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Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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denan como bueno lo que tenían entonces por horrible”".
Con posterioridad a 1820, en momentos de anar¬quía, observamos en la prensa periódica porteña el em¬pleo de palabras propias del habla rural para sostener una bandería política o denigrar al adversario. Bartolo¬mé Hidalgo, autor de cielitos y diálogos patrióticos, per¬tenece a un grupo de panfletistas populistas integrado por Francisco de Paula Castañeda; José Feliciano de Cavia y Pablo Ramírez. Editan efímeras hojas impre-
diales del hombre todo acto en contrario, por más que se invo¬que la conveniencia pública para justificarlo; que las levas, que de algún tiempo a esta parte se han adoptado, en las provincias, con repetición, sobre ser extremadamente abusivas, no son bas¬tantes a llenar el objeto a que se dirigen, perjudican la industria, la agricultura y el pastoreo, pues promueven la emigración para fuera de nuestra Provincia, haciendo alejar de ella, por el temor que infunden a los hombres de que tanto necesita para aumen¬tar su población, y riqueza; y finalmente, desmoralizan y humi¬llan al pueblo a fuerza de acostumbrarlo a presenciar actos de violencia que degradan la majestad de las leyes, y predispone los ánimos al abatimiento, que siempre fue precursor de la ser¬vidumbre; y persuadido el Gobierno que sólo casos de un orden y urgencia muy extraordinaria y momentánea pueden hacer que no se encuentren otros medios que la supla, ha acordado y decreta”.
a Una crónica de los sucesos se da a conocer en el periódico El hijo mayor del Diablo Rosado (Buenos Aires, sábado 17 de mayo de 1828).
Además puede consultarse el titulado Milicia activa, donde se hace alusión a la violencia extrema de las levas (El Liberal, número 34, 11 de abril de 182-8).
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sas, de no más de cien o doscientas copias, con extra¬ños y alucinantes nombres como Del Despertador Teo-filantrópico Místico-Político, un pasquín redactado por el cura Francisco de Paula Castañeda, del que reprodu¬cimos los siguientes versos titulados “poesías rústico-patrióticas” y donde hace hablar a un gaucho:
De aquestos campos somos los señores Nadie nos dice nada, y manducamos De todo cuanto tienen los pastores; Sin obtener licencia de los amos Somos dueños de todo; a todo hacemos, Y también por un bledo nos matamos, Por jugar bien al pato perecemos Y aun apremiados por excomuniones Eso no impide que juguemos. Nuestro oficio es domar redomones; De que muere el Virrey no nos importa. Ni el que renieguen nuestros chapetones. Cuando el cura de veras nos exhorta Somos el nonprusunta en la carrera; No cumplir con la Iglesia es cosa corta; Ven Castilla la Vieja, y embustera, Ven, comerás matambres bien asados En el Pilar y en toda su frontera.
Teniendo en cuenta su contexto, los versos fueron redactados en los años previos a 1810. El sentido peyo¬rativo es indudable: Castañeda, indirectamente, pregona la sumisión del desposeído y condena las aspiraciones anárquicas de romper con las ataduras. En otra ocasión, en el mismo periódico, trata temas políticos del mo¬mento en versos que nos recuerdan los primeros del de Hernández, formas típicas del folklore: “Atención noble auditorio / Pues un gaucho es el que canta”. Y finaliza con una alusión al canto por cifra: “Y con esto mis señores / La cifra ya se ha acabado, / Porque ya viene Marica / Con ese costillar asado”. Con frecuencia alude a expresiones populares, entre otras las siguientes: “cuando dicen los patanes des¬pués de Dios, es lo mismo que cuando nosotros deci¬mos debajo del sol; y así como nadie diría mal si di-
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jese debajo del sol no hay otro animal más hediondo que el zorrino, así tampoco hay malicia en el adagio de los estancieros”. Y, prosiguiendo con esa misma ten¬dencia populista, en 1821 Cavia incluye a su vez otros términos en el periódico De las Cuatro Cosas: “pues yo no le he de recular la pisada de un chimango”; “los viejos que están ya como toros apartados en las cuchi¬llas”; “aquí nos vamos a tirar cuatro al pecho, y pie con pie”; “era perdido, perdido sin remedio, lo mismo que tiento en boca de un zorro” . . . etc. Ese género de vocabulario se hace casi doctrina en lo sucesivo en la prensa política porteña. “Algunas veces se desplegará carácter austero y circunspecto; otras se hará uso del estilo jocoso y gaucho” informa a sus posibles lecto¬res el redactor De las Cuatro Cosas, el 20 de enero de 1821. No pocas veces se alude a la guerra contra los rea¬listas en un lenguaje directo y comprometido. Se dice, por caso, en un cielito: “Al amigo Ño Fernando / Vaya que lo lama un buey / Porque ya los tupamaros1 / No queremos tener rey. / Cielito, cielo que sí, / Cielito de norte a sur / Que viva la libertad / Y muera la esclavi-tud”a. Es uno de los rasgos característicos de la pré¬dica que alude con demagógica exaltación a la socie¬dad primitiva. El mismo que encontramos por esos años en el Saynete provincial titulado El detalle de la acción de Maipú cuando se afirma: “A cientos los maturran¬gos / quedaron en la estaqueada / dexando en las bayo¬netas / la entretela y la riñonada.”
IV - LOS DÍAS DE JUAN MANUEL DE ROSAS, ESTANCIERO Y SALADERISTA
Comienza otra era, un mundo que es igual al anterior pero difiere de aquél en muchos aspectos. Arsenio Isa-
” El texto completo lo incluimos en la primera edición de la social del gaucho y en la Textos gauches¬cos desconocidos del ciclo de los diálogos de Chano y Contre-ras, 1823-1825, en Revista Histórica, año LXII, t. XXXIX, nos. 115-117, Montevideo, 1968, pp. 44-115.
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belle, un viajero francés, nos señala en 1830 una aguda observación acerca de las relaciones entre los gauchos y Juan Manuel de Rosas, de la demagogia inducida que se basa en las tradiciones a las que nos hemos venido refiriendo. “La idea de obediencia entre los gauchos —escribe— participa, en cierto modo, de la de los salva¬jes, que siguen instintivamente a aquél de su tribu que sabe imponerse a los otros por sus facultades sobrena¬turales. Es así que los gauchos obedecen ciegamente a Rosas o a quien, como él, sabe manejar el lazo, las bolas y el cuchillo con una destreza comparable a la de un in¬dio pampa”.
Esto, en Buenos Aires, constituía una gran novedad. Distinta, por cierto, sería su política desde el poder, un poder que se construye lentamente a la sombra de heren¬cias y también aspiraciones. No es desde luego una no¬vedad decir que Juan Manuel de Rosas representa en el gobierno a los intereses económicos y sociales de un pequeño y poderoso núcleo de la clase ganadera bo¬naerense y emplea una política demagógica y patriar¬cal para obtener la ayuda de los sectores populares: negros y gauchos. Basa, desde un comienzo, su pro¬paganda en el halago de los más bajos instintos; lo ad¬vertimos con claridad analizando las opiniones verti¬das en los pasquines y hojas volantes de los gacetille¬ros federales. Allí, fuerza es aceptarlo, critican acer¬bamente a los políticos unitarios e incitan a que sean degollados; el conocido “violín, violón”. Se tiende, se incita, al odio irracional a los “doctores” unita¬rios, en un furor que hace ludibrio contra esos hombres de la ciudad que “se precian de lindos y de ser afemi¬nados”. Se dice y se repite cien veces bajo las más dis¬tintas fórmulas: “En un momento hace un sastre / Un unitario decente, / Pues ellos se juzgan serlo / Con te¬ner levita y lente”.
Se afirma públicamente que los estancieros son los únicos defensores de los gauchos. En periódicos popu¬lares, voceados en el mercado y los arrabales de la ciu¬dad, en los alejados pueblos de la campaña, el cielito gaucho lleva a todos esa idea intencionada: “Cielito, cielo que sí / Cielito, y es evidente / El hacendado es de plebe, / Y un tendero hombre decente. / Esto es lo que se ha aprendido / Con la civilización: / Si no saben otra
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cosa / Más sabio es mi mancarrón”. El hacendado es de la “plebe”, capaz de comprender al gaucho, indica el ; el tendero, y bajo esa denominación ubican a todos aquellos que económicamente no están asocia¬dos a los intereses ganaderos, es un “hombre decente”, un cajetilla que viste a la europea, lee y habla otros idio¬mas.
Pero es el mismo un aspecto de la realidad. El otro, el que siempre está presente, se asocia a los intereses de los menos. Estancieros y autoridades sólo respetan, en última instancia, a los de su círculo, la única “gen¬te decente” que cuenta; la “plebe”, el pueblo para ellos, no cuenta en los cálculos de la realidad cotidiana de los campos latifundistas, considerándolos siempre de rús¬ticos insumisos. Lo expuesto se deduce del contexto de una enviada por Juan Manuel de Rosas (1817) don¬de expone la situación de la campaña de Buenos Aires. No se desprende de sus palabras, en ningún momento, que pueda aplicársele el calificativo de “gaucho entre los gauchos” según pregonarán más tarde sus partida¬rios; contrariamente, reflejan a un estanciero temeroso y enemigo de

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