y la campaña. Aluden asimis¬mo a la barbarie de la leva, para ellos un sistema incom¬patible con el desarrollo material que esperan del país. “Entre nosotros —exponen en el mencionado periódi¬co— hay un grande inconveniente para la organización del ejército y es nuestra poca población. Hasta hoy los cargos penosos de la milicia ha recaído siempre sobre la clase débil de la sociedad. Se ha hecho obligatorio
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—agregan— el servicio a una parte de la población, y los morenos y paisanos han sido siempre los que han formado la tropa veterana”. Es, por cierto, el pensa¬miento de un grupo determinado que nada tiene que ver con los terratenientes.
Mucho antes de la inmigración masiva, sectores tra¬dicionales plantean los problemas que presentará al país el arribo de colonos extranjeros. José María To¬rres los expone en una extensa carta que envía al gene¬ral Mitre el 31 de octubre de 1862 y donde expone un proyecto de inmigración. Analiza en el mismo los males que se producirán en el futuro, un futuro para él muy próximo. Su opinión en ese sentido es totalmente negativa. Y llega a decir:
“Los colonos, pues, convencidos de su superiori¬dad física, intelectual y moral, en vez de asimilarse a la del país la despreciarán. Mirarán a nuestros presi¬dentes, a nuestros ministros, a nuestros legisladores, a nuestros generales, que tan grandes nos parecen a noso¬tros, y que tan pequeños serán para ellos y dirán “¿ Y es posible que estos hombres gobiernen? ¿Y les habre¬mos de obedecer nosotros? Sí, mientras estamos en mi¬noría; pero apenas tengamos la fuerza suficiente para tomar el mando, les daremos las gracias y los enviare¬mos a descansar”".
Y como teme que Mitre no le crea, menciona luego la polémica entre un periodista español establecido en Buenos Aires y los redactores del diario El Nacional, hijos de extranjeros, particularmente don Carlos D’Ami-co que sostenía enfáticamente que tenía a gran for¬tuna que por sus venas no corriese sangre española. Esta afirmación recibe por parte de Torres una res¬puesta acorde a las ideas generales del grupo social al que pertenece. “Si un miserable aislado y descendien¬te de la nacionalidad que revela su apellido —escribe—, se atreve a insultar de ese modo a toda la nación por
a Original manuscrito en el Museo Mitre, Buenos Aires, Al-chivo inédito del General Mitre, Caja 35, documento 10174.
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la prensa, es decir en voz alta y a presencia de todo el mundo, empezando por un presidente y acabando por su último ciudadano, la sangre española”. Encontra¬mos asimismo un interesante análisis sobre la pobla¬ción del país en esos momentos. Dice sin mayores ro¬deos:
“Los gauchos -escribe en la carta al general Mitre— no han aprendido nada, ni quieren trabajar; la clase me¬dia tampoco ha aprendido nada, y se contenta con ser tendera, almacenera o empleada; es decir dependiente del comercio extranjero, o del tesoro de la nación. La clase culta o elevada (sic) es propietaria o abogada. La primera es rica, tiene casas, estancias, y depósitos en el banco; y en vez de la administración de los extran¬jeros, de establecer líneas de vapores, de ferrocarriles y de explotar la agricultura y la industria, funda clubs de billar, de ajedrez, de baile. La segunda, foco de ilus¬tración y el saber de la República, produce los legis¬ladores, los magistrados, los ministros, cuya ciencia toda está en los libros que ha leído y en las citas que hace, y en prueba de su gran previsión y sabiduría decreta ferrocarriles para los desiertos del Sud, y la colonización por millares de familias extranjeras que vengan ¿a qué? ¿a obedecer? ¡no! a sepultarlos a ellos y a sus hijos en el olvido.”
El lógico y fundado temor de Torres hace directa alusión al posible desplazamiento de los nuevos gru¬pos sociales en potencia, formados por los inmigrantes, a ocupar las posiciones detentadas hasta aquel mo¬mento por un corto número de familias poseedoras de tierras y ganado. Por esa causa ha de interrogar a la élite, preguntándole si el día que posea la Repúbli¬ca un millón de pobladores descendientes de extran¬jeros “¿vuestros hijos y los de vuestros amigos serán presidentes, ministros, senadores, diputados o cosa que valga?”. La afirmación contiene al mismo tiempo la negación de valores de toda índole entre los compo¬nentes de la clase social dominante; él mismo lo dice:
“¡Ay, señor! harto harán con comer su fortuna, si
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la heredan, en el fondo de su casa, porque si no, como nuestra descendencia no podrá competir en la indus¬tria y el trabajo, con ella, tendrán que abandonar la patria en que nacieron, o que pedir limosna a los que entraron como huéspedes en ella.”
Observa con temor la realidad en el lento proceso de movilización que comienza a operarse en diversos sec¬tores sociales y políticos. El temor al desplazamiento está plenamente justificado y obedece ya a hechos con¬cretos.
Debemos advertir, y aunque más no fuese breve¬mente, que la élite por deseo de diferenciación so¬cial —no necesitó anteriormente hacerlo frente al in¬dio, negro, mulato o “chino”— ha de aristocratizarse. Muchos hechos señalan aquella determinación. En las dos últimas décadas del siglo XIX algunos periódicos comenzarán a incluir una sección denominada “socia¬les” y los núcleos patricios serán mucho más cerrados que anteriormente.
Como pudimos observar, los planteos no se contra¬ponen a pesar de su aparente oposición. El deseo es simple: traer al inmigrante para que cree con su tra¬bajo la riqueza que disfrutarán los menos, sin que se dis¬tribuya racionalmente entre todos. Y entonces dos si¬tuaciones se ofrecen a los gobernantes de la segunda mitad del siglo pasado frente al progreso y al rápido desarrollo del país: por un lado el espíritu liberal, de¬seoso de modificar algunos aspectos de la estructura social y económica, y, por otro, el fuerte interés de aquellos para quienes el progreso es un hecho conve¬niente, siempre que la tradicional estructura económi¬ca se mantenga como hasta entonces. El planteo, como algunos hechos económicos lo demuestran, no pudo prosperar en su totalidad. Era, bajo todo punto de vista, muy difícil lograrlo.
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III - EL PENSAMIENTO DE LOS QUE POSEEN
En La gran aldea” Lucio V. López, señala varios e importantes testimonios para analizar la sociedad bonae¬rense. Destaca en algunos diálogos el concepto que sobre los oficios mecánicos posee un sector de los pobladores porteños. Uno de los personajes, y para señalar su alta posición social de antiguo arraigo histórico, denigra a otro con palabras que sintetizan el pensamiento de la autodenominada aristocracia porteña sobre los advene¬dizos a su grupo social: ” ¡Yo no necesito de tu nombre para nada! ¡Guárdatelo, que para nada me sirve! ¡Yo me llamo Berrotarán y usted es un pobre diablo, hijo de un lomillero! ¡Sí, señor, de un lomillero! Su padre de usted era lomillero en tiempo de Rosas”. López, al referirse al gaucho bonaerense confirma plenamente la tesis que acusa a los estancieros de haber sido el principal apoyo de Rosas, y lo hace al sostener que su gobierno fue un gobierno de hacendados -”las fa¬milias decentes y pudientes”—, los apellidos tradicio¬nales, los latifundistas dueños de ‘la tierra porteña:
“En el partido de mi tía -escribe- es necesario de¬cirlo para ser justo, y sobre todo para ser exacto, figu¬raba la mayor parte de la burguesía porteña; las fami¬lias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa especie de nobleza bonaerense pasablemente beá¬tica, sana, ilustrada, muda, orgulloso, aburrida, loca¬lista, honorable, rica y gorda: ese partido tenía una ra¬zón social y política de existencia; nacido a la vida al caer Rosas, dominado y sujeto a su solio durante vein¬te años, había, sin quererlo, absorbido los vicios de la época y con las grandes y entusiastas ideas de liber¬tad, había roto las cadenas sin romper sus tradiciones hereditarias. No transformó la fisonomía moral de sus hijos; los hizo estancieros y tenderos en 1850. Miró la universidad con huraña desconfianza, y al talento aven-
a Se publicó como folletín en 1882 en Sud-América y dos años más
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