Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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cómplices mulatos y sus sectarios mesti-zos”c.
f La Pampa, Buenos Aires, 30 de diciembre de 1875. Infor¬man que en el pueblo de San Isidro habían detenido a varios ma¬sones extranjeros acusados de querer establecer “la Comuna”.
Leopoldo Lugones, El payador, Buenos Aires, Otero y Cía., 1916, p. 5.
0 Opus cit., p. 6.
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En ningún momento el análisis de su libro El paya¬dor alude a la leva y menos al latifundio ganadero (”la libertad y la igualdad fueron productos naturales de la tierra argentina”). La propuesta tradicionalista de Lugo-nes cae en la más pura ingenuidad, se convierte en una pieza oratoria de circunstancias y en algunos pasajes llega a lo vulgar. Dice; ,,y como se trata de un tipo (el gaucho) que al constituirse la nacionalidad fue su agente más genuino; como en él se ha manifestado la poesía nacional con sus rasgos más característicos, lo acepta¬remos sin mengua por antecesor, creyendo sentir un eco de sus cantares en la brisa de la pampa, cada vez que ella susurre entre el pajonal, como si estirase las cuerdas de una vihuela”.
Esas fábulas, que no eran nuevas, se transportaron a otros ámbitos y echaron en los mismos fuertes raíces. Nos encontramos así con el gaucho idealizado por el hijo de estanciero Ricardo Güiraldes y cuya figura más cono¬cida es Don Segundo Sombra, el sumiso personaje que bien pudo integrarse a “La estancia vieja” (título de un relato incluido en Cuentos de muerte y sangre editado en 1915) donde expone su adversión a la agricultura, la nostalgia por las praderas incultas y el latifundio. La ne¬gación del progreso. Dice Güiraldes:
“Todas las estancias del partido, contagiadas de civili¬zación, perdían su antiguo carácter de praderas incultas. Las vastas extensiones, que hasta entonces permanecían indivisas, eran rayadas por alambrados, geométricamente extendidos sobre la llanura.
No era ya el desierto, cuyo verde corría hasta el hori¬zonte. . . La tierra sufría el insulto de verse dominada, explotada. . . Pies extranjeros la hollaban sin respeto e instrumentos de tortura rasgaban su verdor en largas heridas negras. Semillas ignotas sorbían vida en su sabia fecunda, y manos ávidas robaban de sus entrañas la san¬gre para convertirla en lucro”.
En la nostalgia por el.pasado, pues, estriba el carác¬ter de sus opiniones. También Martiniano Leguizamón vive, así escribe, “en el delicioso embeleso y la visión fu-
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gitiva” del tiempo en que la tierra no tenía límite”. Y asimismo las respuestas de la mayor parte de los encues-tados en 1926 por el periódico Critica de Buenos Aires sobre las características del gaucho. En esa oportuni¬dad, Ricardo Rojas sostiene que “Ha aparecido porque sí, como una fuerza viva de la naturaleza”. Y agrega “que trabajaba cantando, a veces con el solo ritmo in¬terior, amaba con su canto”. Canto y misterio abonan su telurismo, y sobre todo una “mística” imposible de definir que evade las relaciones sociales y las depen¬dencias. En realidad, una teoría sobre tales bases no resiste racionalmente ningún tipo de análisis.
Por último, en otros testimonios se expresa de manera más manifiesta la dicotomía criollo-inmigrante, asocia¬da a la paz social del pasado. En 1917 Carlos Ibarguren razona de la siguiente manera sobre la presencia del in¬migrante en relación a la sociedad arcaica:
“La inmigración. . . adolece de los efectos de todo lo adventicio: falta de cohesión y heterogeneidad, de¬rriba paulatinamente la primitiva formación argentina y va demoliendo, del litoral interior, esa es su vía, nues¬tras cosas y costumbres de antaño, de tipos genuinos, los contornos que en otros tiempos nos perfilaron y nos definieron. . . La inmigración europea destruye todo lo que representa nuestra vida pasada hispano-ameri-
Dicho y señalado lo anterior, se verán con más cla¬ridad las relaciones entre el pasado y el presente, las afi¬nidades de dos puntos de vista aparentemente disími¬les. Señalemos, pues, las opiniones que sobre el gaucho exponen en la segunda mitad del siglo XIX sus contem¬poráneos de la clase dirigente porteña.
” Martíniano Leguizantón, La cuna del gaucho, en Boletín de la Junta de Historia y Numismática, t. vií, Buenos Aires, 1930. Conferencia publicada posteriormente en su libro La cuna del gaucha, Buenos Aires, Peuser, 1935, pp. 11-51.
* Carlos Ibarguren, De nuestra tiara, Buenos Aires, 1917, pp. 9-10.
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El juicio que realiza sobre el gaucho un testigo re¬presentativo del momento, perteneciente a la clase so¬cial dominante que dirige la economía, la política, las artes y la diplomacia, ha de demostrarnos la conforma¬ción mental de quienes dicen formar parte de la “aris¬tocracia” nacional que funda clubs y viaja a Europa. En 1856 envía desde París a Buenos Aires el proscripto unitario y poeta romántico Miguel Cané, un extenso artículo sobre el gaucho bonaerense0. Sus opiniones no son favorables para el poblador rioplatense. Co¬mienza por denominarlo con palabras sentimentales y nostálgicas, llamándolo “cóndor de los Andes”, “rey de las praderas”, “trovador de las cabañas pajizas” y con otras adjetivaciones similares. “Nacido en estos campos que no tienen límite —agrega—, lleva en su alma la idea exagerada de su poder y libertad: su vida, sus deseos, sus planes, participan de ese sentimiento del infinito que encuentran en la naturaleza, que le empuja a todo lo nuevo, extraordinario, sin ocuparse de las cau¬sas que lo arrastran””.
Aludirá luego al conocido enfrentamiento entre el gaucho y las autoridades “que el orden social ha creado para su gobierno” y que el gaucho “desprecia y bur¬la, ya que no la puede combatir abiertamente: en sus gustos de caballero trovador, en su dignidad de hom¬bre guapo, no hay alcalde, comisario ni esbirro que le merezcan siquiera las consideraciones que se merecen entre sí las criaturas de una misma especie”. Conocien¬do, como conocemos, la situación legal del poblador de la campaña sabemos que nunca podrá considerar a quien lo ha de esclavizar o perseguir. Pero reconoce Cañé que el gaucho lucha contra aquellos, sus enemi¬gos, para huir del orden establecido; “el gaucho vive como un paria en las soledades protectoras o en las tierras escabrosas; allí los alcaldes, los esbirros, los empleados del brazo ejecutivo son impotentes a ejer¬cer la venganza legal, porque el gaucho tiene el ojo de
” Miguel Cañé, El gaucho argentino, en La revista de Bue¬nos Aires, t. V, Buenos Aires, 1864, p. 601.
bOpus cit., p.602.
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águila y las garras del balcón”0. Reconoce también que es amigo de sus amigos, a quienes regalará dinero si lo posee, la vida “y lo que es más, su caballo predilecto”. Pero estos escasos elogios han de convertirse en la plu¬ma del padre del autor de la célebre y reaccionaria “Ley de Residencia” en severas acusaciones: “es un ser que no pertenece —agrega— a la civilización porque vive para sí y en perfecto desacuerdo con todas las leyes y reglas de la sociabilidad; el individualismo absoluto, el yo en las aplicaciones más completas, en su culto sobe¬rano”.
Los prejuicios que reflejan estas opiniones remiti¬das desde París son similares a los expuestos por los componentes del sector social al cual pertenece. Pero esta diferencia social sólo podrá realizarse con gauchos, mulatos y mestizos, pues la inmigración masiva todavía no ha llegado a Argentina; esta actitud ha de correspon-derle cronológicamente a la siguiente generación y donde ha de actuar el hijo de Miguel Cané, autor de la conoci¬da estudiantina Juvenilia. Para Cané padre, todos los ma¬les del país, pasados y presentes, se deben a la influencia del gaucho sobre la estructura social, organización ha de denominarla el autor. Sostiene con espíritu sim¬plista que “no sería injusto atribuir a ese espíritu rebel¬de, a esos instintos salvajes y excesivos, la mayor parte de los escándalos que ha ofrecido la patria en sus luchas civiles”. Olvida intencionalmente la lucha del ganadero para obtener su amplio dominio.
Pues bien, Miguel Cañé opina que “esa familia para¬sitaria”, como denomina al gaucho, fue demasiado nu¬merosa y causa de todas las desgracias del país. “Bedui¬nos de las campañas abundantes —escribe—, donde la naturaleza ha tirado a manos llenas todo lo necesario a la vida animal, el gaucho es perezoso, inhábil para los trabajos de la industria; nace, se cría y vive debajo de ese cielo azul, recibiendo de la tierra, a manera de las plantas tropicales, la cera que la nutre. ¿Qué le importan los desquicios sociales ni el porvenir en ge¬neral? Su querida, su caballo y su individuo constituyen para él la creación entera”*.
a Opus cit., p. 605. * Opus cit., p. 605. 246
Y si bien para tener categoría cree la clase alta que es indispensable una querida importada como las que fi¬guran en las páginas testimoniales de Cambaceres, o un caballo inglés para obtener con su lucimiento pres¬tigio social, el hecho del amancebamiento en un rancho ruinoso de la campaña puede ser un acto denigrante siempre que su protagonista sea un gaucho, para ellos un mestizo indecente y altanero que trabaja de peón en sus estancias. Y por último, sostiene Cañé que hace dos lustros ese grupo social o “elemento de atraso” está cambiando gracias al influjo de la inmigración y las cos¬tumbres europeas, las mismas que sus pa
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