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Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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Sin ningún género de dudas, podemos suponer que los cuatrocientos mil peones y sus familias residen en los poco más de cuarenta mil edificios de paja y barro. Y es asimismo lógico pensar si nos basamos en lo absur¬do de un promedio de quince personas por vivienda que las cantidades indicadas son erradas. Muchas casas, los miserables ranchos de una habitación que hace de dormitorio, cocina y sitio de estar, habían escapado en 1888 a la indagación de los censistas. De todas maneras, son todos ellos las taperas que mencionan viajeros y testigos, los que registran grabados y fotografías. Sin mesa ni sillas, la cama se tiende generalmente en el suelo sobre un cuero vacuno; se cocina en un fogón sobre el piso, “señalándoselo simplemente con unos ladrillos o huesos” mientras “el humo salía fácilmente por entre las empleas del techo”". No cabe duda que es
” Carlos Lemée, La agricultura…, p. 30.
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poca la diferencia existente con la cotidianeidad de una toldería indígena si nos basamos en algunos relatos. “Una terrible y para mí inaguantable hediondez se desprendía de la vecindad de los ranchos” escribe Ross Johnson en la segunda mitad del siglo XIXa. Es esta pues, la idealizada sociedad folk.
Existe sin duda una profunda vinculación interna determinada por la estructura y los intereses de los gru¬pos dominantes que basan sus actividades en los bajos costos de producción. Y asimismo con el interés de ad¬quirir tierras y de acumularlas en pocas manos. Esa preo¬cupación que se recordaba con las siguientes palabras en La Revista del Pueblo (Buenos Aires, 8 de mayo de 1876): “todos (los ricos) emplean su dinero en bienes raíces; compran terrenos improductivos con la esperan¬za de que con el tiempo pueden subir y se guardan muy bien de emplear sus capitales en títulos de acciones, por¬que temen que fracasen las empresas”.
Todo esto es indudable. Y también lo es el hecho de que el sector más progresista levante su voz contra aque¬lla situación: se los escucha en las calles, en los parla¬mentos, a través de las hojas impresas donde exponen las ideas de reforma. El ejército, afirman, es una de las instituciones que debe democratizarse. Otros ven en la inmigración uno de los elementos a tener en cuenta para cambiar las antiguas formas de dominio. Y uno de los puntos más importantes que suscita el aná¬lisis, no pocas veces apasionado, es el hecho de la condición del gaucho como peón de la estancia. Surge entonces la polémica.
a- H. C. Ross Johnson, Vacaciones de un inglés en la Argen¬tina, Buenos Aires, Albatros, 1943, p. 39. Una importante des¬cripción sobre la vida cotidiana en el campo bonaerense realiza Lino D. Carbajal en un libro poco conocido editado a fines del siglo XIX (La Pátagonia. Studi generali. Serie prima. Storia, topografía, etnografía. San Benigno Canavese, 1899). En el capítulo III estudia al gaucho y sus modos de vida.
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III - SITUACIÓN LEGAL DEL GAUCHO
Evidentemente, los requerimientos tantas veces ex¬puestos de nuevas tierras para la explotación ganadera, la expansión de la frontera, requiere la presencia de un ejército capacitado y de los consiguientes soldados que lo integren. Es el gaucho, ninguna duda cabe, el que ha de cumplir ese cometido al enrolárselo por la fuerza de acuerdo a las normas tradicionales.
Vistas las cosas desde ese ángulo, en los partidos de¬dicados a la explotación ganadera la leva soluciona en algunos casos el problema del exceso de mano de obra. No olvidemos que al igual que un siglo antes, en esos momentos un establecimiento ganadero ocupa a lo sumo dos o tres peones y la mayor parte de ellos sólo uno”.
Con la injusticia, el clamor de algunas voces. En 1855 sectores de la población que no están asociados al lati¬fundio tradicional aluden por intermedio del Registro estadístico a la leva y a sus consecuencias. Así, pues, al relatar un cronista la realidad económica y social del partido 25 de Mayo —denominado entonces Mulitas— menciona lo que denomina bárbaro resabio de la tiranía. Al analizarse las causas del atraso social, por cierto que un análisis parcial al no mencionarse otros aspectos de la realidad, se dice que
“La leva es una marea que mantiene en perpetuo flujo a la población: se aglomera en el sud si el viento sopla . del norte; en el partido A si sopla del B, y si es general desaparece la población entre las pajas de la pampa. . . Por levas se ha entendido vulgarmente esas partidas vola¬doras que Rosas lanzaba por doquier a cazar hombres. Hoy no se han suprimido éstas. . . Casi cada mes del año se a todos los paisanos para enrolarlos en la
“Registro estadístico de Buenos Aires, primer semestre de 1855, p. 440. Medio siglo más tarde Godofredo Daireaux recuer¬da que “Reducir el personal a su simple expresión ha sido siem¬pre uno de los propósitos más caros a todo estanciero. . . (cuan¬ta) menos gente tenga que emplear y menos puesteros, mejor. Menos bulto, más claridad”.
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Guardia Nacional, y ellos al ruido de la leva disparan al cielo y tierra. . . Han sido también por tanto tiempo y tantas veces engañados y encarnecidos, que por más naipes que se cambien es difícil persuadirlos”
Ante el temor que sienten por las levas, a la opre¬sión permanente, los gauchos cambian con frecuencia de residencia esperando de esa manera superar los problemas de la represión organizada. El nomadismo, una respuesta a la realidad, acentúase durante los meses o semanas que las autoridades salen a recorrer la campa¬ña con un fin bien específico: reclutar, cazar vivos a los hombres. Y se repiten las escenas de años antes: los montes de espinillo, los rincones más apartados, las sie¬rras de Olavarría y Tandil se pueblan de paisanos que huyen de las partidas militares.
Todo esto lo cuentan algunos que se compadecen de las injusticias. Paralelamente, en las mismas páginas mencionadas antes, los estancieros informan que hay más de dos mil vagos y mal entretenidos en la provincia. “Este es uno de los males de nuestra campaña y no ha¬bría exageración en duplicar su número”. En realidad, para la justicia son vagos y mal entretenidos en poten¬cia los veinte mil peones de la región.
La escena, tal como lo señalan los testimonios, no varía en otras regiones ganaderas. El 5 de octubre de 1860 la legislatura de Concepción del Uruguay, provin¬cia de Entre Ríos, sanciona una ley promulgada días más tarde por Urquiza y López Jordán definiendo en sus me¬nores detalles el concepto de vago y mal entretenido. Se decide, en primer lugar, que lo son “Las personas de uno u otro sexo que no tengan renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir”. Y también “Los que con rentas, pero insuficientes para subsistir, no se dedican a ninguna ocupación lí y concurren ordinariamente a casas de juegos, pulperías o pasajes sospechosos”.
Como un reflejo de la continuidad económica, con posterioridad a 1852 poco cambia la situación del gau¬cho de acuerdo a la opinión del autor de Una excursión a los indios ranqueles. En su sobre Rosas, edi¬tado en París, afirma que era frecuente escuchar en
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los cuarteles de Buenos Aires órdenes tan ajenas a la dignidad humana como la siguiente: “Que se les apli¬quen dos mil palos. ¿A quiénes?”, pregunta Mansilla, y contesta seguidamente: “unos pobres gauchos desti¬nados al servicio de las armas”".
En ese sentido, los males han de menguar con la ley del servicio militar obligatorio inspirada en los cambios que se estaban produciendo. Desde luego, ese desarrollo lógico y progresivo es la resultante de múl¬tiples factores. Pero, sea ello como fuere, en 1852 en¬contramos en la campaña el dominio del estanciero patriarcal, del latifundio y de una legislación tradicio¬nal. De ninguna manera se había salido de ese mundo cuyo dominio era brutal e inhumano. El 28 de febre¬ro de 1852, a pocos días de la batalla de Caseros, el general Manuel R. de Escalada, ministro entonces de Guerra y Marina, en una que envía al gobierno central solicita se ordene a los jueces de paz de la pro¬vincia de Buenos Aires pongan a disposición de las auto¬ridades a desertores, vagos y mal entretenidos”.
Dos meses más tarde (30 de abril de 1852) deciden que los vecinos propietarios, nombrados y presididos por los jueces de paz de cada partido, sean los encar¬gados de establecer quiénes deben ser enviados al ejér¬cito. Ellos, dueños de la tierra y los ganados, deciden acerca de la calificación de vagos y mal entretenidos. El peón así denominado inicia a partir de entonces un vía crucis que es el ya tradicional: ejército, frontera y látigo. Tiempo más tarde, el cura de la región se ha de integrar a la comisión que decide la felicidad o la des¬gracia de los desposeídos0. Estamos, como una o dos décadas antes, en el ámbito de lo irregular, y es ésta
a Lucio V. Mansilla, Rosas. Histórico-psicológico, Buenos Aires, Sociedad Impresora Americana, 1945, p. 80.
” Benito Díaz, Juzgados de paz de campaña de la provin¬cia de Buenos Aires (1821-1854), Buenos Aires, Universidad de La Plata, 195

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