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imperante. Pero todo ha de seguir igual.
Existe dentro de la organización económica del lati¬fundio una constante que de ninguna manera es posible avasallar. Nos referimos a los capataces y mayordomos que en ausencia por lo general de los propietarios tienen en sus manos el control de los bienes del amo. Se había resuelto el 22 de setiembre de 1865 liberar del servicio militar a los capataces de estancia y asimismo que los es¬tancieros pudiesen colocar en lugar suyo a un “persone-ro” que los reemplazasen. Se trata de los momentos ini¬ciales de la guerra contra el Paraguay.
Si bien los extranjeros sufren la severidad de las leyes represivas, las mismas se aplican casi exclusivamente a
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los nativos del país”. Nos referimos, de manera especial, a los “extranjeros” de países limítrofes. A los chilenos, orientales y paraguayos que en gran número residen en los campos bonaerenses. De todas maneras, Hernández lo testimonia en los conocidos versos de su , no pocas veces los italianos se ven envueltos en aquella trama infernal, reflejo de la situación. Y para evitar que los inmigrantes por temor regresen a Europa, en setiembre de 1870 dejan sin efecto las medidas en rela¬ción a los extranjeros. “El inmigrante —establecen en¬tonces— favorece el desarrollo de nuestra riqueza pro¬pendiendo al desenvolvimiento de nuestro comercio y de nuestra industria”. Reconociéndose la realidad del sistema, agregan que de mantenerse esa situación “el temor de una injusticia y la naturaleza misma de la pena producirían indudablemente esos funestos efec¬tos”. Todo estaba dicho: es el carácter de una concien¬cia clara acerca de la injusticia a la que someten al gau¬cho.
V - EL CONTINGENTE: “LAS COSAS QUE AQUÍ SE VEN NI LOS DIABLOS LAS PENSARON”
En 1872, el año de la edición de El gaucho Martín Fierro, un grupo de legisladores presentan a discusión en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires un proyecto para establecer y organizar sobre otras bases el servicio militar en la frontera. Pues bien, la idea gene¬ral consiste en enviar a los presos condenados a una re¬clusión de no más de tres años a servir a los fuertes y fortines. Puesta en discusión la propuesta, muchos se oponen a la misma considerándola denigrante para quie¬nes, sin ser delincuentes, son también obligados a servir.
Aristóbulo del Valle, renombrado político y abogado, hace uso de su brillante oratoria el 2 de setiembre. Lo
a El tema del servicio militar a los extranjeros ha dado mo¬tivo, desde la década de 1810, a numerosas discusiones. Cf.: Francisco Dura, Naturalización y expulsión de extranjeros, Buenos Aires, Coni, 1911.
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que en el transcurso de su discurso principalmente y ante todo recalca es la situación de los desposeídos de la cam¬paña, impuesta por razones ajenas a los intereses genera¬les del pueblo. Y recuerda que desde hace diez años se viene hablando de la necesidad de salvar este gran peli¬gro que amenaza a nuestra sociedad, evitando los grandes inconvenientes que resultan del servicio de la frontera tal cual se hace actualmente.
Hecha la defensa del proyecto por parte del caudillo Leandro Alem, replica Aristóbulo del Valle y sostiene que el ejército del país, encargado de la defensa de la ley y la Constitución, no debe estar formado de delin¬cuentes y criminales. Y agrega luego, indignado:
Nosotros los hombres de la ciudad no vamos a la fron¬tera, ni nos vemos obligados como los de la campaña a ponernos en contacto con criminales; son los pobres pai¬sanos que se toman arrancándoos de sus hogares para formar parte de los contingentes, a quienes van a poner al lado de un ladrón o de un asesino, es decir que se le va a aplicar la misma pena que a aquellos a quienes se ha sentenciado por un juicio criminal.
De todas maneras, a los deseos e intereses oficiales no les importa la opinión de los diputados opositores. Es así como el texto definitivo de la ley puesta a votación no difiere en su esencia del presentado en su momento por Leandro Alem y Carlos Pellegrini. Sancionada, a las pocas semanas comenzarán a cumplirse sus condiciones, enviándose a numerosos presos comunes a servir en cali¬dad de soldados en los regimientos de línea y a la Guar¬dia Nacional. Llegaban semanalmente, engrillados, para luego vestir el uniforme de la patria —si así puede llamar¬se a un kepí deshilachado o al sucio y rotoso poncho de las proveedurías oficiales— y defender luego la frontera interna de su territorio. Muchos son peligrosísimos cri¬minales y otros —tal vez los más— ladrones o simples cuatreros sin mayor importancia. Pero existe, desde lue¬go, una gran diferencia entre estos individuos y los gau¬chos enrolados —también con grillos— por los alcaldes y jueces de paz, acusados de vagos y malentretenidos y que constituyen la mayor parte de la población rural de la provincia de Buenos Aires. El ejército autoritario era insaciable; todos los días los jefes y oficiales solicitan nuevos reclutas sin interesarles los métodos empleados
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para obtenerlos. En el interior la situación no varía. Allí, cientos de criollos debían controlar la frontera norte de las incursiones de los naturales instalados en el Chaco y regiones vecinas.
Comenzaba también para ellos el suplicio desde el pri¬mer momento de ser incorporados a las filas. Desde el Chaco, Alfredo du Graty refiere en una que envía al coronel Marcos Paz que sus oficiales subordinados azo¬tan a los soldados y los encadenan sin temor alguno:
“Los destinados me dan mucho trabajo. Son unos fas-cinerosos sin igual, ya se me han desertado algunos. Don Manuel ha debido trasmitirle a Ud. los nombres; he¬mos tomado la mayor parte de ellos y les he adminis¬trado una buena dosis de azotes, y he vuelto a encade¬narlos: mañana fusilo a Fermín Brandan y en lo sucesi¬vo lo mismo haré de cuantos agarre de los que se me deserten. Parte de las cadenas remitidas a esa están en el Brocho, para remitírselas, es necesario que me quede con algunas para asegurar esos pájaros. . . (Archivo del coronel Marcos Paz, t. II, La Plata, 1961).
Du Graty solicita el envío de las familias de aquellos gauchos para evitar, sostiene, que deserten y huyan a sus pagos. Paralelamente, el jefe de policía de Buenos Aires, molesto por la falta de suficientes leyes para sancionar a los que él denomina vagos, se dirige en 1873 al ministro de Gobierno de la provincia y le ruega “se sirva resolver lo que su iluminado juicio halle por conveniente”. La inmediata contestación le recuerda detalladamente al jefe la prolífica legislación sobre el tema y resume algu¬nas de las rigurosas medidas que desde hace ya tiempo habían dispuesto las autoridades superiores. Pero a pesar de todo lo recordado, el fiscal reconoce que “la vagancia en sí misma no es un delito y si se castiga —agrega— es como medida preventiva, por extirpar un mal ejemplo social, cuya posición y necesidades lo impelen casi for¬zadamente al crimen”: cinco años en la frontera preven¬tivamente y para cubrir las necesidades crecientes del servicio militar. Son pocos los que señalen que el país no puede sólo construirse con el sacrificio de los menos pu¬dientes, y menos aún aquellos que acusen al sistema eco¬nómico imperante.
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Un año antes, es decir en 1872, el hacendado y legis¬lador José María Jurado sostenía en la Cámara de Dipu¬tados de la provincia de Buenos Aires, refiriéndose a las necesidades de la Guardia Nacional y a las característi¬cas del servicio en ésta: “todos reconocemos ser el origen de los males que pesan sobre el habitante de la campaña, servicio contrario a todo buen principio, desmoraliza¬dor e injusto”.0
Pero los males prosiguen. Las críticas negativas lle¬gan con frecuencia al despacho del entonces ministro de Guerra general Martín de Gainza: “Un ministro o qué se yo que le llaman Don Ganza” escribe Hernández. Algu¬nas están firmadas por amigos personales del ministro que encabezan las cartas con un “querido Martín”. Así lo hace Emilio Castro, gobernador entonces de la provin¬cia de Buenos Aires, al enviarle el 31 de octubre de 1871 un informe recibido ‘de su sobrino, joven oficial que ha¬bía tenido oportunidad de conocer a los contingentes enviados a la frontera.
Sus palabras son elocuentes: “Es doloroso ver cómo son tratados los infelices a quienes les toca hacer el ser¬vicio en la frontera”. Relataba el oficial sus experiencias al frente de un grupo de gauchos enviados a Pillahuinco, conocido oficialmente con el nombre de Fuerte Belgra-no. Todo el armamento era inservible: la pólvora húme¬da y sin fuerza, “los fusiles a los dos o tres tiros queda¬ban inútiles como igualmente las carabinas”. Y, al pro¬pio tiempo, la alimentación y el vestuario del soldado dejaban mucho que desear:
“Los guardias nacionales estaban en la última miseria, pues no tenían más ración que la carne y ésta es muy es¬casa y flaca, y a mi regreso me entregaron 25 guardias nacionales de baja, cuyo relevo fue el que llevé. Estos infelices daban lástima de verlos, no tan solo iban im¬pagos sino que hasta los capotes o ponchos se los qui¬taron, esto es al afortunado que había conseguido una de esas prendas dejándolos a los hombres con tan solo una blusa y una camisa deshecha. Uno solo llevaba ca¬pote que no se lo habían quitado por ser lo 

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