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ngún momento deja la menor duda acerca de sus
” Para una situación similar en España consúltese el lúcido de Josep Fontana titulado Cambio económico y actitu¬des políticas en la España del siglo XIX, Barcelona, 1975, p. 67.
b Registro Nacional, t. II, p. 260. Es importante seña¬lar que ese presente concreto, para decirlo con la conocida afirmación de Hegel, es el resultado del pasado. El pasado, por otra parte, no nos da “claves para explicar determinados y esenciales aspectos del presente”, determina el hoy.
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actitudes e ideología represiva. En el mensaje que lee al inaugurar la décimo séptima legislatura de Buenos Aires, el 27 de diciembre de 1831, expone su pensa¬miento sobre quienes denomina “vagos y mal entre¬tenidos”, haciendo de ese problema un planteo de importancia esencial para Buenos Aires. Y recuerda: “se ha practicado un crecido enganche de voluntarios y se destinó al servicio militar a los vagos y mal entre¬tenidos”. Años más tarde, en 1848, agrega que mu¬chos jueces de paz no cumplen sus órdenes de casti¬gar a los vagos enviándolos al cuartel de Santos Luga¬res. No controlan, acusa, el comportamiento de los peones.
En el ejército, el gaucho, como ocurría diez o veinte años antes, inicia una serie de sufrimientos y penurias. E igual que antaño, la única solución posible era la de¬serción, evitando así los violentos castigos corporales que le aplican jefes y oficiales ineptos e ignorantes, con frecuencia analfabetos. “Los castigos son corporales y muy crueles” observa un ingeniero francés y agrega que siempre son aplicados por una oficialidad integrada al ejército “porque no sirven para otra cosa, porque la irre¬gularidad de su conducta los hace una carga para sus pa¬rientes”". Cubierto su cuerpo de harapos (”aquellos in¬felices andrajosos soldados: los unos usaban gorras de manga, otros tenían sombreros inmundos y ya sin forma, y otros iban con bonetes de lana: con chaquetas los unos, con poncho y chiripá los otros; sin calzones los más, con ellos hechos girones los menos: los que no es¬taban descalzos llevaban ojotas o tamangos de cuero crudo”)6, los sueldos son escasos, miserable la vivienda y la aumentación exclusivamente carnívora. Un de¬creto de 1835 asignaba una res vacuna diaria por ca¬da cincuenta soldadosc. Escasa alimentación si tene¬mos en cuenta que se trata de hacienda cuyo rendimien¬to no supera los ochenta kilogramos por cada animal
” Parchappe, opus cit.,p. 338.
Andrés Somelleía, La tiranía de Rosas. Recuerdos de una ñctima de la mazorca, Buenos Aires, 1962, p. 111.
c Cf. Carlos Grau, La alimentación de nuestros soldados y paisanos de otrora, en Revista farmacéutica, Buenos Aires, 1944.
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faenado. Y siempre y cuando los abastecedores cumplie¬sen lo estipulado en sus respectivos contratos, o lo que también era muy frecuente, que los jefes y oficiales no medraran con las raciones de sus subordinados. Y que, por cierto, los estancieros no se aliaran a éstos.
Aludíamos a la deserción. Pues bien, el gaucho impul¬sado por el deseo de liberarse de las opresiones impues¬tas abandona las filas. Es que, según nos señala Fontana al referirse a las clases oprimidas de Europa, contraria¬mente a ciertas opiniones interesadas, la sociedad del Antiguo régimen no fue un mundo con una total paz idílica donde los hombres viven contentos y aceptan su suerte”. Parchappe, testigo de la vida cotidiana del ejército, luego de señalar la manera “infamante” de las reclutas, agrega que “Las prisiones son el almacigo de los soldados de la República; bandidos y criminales son liberados mediante un centenar de palos, después de este castigo se les sacan los grillos y quedan transforma¬dos en soldados”6. Ya en el ejército, tanto en la campaña como en el fortín, los pulperos los esquilman asociados a los jefes (”esquilmados despiadadamente, consumían en una o dos oportunidades un mes entero de sus suel-dos”)c. Los comerciantes tampoco tienen problemas para cobrar las deudas pues, se dice, “como el vendedor real era al mismo tiempo el cajero y el que debía pagar¬les los sueldos, no corría riesgo alguno de mostrarse con¬fiado, y se encontraba a reparo de toda pérdida”^. Fue, por cierto, un sistema generalizado. En esos años y con más frecuencia en los siguientes, al multiplicarse los fortines y destacamentos, los pulperos hicieron mu¬cho dinero y algunos instalaron estancias6. Por lo ge¬neral, los aprovechados comerciantes, origen de fa¬milias tradicionales, son parientes de las autoridades de los pueblos y fortines de la frontera. En Fuerte Fe-
” Parchappe, opus cit., p. 350.
” Josep Fontana, Cambio económico.. ., p. 57.
c Parchappe, opus cit., p. 381.
d Ibidem.
e Ricardo Rodríguez Molas, Variaciones sobre la pulpería ríoplatense, en Revista de la Universidad. Universidad Nacio¬nal de La Plata, Buenos Aires, 1961, número 14, pp. 136-142.
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deración, posteriormente denominado Junín, encon¬tramos en 1832 dos pulperías: una atendida por la sue¬gra de un teniente coronel y la otra por un pariente cercano al comandante del Fuerte”. El ejemplo es ilus¬trativo. Lo mismo sucede, en mayor o menor grado, en todas las poblaciones dentro y fuera de la línea de frontera.
El surtido del comercio —peyorativamente denomi¬nado boliche— lo componían algunos frascos de bebi¬das alcohólicas de mala calidad y pocas mercaderías; pero a pesar de la pobreza, “tenía apuntados a todos con más cuentas que un rosario”. Y entonces el gaucho al llegar al fortín recibe una ínfima parte del dinero de la paga, luego de varios meses de paciente espera; gráficamente apunta Hernández en su que el “pulpero se quedó con la mascada”. Y el gaucho nuevamente debe esperar.
Insistimos. Durante el gobierno federal no disminu¬yen los rigores del gaucho enrolado. Los castigos que impone Juan Manuel de Rosas son similares a los que años antes habían puesto en práctica los españoles y las autoridades posteriores a 1810. Nada ha cambiado; la restauración de las leyes, por otro lado, ha de ser total. Y bajo este signo adverso ha de desarrollarse la vida del miliciano fronterizo y del gaucho.
Mencionemos de aquella realidad un ejemplo: en junio de 1836 detienen en Federación a varios deser¬tores del ejército federal; los jefes militares fusilan a dos de ellos y condenan a los restantes a trescientos latigazos y a sufrir el recargo de tres años en el servi¬cio de la frontera0.
Los caballos para el ejército interesan tanto o más que los peones. Periódicamente, y sobre todo durante el transcurso de alguna de las frecuentes guerras, el gobierno requisa hombres y bestias. Aludirá a ello en. 1842 el colono dinamarqués Samuel Morton al refe-
a Rene Pérez, Apuntes para ¡a de Junín, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Bue¬nos Aires, 1950, p. 20.
* Los escritos de Frank Pedlington, en Anuario de , año 1939, Buenos Aires, 1940, p. 378.
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rirse a sucesos militares de la época: “El gobierno ha requisado todos los caballos a fin de llevar adelante la guerra, y evitar que caigan en manos de los enemi¬gos”.
Conociendo la existencia de las leyes represivas y la estructura feudal de la campaña bonaerense, sobradas razones tenía Lucio Mansilla al escribir sobre el resul¬tado “práctico” que tenía el empleo del se resistieron o le quisieron disparar y tuvimos que matarlos11. Y agrega refiriéndose a las condiciones sociales del gau¬cho: “El hombre de las campañas por doquier se con¬sideraba oprimido, hasta cuando el mayordomo o el capataz era manso, por una entidad ausente, el pa¬trón, que vivía en Buenos Aires o en la capital de su provincia”. Las características feudales están presen¬tes con todos sus elementos:
“Era la servidumbre y ¡qué servidumbre! El patrón o sus representantes podían cohabitar con las hijas y hasta con la mujer del desheredado: ¿a quién recurri¬rá? O se hacía justicia por sus propias manos”0.
La dedicación de los jueces de paz y de los jefes militares ayuda a realizar aquella servidumbre. Sobre ellos anota un viajero francés que visitó Buenos Aires durante los últimos años del gobierno de Rosas:
“Hay en las campañas argentinas, hombres más te¬mibles que el gaucho malo y que hacen más daño, sin verse obligados a huir de la justicia, porque ellos mismos representan la autoridad legal y la justicia. Son los fun¬cionarios honrados por Rosas con su favor y su confian¬za, los jefes militares de campaña y los jueces de paz”".
Los testimonios que señalan este proceder son múlti¬ples; otro testigo que recorre en 1847 la provincia indi-
a Lucio V. Mansilla, Rosas, histórico-psicológico, Buenos Aires, Sociedad Impresora Americana, 1945, p. 79.
ftOpus cit.,p- 79.
c Xavier Marmier, Buenos Aires y Montevideo en 1850, Bue¬nos Aires, El Ateneo, 1948, p. 75.
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ca en su libro de recuerdos hechos similares: “Cuántas veces el gobierno necesita de auxilios de esta naturaleza, sus oficiales visitan los establecimientos de campo y hacen marchar a quien se le antoja, para incorporarlo al ejército”^. Como siempre las levas son injustas y las realizan con aquellos que no poseen bienes: la tie¬rra impera, la defensa del feud

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