apoyo una piel vacuna. “El vulgo hispano —escribe Dobrizhoffer
género para dicho ensag. (sic) se perdiera el trigo en que consis¬te la recogida de las cosechas de todos los granos en esta juris¬dicción en la gran copia de cueros de toros y vaca de que cada uno se previene, fuera de que es cuasi inexplicable lo indispen¬sable que son estos géneros en esta tierra para muchos menes¬teres sin poderse hallarse otros que con tanta comodidad y con tan poco gasto suplan su falta así en poblado como en caminos largos y peregrinaciones en campañas desiertas. Y no es de ma¬yor utilidad la abundancia de sebo de dicho ganado, pues la única materia de que se sirve el común para el alumbrarse de noche, cuyo consumo es renglón considerable. A todo lo re¬ferido se acrece la notabilísima y nunca vista novedad en nues¬tras tierras y aún en los pretéritos se ha experimentado, que es la gruesa faena de cueros, novillos y vacas”.
Justo Van Suerck y su carta sobre Buenos Aires (1629), Buenos Aires, Ediciones Theoría, 1963, p. 83; Louis Feuillée, Journal des observations phisimathematiques et botaniques, fai¬tes par l’ordre du Roy sur les cotes orientales de l’Amérique Mé-ridionale. .., París, 1714, p. 248; Journal d’un voyage sur les cotes d’Afrique et aux Indes d’Espagne, avec une description par-ticuliére de la Riviére de la flota, Amsterdam, 1730.
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en la Historia de los abipones— acostumbra usar en vez de cama un cuero vacuno tirado en el suelo, como tam¬bién lo usa la numerosa turba de esclavos negros”. De cuero, es bien sabido, se fabrican los aperos y recados para montar a caballo, Y él, por otra parte, es el mate¬rial empleado en la única artesanía del área pampeana. Confirmando lo ya expuesto, José Espinosa, compañero de viaje de Alejandro Malaspina, informa que con ese elemento elaboran “cuantos utensilios y muebles nece¬sita la vida humana”. La facilidad de las manufacturas, “humedecido es una lámina flexible que recibe cual¬quier forma”, facilita las más dispares aplicaciones. “Sa¬can —nos dice también— la piel de la cava mediante una incisión en la región del vientre y con tanta precisión que, en rellenándola de cualquier materia, parece, de lejos, que vive la res. Estas singulares trojes o arcas las llenan de semillas y dicen que se conservan muy bien”. Era la práctica del vaquero, una experiencia pro¬pia de las cacerías de hacienda vacuna donde demostra¬ban la destreza en dominar la cabalgadura y manejar la desjarretadera, el filoso cuchillo en forma de media luna engarzado en el extremo de una caña tacuara de tres o cuatro varas de largo. Los peones, organizados en cuadrillas, en poco tiempo abaten gran cantidad de ganado. Sangre, gritos; el lamento de dolor de los ani¬males que son degollados luego de habérseles cortado el tendón para que no huyeran. He aquí uno de los tan¬tos relatos de aquella actividad:
“Cuando intentan hacer cueros, destinan unos diez o doce hombres de los cuales uno va adelante desjarre¬tando ganado a la carrera con una especie de cuchilla de acero bien templada que por su figura llaman media luna, engastada en una asta de tres o cuatro varas de lar¬go. Otro va después acodillando las mismas reses que en¬cuentran ya tendidas por el primero, que se reduce a matarlas con gran facilidad por el codillo, hiriéndolas con un chuzo largo y delgado, a manera de daga, para no ofender los cueros, puesto también en su asta, y los
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demás se emplean en desollar y estaquillar allí mismo los cueros, que se reduce a tenderlos bien estirados por me¬dio de unas estaquillas para que se sequen mejor y con más facilidad, y después los van recogiendo los cargue¬ros destinados a este fin y llevándoselos a la estancia donde los conservan con mucho cuidado en paraje se¬co”.
En las primeras décadas del siglo XVIII, por las ra¬zones económicas ya expuestas, se incrementan las es¬tancias en ambas márgenes del río de la Plata. Uno o dos ranchos de paja, un corral de “palo a pique”, tal vez una ramada, restos de animales muertos en los alrede¬dores. En casos excepcionales un lote de tierra para sembrar algo de maíz y trigo. De todas maneras, pocos pueden adquirir las tierras, y tampoco disponer del dine¬ro necesario para organizar una partida de peones y reco¬ger hacienda cimarrona para luego transformarla en rodeos domésticos.
Pasemos a otro aspecto.
El peso del número, escribe Braudel al estudiar la población y su incremento en el mundo, de manera especial en Europa. “La vida material son los hombres y las cosas, las cosas y los hombres. Estudiar las cosas. . . El número de los que se reparten las riquezas de la tie¬rra tiene también su significado””. Y también el de quienes son desposeídos de las mismas. De los 2.538 habitantes registrados en el padrón de 1726 (incluidos 138 propietarios de tierras y 16 de chacras) se asciende a 7.156 en 1744. En 1788, los empadronadores dejan constancia de 12.925 e incluyen 1.650 negros y 1.543 indios. Se olvidan, entonces, de consignar los mestizos.
Los esclavos africanos, introducidos ya a fines del siglo XVI por el obispo Victoria, trabajan de vaqueros y peones en las estancias de Buenos Aires, la Banda
a Melitón González, El límite oriental del territorio de Mi¬siones, Montevideo, El Siglo, 1882, t. I, p. 143. El texto perte¬nece a José María de Alvear.
b F. Braudel, Civilización material y capitalismo, Barcelona, Labor, 1974, p. 19.
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Oriental, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. En Córdo¬ba, los jesuítas, dueños de extensos fundos y estancias, poseen en 1686 trescientos negros que atienden los 5.000 caballos, 3.000 vacunos y 1.000 muías propie¬dad de la Compañía. Y en 1767, en la estancia de Alta Gracia, los inventarios registran 140 esclavos y 170 esclavas, disponiéndose de un excedente anual, debido al crecimiento biológico, que es vendido. Tam¬bién en Buenos Aires, a mediados del siglo XVIII, sus estancias de Magdalena y Ensenada ocupan mano de obra africana, y más tarde, luego de la expulsión de la orden, proseguirá haciéndolo las Temporalidades, administradora de esos bienes. Paradójicamente, las ganancias de esas explotaciones atendidas por escla¬vos se destinan a solventar en la ciudad un colegio de niñas huérfanas donde está vedado el ingreso a las de color.
Pero examinemos para dar fin a este capítulo, más de cerca esos hechos. El siguiente documento señala el per¬sonal que a mediados del siglo XVIII dispone la estancia de José de Cosió y Terán, en La Matanza:
“En la dicha mi estancia y en dos de octubre de mil setecientos cuarenta y cuatro años di principio al dicho mi padrón; y en ella tengo de capataz un indio llamado Francisco de edad de 28 años. Otro dicho (indio) lla¬mado Anselmo de la mesma edad. Otro dicho llamado Tomás de 20 años. Otro dicho llamado Ignacio de cator¬ce años. Estos son paraguais y no dan razón de sus ape¬llidos. Y un negro mi esclavo llamado José; Antonio Pereira de 25 años. Estos todos están conchabados por mi y se mantienen de mi pobre faltriquera, como también un hombre llamado Diego Salinas, natural de San Juan, de edad de 50 años. Este le tengo agregado en la dicha mi estancia y también le tengo de vestuario y comida. Y en la chacra donde tengo mis sementeras está un ne¬gro mi esclavo llamado Pedro de edad de 40 años. Y un indio misionero llamado Xavier de edad de 34 años casado con María Rosa india de edad de 30 años. Estos se mantienen por mi.”
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Pues bien, se demuestran y comprueban dos cosas: por una parte la presencia de agregados, originarios de varios sitios del Interior y gobernaciones próximas: la dirección de un capataz indígena del Paraguay y peones negros. Por otro lado se ha de notar la variación étnica de los componentes de los primitivos núcleos de las es¬tancias. Lo observaba Azara al referirse al Río de la Pla¬ta: “Es de advertir que. . . la gente campesina no perte¬nece sólo a la española, porque es de todas las castas”".
a Félix de Azara, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, Madrid, 1847,1.1, p. 305.
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MIENTRAS ESCUCHAN LA PALABRA LIBERTAD
“se cometen abusos que tienden a fomentar la antipatía del paisanaje hacia ¡os porteños”.
E. M. Brackenridge, 1820
Desde el alba a la oración Trabajando como burros (Y perdone la razón) Y si les dan unos pesos En dos trampas que pagó, O tomó una cuarta de vino, La mosca se evaporó.
El Grito Argentino, 1839
I - LOS CAMBIOS POLÍTICOS DE 1810 Y EL GAUCHO
Transcurridos seis años de los hechos de 1810, poco antes de sancionarse la Independencia de las Provin¬cias Unidas del Río de la Plata, la Gazeta de Buenos Aires atribuye la revolución de los porteños a las nece¬sidades concretas de los hacendados bonaerenses. “Los frutos del país se envilecían en las manos del mono¬polio. . . Los buques que nos visitaban nos proveían de los artefactos más groseros en materia de comodida¬des y lujo; pero no dejaban de arrancarnos a vil precio nuestras preciosas producciones. .. Fue, pues, indis¬pensable el que hubiese una revolución y la hubo”.
Eran, pues, los mismos intereses económicos y una nueva políti

















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