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Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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l gaucho. Escribe refiriéndose a éstos:
“Apenas es cumplido un mes que fui acometido en mi estancia; porque traté de impedir en ella corridas de avestruces que se hacían por decenares de hombres, que con tal pretexto corrían mis ganados, usaban de ellos, no los dejaban pastar, y me lo alzaban. Mi vida se salvó de entre los puñales; y desde entonces sólo pende mi existencia de un golpe seguro con que la ases¬ten los ociosos y mal ocupados”".
Bartolomé Mitre, que por 1830 conoció las tierras de la familia de Rosas y a los gauchos que trabajaban en sus estancias, sostiene que los peones estaban estrecha¬mente ligados a la tierra “por el sistema semifeudal que
” Documento mencionado por Alberto Montoya en su His¬toria de los saladeros argentinos, Buenos Aires, Editorial Raigal, 1956, p. 41. Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Elementos popula¬res en ¡a prédica contra Juan Manuel de Rosas, en , año IX, enero-marzo, número 30, pp. 69-101.
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regía la propiedad rural” ( de Belgrano); subor¬dinados al dominio de los grandes latifundistas. Por en¬tonces, las familias Ramos Mejía, Miguens, Ezeiza, Suá-rez, Lastra, Terrero, Anchorena y otras pocas más ejer¬cen sobre ellos la autoridad omnipotente y patriarcal que “no reniega del cepo y la estaqueada”. Y así lo sos¬tiene Mitre. Para él, desde un comienzo, Juan Manuel de Rosas se convierte en “el representante de los inte¬reses de los grandes hacendados y el jefe miliciano de los campesinos”.
Dependientes de las ventas al exterior, de todas ma¬neras por intereses internos pregonan el odio al extran¬jero. Y es así que Tomás de Anchorena, pariente, amigo y socio de Rosas, sostiene el 15 de febrero de 1828 en el recinto de la Junta de Representantes de Buenos Ai¬res: “esa plaga de extranjeros corrompidos que infesta nuestra campaña”, para agregar luego que con anterio¬ridad a la primera invasión inglesa al Río de la Plata exis¬tía más progreso, asociando su pensamiento al arribo años antes de los inmigrantes labradores europeos debido a la gestión de Bernardino Rivadavia. La con¬cepción psicológica y mental de ese sector sobre los su¬cesos ocurridos luego del desmembramiento político de 1810 se reflejan asimismo en otras ideas de Ancho¬rena, expuestos en el mismo recinto. Decía: “En cuanto a la ilustración, yo observo, y nadie lo negará, que por lo general los hombres de más capacidad y crédito que hay en el país, son los que se han formado antes de la revolución y los que éstos han formado después bajo el método antiguo en estos días”.
Pues bien, desde ese punto de vista el pensamiento de Anchorena y de aquellos que pertenecen a la clase domi¬nante les lleva, siempre ha sido así, a desear su paz, su orden y su seguridad, fundamentos indispensables. Lo señalaba el “oráculo de Rosas” en 1828 apesadum¬brado : i
“Jamás se ha visto menos seguridad en el campo y en la ciudad que al presente. Jamás la multitud de críme¬nes, ni el carácter horroroso que en el día. Por otra parte, la rusticidad de nuestra gente vulgar, y de la cam¬paña, no es tan chocante que la de igual clase de Euro¬pa. Aunque carecen de maneras es generalmente dócil,
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afable, desinteresada, cortés, hospitalaria y humana.”
Todo esta expuesto sin rodeos. Y en vista de esas pa¬labras, a nadie puede sorprender que a todo el sector el progreso, es decir el cambio, suscite temores: la progre¬sión histórica, aunque aparentemente no sea brusca, bajo ningún punto de vista podía ser aceptada. Tenien¬do en cuenta todo, como pronto veremos mejor, en los mencionados aspectos Juan Manuel de Rosas encara sus ideas al convertirse en el esperanzado “restaurador de las leyes”. En esto, qué duda cabe, estriba el carác¬ter de su liderazgo porteño. Se lo pregona en todo mo¬mento como si se tratara, en realidad lo era, de una ne¬cesidad ineludible. “Los tiempos actuales no son los de quietud y de tranquilidad que precedieron al 25 de ma¬yo (de 1810)”, sostenía Juan Manuel de Rosas poco an¬tes de asumir la gobernación de Buenos Aires y lo hacía asociándose a la idea de otros hacendados”. Y, al mis¬mo tiempo, clamaban por la falta de orden, de estabi¬lidad en la campaña. Debía, opinan, volverse al pasado.
Y fue el pasado, en ese aspecto, el del orden, el mode¬lo más fiel del gobierno restaurador. Una y otra vez ha de pregonárselo desde la la prensa periódica y en la Junta de Representantes. Lo dice Baldomero García en diciembre de 1842 al rechazar la renuncia de Juan Manuel de Rosas y reniega al mismo tiempo de la ideo¬logía liberal que había difundido en el Plata la circula¬ción de los libros de Paine, Rousseau, Volney y de otros teóricos europeos (”fueron ansiosamente devorados por los viejos, fueron puestos hasta en manos de los niños: niños y viejos se contaminaron, niños y viejos se enar¬decieron contra toda autoridad, contra toda religión”). Y como resultado de la ruptura del orden y policía,
“El ocio, la vagancia, el juego, la disolución, la insu¬bordinación en el hogar doméstico, el fraude, el hurto, el asalto, el asesinato, la profanación y el sacrilegio, el feroz libertinaje se mostraron insolentes por todas partes. Recuérdese lo que eran nuestros campos, re-
0 Citado por Julio Irazusta, en Vida política de Juan Manuel de Rosas, t.I.pp 62-72.
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cuérdese lo que pasaba en nuestros pueblos. No desa¬credito al país, lo que ha sufrido”.
Todos reconocían en él a su representante. “Nues¬tros campos” expresa ante sus pares de la legislatura la¬tifundista. Por suerte, agrega, en ese concierto de desgra¬cias nuevamente se había establecido el país, el po¬der de los menos: “Sí señores, el general Rosas, con la sola singularidad de su carácter, ha restaurado el orden que conservaba en este país el gobierno espa¬ñol”.
En posesión Rosas del poder, la representación ra¬cional y premeditada de los intereses de un grupo im¬portante de hacendados, prosigue con el antiguo sis¬tema de las levas. Sarmiento, más tarde, lo define en sus justos términos. Pregunta y se responde el autor de Facundo: “¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras. ¿Qué acumuló? Tierras. ¿Qué dio a sus soste¬nedores? Tierras. ¿Qué quitó o confiscó a sus adver¬sarios? Tierras” a.
Tierras: con su posesión se puede criar hacienda, in¬gresar al grupo de privilegiados. Con el ascenso social, asimismo un bien de capital, es posible realizar nuevas adquisiciones (premios militares, ventas graciables, etc.) e incrementar los latifundios. Inversiones de poca im-
a Domingo Faustino Sarmiento, Obras Completas, t. XXIII, Inmigración y colonización, Buenos Aires, Editorial Luz del Día, 1951, p. 292. El interés por la tierra llega a tal extremo que todos los “servicios” prestados por él se le retribuyen en campos. Recordemos la acción, entre otras, en cumplimien¬to del tratado de Benegas, donde también recibe en propie¬dad la sociedad Rosas, Terrero y Cía. la renombrada Estancia del Rey, de dos leguas de frente por tres de fondo. Sobre el tramite existe en el Archivo del Museo Mitre, Buenos Aires, una copia del expediente original: “Testimonio de la transfe¬rencia de la Estancia del Rey en la Pcia. de Buenos Aires que se adjudica a la sociedad Rosas, Terrero y Cía., en pago del ga¬nado entregado por éstos a la provincia de Buenos Aires”. Cf. además Ricardo Levene, La anarquía del año 20, Buenos Aires, 1954. La posterior pertenece a Reseña relativa a las suertes de estancias ofrecidas en propiedad en el partido de Azul con citación de leyes y decretos, Buenos Aires, Coni, 1864,p. 4.
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portancia, bien se ha señalado, permiten realizar al poco tiempo apreciables réditos. Es la misma, los he¬chos así lo señalan, una característica de las sociedades donde el dominio de la mano de obra es estrictamente vertical.
Tierras entrega Rosas en las proximidades de la fron¬tera con los indios —entre los arroyos de los Huesos y Chapaleufú— a un grupo de sus incondicionales: Pedro Burgos, Genaro Chávez, Pascual Pereda, los her¬manos Capdevilla, Manuel Guerrico, Lezica, Martín Hardoy, Julián Martínez, Eusebio Gómez, Ireneo Na¬vas. . . En algunos casos se despoja a pequeños propie¬tarios que, años más tarde, caído ya Rosas, publican un alegato para señalar las injusticias, del que vale re¬producir un pasaje:
“Más felices han sido ciertamente los que comprando en 3.000 y 4.000 pesos la legua al gobierno de Rosas, pagaron a plazos largos sin necesidad de desembolsar un real por vía de anticipación; pues les bastaba entre¬gar novillos o vacas periódicamente para el consumo de las fuerzas establecidas en la frontera. Así se han crea¬do grandes y pingües condados sirviéndoles de antemural a sus haciendas los pobres vecinos de Azul, quienes a más de haber sido sacrificados por los indios, fueron y son los mejores y más baratos soldados de la frontera; pagaron y pagan la contribución directa, y hoy se ven tratados como hijos desheredados, o, mejor di

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