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serables ranchos, la comandancia y las pulperías.
Las enfermedades, en última instancia resultado de la situación general de la tropa, persigue al ejército. En pri¬mer lugar la tuberculosis y seguidamente las venéreas: el liambre y el clima; el placer y el olvido que venden las cuarteleras. En algunos cuerpos de línea las estadísticas de muertes indican un promedio del trece por ciento anual. Diezmados, por cierto, sin entrar en batalla. Uno de los periódicos informes sobre la mortandad semanal en un regimiento nos señala, posiblemente más que cual¬quier otro , la realidad de la “estupenda conquista” y también la cotidianeidad del último día de una vida, el resumen de todos los previos. Se dice:
“1° Soldado Germán Bargas - Por causas que se igno¬ra se destrozó el cráneo de un balazo, colocándose el rémington entre las dos cejas. Inútil es decir que la muer¬te fue instantánea.
2° Soldado Ramón Orozco - Se dio un balazo con el fin de inutilizarse temporalmente. La bala fracturó la mano derecha: sobrevino después de esta herida el téta¬no de que sucumbió.
3° Ramón Alanis — Falleció de una disentería grave, que ocasionó una peritonitis.
4° Atanasio Albornoz - Murió a consecuencia de la congelación, estando de guardia. Cuando vi a este solda¬do, el cuerpo tenía una rigidez cadavérica, estaba insen¬sible, frío, la vitalidad estaba deprimida y los músculos de la región torácica paralizados.
5° Feliciano Alvarez - Sucumbió repentinamente,
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su estado de ausencia profunda y de flaqueza había origi¬nado una fiebre héctica, de que sucumbió.
6° Manuel Andino - Murió a consecuencia de una oxitis.
7° Eulogio Calderón - Falleció en el lazareto de la 2a brigada, de la viruela confluente”.
Todo está expuesto en la frialdad del informe. Por otra parte, los médicos militares al referirse al régimen dietético claman por la mala calidad de los alimentos, la insuficiencia de los mismos y, leemos entrelineas, la pre¬sencia de la insolente riqueza de los proveedores milita¬res.
“Pobres milicos” escribe el comandante Prado en su célebre . En 1876 los inventarios y listas de revista de la división Carhue al mando del arrojado Nicolás Le-valle cuenta en sus filas novecientos ochenta y dos solda¬dos y, de acuerdo con lo que señala la Intendencia de la misma, disponen de trescientos noventa y seis ponchos, doscientas cincuenta y una mantas, cuatrocientas sesenta y tres bombachas. Las armas, basándonos en los mismos informes, aparentemente alcanzan para todos. Recorde¬mos que a partir de 1873 se había introducido en algu¬nos cuerpos el fusil de repetición, particularmente en la caballería. La división Carhue se pone en marcha en el transcurso de abril. Casi mil soldados y doscientas cin¬cuenta y una mantas. Abril, mayo, junio, julio, agosto. El tiempo urgía, en Buenos Aires los compradores de tie¬rras esperan en las puertas de los ministerios.
VI - “YO NO QUISE AGUANTAR MAS Y ME HICE HUMO EN UN SOTRETA”
La deserción del ejército constituye uno de los pro¬blemas que debe afrontar entonces el sistema opresivo impuesto en beneficio de los menos. Una actitud justifi¬cada si tenemos en cuenta la realidad cotidiana y las con¬diciones de vida. “De esa manera —opina el general Race-
a Jean M. Yfernet, La République Argentine et sus colonies, Buenos Aires, Courrier de la Plata, 1885, p. 151.
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do— germina y cunde en los ejércitos semejantes delitos, y si no se toman medidas violentas y extremas, viene en pos de él la más absoluta y completa desorganización”.
Con conciencia del mal cometido, es tan grande el te¬mor a la deserción de los reclutas que durante la noche los soldados veteranos de más confianza cuidan arma en mano de los mismos, engrillándoles previamente los pies. De todas maneras, a pesar del régimen carcelario que reemplaza al patriotismo ausente, las levas huyen a la menor oportunidad que se les presente. Y también se su¬blevan.
Hay que decir que entonces las sublevaciones son mo¬vimientos que no surgen de una conciencia general de los oprimidos, son aisladas y circunscriptas a una determina¬da región o comarca. De todas maneras rompen la pre¬tendido paz idílica expuesta en algunos textos. Recorde¬mos los alzamientos que tienen lugar alrededor de 1871 en momentos de aguda crisis y que se observan en los más variados planos y no pocas veces encauzados en su propio beneficio por los sectores más tradicionales (el ca¬so de “Tata Dios” en Tandil y al que luego aludimos) en una tendencia similar a las rebeliones preindustriales del Viejo Mundo contra hechos o personas concretas: co¬merciantes, masones y autoridades locales. En enero de 1871 se producen sublevaciones en los fortines Sarmien¬to y Tres de Febrero, en la frontera de Córdoba, en mo¬mentos en que nadie hubiese podido preverlas. Los rebel¬des dan muerte a los oficiales, saquean las casas de co¬mercio y huyen. Y se comenta entonces en el periodis¬mo porteño: “Un gran movimiento empieza a operarse en la campaña. Los hacendados establecidos en lugares expuestos a las invasiones se internan apresuradamente huyendo de la borrasca que ya sienten rugir en la pam¬pa”3. Un temor que se hace sentir asimismo en la provin¬cia de Buenos Aires: la reunión de varios cientos de gau¬chos en una estación ferroviaria, más tarde se sabrá que tuvo como motivo realizar una carrera cuadrera, moviliza apresuradamente a los latifundistas y a la Guardia Nacio¬nal.
a La Tribuna, Buenos Aires, 28 de enero de 1871.
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La deserción era un problema permanente. En 1864 Ge-lly y Obes, ministro de Guerra del presidente Mitre, in¬forma a la Cámara de Diputados de la Nación sobre el. agravamiento de esa situación en el ejército. El año ante¬rior había ascendido a 1.191 soldados e iba en constante progresión. Para el ministro las causas son atávicas, racio¬nalmente incomprensibles: “Pero a juicio del gobierno tendrá el problema una explicación… hay una predisposi¬ción en nuestros soldados a la deserción… una enferme¬dad que ha existido siempre y existirá”. Conociéndolas, no señala ninguna de las causas reales. Sólo se limita a recordar la complicidad de la población civil desposeída que los alojan y amparan en sus casas.
En la misma reunión de la Cámara expone Félix Frías. Advierte previamente que sus ideas son conserva¬doras, pero que de todas maneras no puede dejar de alu¬dir a los abusos que se cometen en el ejército en nombre del orden y del progreso. Y agrega que a los soldados se les deben varios meses de su paga, preguntando: “¿Es cierto que hay jefes en nuestra frontera, no me refiero a todos, pero es cierto que son propietarios (de estancias) en el lugar mismo donde están encargados de guardar la frontera?”
¿Es cierto —insiste— que ha venido un sumario en que se dice al gobierno de la provincia que los soldados de esos cuerpos estaban obligados al servicio personal de aquellos jefes?”. Peones, por cierto, forzados.
A continuación toma la palabra Gelly y Obes para contestar a las acusaciones. No se ajusta, desde ese punto de vista, a los temas que circulaban en el ambiente. Igno¬ra o aparenta ignorar la realidad del gaucho enrolado y también la condición de un poder que obedece a los dic¬tados de los intereses latifundistas. Para él la deserción sólo obedece a un deseo de libertad sin límite alguno. Di¬ce:
“La deserción en nuestros hombres es una cosa tan apegada a su género de vida y costumbres que se aplica por sí misma. Ninguno de nuestros hombres puede resol¬verse a perder la libertad que goza en los pueblos de cam¬paña y por consecuencia no puede resolverse a sujetarse a la vida del soldado. Esto es una causa general… El gene¬ral Alvear, al atravesar con su ejército para la campaña
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del , se cansó de fusilar para contener la deserción, que era tal que se desangraba el ejército… Últimamente, señor, era tal la matanza que se tomó el temperamento del castigo llevado hasta el exceso y aún asi desertaban los soldados. No se iban al enemigo, eso no; no hubo el ejemplo de uno solo que se pasase, sino que era para buscar la libertad”.
Responde Frías. Recuerda que en tiempos de la gue¬rra contra se habían realizado violentas levas en Buenos Aires, prosiguiéndose con el sistema tradicional. Y seguidamente replica Gelly y Obes, señalando que po¬cas veces el soldado argentino manifiesta interés por inte¬grarse al ejército de línea, una institución “cuya sola pa¬labra les asusta”. Pero de todas maneras se ve obligado ante la realidad a reconocer una de las causas: “es que no se puede cumplir con religiosidad con el soldado, cosa •que es de toda necesidad y en la que el gobierno está más empeñado que nadie”.
Nada se dice del autoritarismo de las ordenanzas mili¬tares. De los consejos de guerra sumarísimos, de los casti¬gos corporales. “Desgraciadamente —escribe en 1884 Clodomiro Cordero— todavía se recuerdan con fruición por algunos de nuestros jóvenes militares, las temerida¬des de Sandes y otros jefes por el estilo… que descarga¬ban sin piedad sus armas contra sus mismos subalternos o

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