Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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ncretos que ocurren en el ámbito provincial:
“Son innumerables los atentados que con motivo de la leva se han cometido por los agentes del poder, ya entrando por las estancias y chacras, ya echando el guante a ¡os conductores de tropas de ganado, a los carreteros que venían de la campaña hacia la ciudad con frutos de aquella y generalmente a cuanto se les presen¬taba a mano. . . a un anciano respetable, que a 90 años de edad unía la desgracia circunstancial de ser ciego, se le ha tomado el único hijo varón que ¡e servia de apo¬yo, como también a su anciana consorte, en su desva¬lida senectud, dejándole en el desamparo que es consi¬guiente, y una hija mujer. Por el mismo conducto sabe también El Tribuno que asi en el Lujan como en otras partes se tomaron por sorpresa a varios individuos que • se habían hecho reunir para el importante acto de su¬fragar en la elección”.
Las necesidades militares obligan a nuevos recluta¬mientos forzosos. Poco después, y por intermedio de una ley0, el gobierno recibirá plena autorización para reclu-tar “por los medios que considere más convenientes” cuatro mil hombres. Nuevamente los paisanos huyen a zonas apartadas y lo más lejos posible de la mano del juez de paz o del comisario, interesados en cumplir con las obligaciones patrióticas: lugares preferidos fueron los denominados Montes del Tordillo en Buenos Aires, ale¬jadas islas del Paraná o los Montes de Montiel al sur de la provincia de Entre Ríos”.
Las levas están destinadas a reclutar por la fuerza soldados para el ejército y la marina y las realizan en
“Del 2 de enero de 1827.
* En El Tribuno se anota: “Al menos, si hay intención de obrar de esa manera, que se avise con tiempo, pues no faltará quien prefiera irse a los montes del Tordillo o a las islas del Pa¬raná.”
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forma separada en distintas regiones; existen numerosas constancias de estos hechos, como los ocurridos durante el transcurso de marzo de 1827a.
De las provincias del interior viajan periódicamente numerosos peones para lograr algún empleo en chacras y estancias. La cantidad de los que emigran de regiones pobres y propensas a sequías —La Rioja, Catamarca y Santiago del Estero— aumenta notoriamente durante la época de la siega. Algunos aprovechan el viaje para vender ponchos y mantas de manufactura doméstica. Los porteños distinguen fácilmente a los santiagueños por la ropa característica que visten: chiripá de pon¬cho, calzoncillos de lienzo, poncho azul a rayas punzó denominado “santiagueño” y sombrero blanco. Aquel año estos agricultores nómadas, temerosos por las medi¬das de las autoridades nacionales, prefirieron no mo¬verse de sus lares antes que ser incorporados al ejér¬cito*. Con razón temían transformarse en soldados de una causa que no comprendían . ..
La vida militar del gaucho era desesperante. La mise¬ria que por esos años azota a las guarniciones militares del interior asombra a determinados viajeros poco acos¬tumbrados a espectáculos similares. Durante la guerra contra el Imperio del Brasil, el capitán Hall encuentra a su paso por San Luis a un grupo de forzados reclutas que esperan su destino en algún cuerpo de ejército. El espectáculo no constituye una visión digna para un país que se considera civilizado, y difiere con el que pre¬senta en otras páginas de su libro donde señala aspectos pintorescos del gaucho, de la vida en la ciudad o las cos¬tumbres rurales. Relata que encontró en San Luis “una banda de personas del aspecto más mísero, reclu-tadas para enviarles a Buenos Aires y pelear contra los portugueses (sic: brasileños)”. “Eran —agrega— unos
a Se refieren algunos ejemplos sobre las levas con destino a buques del ejército en un artículo en El Tribuno, el 28 de marzo de 1828.
t> Diario de Parchappe, en Carlos A. Grau, El fuerte 25 de Mayo en Cruz de Guerra. Buenos Aires, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1949, p. 333, Parchappe recorre la pampa bonaerense entre los años 1827 y 1828.
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trescientos y la noche anterior habían intentado recu¬perar su libertad tratando de dominar a la guardia. Se cubrían con ponchos viejos; pero tenían poquísimo más encima; parecían mal alimentados, y, en conjunto formaban una cuadrilla más salvaje que yo haya con¬templado”. Poco después, al arribar a la capital de la provincia, solicita el auxilio del herrero para solucio¬nar un desperfecto de su coche; frente al operario, éste le expresa que no podrá complacerlo “por estar ocu¬pado en hacer cadenas para llevar a Buenos Aires los trescientos reclutas” que poco tiempo antes, y en las afueras de la ciudad, observó con asombro el capitán inglés.
Otro viajero contemporáneo de los sucesos que rela¬tamos señala algunas características del gaucho, aunque las observa con escasa simpatía. Aludimos al presbí¬tero José Sallusti que actúa como secretario del canó¬nigo Mastai-Ferretti —futuro Pío IX— durante el viaje que realiza al país en 1823. En las páginas donde re¬cuerda la travesía por las pampas critica despiadada¬mente a Bernardino Rivadavia y, en general, a los pobla¬dores de la ciudad. Con motivo de trasladarse a Chile cruzan con toda la comitiva la provincia de Buenos Ai¬res en lentas carretas y en las postas entran en relación con los pobladores rurales y sus primitivos métodos de vida.
“La gran diversión con ellos (los sacerdotes) era verlos comer y hablar entre sí en esos momentos. Por¬que eran de un aspecto más bufón que serio, y poco se diferenciaban de los verdaderos salvajes, puesto que tenían el mismo tipo, la misma cabellera de un crin largo, con largas cejas y todas las formas de los miem¬bros y del rostro gruesos y ridículos, unos sin barba, y otros con largos pelos aún en las manos y sobre el pecho; sus vestidos consistían en ciertas abarcas que son las pieles de las patas delanteras de los bueyes, ¡as cuales se desprenden enteras y, hecho un simple cosi¬do en la punta, se introduce la piel por la parte del pelo, con el fin de hacerla secar en la misma pierna, se estrechan a esta y parece que sea su piel natural. Llevándolas largo tiempo, toman un brillo agradable, como de una piel lustrosa de la misma pierna. Los cal-
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zones eran largos; y abiertos a manera de pantalones, mas sin gracia alguna; y una faja colorada los ceñía a la cintura. Sobre la espalda tenían un capote fuerte, cor¬tado a la cuáquera, y sujeto a la cintura por un cintu-rón de cuero al que iba colgado un largo cuchillo que servía para la defensa y para cortar las cuerdas, y otros arreos de caballos, en caso de necesidad.
En la cabeza tenían un sombrerón, los unos de paja y otros de lana ordinaria, con las alas caídas, y otros sin alas y con la copa en forma de cono, a la manera de los pulchinelas (SÍC) y los lazzaroni de Napóles”".
Para el sacerdote italiano secretario de un futuro Su¬mo Pontífice, los criollos —lo señala despectivamente— son mulatos “nacidos de una negra y de un blanco euro¬peo”; señala que el capataz de las carretas era esclavo. “No conocían para nada —agrega— la melancolía, do¬tados, al contrario, de un carácter genial y alegre, eran prontos y agradables en todas las acciones”. Dos veces por día, comenta, comen carne asada casi cruda y san¬grando: sin masticar engullían grandes trozos, divir¬tiendo así a los religiosos romanos. Observa Sallusti que tratan muy mal a los caballos y que no los abandonan hasta que caen aniquilados por la fatiga. Sólo encuen¬tran en las postas ranchos de adobe y paja que sirven como refugio.
Pocos señalan en aquellos años la manifiesta suje¬ción social y económica en que vive el gaucho. La opo¬sición por parte de la población a los reclutamientos forzosos, la inseguridad permanente que acosa al hom¬bre de campo y la escasez de brazos para levantar la cosecha, determinan que el gobierno federal de Ma¬nuel Dorrego, en un primer momento, prohiba total¬mente la leva”. Pero la decisión no será terminante
a José Sallusti, Historia de las misiones apostólicas de Juan Muzi en el estado de Chile. Traducción del original italiano, Santiago, Imprenta y encuademación. Londres, 1906.
h Decreto fechado el 20 de agosto de 1827 y que lleva la fu¬ma de Manuel Dorrego y de Juan Ramón Balear ce. En su tex¬to se expresa: “Considerando el Gobierno, que el inestima¬ble derecho de la seguridad personal es el goce y el bien por excelencia, del hombre social: que fuera de los casos en que la ley ordena su suspensión, es atentatorio a los derechos primor-
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y puede realizarse “sólo en casos extraordinarios y de una urgencia del momento”. La ley condena asi¬mismo a los que sigan usando esos castigos, fuesen al¬caldes, jueces de paz, comisionados o jefes militares.
La necesidad podrá más que el deseo, y en mayo de 1828 hará nuevamente el gobierno uso de un sistema criticado por él para obtener tripulantes con destino a la flota que comanda el almirante Brown. “Ignoráis -comentarán entonces sarcásticamente sus opositores— que los que en tiempos pasados eran tribunos del pue¬blo son hoy gobernantes, jefes, ministros, oficiales ma¬yores y or
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