9, p. 123.
c Opus cit., p. 216.
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precisamente la razón por la cual esas comisiones nunca juzgan a los “agentes electorales” o matones que actúan en los atrios de las iglesias los días de las elecciones que organiza1 la oligarquía latifundista.
Las voces de oposición no tardan en hacerse oír. En 1857, Federico de la Barra, periodista y político santa-fesino, se queja con acritud en un folleto que titula sin rodeos La dictadura de los actos de injusticia cometi¬dos contra los peones de campo. Desde luego, tampoco menciona el problema del latifundio y la apropiación indebida de la riqueza. De todas maneras, afirma en esas páginas que las autoridades consideran vagos a quie¬nes no tienen levita, frac o casaca de coronel “que ga¬ranticen la independencia de sus acciones, el sagrado de la voluntad individual”. Y cuenta Federico de la Barra algunas de las escenas que había presenciado en Buenos Aires en el transcurso de una violenta leva or¬ganizada por la policía. He aquí, según su transcrip¬ción, el diálogo entre los funcionarios y los presun¬tos delincuentes:
“Domingo Pereira, ¡adelante!. Entró Domingo Pe-reira y no fue largo el interrogatorio. ¿Su patria?, le preguntó el Jefe. Español.
¡Ahí con usted no reza, está usted libre. Ramón Sepúlveda, ¡adelante! ¿Su patria?
Buenos Aires.
¿De qué se ocupa?
Arreo ganado.
No se arrea en las ciudades mi amigo; esos son pretex¬tos para andar de esquina en esquina; el hombre está obligado a tener una profesión. ¡Vago!, a un lado.
Pero señor daré una fianza abonada; he venido a. . .
Nada, a un lado, es orden del Gobierno, a otro.”
Y lo mismo ocurre con los gauchos que se encuen¬
tran sin documentos. Luego de exponer Federico de
la Barra las diversas condenas, sostiene ante la opi¬
nión pública que: ;
“No son esos los vagos. Son esos miles de coroneles 208
y de generales inútiles que viven de la renta pública den¬tro de Sueños Aires. Son esos pandilleros que gozan de un perpetuo favor y de una inicua impunidad; que viven difamando, que hacen de la política su estancia; y que son siempre un obstáculo al orden y al bienestar público. Son vagos y mal entretenidos esos apellidados hombres públicos, que no piensan ni imaginan sino cómo han de prolongar el dominio de Buenos Aires, prolongando el divorcio con la Nación. Son vagos y mal entretenidos los que escogen el peor de los entretenimientos, a saber, como han de apropiarse del trabajo y los sacrificios y la sangre del pueblo, para asegurarse el poder. Estos son más que vagos, son dañinos. ”
Las quejas de un estanciero, expuestas al ministro de Estado Ireneo Pórtela en 1854 desde un pequeño pueblo fronterizo, insisten sobre determinados conceptos tra¬dicionales; resumen las ideas predominantes: no puede autorizarse a nadie “a formar puestos y chacritas con cincuenta cabezas de ganado y hasta con una tropilla de ganados”. Sólo, agrega, deben permitirse grandes superficies de tierra. Y, por esta razón, aunque hoy pueda parecer absurdo, sostiene que las autoridades deben despojar de sus bienes a los pequeños propieta¬rios para que de esta manera fuesen “útiles a la socie¬dad y a ellos mismos en clase de peones o dependien¬tes”0. De conciencias como aquellas depende la desgra¬cia o la felicidad del gaucho. No es que poseyera tierras, pues a él nunca le dieron nada, pero estaba sellada la inmovilidad social y su dependencia servil.
Vagos, para la mentalidad de los propietarios de tierras, son también aquellos que sin tener propiedad alguna “corren avestruces” por el campo, como lo es¬tablece el decreto dado a conocer el 18 de agosto de 1853; la gran pena para condenar este delito consiste en varios años de servicio militar. Alrededor de 1855
3 Documento citado por Rene Pérez. (Apuntes para la his¬toria de Junín, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1950, p. 216). Otros aspectos de la campaña de Buenos Aires, en Andrés Allende, La frontera del Estado de Buenos Aires (1852-1853), La Plata, 1958.
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la situación ha de empeorar debido al retroceso de las fuerzas castrenses en la frontera y a los frecuentes malo- nesa.
La ley, como siempre, castiga con exceso cualquier presunto delito cometido por un gaucho. Lo condenan a dos, tres o más años de servicio militar en la frontera, tiempo éste que se multiplica con suma facilidad en la mayor parte de los casos. La ley sancionada por Valen¬tín Alsina el 30 de octubre de 1858 y que provee de fondos al Poder Ejecutivo para contratar soldados fue¬ra de la jurisdicción de Buenos Aires, autoriza además enganches forzosos entre los
“vagos y mal entretenidos, los que en día de labor se encuentren habitualmente en casas de juego o taber¬nas, los que usan cuchillo o arma blanca, en la capital o pueblos de campaña, los que cometen hurtos simples, o los que infieren heridas leves, serán destinados al ser¬vicio de las armas, por un término que no baje de dos años, ni exceda de cuatro “.
En la campaña, el juez de paz “por medio de proceso verbal sin apelación” se encarga de sancionar los delitos acordándose la pena en el momento, sin poderse apelar*. Este último hecho demuestra la irresponsabilidad jurí¬dica de las autoridades —otra definición no puede caber— y la situación de total inferioridad del gaucho bonaerense.
La lectura de una “clasificación” confeccionada al detenerse a un paisano señala el rigorismo de la legisla¬ción y el espíritu de los “señores” de la época. El ejem¬plo que mencionamos refiere un acontecimiento ocurri¬do en la ciudad de Buenos Aires el 12 de febrero de 1862, según el relato del comisario Mateo Pacheco.
“Cf.: Juan Llerena, Las tres penurias de la situación, Bue¬nos Aires, Imprenta de El Nacional, 1866.
* Benito Díaz, opus cit., p. 216. Cf. además: Benito Díaz, La organización de prefectura en la campaña de Buenos Aires durante el gobierno de Alsina, en Trabajos y Comunicaciones, número 8, La Plata, 1959.
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Aquel día, escribe, “hice comparecer ante mí al indivi¬duo Saturnino Seguróla, conducido ante el departamen¬to por falta de papeleta de enrolamiento”. Y luego se inicia el siguiente interrogatorio:
“El interrogado (el gaucho por la causa de no tener¬la; contestó que el motivo de no tener su papeleta con¬sigo, es el habérsele olvidado en la Guardia del Monte cuando salió de allí hará la fecha de quince días, para ir a las Conchitas, partido de Quilines, en donde dice que fue aprehendido por suponerlo autor de un robo de un cojinillo de hilo, que se llevó Bernardo Sánchez.
Preguntado cómo se llama su comandante en la Guar¬dia del Monte, contestó: que se llama Pascual Videla.
Preguntado si pidió licencia a su comandante para salir del Partido, contestó: que no.
Preguntado con qué objeto fue a las Conchitas: contestó: que a correr una carrera.
Preguntado si alguna vez ha servido en algún cuerpo de linea, contestó que nunca.
Preguntado si estuvo en la batalla de Pavón, contes¬tó: que no. Expresó ser natural de Buenos Aires, de edad de veinticinco años, casado y de oficio peón de campo.
Con lo que se dio por concluida la presente acta, que se elevará al señor jefe para la resolución correspon¬diente, no firma por no saberlo hacer”".
Las disposiciones vigentes exceptúan de los rigores de la leva al personal de confianza de las estancias —capata¬ces, mayordomos o administradores— determinando es¬ta medida frecuentes quejas de los agricultores. Agrávase la precaria economía de los pequeños propietarios cuan¬do las partidas policiales en sus frecuentes recorridas les quitan algunos peones, tal vez los únicos dispuestos en la región a realizar tareas de aquella índole, novísimas para una sociedad pastoril. En una presentación que los agricultores elevan en 1857 desde el pueblo de Chivil-coy al entonces coronel Mitre, exponen con justas razo-
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Policía, Tri¬bunal de Justicia, Juzgados de Paz de ciudad y campaña, 1862, Libros 325-326, Legajo 135, Sala X, A. 34, C. 2, N° 7.
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nes las causas por las cuales deben eximirlos del servi¬cio militar:
“Así, señor coronel -le escriben- llamar nuestra guardia nacional al servicio, en las sementeras o cose¬chas, es lo mismo que en un centro industrial, se incen¬diasen las manufacturas todas, fruto de la industria de un año. Este partido, como puramente agricultor, el alimento de sus familias y todo su porvenir lo espera de la tierra, pero lo espera cuando se les deja el tiempo marcado por la Providencia para sus siembras y recolec¬tas; pero si se les separa en este período de sus labores, desesperan, alcanzando por fruto de su obedien


















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