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ca externa que beneficiaba a los grupos do-
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minantes mayoritarios. No es entonces de extrañar que las nobles palabras del Himno, “Libertad, libertad, li¬bertad”, y su eufórico mensaje: “Oíd el ruido de rotas cadenas”, tengan a partir de 1810 plena vigencia en un estrecho círculo de personas, tal vez más amplio que el anterior, pero en cuanto a realidades sociales y econó¬micas similar al de diez, veinte o cincuenta años antes. Comenzaba una época, un mundo de intereses y la integración lenta a los intercambios directos. Dejando por ahora aparte el papel del gaucho como mano de obra barata para la estancia latifundista del momento, mencionemos su actuación de soldado enrolado por la fuerza para defender al nuevo régimen. La escena no cambia en lo fundamental: el 29 de mayo, a cuatro días de la revolución, se reglamentan las milicias au¬mentando el número de las mismas para poder hacer frente a las necesidades de la guerra contra los rea¬listas. De acuerdo a lo dispuesto en una proclama de la Junta, se establece con ese fin en toda la jurisdic¬ción de Buenos Aires “una rigurosa leva, en la que se¬rán comprendidos todos los vagos sin ocupación cono¬cida, desde la edad de 18 hasta la de cuarenta años”. Vagos, por cierto, sólo son calificados los pobladores sin medios de fortuna”.
De acuerdo a las informaciones impartidas, se ponen de inmediato en acción pequeños grupos de soldados al mando de oficiales que recorren la campaña y reclu¬ían con violencia a los peones que encuentran en su ca¬mino. Es más, actúan con tanto rigor que las autorida¬des deben nuevamente enviarles instrucciones para que atemperen los métodos, por cierto los represivos tra¬dicionales: “en todo el curso de la revolución hemos vivido bajo una verdadera aristocracia militar, la más temible de todas las aristocracias” opina poco des¬pués Julián Segundo de Agüero6. Fue tan extremado el celo puesto en la acción, así lo relatan los informes
a El decreto de la Junta está firmado por todos sus inte¬grantes. El tercero establece la leva. Cf.: Registro Na¬cional, 1.1, p. 28.
* De los fueros privilegiados, en La Abeja , Bue¬nos Aires, 15 de agosto de 1822.
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enviados a la Junta, que algunas tropas de carretas se ven imposibilitadas de proseguir su camino al quitár¬seles todos los peones del servicio. Se puede decir que lo expuesto, expresión bien clara de las relaciones ge¬nerales entre desposeídos y poseedores, sin ninguna excepción, constituiría uno de los grandes inconve¬nientes de las fuerzas armadas del nuevo sistema, deter¬minando el desinterés de la mayoría por integrarse al ejército. Con el fin de corregir algunos de los errores tácticos y de atenuar lo que consideran “extorsiones que pudieran causarse por las partidas”, la Junta de¬creta más tarde que sólo fueran detenidos los “verda¬deramente vagos”, una circunstancia que quedaba en manos de las autoridades locales”.
De todas maneras, y basándonos en la realidad pos¬terior, nada ha de cambiar en esa trama inhumana. Las levas plantean en un sector de la población, el que me¬nos preocupación (no temor) le merece a los ganade¬ros, serios problemas. Como hemos ido indicando en otras páginas, tradicionalmente y desde el interior del territorio llegaban a las chacras próximas a Buenos Ai¬res en tiempo de la cosecha de trigo numerosos peones. En 1810, transcurrido un año de copiosas lluvias, la mies ofrecía ser abundante. Pero ante el temor de ser enro¬lados, ese año pocos santiagueños, cordobeses y púnta¬nos se trasladan al Plata. Es así que el Cabildo (18 de noviembre de 1810) decide enviar comunicaciones es¬critas a los gobernadores del Interior aconsejándoles que hicieran entender a los trabajadores, del modo más público y solemne señalan, que una vez terminadas las
” 19 de julio de 1810, en Registro Nacional, t. I, p. 57. Borrador en el Archivo del Gobierno de Buenos Aires, VII, fss. 123 y 123 v. Tulio Halperín Donghi (Revolución y guerra. Formación de una élite en la criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 215) denomina a los peones trabajadores “ple¬be”, y agrega que “la presión enroladora parece haber tenido que ver con la difusión del bandidismo”. De ninguna manera puede calificarse peyorativamente de plebeyos a quienes están integrados al sistema productivo, explotados por el grupo do¬minante. Y en referencia al segundo aspecto, lo que ha de seña¬larse en las siguientes páginas deja bien en claro lo absurdo de la tesis.
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tareas no se los molestaría (”se les dejará libre el regreso al lugar que les acomode”). Y mientras esto ocurre, se informa desde Córdoba del Tucumán que los agriculto¬res de esa jurisdicción sufren problemas similares, ca-reciéndose de los brazos necesarios debido al temor pánico de todos los peones a las “levas y banderas de reclutas” forzosas realizadas por doquier. Por cierto, se trata de trabajadores y no de bandoleros que asal¬tan a los viajeros.
Un mundo de injusticias. Y un mundo de intereses. La verdad es que paralelamente ese proceso general iba en Buenos Aires acompañado por una afirmación cons¬tante de las formas latifundistas de acumulación de la riqueza. Por cierto, el ideal burgués de los revoluciona¬rios más avanzados, que son los menos, poco hace por mejorar la condición humana de los oprimidos. En rea¬lidad, no pocas de las normas progresistas de la Asam¬blea de 1813 son en gran medida letra muerta. ¿Qué trascendencia puede tener en el Río de la Plata la cadu¬cidad de los títulos de nobleza desde el momento que no los había?
Transcurridos doce años del 25 de mayo de 1810, luego de mil zozobras, Felipe de Senillosa alude al ar¬caísmo de la campaña, un arcaísmo que es la resultan¬te del sistema de opresión. Y nos dice:
“Nuestra gente común del campo, por lo general tiene muy pocas necesidades. Un caballo, un freno, un pon¬cho o unas varas de bayeta son las principales prendas con que cuentan para un equipaje de traslación. Un pe¬dazo de carne de vaca o de novillo, de que fácilmente se proveen, sirve para la precisa mantención; y lejos de parecerse a esos labradores de Alemania que miran como la peor fatalidad tener que abandonar sus casas. . . nuestros jornaleros mudan frecuentemente de domi¬cilio y una parte del tiempo lo pasan al raso sin cuidados y sin comodidad”".
Nada se había hecho, pues, para que variaran las co¬modidades. Y adviértase que existe una conciencia clara en la necesidad de mantener la tradición y los antiguos
a La abeja , Buenos Aires, 15 de junio de 1822. 124

modos inducidos de vida; todo cambio, se piensa, cons¬tituye un riesgo. Todas esas ideas, o por mejor decir sis¬temas de opresión, esa constante que se perpetúa en el tiempo, preocupan asimismo a los sectores más libe¬rales de entonces: “somos de opinión que aunque la industria fabril es uno de los medios de dar aliento a la agricultura, con todo una nación agrícola y comer¬cial conservará más puras sus costumbres” advierte un partidario de la gestión de Rivadavia”. Algo así co¬mo la afirmación del jurista Solórzano, expuesta en 1629, de que “deben ir con gran tiento los legislado¬res en esta materia de introducir novedades y de mu¬dar fácilmente las antiguas formas. . . porque a estas mudanzas se sigue de ordinario la vida y estado de los vasallos”.
Es, lo será, empleando dos tiempos verbales adecua¬dos, muy lento el proceso de transformación del tra¬tamiento diferenciado que reciben los “blancos” -léa¬se propietarios, autoridades civiles y militares— y los servidores de éstos; escaso el avance en el exclusivismo de tipo neocolonial que caracteriza a las relaciones so¬ciales de toda América. “El complejo sociopsicológico de las clases superiores colonial y neocolonial reflejaba la actitud de los señores superiores blancos o casi blan¬cos hacia la población dependiente, a la cual la termi¬nología legal colonial había llamado ‘gente sin razón’, para quienes la ley natural prescribía el status de infe¬riores”6. En fin, y por referirnos a hechos casi de ayer, ¿la opresión del mensú de los yerbales y obrajes de Mi¬siones y los denigrantes, casi esclavistas métodos que ponen en práctica los propietarios para explotarlos no son, por cierto, similares a los que observamos en los peones bonaerenses del siglo XVIII? Y, al mismo tiempo, la persecución de los latifundistas de la Pata-gonia a los indígenas y los bajos sueldos abonados a sus peones —maltratados por capataces y autoridades—
a Opus cit., titulado Influjo de la revolución sobre la moral pública, Buenos Aires, 15 de octubre de 1822.
* Stanley, J. y Bárbara H. Stein, La herencia colonial de América latina, México, Siglo XXI, 1970, p. 173.
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tienen muchos puntos de

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