o y del ganado consti¬tuyen las causas de las leyes.
En todos los casos la documentación de la época de Rosas señala inexorablemente la existencia de la leva con iguales características que en tiempos anteriores. Pero debemos sumar a todas las ya conocidas causales la oposición política al régimen dominante. Las frecuen¬tes guerras contra sus opositores, internas y externas, demandan gran cantidad de soldados; el método para obtenerlos será el mismo que utilizaron otros gobier¬nos, desde los ya lejanos años de la dominación hispá¬nica.
En aquel momento son frecuentes las filiaciones —así denominadas las descripciones físicas o de la ropa— de los presos destinados al servicio militar. Exis¬ten en- los archivos infinidad de ellas, muchas con in¬formación de importancia sobre aspectos de la socie¬dad folk de la época e informes sobre las costumbres de la sociedad pastoril bonaerense. Cuatro documentos tomados al azar darán una visión cercana de aquellos pobladores porteños remitidos por la fuerza al ejér¬cito. La primera señala las características de cierto Es¬tanislao Fito, un gaucho de ojos azules y pelo color rubio6, característica difícil de hallar, entre la inmen¬sa cantidad de mestizos que constituye la población de la campaña. El paisano destinado era natural del pago de Arrecifes y había sido detenido en febrero de 1843.
” William Mac Cann, Viaje a caballo por las provincias ar¬gentinas, 1847, Buenos Aires, 1939, p. 120.
6 Documento en el Archivo General de la Nación, Buenos Ai¬res División Gobierno, Sección Nacional, Presos destinados, 1842-1852. Sala 9-26-2-6. En este legajo de documentos manus¬critos de la época de Rosas —como en otros que se custodian en el Archivo General de la Nación- existen cientos de testimonios sobre gauchos destinados a las filas del ejército.
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“Clasificación: Estanislao Fito, patria Buenos Aires. Va en cinco años que no tiene domicilio, estado casado, en este pueblo, edad treinta y nueve años, ejercicio no tiene, es vago y mal entretenido, paisano de bota de potro, color blanco, ojos azules, estatura alta, pelo rubio, cerrado de barba, no sabe leer ni escribir, tiene sabanilla de bayeta punzó, chiripá de poncho listado, sombrero de pelo negro, ha sido miliciano de la cam¬paña de milicias de este partido antes de la invasión del salvaje unitario Lavalle.”
Otro personaje de la época es el típico peón pocero, o zanjeador, por lo general vasco, irlandés o criollo natural de las provincias de Cuyo o del norte del actual territo¬rio argentino. La siguiente filiación de 1845 correspon¬de a un mendocino, peón que ejercía su oficio y a quien la leva envía al ejército federal: “Viste sombrero ordi¬nario de paja, en mangas de camisa, poncho inglés, chi¬ripá, calzoncillo y botines. Trae el cintillo (punzó) en el sombrero”, escribe el oficial sumariante al remitirlo al ejército.
Oficio conocido es el del domador: indispensable su presencia en las estancias para amansar los caballos des¬tinados al trabajo diario; su dedicación y prestigio resu¬me el mayor deseo de todo gaucho. Natural de Buenos Aires, lo encontramos “calzando bota de potro” según expresa la filiación de 1851. Además “viste calzoncillo, chiripá y poncho de bayeta punzó, mangas de camisa, la cabeza atada con un pañuelo. No tiene divisa ni cin¬tillo federal. Usa bota de potro”. El gaucho domador que así viste se llama Doroteo Lozano y fue detenido en Navarro, en una pulpería. Y se agrega: “Que sabe embo¬rracharse de tarde en tarde, pero que no tiene mala bebida, que le da por cantar y reírse”.
Es la misma realidad que desde Montevideo acusa en 1839 el periódico unitario del exilio El Grito Argentino al decir que son en Buenos Aires “Las levas como agua¬cero,/ Más juertes que un maneador;/ Pita el que tiene algún pucho/ Que por fortuna encontró”. Y también que están los peones “Desde el alba a la oración/ Traba¬jando como burros/ (Y perdone la razón)./ Y si les dan unos pesos / En dos trampas que pagó,/ O tomó una cuarta de vino,/ La mosca se evaporó”.
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Textos literarios pero que, sin duda, aluden a una situación que no es ignorada. La conclusión, por ultimo, es clara y también evidente: en el trasfondo de todo lo expuesto, del problema de injusticia, se levanta con toda su fuerza la realidad de una situación económica, en primera y única instancia, propia de los sistemas de producción que prosiguen con posterioridad a 1852. A ello nos referiremos en las siguientes páginas.
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EL GAUCHO: PEÓN Y SOLDADO DESPUÉS DE CASEROS
Ansí pasaron los meses Y vino el año siguiente Y las cosas igualmente Siguieron del mesmo modo Adrede parece todo Para aburrir a la gente
José Hernández, 1872
“Hoy día somos, todavía, los siervos del Río de la Pla¬ta. . . somos republicanos y nos tratan como a muías, tapándonos los ojos para encajarnos los bastos”.
Petición de labradores y pastores a la Legislatura de Buenos Aires en 1854
“por desgracia para el país, la mayor parte de nuestros oficiales de caballería no son capaces de cuidar una ga¬llina”.
Carta de Emilio Mitre a su hermano Bartolomé Mitre, fechada el 12 de diciembre de 1855
“la raza más débil (el indio), la que no trabaja, tiene que sucumbir al contacto de la mejor dotada, ante la más apta para el trabajo “.
General Julio A. Roca, 13 de setiembre de 1878.
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I - LA ESTANCIA: HACENDADOS Y LATIFUNDISTAS
La caída de Juan Manuel de Rosas al frente de la go¬bernación de Buenos Aires de ningún modo señaló en los años siguientes una ruptura de las antiguas relaciones entre las clases dominantes y los pobladores rurales, y menos, sin ninguna duda, un proceso de cambio en ese sentido. Los intereses económicos que en determi¬nado momento enfrentan a Urquiza y Rosas —represen¬tantes del Litoral y de Buenos Aires, dos economías similares que compiten— no se propusieron, ni aún remotamente, la tarea de liberar a los sometidos, ni el desarrollo de un mercado con una amplia demanda de manufacturas. Sólo les importa seguir manteniendo el dominio de la tierra y el bajo costo de la mano de obra rural.
Como es sabido, el 9 de febrero de 1852 Juan Manuel de Rosas huye a Inglaterra en un barco de guerra de esa nacionalidad. Morirá en Southampton, en 1877, luego de un largo exilio en el transcurso del cual no escatima elo¬gios a los sectores más reaccionarios de Europa. No debe extrañarnos, era la suya una actitud lógica y cohe¬rente con los sectores a los que había representado. Sim¬bólicamente, en la Argentina un año antes se exportan las primeras veintiún toneladas de trigo provenientes de las colonias que inmigrantes europeos establecen en el país.
No debemos engañarnos. La agricultura, por cierto, es sólo por entonces el símbolo de algo que ha de llegar. Poco tiempo antes de 1865 la superficie que ocupan las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires no llega a las diez mil hectáreas, aproximadamente la superficie de dos estancias consideradas entonces de mediana importancia”. Y si bien esa área aumenta con¬siderablemente en la siguiente, década, el trigo cosecha¬do apenas alcanza en esos momentos para satisfacer
a Guillermo Wilcken, Las colonias. Informe sobre el estado actual de las colonias agrícolas de la República Argentina, Bue¬nos Aires, 1873.
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las necesidades del consumo interno. “Si bien esas ci¬fras no son altas — informa Napp en 1876—, no debe¬mos olvidar que la población agrícola de esos distritos no se cuenta sino por unos pocos cientos, considerán¬dose en ellos la labranza, con excepción de una parte de Chivilcoy, como una ocupación secundaria a la que no se da importancia ni se dedica cuidado alguno”. Y también la persistencia del arcaísmo. En muchas partes del país perdura aún el primitivo arado de madera sin vertedera, un instrumento de labranza que impide la adecuada preparación de la tierra (se los conoce asimismo como “arados rompedores” y son evolucio¬nes de la azada de mano)”. Se lo menciona en el país en los inventarios de las estancias y aluden a él los via¬jeros. Los que se usan en 1870 no difieren a los introdu¬cidos por los conquistadores españoles: un pequeño trozo de madera con punta de hierro sirve de reja; un tronco de timón, y un palo en forma de bastón, clavado perpendicularmente en la parte posterior de la reja, hace las funciones de mancera. Se trata, por cierto, de un elemento característico del Neolítico (de no menos de cinco mil años de antigüedad) que perdura en las tierras americanas. Ahora bien, los primeros cons¬truidos íntegramente de metal ingresan con los colonos’ inmigrantes y se los conoce con el nombre dé arados ingleses para distinguirlos de los prehistóricos que están en uso en el país6. Documentos de 1855, 1860 y 1870 los mencionan. En 1855, en Chivilcoy, se emplea por primera vez una trilladora a vapor introducida al país por Diego White. Gracias a su difusión los labradores superan la falta de mano de obra, y más que ella la escasa predisposición del gaucho a realizar trabajos
” C. W. Bishop, Origin and Early Diffusion of the Traction Plough, separata de Antiqui


















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