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n, controlar estrictamente a los subordinados. Expone Daireaux:
“Hemos dicho que para conseguir reproductores de valor, es preciso mantenerlos con abundancia: lo mis¬mo diremos que para tener buenos trabajadores, es pre¬ciso alimentarlos en proporción del trabajo que se les pide. El gaucho, de generación en generación, viene vi¬viendo de miseria: no puede ser sino débil; tendrá esta resistencia pasiva que le permite soportar ciertas fati¬gas o carencias, pero de ningún modo puede tener esta sobra de fuerzas que al hombre bien mantenido le hace buscar en qué emplear su actividad. Al estanciero le toca cambiar poco a poco estas condiciones anormales de vida y mejorarlas en su propio interés, pues el inte¬rés es el gran móvil de las acciones humanas; es preciso que comprenda que para llegar a mejorar sus hacien¬das debe mejorar primero, o a lo menos simultánea¬mente a la gente que las cuida”.
a Godofredo Daireaux, La cría del ganado en la estancia moderna, Buenos Aires, 1887.
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En ningún momento se alude a la condición de seres humanos de los trabajadores. Contrariamente, comparan a éstos a los reproductores bovinos a quie¬nes se debe dar buen trato y abundante alimentación. Ningún estanciero, sostienen, abandonará a sus se¬mentales. Son realidades del pasado adaptadas a las nuevas circunstancias del presente. Podían decir, por cierto, cambiando el destino de las palabras de Ma-tienzo, expuestas en el siglo XVI en relación a los in¬dios, que los gauchos “Fueron nacidos y criados para servir, que les es más provechoso el servir que el man¬dar, y conócese que son nacidos para esto porque, se¬gún dice Aristóteles, a estos tales la Naturaleza les creó más fuertes cuerpos y dio menos entendimiento, y a los libres menos fuerzas y más entendimiento”". O repetir las de Solórzano y Pereyra expuestas en el siglo XVII y que aconsejan a esclavizar a quienes fuesen “de condi¬ción tal silvestre que no conviene dexarlos en su liber¬tad por carecer de razón y discurso bastante para usar bien de ella”.
Son las bases ideológicas que no tienen relación exclu¬siva con circunstancias cromáticas o étnicas. El tomismo, la Escolástica de los epígonos barrocos que teorizan en relación a los indios, negros y mestizos del Nuevo Mundo en defensa de intereses concretos se proyecta en el tiempo. No busquemos en sus fundamentos el “fervor religioso” ni el “entusiasmo caballeresco de los hidalgos de solar conocido”: se trata simplemente de la más despiadada explotación.
Pues bien, al concretarse a fines del siglo XIX y pri¬meros años del siguiente la ocupación de todo el terri¬torio del país, exterminados o asimilados los escasos indios, renace en los grupos dirigentes un “agudo pesi¬mismo racial” que encuentra sus raíces en algunos de los inspiradores de la “Organización nacional”. En 1852, Juan Bautista Alberdi, teórico de la Constitución y su más importante inspirador, expone en Las Ba-
a Juan de Matienzo, Gobierno del Perú (1567). Edition et étude préliminaire de Guillermo Lohmann Villena, París, 1967, p. 17.
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ses la necesidad de que predomine en el país el elemento “blanco” sobre el mestizo e indígena. Quimeras y en¬sueños que asocia a su proyecto de país posible y que luego retoma el general Roca al sostener la necesidad de que el indio desaparezca al contacto de una “raza” según él “mejor dotada”. He aquí las palabras de Alber-di: “¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un in¬fanzón de la y no mil veces con un zapatero inglés?”. Y seguidamente agrega: “En América todo lo que no es europeo es bárbaro: no hay más división que ésta: 1° el indígena, es decir el salvaje. 2° el europeo, es decir nosotros, los que hemos nacido en América y ha¬blamos español, los que creemos en Jesucristo y no en Pillan (dios de los indígenas)”. Es más, reniega de los hispano-criollos, más que nada de la tradición autorita¬ria y represiva, y opina que “Sin la cooperación de esa raza (la sajona) es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte”.
Cincuenta años más tarde los planteos se invierten y se pone más el acento en el origen étnico. Estanislao Ze-ballos, propulsor de un nacionalismo agresivo, informa¬ba a sus oyentes en una conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, que “es digna de recordarse la circunstancia favorable que (en la ) las razas inferiores (sic), indios y negros, casi se extinguieron durante el primer siglo de la Indepen¬dencia”. Es más, esa profesión de fe racista en la supe¬rioridad del blanco ante lo que consideran “razas infe¬riores” nos exime de otro comentario.
En cuanto a realidad histórica la “invención” poste¬rior de una “raza ”, idea de la que participan José Ingenieros (”raza neolatina. . . una raza debe traba¬jar para ser la más fuerte”), Manuel Caries, Ernesto Quesada, Alejandro Bunge, Joaquín V. González, Ri¬cardo Rojas, Hipólito Yrigoyen (inspirador del día de la Raza en un país de tan variados aportes étnicos) y muchos más, corresponde a un período de la más cruda explotación de los desposeídos. Bunge alude reiterada¬mente a la conformación de una “raza superior” sobre su absurda propuesta de la selección de la “raza argen¬tina”, advirtiendo paralelamente el peligro que signifi-
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ca el ingreso de “elementos caucásicos”‘1.
“Pureza racial”. Un deseo que en los días del Cente¬nario de 1810 presenta características insospechadas. Señala entonces Joaquín V. González, y su palabra es acompañada a coro por muchos más, que en el país, eliminados hacía ya tiempo “los componentes degene¬rativos e inadaptables, como el indio y el negro”, desa¬parecía también el mestizo gracias al influjo de la “ra¬za europea, pura por su origen y pura por la selección”*.
Años después, afianzados en el país los miles de in¬migrantes europeos, establecidos la mayoría en las ciu¬dades del litoral al no serles posible el acceso a la tie¬rra, ellos y sus hijos contribuyen a la formación de un movimiento obrero de las más variadas bases ideológicas. Es así que paralelamente los propietarios de tierras y sus representantes “intelectualizan” lo que denominan “restauración nacionalista”, la idealización de los anti¬guos modos de vida y relaciones sociales; la rehabilita¬ción del pasado, la investigación de la continuidad con¬tra la revolución según señala Hobsbawn al referirse a otras circunstancias0.
Para ese populismo conservador (”tradición es en rea¬lidad la transmisión del estilo nacional de una genera¬ción a otra” se ha dicho) el gaucho, el indio y determi¬nados elementos del pasado asumen la categoría de lo que erróneamente se denomina “ser nacional”. El volk de los teóricos del nacional-socialismo basado en un “proletariado racial” (la “raza ”) inserto en una nación en que pueblo y estado se asocian estrechamen¬te. Centros “tradicionalistas”, novelas, música “popular” y mil elementos más proponen el absurdo irracional, se¬gún teoriza un académico uruguayo, de “contribuir al imprescindible proceso de endoculturación” con el pasa-
*Cf.: Revista de , año 8, número 81, mayo de 1925,pp. 199-206.
b Joaquín V. González, El juicio del agio o cien anta de , Buenos Aires. La Facultad, 1913, p. 86.
cEric J. Hobsbawn, Las revoluciones burguesas, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1974, t. II, p. 438.
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do rioplatense. Siempre en momentos de crisis se había buscado refugio en propuestas que de uno u otro modo propendían a ese mismo fin. En 1875, en un editorial del periódico bonaerense La Pampa informan de la per-secusión a los extranjeros por parte de grupos que te¬men perder su predominio económico. Y se dice:
“los pobres extranjeros, que son elegidos como már¬tires para alimentar en el espíritu público la preocupa¬ción de que en cada esquina de esta ciudad hay un grupo de comunistas y petroleros; así desacreditaríamos al país en el extranjero, porque ‘nos haríamos solidarios de la barbarie y del bestial proceder de esos oficiales de línea a quienes parece que se les hubiese pasado la consigna de martirizar y matar gringos”11.
Pues bien, a partir de la segunda década del siglo XX las defensas y acusaciones referentes al gaucho suman miles de páginas impresas. Desde entonces y dentro de lo ya expuesto, se plantea la exposición de sus estilos de vida, del “folklorismo” que aflora la presunta paz idílica ya expuesta donde los hombres vivían felices con su suerte. Reconstruyen el pasado y lo transforman, así lo hace Leopoldo Lugones, en un paraíso de “cantores errantes. . . (que) recorrían nuestras campañas trovando romances y endechas. . . los personajes más significativos de nuestra raza”*. Y también en un freno ante el aluvión inmigratorio que le merece las más fuertes imprecacio¬nes. He aquí parte de su lenguaje: “La plebe ultramarina (los inmigrantes), que a semejanza de los mendigos ingra¬tos, nos armaba escándalo en el zaguán, desató contra mí al instante sus

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