Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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ty, Washington, septiembre de 1936, pp. 261-281.
* Escribe Napp: “(Esos arados) son de la misma forma y he-cura de los que se conservan, en algunos museos europeos como curiosidad de un tiempo muy lejano”. Y Lemée agrega en su libro sobre la agricultura de 1894: “El arado que usaban nues¬tros antiguos chacareros, y que hemos alcanzado a conocer nosotros, era más sencillo que el mismo arado de los romanos”.
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agrícolas (El Orden, Buenos Aires, 28 de noviembre de 1855). Sin embargo, paradójicamente, en 1869 en Bahía Blanca se contrata a indios amigos para la co¬secha de trigo (”Los indios amigos son un recurso para ese trabajo. Las primeras máquinas segadoras son recién introducidas por los ingleses de Sauce Grande y serán inauguradas en las primeras cosechas”0). Sarmiento, siempre preocupado por la evolución técnica, se intere¬sa por la difusión en el país de los más modernos siste¬mas de labranza enviando desde Estados Unidos, tra¬ducidos y editados gracias a su influjo, catálogos de implementos de labranza y manuales agrícolas.
Dentro de ese proceso, el 15 de diciembre de 1870 se dan a conocer en la ciudad de Córdoba segadoras a vapor importadas, afirmándose paralelamente que ese aconte¬cimiento sería “de inolvidables recuerdos para el pue¬blo argentino, así como de manera igual, aunque por distintas causas, lo fue el 25 de mayo de 1810″. Y en tierras de Chivilcoy, el 30 de diciembre del mismo año, se siega un lote sembrado de trigo con una máquina similar introducida por Tomás Drysdale y Gregorio Villafañe.
De todas maneras, los mismos son antecedentes ais¬lados. Es así que entre 1871 y 1874 se importan apro¬ximadamente un millón y medio de kilogramos de hari¬na de trigo para el consumo interno, proveniente en su mayor parte de Chile, Uruguay y Estados Unidos. Asi¬mismo, en esos años regresan al país 853.616 pieles y cueros curtidos en el exterior debido a la ausencia de industrias elaboradoras.
Pero, de todas maneras, esos datos señalan parte de la situación. Podemos agregar que los forrajes y alimen¬tos para la hacienda son prácticamente desconocidos. Sólo durante los años del conflicto bélico con Paraguay (1865-1870) se incrementa el cultivo de la alfalfa, una forrajera difundida en las regiones semi-áridas del inte¬rior y en las chacras y quintas próximas a Buenos Aires.
” El partido de Bahía Blanca. Informe a la comisión de la Exposición Nacional de Córdoba por la comisión de aquel par¬tido, Buenos Aires, 1869, p. 19.
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Se siembra para abastecer de forraje al ejército y a los animales de tiro de la ciudad. En las estancias ganade¬ras la agricultura es una palabra que se pronuncia con escasa simpatía. Y el progreso una ecuación que los pro¬pietarios aceptan condicionándolo a los réditos que les pueda proporcionar y siempre que no afecte su dominio.
El estanciero-gobernante derrotado en Caseros deja a la provincia de Buenos Aires, al igual que años más tarde lo hace su par de Entre Ríos, organizada de manera similar a los grandes establecimientos ganaderos de su propiedad. Son pocos los que observan con una visión crítica esa situación. Y quienes lo hacen esperan poner en práctica algunas reformas para adaptar la ganadería a la realidad económica en transformación en los mercados europeos, colocando especial cuidado en no alterar la esencia básica del dominio. Se trataba de emprender una reforma desde arriba y a cargo exclu¬sivo del estado y sus lobbies. Ya en los años previos a 1852 Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, sostenía con lucidez que “nunca podrá ser ocupación exclusi¬va de la República Argentina la ganadería”, y Alberdi, tiempo más tarde, al aludir a Rosas nos dice que su po¬der “residía en la condición y manera de ser económi¬ca del país”.
Por cierto, las medidas que se ponen en ejecución en el transcurso de la segunda mitad del siglo son par¬ciales y a pesar de ello merecen en casi todos los casos la oposición irracional de un grupo de hacendados lati¬fundistas apegados a las estructuras más arcaicas. Las mismas que determinan a solicitar la adopción del tra¬bajo forzado en momentos que se otorga la emancipa¬ción a los esclavos. Es así que en 1853 sostienen en Buenos Aires la necesidad de realizar una leva de muje¬res de color obligándolas a servir a un amo. Se pregunta desde las páginas del periódico La Tribuna el 27 de oc¬tubre de 1853: “¿por qué no hacer con las mujeres lo mismo que con los hombres? Además, ¿existe alguna diferencia de fondo entre el trabajo forzado y el servi¬cio militar que realiza el gaucho?”.
¿Es necesario insistir en lo expuesto? Hechos seme¬jantes, y a ellos aludimos con insistencia en las siguien¬tes páginas, tienen lugar en la campaña. “Pastores y labradores” —así se denominan— solicitan a la Legisla-
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tura en 1854 mayor equidad en el tratamiento’ que • reciben. “Hoy día somos todavía los siervos del Río de la Plata” denuncian, y agregan que la condición de la vida no difiere de la de los esclavos de Brasil o de la de los colonos de Rusia. Peor aún. Mientras aquellos no son molestados en sus viviendas, los gauchos en cambio son “arrancados de los hogares o cazados en los campos como se cazan avestruces. . . para que se haga de no¬sotros —exponen— lo que se quiere: guardia, blanden¬gue, doméstico, veterano, como se le antoje al primer mandón. . . tiempo es que estas informaciones se denun¬cien ante el mundo entero. Somos republicanos y nos tratan como a mulas, tapándonos los ojos para enca¬jarnos los bastos”.
Una conciencia social clara. Insisten los peticionarios en solicitar asimismo que se destierre para siempre “del suelo porteño ese régimen de servidumbre por el que se obliga a trabajar gratuitamente para el Estado”. Quienes firman el angustioso petitorio son en su mayor parte pequeños propietarios perseguidos por los estancieros latifundistas”.
“Revista del Río de la Plata, Buenos Aires, julio de 1854. Por otra parte, en El Industrial (23 de febrero de 1856), pe¬riódico que defiende los intereses de obreros y artesanos, se pu¬blica un artículo titulado “Organización del ejército”, soste¬niéndose: “Entre nosotros hay un grande inconveniente para la organización del ejército y es nuestra poca población. Hasta hoy los cargos penosos de la milicia han recaído siempre sobre la clase débil de la sociedad. Se ha hecho obligatorio el servi¬cio a una parte de la población y los morenos y paisanos han sido siempre los que han formado la tropa veterana”. Sobre ese aspecto de la reforma liberal propuesta es interesante la opinión de Eduardo Olivera desarrollada en su carta a Octavio A. Alais al referirse al gaucho posterior a la caída de Rosas. Sostiene allí que siempre estuvo “entregado a la voluntad del comandante de campaña”, teniendo sobre él leyes que le im¬pedían “poseer un pedazo de suelo de la patria” (Eduardo Olivera, Miscelánea, t° II, Buenos Aires, 1910, pp. 328-333). La realidad es que toda la tierra estaba en manos de los menos. Por caso, “poco a poco, el general Urquiza fue (en Entre Ríos) adquiriendo grandes extensiones de campo que lo convirtieron en uno de los grandes estancieros entrerrianos”. O. Urquiza Almandoz, Historia económica y social de Entre Ríos, Buenos Aires, 1978, p. 509.
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De todas maneras, insistimos, la reforma que ha de llevarse a cabo en los últimos años del siglo XIX no irá más allá de la superficie y siguiendo la misma tendencia de algunos de los críticos del sistema que sólo ven lo aparente: “Pobre habitante de la campaña —escriben en El Estudiante, el 30 de junio de 1867. El con su potro y su cuchillo ya le basta. . . tiene que ir a robar un peda¬zo de pan para no perecer de miseria o ir a atajar al transeúnte para pedirle un socorro”. De todas maneras, existe una conciencia clara sobre los males que ha de producir en el país la continuidad del latifundio, el reparto indiscriminado de la tierra entre los menos. Precisamente lo expone en 1876 un negro porteño, Ernesto Mendizábal, en un artículo sarcásticamente titulado La arcadia de Carhué y en directa alusión al reparto latifundista de la tierra en esa región. Su tes¬timonio es determinante de la conciencia sobre los métodos de apropiación. Sobre el vicio de un proyecto •que viene de lejos y perpetúa una desigualdad que sólo ofrece al país el atraso y la miseria de los más. He aquí sus palabras, las esenciales que plantean una actitud progresiva:
“La pequeña propiedad, todos lo sabemos, represen¬ta tierra al alcance de todos los hombres, de todos los capitales. El gaucho de nuestra campaña, el inmigrante europeo, todos podrán ser propietarios. La grande pro¬piedad. . . ella está al alcance únicamente de los grandes capitales, y adaptándola como lo propone La Prensa se propende a la creación de una casta de grandes pro¬pietarios, que son y han sido en todos los tiempos mo¬dernos monopolizadores del trabajo de los d
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