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emás hom¬bres, hasta reducirlos al vasallaje”".
Llegados a este punto, pues, es necesario referirnos a otro hecho que se suma a la explotación del bovino. Como es sabido, en la segunda mitad del siglo XIX en Buenos Aires, Entre Ríos y otras áreas del país se de¬termina el desarrollo del ganado lanar —la merinización bonaerense— paralela al interés de adquirir campos pró-
a La libertad, Buenos Aires, 5 de noviembre de 1876.
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ximos a los puertos de embarque. “Hacia el año 1835 ya era considerada la explotación del ganado ovino como más remunerativa que la del bovino en todas aquellas zonas de la provincia ubicadas a 30 ó 40 leguas de la ciudad”0. El proceso produce en la campaña, se dice, una magnetización en favor del ganado lanar simi¬lar a la fiebre del oro en California*. Una situación ínti¬mamente asociada al desarrollo de la industria textil de Europa, en nuestro caso al de Bélgica, Alemania y Francia. Entre los años 1850 y 1875 las exportaciones aumentan mil veces. Y si tenemos en cuenta las esta¬dísticas aportadas por Francisco Latzina, de 7.681 toneladas exportadas en 1850 se asciende a 90.720 en 1875 y a 237.110 en 1899. Paralelamente, las ove¬jas que se cotizan a dos pesos en 1852, cinco años más tarde se venden a no menos de treinta y cinco.
La oveja requiere campos especiales conocidos en la época por los estancieros con la denominación de “pastos tiernos” y donde las leguminosas predominan sobre las gramíneas. Campos emplazados en un semi¬círculo cuyo radio, que tiene por centro a Buenos Ai¬res, no se extiende más allá de las cincuenta o sesenta leguas. En los momentos iniciales del proceso, algunos inmigrantes que disponen de capital y no desean estar
” Obsérvese en 1869: “La cría del ganado lanar ha sido durante cierto tiempo el ramo más floreciente, procurando a la provincia un alto grado de prosperidad; aseguraba benefi¬cios más grandes que la cría del ganado mayor y fue la causa del aumento del valor de los terrenos. Las ovejas expulsaron a las vacas de todos los terrenos inmediatos a un puerto, las vacas fueron arrolladas al interior y en parte a la frontera (El partido de Bahía Blanca.. . , p. 23).
” Carlos Lemée, La agricultura y la ganadería en la Re¬pública . Origen y desarrollo, La Plata, 1894, p. 343. “El ejemplo -dice- de esas grandes fortunas, realizadas en tan poco tiempo y con tan poco trabajo, electrizó a la pobla¬ción y se produjo un movimiento tal en favor de la cría de ove¬jas que solamente el que se produjo cuando el descubrimiento del oro en la California puede serle comparado.. . los estan¬cieros que no tenían ovejas vendían vacas y hasta campos para procurárselas; muchos cambiaron campo por ovejas”.
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bajo las órdenes de los propietarios latifundistas ad¬quieren tierras en las zonas marginales y útiles para tal fin: en Fraile Muerto al sudeste de Río IV (Córdoba), entre otras, en la frontera con los dominios de los indios Ranqueles”. Pero a pesar de aquellos intentos que a la postre fracasan, Buenos Aires constituye el principal reducto de los productores ovinos: en 1875 posee cuarenta y cinco millones de ovejas de las cin¬cuenta y siete existentes en todo el país. También es manifiesto su predominio vacuno: cinco millones sobre un total de trece.
Es necesario advertir que por entonces las estancias del sur de Buenos Aires no se ocupan de la cría del ga¬nado ovino. Se dice que los campos de pastos duros, con amplio predominio de las gramíneas, podrían trans¬formarse en campos de pastos tiernos sólo luego de ha¬ber sido ocupados varios años por la hacienda vacuna (”sobre diez ensayos que se hiciesen para empezar en los campos llamados de frontera con una cría racional de ovejas con exclusión de toda otra, ni uno daría un resultado favorable, pues la experiencia nos ha enseña¬do que la cría del ganado vacuno tiene que preparar el campo para el de la oveja”*). Y como lógicamente quienes desean iniciar una explotación e invertir capi¬tal lo hacen para obtener inmediatas ganancias, pocos se interesan en las zonas de frontera.
Ahora bien, tal planteo condiciona entonces la ocu¬pación del espacio pampeano, un proceso, es necesa-rio advertirlo, que ha de plantearse a partir de 1870 al aumentar la demanda de carne en Buenos Aires primero y luego con los envíos de carneros en pie y enfriados al exterior. Inglaterra, recordemos, había triplicado en 1882, en relación al de cincuenta años antes, el consumo de carnes rojas, y Francia lo duplica entre 1840 y 1882, abriéndose así a la sombra del desarrollo industrial un
a Richard Arthur Seymour, Un poblador de las pampas. Vida de un estanciero de la frontera sudeste de Córdoba entre los años 1865 y 1868. y notas de Justo P. Sáenz, Buenos Aires, 1947.
* Ricardo Napp, La República . .., p. 310.-
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amplio mercado para los envíos de los países pro¬ductores.
Hechas las anteriores precisiones, es necesario agre¬gar en relación a la explotación ovina que aproximada¬mente por 1890 se revierte el proceso del predominio de las exportaciones de lanas argentinas a Europa. Observa¬mos asimismo una brusca caída de la industria saladeril que había estado asociada, según se ha dicho, a las eco¬nomías de plantación de y . Entonces, bien lo señala Godofredo Daireaux, la oveja se desplaza al Sur, a los territorios nacionales”.
Expuesto lo precedente, señalemos aquí y ahora algu¬nos aspectos de la estancia en los años previos a 1880. La estancia en este caso abastecedora de carne con destino al saladero y de cueros vacunos para la exportación. Sus métodos de trabajo difieren esencialmente al de las ex¬plotaciones dedicadas al ovino. Emplean, por cierto, un número menor de peones en relación al capital invertido y a la superficie ocupada. Ahora bien, lo que se deno¬mina en aquellos años una gran estancia ocupa aproxi¬madamente entre treinta y cuarenta leguas cuadradas. “En esas estancias se encuentra el verdadero tipo de gau¬cho de las pampas (pues desde hace algún tiempo, este ente se halla muy rara vez en los distritos ovejeros), hombre familiar solo con la llanura donde ha nacido y ha vivido, sin que nunca haya conocido ni sabido nada fuera de ella” afirma Wilfredo Latham*. Producto del arcaísmo, el gaucho de esas latitudes es similar al de un siglo antes: sólo algunos cambios producidos en los escasos elementos que consume y adquiere a los pul¬peros de la campaña. Viste un largo calzoncillo, chi¬ripá sostenido por una larga faja trenzada, tirador (cinto de cuero con bolsillos, en algunos casos ador¬nado con monedas), camisa y sombrero de fieltro. Calza botas de potro y enormes espuelas de hierro, de tres pulgadas de diámetro.
a Godofredo Daireaux, La estancia , en Censo agropecuario nacional, Buenos Aires, 1909, t. III, pp. 3-53.
Wilfredo Latham, Los estados del Rio de la Plata, su in¬dustria y comercio, Buenos Aires, La Tribuna, 1867, p. 27.
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Ahora bien, su alimento sigue siendo casi exclusiva¬mente carnívoro. Excepcionalmente come pan y vege¬tal. Tal vez, y no todos, maíz y trigo, dos ingredientes que intervienen en la preparación de la mazamorra introducida en la dieta bonaerense por los pobladores que migran, siguiendo el proceso iniciado en el siglo XVII, de las zonas mediterráneas del actual territorio argentino. En 1869, en algunos partidos de la provincia de Buenos Aires un veinte por ciento de la población era originaria del Interior, en especial de Córdoba y Santiago del Estero. Un porcentaje que se incrementa en ciertos meses del año con el aporte de los trabajado¬res temporarios que intervienen en la esquila o en la cosecha de cereales.
En la campaña, para los propietarios la riqueza llega siempre que se disponga de suficiente influencia para obtener las concesiones de tierras públicas. Nos recuer¬da en 1856 el escritor chileno Vicuña Mackenna con mo¬tivo de su viaje a Buenos Aires realizado el año anterior, que Fabián Gómez, uno de los propietarios entonces más ricos del país, había recibido en propiedad en 1835 la estancia llamada Carpinchos ubicada en la vecindad de San Nicolás, poblándola con mil cabezas de ganado vacuno valuadas en cuatro pesos cada una. Veinte años más tarde, la paciente espera trae la fortuna al propie¬tario. Su enorme riqueza se acrecienta al multiplicarse el ganado alcanzando a cincuenta mil cabezas. He aquí el balance de veinte años de esperaa:
Año 1835 Año 1855
Precio de la tierra 1.500 15.000
Precio del ganado 4.000 200.000
5.5 00 pesos 215.000 pesos
Doscientos mil pesos de diferencia en veinte años; cantidad que entonces, y de acuerdo al valor de la mo¬neda, representa una considerable fortuna. Este hecho
” Benjamín Vicuña Mackenna, Páginas de mi diario durante tres años de viajes (1853-1854-1855), Santiago de , 1856, p. 389.
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le hace recordar al viajero acertadas palabras de Domin¬go Faustino Sarmiento sobre el tema, y constituyen una justa interpretación de ese y otros momentos similares en

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