Skip to content

Ðèêàðäî Ý. Ðîäðèãåñ Ìîëàñ. Ñîöèàëüíàÿ èñòîðèÿ ãàó÷î. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


SiteHeart 5,107 views | Email This Post Email This Post | Print It Print It |

0;nico que
a Reunión del 9 de setiembre de 1872. 220

llevaba en el cuerpo. En el camino me daba lástima ver esos infelices sin tener un solo poncho para tapar¬se de las heladas tan grandes que caían"a.
Desde Fuerte Belgrano no tarda en contestarse a los cargos del joven oficial. Ponchos y capotes se les habían quitado para dárselos a los nuevos contingentes que tam¬bién llegaban desnudos: «digo desnudos porque, conoci¬do es, señor, cómo se hace el reclutamiento. . . prenden al paisano donde quiera que lo encuentran y con lo pues¬to, muchas veces en mangas de camisa, se les asegura en una prisión hasta la remisión. . . ¿Y en qué estado llega? Sucio y desnudo».
Reunida toda la dotación, a los miembros del contin¬gente los trasladan, convenientemente engrillados, a uno de los tantos fuertes o fortines de donde debe servir. Luego de días o semanas; el gaucho se encuentra en la frontera o en un regimiento destinado a los esteros para¬guayos: es decir a enfrentar la posibilidad de morir. A diferencia de otras situaciones semejantes donde se pre¬gonan desde el pulpito o la tribuna silogísticas causas de «guerra justa» o emblemas simbólicos mancillados, a él no le exponen razones ni argumentos para justificar su participación. Simplemente la fuerza. En 1867 la tesore¬ría nacional paga al gobierno de Catamarca una cuenta por candados, grillos y cadenas de las levas que se en¬vían a Buenos Aires («los trescientos grilletes y corres¬pondientes varillas para suplir a la falta de cuarteles en el camino»)''. Y también se puede leer: "recibí de la Te-
« Boletín oficial de ¡a Nación, Buenos Aires, 30 de noviembre de 1871, año 1, número 235, pp. 1004—1005.
b La Política, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1873. „Los contingentes -escribe Antonio del Valle- eran conducidos en carros, donde viajaban apiñados hasta el Azul, donde eran entre¬gados al jefe de ¿ línea de fronteras y allí destinados a los cuer¬pos donde debían servir“ (Antonio G. del Valle, Recordando el pasado, Buenos Aires, 1926, t. II, p. 723). Cf.: Marcelino Ugarte, El servicio de ¡as armas como pena, en Revista de legislación y jurisprudencia, t. V, Buenos Aires, 1870, pp. 40-41.
221

sorería de la Provincia la suma de cuarenta pesos bolivia¬nos por la construcción de doscientos grillos para los vo¬luntarios catamarqueños que marchan a la guerra contra el Paraguay».
Por otra parte, ya en los cuarteles, bien es verdad que se producían diariamente irregularidades de todo tipo. Las señala en 1869 Emilio Castro al decir que:
"El pago, el vestuario, el racionamiento de carne y el entretenimiento no se han hecho en ninguna ocasión. . . y los abusos de los jefes han llegado hasta no proveerlos del armamento necesario. . . esos guardias nacionales en la frontera se emplean en ocupaciones muy distintas de las del servicio militar a que van exclusivamente des¬tinados "".
También el gobernador de Mendoza le recuerda a Martín de Gainza las penurias de los «voluntarios» en¬viados por él a la frontera porteña: «los guardias nacio¬nales que dio la provincia se mueren de hambre sin que V.E. pueda remediarlo». Los soldados, sean éstos cuya-nos, catamarqueños, bonaerenses, santiagueños o púnta¬nos, no reciben la ropa adecuada ni suficientes alimen¬tos. Deben, en pleno invierno, dormir al raso y cubiertos de un poncho, sin armamento y sin saber bien qué les espera y a quien o a quienes defienden. En el detalle de los hechos, sin duda alguna, se destacan los relatos y observaciones de algunos testigos, particularmente el de aquellos ajenos a los intereses generales. Recordemos el de Maximiliano Flurer, un ingeniero francés que recorre la frontera sur de Buenos Aires en 1876 dejando su agu¬do testimonio. Nos dice que:
«Esos robustos y aguerridos soldados se quejan y al fin se acobardan con razón, la tarea les parece exor¬bitante, caminan sin tregua ocho días consecutivos con caballos cansados; comen apenas para no morir
a Carta de Emilio Castro al ministro de Guerra, coronel Mar¬tín de Gainza, en Memoria presentada por el ministro de Estado en el Departamento de Guerra y marina al Congreso Nacional de 1869, Buenos Aires, 1869, p. 426.
222

de hambre algún pedazo de carne repugnante; hacen marchas y contramarchas nocturnas, para burlar la vigilancia y la cautela de los salvajes; dormir escondi¬dos en el fango de los guadales; sufrir la sed, tiritar de frío, y a la mañana sacudir el poncho que la helada ha transformado en manta blanca»a.
Al referirnos al soldado gaucho no podemos dejar de mencionar a las mujeres que siguen a las tropas, compa¬ñeras de los soldados y también prostitutas^. Todas ellas acompañan a los cuerpos militares durante las intermi¬nables y penosas marchas hasta la lejana toldería. Las en¬contramos en los acantonamientos de Buenos Aires, en Corrientes, en los cuarteles del Paraguay, en los fortines y pueblos próximos a la frontera. Después de la batalla asiste a los heridos y prepara la comida de la tropa. Así, tradicionalmente, lo venía haciendo desde los días de las «niñas de Ayohuma», chinas que acompañaron a las ven¬cidas y desmoralizadas tropas del Ejército del Norte.
En la segunda mitad del siglo XIX las crónicas y docu¬mentos las denominan con el eufemismo «las familias». Escribe en su diario de marcha el coronel Racedo, jefe de la tercera división del ejército expedicionario al mando del general Roca, que si bien «las familias» obstaculizan la rápida movilización de las tropas, «tiene —agrega— sus ventajas, especialmente para ejércitos organizados como el nuestro, máximo en campañas tan largas y penosas como las que íbamos a efectuar, en que el soldado no tiene distracciones». Nada es tan eficaz y aparente, agrega, como la compañía de «las familias».
Por una parte «las familias» para el placer y por otro,
" Maximiliano de Flurer, Expedición al desierto. Diario escri¬to durante la expedición por el señor ingeniero segundo de la División Oeste. ..., en Anales de ¡a Sociedad Rural Argentina, vo¬lumen X, n°6,mayo 31 de 1876, p. 181.
« Sobre la mujer del soldado, la „china cuartelera“ del folk-lorismo nacional, véase el ensayo de María Teresa Villafañe Casal, un análisis tradicional pero con referencias que pueden servir de punto de partida para otras investigaciones (La mujer en ¡a pampa, Buenos Aires, 1958). Otros aspectos en: Santiago Es¬trada, La mujer del paria, en Revista Argentina, 1.1, Buenos Ai¬res, 1868, pp. 451-453.
223

las compañeras de algunos sargentos, cabos y soldados veteranos. De los tres mi] componentes del tercer cuerpo expedicionario al desierto, el de la „estupenda conquis¬ta“, sólo ciento treinta y dos llevan consigo a sus fami¬lias. „Esas mujeres —señala Racedo— tan solícitas para sus esposos, son injustamente juzgadas por el criterio de la generalidad, que no puede apreciar en lo que vale su sublime y absoluta consagración a los seres a quienes ha vinculado su existencia y son a la vez la madre de sus hijos con quienes comparten llenas de la más admirable resignación las fatigas y privaciones que parecen ser el patrimonio del soldado argentino“.
Aún por 1890 las fotografías de los soldados que ac¬túan en los hechos de julio de ese año señalan en fogones y vivacs la presencia de cuarteleras. En Palermo, donde hoy tiene su sede de exposiciones la Sociedad Rural, cientos de pequeñas carpas servían de improvisada vi¬vienda a cuarteleras compañeras y placer de milicos. „Un Campamento gitano“ definen a fines del siglo XIX algu¬nos periódicos porteños.
En la campaña de Buenos Aires, el fortín ofrece esca¬sas comodidades. En esos puestos diseminados a lo largo de la línea de frontera se guarecen tres, cuatro, cinco y en raras ocasiones diez soldados. Estanislao Zeballos des¬cribe el que denominan „Fortín de las Víboras“: rodea¬do por un foso de veinte metros de diámetro, terraple¬nado, sirve de albergue a un soldado y» al guardahilos del telégrafo, toda su guarnición. La casa apenas puede de¬cirse que es un miserable rancho de adobe, casi una tape¬ra. Como las raciones son desconocidas, los soldados se alimentan de carne de caballo asado. La artillería, una artillería de museo, la conforman en toda la línea ca¬ñones de 1850 y aún, de acuerdo con la fecha que llevan estampada, de 1726. En el «Fortín Trabajo» Zeballos sólo encuentra un soldado, veterano del 2° de línea. Y he aquí el diálogo que se entabla:
— «Tu situación es terrible, le dije ¿Cómo te atreves a vivir aquí, solo, al aire libre y sin armas?
— ¡Ya estoy acostumbrado señor! Me van a traer un rémington».
224

También monseñor Antonio Espinosa recuerda otros fuertes y fortines que visita al acompañar a la expedi¬ción de Roca. Anota en su Diario el 26 de abril de 1879 al detenerse en el fortín Guaminí, levantado a dos leguas y media del pueblo Santa María de Guaminí: «Los for¬tines consisten en un foso redondo con una pared de tapia, y en la plataforma que forma esa pared, un rancho o una carpa de cueros y un cañón con uno o dos solda¬dos». Y también los médicos Doering y Lorentz, miem¬bros científicos de la misma expedición, aluden en sus escritos a la guarnición de Puán, de un aspecto similar a Carhué con sus mi

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • Digg
  • email
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Live
  • Technorati
  • Print
  • MySpace
  • PDF
  • RSS
  • Twitter
  • Yahoo! Bookmarks
Tags: Argentina, artículo, Bolivia, Brasil, carta, Chile, cita, Cuba, cuento, economía, Ecuador, ensayo, Espana, filosofia, foto, geografía, historia, inca, Italia, italiano, memorias, MEXICO, monografía, nota, novela, pedagogía, Peru, pieza, poema, relato, traducción, verso

Related posts

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*