Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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contacto con la situación del gaucho en el siglo XIX a.
Como se ha visto, con posterioridad a 1810 se per¬petúa la estructura previa, la de las relaciones sociales, amparada por las condiciones de la producción gana¬dera. Paralelamente, en un proceso acelerado, los pro¬pietarios se benefician del rápido aumento de los precios de la hacienda vacuna y de los campos, ambos impul¬sados por la creciente demanda de cueros y carnes sa¬ladas de los mercados externos, y en un proceso hasta entonces desconocido en esa magnitud. De todas ma¬neras, el hecho no determina una mayor inversión en mejoras de trabajo o de confort (viviendas, corrales, montes de sombra para la hacienda, galpones), des¬contada posiblemente una mayor preocupación en de¬tener los malones. Todo ello lo observa acertadamente en 1823 José María Rojas al estudiar la situación de la provincia de Buenos Aires en un detenido análisis de las características de los malones indígenas y los me¬dios más adecuados para detenerlos. He aquí la palabra del testigo:
“La inmensidad de los campos y ganados, unida al poco cuidado e industria de los pobladores para evitar que en alguna pequeña parte penetren los animales es la causa que no se presente en grandes distancias a nues¬tra vista sino una llanura uniforme, sin un árbol y por lo común sin más abrigo que un simple rancho o cho¬za de paja que es la única vivienda donde se aloja un rico y poderoso poblador.”
En una palabra, la continuidad. Y después de exami¬nar la situación de los campos, e insistir en el atraso en que el latifundio mantenía a todo el ámbito, pasa a relatarnos la tendencia general de los propietarios a establecerse en la ciudad, edificando para ese fin lujo¬sas viviendas. Dice:
“El lujo y la ambición es el objeto de sus desvelos
a La “caza” del indio con armas de fuego fue denunciada por los salesianos en numerosas ocasiones. Cfr.: José María Borrero, La patagonia trágica, Buenos Aires, s/f., posiblemen¬te editado en 1922.
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Grandes edificios en la ciudad, ricos muebles; y con estas comodidades, en los campos que ¡os han enrique¬cido no conservan algunos ni aún cama en qué dor¬mir. ¿Cuál, entre los más poderosos, ha pensado en levantar fuertes edificios en el seno de sus haciendas, y mantenerse a la cabeza de sus peones y sirvientes para sostener una propiedad que a nadie interesa tanto como a los dueños de las mismas?”.
También por entonces confirmaba esa realidad Feli¬pe Senillosa, adelantándose en medio siglo a la posterior prédica de los reformadores liberales. Acusa al sistema tradicional y arcaico de ser el culpable de la gran con¬centración de habitantes en las ciudades y la consi¬guiente despoblación de la campaña. Y también de em¬plear sistemas de producción que nada hacían para el progreso del país: “Es verdad —dice— que los estancie¬ros decoran la ciudad con la fabricación de buenos edi¬ficios; pero no es menos cierto que sería muy ventajoso a la riqueza nacional el empleo de sus capitales en obje¬tos de la industria rural”.
He aquí, pues, el clásico marco donde desarrollan sus actividades los ganaderos y trabajan los gauchos. Di¬cho esto, es necesario agregar que no menos trágica es la situación de los labradores que trabajan en campos de las cercanías de Buenos Aires y que no les pertene¬cen. Sus propietarios, miembros casi siempre de la clase alta porteña, se reservaban el edificio principal como casa de descanso o de fin de semana y entregaban el resto del predio a quien lo cultivase, recibiendo en pago la mitad de la cosecha. Los tanteros, en cambio, vivían en míseros ranchos de una sola habitación y en un total estado de postración y pobreza (”La mayor parte de nuestros agricultores son arrendatarios que sólo tienen ocupación, como los de Andalucía, en España, de tiem¬po en tiempo, viviendo el resto del año en la inacción y la miseria por falta de tareas lucrosas en que em¬plearse con sus familias”0).
Y, al propio tiempo, siguen en vigencia los fueros
” Artículo titulado “Economía rural”, en La Abeja Argenti¬na, Buenos Aires, 15 de noviembre de 1825.
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privilegiados propios de la fortuna y del mando auto¬ritario, circunstancia que le hace interrogar a Julián Segundo de Agüero: “¿Qué males no ha producido el supersticioso respeto con que hemos conservado legado tan funesto?” Del mismo modo, y en un plano opuesto, se proseguirá con la aplicación de los casti¬gos corporales y afrentosos a los desposeídos. En el contexto de la pedagogía del miedo, una tradición colonial, los niños de las escuelas son obligados por sus maestros a observar el cumplimiento de una condena a muerte o a castigos corporales (”Se sentenciaba a muerte a un hombre.. . no les quitaban la vida como ahora; se ponía un torno; lo sentaban y con el torno le apretaban el pescuezo, de modo que la lengua que¬daba de fuera. A todos los muchachos de las escuelas los llevaban a ver esto. . . luego que entraban a la es¬cuela les daban azotes, para que no olvidaran lo que habían visto”¿). Todavía en 1870 era costumbre en la provincia de Buenos Aires.
La pedagogía del miedo, la fuerza y la alienación impuesta por los menos a los más, conjugaba perfec¬tamente con el trabajo forzado. Con insistente fre¬cuencia envían a los acusados de delitos leves o su¬puestos —vagancia, borrachera o animosidad del alcalde local— a las obras oficiales de edificios públi¬cos y templos. En 1810 la Junta de Gobierno remite al cura párroco de Baradero, satisfaciendo así su pedido, varios presos para que trabajen en la construcción del templo del pueblo”. Se trataba en verdad de una leva de desposeídos.
Y todo lo que venimos exponiendo, ¿por qué? No es la respuesta que podemos dar la apropiada para un día o para un año. Es la de siempre. Con toda segu¬ridad, la idea general debemos buscarla en el deseo de mantener el predominio, en la realidad que con cru¬deza expone Mariquita Sánchez al escribir en sus Re-
fl Mariquita Sánchez, Recuerdos del Buenos Aires Virrey-nal, Buenos Aires, Ene Editorial, p. 56.
* Comunicación enviada a los alcaldes de Buenos Aires el 7 de junio de 1810 (Archivo General de la Nación, Gobier¬no de Buenos Aires).
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cuerdos el testimonio de un pasado que era también su presente: “La gente de campo vivía en la mayor mi¬seria; los salarios no les permitían vestirse. . . No hay una clase más injuriada, a mi modo de ver, que el gau¬cho”" .
Pareciera inútil poner de nuevo aquí y ahora lo que está fuera de discusión; en términos generales la condición del gaucho, lo vimos, no ha cambiado. Una y otra vez se desprende de los testimonios más variados. Pedro Andrés García en el diario que redacta relatando su viaje a Salinas Grandes (una expedición asociada a la industria de salazón de carnes) alude a las frecuentes deserciones de los miembros de la partida militar que lo escolta. Nos encontramos a fines de 1810. De los setenta soldados que componen el grupo —entre los que se encuentran “cinco milicianos de caballería sin más armas que lanza, la cual expresaron que no sabían ma¬nejar”— desertan veinte sólo en los cuatro primeros días. El temor a los indios, es posible, las incomodida¬des de la vida militar, el alejamiento por la fuerza de su familia y otras causas determinan los abandonos. Hasta tal punto eran similares las cosas que siempre reaparecían con la misma singularidad.
Así, pues, las levas y otros hechos asociados a las mismas hicieron impopulares a los porteños entre los pobladores de la campaña, y es una actitud que se agre¬ga al sociocentrismo inducido: recuerda en 1833 Agus¬tín Wright que los extranjeros, denominados con epí¬tetos peyorativos, eran mal recibidos en Buenos Aires. Gringos o carcamanes les decían** .
Con justa razón, por cierto, algunos testigos impar- ciales, partidarios del nuevo sistema político liberal que desea imponerse (una realidad que se concreta mucho después) critican las medidas que se disponen para controlar a los grupos no privilegiados. Entre otros lo hace Brackenridge, un diplomático estadounidense que reside en Buenos Aires en la segunda década del
” Mariquita Sánchez, Recuerdos.. ., p. 31.
” Agustín F. Wright, Breve ensayo sobre la prosperidad de ¡os extranjeros y decadencia de tos nacionales.. ., Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1833, pp. 17-19.
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siglo XIX. Conocedor de los hechos, informa en su libro de recuerdos que en los años previos a 1810 a los gauchos sólo les permitían llevar un cuchillo, “al pre¬sente —agrega— la única arma prohibida”. Y alude asi¬mismo a la leva:
“El gobierno actual ha intentado también medidas más fuertes que las tomadas por los virreyes; ha inten¬tado una conscripción pero sin éxito. . . Los alcaldes, sin embargo, o magistrados de villa son requeridos para arrestar a todos los vagos que no tienen medios visi¬bles de vida y los envían a los cuarteles donde se les trata rudamente hasta domarlos. Sin duda se cometen abusos que tienden a fomentar la antipatía del paisa¬naje entre los porteños, o habitantes del puerto,
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