Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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pudo hacérselo tres décadas más tarde, que:
“En las estancias los peones no tienen más cama que su recado. Esa costumbre que siempre ha sido peligrosa para la salud, lo es mucho más hoy con la invasión siem¬pre posible del cólera y de la fiebre amarilla. ¿Cómo atender un enfermo que no tiene más cama que su re¬cado?”".
Es, por cierto, uno de los aspectos de la realidad. Pues bien, habíamos dicho que la estancia tradicional requiere escasa mano de obra para sus tareas, por lo general un peón cada dos mil cabezas de ganado vacuno. En los es¬tablecimientos importantes el mayordomo, por lo gene¬ral extranjero, administra los bienes del dueño y él y su capataz controlan a los peones y puesteros. “En esas es¬tancias —escribe Latham— es donde se encuentra el ver¬dadero tipo de gaucho de las pampas (pues desde hace al¬gún tiempo este ente se halla muy rara vez en los distri¬tos ovejeros), hombre familiar sólo con la llanura donde ha nacido y ha vivido, sin que nunca haya conocido nada
fuera de ella”6.
Desde ese punto de vista, la cotidianeidad del gaucho-peón de la segunda mitad del siglo XIX no difiere de la que define al de cien años antes. La escena no había cambiado fundamentalmente. En efecto, la descripción que realiza Azara en las últimas décadas del setecientos, por mencionar una de las más conocidas, coincide en to¬dos sus puntos con la de Latham de 1867. No nos deten¬dremos aquí en esos detalles de una realidad económica que, teniendo sus raíces en el latifundio y en sus méto¬dos de producción, se proyectan en el tiempo.
Por otra parte, en cambio, en los campos dedicados a la cría y a la explotación de la oveja los requerimientos
a Carlos Lemée, Reflexiones sobre la vida del campo…, p. 95.
b Wilfredo Latham, Los estados del Río de la Plata… p. 28-29. Como es sabido, los estancieros bonaerenses y otros sectores in¬tegrados a la economía europea coexisten con un contexto hu¬mano fuertemente sociocentrista, tradicional, que paralelamente contribuye a facilitar el dominio de la mano de obra.
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de mano de obra son mayores, variando asimismo las condiciones del trabajo. En primer lugar, los propietarios deben construir galpones para realizar la esquila, corrales para encerrar las majadas, puestos para los pastores, de¬pósitos para la producción de lana. Además (y el hecho adquiere valor si tenemos en cuenta las costumbres ruti¬narias de la estancia tradicional donde, entre otras cosas, la sanidad es un problema secundario) en los estableci¬mientos dedicados a la cría del ovino deben curar la sar¬na, depredadora de la lana y por consiguiente un impedi¬mento para acrecentar las ganancias. La comercialización resulta mucho más complicada que la necesaria para el ganado vacuno: deben contratar a los esquiladores, con¬trolar el trabajo, enfardar la lana y estibarla en los galpo¬nes; luego venderla directamente a las barracas (envián-dola el hacendado en carretas que con ese fin fleta a Buenos Aires) o por intermedio de comisionistas que re¬corren la campaña o del pulpero de la zona, cuando la producción es escasaa.
Los propietarios, por falta de interés o de experiencia para dedicarse directamente al cuidado de sus majadas o por disponer de grandes extensiones contratan a pastores extranjeros (vascos e irlandeses) para que las atiendan. Lo hacen en casi todos los casos por intermedio de agen¬cias especializadas de Buenos Aires: en 1870, entre otras, la atendida por la familia Guerrico.
Los puestos donde moran los pastores no difieren mayormente del resto de las viviendas bonaerenses: pare¬des de barro, techos de paja, pisos de tierra y una estruc¬tura de madera y caña. En algunos casos, y mientras no los construyen, viven en miserables chozas de cuero. Jun¬to a la casa raramente colocan árboles. Ahora bien, el dueño autoriza a faenar un capón cada tres personas y día por medio, debiendo guardar el encargado la grasa y el cuero, periódicamente recogidos. En las pulperías cer-
” Sobre el ovino y las condiciones de su explotación se pue¬den consultar los siguientes testimonios documentales de la épo¬ca: Edward Bishop, The pampas and the Andes, Boston, Lee and Shepard, 1869; Wilfredo Latham, Los estados del Río de la Pla¬ta…; Carlos Lemée, La agricultura y la ganadería en la República Argentina, La Plata, Sola Hnos., 1895.
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canas se proveen de los elementos para satisfacer las ne¬cesidades más elementales. Al igual que ocurre en las zo¬nas ganaderas bovinas, el consumo de pan es inusual. El pago de las provisiones lo hacen efectivo cuando los pro¬pietarios —si reciben una parte de los beneficios— les abonan el porcentaje convenido de antemano y a los pre¬cios impuestos por los pulperos, no pocas veces socio o representante del estanciero.
Por otra parte, la relación de dependencia varía con el tiempo y sigue el proceso de valorización de la tierra. Es así que en un comienzo los pastores extranjeros se aso¬cian con propietarios criollos (antes y hasta poco des¬pués de 1852) y cuidan una majada dividiendo en partes iguales las utilidades. No obstante, a medida que se valo¬rizan los campos los porcentajes son menores: un tercio primero y luego una cuarta parte. Latham recuerda aque¬llas actividades en 1867 al señalar que en ese momento sólo reciben un salario mensual0.
Posteriormente emplean otros sistemas, tal vez más efectivos para los dueños de la tierra. Podemos ver, pues, que el pastor coloca una parte del capital invertido en ovejas, muchas veces la mitad, asociándose así con el propietario de la tierra. “En algunos casos el dueño del campo proporciona al medianero el derecho al uso de una choza o rancho (como se llama vulgarmente) y a más el uso de un corral que vale como 500 pesos fuertes; en algunos casos los gastos son inherentes a ambos contra¬tantes y en otros los cubre el medianero por sí solamen¬te” señala un informe comercial británico de 1867. Aho¬ra bien, según se anuncia en los periódicos de la época, en zonas alejadas puede aún obtenerse participación en una majada y el tercio de los beneficios. Pero no nos en¬gañemos: se trata de una participación que reciben luego de tres años de trabajo y con importantes descuentos que corresponden a los gastos realizados por el propieta¬rio en la construcción de la casa y de los corrales, alimen¬tación del pastor, sanidad de las majadas, etc. Años des¬pués, cercados ya todos los campos, el trabajo se simpli¬fica. A partir de aquel momento todos, sin excepción, son asalariados.
a Resumimos investigaciones realizadas en periódicos e infor¬mes comerciales de la época.
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ACTITUDES Y OPINIONES DE LOS POSEEDORES DE LA TIERRA
“Esa familia parasitaria, los gauchos, ha sido por des¬gracia demasiado numerosa en la República Argentina, y los horribles hechos, los períodos sangrientos, escan¬dalosos en nuestro siglo, no han debido su origen y persistencia sino a ese elemento peligroso desorgani¬zador’”.
Miguel Cañé, 1864
I - LO QUE VA DEL REFORMISMO LIBERAL A LA REACCIÓN TRADICIONALISTA
Ya en la segunda mitad del siglo XIX, algunos gru¬pos comienzan a plantear la irracionalidad de los an¬tiguos sistemas arcaicos y proponen la modernización de la estancia latifundista. Como se ha señalado, el reparto de la tierra fiscal no determina la formación de un grupo numeroso de propietarios medianos, progre¬sistas y emprendedores, establecidos permanentemente en la campaña. Por lo contrario, los adquirentes habían especulado al alza de los precios, quintuplicados entre 1857 y 1884.
A partir de 1880 se hace más evidente el dominio de la provincia de Buenos. Aires sobre el resto del país, un predominio que es lógico teniendo en cuenta la característica de la demanda externa y las condiciones
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ecológicas del territorio: en 1884 Buenos Aires reúne el 61 por ciento del capital nacional, el 23 por ciento la Capital Federal y el 16 restante repartido entre las otras provincias.
Entre 1870 y 1890 los hacendados porteños comien¬zan a criticar los usos y costumbres tradicionales. Sos¬tienen que todo debe ser renovado, no sólo la estruc¬tura de la estancia antigua, es necesario integrar al peón al nuevo universo que están creando para satisfa¬cer sus apetencias materiales. Critican el hábito de be¬ber yerba mate, la ropa tradicional del gaucho, su len¬guaje y estilo de vida. Godofredo Daireaux escribe al fi¬nalizar el siglo XIX: “Esta costumbre de tomar mate, aunque sea costumbre nacional, se ha de modificar algún día en el campo, lo mismo que se va perdiendo en la ciudad: es de esperar que será cuanto antes y deberían trabajar los estancieros para acelerar este día feliz”". Y en ese sentido, aconsejan a los estancieros a no impro¬visar adecuándose a las condiciones económicas cambian¬tes. Es indispensable, señala
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