Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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la historia de las clases dominantes. Dice:
“Así, en la República Argentina, un liviano tercio de la vida de un hombre basta para enriquecerlo y casi sin trabajo alguno. El señor Sarmiento ponderaba característicamente la facultad de hacerse rico, me ase¬guraba un día que en ¡a provincia de Buenos Aires se hacía con frecuencia el negocio de pedir prestadas 10.000 cabezas de ganado (vacuno) para volverlas den¬tro de cuatro o cinco años en cuyo término el individuo obtendrá 8 ó 10.000 terneros de producto. Tan descan¬sado es esto que los estancieros de Buenos Aires visitan muy rara vez sus haciendas y es un hecho muy sabido que don Nicolás Anchorena no conoce ninguna de sus numerosas haciendas, cuyo territorio general me asegu¬raban pasaba de 100 leguas cuadradas”.
Y observa también el desprecio por la agricultura, un problema al que luego hemos de referirnos. Si bien ésta reditúa un cuatro por ciento sobre el capital inver¬tido, la ganadería produce un treinta por ciento y “en la total ociosidad” de los propietarios. El interés ban-cario de la época en ningún caso superaba, en inversio¬nes muy productivas, el doce por ciento.
Ricardo Napp, en un informe preparado en 1876 con motivo de la Exposición de Filadelfia, alude a esa realidad. Aun en las zonas marginales los réditos eran elevados: un diecisiete por ciento en Corrientes a pesar de las dificultades sanitarias y ecológicas de la región, la distancia a los mercados y otros problemas.
Aludimos a la agricultura y a su relación en ese mo¬mento con los grandes propietarios. Escasamente des¬arrollada en los años anteriores a 1880, los colonos in¬migrantes deben internarse cientos de kilómetros, fusil en mano, hasta tomar posesión de las pocas hectáreas que el estado, una compañía especuladora o un ha¬cendado le venden o entregan a cambio de un porcen-
a Opus cit., p. 404. 186
taje de la producción. Otros, una mayoría de los que se establecen en la campaña, sirven en esos años en las estancias como pastores de ovejas o trabajadores ma¬nuales (poceros, albañiles, herreros, etc.). A pesar de algunos intentos, por cierto que aislados, no se concre¬ta la reforma liberal que desean establecer desde arriba y de acuerdo al modelo estadounidense algunos espe¬ranzados como Avellaneda: “No más proletariado —dice—, no más dependencia servil. Es el advenimiento de un pueblo a la propiedad territorial”0. Como bien se ha establecido, medio siglo más tarde, en 1915, “seis de los mayores propietarios rurales de la provin¬cia de Buenos Aires hubieran podido. . . después de re¬servar lo necesario para costear una existencia lujosa para sus familias, tomar a su cargo totalmente los presu¬puestos de los siguientes ministerios del gobierno nacio¬nal: Relaciones Exteriores, Guerra, Agricultura, Obras Públicas e Interior”*.
Un presente concreto resultante del pasado. Recién en 1872 se organiza en la Argentina un Departamento de Agricultura bajo la dirección de Ernesto Olderdoff. Ocupa el segundo puesto un experto en versos román¬ticos, el poeta Carlos Guido y Spano. Es que la ganade¬ría, como bien lo señala Napp, era “una ocupación demasiado seductora, pues que, sin necesidad de un trabajo duro les proporcionaba ganancias bastantes gran¬des para que, sin un impulso extraño, hubieran podido resolverse a cambiarla por otra que les exigiera más atención y más perseverancia”.
No sólo razones de interés. Son entonces frecuentes los argumentos que aluden a la imposibilidad ecológica de las tierras de la provincia de Buenos Aires para producir cereales. Germán Burmeister, un naturalista alemán, afirmaba que “Las pampas deben permanecer
a Nicolás Avellaneda, Estudios sobre ¡as leyes de tierras pú¬blicas, Buenos Aires, Roldan, 1915, p. 137. La primera edición es de 1865.
* Sergio Bagú, Evolución histórica de la estratificación social en la Argentina, citado en Argentina, 1875-1975, México, Uni¬versidad Nacional Autónoma de México, 1978, p. 105.
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campos de pastoreos. . . nunca formarán un país apto para la agricultura”, “y lo será siempre por la naturaleza de su suelo”.
Y también las razones de la fuerza. Juan Fugl, un co¬lono establecido en Tandil poco después de 1852, re¬cordaba en sus memorias la oposición de los estancieros al cultivo de la tierra (”Algunos de los grandes estan¬cieros opinaban que la inmigración y el cultivo de la tierra eran una desgracia para el país y una usurpación de los derechos de los terratenientes”)0 apoyados por funcionarios y jueces.
La reforma que había propuesto Sarmiento de hacer cien Chivilcoy no se concreta. Es así que en el prefacio que incluye en 1887 en su Plan combinado de educación común, silvicultura e industria pastoril, aplicado al esta¬do de Buenos Aires afirma con énfasis que al repartirse lotes de tierra a los primeros inmigrantes establecidos en Baradero se les habían asignado dos cuadras por per¬sona, una situación absurda, agrega, en un país donde las estancias disponen de miles. Y en 1880, finalizada la Conquista del Desierto, se entregan a los agricultores que el estado espera establecer en Carhué siete cuadras por tierra. Una actitud, piensa en voz alta Sarmiento, que “era la pobreza asegurada del labrador”. Proseguía sin ninguna variante la misma estructura que había seña¬lado con su índice acusador en 1860 y que ha de envol¬verlo, a pesar de todas sus buenas intenciones, al asumir la presidencia. Decía entonces:
“A la masa de nuestra juventud no les queda otra carrera que la de los empleos o dependientes de comer¬cio por precios ínfimos; y cuando vuelven los ojos a la tierra que los vio nacer y que debiera proporcionarles medios de trabajo, encuentran que sólo por leguas pueden obtenerla últimamente a condición de tener un capital ingente para poblarla de ganados; es decir, que para enriquecerse, es preciso primero ser rico “b.
a Juan Fugl, Abriendo surcos. Memorias de. .. 1811-1900, Buenos Aires, Ediciones Altamira, 1969, p. 46.
En el Mensaje enviado a la Junta de Representantes de Bue-
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Y más adelante agregaba:
“El grueso de la población vive sin hogar propio en las campañas, sino es en aldeas, sin industrias, sin artes y sin producciones, donde poseen o un solar de terreno o una quinta cuya limitada extensión no les deja espe¬ranza de mejorar su condición, y esta situación de las mayorías que sólo debiera ocurrir en Europa bajo las aristocracias territoriales, se ha desanudado allí mismo por sacudimientos terribles. La Revolución Francesa no dejó otro hecho que la subdivisión en cinco millones de propiedades del territorio del que la nobleza y el clero se habían asegurado la posesión por siglos”.
Esta es, pues, en resumen, como lo señala Sarmiento, la condición que había impuesto el latifundio. Y luego de 1864 vendrá la guerra contra el Paraguay:
“Esta guerra, parece mentira, en lugar de ser una ca¬lamidad para la Argentina, fue, al contrario, una fuente de prosperidad. Los proveedores del ejército brasilero hicieron grandes compras de ganados, de artículos ali¬menticios de toda especie, y aun de artículos manufac¬turados europeos, que, previa nacionalización en la aduana de Buenos Aires, donde dejaron pingües derechos para el fisco, fueron exportados al Paraguay, de cabo¬taje. Estas considerables exportaciones no figuran en la estadística argentina, porque en aquellos tiempos no existía todavía la del cabotaje. Los raudales de oro bra¬silero que se incorporaron a los negocios argentinos, provocaron una fiebre de especulaciones en tierras y en todo género de valores ficticios, que, hacia fines de la presidencia de Sarmiento, terminaron en un krach formidable”‘1.
nos Altes el 20 de agosto de 1860 proponiendo el establecimien¬to de Centros agrícolas “a lo largo del F.C. Oeste”.
a Francisco Latzina, El comercio argentino antaño y hogaño, en Censo agropecuario nacional, Buenos Aires, 1909, t. III, p.
577.
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Especulación, comercio y apreciables réditos obteni¬dos a la sombra de los miles de muertos que caen en los esteros paraguayos. La gran propiedad territorial se sigue extendiendo dominada por un pequeño sector. Después de una brusca caída de las exportaciones en 1870, lentamente, una lentitud que va acompañada por otros hechos, aumentan los saldos disponibles a partir de 1876 (con sus más altos índices desde 1899) y se mantie¬ne el injusto reparto social de la renta del país. Y es precisamente en 1877 cuando se plantea sistemática¬mente la necesidad de que se ocupe todo el espacio pam¬peano. “Es que los campos al interior de la línea de fron¬teras están cansados o recargados y se necesitan otros” indica el ministro de Guerra Adolfo Alsina en 1877 al
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