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sacrificaban a cuantos pobres prisioneros caían en sus manos”‘1.
De acuerdo con la idea de Cordero el gaucho es un pa¬ria. Por gaucho entiendo a todos los desposeídos del área pampeana, hombres, mujeres y niños. Niños que asimis¬mo sufren la irracionalidad de la leva: en marzo de 1872 se detiene a cuatro de no más de doce años de edad en la ciudad de Santa Fe, conduciéndolos a través de sus calles “atados con un lazo… y los soldados cuidándolos con lá¬tigos” para ser destinados a la banda de música de un re¬gimiento*.
a Clodomiro Cordero^? . Su vida y sus institucio¬nes, Buenos Aires, 1884, p. 184.
* La Tribuna, Buenos Aires, 31 de marzo de 1872.
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El comandante Prado nos recuerda el destino de los desertores. Alude a tres que abandonan el fortín. Deteni¬dos, condenan a muerte a uno de ellos elegido por sorteo de acuerdo con lo establecido por la ley del 1° de julio de 1872. El desventurado es un pobre santiagueño, Eus¬taquio Verón, destinado a servir durante varios años en el ejército. Debe aguardar su fin en el interior de una pe¬queña carpa iluminada con velas de sebo. Y a las seis de la mañana, relata Prado, “el infeliz Verón pagaba con su vida el tributo de sangre impuesto por las ordenanzas mi¬litares”.
No es el mismo un caso de excepción. Se cuentan por cientos tragedias similares (”era tal la matanza” decía el ministro Gelly y Obes en el Congreso). Las recuerdan además de Prado los libros de Alvaro Barros, Garmendia, Mansilla, Daza, Olascoaga, Ebelot y los informes milita¬res. Los jefes militares más racionales señalan que la úni¬ca manera de evitar las deserciones se encuentra en el cambio total de los sistemas de reclutamiento. Lo expre¬sa el coronel Rufino Victorica, inspector y comandante general de armas, al solicitar a las autoridades la sanción de una ley que “suprima los abusos”". Poco antes, Igna¬cio Rivas refería a Victorica que de 536 soldados remiti¬dos a los fortines, en poco tiempo habían desertado 164, aproximadamente la cuarta parte6. Y seguidamente agre¬ga que:
“La deserción desde el campamento y los fortines sig¬nifica un camino largo y penoso… hasta llegar a un po¬blado. Por eso llevan el caballo y armas del estado… los mejores caballos y demás que pueden llevar… Ningún distrito, señor, remite de sus vecinos, de su guardia na¬cional propia, para ese servicio. El comandante encarga¬do de formar ese contingente llena su número de plazas con transeúntes, deja al vago de su pueblo… Llevado a
o Clodomiro Quiroga, Informe del Procurador General de la Nación, Buenos Aires, 1875, t° II, p. 369.
b del 3 de octubre de 1871, en Boletín de la Nación, Buenos Aires, 18 de octubre de 1871, año U, número 200, p. 728.
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un fortín… ha de evadirse abandonando muchas veces un punto peligroso de avanzada y arrebatando lo que encuentra en su camino”.
Daza, en sus Episodios militares, cuenta una de desertores. Alude a Mardonio Leiva soldado del fuerte de Puán. Una partida de veteranos enviada en su búsque¬da lo sorprende dormido entre unos altos cardales. Aco¬sado y vencido, sin un sargento Cruz que lo ayude a salir del trance, arriba de regreso encadenado. Sumariamente se ordena sea fusilado. Allí, casi junto a los fusiles, grita en medio de la pampa: ¡Tiren compañeros, que matan a un hombre!”. Son sus palabras, sin duda, las propias de “una educación para la muerte”.
VIL- GAUCHOS PEONES DE LATIFUNDIOS E INMIGRANTES OVEJEROS
Como hemos expuesto, en las tres décadas posteriores a 1850 se desarrollan en Buenos Aires y el litoral argenti¬no las explotaciones ganaderas que abastecen cueros des¬tinados a la exportación y carne para los saladeros, en un proceso similar a otras dedicadas a los envíos de lana ovina. Así, pues, superados los hechos políticos posterio¬res a 1852 y la seca que azotó a Buenos Aires seis años más tarde, observamos con posterioridad a la batalla de Pavón (setiembre de 1861) un período de prosperidad que no ha de detenerse a pesar de la crisis que por causas externas e internas se abate en la década de 1870.
Para advertir la condición del gaucho en su realidad de trabajador agropecuario, que se suma a la propia de ciudadano de segunda clase, tengamos en cuenta la situa¬ción actual de los campesinos latinoamericanos, su total dependencia e inmovilidad económica. Condiciones, des¬de luego, estrechamente ligadas a los métodos de explo¬tación y a los intereses de los productores. En las regio-
a José S. Daza, Episodios militares, Buenos Aires, Librería de U Facultad, 1912, t° II, p. 85.
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nes semiáridas, áridas y tropicales de América utilizan distintos métodos de trabajo en las relaciones laborales con la población indígena y mestiza. Estos métodos, el huasipungo en y el pengueaje en Perú y , obligan al campesino a realizar diversas tareas sin cobrar salario, prosiguiendo, con algunas variantes, métodos pro¬pios del dominio colonial. En los latifundios de la pampa húmeda el sistema es distinto (aludimos a la segunda mi¬tad del siglo pasado) y guarda relación con otros anterio¬res, pero sin perder su condición autoritaria: el Código rural de Buenos Aires (1865), ya mencionado, transcribe sin ninguna variante disposiciones de sometimiento arcai¬cas puestas en vigencia un siglo antes por gobernadores y virreyes del Río de la Plata y aplicadas entonces a una explotación cada día más comercial y capitalista. Algu¬nos analistas contemporáneos a los hechos lo confirma¬ban, llegaban a decir, por caso:
“El paisano no tiene derecho a trabajar sino a traba¬jar, no le es dado labrarse una fortuna independiente, es¬perando cada día la orden de marcha… a manera de las haciendas alzadas que se desean sujetar a rodeo… Ellos sólo sirven para hacerse matar en la frontera, para hacer gobernadores y diputados y garantirles sus vacas, reci¬biendo de recompensa hambre, desnudez, una tasa de interés mayor y la esclavitud sus hijos, ¡y cuidado aquel que levante su voz para quejarse!… Distribuida la propie¬dad rural de la manera que está hoy, donde cada partido tiene cuatro o seis señores feudales”11.
Hacía décadas, más de dos siglos, que esos hechos ve¬níanse dando así. Unas relaciones que al intensificarse la producción ganadera adquieren características de mayor dependencia y control. En parte debido a la escasez pe¬riódica —no en todos los casos— de mano de obra, y en parte por la actitud que adoptan ciertos sectores margi¬nados: testimonios contemporáneos (entre 1850 y 1882, aproximadamente) a los que luego volveremos a referir¬nos aluden a la existencia de miles de gauchos que huyen
a La Pampa, Buenos Aires, 29 de octubre de 1872.
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a montes y sitios alejados del dominio de autoridades y latifundistas. Por otra parte, los que aceptan trabajar en las estancias cobran un sueldo, diferenciándose así de otros grupos de campesinos latinoamericanos.
En las estancias el trabajo sigue siendo el que definía a los establecimientos tradicionales. Durante la yerra (marcación de la hacienda) la actitud es hedonista. Las quejas de los estancieros (expuestas con frecuencia en periódicos y revistas especializadas) aluden a las pérdidas inútiles y a la muerte de animales debido a la brusquedad con que tratan a la hacienda0. Los propietarios “progre¬sistas” critican las “hierras de convidados” (intervienen vecinos y curiosos) pues “de ello resulta no sólo la demo¬ra en el trabajo con perjuicio de la hacienda, sino la pér¬dida de muchos animales que se inutilizan o quiebran” como señala un manual del estanciero”.
El trabajo del peón en la estancia que abastece a los saladeros es en algunos aspectos muy distinto al del que está integrado a la estancia de la siguiente etapa (frigorí¬fico), aunque el período de transición entre uno y otro sea muy corto. En los establecimientos primitivos los campos no tienen alambrados, desconocen los animales de pedigree, los gauchos viven en miserables ranchos y el
a Puede consultarse sobre algunos aspectos de la estancia en esos momentos: Carlos Lemée, La agricultura y la ganadería en la República , La Plata, Sola Hnos., 1895; Wilfredo La-tham, Los estados del Rio de ¡a Piafa….Buenos Aires, La Tribu¬na, 1867.
^ Carlos Lemée, estanciero establecido en Exaltación de la Cruz, sostiene en Reflexiones sobre la vida del campo (Buenos Aires, El Censor, 1887, p. 98) sobre los peones criollos: “Volve¬rán a pialar los animales que se sueltan después de herrados o cas¬trados para tener el gusto de volver a aplicarles otro golpe con to¬das sus fuerzas, con riesgo de quebrarles algún miembro”. Con¬ceptos similares se expresan en el titulado Los campos alambrados (La Libertad, Buenos Aires, 28 de junio de 1875): “En efecto —escriben— si empezamos por la tierra todo lo hace¬mos como en tiempos en que las vacas valían veinte pesos y que no sabíamos qué hacer con tantas que poblaban nuestros cam¬pos”. Se quejan asimismo de que no saben domar los caballos, golpeándolos con brutalidad.
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ganado no se cotiza por su grado de mestizaje. De todas maneras, si bien se un progreso apreciable debido a las extremas condiciones previas, aún en 1887 se afirma, como bien

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